Esta historia es sin fines de lucro.
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi.
Mini Fic creado para el aniversario delgrupo de Facebook: Biblioteca Grandchester (TerryFics). Corte erótico.
La historia es de mi autoría, por lo que queda prohibida su reproducción, manipulación o adaptación sin mi permiso, tanto en FanFiction, como en cualquier otra aplicación.
CAPÍTULO 9.
Se internaron en el oscuro bosque cuidándose de no ser descubiertos. Terry llevaba la mano de la chica firmemente apresada. Necesitaba ese contacto, esa unión que había entre ellos y que iba más allá de lo carnal.
Llegaron al establo, donde ya los esperaba Theodora. El inglés montó al animal y luego tomó a Candy por la cintura para sentarla frente a él. Sacó el listón verde que llevaba en su bolsillo y le dijo a la chica:
-Te vendaré los ojos.
-¿Por qué? –Cuestionó ella.
-Porque te he preparado algo y quiero que sea sorpresa.
Ella sonrió y depositó un suave beso en sus labios.
-Ok. ¡Espera! ¡Ese es mi listón! –Afirmó.
-Ah ah –Negó él. -Ahora es mío Pecosilla.
Colocó la tela en su lugar y se dirigieron hacia el lugar. Cuando llegaron, el castaño la bajó y la guió hasta llegar a donde deseaba. Desamarró el listón y, cuando Candy aclaró la mirada, se quedó boquiabierta.
En medio del campo de narcisos que, justo en ese momento estaban cerrados, había dispuesta una colchoneta de espuma cubierta con un mullido edredón que tenía el dibujo de un gran par de narcisos. Alrededor de esto, velas en tonos verdes y azules le daban un toque romántico al lugar.
El olor de esas bellas flores flotaba en el aire, haciendo de ese instante algo mágico y natural… hermoso…
El chico la ayudó a sentarse sobre el colchón y la descalzó de sus botas, al tiempo que él hacía lo mismo con sus zapatos. El inglés acarició suavemente el labio de la chica y con voz grave, pero anhelante, cuestionó:
-¿Te ha gustado?
-¿Qué si me ha gustado? Por Dios Terry, estoy anonadada, no hay palabras que expresen la emoción que brota de lo más interno de mí…
Él sonrió y tomó el rostro de ella, donde dejó un suave pero húmedo beso en la comisura de sus labios, haciéndola tragar grueso. En respuesta, ella levantó sus brazos tímidamente hasta su cabellera y replicó lo que él le había hecho, arrancándole un gemido de placer al ojiazul.
El beso empezó a subir de tono, así que Terry los separó y colocó sus frentes, una a la otra. Le regaló una sonrisa a la sonrojada pecosa, y se giró hacia un costado, de donde tomó una canastilla repleta de frutos rojos y una botella dispensadora de chocolate.
Extrajo una fresa del recipiente, la bañó de chocolate y ordenó:
-Come.
Los rosados labios de Candy obedecieron la orden sin rechistar. Dio una mordida a la mojada fresa y en el acto, sus labios rozaron los dedos de Terry, enviándole olas de placer a ambos, a través de su expectante sistema nervioso.
Ahora fue ella quien tomó una cereza, la bañó del oscuro aderezo y lo acercó a los labios del inglés, quien introdujo la fruta completa en su cavidad mientras sus dientes atrapaban los dedos de la rubia, quien empezó a respirar agitadamente. El chico tomó la blanca mano y lamió, eróticamente, los delgados dedos femeninos; tomó otra cereza, la metió entre sus labios y la instó a tomar una mitad del fruto, de la boca de él.
Al hacerlo, sus labios se encontraron en el proceso, ante lo cual la chica se acercó y enredó sus manos entre la sedosa cabellera del castaño. Este imitó la acción de ella, tomando su abundante cascada dorada entre sus manos y profundizando el beso entre ellos.
Sus lenguas se encontraron dentro de sus bocas. Terry succionó la de ella y esto despertó los sentidos de la chica, quien, no queriendo quedarse atrás, tomó la de él entre sus dientes, mientras movía la suya en su entrada.
Las manos del joven volaron hasta el cierre del vestido y sus manos hicieron la labor de deslizarlo de los hombros de la bella rubia. Ella, con manos temblorosas, desabrochó la oscura camisa de él, hasta dejar su torso desnudo.
Terry la recostó sobre la improvisada cama, y deslizó el vestido desde la cintura hasta abajo, dejándola únicamente con una hermosa lencería de encaje negro. La humedad entre las piernas de la chica era visible, y sus duros y rosados pezones se dejaban ver a través de la tela del sostén.
La respiración del inglés se hizo pesada. Tenía que aspirar grandes bocanadas de aire para poder oxigenar bien. El bulto entre sus piernas se estaba haciendo cada vez más grande y su excitación se incrementó cuando el olor de los fluidos de Candy llegó hasta él.´
-Estás hermosa… ¡No!… ¡Eres hermosa!
