CAPÍTULO 16.

Terrence veía en su hija un regalo que le daba la vida después de años de vivir en un infierno, Dios mío, Candice, independientemente del resentimiento, era ella. Sin pensarlo mucho, se le acercó, le aferró el rostro con dureza, Candice lo miró pasmada, pero no lo rechazó. Él elevó la comisura de los labios en un amago de sonrisa mientras acercaba su rostro al de ella, que abría más los ojos a medida que lo sentía más cerca. Él se perdió en su olor, en su aliento suave y en sus labios que le traían recuerdos de besos bajo la lluvia, en su apartamento, cuando la besó por primera vez, cada pintura que hizo de ella, en la oscuridad compartiendo confidencias, en la suavidad de su piel. En esos segundos, todo fue como antes. Le dio un beso suave en los labios, se separó de ella como si hubiera salido de un trance, se dio la vuelta y salió a paso rápido del aeropuerto.

Un solo beso de Terrence la llevaba a portarse como una estúpida. Se sintió mal con Archie, todo el tiempo fueron los brazos de Terrence los que la sostuvieron y fueron sus manos las que tocaron su cuerpo. Se separó de él y se vistió con celeridad.

—¿Estás bien? Preguntó Archie

—Sí —mintió—. Estoy muy bien.

—La agente de vienes raíces nos va a mostrar varias casas, esperemos que algo nos guste. No sabes cuánto deseo que llegue el día de que vivamos juntos.

—Tengo que hablar contigo —dijo ella interrumpiendolo. — Elynor conoció a su padre.

—¿El recluso? —Archie abrió los ojos, sorprendido, y un gesto molesto apareció en su rostro —. ¿La llevaste a ese lugar? ¿Me metiste? Dijistes que irías a Nueva York.

—No, cómo piensas eso. Terrence salió en libertad hace unas semanas. Candice le contó del encuentro con Melinda y todo lo ocurrido durante la semana. Archie se levantó como un resorte y caminó por la sala.

—Podemos asesorarnos de un abogado, tienes que reclamar la custodia total de la niña, a saber quién sea ahora…

—¡Basta! —grito Candice — No olvides que estás hablando del padre mi hija, yo no me involucré con un matón, tenlo claro..

—Lo siento, discúlpame, eso estuvo muy mal de mi. Archie caminó hasta la chimenea, donde observó varias fotos de Elynor y Candice, no había ninguna suya y eso que él tenía unas cuantas de ellas en su casa. Eso iba a cambiar, deseaba compartir la vida con Candice, quería a Elynor, así sus encuentros fueran a cuentagotas.

Miro a Candice bastante desorientada y en ese momento comprendió su comportamiento en la cama, la manera desesperada con la que se entregó a él. ¿Estaría pensando en ese hombre?

— Candice estás más nerviosa tú que tu hija. Ella ocultó la culpa.

—Claro que estoy nerviosa, tenemos por delante una serie de trámites que no dejan de ser agobiantes, mi hija cambiará de apellido, tendré que notificar al colegio y además, Terrence quiere venir a verla.

—Está en su derecho, aunque tendrías que tener cuidado, no sabes cómo sea ahora —dijo Archie secamente. A Candice le molestó que Archie creyera a Terrence un delincuente, Ahora se arrepentía de haberle hablado de él. Se dió cuenta de cuanto le afectaba Terrence a su vida tranquila. ¿ A quién iba a engañar? Todo lo qué tenía era una nube de humo que cubría lo que en verdad era.

—Pero puede viajar libremente.

—Claro que puede, fue declarado inocente, sus antecedentes están limpios.

—Esas son buenas noticias para Elynor. Candice entendió la nota de voz en Archie, la tensión, la pregunta oculta.

—No tienes que preocuparte por mí. —La nariz le crecería hasta la puerta—. Él tiene su vida y yo te tengo a ti.

—¿Qué vas a hacer, Terrence? —preguntó Anthony, con la vista en unos papeles importantes.

—¿Respecto a qué? Anthony levantó la vista con la expresión que siempre le brindaba cuando algo era muy obvio.

—Con tú mujer, y con tu hija.

—Ella no es mi mujer —Dijo Terrence, molesto.

— Sigues enamorado de ella, se te nota, por la manera en que te cambia el tono de voz cuando la nombras. Tienes una hija. Ve a por ello y no le des más vueltas.

—Me mintió, me oculto a mi hija. No puedo perdonarlo.

—Es verdad que no hizo bien al privarte de tú hija estos años? Eso lo Entiendo, pero tú no vistes los pedazos en qué la dejaste cuando salió de esa cárcel el día que terminaste con ella. Terrence lo miró, atormentado.

—Nunca me lo dijiste.

