7. Soy tan estable como la abu Uchiha con tres chupitos de tequila entre pecho y espalda
—Un poco a la izquierda. ¡Ahí, ahí! Genial, no te muevas.
Me duelen los carrillos de tanto forzar esta sonrisa de «vecinita tímida de al lado» que el fotógrafo no para de pedirme. Llevamos cinco horas en el estudio y parece que, de momento, no tienen intención de darnos un mísero descanso. A Itachi lo pusieron manos a la obra en cuanto cruzó la puerta, mientras su agente me preparaba para la entrevista.
Un agente, por cierto, al que aborrezco.
Al final resulta que el tipo no se llama Nagato, que sí es el nombre del vigilante que ha contratado mi abuelo para que cuide de la familia ahora que la campaña se está poniendo difícil. Un hombre muy agradable, el tal Nagato. Me será útil si alguna vez me decido a acabar con Ebisu Nobuo y necesito ayuda para esconder el cuerpo, y es que Nagato tiene pinta de haber enterrado unos cuantos cadáveres. Ebisu, el agente de Itachi, me está enumerando todo aquello de lo que no me está permitido hablar o, lo que es lo mismo, un noventa por ciento de mi vida. Me hace ilusión saber que, hasta la fecha, he llevado una vida tan controvertida y cargada de emociones. Más historias que contar a los nietos.
¿Mi preferida? «No os lo vais a creer, pero Karin, la señora que nos ayudaba en casa, era...»
Sí, Karin vuelve a estar castigada, esta vez por intentar ayudarme, con la mejor intención, pero sin el resultado esperado. La verdad es que me ha costado bastante más sobrevivir a los comentarios sobre la falsa ruptura entre Itachi y yo que aguantar los ataques constantes de las fulanas del campus.
De vuelta a la lista del imbécil de Ebisu, ay, perdón, de Ebisu, intento olvidar lo siguiente: mi hermano, su expulsión de la universidad y su amor por un buen chupito de tequila o, ya puestos, cinco; mi padre, que en el pasado se dedicó a ensalzar el buen nombre de la familia teniendo aventuras con mujeres suficientemente jóvenes como para ser mis hermanas. A eso hay que sumarle la costumbre de mi madre de compartir con todo el pueblo los secretos de su matrimonio fallido. ¿De verdad a alguien le interesa saber que lo pilló montándoselo en el lavadero con la chica de la limpieza? Yo creo que no.
También está lo de mi madre, sin necesidad de más explicaciones. Lo del peso. Cuántos kilos llegué a pesar y cómo los perdí. Cualquier cosa que me haga indigna del título de novia del quarterback. Y, finalmente, algo de lo que me esté olvidando y que seguramente luego se me escapará sin más.
—La verdad es que os complementáis a la perfección, tenéis una simetría fantástica.
El fotógrafo nos hace cambiar de posición y toma una ráfaga de imágenes que me dejan ciega. Me coloca delante de Itachi y le pide que me pase los brazos alrededor de la cintura.
—Quiero que mires a la cámara y me des una expresión entre un poco Darcy y un poco Thor.
—Perdón, ¿qué?
Mi queridísimo novio no habla el idioma de las fans, así que le echo una mano.
—Tienes que mirar a la cámara como si quisieras darle una paliza a alguien, pero al mismo tiempo con un toque entre sexy, taciturno y vulnerable.
—¿Y eso es posible?
—Pues claro, cariño. ¿No has visto todas las revistas que tengo en mi habitación con la cara de Ryan Gosling en la portada?
—Las he visto —murmura de mala gana, y es que Itachi nunca ha sido fan de mi obsesión por cierto espécimen masculino.
—Imagínate que eres él y conseguiremos que todas las animadoras se te tiren al cuello.
Lo digo con un aire más amenazante del que pretendía y a él no se le escapa, pero antes de que pueda decir algo, el fotógrafo grita que soy un genio y que el rollo Gosling es exactamente lo que estaba buscando.
¿Y acaso no es lo que buscamos todas?
