Al ver a Lena quise levantarme y huir pero no tenía las fuerzas. Lo que menos quería era que me encontrara aquí. Se había quedado de pie en la puerta y me estudiaba con la mirada, miró el calentador junto a la pared pero no dijo nada, al contrario se quitó la chaqueta mientras se acercaba. Seguramente hacia mucho calor. Llevaba una camiseta negra debajo y sus muñecas no estaban a la vista. ¿Habría cortes nuevos?

—Oye, eh...
—¿Qué tiene? —murmuró cortando a Becca. Mi garganta se secó cuando se sentó a mi lado.
—Kara ha tenido un problema desde que era pequeña, una enfermedad que es difícil de controlar.
—¿Y qué hace aquí? ¿Por qué no está en un hospital?
—Eso es lo que yo sugerí pero no quisieron hacerme caso —contestó Maggie desde el otro lado. Lena la ignoró y volví a cerrar los ojos. Tenía mucho frío.
—Solo mi madre conoce la manera de...
—¿Su madre dónde está?
—Entiendo que Kara sea importante para ustedes —empezó Alex perdiendo la paciencia, supuse que también se dirigía a Maggie. —Pero sabemos qué hacer en esta situación y ustedes no, así que por favor dejen de preguntar.
—Yo no veo que estén haciendo nada —replicó Maggie. Siguieron peleando pero Lena y yo estábamos en otro lugar. Sentí unos dedos acariciar la palma de mi mano y la observé, con cierta confusión tocaba despacio la piel de mi muñeca y luego el antebrazo.
—Tienes frío —susurró. Se levantó y sin más comenzó a desvestirse. Cuando se quitó el pantalón Alex se acercó.
—¿Qué haces?
—Le daré calor, pueden esperar afuera si quieren.
—No me parece que...
—Me da igual lo que les parezca, Kara se está congelando y lo único que hacen ustedes aquí es empeorarlo todo con sus discusiones.

Se terminó de sacar la camiseta y se volvió hacia mí, no habían marcas nuevas pero las cicatrices eran visibles y los ojos de Alex y Maggie habían caído hasta sus brazos. A Lena no le pareció importar. Becca ya se había ido, creo que enojada. Quise decirle que no hacía falta que hiciera esto pero Lena ya había rodeado la cama y en menos de lo que parecía posible estaba a mi lado.

El cuarto quedó vacío. Solo yo y Lena. Mi cabeza quedó apoyada en su hombro y me permití pasar un brazo por su abdomen. Estaba caliente y era mucho más reconfortante que la estufa. Mis ojos ya no sentían el calor de antes y pude ver, con más calma, las pequeñas marcas de la piel en su pecho. Observé un pequeño collar que antes no había notado. No estaba segura de haberlo visto antes en ella o quizás lo escondía bajo la chaqueta todo el tiempo. Una cadena dorada acababa en un extraño y singular ser. Marcado en chapa un hombrecillo verde con la extraña apariencia de un duende sostenía un bastón y miraba con ojos sabios. Tenía la impresión de haber visto a esa criatura en algún lado pero no sabía dónde.

Su mano derecha frotaba mi brazo bajo las grandes frazadas cuando acerqué mi mano y acaricié el collar.

