.

CAPÍTULO 6

CANDY temblaba de nerviosismo mientras Aelfa la ayudaba a vestirse para su ceremonia nupcial. Aquél era el día que había estado esperando durante toda su vida, y sin embargo también lo temía. Una vez que hubiera hecho su promesa ante Dios ya no habría manera de echarse atrás.

A partir de aquel día, sería la esposa de un hombre acerca del que sabía muy poco y que no quería tener hijos ni contacto alguno con su amada Escocia. Candy se estremeció, y trató de consolarse con la esperanza de que aquél fuese el destino para el que había nacido. Enrique le había enviado un precioso vestido de tela de oro adornada con ribetes de diamantes, perlas y rubíes. Su nota decía que esperaba que encontrara merecedor de su aprobación el regalo que le hacía. Era un vestido digno de una reina. A pesar de ello, Candy había decidido que no se lo pondría. No era que pretendiera hacerle ningún desaire a Enrique, pero si iba a contraer matrimonio tan lejos de su hogar quería que su herencia estuviera con ella.

Luciendo su mejor vestido color azul, el que se había traído consigo para llevarlo puesto cuando entrara en la mansión familiar de su tía, Candy se hizo envolver en el plaid azul oscuro, verde y amarillo de su padre. Aelfa había trenzado dos pequeñas cintas que dispuso encima de la masa rubio oro de sus rizos, los cuales eran mantenidos en una especie de orden mediante horquillas rematadas con perlas. Ataviada con sus mejores galas de las Highlands, Candy se sintió como una criatura salida de un cuento de hadas.

—Estáis muy hermosa, milady.

Candy le sonrió a la doncella mientras Aelfa le tendía el broche en forma de flecha para su plaid.

—Gracias.

Llamaron a la puerta.

Candy se volvió y vio entrar a Archie. El joven se detuvo nada más verla y sonrió con una mueca lupina.

—Os esperan abajo, mi señora.

Jimmy irrumpió en la habitación por entre las piernas de Archie. El muchacho le había cogido un gran cariño a Archie desde el día anterior, y Candy apenas lo había visto un solo momento desde entonces.

Jimmy la contempló con unos ojos tan abiertos que dejaban pequeña a la luna.

—Atiza, Candy, pareces la reina Maeve. Espero que no pienses comerte también a tu esposo.

Ella se echó a reír.

—No, pero tal vez me sienta tentada de servirle un poco de estofado de niño si alguien que yo me sé no se comporta.

Jimmy le sacó la lengua y corrió al pasillo. Candy volvió a reír mientras veía alejarse a su incorregible hermanito, y luego respiró hondo y se volvió hacia Archie.

—¿Os encontráis bien, milady? —preguntó él mientras le ofrecía el brazo.

Ella puso la mano en el hueco de su codo, agradeciendo el que estuviera presente para acompañarla hasta la capilla.

—No estoy segura. A pesar de su reputación, no creo que lord Sin sea un hombre malvado.

—No, pero es un hombre que se ha perdido.

—Los hombres perdidos pueden ser encontrados y traídos de vuelta a casa.

—Cierto, pero sólo si ellos están dispuestos a regresar. En cualquier caso, dentro de unos cuantos días estaréis en vuestra casa.

Candy sonrió al pensarlo. El hogar. Lo había echado terriblemente de menos. Llevaba casi tres meses lejos de allí. Anna ya habría tenido a su bebé. Su hermano Dermot probablemente habría encontrado otro amor, y Tomer, su tio, sin duda tendría el doble de canas de tanto preocuparse por ella y Jimmy.

Qué maravilloso sería volver a verlos a todos. Incluso si tenía que casarse con un inglés para poder regresar.

«Es un hombre bueno.»

Candy así lo creía. Eso era lo único que hacía tolerable todo aquello. Bueno, eso y el hombre capaz de bromear que ella había entrevisto bajo la fachada desprovista de emociones que Sin le mostraba al mundo. Fuera cual fuese la razón por la que habían decidido unirlos, Candy confiaba en que la voluntad de Dios estuviera detrás de aquello. Era su fe la que la mantenía en pie.

Dejó que Archie la llevara hasta la capilla privada del rey en la parte de atrás del castillo, muy lejos del bullicio de la gran sala.

Aelfa los siguió, con Jimmy detrás de ella.