—No necesitabas saberlo por en el infierno en el que estabas, pero ahora sí. Anthony dejo los papeles contra la madera del escritorio. — Nunca imagine que se pudiera llorar con el alma, verla así... te rompía el corazón, no sabía qué hacer para calmarla. —Anthony tomó un sorbo de licor—. Con sinceridad fue la peor decisión que hiciste, hermano. A Terrence imagino a Candice y se dio cuenta cuanto le dolía imaginarse.

—Lo hice por su bien. —Se defendió —. Tuvo que darse cuenta en algún momento.

—Pues por lo que puedo entender de ella no piensa igual que tú.

— Candice se desquitó, eso hizo.

—No seas necio. —Protesto Anthony. — Esto que pasó es consecuencia de esa mala decisión. Ella no tiene toda la culpa por haberte ocultado a tu hija. Tú la alejaste. No te has puesto a pensar que no quiso usar a su hija.

—¿Usar?

—La habías sacado de tu vida, si ella iba y te decía que eras padre. Tú ibas a volver con ella, y Candice creería que lo hacías por qué era lo correcto, no porque la querías en tu vida.

—¿Y qué querías que hiciera?

—No sé, pero si no te hubieras precipitado tanto, las cosas hubieran sido diferentes. —Anthony hizo un gesto exasperante ante la terquedad de Terrence—. Eso ya no tiene sentido. Respóndeme algo Amigo. ¿Quieres ver a tu hija cuatro o cinco veces al año, y que sea otro tipo el que comparta momentos con tu hija cuando tú no estás. ¿Vas a permitir que lo llamé papá?

—¡Nunca! Ni siquiera lo vuelvas a pensar—soltó Terrence, con los dientes apretados y aferró con fuerza el vaso que por suerte no se rompió en su mano.

—Entonces que haces aquí.

—Decirlo es fácil,

—Hacerlo es difícil, pero no es imposible.

Terrence necesitaba un plan, por lo poco que sabía, Candice no vivía con algún hombre, pero tenía una relación, escuchó a Elynor hablar del tal Archie cuando estuvo en Nueva York, y cuando él inquirió sobre quién era, su hija dijo: "Un amigo de mamá". Era el mismo tipo que le ofreció trabajo años atrás. Quizás desde entonces estaban juntos, ¿Tampoco amor sintió por él? Que corrió con otro en cuanto la dejo. No, eso no podría soportarlo. Necesitaba saber qué tan serias eran las cosas, ella todavía se sentía atraída por él, pudo notarlo; además, no rechazó su beso en el aeropuerto, a pesar de que tenían muchas cosas que solucionar, sus sentimientos no habían cambiado. Sería un necio si negaba que el amor que un día lo unió a ella en una relación prohibida, se había disipado. No lo tendría fácil, pero en su vida nada había sido fácil, estaba acostumbrado a dar la batalla, y si la victoria era Candice, el iba a ganar.

Una semana después le dieron su pasaporte, estaba limpio de sospechas o acusaciones, en cuanto lo tuvo en sus manos hizo la reservación en el aeropuerto de Nueva York, con destino a Chicago. Candice le había dejado los datos de su casa. Terrence no le diría nada a Candice sobre sus planes, no quería que ella inventara cualquier excusa y negarse a verlas, llegaría de sorpresa. En los últimos días había hablado por teléfono con su hija y con preguntas casuales sabía los horarios de madre e hija. Primero tenía que dejar unos asuntos en orden.

Terrence habló con Susi, le explicó de la mejor forma la situación y le pidió tiempo para dedicarse a entablar una relación con su hija. La mujer no le dijo nada, ni lo reclamó como suyo , pero Terrence tuvo el presentimiento de que el asunto no quedaría ahí. Sin embargo no le dio mucha importancia por qué estaba impaciente de ver a su hija, y si, también de ver a Candice, así que se olvidó pronto del asunto Susi.

Su avión salió a las cuatro de la mañana. Un auto ya lo esperaba en el aeropuerto de Chicago. y con la direccion en su mano, fue en busca de su hija. tres cuartos de hora aparcó en un vecindario tranquilo, de casas eduardianas separadas por pequeños jardines, estaba nervioso y bastante seguro de que tenía en el estómago un revoltijo de mariposas como un jodido colegial. Detuvo en automóvil en una casa bastante elegante a pesar de ser pequeña, en el jardín había pocas flores, a lo lejos vio una bicicleta y una carreta con juguetes plásticos. Tocó el timbre. Un momento después escucho la voz de su hija y el corazón empezó a latirle como un tambor, sabía que Candice no estaba, esa era su intención.

—Yo abro —gritó Elynor.

—No, señorita —dijo una voz de mujer—, ya sabes que a tu mamá no le gusta que abras la puerta . La puerta se abrió y apareció una joven de ascendencia latina que levantó una ceja y lo miró de arriba abajo.

—Buenas tardes, soy Terrence GrandChester, el papá de Elynor.