La sesión fotográfica ha terminado y, por suerte, no he tenido que enfundarme en un salto de cama ni embadurnarme de aceite. No hemos hecho nada arriesgado, todo ha sido muy para todos los públicos. Juraría que Ebisu ha vetado cualquier tipo de desnudez, aunque no ha dejado de mirarme como si quisiera que me arrancara la ropa a mordiscos y sedujera a mi novio al estilo portada de Playboy. No sé por qué cree que soy una chica más, descerebrada y hambrienta de fama, porque es exactamente así como me ha tratado hasta ahora. El tío es listo, eso sí, y cuando Itachi está cerca se esfuerza en disimular el desprecio que siente hacia mí, pero se nota que le gustaría verme fuera de la vida de su representado o que Itachi no insistiera tanto en aparecer conmigo en las portadas.
Estoy desmaquillándome en uno de los camerinos improvisados del estudio cuando lo veo aparecer por la puerta. Es el típico representante deportivo: treinta y tantos, trajeado, hambriento de dinero y capaz de sacrificar a su propia madre con tal de conseguir sus objetivos. Seguramente jugó en alguna liga universitaria, pero su estrella no tardó en apagarse; el plan B le está yendo bastante bien y tiene una cartera de clientes impresionante. Pero Ebisu también es de esos que te hacen creer que todo aquel que no es importante para él es poco menos que chusma. Eso soy yo para él, pero, por suerte, la gente como él no me intimida. Los representantes deportivos y los políticos municipales están todos cortados por el mismo patrón. Llevo toda la vida sufriéndolos, gente que venía a las fiestas que mis abuelos organizaban para mi padre y que miraban a todo el mundo por encima del hombro, a menos, claro está, que pudieran sacarles algo.
Por eso, cuando entra en el camerino y me fulmina con la mirada, yo apenas me inmuto.
—La entrevista empieza dentro de diez minutos. Espero que estés lista.
Lo miro y le dedico una sonrisa cándida, en lugar de la peineta que tanto me está costando contener.
—Claro, solo tengo que hacer de novia tonta pero entregada que se muere de ganas de ver los sueños de su novio convertidos en realidad. Y si me preguntan por mis objetivos en la vida, responderé que me conformo con un buen robot de cocina, a poder ser de color rosa.
Me mira con el ceño fruncido.
—No te hagas la lista conmigo. En tu tiempo libre, por mí, como si te dedicas a hacer la croqueta en pelota picada, pero cuando se trate de mi cliente tienes que escucharme. Ya he tenido suficientes dramas con lo de esta semana; Itachi tiene una reputación que mantener y las jugarretas políticas de tu padre casi lo mandan todo al traste. Será mejor que esta vez no metas la pata.
Pasados los dos primeros minutos, desconecto por completo. Él sigue moviendo los labios; tiene las aletas de la nariz dilatadas y los puños cerrados, pero en general resulta más aburrido que un anuncio de papel de váter. Si cree que va a poder conmigo, que me va a hacer desaparecer, es que no sabe que eso es exactamente lo que haría yo misma si creyera que mi relación con Itachi puede acabar con su futuro. El mismo futuro que a veces mi novio no parece querer para sí mismo. Lo ha hecho genial en la sesión de fotos, pero se le nota que no está al cien por cien. Es como si, cada vez que alguien le habla de la universidad y de la NFL, se transformara en otra persona.
En cualquier caso, no quiero ser la razón por la que Itachi no cumpla sus sueños. Pero ¿todas estas chorradas que me está soltando Ebisu? Sí, los deportes profesionales no funcionan así, sobre todo cuando se trata de cazar nuevos talentos. Mientras el jugador cumpla en el terreno de juego, a los equipos les da igual todo lo demás, porque su función es reclutar nuevos talentos. Itachi tendría que ser una buena pieza, o ser el de antes, para que no lo seleccionaran por culpa de su vida personal. Todo esto me lo ha contado ese pozo de sabiduría que es mi hermano mayor durante la conversación que hemos mantenido por teléfono hoy mismo. Me ha ayudado a tranquilizarme y encima me ha dado un par de ideas sobre dónde puede meterse Ebisu sus opiniones.
Al fin da media vuelta y se marcha, no sin antes alargar un poco más su discurso. No sé si es consciente de que no he oído ni la mitad del veneno que lleva un buen rato vomitando, pero por suerte, o quizá por desgracia, Itachi aparece justo cuando el tipo ya no puede oírnos, con las cejas fruncidas en ese gesto suyo tan adorable.
