Advertencia: Lemon.
Segunda advertencia: Soy mala escribiendo lemon.
Por cierto, si les gusta Harry Potter voy a empezar a subir una historia sobre ello, ya el primer capítulo se encuentra en mi perfil.
Nos vemos el otro sábado.
Pd: No es ilegal comentar.
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La pared estaba fría. Los amuletos estuvieron listos antes de tiempo, los tres, se habían salvado y Dick decidió celebrarlo anticipadamente con Zatanna. Iniciaron en el sofá, como chicos buenos, pero cayeron al piso y de alguna forma terminaron contra la pared.
—En-canta-da de ayu-dar —gemía la morena con el rostro pegado al muro. Dick era fuerte, lo suficiente para sostener el peso de su amante por completo, manteniéndola en el aire con las piernas dobladas y estiradas a los lados, una posición bastante extraña, mas no menos gratificante.
—Estás jodidamente buena Zee —gruñó contra su oído sin detener sus movimientos —. A veces solo quiero cogerte y cogerte.
—Jum, si-empre fuis… agg —detuvo su frase, convulsionando en los brazos del chico mientras su orgasmo la sacudía. Dick, aun sosteniéndose, la embistió con mayor dureza, acabando en su interior.
—¿Siempre fui el mejor polvo? —jadeó tratando de estabilizar su respiración y saliendo del interior cálido y húmedo de Zatanna.
—Un adicto. Bájame.
Dick la depositó con cuidado en el suelo, mandando sus manos al redondeado trasero de la superhéroe.
—¿Qué puedo decir? Ventajas de ser criado por un playboy.
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—Amaneciste inusualmente feliz, Richard —señaló la señora Wilson en el comedor. A las siete de la mañana la familia se reunió a desayunar con sus invitadas obligatorias.
—Soy un chico alegre —respondió mordisqueando su tostada francesa. Captó la mirada burlona de Bruce, este hombre tiene una bola de cristal.
Siguieron comiendo; Damián, demasiado conocedor del tipo de entretención de adultos, supuso en la sonrisa relajada y los hombros sin tensión de su hermano que él había hecho más que recoger los amuletos en la casa de la hechicera. No sé que le ven a las mujeres, es bastante asqueroso.
—¿Fue que dormiste bien? —preguntó la psicóloga con interés. Un cambio abrupto de la noche a la mañana sin explicación lógica requería de investigación.
Dick le sonrió a la mujer.
—Como bebé. Oigan, no les hemos mostrado la mansión, ¿verdad?
Los Wayne soltaron sus tenedores, Alfred, junto a la mesa auxiliar, alzó una ceja. ¿Pero qué…?, fue la interrogante de los cuatro varones.
—No Richard —dijo la señora Wilson con los ojos entrecerrados —. ¿Nos darías el tour?
—Claro, no debemos irnos sino hasta las nueve, hay tiempo —terminó con lo último de su plato y bebió de un sorbo su proteína.
—Bueno, es muy amable de tu parte, pero me temo que yo debo estar en una video llamada. La doctora Miller te acompañará, ¿doctora?
—Por supuesto —sonrió con dulzura. Un recorrido a solas con el mayor de los Wayne le sonaba a Cashing en su mente, los análisis en un contexto informal eran notoriamente los más productivos.
—¿Puede ser ya? Yo acabé aquí —miró el plato vacío de avena de la doctora.
—Por supuesto.
Bruce masticó con lentitud, enviándole un mensaje a su hijo. Dick se limitó a guiñarle un ojo.
—Tenga cuidado doctora —dijo Bruce al ver que los dos se levantaban —. Ladra y muerde.
La mujer rió, creyendo que se trataba de una broma.
—Empecemos en la primera planta —tendió su brazo caballerosamente. Divertida la mujer lo tomó, dejándose guiar —. Tenemos varias salas, la biblioteca, hay un museo del arte grecorromano muy interesante…
El valor, las agallas y el atrevimiento le llovieron del cielo a Dick con los amuletos invisibles rodeando los cuellos de él y de sus hermanos. Estaba salvado, sus hermanos estaban salvados y si jugaban bien sus cartas se quedarían con Bruce, todo esto bastaba para que el furor adolescente se le subiera a Dick a la cabeza. Había gastado parte de su energía con Zatanna, pero él no le rehuía a un coqueteo suave y prometedor con una mujer guapa y rubia de piernas bronceadas.
—¿Te gusta tu hogar? —preguntó al estar lejos del resto.
—Oh, la mansión Wayne es grandiosa. No es por lo elegante, sino porque Bruce nos permite tener nuestras propias habitaciones de juegos y tenemos una mini cocina de postres, la sala de cine, los bolos… ya sabe, es un lugar divertido y nos sentimos seguros aquí.
—¿El señor Wayne les complace en sus caprichos?
Tendría sentido, los niños en general son sobornables.
—Ja, ja, pues si, aunque también nos castiga. En realidad es fácil con Bruce, tenemos reglas claras y cada vez que nos reprende nos dice exactamente por qué. Mire, este es el museo.
Entraron. La mujer observó los cuadros, no podía decir que le gustaran, pero ella no era crítica de arte antiguo.
—¿Consideras que Bruce es tu amigo?
—No, ay no —rió.
—¿No? —sonrió.
—Un padre no es amigo de su hijo, es una figura de autoridad en la que puedes confiar. A un amigo le faltas al respeto, a un padre o a una madre no. Oh mire, la Venus de Urbino.
Se detuvieron frente a la pintura.