—¡Llegaste! —exclamó la niña con su eterna sonrisa, habían charlado casi todos los días por teléfono, al verla, se acuclilló enseguida y la niña se abrazó a él. Cerró los ojos y aspiró su aroma, la había extrañado no de ahora, de toda la vida. Se separó de ella y la miró.

—Has crecido, preciosa. Vestía unos pantalones cortos de color violeta y una camiseta blanca, Llevaba una sandalias y dejaba ver sus uñas de los pies pintadas de morado.

Se dedicó las siguientes horas a conocer el lugar donde creció su hija, su cuarto, sus juguetes favoritos, por suerte se salvó de jugar a vestir a una de las Barbies cuando la niñera los llamó para decirles que les había preparado la comida cosa que agradeció Terrence, cenaron pasta y un guisado que Terrence no supo que era, pero que de gustó mucho.

Candice llegó sobre las siete, todavía no había oscurecido. Entró a la casa presurosa, ya sabía por su niñera que Terrence había llegado horas antes y a ella el tiempo en la oficina se le hizo eterno. Estaba sorprendida de que estuviera en su casa, apenas tenían dos semanas de haberse visto. Por suerte Archie estaría de viaje unos días, se sintió culpable por el alivio que sintió, Candice se despidió en la oficina antes de la hora que terminaba su jornada laboral. No supo cuantas infecciones había cometido pero en un cerrar y abrir de ojos estaba abriendo la puerta de su casa. Padre e hija tenían las cabezas juntas, estaban sentados en el piso armando un castillo. La niña se levantó enseguida para correr a abrazar a su mamá.

—Mami, Mira quién vino, y mira lo que me trajo es un castillo enorme, y hay más cosas, varios regalos.

—Hola Candice. Terrence la saludó con el tono de voz que llevaba en el alma. Ella tuvo que recordar que tenía una vida construida con esfuerzo, sobre cimientos de recuerdos, pero vida al fin y al cabo. Candice miro a Terrence y sus miradas se encontraron. De pronto todo lo vivido con él pasó ante sus ojos como una película: sus idas a las citas, para su pintura con el temor del amor recién descubierto, los primeros besos entre esos encuentros que le habían dictado a su romance a lo prohibido. El breve espacio de engaño donde habían cimentado el amor, la primera vez entre sus brazos, sus palabras dichas, que no podía olvidar. Estuvo a punto de soltar el llanto, las noches, los días, el sexo, la pasión, la entrega, las escondidas con la adrenalina en la sangre, luego las desgracias, la muerte de Richard, la cárcel, y entonces la despedida, las lágrimas en medio de la lluvia. Su regalo, lo que le había quedado de esa relación. Las llamadas mudas qué él le hizo. El día que decido alejarse. El nacimiento de su hija, las noches largas y tormentosas de añoranza. Los años extrañando su compañía.

—Hola —saludó, con voz entrecortada.

—¿Estás bien? —preguntó él. Ella se compuso enseguida y le sonrió.

—Muy bien, bienvenido. En un momento estoy con ustedes. Se alejó tan rápido como pudo hasta llegar a su habitación y sin poder aguantarse más dejó caer las lágrimas.

Terrence y Elynor siguieron en lo suyo, mientras la niñera se alistaba para irse.

Pocos minutos después Candice apareció en la cocina para preparar la cena. Cuanto había cambiado su vida. Había nacido en una familia distinguida, que cayó en desgracia tras la muerte de su madre, entonces ella se había casado con Richard, que le ofreció seguridad y el mismo confort de vida, pero el precio fue pagar con dos años de acoso por parte de Neil y luego a parece un hijo de su esposo y se enamoró como jamás imagino que estaría ella.

—No cocines —dijo Terrence de pronto regresandola de sus recuerdos—. Vamos a comer fuera.

—Está bien. Candice al ver el entusiasmo de Elynor acepto de buena gana. Los tres salieron de la casa, Elynor cantaba cogida de la mano de los dos, Terrence se permitió soñar que eran una familia. Pronto, pensó esperanzado.

El cielo estaba despejado y muy azul. Los pensamientos de Candice no eran tan alentadores. A medida que se resquebrajaba la imagen de su perfecta vida, se llenaba, no sabía si de frustración o tristeza. Comieron en medio de la charla de Elynor, luego caminaron entre tiendas y Terrence le compro varias cosas a su hija y cuando ya anochecía, regresaron a la casa. Candice pensó que Terrence se iba a despedir enseguida, pero él siguió a la casa y ayudó a acostar a Elynor, le leyó un cuento y cuando Elynor se quedó dormida se reunió con Candice que estaba recogiendo el desorden de la pequeña sala.

—Me gusta tu casa. La elogió

—Gracias.

