Capítulo 7

Ese hombre era un cerdo.

Sasuke Uchiha no poseía cualidades redentoras. Tenía un sentido del humor que escapaba a la comprensión de Sakura. No sólo hizo ese absurdo comentario acerca de que Sakura estaba usando su feo manto sino que tuvo la audacia de reírse. El pecho de Sasuke retumbó de tal manera con la risa que Sakura creyó estar en el centro de un terremoto.

Sasuke supo que Sakura debía creer que estaba burlándose de ella. Si en realidad adivinara lo que pensaba hacer, no lo miraría con expresión tan severa. La inocencia de Sakura y la promesa de Sasuke libraron de temores la mente de la joven. Claro que Sasuke la deseaba, pero no quería asustarla. La quería dic puesta. Y caliente.

Sakura apoyó las manos sobre el pecho de Sasuke, apoyó la barbilla sobre las manos y lo miró a los ojos.

—Tu sentido del humor es tan retorcido como una montura que ha quedado mucho tiempo bajo la lluvia.

Esperó una respuesta, pero Sasuke no respondió a la broma. Siguió contemplando la boca de Sakura y, de pronto, la hizo sentir muy consciente de sí misma. Sin advertirlo se humedeció los labios. La expresión de Sasuke se endureció, y Sakura se sintió desconcertada.

—Ahora que sé cómo funciona tu mente, no me dejaré provocar con tanta facilidad —le dijo Sakura.

—Ese día nunca llegará —predijo Sasuke.

—¿Por qué me miras así?

—¿Cómo?

—Como si fueras a besarme otra vez —dijo Sakura—. ¿Eso significa que beso bien?

—No —respondió el hombre en tono tierno, que suavizó el insulto.

—¿Por qué crees que no?

Una sonrisa lenta y sensual transformó el semblante de Sasuke y entibió a Sakura. Este individuo podría ser encantador, si quisiera —pensó la muchacha—. Pero por fortuna, es demasiado tonto para saber que tiene una magia tan especial.

Sakura tamborileó con los dedos sobre el pecho de su esposo mientras aguardaba una respuesta. Como Sasuke guardaba silencio, Sakura llegó a la conclusión de que no le agrada ba besarla.

—No soy hábil, ¿verdad?

—¿Hábil para qué? —preguntó con tono engañosamente sereno.

—Para besar —exclamó Sakura—. Por favor, ¿puedes prestar atención a lo que digo?

—No, chiquita, no eres nada hábil —respondió—. Sin embargo...

—No me llames chiquita —susurró Sakura—. No es apropiado —agregó—. Además, no lo dices del mismo modo que papá.

Sasuke rió:

—¡Diablos, me alegro!

Sakura sonrió a pesar de la irritación pues la voz de Sasuke era muy atrayente. Ese acento era capaz de quitarle la respiración.

—No has respondido a mi pregunta —barbotó Sakura, mientras Sasuke comenzaba a masajearle la parte trasera de los muslos, deslizando los pulgares bajo la camisa. Sakura fingió no advertirlo, pues era una sensación magnífica.

—Te he respondido.

—No lo recuerdo.

—Te he dicho que no.

—¿No? ¿No estabas bromeando?

—No.

—Sasuke, si no sé besar bien es culpa tuya, no mía. Quizá tú tampoco sepas hacerlo. ¿Qué opinas de esa posibilidad?

—Pienso que estás loca. —Sasuke sonrió al ver el horror que provocaba su afirmación.

—Me niego a sentirme inferior en esta cuestión —dijo Sakura—. Como tú eres el único hombre que he besado, la responsabilidad es tuya.

—¿Acaso el hombre al que estabas prometida nunca te besó? Sé que te visitaba con frecuencia.

—¿Sabes algo acerca de Sasori?

Sasuke se encogió de hombros y comenzó a acariciarle las suaves posaderas. Hacía desesperados esfuerzos por no pensar en lo placentero que sería. Tendría que ir despacio. Comprendió que sería más decente esperar a que llegaran a las Tierras Altas para acostarse con su esposa. En las mejores circunstancias, el viaje sería duro para ella y, si en ese momento le hacía el amor, estaría demasiado frágil para mantener una marcha intensa.

Sí, sería más decente aguardar, pero Sasuke no lo haría. Como concesión, al día siguiente disminuiría el ritmo de la marcha, y eso sería todo. Sentía un deseo feroz.

Y si Sakura meneaba otra vez el trasero, ni siquiera disminuiría el ritmo.

—Sasuke, ¿qué es lo que sabes acerca de Sasori? —preguntó Sakura otra vez.

—¿Qué es lo que hay que saber?

—Nada.

—Respóndeme.

La voz de Sasuke se tornó tan dura como la expresión de sus ojos.

—Sasori nunca me besó —dijo Sakura—. Estábamos comprometidos desde muy pequeños. Lo conocía desde hacía mucho tiempo. Por supuesto, siento afecto por él, es mi deber.

—Sentías —la corrigió Sasuke—. Sentías afecto por ese hombre.

—Bueno, sí —concedió Sakura, esperando que se borrara el entrecejo de Sasuke—. Es un buen amigo de la familia y, como estábamos prometidos, era de suponer que yo guardara cierto cariño hacia él, ¿no crees, Sasuke?

El hombre no respondió, aunque la expresión se suavizó y aflojó el abrazo con que sujetaba a Sakura. Estaba sobremanera complacido con la mujer: no le había entregado el corazón a ese inglés, no lo amaba. Sasuke sonrió. No comprendió por qué le importaba tanto... pero así era.

—Sasori siempre fue muy correcto —continuó Sakura—. Cuando venía a presentar sus respetos, nunca quedábamos solos. Creo que por ese motivo nunca me besó.

Sakura fue sincera, y esperaba una respuesta sincera.

Sasuke rió.

—¿Qué es lo que te divierte tanto? ¿El que Sasori nunca me haya besado o que nunca nos dejaran solos?

—Si hubiese sido escocés, te aseguro que habría encontrado un modo — respondió Sasuke—. Quizá ahora ya tendrías uno o dos herederos de él.

—Sasori es considerado.

