15 Amor
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
A la mañana siguiente, entro sigilosamente en la cocina, notando el plato frío de huevos revueltos y jamón en la mesa junto a una taza vacía, una bolsa de té y un termo lleno de agua caliente.
Mi dedo toca ociosamente el borde de la taza mientras miro por una ventana cercana. El sol ya está alto en el cielo. Froto mi cabeza, revolviendo mi cabello.
Dormí demasiado tiempo, lo suficiente para que nuestros huéspedes moribundos me hicieran el desayuno.
El sonido de los pasos pesados de Peste hace que todo mi cuerpo se vuelva loco. No puede decidir si debería chillar o salir disparado de la habitación.
—Buenos días, Hinata.
Me obligo a darme la vuelta y parecer normal y no como si anoche escuché a escondidas cosas que no debería.
—Um, buen día.
La mirada del jinete es profunda, sus ojos llenos de todas esas cosas en las que estaba hablando poéticamente anoche. No actúes como si no hubieras guardado cada uno de esos elogios para saborear más tarde.
—¿Dónde están Asuma y Kurenai? —le pregunto, agarrando el termo y ocupándome de preparar una taza de té.
La cara de Peste se vuelve sombría.
—La plaga ha empezado a cobrar su precio.
Mi piel se quema con la culpa, y por un instante, me siento tan enferma como deben estar ellos. Estoy desayunando y durmiendo en su cama como Ricitos de Oro mientras ellos mueren de la plaga que literalmente llevé a su puerta.
El jinete se acerca, mirando el té que estoy dejando en infusión.
"Cuando te ríes, creo que realmente podría morir."
—Entiendo el alcohol, pero no entiendo el café, y definitivamente no entiendo el té —dice, completamente ajeno a mis pensamientos. Me encojo de hombros.
—Sabe y huele a acre.
—¿De verdad lo probaste? —pregunto, levantando las cejas mientras llevo la taza a mis labios.
Hace una mueca.
—Anoche, después de que te fuiste a dormir, Kurenai y Asuma insistieron en que lo probara.
Me río.
—¿Dejaste que te presionen para que pruebes el té cuando nisiquiera yo pude conseguir que tomes chocolate caliente?
Qué inocentón.
Peste me fulmina con la mirada. Tomo otro trago de té para ocultar mi sonrisa. A pesar de nuestra conversación informal, la mano que sostiene la taza tiembla.
"Te encuentro hermosa, querida Hinata, tan hermosa."
Sus palabras de la noche anterior me rodean; no puedo estar normal a su alrededor. Ugh. Estoy toda nerviosa.
Mis ojos se dirigen al desayuno dispuesto para mí. Entre la enfermedad de Kurenai y Asuma, la atención de Peste, la idea de comer me revuelve el estómago.
"Siento como si estuviera encendido en llamas, como si Dios te hubiera llamado a ti para que arrases con mi mundo."
En un impulso, giro hacia él y le doy un beso en los labios.
Las manos de Peste se mueven a mi cintura, y me atrae, y lo que se suponía que fuera un breve beso se convierte en un beso largo y lánguido.
Por varios segundos me rindo y me dejo consumir por ello. Pero luego, en algún punto del camino, me recuerdo.
Rompo el beso mientras la vergüenza arde en mi vientre. ¿Alguna vez se irá, o tendré que lidiar con eso día tras día, ciudad tras ciudad, hasta que todo el mundo se haya incendiado y solo quede yo?
Todavía mirándome a los labios, el jinete da un paso adelante, listo para reanudar el beso.
Coloco una mano sobre su pecho.
Su mirada baja hacia esta.
—¿Debo creer que ya no quieres mi afecto cuando no hace un minuto lo buscaste?
¿Le digo la verdad?
—Peste, yo... —No puedo hacer esto aquí. No cuando una pareja muere en la habitación contigua y tú eres el responsable. Me aclaro la garganta—. Necesito ir atender a Asuma y Kurenai.
Los ojos del jinete se mueven en dirección a su habitación, su rostro afectado con tensión. Sin decir una palabra más, se va de la casa, el sonido de la puerta cerrándose hace eco mucho después de que se ha ido.
Esta vez, cuando me preocupo por la pareja de ancianos, Peste decide ayudarme. Es cariñosamente malo y más estorbo que ayuda, pero en realidad le importa lo suficiente como para intentarlo y eso es lo suficientemente bueno para mí.