—Has hecho un hogar para Elynor, Candice, ella es una niña maravillosa. Candice levantó una ceja, pero algo en su pecho se hinchó y se dijo que de pronto las cosas podrían funcionar, si no a nivel romántico, por lo menos por el bienestar de la niña. Aunque era difícil sustraerse a la atracción que Terrence ejercía sobre ella. Dios, cuánto lo había amado. Sus gestos, su voz, su cuerpo y su forma de ser.

—Gracias. Tengo una buena vida, ¿sabes?

Terrence levantó una ceja.

—Me alegro mucho. Candice lo veía de talante seductor. Como si él se hubiera dado cuenta de su urgencia por convencerlo.

—Doy gracias a Dios por mi hija, ni un segundo tuve la duda de que fuera un regalo. —Se le quebró la voz al final de la frase—. Me hace muy feliz.

—¿Tienes una relación? Se atrevió a preguntar, ella lo miró sorprendida por la pregunta. —¿Estás con alguien? Volvió a preguntar. Candice hizo un gesto afirmativo con la cabeza. —¿Te hace feliz? Ella se acercó a la ventana y cruzó los brazos.

—Es un buen hombre. Terrence se trago el coraje de los celos.

—Tengo que decirte algo —dijo él, en un hilo de voz. Ella lo miró con gesto interrogante y no supo por qué, pero oró para que no le dijera que se había enamorado de alguien. Terrence se acercó con las manos metidas en el pantalón, como si así pudiera calmar los nervios que de pronto tenía.

—Te debo una disculpa.

—¿A mi, por qué? Candice rio, nerviosa y se removió su cabello, luego respiró hondo, esperando.

—Yo la verdad, me porté como un energúmeno en Nueva York al saber de Elynor. No debí tratarte así. Ella desestimó la disculpa.

—Estabas en todo tu derecho, yo no debí hacer lo que hice. Creí que era lo mejor, ahora sé que no debí ocultarte a Elynor, independientemente de que tú y yo hubiéramos terminado de la manera en que terminamos. Terrence se llevó las manos a la cara y luego la enfrentó.

—No sé ni por dónde empezar. Se sentó en el sofá y juntó ambas manos.

—Por el comienzo —dijo ella, sentándose frente a él.

—Si pudiera devolver el tiempo, créeme, lo haría solo para borrar esa terrible tarde en que cometí uno de los mayores errores de mi vida. Si la cárcel era un infierno, sin ti fue…

—Terrence…

—Fue el jodido infierno, mis días no volvieron a tener luz. —La miró, desesperado—. Sin ti las cosas no son igual. Ella solo quiso cobijarse en sus brazos y besarlo y que él la besara y la acariciara hasta el fin de los tiempos. Todavía sentía algo por ella, aunque no, por ella no, por la jovencita ilusionada de seis años atrás. Se levantó, necesitaba distraerse de su mirada y volvió a la ventana. Él se levantó y se puso detrás de ella, tomándola de los hombros, ese solo contacto la llevó por una calle que no deseaba transitar en ese momento. Un deseo puro la asaltó, no el pálido sentimiento de esos años. —Me has hecho mucha falta —musitó él en tono de voz bajo.

—Yo ya no soy la misma. Se alejó de él.

—Yo también he cambiado.

Candice se dijo que era más fuerte, aunque algo fracturada, el tiempo no pasaba en vano, el tiempo pasaba factura, en el físico y en el alma, y ella bien que lo había aprendido.

—El pasado es mejor dejarlo estar. Dijo ella cerrando los ojos.

—Estoy de acuerdo contigo, pero en este presente no hay un solo día que no piense en ti.

—No puedo, Terrence, tengo una relación, no puedo echar todo por la borda solo porque tu regresaste arrepentido. Él caminó otra vez hacia ella, Candice otra vez se alejó. Terrence ya no la siguió, sino se quedó quieto.

—Me juré no hacerlo y respetar tu decisión, pero no puedo, mi amor… Te necesito. Antes de que ella se alejara en dos zancadas estuvo a su lado. La abrazó, el aroma de ella trajo la sensación cálida, y acogedora que Terrence extrañaba, era como cuando llegas de una tormenta de frío y te recibe el calor en tu cálido hogar. Era ella maldita sea. Su mujer, su Candice.

Era él, Terrence el hombre al que amó con locura, que amo hasta el grado de perder su dignidad. Se soltó y negó con la cabeza varias veces.

—Vete, Terrence, no puedo.

Terrence sintió un dolor en el pecho y sintió algo frío en su mejilla. Paso un dedo por ella, miró una lágrima. Atravesó la pequeña sala y salió de allí.

En cuanto cerró la puerta, Candice se desplomó en el piso y lloró por los años perdidos sin él. Estaba furiosa porque Terrence, con su sola presencia, abría en una grieta el delicado piso en el que se sostenía.

Continuará...

Saludos Lectores.