—¿Por qué estás aquí, Lena?
—No cabe la posibilidad de que me vaya de esta habitación hasta que te recuperes.
—No.
—¿No?
—Te harán daño —suspiré volviendo a cerrar los ojos.
—Otras cosas me hacen daño y no son necesariamente los golpes de mi padre.
—¿Qué otras cosas?
—Verte así.
—No inventes —moví mi brazo y me pareció sentir que rozaba una de las cicatrices de su abdomen. Lena sonrió.
—Cuando estás yendo de aquí para allá no eres consciente de lo bueno que es verte bien.
—No comprendo.
—Desde que te conozco he visto que tienes una manera peculiar de ser feliz. Siempre estás sonriendo y estás activa y llevas un sol en el rostro.
—¿Un sol?
—Es como si un sol brillante te iluminara todo el tiempo. Verte así es doloroso porque no estás riendo con tus amigas en el sofá o avergonzandote por las imaginaciones de Maggie.
—Sobre eso...
—Trata de descansar, Kara. —varios segundos pasaron y respiré hondo casi en su cuello. Me sentía más tranquila.
—Tú eres mi sol amarillo.
—¿Qué dijiste?
—Que no quiero que te vayas —se lo pensó un gran rato.
—¿Kara?
—¿Mhmm?
—Nada, olvídalo.
—Dime qué ocurre —murmuré a escasos centímetros de su rostro. Mi cuerpo podía seguir doliendo pero Lena llamaba toda mi atención. Se lo pensó un rato, creí que no volvería a hablar cuando me miró otra vez.
—Te lo diré cuando estés mejor.
—No lo harás y aprovecharas que olvidaré la mitad de esta conversación.
—Cuando te diga lo que quiero decirte quiero que estés totalmente consciente y seas tú misma. Así que espera.
—Estoy consciente.
—Estás media consciente.
—Media consciente —repetí. Por mi mente muchas cosas se mezclaban y me hacían irme de la realidad. —Maggie tiene razón.
—¿Sobre qué?
—Yo también te prefiero a ti antes que a Mike.

Sonrió. No cabía duda que esos dos pequeños hoyuelos en sus mejillas eran de mis cosas favoritas en todo el mundo.

—¿Cómo te sientes?
—Como si un martillo de cientos de toneladas me estuviera golpeando en todo el cuerpo.
—¿Puedo hacer algo?
—Háblame, me gusta tu voz.
—¿Sobre qué?
—Lo que tú quieras. De ese gnomo extraño.

Bajó la cabeza a la chapa de su collar y sonrió con confusión.

—¿Le llamas gnomo al maestro Yoda?

De la nada un tirón fuerte en la cabeza me hizo apretar los ojos y gruñir con dolor. Un dolor que no se detenía. Pronto mis brazos también pasaban por la misma sensación provocando que gritara sobre la piel de Lena.

—Tranquila, pasará —puso una mano en mi mejilla y sus delicados dedos trazaron la línea de mi mandíbula. —Olvida el dolor, Kara, sé que parece imposible pero concentrate en algo más. Piensa en otra cosa. El dolor está en tu cabeza, créeme. Ven aquí.

Le presté especial atención a su voz mientras me acercaba más a su cuerpo. La cabeza no dolía pero el resto de mi cuerpo estaba en medio de una balacera.

—Mi cabeza da vueltas.
—Pronto te sentirás mejor.
—¿Y si no?
—Tú eres la optimista, Kara.
—Me sentiré mejor.
—Sí, eso dije.
—Tienes ojos demasiado bellos —permanecí viendo lo puramente verde que eran y ella no apartó la mirada.
—Los tuyos son dignos de apreciar.
—Hablabamos de ti.
—Tienes unos hermosos ojos azules.
—No —murmuré todavía mirándola. Lena me veía con tantas emociones corriéndole por la cara que era difícil no mirar otra cosa.
—No creo que alguna vez pueda olvidar tus ojos.
—Tengo que decir algo, Lena.
—Dime.

Tenía las palabras en la punta de la lengua pero el cansancio me ganaba. Me esperó pacientemente y tuve que despertarme a mí misma, ni siquiera ya tan segura de lo que decía.

—¿Me harías daño? —parecía una niña diciendo cosas al azar, quizás la categoría de borracha sin memoria fuera más indicada. Lena cortó el contacto visual por primera vez pero su brazo seguía sujetando el mío.
—Estás comenzando a...
—¿Lo harías? —susurré y otra vez recuperé aquellos ojos.
—Este no es el mejor momento para decirte lo que estoy pensando.
—Dime Lena, lo olvidaré de todos modos.
—Eso me temo.
—Quiero saber.
—Lo único que tienes que saber es que yo jamás haría algo para lastimarte.
—Lo has hecho ya —esta vez mi parte resentida y herida habló por mí. Frunció el ceño sin comprender. —Me has hecho sentir rara y luego te encuentro...