—Considerado no —repuso Sasuke—. Estúpido.

—Es un noble inglés —dijo Sakura—. Comprende los tiernos sentimientos de una mujer, Sasuke. ¡Si siempre me decía cumplidos...! Es...

—Era.

—¿Por qué insistes en referirte a él como si estuviese muerto? —preguntó.

—Porque ya no forma parte de tu vida. No pronuncies más su nombre ante mí, esposa.

No tendría que mostrarse tan irritado con ella. Sasuke se apartó del árbol y se tendió en el suelo. Sakura comenzó a rodar de costado, pero Sasuke la sujetó, aferrándole las nalgas.

El modo en que la sostenía era indecente, pero la sensación era demasiado agradable para pedirle que la soltara.

El sol ya había desaparecido, pero la luz de la luna era brillante y le permitía ver el rostro de su esposo.

Parecía relajado, en paz, casi dormido. Por eso Sakura no se molestó cuando las manos de Sasuke volvieron a deslizarse bajo su camisa. Pensó que tal vez no se diera cuenta de lo que hacía.

¡Dios, qué sensación pecaminosa! Sakura apoyó las manos sobre los hombros de Sasuke y el perfil de la cara contra el pecho tibio del hombre. El vello oscuro le cosquilleó la nariz.

—¿Sasuke? —murmuró—. De verdad, me gustaría saber qué se siente.

Las manos de Sasuke interrumpieron el suave masaje y Sakura sintió que se ponía tenso.

—Sakura, ¿qué es lo que quieres sentir?

—Cuando un hombre besa a una mujer con la intención de acostarse con ella. Es un beso diferente del que tú me diste.

Parecía estar instruyéndolo, y Sasuke sacudió la cabeza. Esta conversación era absurda. Y muy excitante.

—Sí, lo es —admitió por fin.

—Asuma usa la lengua cuando besa.

—¿Qué?

—No me alces la voz, Sasuke.

—¿Cómo sabes que Asuma...?

—Me lo dijo Kurenai. Me dijo que era asqueroso.

—A ti no te parecerá así —predijo Sasuke en tono gruñón.

—¿No? —Otra vez estaba sin aliento—. ¿Cómo lo sabes?

—Porque tuviste deseos de tocarme desde el momento en que nos conocimos.

—No es así.

—Porque yo percibí la pasión en ti. Porque tu cuerpo reacciona cada vez que te miro. Porque...

—Me haces sentir incómoda.

—No, estoy calentándote.

—No.

—Sí.

—No tendrías que hablarme así —ordenó.

—Te hablo del modo que se me antoja —respondió Sasuke—. Te deseo, Sakura.

El tono de Sasuke no dio lugar a discusiones. Antes de que Sakura pudiese recuperar el aliento, le rodeó la cara con las manos y buscó su boca.

Por propia voluntad, Sakura mantuvo la boca apretada como una puerta cerrada.

La mano de Sasuke atrapó la barbilla de la muchacha y ella sintió que la obligaba a abrir los labios para él. En cuanto cedió a la silenciosa exigencia, la lengua de Sasuke penetró en su boca en una arremetida profunda, veloz, total. Sakura se sobresaltó e intentó retroceder, pero Sasuke no la dejó. Su boca se deslizó sobre la de ella, ahogando el gemido de protesta. Ya no era gentil. La boca de Sasuke era ahora caliente, hambrienta, la lengua, directa y salvaje, mientras probaba el sabor de Sakura y la obligaba a probar el suyo.

El último pensamiento coherente de Sakura fue que Sasuke Uchiha, en efecto, sabía besar.

Sakura aprendía con rapidez. Su lengua se volvió tan salvaje como la del hombre, igual de indisciplinada. Trató de de batirse cuando Sasuke le sujetó los muslos. Sasuke extendió los suyos y apretó a Sakura entre sus robustas piernas. Sakura sintió la dura erección y quiso apartarse, pero Sasuke la sometió, encendiendo en ella el fuego de la pasión. La lengua del hombre entraba y salía una y otra vez, hasta que todo el cuerpo de la mujer sintió ansias de más.

¡Dios, qué dulce era la muchacha! Al tenerla así, abrazada, tembló de deseo. Los sensuales gemidos que resonaban en el fondo de la garganta de Sakura lo enloquecieron.

Sakura no opuso resistencia hasta que Sasuke le separó las manos de sus propios hombros y bajó con lentitud los tirantes de la camisa, hasta los brazos de la muchacha. Entonces, Sakura apartó la boca pensando en apartarse de él, pero para el momento en que su cuerpo respondió a la orden de la mente, la camisa ya estaba por la cintura.

Tenía los pechos aplastados bajo el torax de Sasuke, y los pezones se endurecieron al erótico contacto con el vello y la piel cálida y sensible contra la suya.

—Quiero que te detengas ahora mismo —gimió.

Sasuke no hizo caso de la débil protesta. Deslizó la boca por el cuello de Sakura y le acarició la oreja con la lengua. Sakura ladeó la cabeza para ofrecerse mejor y jadeó cuando Sasuke atrapó el lóbulo entre los dientes. El aliento entrecortado del hombre era caliente, dulce y muy excitante. Le murmuró promesas seductoras que la hicieron temblar con un anhelo desconocido hasta el momento.

—¿Sasuke? —dijo, con un gemido entrecortado cuando su esposo le bajó la camisa hasta las caderas—. Debajo de eso no tengo nada.

—Lo sé, muchacha.

—¿No tendrías que detenerte ya?

—Todavía no, Sakura —murmuró, con una voz tan suave como el terciopelo.

La hizo rodar hasta que quedó de espaldas. Le besó el cuello, los hombros, otra vez la boca. Sólo se apartó cuando vio que temblaba de deseo. Sakura vio que ya estaba totalmente desnuda y se volvió para contemplar a Sasuke. Las sombras oscurecían la silueta poderosa. Oyó el susurro de las ropas y supo que estaba desnudándose. En ese instante de separación sintió un desesperado temor.