La capilla los acogió con un alegre resplandor que la llenaba de luz. Las representaciones de las Estaciones de la Cruz hechas en vidrios de colores derramaban sus destellos sobre el suelo de adoquines. Enrique estaba sentado en un pequeño trono a un lado de la nave, mientras que Sin y el sacerdote esperaban junto al altar. Su futuro esposo seguía llevando su armadura negra. En realidad, Candy todavía tenía que verlo llevar alguna otra cosa. Se preguntó si Sin tendría otras ropas.

No había nadie más en la capilla. Candy tragó saliva al sentir que otra oleada de nerviosa inquietud le recorría todo el cuerpo. No era así como ella había soñado que sería su boda. Siempre había pensado que se casaría en el gran patio que había detrás de su casa, con su familia y todas sus amistades alrededor de ella. Sí, habría habido gran cantidad de vítores y sonrisas, con muchos buenos deseos y cálidos abrazos.

Una intensa nostalgia hizo presa en ella. Cómo le habría gustado que al menos su tío pudiera estar allí acompañándola. Él había sido como un segundo padre para ella y la llenaba de pena que fuera a perderse aquella ocasión. Cerró los ojos y se imaginó el rostro bondadoso de Tom, sus ojos reluciendo de orgullo mientras la entregaba a su esposo.

Un instante después se sintió desfallecer cuando comprendió que su tío nunca le sonreiría a Sin. De hecho, mucho tendría que hacer ella para conseguir que Tom no rugiera y se abalanzase sobre él. Porque seguramente Candy nunca vería llegar el día en que su tío diera la bienvenida a un inglés en el seno de su familia.

«Santos que nos miráis desde el cielo —rezó—, haced que esto sea el camino que lleve a la paz.»

Sin se envaró cuando vio la palidez en el rostro de Candy y el modo en que cerró los ojos como si no pudiera soportar verlo en el altar. No podía culparla por ello. ¿Quién querría contraer matrimonio con un engendro del diablo?

Desde el momento en que entró, el sacerdote no había hecho otra cosa que observar a Sin con ojos llenos de recelo. Cada vez que pensaba que Sin estaba mirando hacia otro lado, el sacerdote se persignaba y murmuraba una plegaria a san judas para que lo perdonara por lo que le iba a hacer a la pobre oveja inocente que sería sacrificada a Lucifer.

Sin bajó la mirada hacia su sobreveste mojada, donde el sacerdote acababa de derramar accidentalmente un poco de agua bendita. Sin duda el hombre había esperado ver cómo Sin aullaba de dolor y desaparecía entre una nube de humo.

Sus labios se fruncieron cínicamente cuando un súbito movimiento de su mano hizo que el sacerdote diera un respingo.

Candy fue hacia él y Sin le tendió la mano. Ella le ofreció una tenue sonrisa. Dejando atrás a Archie, puso su diminuta mano en la de Sin.

La suavidad de su contacto volvió a sorprenderlo. Aquella piel tan delicada era como un bálsamo para sus callos de guerrero. Una súbita oleada de ternura recorrió todo su ser al verla venir hacia él de aquella manera, confiada en que nunca les haría daño a ella o a su hermano.

El pensamiento lo llenó de humildad.

Ella levantó la vista y Sin vio la promesa en sus ojos, y la emoción que sintió fue tan intensa que se abrió paso a través del hielo que cubría su corazón. Quizá todavía pudiese haber esperanza para ellos después de todo.

Oyó cómo el sacerdote daba inicio a la misa, pero las palabras no significaban nada comparadas con las emociones hasta ahora desconocidas que crecían dentro de él. Quería hacer suya a aquella mujer que llevaba dentro de sí la bravura de un guerrero. Aquella mujer capaz de mostrar tal confianza en un hombre que no confiaba en nada ni en nadie.

Candy se merecía mucho más que aquella mísera ceremonia. Sin no entendía gran cosa de mujeres, pero aun así sabía lo importante que era para ellas un acontecimiento semejante. Las mujeres dedicaban muchas horas de sus vidas a hablar entre ellas fantaseando sobre cada uno de los detalles.

Cuando llegó el día de su boda, su cuñada Rosmary había estado hecha un manojo de nervios. Sin y su hermano Alec se las vieron y se las desearon para conseguir que llegara a la capilla a tiempo.