Con mucha suavidad, deslizó su palma abierta desde el pubis de la rubia hasta el valle entre sus senos y de regreso. Aferrándose a todo el autocontrol que le fue posible, tomó la botella de chocolate y esparció un poco sobre los blancos y voluptuosos pechos que se dejaban ver casi desbordantes de la prenda.
Se cernió sobre ella y lamió lo que el borde del sostén mostraba. Sus lamidas eran firmes, limpiando todo rastro del azucarado líquido. La ojiverde estaba aferrada a sus anchos hombros, enterrando las uñas sobre ellos, pues miles de corrientes llegaban hasta su centro de placer, haciéndola retorcerse. Queriendo que él descendiera un poco más, tomó la determinación de desabrochar el sujetador y le ofreció sus turgentes montículos a su arrogante.
Él dejó caer chocolate sobre los duros picos de la joven y los lamió y succionó con hambre feroz. Su boca los mamó cual bebé sediento busca el alimento primario, en una clara muestra de necesidad ancestral.
Candy se retorcía bajo su duro cuerpo, haciendo chocar sus sexos de un modo desenfrenado. Terry deslizó una mano hasta la zona húmeda y jadeó al sentir cómo sus dedos se empapaban de ella, de sus jugos, de su olor…
Movió la palma contra aquella zona, mientras seguía chupando y lamiendo los blanquecinos pechos, los cuales rebotaban ante el movimiento frenético que tenía la rubia debajo de él. Le encantaba que fuera tan desinhibida.
El ritmo de su palma se intensificó al tiempo que aceleraba los lametazos sobre los erguidos pezones y Candy se restregaba más y más contra él. De pronto, ella fue consciente del momento en que empezó a formarse su orgasmo.
Un intenso calor la abrasó; el cuerpo le hervía magistralmente, la fricción de la mano de Terry contra su clítoris se hizo apremiante y ella mordió su labio al notar que estaba por alcanzar la cima de placer.
El orgasmo le llegó crudamente, sacudiendo su cuerpo de forma violenta. Corrientes eléctricas la sobrepasaron llevándola a una satisfacción sin igual… Aún no terminaba de aplacar los temblores de su cuerpo, cuando Terry arrancó la prenda, haciéndola brincar ante lo salvaje de la acción, tomó el chocolate y lo vació en la vulva de la chica…
-Mírame. –Ordenó.
Ella obedeció en el acto y fue lo más erótico que pudo experimentar. Ante su verde mirada, el castaño tomó una fresa, la pasó por su cavidad, mojándola con sus jugos y el chocolate, y la degustó con un placer avasallante, para después darle de comer a ella, donde probó sus propios fluidos.
Sin previo aviso, Terrence empezó a lamer su feminidad. Su lengua la estaba saboreando profundamente, como si le estuviera haciendo el amor con ésta. Ella volvió a sentir ese cúmulo de sensaciones formándose en su vientre, su respiración se volvió a acelerar, sus jadeos salían sin poder reprimirlos completamente, tomó los cabellos del chico de forma salvaje y empezó a buscar, nuevamente, esa liberación que venía desde dentro. El chico abrió más las piernas de ella y provocó que un segundo orgasmo la alcanzara, haciéndola gemir en voz alta, mientras el guapo joven seguía bebiéndose sus jugos…
Candy cayó desplomada sobre la colchoneta, notando cómo él se quitaba sus jeans oscuros y sus bóxers, mostrándole su gran falo mientras ella seguía lánguida en el colchón… Intentó sentarse para darle placer pero él lo evitó.
-No Pecosa, esta noche será para ti, sólo disfrútala.
Tomó su rostro entre sus manos, y le dijo:
-Cuando esté dentro de ti, quiero que grites, que no te quedes con nada. Quiero que sientas el viento rozar tus pechos y el calor inundar tu cuerpo, mientras me clavó profundamente en tu interior… Deja que la libertad te desborde.
Ella no podía hablar, las emociones en su cuerpo y mente estaban a flor de piel.
El inglés se posicionó entre sus piernas y empezó a besar ardientemente los labios de la pecosa. Ella deslizó sus manos desde su espalda hasta las nalgas del chico y le encantó sentir sus músculos tensarse ante la caricia.
El beso subió de intensidad y ella empezó a responder nuevamente, saliendo del aletargamiento en que se había sumido hacía unos minutos. Terry lamió su cuello y alrededor de sus pezones, y buscó la entrada de ella con su fuerte mástil.
-Te prometo que el dolor será solo un momento Pecosa, después de eso, sólo me dedicaré a darte placer. –Dijo separándose levemente para tomar un preservativo, pero ella le dijo:
-No, quiero sentirte. Me preparé, estoy tomando la píldora. –el la miró y asintió.
Ella no había alcanzado a comprender las palabras que él había dicho, pero tampoco le importaban. Su cuerpo clamaba por un acercamiento más profundo, más próximo. Sin preverlo, Terry se clavó en su interior de una sola estocada, fuerte y dura.