¡Que Dios me ampare! —pensó—. ¡Quisiera huir! Pero Sasuke la atrapó antes de que hubiera rodado siquiera. Le sujetó las manos y estiró los brazos de Sakura por encima de la cabeza en un solo movimiento, para luego cubrirla por completo con su propio cuerpo.

El contacto con la piel cálida de Sasuke contra la suya la hizo jadear. Sasuke lanzó un gemido sordo y atrapó otra vez la boca de Sakura. Ese beso fue decididamente carnal: querfa someterla. Al percibir que se arqueaba hacia él, supo que la naturaleza apasionada de Sakura había superado el pudor. Le soltó las manos y, al mismo tiempo, metió la lengua en la boca de la mujer, soltando un gemido de satisfacción cuando los dedos de Sakura se le clavaron en la espalda.

Mientras la acariciaba, el pecho de Sasuke se frotaba contra los suaves senos de Sakura. Ella siguió intentado apartarse del vértice de los muslos de Sasuke , pero cuando sintió la dureza de su virilidad contra el vientre, dejó de debatirse. Un dolor súbito y caliente concentró su atención.

Sasuke le acarició los pechos y los rodeó con amoroso cuidado. Rozó con los dedos los pezones erguidos, y el suspiro entrecortado indicó a Sakura cuánto le gustaba prodigarle esas íntimas caricias. Era lo bastante sincera para admitir que le agradaba el caos que esas caricias despertaban en ella.

Cuando la boca reemplazó a la mano sobre el pecho de Sakura, cuando tomó el pezón en la boca y comenzó a succionar, Sakura creyó que enloquecería. La sensación era tan intensa que cerró los ojos y dejó que esa impresión maravillosa la inundara. Anhelante, se arqueó contra él y movió con impaciencia las piernas contra las de Sasuke.

Sasuke tomó una honda bocanada de aire para calmar su propia ansiedad y se apoyó sobre los codos para poder contemplar el rostro de Sakura.

Sakura percibió el cambio de inmediato. Abrió los ojos y lo miró. Estiró una mano y le acarició el mentón. Las patillas le cosquillearon los dedos, pero no sonrió. Sasuke era el hombre más endemoniadamente atractivo que había conocido. La luz de la luna suavizaba los rasgos: parecía duro... y decidido.

—Entonces, ¿decides detenerte? —murmuró.

—¿Quires que lo haga? —preguntó Sasuke.

No supo cómo responderle. Sí —se dijo—, claro que quiero que se detenga. Una novia debería tener una noche de bodas apropiada, ¿no?

—Todavía no.

Sakura no había comprendido lo que decía hasta que lo vio sonreírle.

—Me confundes, Sasuke. Cuando me acaricias así, no sé lo que estoy pensando. Quizá deberíamos detenernos...

—Aún no. —Tenía la frente perlada de sudor, los dientes apretados, el aliento agitado.

No tenía intenciones de detenerse. Al comprenderlo, Sakura abrió los ojos sorprendida. Sasuke debió de haberle leído el pensamiento... y percibido el miedo, pues de pronto le separó las piernas con el muslo en un movimiento rudo, exigente.

Sin dejar de contemplarla, la mano derecha de Sasuke se deslizó entre los cuerpos de los dos, hacia abajo. Los dedos llegaron al vértice de los muslos y Sakura trató de apartarle la mano.

—No, Sasuke, no debes hacerlo.

Sasuke no se inmutó. Sus dedos acariciaron los tiernos pliegues y, al sentir la humedad, casi perdió el control.

—Sakura, estás caliente para mí —murmuró—. ¡Dios, eres tan dulce, tan suave...!

La penetró lentamente con el dedo y se movió en el interior.

—Estás muy cerrada.

La mente de Sakura quería pararlo, pero el cuerpo no conservó el menor escrúpulo. Alzó las caderas para salirle al en cuentro cuando Sasuke comenzó a retirar los dedos.

—¿Ahora te detendrás? —preguntó, en un tono que traicionaba sus sentimientos.

—Aún no —repitió Sasuke, sonriendo al percibir la confusión que revelaba la voz de Sakura. Le tomó la mano y la apretó contra su propia dureza; la reacción de Sakura fue instantánea. Todo el cuerpo de la muchacha se estremeció y se apretó contra él.

—Apriétame —le ordenó Sasuke—. Así —le indicó, sujetando los dedos de la mujer alrededor de su pene erecto, y luego volvió a penetrarla con los dedos para librarla de los temores.

Apartó la mano cuando ya no pudo soportar la dulce tortura. Su boca arrasó la de Sakura y hundió la lengua hasta la garganta de la mujer. De pronto, Sakura se tornó tan salvaje y descontrolada como estaba Sasuke. El hombre sabía dónde tocar, cuánta presión ejercer, cómo hacerla derretir entre sus brazos.

Se volvió más exigente en sus demandas.

—No nos detendremos ahora, ¿verdad, Sasuke?

—No, mi amor.

Sacó los dedos y luego volvió a meterlos con fuerza en el apretado estuche otra vez.

Sakura gritó de dolor.

—¡No lo hagas, Sasuke! Me duele.

—Tranquila, mi amor —murmuró—. Yo te lo facilitaré.

Sakura no entendió qué era lo que le decía. La boca de Sasuke otra vez se abatió sobre la de Sakura en un beso largo, caliente, y Sakura pensó que de verdad se detendría al sentir que sacaba la mano de su lugar más íntimo.

Sasuke fue depositando una estela de besos en el cuello, el pecho, el estómago de la mujer. Cuando llegó más abajo, al suave triángulo de rizos rosas que defendía la virginidad de la muchacha, Sakura gritó otra vez y trató de apartarlo.

Pero Sasuke no retrocedió. El sabor de Sakura lo embriagaba. Excitó con la lengua el sensible capullo de carne y presionó con más fuerza, penetrando en la sedosa abertura.

El estallido esplendoroso de sensaciones fue la perdición de Sakura y se aferró a Sasuke exigiendo más. Los músculos de los muslos se pusieron tensos por anticipado y recibió el ardiente éxtasis que la consumía.

En cuanto sintió los primeros estremecimientos de alivio, Sasuke se movió. Le separó bien los muslos y comenzó a penetrarla. Se detuvo al llegar a la virginidad y luego la embistió con una enérgica acometida.