Rosmary no había parado de hablar ni un solo instante mientras iban hacia allí, explicándoles con voz temblorosa que todas las jóvenes soñaban con sus bodas. Les contó cómo ella había planeado la suya meticulosamente y que si cualquiera de ellos se dejaba olvidado algo, o cometía algún error, haría que la ira de las plagas cayera sobre las cabezas de ambos.

Deseó haber podido darle a Candy un día como aquél. Rosmary se había casado rodeada por sus hermanos y con todas sus amistades presentes. Los regalos y parabienes se apilaban por todas partes esperándolos. Hubo música y baile, y mucha felicidad.

Al menos, Enrique había planeado una cena de gala para ellos, pero estarían rodeados de desconocidos. Desconocidos a los que no les importaban en absoluto. Ver que Candy se estaba perdiendo todo aquello lo llenaba de pena, y nada le habría gustado más que poder compensarla de alguna manera.

Hubiese querido…

—¡Sin! —La voz de Enrique interrumpió el errático discurrir de sus pensamientos—. ¿Tienes un anillo, sí o no?

Sin parpadeó y miró al sacerdote, quien lo miraba a su vez con expresión expectante. Candy fruncía el ceño y Sin comprendió que debían de llevar unos cuantos segundos esperando a que él respondiera.

Metió la mano en su faltriquera y sacó la cajita de plata que había guardado en ella. El día anterior había pasado horas en el comercio del joyero tratando de encontrar algo que pudiera ser del agrado de Candy.

Al principio la tarea había parecido de lo más simple, pero la abundancia de posibilidades no tardó en llenarlo de confusión. Los anillos venían en una amplia gama de colores y tamaños, y fue entonces cuando se dio cuenta de lo poco que sabía acerca de su esposa.

Con todo, escuchó con gran atención al hombre bajito y rechoncho mientras éste le hablaba de lo que escogían las damas y lo que era habitual que compraran los hombres cuando querían una sortija de matrimonio. Después de tanta charla le estuvieron zumbando los oídos durante horas.

Sin nunca había comprado un regalo para nadie y no tenía ni idea de qué preferiría Candy.

Después de una eternidad de concienzudo examen, había encontrado uno que esperaba fuese perfecto…

Candy se mordió el labio cuando él puso el anillo en su dedo. Cuando lo miró, los ojos se le llenaron de lágrimas. La delicada banda de oro estaba elegantemente tallada con rosas y cardos, y la esmeralda de un intenso color verde oscuro brillaba incluso a la tenue luz de la capilla. Las rosas y los cardos eran la combinación perfecta entre la herencia inglesa de él y la sangre escocesa de ella.

Y lo que era todavía mejor, se acordaba de que Archie le había preguntado cuál era su color favorito. Qué delicadeza por parte de Sin haber basado su elección en ello. Y su madre siempre había dicho que las esmeraldas eran las piedras del amor. Que significaban la unificación del corazón y el alma, y traerían el amor eterno a la persona que las llevara.

La bondad de su esposo realmente no conocía límites.

Sin se sobresaltó cuando una lágrima cayó sobre su mano.

Instintivamente, quitó el anillo del dedo de Candy al tiempo que se sentía lleno de remordimiento.

Su ignorancia acerca de aquellas cosas no podía ser más completa. Guerrero en cuerpo y alma, no sabía nada de las mujeres y sus abalorios. Echar a perder un momento tan importante era justo el tipo de error que se podía esperar de él.

—Perdonadme, milady —dijo con voz enronquecida—. Pensé que os gustaría. Iré a comprar otro…

Ella lo hizo callar poniéndole los dedos en los labios.

—Es el anillo más hermoso que he visto jamás. Si lloro es únicamente porque me conmueve el inmenso cuidado que habéis puesto al elegirlo. Gracias.

Sin se sintió dominado por una intensa emoción. Candy mostraba una sonrisa que hacía que le flaquearan las piernas y se le envarase la entrepierna. Los dedos de ella le rozaron delicadamente la mandíbula, y después su mano bajó hacia la de Sin y volvió a ponerse el anillo.

Quizás había una posibilidad para ellos después de todo… «No, Sin. Ni se te ocurra pensar eso. No lo pienses jamás. Esto es una ilusión. Un momento pasajero. Tarde o temprano la verdad saldrá a la luz y ella te odiará.»

