Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 16

La transformación física para cualquier licántropo siempre era dolorosa, pero si además se

añadía el hecho de tener que hacerla en pleno avance se tornaba insoportable. Rukia gritó con

una mezcla de terrible dolor y cólera que se transformó en rugido a la vez que las cuerdas

vocales se le adaptaban a su nueva naturaleza.

Sintió como cada una de sus articulaciones ardían al tener que soportar el doble esfuerzo de

mantenerse en continuo y veloz movimiento, al tiempo que mutaban. Una vez superado el

horrible trance, se sintió libre de saltar hasta la copa del árbol más cercano para tener un

segundo de respiro y echar un vistazo a la herida que había recibido en un costado. No era

grave, sólo un feo rasguño en las costillas. El enlace aprovechó el momento para cambiar el

cargador y continuar con la ráfaga de disparos.

¿Habrían descubierto su pequeña treta para tratar de recordar? Eso le hizo pensar en Renji, el

médico que le había practicado el borrado de memoria y a quién había pedido ayuda para que le

enviara los mensajes escritos por ella misma al iPhone que le proporcionaron. Esperaba de todo

corazón que estuviera bien, si le ocurriera algo no se perdonaría haberlo implicado de aquella

forma.

Observó al licántropo desde allí. El tipo aún no se había transformado, estaba claro que se

sentía superior al disponer del arma. Los disparos comunes jamás podían terminar con un

licántropo pero sí debilitar su fuerza y usar esa ventaja para acercarse y terminar el trabajo, un

método muy utilizado entre los militares de su raza. Lamentablemente a ella no le habían

suministrado ninguna cuando la abandonaron en aquella maldita furgoneta. Pero él tampoco

contaba con la furia que en ese instante ardía en las venas de la Pura.

Arrancó de cuajo una rama y sin pensarlo dos veces la lanzó certeramente a la cabeza del

enlace, consiguiendo que trastabillara, momento que aprovechó para saltar sobre él y arrancarle

el arma de entre las manos de una potente patada. Proyectó entonces su garra hacia el pecho

del soldado, pero éste supo reaccionar a tiempo y rodó sobre sí mismo haciéndola caer. El

crujido de huesos le advirtió que el licántropo abandonaba su forma humana. Con un rápido

vistazo por el rabillo del ojo, comprobó que se preparaba para saltar sobre ella.

Recuperándose de la caída con rapidez, avanzó un par de pasos hasta la pared del

ayuntamiento y corrió en vertical hacia arriba, saltando sobre el maldito asesino, volteando en el

aire. Pero el macho dedujo la jugada antes de terminarla y, nada más tocar el suelo con las

patas, recibió una poderosa patada trasera en mitad del pecho que la hizo volar de nuevo al

menos tres metros.

El borrón oscuro que contemplaba el vigilante frente a sí cambió lentamente, adoptando la

forma de un lobo que lo miraba con atención y le mostraba abiertamente su aversión,

enseñándole sus proverbiales fauces acompañadas de un gruñido gutural. Recordando de

inmediato lo que había ocurrido, trató por todos los medios de calmar sus nervios. Los ojos le

escocían ante la inminente necesidad de transformarse pero estando aquel lobo a escasos

centímetros de su garganta, no era una buena idea alarmarlo. Respiró profundamente, el híbrido

intentó moverse hacia la izquierda sin apartar los ojos ni un momento del maldito animal que no

le daba tregua. Si tan sólo pudiera llegar hasta el cajón donde guardaba los dardos

tranquilizantes...

Ayudándose de las manos, arrastró el trasero sin despegar la espalda de la pared. El lobo gruñó

con un poco más de intensidad pero no hizo ademán de moverse. Ejecutó de nuevo el mismo

movimiento hasta rozar con la punta de los dedos el tirador del cajón. Necesitó al menos tres

intentos para conseguir abrirlo lo suficiente y colar una mano con rapidez. Si calculaba bien,

podría coger el dardo y apretar el botón de la alarma a un tiempo. El lobo pareció leer sus

pensamientos y se acercó un centímetro más a su cuello mientras la piel del morro se retraía

mostrando, un poco más, los afilados colmillos. Comenzaba a darse cuenta de que no sería

posible evitarlos.