—¿Qué quería?
Él tampoco es que trague demasiado a su representante, pero, a diferencia de mí, aún no es consciente de que es una auténtica comadreja. Fue su entrenador quien le animó a firmar con él, así que debe de ser bueno en su trabajo, pero en lo personal es más agradable que una verruga con pelos. Por un momento, me planteo la posibilidad de zarandearlo un poco y preguntarle para qué quiere un representante profesional si la idea de ser profesional se le antoja tan horrible.
—Nada —respondo, batiendo las pestañas para conseguir un efecto extra—, solo quería repasar las preguntas de la entrevista. No quiere que me cojan por sorpresa si se les ocurre mencionar el artículo.
No seré yo quien desenmascare a su representante ni quien le diga la clase de imbécil que es. La suya es una relación profesional, y yo ya soy mayorcita. No le tengo miedo ni pienso tenérselo, así que es un tema del que Itachi no tiene por qué saber nada y mucho menos preocuparse.
—Va a salir genial, ya verás.
Se acerca a mí y me sujeta la cara entre las manos. Está guapísimo y desprende un olor delicioso, como un banquete dispuesto ante mí. Le han puesto un traje sin corbata para la sesión en solitario que me tiene salivando al instante, pero me quedo con lo atento y cariñoso que ha estado todo el día conmigo. Sabe que lo estoy pasando fatal. Nunca se me han dado bien las cámaras. Mi peor pesadilla es ser el centro de atención y, a pesar de que he ido mejorando con el tiempo, es algo que sigue aterrorizándome. A veces es como si estuviera debajo del agua, luchando por respirar e intentando abrirme paso hasta la superficie. Toda la gente mirándome, juzgándome en silencio, esperando a que meta la pata... Esos son los pensamientos que no me he quitado de la cabeza en todo el día. Menos mal que Itachi no se ha separado de mi lado. Es la roca a la que asirme, siempre lo ha sido, pero hoy se ha dado cuenta de que iba a necesitar su apoyo más que nunca.
Y se ha portado como nunca.
—Entonces ¿qué?, ¿estás preparada?
Señala con la cabeza hacia la sala en la que tendrá lugar la entrevista y yo me cojo a la mano que me ofrece.
—Vamos allá.
La sala parece sacada de una revista de decoración, pero en miniatura. Supongo que es para que nos sintamos cómodos y a gusto, pero de momento yo tengo los pelos como escarpias. Hay algo extraño en un espacio tan perfecto como este que hace que me muera de ganas de salir de aquí pitando. Itachi parece que comparte la sensación, porque se inclina hacia mí y me susurra al oído:
—Cuando tengamos nuestra propia casa, recuérdame que no nos compremos un puto sofá blanco.
—Ni una manta acolchada tan horrible como esa.
Se me ponen los pelos de punta. Está cubierta de caras de muñeca a lo Chucky. ¿Cómo esperan que me sienta cómoda al lado de esto?
—Hola a los dos —nos saluda una voz suave, y ambos apartamos la mirada del mobiliario y la dirigimos hacia la periodista, que acaba de entrar por la puerta.
Nos han dicho que Gazeru es una de las favoritas de los lectores y que, en el poco tiempo que lleva en la revista, ya ha entrevistado a bastantes jugadores. Top corto, falda de cintura alta, botas hasta los muslos y un rostro perfectamente maquillado: parece una chica Cosmopolitan que debería estar escribiendo precisamente para Cosmopolitan, no para una revista de ligas universitarias, pero los veinte minutos que siguen me demuestran hasta qué punto estoy equivocada.
—Hola —la saludamos al unísono, y enseguida nos metemos en materia.
Gazeru nos ofrece un breve resumen del tipo de preguntas que nos va a hacer y para las que, obviamente, venimos preparados. Ebisu es un tipo previsor, eso hay que reconocerlo. Nos explica que tendremos la última palabra sobre lo que se mande a imprenta y que ella jamás permitiría que la revista publicara algo en contra de nuestra voluntad.
Esto último lo acompaña con un gesto rotundo.