Con el corazón lleno de tristeza, escuchó cómo el sacerdote los unía en matrimonio

Cuando hubo terminado la ceremonia Enrique los llevó a la gran sala, donde se había servido el banquete. La sala estaba llena de nobles sombríos que observaron a Candy con compasión y a Sin con franco odio.

Sin se detuvo a contemplar la fría estancia. Si bien era cierto que nadie había mostrado nunca demasiada alegría ante su presencia, aquello iba más allá de la reserva y el desdén normales que le dedicaban los cortesanos.

Uno de los alguaciles de Enrique avanzó hacia ellos. Ya muy entrado en años, el hombre llevaba una impecable sobreveste gris y su rostro mostraba la expresión propia del mensajero que trae malas noticias.

El anciano se inclinó ante Enrique y su guardia.

—Perdonadme, majestad, pero parece ser que Roger, el conde de Warrington, ha sido encontrado asesinado en su celda esta mañana—. La mirada llena de sospecha del anciano fue hacia Sin—. Le habían cortado el cuello.

Un rumor de indignación recorrió la multitud de cortesanos. La nueva dejó estupefacto a Sin. Oyó tragar aire a Archie detrás de él y sintió que la mano de Candy se quedaba fría de repente.

Condenado sin un juicio. Cuán típico.

Contempló a los cortesanos con ojos vacíos de toda expresión, tentado de agacharse hasta que sus nudillos tocaran el suelo y echar a correr como un animal enloquecido. Después de todo, eso era lo que ellos esperaban de él.

—¿Hubo algún testigo? —preguntó Enrique.

La mirada del alguacil volvió a dirigirse hacia Sin.

—Ninguno, majestad. Es como si un fantasma hubiera pasado por allí —dijo, utilizando la descripción habitualmente aplicada a los crímenes de Sin.

Desoyendo los dictados del sentido común, Sin miró a Candy. Un profundo fruncimiento de ceño ensombrecía su rostro mientras escuchaba hablar a Enrique y el mariscal.

Cuando su mirada se encontró con la de Sin, él esperaba que ella lo condenara como habían hecho los demás.

—¿Roger de Warrington es aquel hombre que intentó mataros anoche?

—El mismo, señora.

Sin sintió cómo la mano de ella se volvía todavía más fría. Y lo que era aún peor, la sintió temblar.

Un súbito nudo de tensión le oprimió el estómago. No le sorprendía que los demás pensaran lo peor de él, pero por alguna razón lo llenaba de disgusto que ella también lo hiciera.

—Ordenaremos que el asunto sea investigado —dijo Enrique—. Pero ahora, tenemos una boda…

—¡Asesino!

Los ecos de la palabra resonaron por toda la sala.

La mirada de Candy recorrió rápidamente a los ocupantes de la estancia hasta que vio a una mujer de unos cuarenta y cinco años, inmóvil detrás del gentío. Los cortesanos se apartaron, proporcionando así a la desconocida un camino para ir desde la puerta hasta Sin.

El rostro sonrojado y los azules ojos iluminados por el brillo de las lágrimas, la dama de la nobleza fue hacia Sin con la tranquila dignidad de una reina. Su largo vestido rojo creaba un marcado contraste con sus rubios cabellos y sus ojos claros. Había algo extrañamente familiar en aquella desconocida.

La mujer se detuvo ante Sin y lo miró con un aborrecimiento tal que Candy se asombró de que el hombre no cayera fulminado.

Sin no movió ni un músculo mientras contemplaba a la mujer con expresión despectiva.

—Maldito seas por haber matado a mi hijo. Ojalá hubieras muerto en el útero —dijo con crueldad la noble señora—. Tendría que haberme quitado la vida antes de dar a luz un monstruo como tú.

Candy dejó escapar una exclamación ahogada mientras comprendía que aquella mujer era la madre de Sin, y que era su parecido con ella lo que había percibido mientras la dama atravesaba la sala.

Lo cual significaba que el hombre que había intentado matar a Sin anoche era su hermano. La revelación hizo que Candy sintiera que le flaqueaban las piernas.

—Gracias, madre —dijo Sin estoicamente—. Como siempre, tus buenos deseos para conmigo me llenan de alegría.

Con un brillo letal en sus azules ojos fijos en él, su madre le cruzó la cara en un violento bofetón que le abrió la mejilla.