—No sé como hacían para posar desnudas frente a un extraño.
—Supongo que es un trabajo —se encogió de hombros. La señorita Miller soltó su brazo al entrar en el museo, él aprovechó y la sujetó de la cintura —. Por aquí hay más de Tiziano. Este se llama Flora.
—¿Todos son de desnudos?
Dick examinó el cuadro.
—Está vestida —alegó.
—Casi se le ve el pezón. ¿Tus hermanos entran aquí, Richard?
—Nah, prefieren los videojuegos. Llámame Dick, por favor.
—¿Ya no quieres que me largue? —se burló encarándolo. No se había percatado de la mano suave de Dick en su espalda, pero al girarse quedó envuelta en su brazo.
—Para nada.
Rebecca reconocía la mirada de Dick, curiosidad mezclada con ganas.
—Eres un chico muy precoz —comentó mordazmente posando su mano sobre la de Dick tratando de retirarlo —. Y yo muy profesional.
Dick hizo un mohín adorable.
—¿Qué tan demasiado? —se carcajeó —. Disculpe, señorita Miller, no suelo estar tan cerca de mujeres así de atractivas. Tengo que intentarlo.
Ella recibió la flor con dulzura. Creyó en la fachada de niño bueno y tierno.
—Eres un gran muchacho. ¿Dijiste sala de cine?
—Oh si —enseñó los dientes. No la soltó de la cintura, así la condujo por fuera del museo charlando sobre esto y aquello, deleitando a la doctora con historias ocurridas entre y sus hermanos en la sala, envolviéndola alrededor de su dedo meñique. Rebecca, ensalzada ante las atenciones muy directas de su acompañante, escuchó con atención, ¿qué motivos tenía para no creerle? Después de todo era Nightwing, el niño héroe.
—Es increíble —dijo ya en la sala de cines —. Con una de estas en casa yo no saldría jamás.
—Nos sucede lo mismo, aunque nos gusta mucho el ejercicio y el exterior.
Se recostó casualmente en el muro sin perderla de vista.
—Ríndete —le dijo la doctora girando los ojos.
—Nunca —exclamó con dramatismo.
Ella negó divertida.
—Si te doy un beso en la mejilla, ¿te resignarías?
—Comprobémoslo.
Puso sus manos tras su espalda y le enseñó el cachete. La mujer suspiró, deleitada de cierta manera, a nadie le caía mal darse cuenta que otra persona lo consideraba atractivo. La rubia lamió sus labios y se inclinó, antes de que sus labios pintados de rosa tocaran la piel del chico este volteó el rostro y la besó con su boca.
—Richard.
Joder, este niño besa bien. E intentó mantenerse racional al empujar débilmente los brazos del muchacho, que la tomó por la cintura con la firmeza de un hombre
—No le diré a nadie —susurró Dick profundizando el beso y acercándola a él.
—Si nos ven perderé mi licencia —se quejó separándose.
Dick se lamió su labio inferior untado con el lápiz labial rosa.
—Mmm, fresa —gimió suavemente pegando su frente con la de la doctora —. Mis hermanos no vendrán, Bruce está ocupado y Alfred asea la sala de cine los viernes. La señora Wilson está en su llamada e imagino que nos dejará a solas para que usted me saque toda la información que pueda.
—Niño listo —dejó que acariciara la punta de su nariz con la de él.
—Solo un poco.
Y la volvió a besar. La mujer cedió con las caricias ligeras sobre su espalda y costados, las manos de Dick se movían peligrosamente hacia su vientre bajo, lo que ella notó muy tarde, cuando él la había arrinconado contra una de las sillas de la sala. ¿En qué momento…? El menor ya había metido su lengua dentro de su boca, sucedió tan rápido que ella no se dio cuenta, estaba a su merced.
—Espera Dick —logró distanciar sus rostros —Esto está mal… —observó el sitio —. ¿Quién te enseñó a besar así?
—Un par de amigas a las que les pica la ropa. ¿No te gusta? —pidió besándole la mandíbula.
—El problema es que me gusta.
—Entonces no hay problema en absoluto —lamió su lóbulo. Las rodillas de Rebecca empezaron a temblar —. Esto no saldrá de aquí, te lo prometo.
Rebecca no pudo oponerse, ni lo hizo cuando Dick metió su mano bajo su camisa y le acarició el estómago hasta llegar al borde de su falda. Con su boca el muchacho atacaba arriba, descendiendo hasta su escote. Y Rebecca ya había metido sus manos en la camiseta de Dick, tocando la piel falsamente lisa y sin marcas.
—Solo un par de botones.
Pero el par de botones se convirtieron en toda la camisa, un par de besos se transformaron en sus pezones expuestos por fuera de su sostén y mordisqueados en lo que Dick le subía la falda y metía un dedo bajo el caucho de su tanga.
Rebecca gimió al sentirse en el aire, Dick la depositó en la cabecera de la silla de cine, que por su descenso natural le permitía a la doctora quedar a una altura decente para la actividad que iban a realizar. En el proceso Dick le retiró la tanga negra a la mujer.
—Huele delicioso —le dijo olisqueando la prenda. Rebecca se sonrojó —. Sostente de mis hombros.
—Más despacio —trató por última vez haciéndole caso, un mal movimiento y tendría un vergonzoso accidente. Dick le sonrió y se desbrochó el pantalón. De su bolsillo extrajo un condón —. Maldito mocoso, venías a por esto.