Nos mima como si fuéramos niños, mientras yo en realidad sufro por su seguridad. La presencia de Ebisu sobrevuela la estancia; está sentado en una mecedora, totalmente fuera de lugar mientras contempla el panorama, y se nota que su presencia pone nerviosa a Gazeru, que le pide amablemente en un par de ocasiones que se marche, pero él no se mueve ni un milímetro y la atraviesa con la mirada hasta que ella rompe a sudar.
¿Lo ves? Si es que soy dura como el acero.
—Bien —tartamudea la periodista tras su cómico enfrentamiento con Ebisu —, ¿empezamos?
La primera mitad de la entrevista se centra en el fútbol americano y Itachi la supera con nota. Se muestra modesto y elocuente, y no cae en ninguna de las preguntas trampa de Gazeru. Cuando le interroga sobre su futuro, duda un instante, casi por compromiso, y le ofrece una respuesta abierta porque sabe que a nadie le gustan los jugadores demasiado pagados de sí mismos. Hay momentos en los que se nota el amor que siente por el deporte; me alegro de haber trabajado los problemas que tiene al respecto, aunque la reticencia sigue estando ahí. Seguramente, el problema no está en el deporte en sí, sino en todo lo que conlleva, y eso es algo que podemos trabajar en el futuro.
Cuando la entrevista se centra en los dos como pareja, me doy cuenta de que Ebisu está visiblemente nervioso y Gazeru más emocionada. Se le dan genial las estadísticas y los datos, pero parece que lo que más le interesa es el enfoque personal de la historia. Me preparo para el torrente de preguntas que intentarán meter baza en todas aquellas cosas que preferiría mantener en privado. Me han enseñado a evitarlas, a esquivar todo aquello que pueda levantar polémica, y de verdad espero que funcione porque como se me ocurra respirar demasiado alto a Ebisu le da un ataque al corazón.
—Hablemos de cuestiones más personales —propone Gazeru, y de pronto no puedo dejar de pensar en todo el equipo que está grabando la entrevista.
Me pongo un poco nerviosa y siento que la cabeza me da vueltas. ¿Por qué he aceptado hacer esto? No necesito aparecer en la portada de una revista para saber que Itachi me quiere. Debería haber parado cuando aún estaba a tiempo, pero ahora ya es demasiado tarde, seguro que vamos de cabeza al desastre. Como se me escape algo de antes de que empezáramos a salir, cuando Itachi todavía me hacía bullying, se montará un escándalo a nivel nacional y las asociaciones feministas intentarán quemarme como a las brujas de Salem. Respira, Sakura, respira.
Itachi me coge la mano y la aprieta para darme ánimos. Sabe leer mis reacciones y mi lenguaje no verbal a la perfección; cuando oigo que le pide a Gazeru un descanso de diez minutos, estoy a punto de lanzarme sobre él y tirarlo al suelo. Nos servimos un poco de café del cáterin y me masajea los hombros.
—No te preocupes, sabe que no puede preguntarnos nada que nos moleste. Serán solo preguntas generales sobre nuestra relación, todas previamente aprobadas y que ya hemos practicado, ¿te acuerdas? No creo que llegue ni a la media hora, así que respira y piensa en todas las cosas divertidas que podremos hacer cuando terminemos.
—¿Qué cosas divertidas?
—Un baño caliente con esa bomba de sales que tanto te gusta, vino barato, velas aromáticas y un poco de Michael Bublé de fondo.
—¿Y quién te ha dicho a ti que puedes invadir el tiempo que comparto con Michael Bublé?
Me dedica una de sus sonrisas pícaras y sé que estoy a punto de ponerme colorada.
—Sabes perfectamente que puedo hacer que te sientas mil veces mejor conmigo que con él, ¿verdad? Sobre todo cuando te hago eso con la...
—¡Vale, para! —protesto, y se me escapa la risa histérica—. No puedes decirme esas cosas cuando estoy intentando no hiperventilar.
Él menea las cejas.
—Me encanta ponerte a tono a pesar de los años, nena —bromea, y le propino un buen puñetazo en el hombro.
—Menos bromitas y más café. Si tengo que hacer esto, que sea hasta arriba de cafeína.
—¿Qué se siente al estar con el hombre con el que todas querrían estar?