Aun así Sin permaneció inmóvil. No se encogió sobre sí mismo. Ni siquiera cuando su madre hizo girar el anillo alrededor de su dedo en un gesto lleno de odio para hacerles saber a todos que le había cortado la mejilla a propósito.

—Exijo justicia-gritó la mujer, volviéndose hacia Enrique.—Quiero que este bastardo pague por lo que ha hecho.

—¿Condenaríais a vuestro propio hijo, condesa?

Las lágrimas corrieron por las mejillas de la dama mientras trataba de contener sus sollozos.

—Ya no tengo ningún hijo. El único hijo que tenía murió a manos de un sucio asesino. —Alzando las manos como garras, se abalanzó sobre Sin, quien la sujetó por los antebrazos y la mantuvo a raya—. ¡Quiero verte muerto por esto! —le chilló ella en la cara—. Eres despreciable y vil. Ojalá Dios te hubiera quitado la vida cuando naciste.

Sin la miraba con ojos vacíos de toda expresión y guardaba silencio mientras impedía que ella lo arañase.

Enrique ordenó a su guardia que se llevara de la sala a aquella mujer enloquecida por la pena y la escoltara hasta sus aposentos.

Candy fue hacia su esposo y alzó la mano para tocar el corte que sangraba en su mejilla.

Sin retrocedió ante ella como si Candy fuese una víbora.

—Curará— dijo.

—Algunas heridas nunca llegan a curar, milord —dijo Candy mientras su corazón lloraba por él. Era incapaz de imaginar mayor crueldad de una madre para con su hijo que lo que acababa de presenciar, y no se atrevía a pensar en qué otras atrocidades le habría infligido aquella mujer a lo largo de los años.

No era de extrañar que Sin se hubiese negado a hablar de su madre la noche anterior cuando ella le había preguntado al respecto.

Sin miró a Enrique, dio media vuelta y enfiló el pasillo que llevaba a la capilla.

Candy lo siguió, con Enrique un paso por detrás de ella. Cuando Sin entró en la capilla, al sacerdote le bastó con ver su rostro lleno de furia para salir corriendo.

Sin prestarle ninguna atención, Sin cogió los papeles de su boda de allí donde los habían dejado para que se secaran en el altar y echó a andar hacia el fuego que ardía en el hogar.

Enrique se apresuró a interponerse en su camino.

—¿Qué estás haciendo?

La rabia pintada en el rostro de Sin era aterradora.

—Quiero que este matrimonio sea disuelto. Ahora.

— Sin… —dijo el rey, su voz llena de advertencia.

— Haceos a un lado, Enrique.

Candy contuvo la respiración. Nunca había visto así a Sin. Aquél era el hombre que realmente podía matar a alguien mientras dormía. Gélido e impasible, sus ojos estaban llenos de una turbulenta agonía.

—Quema esos papeles y haré que te cubran de cadenas.

Sin le lanzó una mirada entre burlona e implacable.

—¿Pensáis que eso me importa? Si estáis tratando de asustarme, tendréis que hacerlo mejor.

—Dejadnos —les dijo a Enrique a todos los presentes. Sus guardias titubearon.

—¡Ahora! —rugió Enrique.

Se fueron, pero Candy no se alejó de la puerta cerrada. Miró al guardia, que se apresuró a volver la cabeza, y luego pegó la oreja a la puerta para escuchar.

Un instante después, el guardia hizo lo mismo.

—Dame esos papeles, Sin.

Sin no se movió. No podía hacerlo. En la gran sala todos habían creído que acababa de matar a su propio hermano. Todos, incluida Candy. Lo que pensara Candy no hubiese debido importarle, y sin embargo le importaba. Le importaba de un modo que lo llenaba de miedo.

—¿Por qué lo hicisteis?

Enrique se encogió de hombros ante la pregunta de Sin.

—Tenía que hacerse. Roger era una carga que no podíamos permitirnos.

¿Cuántas veces había oído él aquellas palabras? ¿Cuántas veces había asesinado por Enrique? Pensándolo bien, era un milagro que no le hubiera ordenado a él matar a Roger.

—No me casaré con una mujer que me cree capaz de cortarle el cuello a mi propio hermano.

—¿Por qué no? Como si no hubieras hecho cosas peores en tu vida. ¿Te acuerdas de cómo te llamaban los sarracenos? Melek in Olüm. El Ángel de la Muerte. Es lo que siempre has sabido hacer mejor.