—Sus piernas no dejaron mis sueños, doctora —y enfatizando sus palabras, le separó los muslos y enterró su boca en la zona sonrosada y goteante.
Dos orgasmos, tres contado el de Dick, después:
—Wow —jadeó Rebecca, aferrada al ancho cuerpo del chico —. Alucinante.
Él rió.
—Ya escuchaste a Bruce, ladro y muerdo.
El placer se le esfumó a la doctora.
—Espera, ¿qué? ¿Tu papá sabe que tú y yo…?
Dick se encogió de hombros.
—A Batman es difícil guardarle secretos.
Con destreza Dick lanzó su condón usado a la caneca de la basura en el extremo de la sala. Entró en el bote, por supuesto.
—¿El señor Wayne consintió que tuvieras sexo con una adulta?
—Pues… —vaciló acomodando su pantalón —. Ya qué más da. Si, lo consintió.
—¿Y me lo dices a la cara? —dijo indignada.
—No es como si usted pudiera hablar de esto —rió y alzó las cejas —. Después de todo perdería su licencia —recalcó su frase, exactamente lo mismo que ella le dijo.
—Hijo de puta —gruñó bajándose de la silla —. Eres un degenerado.
Dick parpadeó, tal vez se había pasado. La observó meter sus pechos de vuelta a su sostén y abotonar su camisa.
—No lo hice por maldad —confesó captando su atención.
—¿Ah no? —dijo sarcásticamente.
—Usted es preciosa y no miento, me estaba volviendo loco. Me propasé con mi comentario y me disculpo.
Pero Rebecca no tendría más de las maquinaciones del adolescente.
—Dame mis tangas.
—¿No me las puedo quedar?
En respuesta recibió una bofetada.
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—Llegaron pronto —dijo Bruce a su hijo y a la doctora —. Faltan 20 minutos. ¿Buen recorrido?
—Oh si —respondió Dick casualmente. La mujer observó la interacción con vergüenza, a sabiendas de que el mayor sabía lo que habían hecho —, pero casi no vimos nada, nos entretuvimos en la sala de cine.
Maldito mocoso descarado.
Bruce asintió y volvió la vista a su teléfono. Dick avanzó al sofá, sus hermanos veían a Chespirito en su idioma original.
¿Buen recorrido?, nos entretuvimos, hablan entre líneas.
En la sala el dúo de Robin bufaron. A Rebecca no se le escapó que la observaban riéndose por lo bajo, Tim especialmente. Dick les dio unos golpes suaves en la nuca y dejaron de verla, pero el menor, Damián, le dedicó a su hermano una mirada asqueada, alejando la mano del mayor de él.
—¿Quizá la señorita Miller desea un aperitivo luego de su tiempo con el amo Richard?
Si, toda la familia Wayne se había enterado.
No tienen secretos, apuntó sonrojándose y evadiendo la mirada de los hombres.
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Mientras Dick se regodeaba consigo mismo por tirarse a la doctora, Bruce abandonó la sala y oprimió el 3 en su celular. La marcación rápida lo condujo al número de Billy Batson. Que sus hijos y él estuvieran atrapados no significaba que Batman también lo estaba.
—Buenos días señor Wayne —la voz del niño le sonó embotada, apostaba a recién levantado.
—Buenos días Billy. ¿Te llegaron las coordenadas?
—Si señor, anoche las leí.
—¿Tienes dudas?
—No. Me dejo capturar con la chamarra con cámara y micrófono, recorro el camino e implanto un chip de seguimiento en el niño más próximo a mí antes de escapar. Lo haré hoy en la noche, necesitaré una excusa para la escuela.
—La tendrás. Gracias Billy.
—De nada, señor Wayne.
Bueno, una red de trafico de niños en vía a la erradicación.
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Desnudo salvo sus calzoncillos frente al médico, Dick se tragó su sonrisa de superioridad.
—La herida en tu brazo ya sanó, igual que la de tu frente. Los moretones de tus brazos son naturales y un tipo de herida promedio entre los que practican artes marciales —el médico tomó sus radiografías; si, Zatanna hizo un trabajo maravilloso —. Son pocos huesos rotos y has justificado la mayoría.
—Todos, doctor.
El hombre alzó las cejas y asintió.
—Es increíble, dijiste la verdad —y él miró a la señora Wilson, en el rincón de la habitación con su libreta y esfero, pero sin apuntar nada —. Sin signos de tortura o cicatrices notorias, la G que describe la señorita Bertinelli, bueno, si parece una G, pero no es redondeada, es obvio que son varias cicatrices pequeñas encima una de la otra, del mismo tipo y hechas en un mismo tipo de accidente. Aun debo revisar a Drake y Wayne, pero él está perfecto. No hay pruebas en contra de las versiones de Grayson y el señor Wayne.
Oh, a la señora Wilson no le gustó ni cinco esa información, pero le podían dar por donde quisieran, Dick se había salvado.
—Eso —dijo ella, rompiéndole la nube a Dick —, lo decidirá el juez.
Claro, cierto.
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La devuelta a casa fue eufórica; Damián y Tim charlaban animosamente sobre Titus, planeaban comprarle una correa nueva y cambiarle su purina, Alfred les colaboraba con comentarios sueltos; Bruce guardaba silencio sujetando la mano de Dick, este sonreía inmensamente, dando vistazos a la señorita Miller y a la señora Wilson. Las camionetas de escoltas rodearon su limosina hasta aparcar en la mansión Wayne.
—Disculpe, señor Wayne —habló la detective al bajar del auto —. ¿Me permite una computadora?