—Admito que a veces resulta un poco abrumador, sobre todo por la cantidad de atención que recibe, pero me siento muy segura de nuestra relación. Sé que ninguna otra chica podría salir con él, a pesar del cariño que le tiene a urgencias.
Creo que a Ebisu le acaba de dar un ictus. Por suerte, Gazeru decide no ahondar demasiado en el tema.
—Si no me equivoco, eso es una broma entre los dos. ¿Tenéis mucha historia en común?
—Podríamos decir que sí.
En mi defensa, he de decir que las cosas han empezado bastante bien. Hemos hablado un poco de cómo nos conocimos de pequeños porque eso es algo que a la gente le gusta saber. Hemos construido una especie de versión sobre nuestro pasado en común revisada y aprobada por Ebisu en la que nadie se caía de los árboles ni se rompía los huesos. Gazeru se está centrando en mi papel de niña buena que ayudó a Itachi a superar un pasado difícil, en mi papel como fuerza estabilizadora en su vida, lo cual, obviamente, parece un chiste. Soy tan estable como la abu Uchiha con tres chupitos de tequila entre pecho y espalda.
Pero, de pronto...
—Hemos descubierto que fuiste a una academia militar durante un tiempo. Obviamente, no es nada malo, pero ¿cómo afectó eso a vuestra relación? Supongo que por aquel entonces ya estabais secretamente enamorados el uno del otro. ¿Cómo os afectaron esos cuatro años de separación?
Es fácil seguir el guion, considerando que el amor es el material del que están hechos los sueños. Gazeru se lo traga todo y nosotros nos dedicamos a tapar las imperfecciones. Quieren saber más de la chica de pueblo y de cómo se las ha arreglado para atrapar el corazón de la futura superestrella.
—Creo que la distancia nos ayudó a darnos cuenta de que queríamos estar juntos —responde Itachi, y me mira, pero no es un gesto fingido o que hayamos practicado, sino una mirada sincera de amor y afecto que no puedo evitar devolverle.
—En cierto sentido, me alegro de que se marchara porque, si no lo hubiera hecho, quizá no me habría enterado de que es el hombre de mi vida.
—Entonces ¿no salisteis con nadie más durante aquel tiempo?
—No.
—Pues es curioso porque en cuanto se hizo público que la próxima portada sería para Itachi Uchiha, empezamos a recibir correos electrónicos de chicas que dicen tener buenos recuerdos de tu época en la academia militar.
Ebisu hace ademán de levantarse con el rostro furioso, pero Itachi le hace un gesto para que se siente. Es evidente que no se esperaba la pregunta, pero tampoco se va a dejar amilanar. Los dos sabemos que si pierde los nervios, las cosas podrían ponerse muy feas.
—No son más que mentiras. Fui a la academia militar porque mis padres y yo acordamos que necesitaba un entorno más disciplinado para mejorar mi rendimiento. Era la academia o un colegio privado, y yo escogí la opción con la que me sentía más cómodo. Mi vida en la academia era trabajo duro y mucha revisión personal, nada más.
—Y los correos...
—Gente que quiere ganarse unos dólares a mi costa.
Pienso en Nae, esa mal bicho que nunca he sido capaz de olvidar del todo. Itachi seguramente salió con ella cuando estaba en la academia, y no fue la única, pero no tiene más remedio que mentir para evitar más polémicas.
Gazeru parece un poco decepcionada, pero, de pronto, se gira hacia mí y casi puedo ver cómo hunde las zarpas perfectamente afiladas en mi piel.
—Y tú, Sakura, últimamente has tenido una presencia destacada en los medios. Tanto tu padre como tu abuelo son figuras destacadas en la política estatal, pero estas últimas semanas se han publicado varios artículos que os mencionan específicamente a tu hermano y a ti. El secretario de prensa de tu familia ya se ha ocupado de hacer las aclaraciones pertinentes, como es lógico, pero seguro que te han afectado un poco todas esas mentiras sobre tu persona. ¿Ha cambiado eso la dinámica de vuestra relación?
—En absoluto. En todo caso, nos ha hecho más fuertes. Itachi y yo no tenemos secretos y nada de lo que se escriba puede hacernos daño. De hecho, nos ha hecho más fuertes porque ahora sé que él confía en mí y me apoya.