Al oírle decir aquello Sin se sintió todavía más atrapado. Qué estúpido había sido al permitirse aunque sólo fuese abrigar la esperanza de que podría unirse a Candice y llevar una vida tranquila y normal. Nunca podría escapar de su pasado. De todas las cosas que había hecho para sobrevivir.

Contempló los papeles que tenía en las manos y vio su firma debajo de la de Candy. Su letra, elegante y llena de gracia, contrastaba con el torpe trazo de él.

Candy estaba hecha de bondad y ternura. En ella todo era hermoso, y en cambio él sólo era malvado. Horrible. Un monstruo carente de alma con el cuerpo lleno de cicatrices y que sólo era capaz de sembrar la destrucción a su alrededor.

Melek in Olüm. El título resonó en sus oídos. Ya hacía mucho tiempo de aquello, pero todavía podía oír las risas de sus dueños mientras lo adiestraban. Durante aquellos años Sin había tenido muchos nombres. Había cometido crímenes que le habría gustado poder enterrar en los más lejanos confines de su mente. No se merecía una segunda oportunidad en la vida. Y estaba seguro de que no se merecía a una mujer tan buena y decente como Candy.

Sólo un demonio como Enrique podía haber concebido el provecto de unirlos.

A través del dolor de sus recuerdos, vio una imagen de la cálida sonrisa de Candy. Oyó la belleza de su risa.

Candy era capaz de llegar hasta él a un nivel que Sin no conseguía entender.

—Y ahora dame esos papeles —dijo Enrique al tiempo que extendía el brazo.

Sin titubeó. Pero, finalmente, se encontró entregándoselos contra su voluntad.

Enrique dejó escapar un suspiro de alivio mientras guardaba los papeles dentro de la bolsa de cuero en el altar.

—Soy tu amigo, Sin. Tú ya lo sabes. De no ser por mí, habrías muerto en ultramar sin haber vuelto a pasar un solo instante entre los tuyos.

Los suyos. Era extraño, pero Sin se sentía tan extranjero allí en Inglaterra como cuando estaba con las tribus sarracenas que lo habían comprado y vendido.

Enrique se metió la bolsa debajo del brazo.

—¿Por qué te importa lo que la muchacha pueda pensar de ti?

Sin fulminó a Enrique con la mirada para hacerle saber que había ido demasiado lejos.

—Da la casualidad de que esa dama es mi esposa. Os aconsejaría que le mostrarais el debido respeto.

Enrique puso los ojos en blanco.

—Ya tuve suficiente con uno. Te hago un favor, y lo único que consigo es verme perseguido por un león furioso. No me digas que ahora tú también vas a volverte contra mí como hizo Thomas Becket.

—Vos me conocéis lo bastante bien para saber que yo nunca haría eso.

—A él también creía conocerlo muy bien, y ya ves lo equivocado que estaba. —Enrique lo observó con suspicacia durante unos instantes—. Por cierto, si todavía estás pensando en hacer anular es te matrimonio mediante alguna treta, piénsatelo mejor. Mañana quiero tener la prueba de que ha sido consumado.

Sin arqueó una ceja.

—No me digáis que queréis asistir al acontecimiento.

—Casi. Ya he verificado el estado virginal de tu esposa. Si por la mañana no hay sangre, haré que mis médicos vuelvan a examinarla. Más vale que no encuentren rastro de doncellez.

Sin le dirigió una mirada carente de toda expresión.

—Habláis como si me importara mi vida. No tenéis ningún auténtico poder sobre mí, Enrique, y vos lo sabéis. Lo único que nos une es el juramento de lealtad que os presté.

Enrique entornó los ojos.

—Tú y yo no hemos dejado de discutir desde el primer momento en que abordé esta cuestión. No deseo enfrentarme a ti. Lo único que quiero es que esto quede resuelto de una vez. Necesito tener en Escocia un brazo fuerte pero imparcial. Tú eres el hombre perfecto para infiltrarse entre sus gentes y mantener la paz. Entre tú y los MacArdley, mis fronteras del norte estarán seguras y eso me permitirá concentrarme en librar a mis cansados talones del acoso de Felipe. Si este matrimonio no fuera consumado, ella podría romper el pacto tan pronto como regresara a su hogar.

—Lo sé, Enrique.

—¿Y entonces por qué estás haciendo que esto resulte mucho más difícil de lo que debería ser?