Sakura gritó de dolor. De inmediato, Sasuke interrumpió sus movimientos. En ese instante, estaba por completo dentro de ella, en una posesión total. Trató de contenerse para darle tiempo de habituarse a la invasión.

—Ahora no te muevas —le ordenó, en una voz que sonó áspera en el oído de Sakura—. ¡Por Dios, Jamie, eres tan estrecha!

La mujer no habría podido moverse aunque hubiera querido, pues el peso de Sasuke la aplastaba. Sakura le rodeó el rostro y lamió lentamente las lágrimas de las mejillas sonrojadas de la muchacha. La pasión confirió a los ojos de Sakura un profundo verde, a la vez que tenía los labios sonrosados por los hambrien tos besos de Sasuke.

—Sakura, ¿aún te duele? —dijo con voz entrecortada, como si hubiese corrido una larga distancia. Pero también en la voz y en la expresión intensa se reflejaba la preocupación.

Sakura asintió y murmuró:

—El dolor pasará, ¿no es cierto, Sasuke? ¿Está bien que sea tan estrecha?

—¡Oh, sí! —gimió Sasuke.

Cuando comenzó a moverse, iniciando un rito antiguo como el tiempo, Sakura pensó que estaba acabado. Le rodeó los muslos con sus propias piernas para sentirlo más dentro de sí.

—No te detengas, Sasuke. Ahora no.

—Todavía no —prometió.

Ninguno de los dos pudo volver a hablar. Sasuke retrocedió y luego la penetró nuevamente. Sakura alzó las caderas para salirle al encuentro: quería tenerlo todo dentro de sí y oprimirlo con fuerza. Como un fuego sin control, la pasión se abatió sobre los dos. Sasuke hundió la cara en el cuello de Sakura y la embistió una y otra vez.

Quiso ser suave.

Sakura no se lo permitió.

No supo que le clavaba las uñas en la espalda y a Sasuke no le importó. Cuando estuvo al borde del orgasmo, cuando creyó que sin duda moriría por la inenarrable presión que crecía dentro de ella, se aferró a su esposo y gritó su nombre.

—Ven a mí, mi amor —murmuró Sasuke—. Ven a mí, ahora.

Sakura no supo a dónde la llevaba Sasuke, pero sí que estaba segura entre sus brazos. Se entregó a la bendita rendición y descubrió que era, al mismo tiempo, la plenitud.

Sasuke supo desde el comienzo a dónde iban, pero nunca antes se sintió tan fuera de control, ni experimentó una pasión tan arrolladora. Quería mostrarle las estrellas. Él era el experimentado; ella, la inocente. Sasuke sabía dónde tocar, dónde acariciar, cuándo presionar, cuándo retroceder. Y sin embargo, cuando por fin alcanzó su propio orgasmo, supo que su dulce mujercita lo había llevado más allá de las estrellas.

Lo había llevado al Cielo.

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Durmió como si hubiese muerto. Cuando se despertó y se desperezó, el sol de la mañana ya estaba alto sobre el prado. En cuanto se movió, Sakura lanzó un fuerte gemido. Se sentía muy vulnerable. Abrió los ojos. El recuerdo de la noche pasada le hizo arder las mejillas.

¡Que Dios la ayudara; nunca podría volver a mirarlo a los ojos! Se había comportado como una desvergonzada. Recordó que le había pedido que se detuviese, pero el hombre estaba decidido a seguir. Pero al admitir que ella también había insistido, casi con vehemencia, en que no se detuviera, resolvió que se quedaría el resto del día debajo del manto.

Pero le pareció que Sasuke había disfrutó de lo que hicieron. Sakura apartó la manta del rostro y de inmediato vio a Sasuke. Estaba de pie al otro lado del claro entre los caballos. Sakura advirtió que los animales ya estaban ensillados; listos para comenzar el día de marcha.

Fuego Fatuo se comportaba como una hembra enamorada. Insistía en dar topetazos a la mano de Sasuke en busca de caricias.

De pronto, Sakura también deseó una palmada cariñosa. Pensó que la noche anterior lo había complacido pero, por des gracia, se quedó dormida antes de que su esposo tuviese ocasión de decfrselo.

Necesitaría fingir un enfado para disimular la vergüenza. Como Sasuke no le prestaba la menor atención, se levantó, se quitó el manto y se puso rápidamente la camisa. Sabía que su atuendo no era nada recatado, pero resolvió no demostrarle timidez alguna pues imaginó que lo consideraría una debilidad.

Sasuke no miraba en dirección de Sakura. La muchacha juntó su ropa y se dirigió hacia el estanque con toda la dignidad que le permitieron los muslos entumecidos. Se lavó, se puso un vestido azul claro y se trenzó el pelo. Cuando regresó al campamento, el ánimo de Sakura había mejorado considerablemente. Después de todo, era un nuevo día, y por cierto, un comienzo.

Por otra parte, había cumplido el deber de esposa, ya que permitió que Sasuke se acostara con ella.

¿Acaso piensa que soy de hierro?, se preguntó Sasuke en cuanto vio a su esposa que caminaba hacia él.

Ninguna mujer lo tentaba de esa forma. Antes jamás había conocido un deseo tan intenso. Poséelas y olvídalas, había sido su lema hasta el momento. Pero Sakura era diferente. ¡Dios me ayude!, pensó. Está comenzando a importarme. No era de la clase de mujeres que se olvidan. En el mismo instante en que se levantó y lo miró, un deseo al rojo vivo lo atenazó. Tenía los rizos revueltos. Recordó lo sedosos que los sintió cuando los alzó para que el viento los secara mientras Sakura dormía. No pudo dejar de acariciarle la piel después de hacerle el amor. Y también durmió mientras la acariciaba.

Sasuke, en cambio, no durmió nada. Las caderas de Sakura estaban incrustadas contra su dura virilidad. Cada vez que se movía, deseaba poseerla nuevamente. El único motivo por el que se contuvo era porque Sakura no podría caminar durante una semana si le hacía todo lo que quería hacerle. Para ella era demasiado pronto. Necesitaba tiempo para que la inflamación se aliviara. Decidió no volver a tocarla hasta que llegaran al hogar. Y ya estaba lamentando la decisión.