—Por supuesto, Alfred.
—En seguida, señor Wayne. Por aquí, madame.
En lo que ellos se marchaban, Bruce encaró a sus niños. La señorita Miller se quedó ahí como una tercera rueda.
—Ustedes, vayan al granero, jueguen afuera el resto de la tarde, el sol les hará bien.
—Si padre.
—Claro Bruce.
Con los pasos rápidos de los niños alejándose, Bruce señaló a Dick con su dedo índice.
—Y tú, Alfred no va a limpiar el reguero que hiciste en la sala de cine, no señor —bajó la mano. Dick sonrió apenado —. Ve a recoger eso.
—Si tati (papá en rumano, lengua materna de Dick).
Bruce le sonrió. Quedaron él y la doctora a solas.
—Así que doctora, la muestra de no profesionalismo suya hoy, ¿es frecuente?
—Oh, no me venga con retórica, usted sabía. Todos sabían.
—Por supuesto que todos sabían, es Dick, no se pone en plan gancho de brazo si no es para tener sexo. ¿Yo como me iba a imaginar que ese niño de 15 iba a poder convencer a una mujer de 29 años? Francamente, estoy pensando en darle un pastel.
—¿Por qué Dick tiene tanto sexo? —preguntó.
—Lo dejo que se divierta con señoritas, no es la gran cosa. Usted es la primera, bueno, segunda mujer mayor de edad con la que él ha estado.
—¿Segunda?
—Ella lo conoció a los 15 años, crecieron juntos, realmente no cuenta —se apretó el puente de la nariz —. Mire, yo no tengo tiempo o cabeza para esto. Los niños están jugando, su compañera debe de estar tratando de buscar el método de ahorcarme legalmente, Alfred preparará la cena y la merienda, Dick se perderá en medio de la mansión en busca de algo que hacer. Usted puede ir al granero y conocer a Titus, o con la señora Wilson, no le recomiendo a Alfred, es posesivo con la cocina. O bien, puede buscar a Dick y acompañarlo para que no esté solo.
—¿Lo dejaría conmigo después de lo que pasó?
—Él no fue la victima, Dick es muy inteligente y astuto, sabe lo que dice y lo que hace.
—Es un niño señor Wayne, puede ser engañado, no es infalible. Me preocupa, sinceramente, si usted cree que ellos lo son.
—Yo los conozco mejor que nadie, ellos confían plenamente en mí. Todo lo consultan conmigo e incluso, antes de irse con usted, él pidió mi aprobación. Son niños buenos, señorita Miller, simplemente son diferentes.
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—Tu papá dijo que podía acompañarte.
Había encontrado a Dick saliendo del baño de la primera planta, obviamente desasiéndose de la evidencia.
—¿Si? —mantuvo su rostro sereno —. Dudo que quiera estar cerca de mí, ¿o no sigue enojada?
—Continúo enojada —cruzó los brazos sobre su pecho —. Fui demasiado estúpida al permitir que tú y yo congeniáramos.
—No fue su culpa, fue cosa mía. Le dije la verdad, usted es sensual y una belleza, simplemente deseaba pasar un par de horas con usted.
—¿Y normalmente consigues a la chica?
—Suele irme bien —se encogió de hombros.
—Realizas mucho ese gesto.
—¿Será? Bueno, ¿viene conmigo? Voy a colocar música.
Ella le señaló la escalera. Subieron hasta el tercer piso, los recibió una habitación ambientada al estilo de un bar.
—¿Es licor? —apuntó a las botellas tras la barra. Entraron y el chico se dirigió a la barra. Se olvidaron de la música.
—Licor infantil, inofensivo. Jugamos a prepararnos cocteles con algunos amigos.
—¿Cómo Superboy?
—Si. ¿Quieres algo? El Bloody Mary me sale muy bien.
—Elije tú. ¿Todos tus amigos son superhéroes?
—En su gran mayoría, son con quienes más tiempo paso —empezó a moverse, eligiendo frascos y copas.
—¿Qué hay de Helena Bertinelli?
—La señorita Bertinelli es un gran malentendido. Mi misión era una, salir con ella un par de veces, ya fuese de amigo o de novio, y conseguir que me llevara a cenar y a conocer a su padre.
—¿Cómo terminaste en su cama?
—El romance fue real. La dejé porque me sentí culpable por lo que sucedió, no hubo manipulación… tal vez un poco para la caja fuerte, pero nada más. Aquí tiene.
Rebecca recibió la bebida azul eléctrico con hielo y una rodaja de limón como decoración.
—Muy lindo, ¿qué es?
—Limonada.
Efectivamente, limonada dulce.
—Dime, ¿qué hubieras hecho si yo te hubiera seguido la cuerda?
—¿Se refiere a volver a acostarse conmigo? —ella asintió —. Me la habría llevado al ático.
—¿El ático?
—Es mío, Bruce me lo cedió. Toca tomar un ascensor en el segundo piso. El sitio es genial, tiene de todo.
—¿Es un… centro de recreación?
—Se podría decir, pero para mí.
—¿Para que lleves mujeres?
—No, no se creó con ese fin. ¿Si yo le revelo información sobre la Liga y esas cosas, entra en confidencialidad médico-paciente?
—Por supuesto, todo lo que hemos hablado…
—Irá a la corte —la interrumpió sorbiendo de su limonada —. ¿No hay una forma de, digamos, que lo que diga a partir de ahora vale como confidencial y sin relevancia en la corte? Igual que el secreto de confesión.