Por supuesto, no son solo las tareas en las que es malo. Está taciturno y de mal humor mientras ayuda a la pareja a sentarse en la cama para que puedan comer y beber lo poco que puedan. Su temperamento se vuelve negro cuando Asuma le agradece o Kurenai acaricia amorosamente su mano.
Si no lo supiera mejor, diría que al jinete no le gusta ver cómo su plaga se lleva a esta pareja.
Al final del día dos, horas después de que Peste saliera de la casa y nunca regresara, deambulo por la habitación de Kurenai y Asuma. Los dos están en la cama, sus cuerpos girados para mirarse. Sus manos están juntas y sus ojos están cerrados. Por lo poco que puedo ver de su piel— y lo que puedo oler—las llagas ya se están abriendo en su cuerpo.
—Señor, te pedimos que traigas a tu jinete un cierto nivel de paz, porque está luchando con su espiral mortal —dice Asuma, con voz tensa y débil—. Y te pedimos que le des fuerza a Hinata, la niña que ha puesto a su lado. Ella defiende el papel que le ha encomendado, y lo hace con gracia, pero, no obstante, se ve profundamente afectada por sus circunstancias...
No oigo nada más que eso. Como una cobarde, huyo de la habitación. Su amabilidad ya era demasiado, pero esto es algo completamente diferente.
No puedo hacer esto. Incluso cuando están pidiendo fortaleza a su Dios, me estoy rompiendo porque no puedo hacer esto. No puedo comer su comida y dormir bajo su techo y verlos morir en una muerte horrible mientras rezan por mí y Peste.
Quiero reírme de eso último. Están orando por el único hombre inmune a la ira de Dios.
¿Pero lo es? Es un pensamiento tranquilo y bastante fácil de alejar. En la distancia, escucho la puerta abrirse, y luego los pesados pasos del jinete. De todos los momentos para que Peste vuelva, tiene que ser ahora.
Entra silenciosamente en la habitación y me encuentra sentada al borde de la cama. Una mano cubre mis ojos mientras mis hombros tiemblan.
—¿Hinata? —dice vacilante.
Dejo caer la mano de mis ojos y la miro.
—No los dejes morir —digo, mi voz se resquebraja. No puedo mirarlo.
Entra a la habitación y cierra la puerta detrás de él.
—¿Qué es esto? —pregunta.
—Son buenas personas —digo, las palabras se van apagando cuando salen—. No merecen morir de esta manera.
—La vida no tiene en cuenta la imparcialidad —dice Peste—. Supuse que de todas las personas lo sabías.
—¡Maldita sea, Peste, me salvaste! —digo, mi temperamento enardecido—. ¡Puedes salvarlos también!
Hay una pausa larga. Entonces:
—No lo haré.
Me obligo a mirarlo. Tengo que ignorar la mirada de agonía en sus ojos.
—Por favor.
Mira hacia otro lado.
—Esa maldita palabra.
Olvidé cuánto le disgusta hasta ese momento. La culpa y el dolor se precipitan dentro. Va a matarlos ahora simplemente porque lo dije. Va a disfrutarlo también.
Pero por una vez, eso no sucede. En cambio, tal vez por primera vez, parece desgarrado.
Puedo verlo físicamente recomponerse.
—No —dice, resuelto—. No me vuelvas a pedir esto.
Me pongo de pie, mi desesperación se transforma en algo más ardiente, más malo, mientras bajo la mirada a la cosa consiente que podría quitarles la enfermedad.
—¿O si no qué? —pregunto, acercándome a él. Empujo su torso—. ¿Me amarrarás de nuevo? ¿Me arrastrarás detrás de tu caballo hasta que esté a una pulgada de la muerte? ¿Me expondrás a la Lluvia y el frio hasta que tenga hipotermia?
Entorna los ojos.
—Todas son grandes sugerencias.
—¿Por qué salvarme a mí pero no a ellos?
—Tengo la intención de hacerte...
—Sufrir. Lo sé. Dios, lo sé. —Me alejo de él y me siento cansada una vez más en la cama.
Me mira por un largo momento, luego da un paso adelante. Me tenso, y debe darse cuenta porque se detiene. Luego, desafiante, cierra el resto de la distancia entre nosotros.
Peste se sienta a mi lado, su cuerpo empequeñece el mío. Estoy a punto de levantarme cuando pone un brazo alrededor de mis hombros.