No estaba hecho de hierro, pero su inocente mujercita aún no lo sabía. De lo contrario, no estaría allí, con tan escaso atuendo, si tuviese una idea de lo que rondaba por la mente de su esposo. Quizá lo sepa —pensó Sasuke—. ¿Acaso intenta que vuelva a hacerle el amor sin decírmelo de modo directo? Sasuke reflexionó sobre esa posibilidad un largo minuto y llegó a la conclusión de que Sakura era demasiado ingenua para comprender cuánto lo excitaba.

Por supuesto, Sasuke la ilustraría en cuanto llegaran al hogar.

—¿Sasuke? Gracias por prestarme el manto.

El hombre se volvió al oír la voz de Sakura, y la vio con la mirada fija en sus botas.

—Es tuyo, Sakura.

—¿Un regalo de bodas?

No lo miraba. Y pese a que tenía la cabeza gacha, Sasuke pudo ver que estaba sonrojada. Y eso lo divirtió. ¡Diablos, se había comportado como una gata salvaje entre sus brazos! Sasuke tenía marcas que lo demostraban. Y ahora actuaba como si fuese a desmayarse ante la primera palabra incorrecta.

—Puedes considerarlo así —admitió, encogiéndose de hombros. Tomó la bolsa de viaje de Sakura y la sujetó en el arnés de la montura de Fuego Fatuo.

—Sasuke, tengo once chelines.

Esperaba que se volviese, pero Sasuke no respondió. Sakura no se amilanó por ello.

—¿Hay un sacerdote en las Tierras Altas?

Esa pregunta atrajo la atención de Sasuke y se volvió a medias hacia ella. De inmediato, Sakura bajó la vista. Parecía estar recobrando poco a poco el valor, pues en ese momento le miraba el pecho en lugar de las botas.

—Sí, tenemos un sacerdote. ¿Por qué lo preguntas?

—Quiero emplear uno de mis chelines para comprarte una indulgencia—afirmó Sakura. Se metió el manto bajo el brazo y unió las manos.

—¿Qué?

—Una indulgencia —explicó Sakura—. Será mi regalo de bodas para ti.

—Entiendo —repuso el hombre, tratando de no reír.

Quiso preguntarle si creía que su alma necesitaba ayuda, pero la se riedad del tono lo obligó a tomar en cuenta los tiernos sentimientos de la joven.

Tendré que superar este ridículo pesar —pensó Sasuke—. Los sentimientos de mi mujer no deberían importarme en lo más mínimo.

—¿Esto te complace? —preguntó, esperando una respuesta amable.

La respuesta de Sasuke consistió en encogerse de hombros.

—Pensaba que sería un regalo apropiado, pues ayer tú mataste a un hombre por accidente. La indulgencia disminuirá tu tiempo en el Purgatorio. Eso es lo que dice el padre Charles.

—No fue accidental, Sakura, y tú misma mataste a un hombre.

—No lo hice.

—Sí, lo hiciste.

—No te alegres tanto de eso —musitó Sakura—. Y yo lo maté por necesidad, de modo que no necesito una indulgencia para mí misma.

—¿Así que solo mi alma te preocupa?

Sakura asintió y Sasuke no supo si sentirse insultado o divertido. Sacudió la cabeza al pensar en todas las monedas que conseguiría el padre Murdock en el futuro si su esposa seguía comprándole indulgencias cada vez que mataba a alguien. Al término de un año, el sacerdote terminaría siendo más rico que el rey de Inglaterra.

Sakura pensó que sin duda Sasuke no era una clase de persona agradecida. No dijo una palabra de gratitud.

—¿Tienes herrero, también?

Sasuke asintió y esperó a que Sakura siguiera hablando. Solo Dios sabría qué tenía en mente en ese momento. Por extraño que fuese, estaba ansioso por saber lo que pensaba. Otra debilidad —se dijo—. También tendré que corregir este problema.

—Entonces, emplearé los demás chelines en comprarte otro regalo de bodas. —Levantó la vista y supo que había conquistado la atención de Sasuke. —He pensado en el regalo adecuado para ti y sé que te agradará.

—¿Y qué será? —preguntó, y el entusiasmo de Sakura le resultó tan cautivante como la sonrisa. No tuvo ánimo para decirle que no usara las monedas para pagar nada en las Tierras Altas. Pronto lo descubriría por sí misma.

—Una espada.

Le pareció que Sasuke quedaba atónito ante el anuncio e hizo un gesto enfático indicándole que hablaba en serio. Luego bajó la vista nuevamente.

Sasuke creyó que no le había oído bien.

—¿Qué?

—Una espada, Sasuke. Es un buen regalo, ¿no crees? Todo guerrero debería llevar una al costado. Advertí que te faltaba cuando nos atacaron los desalmados. Me pareció muy extraño, pues creía que todos los guerreros necesitan tener un arma a mano. Luego consideré el hecho de que eres escocés, y quizá tu entrenamiento no incluyó... Sasuke, ¿por qué me miras así?

Sasuke no pudo responderle.

—¿Te gusta mi regalo? —preguntó con un tono preocupado.

Sasuke forzó un breve gesto de asentimiento. Fue lo único que pudo hacer.

Sakura sonrió aliviada.

—Sabía que te gustaría.

Sasuke volvió a asentir y se alejó.

Por primera vez en su vida Sasuke Uchiha estaba mudo.

Al parecer, Sakura no lo advirtió.

—Asuma lleva espada, lo vi de inmediato. Como los dos sois buenos amigos, quizás él tenga tiempo de enseñarte el uso apropiado de la espada. He oído decir que es muy efectiva en batalla.

Sasuke dejó caer la frente sobre la montura. Sakura no podía verle el rostro porque estaba vuelto hacia el otro lado, pero vio que los hombros se sacudían.

Sin duda, estaba embelesado por la gratitud.

Sakura se sintió orgullosa de sí misma. Le había ofrecido un gesto de amistad, y Sasuke lo había aceptado. Por cierto, de ahí en adelante la situación de ambos mejoraría.