Sin no tenía ni idea. Pero una parte de él no podía evitar sentir que si consumaba su matrimonio con Candy el lazo sería eterno. Y lo último que quería era atar a una mujer como ella a un hombre como él. Ese acto le parecía mezquino y cruel.

—Muy bien —dijo finalmente—. Mañana por la mañana tendréis la prueba de la consumación.

Enrique sonrió.

—En tal caso te dejaré con tu flamante esposa.

Mientras Enrique se iba, Sin contempló con anhelo los papeles que llevaba debajo del brazo. Cómo deseaba que le hubiera sido posible deshacer aquel día.

A decir verdad, le daba absolutamente igual lo que todos los demás pensaran de él. Pero lo que pensase Candy sí que le importaba. No quería ver sus ojos oscurecidos por la sospecha o, peor aún, el odio.

Respirando hondo, fue hacia la puerta y se preparó para hacer frente a la condena de su esposa.

Candy sintió que el corazón le latía con inusitada fuerza mientras se apartaba de la puerta unos momentos antes de que Enrique la abriera de par en par. Le hizo una rápida reverencia al rey mientras éste pasaba junto a ella, y luego esperó nerviosamente para ver a su esposo.

Así pues, Sin era inocente del asesinato.

La noticia la alivió más de lo que nunca hubiera creído posible. Sin distaba mucho de ser un inocente, pero no había tenido nada que ver con aquello.

Cuando lo vio salir por la puerta, Candy le dirigió la más radiante de sus sonrisas.

La confusión oscureció la mirada de Sin mientras contemplaba aquel gentío que lo observaba como si fuera la más vil de las formas de vida y no lo considerara digno de compartir la Tierra con ellos. Pero a ella le daba igual lo que pensaran ellos. Que fueran unos estúpidos si querían.

Candy sintió que le daba un vuelco el corazón al ver la sangre seca en la mejilla de Sin. La herida ya se había inflamado y puesto de color púrpura, y tenía que dolerle. La mancha parecía todavía más horrible en un hombre tan apuesto.

Alzó la mano hacia él para tocarlo.

—Déjame…

Él se quitó de encima su mano con un brusco encogimiento de hombros y salió de la sala.

Candy sintió que se le hacía un nudo en la garganta al verse tratada con tanta brusquedad por Sin y tuvo que tragar saliva.

¿Qué lo habría hecho comportarse así?

Decidida a averiguarlo, fue en pos de él.

Alcanzó a su esposo en el pasillo, donde los sirvientes se apresuraban a alejarse todo lo que podían de él.

—¿Adónde vas?

Sin se detuvo al oír aquella voz melodiosa a su espalda. ¿Lo había seguido Candice?

Se volvió y la encontró directamente detrás de él, con las faldas levantadas con las manos para así poder igualar su mucho más larga zancada. Sus esbeltos tobillos quedaban expuestos a su mirada y verlos le inflamó la sangre. Ni siquiera el manto escocés que llevaba Candice, aquel plaid que le recordaba a Sin una herencia que él despreciaba, podía reducir la intensidad del deseo de hacer suya a aquella dama.

Su esposa.

La verdad se abrió paso a través de él.

—Quiero estar solo —dijo en un tono más adusto de lo que había pretendido.

—Bueno, me imagino que eso debe llenarme de alegría —dijo ella, con sarcástico disgusto en su voz—. Hoy es el día de nuestra boda y tú quieres pasarlo solo. Perfecto, pues entonces llámame zapato viejo y terminemos de una vez.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo has dicho? ¿Qué es lo que quieres que te llame?

—Zapato viejo—. Le señaló los pies—. Ya sabes, esas cosas carentes de importancia sobre las que andas sin pensar en ellas. Eso es todo lo que soy para ti, ¿verdad?

Sin no habría podido quedarse más atónito si ella le hubiera escupido a la cara. ¿Cómo era posible que Candy pensara eso, cuando para él ella era la mismísima esencia del cielo? No podía imaginar una mujer más noble o magnífica, por mucho que tuviera uno o dos hábitos bastante insufribles.

—Todavía no te he tratado como si carecieses de importancia.

—Todavía, dices. Dando a entender que puedo estar segura de que llegará el momento en que lo harás.

—No he dicho eso, tampoco.

—¿No lo has dicho?

—No.