Debería estar alejándolo. Debería estar gritándole o irrumpir fuera de la habitación. Debería estar haciendo cientos de cosas diferentes. En cambio, me apoyo en su abrazo y entierro mi cabeza en su hombro. Mi cuerpo se estremece cuando empiezo a llorar y sollozar.
Su otro brazome rodea, y me pone sobres regazo, acunándome contra su enorme torso. Me tomo un consuelo perverso, a pesar de que es el responsable de mi dolor.
Presionas mejilla contra mi sien, sosteniéndome con tanta fuerza que me pregunto si también se está consolando por el abrazo.
—No estés triste —dice, sus labios rozando mi piel.
Niego con la cabeza contra su pecho. Lo que está pidiendo es imposible. Y sin embargo, cuanto más tiempo me abraza, mejor me siento.
Lo respiro.
—No voy a poder sobrevivira esto —le susurro mi mayor temor. El cuerpo de Peste se inmoviliza.
—Lo harás —insiste—, porque debes hacerlo. Me alejo lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—No lo haré —le digo nuevamente—. Voy a morir antes de que termines con este mundo.
Y entonces Peste será el único que quedará para sufrir.
Puedes sentir que llega el final, como una ola que se precipita. Se mueve sobre ti, se acomoda debajo de tu piel. Se instala en sus pulmones y se desliza a tu corazón y, finalmente, se inserta en tu mente. Esta terrible y horrible cosa llamada muerte pasa de ser una eventualidad distante a una certeza repentina.
A medida que avanza la noche, Kurenai y Asuma necesitan más y más atención, y es en algún momento durante ese tiempo que siento que la Muerte se une a nuestra pequeña fiesta, merodeando en las sombras, esperando el momento adecuado para recoger estas almas. La pareja de ancianos debe sentirlo también porque a pesar de que están débiles y en cantidades cada vez mayores de dolor, logran moverse hacia los brazos del otro.
Peste los mira con curiosidad, como si nunca antes hubiera visto algo como esto. Sus pieles son viejas, sus huesos son viejos, sus corazones son viejos. Y se han amado durante mucho, mucho tiempo. Y, sin embargo, está claro que incluso después de todos los años que han pasado juntos, esta despedida llega demasiado pronto.
Demasiado pronto.
Se me cierra la garganta. Esto es... personal. Realmente, muy personal. Y desgarrador, y no para mis ojos. Inclino la cabeza y eventualmente salgo de la habitación.
El jinete no me sigue, eligiendo en cambio ser un intruso. Pasan cinco minutos, luego diez.
¿Qué podría estar haciendo allí?
Finalmente, cuando parece que ha transcurrido una eternidad, abro la puerta de nuevo y miro dentro. Peste está sentado junto a la cama, su gran cuerpo empequeñece la silla lateral. Mira a la pareja con una mirada confundida en su rostro.
Uf, necesito recordar que este tipo tiene cero habilidades sociales. Deslizándome dentro, tomo su mano, lo tiro de la silla y lo saco de la habitación. Parece tan confundido por este nuevo giro de los acontecimientos como lo estuvo con la pareja a la que estaba mirando de forma espeluznante.
—¿Qué pasa, Hinata? —pregunta cuando cierro la puerta detrás de nosotros.
—Estas son sus últimas horas. Estoy segura de que quieren pasarlas solos.
Su mirada vaga hacia la puerta cerrada.
—¿Cómo sabes que quieren estar... solos?
Puedo decir que encuentra extraño mi elección de palabra: 'solos' es viajar por una tierra extranjera durante semanas y nunca hablar con otra persona. Definitivamente no es aferrarse a otro ser humano que murmura en voz baja sobre cosas que solo los amantes saben.
Peste me está mirando, esperando mi respuesta.
¿Cómo poner esto? Nunca pensé que tendría que explicar algo tan obvio otra persona.
—Quiero decir que quieren estar solos juntos —digo—. Quieren compartir su último momento disfrutando de la compañía del otro, no de la nuestra.
El jinete todavía me está mirando con una gran cantidad de confusión, así que me explico.
—Solo tenemos tantos minutos vivos —digo—. Cuando encuentras a alguien con quien vale la pena pasar ese tiempo, no quieres compartir esos minutos con nadie más. —Particularmente no tus últimos pocos minutos.