—Sabes que no se puede, si dices algo que influya en la investigación debo contarlo.
—Mmm, por favor —le hizo ojos de cachorro.
—Está bien —suspiró.
—Vamos entonces al ático, le fascinará.
—Creí que no era para llevar mujeres —jugó.
—No lo es… —sonrió —. Es para llevar a las adolescentes.
—¡Richard!
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—Puto mocoso.
—Cuide la lengua delante del niño, señorita Miller —murmuró Dick con burla palmeando el trasero de la mujer acostada parcialmente sobre él, abierta de piernas.
Ellos estaban en el sofá blanco y en U de su ático, una habitación inmensa y muy moderna que transmitía un aire adolescente, era el lugar favorito de Dick para reunirse con KF y Superboy, cuando no recibía a sus novias. La ropa de la doctora estaba en el suelo, permanecían sus bragas negras, las cuales Dick apartaba para introducir sus dedos dentro de las cavidades de la mujer.
—¿Cómo me convenciste otra vez?
Oh, yo sé como, se admitió. Lengua afilada y una belleza masculina arrolladora.
—No entiendo por qué a las mujeres les gusta hacerse las duras.
—¿De qué hablas?
—Es divertido en las citas y en la conquista, pero ya desnuda, ¿para qué seguir? Sabemos como va acabar esto —volvió a palmearle la nalga —. Vamos a coger hasta que sienta que me explotan los testículos. No es como si yo fuera a lastimarla.
—Estas muy confiado —le dijo alzando una ceja retadora.
Dick sonrió.
—¿Ah no? —retorció sus dedos. La señorita apretó las piernas y soltó un jadeo.
—No es por mí… posiblemente nos… wow… posiblemente nos ordenen irnos, tu examen médico te dio la razón.
—Eso no será inconveniente, Bruce recibe un aviso cuando yo entro aquí con visita, él pedirá un alargo de la estadía de ustedes hasta mañana en base a su protección o algo así. Tenemos hasta la cena, ahí yo me retiraré con usted a seguirle mostrando mi colección de autos a escala, Alfred hará un comentario sarcástico, los niños muecas y Bruce se reirá.
—¿Y la, uy, la señora Wilson?
—A la hurraca la entretendremos con algo —empleó su otra mano y metió su pulgar izquierdo en su ano, con la derecha introdujo tres dedos.
—Ustedes son máquinas para decir mentiras —gimió mordiéndose los labios y apretando las manos.
—Nos cuidamos la espalda. Ahora, Rebecca, muéstrame la tuya.
La mujer se movió de su posición acostada de lado para quedar boca abajo. Dick sacó los dedos, lamiéndolos.
—¿Te gustan los tapones?
—S-si.
—Nos llevaremos espléndidamente. Dame un segundo.
—¿Por qué tienes tapones anales? —lo vio rebuscar en una de las estanterías, trajo consigo una caja metálica.
—A una amiga le gustan. Es un juego nuestro, montamos en las motos de la sala de videojuegos teniendo ella eso puesto o montamos a caballo, lo que sea, luego se lo quito y entro, es divertido. Elija.
Destapó la caja frente a ella, había tapones de varios tipos y colores.
—Tus amigos están locos.
—¿Le digo la verdad? Pero confidencial —se apresuró a agregar.
—Confidencial —aseguró.
—Muchos de ellos tienen miedo a morir en sus siguientes 24 horas —su tono sereno la inquietó, demasiado peso en la voz de un muchacho —. No les importa actuar un poco putas o perros o infantiles, ellos hacen lo que les gusta porque no saben si tendrán un mañana.
—¿Tú estás entre ellos?
Se encogió de hombros.
—Trato de no pensar en eso. Tal vez Bruce si, tendría sentido lo mucho que nos consiente, puede que tenga miedo de morir y no dejarnos en claro que nos ama. Cambiemos de tema, por favor.
—Si —no quería tampoco hablar de la muerte y de lo riesgosa que era la vida de los héroes —. El verde.
—Te encantará —prometió dándole un beso. Dejó la caja en el sofá, dada su forma de U ellos contaban con espacio —. Arrodíllate.
Lo hizo.
—Oye —se quejó la doctora al escucharlo escupir. Su saliva cayó la línea divisora de sus nalgas.
—Oh vamos.
Untando el tapón con el líquido, lo introdujo lentamente en el agujero. Le gustaban los sonidos que se le escapaban a las mujeres con la masturbación; Dick no dudó en coger a la señorita con el tapón para verla retorcerse. Le puso su erección cubierta por el jean en la vagina, ella se removió contra él, frotando su sensible zona en la áspera tela.
—Dime que más haces con tus amigas.
Dick entrecerró los ojos.
—Soy menor a la edad de consentimiento, si se pública algo de esto…
—No voy a escribir un libro, que desconfiado eres.
—Es parte del trabajo, preciosa. Nunca he hecho un trío o más, ni me he metido con las novias de mis amigos. Con las que he estado ha sido diverso.
—Explícate.
—Oh, te haré de todo un poco. ¿Crees que después de esto me puedas dejar tu número?
—Cállate ya.
Dick metió completo el tapón en ella.
—Me gusta coger brusco, el tierno también, pero a veces solo necesito sacarlo del sistema. Y me fascina jugar, pero Bruce me prohíbe sexo explicito en la sala de juegos.
—¿Expli…?
Dick no le permitió hablar, dejó quieto el tapón y se dedicó a darle lametazos en la sonrojada vagina. Tomó entre sus dientes el clítoris de Rebecca antes de responder.