—Vamos, amigo, tú y yo tenemos mucho en común —murmuró antes de hacer acopio de valor y

realizar el movimiento con toda la rapidez de la que era capaz.

Sus dedos apenas rozaron el botón que hacía saltar la sirena de alarma cuando sintió cómo la

mandíbula del lobo se hundía en su garganta con saña. El dolor hizo que la mano derecha

fallara en la búsqueda del dardo que podía ser su salvación, mientras el animal tiraba con fuerza

de la carne, desgarrándola. La sangre brotó abundante de la herida abierta y el lobo se lanzó a

un segundo ataque. Al fin sus dedos se cerraron en torno al tranquilizante y con el último soplo

de conciencia lo clavó en el animal que no se amedrentó ni soltó a su presa en ningún

momento.

Una maldición soez escapó de los labios del sueco al contemplar cómo el sistema informático

se bloqueaba por completo en el mismo momento en que la alarma sonó en todo el recinto.

Recuperando la blackberry de un tirón corrió hacia la puerta de salida como alma que lleva el

diablo. Pero dos pasos antes de llegar hasta ella, la puerta se abrió para dar paso a un

licántropo que pensó que jamás volvería a ver en su vida, acompañado de cinco más.

—¿Ichimaru?

Ahora comprendía los intentos de acabar con su vida. Conoció a Ichimaru cuando Kaien fue

asediado por un par de Infectados con aires de grandeza. En aquel momento servía como mano

derecha del antiguo Alfa de Londres, Toshiro. Un tipo muy inteligente pero que no supo ver a

tiempo la rebelión que se cocía en sus filas encabezada por aquel hijo de perra.

Ese traidor había hecho tratos con los Infectados en un intento por obtener a cambio poder y

tierras. Sin embargo, su plan no salió según lo previsto y huyó como la rata de cloaca que era.

No le costó demasiado dar con él cuando Kaien se hizo cargo de la manada inglesa, pero

cometieron el error de dejarlo con vida, castigándolo únicamente con el destierro.

—Precisamente anoche me preguntaba cuánto tardarías en intentar una estupidez como ésta —

dijo mientras el pequeño contingente que lo acompañaba rodeaba al sueco.

—Sí, he de reconocer que ha sido algo arriesgado, aunque no estúpido; como cuando acepté la

petición de Kaien de no matarte. Veo que has sabido buscar una buena alcantarilla donde

refugiarte. Un traidor sirviendo a otro de su misma calaña. Curioso..., me pregunto cuánto

tardarás en jugársela o en jugártela él a ti.

—Da la casualidad de que perseguimos el mismo fin. Ya sabes que la necesidad hace grandes

aliados —respondió con una sonrisa cínica.

—Sí, te has buscado un aliado que no dudará un segundo en arrancarte el corazón una vez que

consiga lo que desea.

—No me subestimes, Ichigo, no cometas ese error dos veces.

—¡Oh! ¡Por supuesto que no! No me hubiera sido posible mantenerme con vida durante tanto

tiempo si subestimara a mis enemigos. Pero permíteme que te asegure que eres tú el único que

está subestimando a alguien; a Aizen. Tu jefe no será agradable contigo cuando lo sepa.

—Bueno, siempre puedo calmarlo entregándole tu cabeza en una bandeja de plata durante el

desayuno de mañana. La tuya y la de..., ¿cómo se llama ella? Sí, ya recuerdo; Rukia. —Oír el

nombre de la Pura consiguió que el cuerpo del sueco reaccionara tensándose. Ichimaru echó un

vistazo a su reloj con frialdad—. Creo que a estas alturas ya debe de estar muerta.

—Yo que tú empezaría a rezar por tu alma porque como le haya pasado algo a ella, no habrá un

sólo agujero en el mundo, por pequeño y oscuro que sea, donde puedas esconderte de mí.

—Eso siempre que puedas salir de aquí, algo que no ocurrirá —dijo manteniendo aquella odiosa

sonrisa de superioridad—. Adelante, acabad con él.

El maldito asesino, enviado por los que hasta entonces fueran sus superiores, era diestro en la

lucha. Rukia atacaba y repelía sus intentos de arrancar sangre con habilidad, pero el enlace

tampoco se quedaba atrás. Debía mantener la guardia siempre alerta, la balanza se inclinaría en

el momento que se produjera una distracción por parte de alguno de los dos.