Con el tiempo, quizá olvidaría que era inglesa y comenzaría a quererla.

Se alejó de su esposo, pues quería pasar unos minutos con Kurenai antes de que comenzaran otra vez el viaje. Ya sabía cómo llevarse bien con él, y quería compartir la experiencia con su hermana, aunque no le hablaría de la noche pasada. No, esa parte tendría que descubrirla Kurenai por sí misma. Tal vez —pensó Sakura—, Kurenai ya lo sabe.

Sakura se sintió como si acabara de descubrir los secretos de la vida. La bondad atraía más bondad. Uno no muerde la mano que lo acaricia, ¿verdad?

—Sakura, ven aquí.

La orden fue demasiado vivaz para el gusto de Sakura, pero mantuvo la sonrisa y volvió junto a Sasuke. Fijó la mirada en el pecho del esposo y esperó a que hablara.

Sasuke le levantó la barbilla.

—¿Estás bien, esposa? ¿Podrás cabalgar hoy?

No entendió qué era lo que le preguntaba.

—Estoy bien, Sasuke, en serio.

—¿No estás demasiado débil? —insistió Sasuke.

El inmediato rubor que encendió las mejillas de Sakura le indicó que había entendido a qué se refería.

—Se supone que no debes mencionarlo —murmuró.

Sasuke no pudo resistir la tentación:

—¿Mencionar qué?

Aunque a Sasuke le pareciera imposible, el rubor de Sakura se intensificó.

—Que... que esté débil —tartamudeó.

—Sakura, sé que anoche te hice daño.

A ella no le pareció que estuviese muy arrepentido. A decir verdad, más bien parecía arrogante.

—Sí, me hiciste daño —murmuró—. Y estoy irritada. ¿Acaso hay más preguntas íntimas que desees formularme?

Sasuke le apretó la barbilla obligándola a mirarlo otra vez, inclinó la cabeza y le rozó los labios con la boca. Fue un beso tan tierno que Sakura se relajó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Tal vez le brindara la palabra cariñosa que ella necesitaba con tanta desesperación.

—Si se me ocurre alguna, te lo diré —afirmó, para luego soltarla.

—¿Si se te ocurre qué?

Una piedra podía retener más tiempo a las moscas de lo que Sakura podía retener un pensamiento.

—Cualquier otra pregunta íntima —le aclaró Sasuke.

Sakura se quedó inmóvil mientras Sasuke saltaba sobre la montura.

—Vamos, Sakura. Es hora de cabalgar.

—¿Y Asuma y Kurenai? ¿No tendríamos que esperarlos?

—Se han marchado hace dos horas —respondió Sasuke.

—¿Se han ido sin nosotros? —preguntó con tono incrédulo.

—Sí.

—¿Por qué no me despertaste?

Sasuke no podía dejar de sonreír, pues su esposa estaba enfurruñada. Ya se le habían soltado algunos rizos de la trenza y las hebras flotaban alrededor de su rostro y sobre la esbelta nuca.

Estaba adorable.

—Necesitabas dormir —le dijo Sasuke, con tono súbitamente gruñón.

—Ni siquiera dijeron adiós —dijo Sakura—. fue una grosería, ¿no crees, Sasuke? —Se acercó a Fuego Fatuo, le dijo unas palabras cariñosas, le dio una palmadita y montó. Hizo una mueca por el dolor que ese movimiento le provocaba.— ¿Trataremos de alcanzarlos?

Sasuke movió la cabeza.

—A estas alturas deben de haber tomado ya la ruta hacia el norte.

Sakura no pudo ocultar la decepción.

—¿Cuánto tiempo tendremos que cabalgar para llegar a tu hogar?

—Tres días más.

—¿Tre días? —Otra vez estaba enfurruñada.

—Tres, si marchamos a buen paso, esposa.

—¿En dirección opuesta a la de mi hermana?

Antes de que Sasuke pudiese responder, Sakura murmuró:

—Nunca volveré a ver a mi hermana, ¿verdad?

—Sakura, no estés tan abatida. El hogar de Kurenai está a una hora a caballo del nuestro. Podrás verla cuantas veces quieras.

Esa explicación fue totalmente incomprensible para Sakura.

—Dices que tendremos que andar tres días en dirección contraria, pero que Kurenai estará a una hora de tu casa. No en tiendo, Sasuke. Recuerdas dónde vives, ¿no es cierto?

—Asuma tiene clanes amigos y tiene que pasar por sus tierras, del mismo modo que existen clanes amigos míos, Sakura. Yo también tengo que detenerme a saludar en mi función de señor del clan Uchiha.

—¿Por qué no podíamos viajar los cuatro...?

—También existen clanes que darían cualquier cosa por verme muerto.

Eso sí puedo entenderlo —pensó Sakura—Si Sasuke es tan impaciente con los clanes como lo es ahora conmigo, sin duda tendrá muchos enemigos.

—¿Y Asuma es amigo de algunos de tus enemigos? — preguntó.

Sasuke asintió.

—¿Y entonces, por qué lo consideras tu amigo? Si es leal a ti, tus enemigos tendrían que ser los de Asuma también.

Sasuke se rindió. Sabía que aún no entendía.

—Sasuke, ¿tenemos muchos enemigos?

—¿Tenemos?

—Te recuerdo que ahora soy tu esposa —respondió Sakura—. Por eso, tus enemigos son míos también, ¿no?

—Sí.

—¿Por qué sonríes? ¿Acaso te gusta tener muchos enemigos?

—Sonrío porque acabo de comprender que tienes rasgos de verdadera escocesa —respondió—. Eso me. complace.

Sakura le dirigió una sonrisa esplendorosa y de inmediato Sasuke comprendió que su esposa tenía cierta inclinación a la travesura. Ya había notado que cuando le brillaban los ojos de ese modo era porque le iba a dar alguna réplica ingeniosa.

Y no le desilusionó.

—Sasuke, nunca seré escocesa. Pero tú, mi señor, tienes rasgos de un auténtico barón inglés. Y eso me complace.