—Igual que el juego de la moto, Bruce sabe que lo hacemos. Me gusta penetrarlas mientras hacen algo, como mecerse en un columpio o meterles dildos y llevarlas de paseo, me encanta ver como les toca resistirse y lo desesperadas que se vuelven por la liberación.
—Suena peligroso, humillante si las descubren.
—Ventajas de ser un adolescente; solo somos mocosos calientes y con más dinero de lo considerado sano. Deme una mamada.
Se movió y se sentó junto a su cara, la dejó desabrocharle el pantalón y sacarle su pene.
—Huele bien. Tienes demasiada experiencia.
—He visto un par de veces a papá —suspiró, ella decidió lamerle la cabeza de su pene.
—Suele suceder. ¿Le has contado?
—Oh, él se enteró en su momento, pero no iba a detenerse.
—Jum, vaya modelo a seguir.
—No he escuchado quejas… la tiene inmensa. Si quieres al experto ve con él —dijo entre quejidos, ella lo chupaba muy bien.
—Me tomará por puta.
—A todas las toma como si fueran putas, él no conoce el sexo vainilla —sujetó dolorosamente el cabello rubio de la doctora que se quejó —. No sé ni como lo hace, las asfixia, les pega duro, se las coge igual que un animal y aun así lo buscan.
—Pídele el truco.
—Oh lo haré.
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A eso de las siete de la tarde, Dick recibió una llamada de su padre.
—¿Qué pasa? —gruñó.
—¿Ocupado? —se burló.
—Bruce estoy que me corro por quinta vez, ¡¿qué quieres?!
—Ja, ¿para eso son las proteínas extra que pediste? Decirte que Artemis está en televisión, ella y Flecha se enfrentan a toda la baraja real en Starling City.
—Wow, voy.
Su papá le colgó. Dick dejó su comunicador en su oído y se concentró en lo suyo, le faltaban un par de embestidas para caer rendido, temblando. Rebecca, abierta de piernas y estirada al gusto de Dick, se recostaba medio dormida y agotada. Necesitaban una segunda pausa para comer.
—Me tengo que ir preciosa. Le diré a la señora Wilson que te duele la cabeza y te acostaste a dormir.
—Hace un minuto era coño sabroso —murmuró.
—Y aun lo eres —se retiró de sobre ella para examinar su vagina repleta de fluidos a medio secar y nuevos —. ¿Me dejas tomarle una foto?
—Tú teléfono lo tiene la señora Wilson —le recordó.
—¿En serio? —metió mano entre los cojines y sacó un celular.
Rebecca resopló.
—Que no salga mi cara.
Que avance en comparación con esta mañana, se dijo Dick. Realmente debería anotar su número, es muy fácil.
—Gracias —dijo tras tomar la foto, un encuadre perfecto. Una idea surcó por su mente. Comprobemos que tan fácil es. Se inclinó sobre ella y le dio un beso húmedo —. ¿Me dejas hacerte un video?
—Ya no más, Dick.
—No lo subiré a ningún lado, en eso puedes confiar en mí.
La psicóloga entrecerró los ojos.
—¿Qué harías con un video mío? La verdad.
—La verdad es que se lo pasaría a Superboy, está pasando por una crisis romántica y tú lo animarías —siguió besándola —. Luego, en unos años, se lo mostraré a Tim y Damián. Y obviamente, yo lo veré muy seguido.
—¿Y qué les dirás a tus hermanos? —se levantó con sus codos —. ¿Qué su trabajadora social les trajo a una prostituta?
—No eres una prostituta.
Tú no cobras.
—¿Entonces?
—Nada, que volví loca a la psicóloga —le sonrió y le pasó la lengua por el mentón —. ¿Puedo?
—Has lo que quieras —suspiró dejándose caer.
Dick sonrió brillantemente. Activó la cámara, y enfocó la vagina inundada de Rebecca, pasó a sus pechos maltrechos, sus pezones mostraban signos de los mordiscos que le dio.
—Chúpalo —le enseñó el pulgar.
—¿Me enfocarás el rostro?
—Solo la boca.
A modo de respuesta, ella le recibió el dedo y lo succionó asegurándose de dar un espectáculo. Que el hijo de Superman tuviese buen material para sus pajas.
—Date la vuelta y muéstrame el trasero.
—¿No tienes que bajar?
Giró y arqueó la espalda deliciosamente.
—¡Oye! —dijo alegremente viendo el tapón verde —. Nunca te quité esto.
—Realmente eres un niño —rió.
Dick apagó la cámara.
—Voy a bajar. Hazme un favor, ve a tu habitación, pero déjate puesto el tapón.
Se quitó de encima de ella, buscando su ropa.
—Nos oirán desde mi cuarto, está cerca al tuyo y al de tus hermanos. La señora Wilson me asesinaría. Y yo estoy muerta.
—Alfred te subirá algo de comer, oficialmente te sientes agotada tras intentar acompañarme en una sección de ejercicio —se deslizó en sus jeans. Tomó su franela del piso.
—Me duele todo.
—Te anexará un par de pastillas y un batido. Me voy, ¿qué tal me veo?
—Cansado. Feliz… un momento, está mañana estabas así de feliz —frunció el ceño.
—Digamos que esta casa tiene mil salidas —le guiñó un ojo, guardó su celular en sus jeans y salió en medias.
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—¿Qué tal va la pelea?
La familia y la morena se habían reunido en la cocina a mirar, picando de los bocaditos que dejó Alfred.