Me detuve sin ganas de seguir. No valía la pena gastar energías recordando ese tortuoso momento. Lena entendió de todos modos a lo que me refería.

—¿Verme ahí te lastimó?
—Me hizo sentir estúpida.
—¿Por eso me ignoraste?
—También te ignoraría ahora si mi cuerpo me lo permitiera pero ya ves que estoy en tus brazos —había dejado de verme con la misma tranquilidad y me lamenté por abrir la boca. Quería la cálida mirada otra vez, la que me decía que todo estaría bien, no la desolada y fría manera de mirar un punto en la nada fingiendo una sonrisa para calmarme.
—Quería hablarte de eso.
—No quería que me explicaras nada.
—Pues yo sí quería hacerlo. En parte por ti pero mayormente por mí.
—Tampoco habría sabido qué decir.
—Dejaremos ese tema para otro día.

Me sujeté más de su cuerpo y dejé ir lo demás. Me sentía bien en sus brazos, podía experimentar la ligera presión al abrazarme, podía sentir su fuerza por primera vez.

—¿Qué hay si nunca tenemos otro día, Lena? —lo meditó y la media sonrisa esperanzada volvió.
—Me aseguraré de que siempre haya un día para ti.
—Eres una amiga extraña.

No sabría decir sobre qué hablamos los siguientes minutos pero Lena estaba poniendo todo su esfuerzo en hacerme olvidar el dolor. Servía de a momentos la calma que expresaba su voz y mirar esos ojos verdes me recordaba a los enormes bosques en las afueras de Midvale que siempre visitaba con mi hermana. Era como ver los mismos árboles y la misma paz armoniosa pero reflejados en su mirada.

Nuestro momento de paz fue interrumpido por unas voces que se acercaban, antes de que mi cabeza pudiera pensarlo demasiado la puerta ya estaba abriéndose.

Al fin había llegado.

—Kara, cariño —suspiró mi madre al verme. Solo ella entró. Eliza podía parecer tranquilamente mi madre biológica, aunque no lo fuera teníamos muchas similitudes. Su cabello era igual de rubio que el mío y sus ojos de un tono azul más claro, incluso su sonrisa a veces se asemejaba. Como me suponía la noté muy preocupada y al segundo reparó en Lena. De a poco su cuerpo comenzó a alejarse de mi lado y el calor se esfumó, en ningún momento dijo nada y se dispuso a vestirse. Mi madre había empezado también a tomarme la temperatura y verificar mi presión. Cuando Lena se acercó a ella, finalmente habló.
—¿Puede en verdad ayudarla? —Eliza puso sus ojos en mí, estudiandome, y después en Lena.
—Puedo. Pero lo mejor es que esperes afuera. Esto le dolerá y...
—¿Puede quedarse? —atiné sin mirar a ninguna en específico. Mi madre se quitó el estetoscopio y bajó la vista a su maletín. Al rato sacó un par de agujas con algo que yo recordaba bien de tiempos pasados. Las dos tenían el mismo líquido espeso, solo que una de ellas era más grande y fuerte en cuanto a la dósis. En la punta una capa de color verde rodeaba el largo metal. Se volvió a Lena mientras se ponía los guantes.
—¿Cuál es tu nombre?
—Lena.
—Está bien, Lena, ve junto a ella.
—Mamá...
—Lo sé, Kara. Ojalá pudiera hacerlo de otra manera —mi madre en verdad lamentaba que fuera así. Pero yo mucho más. Era demasiado. Lena rodeó la cama y se sentó a mi lado. Entre las dos me ayudaron a incorporarme y cuando un fuerte mareo se instaló, tuve que dejar mi cabeza caer en el hueco del cuello de Lena. No podía siquiera tolerar ver la aguja.
—¿Sabías que no puedes caminar por el techo? —comentó Lena.
—¿Cuando descubriste tan asombrosa curiosidad?
—Lo leí por ahí —respondió con la misma seriedad de quién cuenta algo muy importante. La aguja hizo contacto con mi piel y apreté los dientes. —Pero creo que de ser posible sería algo muy tétrico. ¿Te imaginas? Entras a tu cuarto y hay gente caminando por las paredes.
—Listo —musitó Eliza y pude volver a respirar. Pero poco antes de que la segunda aguja apareciera. Lena tocó mi frente, quitó el cabello que se había pegado por el sudor y se mantuvo en la misma posición. —No tiene que moverse.
—¿Escuchaste? No puedes moverte. Hazte la estatua —Lena levantó una ceja y aunque el dolor muy de a poco decaía, no tenía las fuerzas para soportar otra inyección. La aguja entró y me sacudí, dejando escapar un grito. —Calmate, hey, estoy justo aquí. Mírame.