En el suelo, sobre su espalda, Rukia se preparó para esquivar la mole que suponía el cuerpo

del licántropo que, en un salto descomunal, se abalanzó sobre ella para aplastarla. Rodó sobre

sí misma en el último instante y ese segundo le sirvió para localizar el arma que había arrancado

de sus manos y la rama que le había lanzado minutos antes.

«Si el error no se producía, ella lo provocaría», pensó reprimiendo una sonrisa de anticipación.

Asiendo ambas cosas, lanzó el arma hacia arriba, todo lo alto que pudo y se preparó para

golpear al licántropo con saña, sujetando la madera con una de sus garras. Como había

previsto, el macho ejecutó el movimiento contrario para desarmarla pero no contó con que su

otro miembro ya esperaba recibir la pistola que caía gracias a la fuerza de la gravedad.

Saltó, concentrando en las patas traseras toda la energía de su cuerpo, se alzó en el aire,

recuperó la pistola y disparó al licántropo en la cabeza a quemarropa. El cuerpo de éste se

desplomó a sus pies, mientras con espasmódicos movimientos volvía a su forma humana. Sin

esperar a que terminara la retro transformación, le hundió la garra en el pecho y arrancó su

corazón con furia mientras escupía sobre su cuerpo.

—Hijo de perra.

Arrastró el cuerpo varios metros, hasta estar segura de ocultarlo en un lugar donde no sería

encontrado. Lo abandonó el tiempo justo para correr tras su moto, recoger su mochila, vestirse

y hacerse con la botella de líquido corrosivo. La examinó con mirada crítica, casi estaba

agotado, usaría menos dosis. Excavó la tierra con rapidez y, después de dejar caer un par de

gotas sobre la herida abierta, lo sepultó bajo ella. Una vez limpio el terreno de cualquier resto

extraño para los humanos, volvió hasta su motocicleta echando un vistazo al reloj de nuevo.

Debía darse prisa, tenía que volver antes de que lo hiciera Ichigo si quería evitar preguntas

incómodas. Guardó la ropa destrozada por la transformación en la mochila como hacía siempre

y se encaminó, montada en la Ducati e hirviendo de furia todavía, de vuelta a la iglesia,

soñando con una buena ducha.

Ichigo vio como Ichimaru desaparecía a la vez que era rodeado por los cinco licántropos que lo

habían acompañado hasta allí. Muy típico de él dejar el trabajo sucio a otros y escurrir el bulto.

Trató de concentrarse en cada uno de ellos, de proyectar adecuadamente los sentidos para

anticiparse a los movimientos, como siempre hacía, sin embargo, una pequeña sombra

enturbiaba su concentración como un gusano pernicioso. Una preocupación: Rukia. La

incertidumbre se extendía por su ser estableciendo una prioridad distinta a la que comúnmente

se instalaba frente a una buena pelea. Enfadado consigo mismo al comprender que la hembra lo

afectaba más de lo debido, animó a los licántropos a atacarlo con la intención de volcar sobre

ellos su frustración.

—Vamos, niñatos, no tengo toda la noche.

El primero en atacarlo fue el que estaba a su espalda tratando de golpearlo con una patada para

empujarlo hacia delante y que sus compañeros hicieran el resto. Pero el sueco reaccionó a

tiempo y, sujetándole el pie, se lo retorció hasta partírselo y obligarlo a girar sobre sí mismo,

cayendo sobre el licántropo que tenía inmediatamente al lado. Los otros tres iniciaron la

acometida en ese momento pero sólo uno de ellos logró encajarle un golpe en las costillas.

Rugiendo, la bestia se abrió paso al instante, rasgándole las ropas.

No les otorgó ni un segundo de ventaja y agarró a uno de ellos arrancándole el corazón en el

mismo movimiento. Lo arrojó con fuerza contra el rostro del que había sacado su arma, logrando

que trastabillara asqueado, al tiempo que pateaba el pecho de un tercero reventándolo en el

acto.