Parece que está empezando a aburrirse porque, de repente, decide ir en otra dirección.
—La universidad suele ser una etapa difícil para las parejas que se forman en el instituto. Vosotros decidisteis ir al mismo centro, pero mucha gente cambia con el tiempo y acaba separándose. Si no me equivoco, este es vuestro primer año, así que aún os faltan tres más. Decidme, ¿cómo os veis, no sé, dentro de cinco años? Habéis tomado una decisión muy valiente, me refiero a aparecer juntos en la portada de nuestra revista. ¿Creéis que os dará vergüenza cuando la veáis dentro de unos años?
Itachi carraspea y me doy cuenta de que está cabreado. Pobre Gazeru. Contestaría encantada, pero mejor dejo que se ocupe él.
—Creo que es un tópico más, pero estamos acostumbrados a que nos lo digan. —Se encoge de hombros y me pasa un brazo por la espalda—. A la gente le gusta criticar porque así se siente mejor consigo misma. A Sakura y a mí no nos agrada que nos reduzcan a un mero estereotipo, no somos la típica pareja del instituto que tiene los días contados. El hecho de que esté aquí conmigo es una prueba más de lo en serio que nos tomamos nuestro futuro en común, y obviamente tampoco nos arrepentimos de nada. No es una decisión que tomáramos a la ligera, pero solo porque no quiero que se sienta obligada a ser el centro de atención a menos que lo quiera. Nos tomamos muy en serio nuestra relación, estamos muy enamorados y tenemos intención de construir un futuro en común. Y, a partir de ahora, espero que sea tan evidente para los demás como lo es para nosotros.
Quizá son imaginaciones mías, pero juraría que Gazeru está extasiada. Ebisu, cómo no, está rojo como un tomate porque Itachi se ha salido del guion y puede que sus palabras hayan sonado un poco duras, pero yo soy una mujer, una mujer que sabe que no hay nada más sexy que un hombre que está seguro de su pareja y que no le importa presumir de ella.
Parece que, si no surge nada nuevo, saldremos de esta con aún más fans de las que ya tenemos.
—¡Eh, piltrafilla! ¿Necesitas la presencia de la Santísima Trinidad? ¿Gosling, Ben y Jerry? —me pregunta Hina en cuanto descuelga el teléfono.
Estoy en mi habitación de la residencia, lista para meterme en la cama y no despertarme hasta el año que viene. Itachi me ha traído y luego se ha ido a entrenar, así que esta noche no nos veremos, pero la idea de quedarme levantada adelantando lecturas para clase me provoca dolor de cabeza antes incluso de coger el primer libro.
—No hace falta, creo que hoy hemos evitado todas las crisis posibles.
—Quiero que me lo cuentes todo. ¿Qué te parece si me uno a la llamada en grupo que vas a hacer con tus otras mejores amigas?
Adoro a Hina por cosas como esta: la naturalidad con la que asume que es tan amiga mía como lo pueden ser Ino o Temari.
—Estoy demasiado cansada para llamarlas ahora. ¿Qué te parece si les hacemos un FaceTime mañana? Podemos quedar para tomar un café y, de paso, nos explicas a mi cariñito y a mí todas las travesuras que has hecho con Kiba durante las vacaciones.
—¿Travesuras? ¿Qué travesuras? No he compartido ninguna travesura con ese hombre.
Hina resopla y a mí se me escapa la risa.
—Entonces no era tu lengua la que le llegaba hasta la garganta aquel día que entré en tu habitación de la residencia.
—Todos cometemos errores, Theresa. Vive y deja vivir. Disimulo una carcajada.
—De acuerdo, Platón, ¿qué te parece si te cuento palabra por palabra cómo Itachi me rescató de las garras de la periodista de la forma más sexy posible y tú, a cambio, me hablas del jugador que no debe ser nombrado?
—Tú, cotilla, qué forma tan burda de aprovecharte de mi debilidad. Está bien, allí estaré, pero me debes una tonelada de Uchiha a cambio, y me refiero a acción de la buena, de la de mandíbula desencajada. Espero que como mínimo haya lanzamiento de muebles.
—Ya nos lo inventaremos sobre la marcha.
—En ese caso, creo que yo también seré una de las que trate de quitarle la ropa y dejarle en pelotas.