—Magníficamente, la señorita Artemis distrae a los malos mientras flecha saca a los rehenes —narró Alfred.
—¿Por qué el cambio de papeles?
—Había una bomba en la entrada, la especialidad de Flecha Verde —su papá lo miró —. ¿Y la señorita Miller?
—En su alcoba —tuvo la atención de la señora Wilson —. Yo fui a entrenar en el gimnasio y ella insistió en hacerlo conmigo, pero creo que se extralimitó al tratar de seguirme el paso.
—¿En serio? Ella acude seguido al gimnasio.
—Lo noté —le sonrió dulcemente a la mujer.
—El amo Richard es extremo con sus actividades físicas —comentó Alfred —. Supongo que la señorita Miller necesita comida y líquidos, la pobre.
—No es necesario Alfred —dijo con pena la señora Wilson.
—Si que lo es, detective. El amo Richard suele dejar extenuadas a sus visitas.
—¿Disculpe? —frunció el ceño, intuyendo que algo iba mal.
—Se refiere a las rutinas de Dick, pocos le llevamos el ritmo —aclaró Bruce.
—Oh, está bien.
Al mandar la vista ella al televisor, Dick se permitió reír en silencio, todo el asunto era muy gracioso. Bruce le indicó con una cabeceada que se calmara.
—Agrégale un batido Alfred y unas pastillas para el dolor. Gracias amigo.
—Es un verdadero placer, amo Richard. Le notificaré a la señorita Miller que permanecerá en los excelentes cuidados que la mansión Wayne ofrece una noche más.
Damián bufó, disfrazando su imprudencia con lo sucedido en la pantalla: Artemis le acababa de estampar un golpe bajo al Rey.
—Nada mal Artie.
Dick fue a sentarse junto a Bruce. A la pelea se unía Flecha Verde porque ya había liberado a los rehenes. Sin embargo, Oliver optó por subir a una terraza, preparar una flecha en su arco y… estar quieto. A las personas en el noticiero tampoco se les pasó por alto esa inusual inacción.
—No entendemos que hace Flecha Verde, parece dejarle el enfrentamiento a su compañera Artemis quien ha mantenido el enfrentamiento contra toda la baraja, incluyendo al Rey y a su hija Diamante, debido al riesgo de la bomba que Flecha Verde prefirió desactivar personalmente.
El otro reporte tomó la vocería.
—Artemis es, recordemos, un miembro del Equipo, organización juvenil que trabaja bajo el mando de la Liga de la Justicia en compañía con otros jóvenes héroes.
—¿No es riesgoso —intervino la señora Wilson —, dejarle a ella a esos matones?
—Están entrenados, señora. Lo que Flecha Verde hace es permitir que su compañera se haga cargo, como lo hará cuando sea una heroína más independiente.
—¿Richard dio ese paso al tomar Blüdhaven?
—Así es.
—Pero esta señorita es mayor de edad y aun se mantiene bajo el mando de un héroe de la Liga, ¿por qué a Richard se le confió lo que a los demás no con tan solo 14 años?
—Dick tiene más experiencia que los demás, inició en el trapecio a los dos años de edad, prácticamente ha pasado su vida entera entrenando, eso le da una ventaja invaluable con la que la mayoría no cuenta.
—Hmp.
—¡Miren! —exclamó Tim.
Artemis había ganado, por su propia mano, a toda la baraja. La cámara enfocó a Flecha descender de la terraza en lo que los oficiales de policía esposaban a los criminales. El camarógrafo captó la voz del héroe rubio.
—Lo hiciste muy bien. Nena, lo hiciste fantástico.
La alegría de la chica fue palpable. A Dick le gustó la mirada enternecida que apareció en el rostro de Bruce, él fue quien la reclutó, la protegió y se mantuvo a su lado, en las sombras, apadrinándola cuando Flecha y Canario no podía velar por ella. Ahora, la veía triunfar.
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—Autocontrol —le susurró Bruce a Richard. Oficialmente ya podían hablar a solas, pero esa no era una conversación que él quisiera que se oyera —. Vas a matar a esa mujer.
—Descansó, han pasado varias horas —miró su reloj, las diez de la noche —. Ya comió y la señora Wilson se fue a dormir.
—Ella no tiene tu estamina. No me importa que lo hagas con Zatanna como si no hubiera un mañana, no deja de ser ejercicio y de representar una mejora en tu sistema cardiovascular, pero la señorita Miller debe descansar.
—Descansará mañana, cuando se marche.
Bruce negó con una sonrisa, sacándole una risa a su hijo.
—¿Qué haré contigo, ah?
—¿Decirme que la convenza de hablar bien de nosotros en el juzgado?
—¿Por eso haces esto? —frunció el ceño.
—En parte.
—No sé si me agrade que uses el sexo para obtener ventajas fuera de la gratificación física.
—Oye, empezó como gratificación esta mañana, luego cedió más y ahora creo que puedo conseguir que nos ayude en la parte psicológica con el juez.
Bruce se mordió la lengua.
—¿Tuviste sexo con Bertinelli por la misión?
—Nunca me lo preguntaste —dijo extrañado.
—Creí que con lo bonita que es… responde.
—Es una mezcla, papá. Yo sabía que ella necesitaría más para hablar, así que le di más; y no fue obligado, es cierto que ella fue quien empezó aquello, pero yo lo terminé.
—¿Y fue tu primera vez?
—Si.
—¿Y luego?