Mi madre se detuvo apenas me moví. Era insoportable la sensación de la aguja en mi brazo. Quería arrancarmelo. Lena levantó mi rostro, se pauso un instante como pensando, y luego se acercó más a mi cara hasta quedar cerca de mi oído. Solo yo pude oírla.

—¿Sabes qué otra cosa me lastima más que los golpes? Saber que no te sientes como yo. Porque le has dicho a tus amigas que no te gusto y tuve la mala suerte de escuchar. Saber que no cabe la posibilidad de que al decirte esto luego, cuando seas tú otra vez, me correspondas... Es una granada en el pecho.

Al parecer Lena había escuchado esa parte ayer. Vaya eso de tener pocas fuerzas y no poder decir nada. Tampoco es que supiera qué decirle. Apenas podía entender lo que pasaba más allá de sus palabras en mi oído pero había servido. Había ignorado el pinchazo y el líquido. Una profunda sensación de sueño empezó a llenar cada rincón de mi interior cuando quise abrir la boca. Pero mis músculos estaban adormecidos y los labios me hacían cosquillas, lo único que ví antes de cerrar los ojos fue el rostro serio de Lena.

«Por favor no me hagas olvidar este momento. Por favor recuerda.» dijo mi subconsciente, ya cayendo en un sueño profundo.

El olor a comida despertó mis sentidos y abrí los ojos. Era la comida de mi madre. Me incorporé de a poco hasta quedar con la espalda pegada en el cabezal y contemplé mi alrededor. Seguía en la habitación de Lena pero no había nadie. Me sentía mejor, bastante mejor de hecho. Moví mi cabeza lado a lado haciendo que el cuello me sonara -mi madre nunca aprobó esa costumbre-, noté que ya no dolía, tampoco los brazos ni las piernas. Pasé mi mano por la base de mi nuca y aunque primero pensé en levantarme lo mejor sería quedarme aquí. Claro que lo peor había pasado pero me sentía como quien está apenas saliendo de un resfriado pero sin los mocos y eso.

Quería usar mis poderes. Los rayos equis para ver dónde estaban las demás o mi oído al menos para estar segura de que se encontrara alguien afuera. Pero no lo hice, no tenía los suficientes ánimos.

Lo que me había ocurrido no es que fuera algo anormal, en realidad pasé más veces de las que recuerdo por la misma situación. Cuando llegué a la tierra costó su debido tiempo adaptarme socialmente pero lo físico fue una historia distinta. Mi cuerpo no toleraba el ambiente por mucho que el sol amarillo de la tierra cambiara mis células y me hiciera inmune en la Zona Fantasma.

Todavía no olvido los constantes dolores que de la nada me provocaba una ligera ráfaga de calor o el simple contacto con la lluvia. Algo tan simple como el agua me podía hacer sufrir por días.

Mis padres no sabían cómo ayudarme y aunque esos episodios no sucedían tan a menudo tuvo que pasar más de un año hasta que pudieran empezar a crear algo que fuera efectivo para eliminar o calmar todo el sufrimiento. Entre ensayo y error encontraron la manera de apaciguar el dolor con una dosis pero pasaron seis meses y la pequeña aguja se transformaron en dos. Siempre dos agujas.