Aunque eso significaba un verdadero insulto, Sasuke rió y sacudió la cabeza ante el comentario de ella y ante su propia reacción.

—Sakura, recuerda esta conversación. Algún día, muy pronto, descubrirás lo equivocado de tus ideas.

—¿Todas mis ideas, Sasuke? —Lo miró ceñuda, y agregó—: Creo que comienzo a entender por qué tenemos tantos enemigos.

Dio fin a la conversación espoleando a Fuego Fatuo para que galopara, y con toda premeditación tomó la delantera.

Cuando Sasuke la llamó, no le hizo caso, decidida a obligar a Sasuke a que ese día marchara detrás. ¡Que él se ahogara con el polvo que levantaba el caballo de delante!

De pronto, Sasuke estuvo junto a ella. Tomó las riendas de Fuego Fatuo sin decirle una palabra, hizo girar al animal de Sakura y le arrojó otra vez las riendas.

—¿Y bien? —preguntó Sakura.

—Ibas en dirección equivocada —le dijo Sasuke, obviamente exasperado—. Claro, a menos que estés pensando en regresar a Inglaterra.

—No pensaba semejante cosa.

—Eso significa que tu sentido de orientación es otro...

—Un simple error, Sasuke —arguyó Sakura—. Tengo un excelente sentido de la orientación.

—¿Acaso has estado en muchos sitios para probar esa teoría?

—No. Y mientras me miras con el entrecejo fruncido, te haré otra pregunta. ¿Anoche quedaste satisfecho conmigo?

Sasuke pareció a punto de reír y Sakura pensó que si lo hacía lo mataría.

—¿Y bien? ¿Fui buena en eso? ¡Y no te atrevas a pe dirme que te explique la pregunta! Sabes muy bien a qué me refiero.

Si le decía que no era nada buena, se moriría. Estaba tan nerviosa que sus manos apretaban con fuerza las riendas, dejándole marcas en las palmas, y debía de estar furiosa consigo misma por haberle hecho esa pregunta.

—Mejorarás.

Sasuke sabía bien qué decirle para encolerizarla y Sakura supo que debía de tener fuego en los ojos cuando lo miró.

Sasuke le sonreía. La ternura en los ojos de su esposo le demostró que sabía que la aquello era muy serio para ella.

—¿Mejoraré? —dijo con voz estrangulada—. ¿Por qué...?

—Sakura, cuando lleguemos a casa practicaremos todas las noches hasta que te salga bien.

Tras esa promesa, espoleó al caballo hacia adelante. Sakura no supo cómo tomar esa increíble afirmación. Pensó que la había insultado, pero por el modo en que la miraba cuando le decía que practicarían, creyó que estaba ansioso por hacerlo.

De cualquier modo que lo considerara, siempre llegaba a la misma conclusión: Sasuke Uchiha tenía tanta compasión como una cabra.

Sin embargo, tenía que concederle algo: había sido muy considerado en dejarla dormir hasta bien entrado el amanecer. Necesitaba ese sueño adicional y, aunque culpaba a Sasuke por haber le quitado todas las energías la noche anterior, admitía que le había demostrado cierta piedad.

Quizás, a fin de cuentas no fuese un caso perdido por completo.

Al caer la tarde, Sakura cambió de opinión sobre él. Habían cabalgado a través de los bosques casi toda la mañana, deteniéndose solo una vez para refrescarse en un río. Sasuke apenas le dirigió una palabra amable. Parecía sumido en sus propios pensamientos. En varias ocasiones Sakura intentó entablar conversación, pero él ignoró sus preguntas con una rudeza que le pareció desconcertante. De pie sobre la orilla cubierta de hierbas, con las manos sujetas a la espalda, Sakura supuso que estaba impaciente por reanudar el viaje.

—¿Estás esperando para que descansen los caballos, o yo? —dijo, cuando ya no pudo soportar un minuto más de silencio.

—Los caballos ya están listos —respondió Sasuke sin mirarla.

Por un momento, Sakura jugó con la idea de arrojarlo al río, pero luego desistió. Si se hundía, estaría furioso y la joven ya tenía bastante de qué preocuparse con sus própios dolores. Si tenía que escucharlo despotricar todo el día se tornaría más amargo aún.

Sakura se acomodó otra vez sobre el lomo de Fuego Fatuo y luego dijo:

—Ya estoy lista. Gracias por detenerte.

—Tú lo pediste. —El tono sorprendido de Sasuke abatió a Sakura.

—¿Siempre tendré que pedirlo?

—Por supuesto.

¡Bueno, podría haber mencionado esa extraña regla mucho antes!

—¿Y siempre accederás a mis deseos, Sasuke?

Se volvió sobre la montura antes de contestarle:

—Siempre que sea posible.

Los caballos estaban tan juntos que la pierna de Sasuke rozaba contra la de Sakura.

—¿Y por qué no te detuviste anoche cuando yo te lo pedí?

Sasuke la tomó por la nuca y la acercó hacia él. Sakura se aferró a la montura tratando de conservar el equilibrio.

Él esperó a que lo mirase y atrapó su mirada.

—No querías que lo hiciera. —Le sonrió.

—¡Esa es la más arrogante...!

La besó para hacerla callar. Solo quería recordarle quién era el señor y quién la esclava, pero los labios tan suaves de Sakura en contacto con los suyos le recordaron lo bien que sabía.

Barrió el interior de la boca de Sakura con la lengua y luego la apartó. La muchacha parecía por completo embelesada. Le apoyó la mano en la mejilla en una caricia suave como una mariposa. Sasuke supo que no se daba cuenta de que estaba acariciándolo.

—Sakura, he dicho que accedería a tus deseos siempre que fuese posible. Anoche no podía detenerme.

—¿No?

Si seguía haciéndolo repetir cada palabra, Sasuke se volvería loco. No le ocultó la irritación.

—Esta vez, puedes seguir adelante —le dijo, con intenciones de hacerla regresar al presente.

Sakura asintió. Guió a Fuego Fatuo delante del caballo de Sasuke y estaba pasando por debajo de una rama gruesa que le obstruía el camino cuando él apareció a su lado. En cuanto su esposo tomó las riendas, Sakura comprendió su error.