—En ese entonces yo era novio de Zatanna, le conté. Se puso furiosa, pero ella también había hecho cosas raras por una misión y me perdonó. Empezamos a tener sexo entre nosotros, en medio de la relación la engañé con Rocket y me terminó.
—Y quedaron como amigos con derechos.
—Si.
Bruce suspiró.
—Me aprendiste demasiado —padre e hijo intercambiaron una sonrisa —. Ve. Usa la sala del tercer piso.
—Creí que solo tu entrabas —dijo con emoción.
—Estas en el camino de convertirte en un hombre. Disfruta, usa protección y no vayas a despertar a tus hermanitos.
—Gracias papá.
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—¿Qué es este sitio?
—La sala insonorizada de Bruce.
—Tu papá redefine el significado de abierto de mente.
—Me ama.
—No te pone limites —debatió entrando. Caminaba con lentitud y con un obtuso movimiento de sus caderas, intentando no mostrarle al menor el placer que le recorría el cuerpo cada avance de sus piernas. No que importara, Dick no la estaba mirando.
《¿Quién tiene al mejor amigo del universo?》, escribió de comentario en el video que le mandó a Kon.
《Yo.》
《¿Quién es?》
《La psicóloga que nos puso el estado.》
《Estás demente.》 Y anexó una carita riendo.
—¿Dick?
—Disculpa —soltó el celular y lo dejó en su bolsillo —. Ven te ayudo a quitarte esta molestia.
—¿Mi ropa es una molestia? —se burló dejando que él se le acercara por atrás y le soltara la camisa, retirándosela.
—Si.
Le bajó la falda de un tirón y le soltó el sostén. Con las tangas no fue cuidadoso, se las arrancó tumbándola a la cama. Rebecca no puso resistencia, alzando las caderas para enseñarle a Dick lo que quería ver.
—Tu mayordomo es muy profesional.
—Alfred es grandioso. Ha tratado con las amantes de Bruce desde que él era un niño.
—Querrás decir adolescente.
—Oh no, Bruce inició en las andadas a los doce años —miró el trasero expuesto, la vagina estaba húmeda, pero no mojada. Dick sacó su celular y buscó la cámara.
—Empieza de una vez —gimió. Su voz quedó en el video.
Dick tomó la base del tapón y lo movió lentamente, haciendo dolorosamente obvio que iba a sacarlo por completo, pero al tener Rebecca adentro únicamente la punta el chico se lo estampó adentro de golpe. Apagó la cámara y dejó el celular en sus jeans. La habitación de especial de Bruce era insonorizada, pero no poseía la gran cosa, él no era un hombre de juegos sino de ataque.
—Cabrón —gimió Rebecca.
—Vamos doctora, le gustó. ¿Cuántos años es que tiene usted?
—29.
—Um, tendrá 33 cuando Tim tenga 15.
—¿Para qué? —se giró a verlo.
—No le vendrían mal sus cuidados.
Se olvidó del asunto besando el sinuoso trasero de la mujer. Le encantaba el olor de su vagina, a él le encantaban todas las mujeres.
—No voy a acostarme con tu hermano.
—Se arrepentirá de decir eso, Tim será un rompecorazones —dejó besos húmedos a lo largo de la columna de Rebecca, la había marcado en diferentes puntos y ella a él, salvo que Rebecca no podía verlo gracias al amuleto de Zatanna.
—No volveré a acostarme con un menor de edad —aseguró.
—Me temo que dentro de unos minutos un menor de edad la va a hacer gritar —la giró y se encaramó en ella, quedando a la altura de sus ojos —. Y ese menor la va a buscar para otra tanda dentro de un par de semanas.
—Jum, tú no cuentas, pero no lo haré con ningún otro menor.
—¿Y que hay de Superboy? Tiene 18 años —depositó un beso en su mandíbula —. Y es kriptoniano, yo soy un chiste barato comparado con él.
—Interesantes las anécdotas que comparten.
—El sucio en público es KF, no nosotros. ¿Y no te gusta la idea de un pene kriptoniano?
—¿Por quién me estas tomando?
El chico se encogió de hombros.
—Te tomo como vienes.
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A las dos de la mañana, salvo en su habitación, Dick envió los dos videos a Kon y a Zatanna. El primero no le respondió, pero Zatanna si lo hizo.
《¿Quién es?》
《La psicóloga que nos examina para el juicio.》
《Pobre mujer. La dejaste hecha polvo》.
《Quiso seguirme el ritmo, pero es difícil. Se desmayó al final, hace un rato.》
《Eres un animal.》
《Jamás he oído que te quejes.》
《No y nunca lo haré. ¿Cuándo volvemos a vernos?》
《Esta semana Bruce no me dejará ir detrás de ninguna falda. 》
《Alerta de seguridad.》
《¿Qué?》
《Revisa el canal de la Liga.》
Una chica estaba posteando fotos de Artemis en Twitter, nada nuevo, ella se hizo sensación tras lo sucedido en Starling City. Salvo que la información que estaban proveyendo era…
—Mierda.
Habían relacionado a Artemis, la arquera, con Artemis, la estudiante de Gotham por dos simples coincidencias narradas por la usuario:
Ella es muy amiga de Bárbara Gordon y Dick Grayson, los héroes de Gotham, pero desde que se supo lo de sus identidades secretas ellos dos dejaron de hablar con Artemis.
Me di cuenta que la arquera tiene el mismo nombre de mi compañera y el mismo cabello largo y rubio. ¿Podría ser la misma persona?
El primer héroe fuera de su familia había caído.