Mi madre descubrió que lo que a mi cuerpo le pasaba era algo más o menos normal. Normal en lo que ser una alienígena viviendo en un planeta que no era el mío respecta. Mi organismo tenía que aprender a vivir en la Tierra, acostumbrarse al ambiente y el aire, a las sustancias diferentes que al principio me eran tóxicas.

Una aguja para contrarrestar el dolor y hacer que todo dentro de mí volviera a la normalidad; la otra era un químico que asemejaba las mismas propiedades del sol amarillo. Era algo así como inyectarme energía solar. Mis padres habían trabajado hasta el cansancio para ayudarme y por eso les estaría siempre agradecida.

Cuando comenzaba a sentirme débil y dar síntomas de que me estaba por ocurrir las dos agujas estaban siempre a mano y necesitaba solo un par de horas para volver a estar mejor. Era normal me decía a mí misma siempre. Era mi cuerpo desarrollándose en un lugar para el que no estaba hecho, y sabía que seguiría así pero con el tiempo los episodios se hicieron más escasos. Me pasó solo tres veces estando en la secundaria. Y ocurrieron porque estaba estresada y no toleraba la presión de encajar y aparentar la normalidad que mis padres me pedían para mi propio bien. El estrés y el cansancio.

Ahora tenía la impresión de que el estrés había conllevado a que volviera a pasarme. Estaba segura. Siempre supe que pensar demasiado no lleva a nada, lo que nos atormenta tanto y no nos deja dormir nunca termina haciéndose realidad, al contrario ocurre todo lo opuesto. Pero tenemos la asquerosa costumbre de no poder controlar ni las emociones ni los pensamientos. Seas un alien como yo o un humano.

Unos golpecitos suaves en la puerta me sacaron del ensimismamiento y esta se abrió. Puse los brazos en mi regazo y sonreí débilmente al ver a mi madre cargando una bandeja.

—Hola mi pequeña bella durmiente.
—Mamá, ya tengo dieciocho años —hasta la voz me sonaba ajena. Me aclaré la garganta y froté mis ojos viendo los platos.

Eché un vistazo afuera a través de la puerta abierta pero nadie más entró.

—No seas gruñona —puso la bandeja sobre una tabla de madera en mis piernas y se sentó a mi lado. —Te traje todos tus platillos favoritos. Tuve que prometerle a tu hermana que le prepararía algo luego porque estaba a punto de devorarse todo.
—¿Dónde está Alex? —por un momento me asusté sin saber el tiempo que había estado durmiendo. Mi madre sonrió. —¿Por cuánto tiempo dormí?
—Casi dos días. Y antes de que te pongas a enloquecer, Alex y Becca fueron a comprar comida.
—¿Se irán hoy?
—Alex pidió unos días extras, no te preocupes.

Asentí agradecida. No había tenido demasiado tiempo para pasar con ellas. Comencé a comer y mi madre de vez en cuando me comentaba una que otra cosa ocurrida en Midvale desde que yo estaba en la universidad. La comida estaba bien, era tan buena como la recordaba, pero algo no encajaba en mi mente. Me sentía un poco desanimada pero no quería creer que tuviera que ver con la ausencia de cierta persona. Después de varios minutos mi madre se inclinó.

—¿Puedo preguntar quién es Lena?
—¿Qué?
—No te hagas la tonta, Kara —alzó una ceja y concentré mi atención en cortar la carne horneada.
—Su nombre es Lena Luthor. Es una amiga —por la manera en que su expresión cambió ligeramente cuando escuchó el apellido supe lo que pensaba. —Sí, es la hermana de ese Lex, pero por favor no la juzgues tú también por ello. No es como su familia.
—Lo sé, cariño.

Paré de masticar cuando dijo eso. Bajé el tenedor y observé a mi madre. Se le marcaba una pequeña sonrisa en los labios que no comprendí del todo.