Sasuke no se refirió a la lamentable equivocación, y Sakura tampoco.

Pararon al anochecer en el centro de una amplia pradera. Sasuke se acercó para sujetar a Fuego Fatuo de las riendas. Los caballos ya estaban juntos, pero aun así él no soltó las correas. Con rostro impasible, tenía la vista fija adelante.

—¿Hay algún peligro? —dijo Sakura sin poder ocultar su aflicción.

Sasuke movió la cabeza. Si hubiese peligro, ¿estaría parado en medio de una extensión abierta? La pregunta le pareció absurda, pero recordó que ella no conocía las costumbres de lucha de los hombres. Sakura pensó en estirar un poco las piernas, pero cuando comenzó a desmontar, Sasuke la detuvo, apoyándole la mano en el muslo sin la menor delicadeza.

Sakura captó de inmediato el mensaje silencioso, pero no comprendió la conducta de su esposo. Apoyó las manos sobre la montura y esperó a que él le explicara lo que estaba haciendo.

A través del bosque, desde lejos, llegó un silbido apagado. De súbito, los árboles parecieron cobrar vida cuando unos hombres con mantos castaños y amarillos comenzaron a caminar hacia ellos.

Sakura no supo que apretaba la pierna de Sasuke hasta que este le cubrió la mano con la propia.

—Son aliados, Sakura.

Al instante, ella lo soltó, irguió la espalda y volvió a juntar las manos sobre el regazo.

—Ya lo sabía —dijo.

Claro que era una mentira, y la empeoró al decir:

—Aun a la distancia puedo verlos sonreír.

—Ni un águila podría verles los rostros desde esta distancia —respondió él en tono seco.

—Los ingleses tenemos una visión perfecta.

Sasuke se volvió hacia ella.

—¿Estás burlándote de mí, esposa?

—¿Tú qué crees?

—Sí, estás burlándote —dijo Sasuke—. Ya lo sé todo acerca del sentido del humor inglés.

—¿Y qué es lo que sabes?

—Que carecéis de él.

—Eso no es cierto —arguyó Sakura—. Yo tengo un maravilloso sentido del humor. —Tras tan enfática afirmación, se volvió.

—¿Sakura?

—¿Sí?

—Cuando se acerquen a nosotros, dirige tu mirada hacia mí. No mires a nadie más, ¿entiendes?

—¿No quieres que mire a ninguno de ellos?

—Correcto.

—¿Por qué?

—No preguntes por mis motivos, esposa —dijo, en voz tan punzante como la el viento.

—¿Debo hablarles?

—No.

—Pensarán que soy descortés.

—Pensarán que eres sumisa.

—No lo soy.

—Lo serás.

Sakura sintió que le ardía el rostro. Miró ceñuda a Sasuke, pero fue en vano pues él miraba otra vez hacia adelante ignorándola.

—Sasuke, quizá tendría que apearme y arrodillarme a tus pies. Así, tus aliados sabrían que tienes una esposa verdaderamente sumisa —dijo, sin importarle que la voz le temblara de rabia—. ¿Y bien, milord?

—La idea tiene su mérito —respondió él.

No parecía estar bromeando. Sakura quedó demasiado perpleja con el comentario para responderle.

Pero no dejaría ver su enfado ante extraños, por más furiosa que estuviese con su esposo. ¡Oh, haría el papel de esposa obediente, hasta que estuvieran solos otra vez! Entonces, le haría arder las orejas.

Cuando por fin los aliados llegaron junto a ellos, Sakura mantuvo la mirada fija en el perfil rudo de su esposo. Necesitó apelar a toda su concentración para mantener una expresión impasible. Sencillamente, pedirle serenidad era demasiado.

En ningún momento Sasuke miró a su esposa. La conversación se desarrolló en gaélico. Sakura entendía casi todas las palabras aunque el dialecto era un poco diferente del de las Tierras Bajas que le había enseñado Homura.

El hecho de que Sasuke no supiera que Sakura conocía bien su idioma, le dio a la muchacha una satisfacción perversa. En ese momento decidió que jamás se lo diría.

Escuchó que rechazaba los ofrecimientos de bebida, comida y refugio. En ese instante, sus modales inflexibles eran los de un guerrero poderoso, y cuando concluyeron los ofrecimientos y los rechazos, pasaron a informarle de los últimos sucesos acaecidos en los clanes.

Sakura sabía que la observaban y trató de conservar una expresión tranquila. Desesperada, ofreció al Creador un mes de misas diarias si la ayudaba a sobrellevar esta prueba humillante.

La súbita comprensión de que Sasuke se avergonzaba de ella le provocó deseos de llorar. Pero la autocompasión solo duró un par de minutos para después ponerse furiosa. ¿Cómo se atrevía a avergonzarse de ella? Sakura sabía que no era la más bella, pero tampoco era un monstruo. Una vez, su padre hasta la había llamado «hermosa». Claro que el padre tenía obligación de brindarle elogios; después de todo, ella era la hija menor, y la opinión de él era parcial. Aun así, Sakura nunca vio que la gente se diese la vuelta por temor a devolver la cena.

Cuando Sasuke se volvió y sujetó las riendas de Fuego Fatuo, Sakura prestó otra vez oídos a la conversación y oyó que uno de los aliados preguntaba quién era ella.

—Mi esposa.

No hubo ningún matiz de orgullo en la voz de Sasuke. ¡A decir verdad, podría estar refiriéndose a su perro! No —se dijo—, sin duda el perro significa más para él.

Sakura pensó que tampoco había titubeado al decirlo, afanosa por encontrar algo positivo en la actitud de él.

Sasuke iba a hacer avanzar el caballo a través del grupo de guerreros, cuando otro de los aliados preguntó:

—¿Cómo se llama, Uchiha?

Sasuke se tomó bastante tiempo para responder. Paseó la mirada por el grupo de hombres con una expresión en los ojos que hizo estremecer a Sakura. Su rostro parecía tallado en piedra.

Y por fin, respondió. Su voz, fría como aguanieve, sonó como un grito de batalla:

—Mía.