Durante un largo momento, Peste digiere esto. Finalmente, inclina la cabeza.
—―Entonces los dejaré... solos. Lo miro de cerca.
—¿De todos modos, por qué los estabas mirando?
A Peste realmente no le gusta ver morir a las personas, a pesar de toda la muerte que entrega.
Duda antes de decir:
—Están enamorados.
Ahora soy yo la que no entiende. Cuando Peste ve esto, explica:
—Esta es la primera vez que he visto a seres humanos enamorados. Es... curioso, cautivador, ver un lado de la naturaleza humana que anteriormente se me había ocultado.
No sé qué pensar de eso.
—Pero has estado vivo para presenciar miles de años de historia humana. Debes haber visto el amor en algún momento durante todo ese tiempo. —Después de todo, es el que siempre está hablando de lo intemporal que es.
—Sí —dice lentamente—. Pero no así.
No como una cosa que vive, respira, siente, y de alguna manera eso hace toda la diferencia.
Asuma se va primero. El día que muere, es una mañana fría y lóbrega. El llanto débil de Kurenai me despierta. Aunque el sonido es débil, hay algo que me golpea en el estomago, y sé que se ha ido. El gran amor de su vida se ha ido.
Me apresuro a su habitación, a pesar de que no hay razón para apresurarse en este punto. Peste ya está allí, con la frágil y picada forma de Asuma acunada en sus brazos.
Los ojos tristes del jinete se encuentran con los míos y se ven tan desesperadamente perdidos. No puedo entender su emoción, este jinete insistió que debían morir.
Pasando junto a él, me arrodillo al lado de Kurenai. Incluso con fiebre, llora débilmente. Llevo una silla hasta su lado de la cama, y me quedo a su lado, agarrando su mano mientras su dolor se abre camino a través de su sistema.
Pensarías que después de vivir juntos una vida, Kurenai estaría inconsolable, pero ni una hora después de que entrara en su habitación, su tristeza se ha ido como una tormenta a través de la ciudad.
—Estaré con él suficientemente pronto —me dice—. Realmente es una bendición dejar este mundo unidos. Y vivir en una época en la que sé, sin lugar a dudas, que volveré a verlo, y muy pronto. Casi puedo fingir que simplemente salió de casa para hacer un recado.
Solo que Asuma no regresará.
Sus ojos se vuelven distantes y tristes.
—Simplemente no puedo creer que se haya terminado…
Justo en ese momento, Peste vuelve a entrar en la habitación, su presencia es como la de la Parca. Pero tal vez sea solo yo porque cuando Kurenai lo ve, tiene una sonrisa lista para el jinete.
En lugar de devolverle la mirada, Peste me mira a mí, arrugando la frente con preocupación mientras frunce el ceño. Se detiene bastante lejos de la cama.
—No seas tímido ahora —lo regaña Kurenai—. Acércate.
El jinete se mueve hacia Kurenai, como si fuera una cobra a punto de atacar. Es casi risible ver al formidable Peste recelar de la suave y amorosa Kurenai.
Ella palmea la cama a su lado. Me estremezco incluso con esa pequeña acción. Sé cuan increíblemente doloroso hacen las llagas ese movimiento.
Suavemente, Peste se sienta donde le indica, la anciana se acerca y le acaricia la mejilla.
—Te perdono, cariño.
Peste se ve afectado.
—¿Por qué?
Pero lo sabe, puedo verlo en su cara, sabe exactamente por lo que le está perdonando, y está ocultando el hecho de que está sorprendido.
—No tienes una tarea fácil por delante —dice ella—. Por alguna razón, el Señor consideró apropiado que sintieras lo que es ser humano: la perdida, el desamor, todo eso.
De repente, Peste parece muy joven.
Solo ahora ve en él lo que ve Kurenai: es uno de nosotros incluso cuando se mantiene a parte. No está aislado de nuestro dolor y tormento como me gustaría creer. Tiene que soportarlo como una especie de penitencia.
Con ese repentino entendimiento, todo el eje de mi mundo cambia.
Es una víctima de este apocalipsis tanto como yo.
Valiente y noble Peste, que debe vernos morir a todos, quien debe hacer que todos muramos, aunque la muerte le moleste enormemente. No me extraña que nos odie tanto. Tiene que hacerlo. De lo contrario, estaría asesinando a miles y miles de personas sin ninguna buena razón que el hecho de que le dijeron que lo hiciera.