Candy alzó la mirada hacia él con una leve sonrisa en la comisura de sus labios y un brillo malicioso en sus verdes ojos.

—Así pues, tengo un cierto valor para ti.

Más del que ella llegaría a saber jamás.

—¿Todo esto era un juego?

Ella sacudió la cabeza.

—No era un juego. Sólo quería que me hablaras. —Dio un paso adelante y le tocó el brazo.

Sin contempló la delicada mano posada sobre su bíceps y tuvo que recurrir a todas sus reservas de voluntad para no tomar a Candy entre sus brazos y reclamar sus labios con los suyos. Para no cogerla en vilo y correr con ella a su habitación, donde podría perderse en la dulce suavidad de su cuerpo.

—Ya sé que has pasado una gran parte de tu vida solo —le dijo ella cariñosamente—. Pero ahora estamos casados. El cómo hemos llegado a estarlo carece de importancia, porque tengo plena intención de hacer honor a mis votos. Seré una esposa para ti, Sin, si tú me dejas.

En eso radicaba el problema. Sin no sabía si podía hacer tal cosa. Cada vez que había tratado de acercarse a alguien le habían hecho daño. Con el paso de los años, había aprendido a encerrarse dentro de sí mismo, para no otorgar a nadie esa clase de poder sobre él.

Había cerrado con cuatro llaves su corazón y sus emociones, y aprendido a conformarse con el mero hecho de existir.

Era la única manera de que hubiera paz en su vida.

Ahora ella quería cambiar todo eso. Sin llevaba tanto tiempo anhelando ser querido y aceptado que ahora no se atrevía a volver a abrirse a ninguna ternura. Porque el hacerlo lo destruiría.

—Necesito estar solo unos momentos —explicó, dulcificando su voz—. Por favor.

Ella retiró la mano.

—Te estaré esperando cuando estés preparado.

Nadie le había hablado nunca con tanta bondad. Conmovido a un nivel tan profundo que resultaba inexplicable, Sin dio media vuelta y fue lentamente hacia los establos.

—No sé si alguna vez conseguiréis llegar hasta él, milady. —Candy se dio la vuelta en el pasillo con un jadeo asustado y vio a Archie que iba hacia ella.

—¿Estabas escuchando?

—Sólo un poco.

Su honestidad le arrancó una sonrisa.

—Dónde está Jimmy?

—Aelfa lo llevó a vuestra habitación. Ella y yo cuidaremos de él durante esta noche.

—Gracias.

Archie asintió. Luego se dispuso a irse, pero Candy lo detuvo.

—Archie, ¿hay algo que puedas contarme que me ayude a ganarme a Sin?

—Sin es duro, pero también es justo. Nadie, yo incluido, conoce realmente a vuestro esposo, milady. Sin es como es. No pide nada y sólo confía en sí mismo. Si existe una manera de llegar hasta él, no la conozco. Lo único que sé es que no será fácil. Pero si vos estáis dispuesta a intentarlo, entonces yo estoy dispuesto a ayudaros.

—Eres un hombre bueno, Archie.

Eso lo hizo reír.

—Las mujeres hermosas no paran de decírmelo, y sin embargo al final todas terminan casándose con otros. Quizá debería probar a ser malo, y entonces tal vez podría volver a casa llevándome conmigo a la bella damisela.

Candy le sonrió.

—Dudo que nunca puedas llegar a ser malo.

Una joven sirvienta se acercó tímidamente hacia ellos. Candy la saludó.

—Os ruego que me perdonéis, milady-dijo la chica nerviosamente mientras les hacía una reverencia. —Mi señora me ha ordenado que os dé esto. Es un regalo de bodas.

Candy tomó la cajita de las manos temblorosas de la joven.

—¿Quién me lo manda?

—La condesa de Rutherington.

—La madre de Sin— aclaró Archie.

Candy frunció el ceño. ¿Por qué iba a enviarle ella un regalo? No tenía ningún sentido, a la vista de sus acciones hacia Sin.

Llena de curiosidad, abrió la caja y vio una botellita.

—¿Qué demonios es eso?— preguntó Archie.

Pensando que sería perfume, Candy abrió la tapa e hizo una inspiración. Enseguida reconoció aquel olor hediondo. Provenía de la planta que su madre había usado para hacer desaparecer de su casa a los ratones y demás alimañas.

Era una botella de veneno.

CONTINUARA