La sangre comenzó a cubrir el blanco inmaculado del suelo, convirtiéndolo en una macabra

pista de patinaje. Pensando en obtener algo de ropa de aquellos indeseables para poder volver

rechazó un nuevo ataque del que parecía ser el más corpulento, extrajo el arma del último al que

había matado y le disparó en la garganta. El tipo llevó las manos hasta la herida

inmediatamente, eso lo mantendría ocupado durante un buen rato. Sólo quedaban dos de los

que preocuparse.

Uno ya había dejado su apariencia humana. Adelantándose al plan del licántropo que

obviamente avanzaba la garra con fuerza para hacer blanco en el pecho del sueco, Ichigo agarró

al otro y lo usó cómo escudo. El desdichado abrió los ojos como platos al sentir como la zarpa

de su compañero se hundía en él, traspasándolo. Sujetando aún al moribundo, apresó la garra

de su asesino, impidiendo que pudiera extraerla del cuerpo del compañero y ejerció un potente

tirón que lo arrastró hasta encontrarse con él gracias a la resbaladiza superficie que estaban

pisando. Ichigo giró alrededor de ellos y sorprendió al último arrancándole las vísceras desde

atrás. Volvió a la forma humana resollando y encaró al que aún quedaba con vida,

desangrándose profusamente por la herida de la garganta.

—Me estás manchando la ropa, hermano —señaló agarrándolo para alzarlo.

El licántropo parecía un gran muñeco de trapo, sin fuerzas para presentar batalla. No le costó

esfuerzo alguno quitarle la ropa y darle muerte.

La salida fue sin duda más rápida y enérgica que la entrada, aunque también más peligrosa.

Nada más dejar la sala, tuvo que hacer frente a dos licántropos más que entorpecían la huída.

Calándose la gorra hasta las cejas para ocultar los rasgos faciales cuanto le permitió la visera,

carraspeó sonoramente llamando la atención de ambos por encima de la insistente alarma.

—Se ha ido hacia allí —dijo imprimiendo seguridad en sus gestos para tratar de convencerlos—.

¡Vamos, id tras él! ¡Es una orden!

Éstos se miraron antes de iniciar la carrera en la dirección que les indicó Ichigo no sin antes

reparar en la sangre que le empapaba el chaleco. La vestimenta, tomada prestada al enemigo,

cumplía perfectamente con su función y, con una sonrisa pícara que curvó sus labios, siguió su

camino hacia el exterior.

Afuera también empezó a notarse una actividad frenética. La alarma fue silenciada pero los

focos arrojaban su potente luz sobre el pavimento, ni una hormiga podría moverse sin ser vista.

Antes de salir quedando expuesto a un más que probable ataque, asomó levemente la cabeza

para inspeccionar los alrededores.

Varios licántropos en formación salían en ese momento de otra puerta contigua a su izquierda.

Aprovechando la oportunidad que se le presentaba, se unió a ellos, colocándose el último del

grupo. El contingente marchaba con brío y en silencio; oteando, individualmente, cualquier

indicio; buscando al intruso. El sueco representó su papel imitando al resto hasta dar una vuelta

completa a la edificación. Esperó pacientemente a que pasaran junto al portón de la verja para

escabullirse.

—¡Está escapando! ¡Mátenlo! —tronó la voz de Ichimaru.

Ichigo se dio la vuelta para ver al traidor en la puerta del edificio, señalándolo sin dejar lugar a

dudas sobre a quién debían matar. Siete pares de ojos brillantes se giraron para clavar las

pupilas sobre él. El sueco sonrió y les dedicó un perfecto saludo marcial antes de saltar la

puerta metálica y salir corriendo en pos de su Hayabusa.

Oyó el rugido de varios motores arrancar al mismo tiempo que él lo hacía. «Son como lapas», y

la imagen de un licántropo con cascarón de crustáceo le hizo reír con ganas.

Las ruedas chirriaron cuando giró la máquina acelerando y frenando la rueda delantera

simultáneamente, dejando la marca oscura de los neumáticos en la calzada. Se lanzó a la

carrera sin dilación, envuelto en la nube blanquecina con olor a goma quemada. No había

recorrido veinte metros cuando seis motos de gran cilindrada y un vehículo se unieron a la

persecución.

—«Kia» —llamó, concentrándose en lograr la conexión mental—. «Kia...»