—Vas a estar bien. Caminas bajo Su luz —dice Kurenai como la gran mujer que es. Es tan impactante que esta mujer está en su lecho de muerte y está consolando al tipo que la puso ahí. Si eso no es brutal, no sé lo que lo es.
Las fosas nasales de Peste se mueven, como si estuviera reteniendo alguna emoción fuerte.
—Asuma no está aquí para decirlo —continúa Kurenai—, así que lo diré por él: Cuida de esa señorita con la que estás, ¿de acuerdo?
Él la mira de la misma manera que la miró la primera noche, como si nunca hubiera topado con Kurenai.
Lentamente, asiente.
—Con mi vida, lo juro.
Algo cálido e incómodo se extiende a través de mí. Ella le da otra de sus dulces sonrisas.
—Ahora si quieres ser amable, estoy terriblemente sedienta.
No tiene más que pronunciar la solicitud hacia Peste para hacer su voluntad. Las dos los vemos irse, y es solo después de que cierra la puerta que Kurenai me llama.
—Acércate, Hinata.
Casi no lo hago. Ahora que es mi turno de sentarme en la cama y escuchar las últimas palabras de Kurenai, me parece que realmente no quiero hacerlo. Una parte infantil de mí cree que si evito hacerlo, ella podrá vivir más tiempo, como si esta dolencia fuera un hechizo que se pudiera romper. A regañadientes, me siento en el colchón y tomo su mano.
Me mira de cerca.
—Querida, eres joven.
Ahora que estamos solas, parece más distante, débil. No importa cuántas muertes pase, siempre olvido cuan alarmante-mente rápido llega el final a las víctimas de la plaga.
—Solo en el exterior —digo.
Se siente como si hubiera vivido cien vidas diferentes, cada una de ellas violenta y sangrienta. Supongo que eso es lo que hace el dolor, ensucia tu alma rápidamente.
Kurenai me da una triste sonrisa.
—Si eso no es verdad… —Sus ojos se alejan antes de regresar a mí. Aprieta mi mano, su agarre es sorprendente-mente fuerte—. Lo que estás haciendo… —empieza.
Inmediatamente, mi pulso empieza a acelerarse. Tengo la horrible sensación de saber de qué va esto.
—Es… bueno —termina.
—No sé de lo que estás hablando. —Al igual que Peste, me estoy escondiendo de la verdad en las palabras de Kurenai. Y al igual que Peste, estoy impresionada por su perspicacia.
Kurenai me mira con malicia.
—Creo que si lo sabes.
Me retuerzo bajo su mirada.
—He estado aquí el tiempo suficiente para ver los signos — continúa.
¿Los signos de qué?
—Está bien preocuparse por él, incluso amarlo —dice Kurenai.
—No lo amo —digo con fervor. Mis palabras suenan falsas, incluso para mis oídos, y no sé por qué. No estoy enamorada de él.
Acaricia mi mano.
—Bueno, en el caso de que finalmente lo hagas, debe saber que no está mal, y definitivamente no es algo por lo que sentirse culpable. Pero, ¿no es así? ¿Amar lo que está destruyendo tu mundo? Eso parece de mal gusto en el mejor de los casos, imperdonable en el peor.
—El amor es el mayor regalo que podemos dar o recibir —continúa Kurenai, sin darse cuenta de mis pensamientos turbulentos—. Y tengo la sensación… —dice en voz baja—, que el amor es lo único que puede sacarnos de este lío. —Sus ojos entrecierran—. ¿Me entiendes?
Por supuesto que la entiendo. Es el lema de todos los charlatanes religiosos que han estado hablando desde sus tronos desde La Llegada.
Excepto que cuando Kurenai lo dice, una mujer que no solo expresa el sentimiento, sino que lo ha vivido, finalmente tomo las palabras en serio. Hace un gesto hacia la puerta.
—Ese chico que está afuera… —Solo Kurenai tendría las narices de llamar a Peste que no tiene edad, chico—, ha visto mucho de la naturaleza humana, mayormente la parte fea de ello. Solo ahora está viendo la belleza, y gran parte es gracias a ti.
Le da a mi mano otro apretón.
—Muéstrale cómo brillamos. Muéstrale que la humanidad es digna de redención.
La Historia tiene la Finalidad de Entretener.
Continuará...