-Arrggg.
Fue el grito que se le escapó de los labios ante el dolor sentido. Él se quedó muy quieto en su interior. Era grande y sabía que debía dejar que se acostumbrara a su grosor.
-Tranquila preciosa, pronto pasara. Te ves tan hermosa Candy, eres una musa, mi musa del bosque.
Las cariñosas palabras que él le daba, plus los besos que repartía por su rostro, hicieron que se fuera relajando. Lo sentía invadiendo todo su interior, llenándola… Poco a poco empezó a moverse debajo de él, deseaba iniciar esa danza antigua en la que, grandes guerreros quedaban reducidos a nada por el placer de ejecutarla.
Al sentir que ella se movía, el chico hizo lo mismo. Entraba y salía de su estrecha cavidad.
-Ohh Candy, Pecosa, eres perfecta, maravillosa…
-Ahh Terry, sí, sigue, sigue. –Pedía entre jadeos.
Cuando los cuerpos se hubieron acoplado, Terry empezó a incrementar el ritmo de las embestidas. Ella estaba tan mojada, que él podía deslizarse fácilmente en su interior. Tomó las piernas de ella y las colocó sobre sus hombros para poder enterrarse más profundamente.
Candy trataba de moverse al compás de él, lo más que le permitía esa posición, aferrándose a sus hombros y espalda y dejando arañazos… El final estaba cerca, lo podían sentir. La combinación de olores era patentes: fresas y cerezas, dulces y maderas, rosas y narcisos…
Los cuerpos cayeron en una búsqueda desenfrenada de placer. Terry se enterraba duramente en el interior de ella, y ella lo acogía con vehemencia, tratando de darle encuentro a sus choques… Más y más hasta que un grito se dejó oír por todo el campo:
-Ahhhh, Terry, te amoooooo….
Liberándose nuevamente y bañándolo con sus calientes líquidos… Las palabras dichas más la contracción de sus paredes fue el detonante para que el falo del chico expulsara ríos de caliente semilla en el interior de la chica, haciéndolo arquear su espalda en el proceso y gritar gravemente:
-Ahhhh, Candy, te amooooo… -Respondió él.
Los cuerpos estaban sudados, calientes, sensibles… Él seguía sobre ella y ella seguía con las piernas sobre sus anchos hombros. Las respiraciones se fueron acompasando poco a poco, hasta quedar solo en suspiros.
Terry bajó su rostro hasta el de ella y vio que lloraba.
-Pecosa, ¿estás bien? ¿Te hice daño?
Ella negó y esbozó una sonrisa, mientras el chico trataba de secar la humedad de su rostro. Se retiró de su interior, levantó el edredón y los tapó a ambos, poniéndose de lado y sosteniéndose sobre su brazo para poder observarla.
-Háblame, ¿qué sucede?
-Sucede… -Empezó ella. –Que me has hecho la chica más feliz sobre la faz de la tierra… Lo que dije es cierto, te amo Terry, no sé ni cómo ni cuándo, pero llegaste como un vendaval azotando y removiendo mi vida… Lo que dijiste, ¿es cierto?
El chico cortó una flor de narciso que estaba detrás de la rubia, la tomó entre sus manos y empezó a hablar evadiendo su pregunta:
-¿Sabías que quien regala narcisos, le está diciendo a la otra persona que considera que no hay belleza mayor que la de ella, y que se siente totalmente atraído hacia su alma?
La chica lo miró extrañada, ¿qué tenía que ver eso con lo que ella le había preguntado? Entonces él colocó la flor entre los rubios cabellos, al tiempo que se sentaba para tomar una cajita y entregársela a la joven.
El corazón de Candy latía desbocado, había entendido la explicación. Él le había regalado un narciso. Sin saber qué hacer ante el paquetito ofrecido, atinó a preguntar:
-¿Qué es?
-Ábrelo. –Fue la escueta respuesta de Terry.
La ojiverde obedeció y abrió sus ojos con lágrimas acumuladas al encontrar una discreta cadena de oro, con un dije incrustado en forma de narciso y otro con forma de una Dulce Candy, y en medio de ambas flores, su apócope, Candy.
-¿Cómo supiste..?
-Tu primo el inventor me mandó una foto de la rosa…
Ella sonrió y se abalanzó hacia él.
-Y respondiendo a tu pregunta, sí… sí te amo Pecosa, mi Pecosa.
Los jóvenes volvieron a entregarse a la pasión de sus cuerpos pero principalmente se entregaron al amor que había en sus corazones durante toda la noche- madrugada… No sabían lo que les deparaba el destino, pero disfrutarían de su amor mientras vivieran.
Ese campo amarillento, los rayos de luna y el olor de los narcisos fueron testigos del nacimiento de un amor, del más grande y puro amor que existe entre un hombre y una mujer al convertirse en uno, no sólo sus cuerpos, sino sus almas…
UN AMOR QUE… DESPERTÓ ENTRE NARCISOS…