—¿Qué sabes?
—Sé que no es como su familia, por eso me sorprendí de que fuera parte de ella.
—¿Cómo?
—Es fácil ver el alma de una persona, lo ves en la mirada. Sé que tienes la capacidad de saber si se trata de alguien bondadoso o vil. Y tú has visto su alma. Pero yo no necesité mirarla a los ojos cuando tenía las pruebas justo en frente de mí. Se quedó contigo, y por lo que sé, estuvo contigo aquí mucho antes de que yo llegara. Sé que no es como su hermano o su familia porque ese interés por querer ayudarte era notorio y puro.
—Vaya pues no recuerdo nada —dije con amargura.

Había despertado apenas recordando lo ocurrido. Sabía que Lena había venido, que conversamos y que se había acostado conmigo para darme calor pero era poco lo que mi mente retenía a estas alturas. Quería preguntarle a mi madre sobre lo que habíamos hablado Lena y yo pero no me pareció prudente. Sonaría muy obvio y levantaría sospechas inexistentes. Lo que sí quise saber fue dónde estaba.

—¿Se fue?
—¿Lena? Oh, no, ni hablar. Tuve que obligarla a que vaya a dormir a tu habitación.
—¿Obligarla? —el hecho de que Lena estuviera durmiendo ahora mismo en mi cama y yo comiera sobre la suya era una broma irónica del universo. Fruncí el ceño confundida mientras mi madre pellizcaba un trozo de pollo.
—Estuvo aquí hasta hace hora y media. Le insistí cuando te dormiste que podía irse, que no hacía falta que se quedara, pero insistió en que estaba bien. Permaneció junto a tu cama dos días, dudo mucho que haya dormido.
—¿Hablas en serio?
—Tienes una amiga muy especial, no la pierdas de vista.

Sonrió otra vez y se puso de pie, levantando la bandeja de comida que ya no tenía ganas de terminar. Me costaba imaginarla aquí durante tanto tiempo solo por mí pero sabía que era tan obvio viniendo de ella como respirar. Contuve una sonrisa. Lena estaba loca, claro que era capaz de hacerlo, estaba muy loca.

Mi madre se fue apenas unos minutos antes de regresar.

—Kara, hay un chico en la puerta preguntando por ti. ¿Lo dejo pasar? Dice llamarse Mike.
—Eh... Sí, déjalo.

Me sorprendió que apareciera de la nada aquí pero no iba a decirle que se vaya si se había tomado la molestia de venir. Ignoré lo horrible que seguramente me veía y arreglé rápidamente mi cabello en el momento exacto en el que se asomaba por la puerta.

—Hey, ahí estás —la sonrisa se le extendió por toda la cara y con pasos dudosos se acercó y se sentó en la silla a mi lado, dándome un beso en la mejilla antes. Seguramente ahí se había sentado Lena los últimos días.
—Primero quiero disculparme por lucir asquerosamente fea y segundo, ¿qué haces aquí?
—Te ves muy bien —ladeó su cabeza como si estuviera pensando. —Vine porque pregunté por ti en Morrigan's y Elizabeth me dijo que habías caído enferma o algo así y que estabas tomandote unos días... Y bueno, aquí estoy.
—Y aquí estás —susurré. —No hacía falta que vinieras, Mike, en serio.
—Pero ya estoy aquí, ¿no? También te compré unos dulces que encontré por ahí.
—¿Qué? —sacó una pequeña bolsa de cartón de su bolsillo y me la dio.
—No estaba del todo seguro qué clase de dulces comes así que te traje varios de cada sabor.
—Oh por... Gracias —sonreí mirando el interior. La mayoría eran de mis favoritos. Este chico sí que me caía bien. —No haces más que sorprenderme.
—El que más me gusta es... —metió una mano y se puso a buscar, sacó un pequeño caramelo dorado con tonos marrones. —Este.
—¿A quién no le gusta el de chocolate y maní?
—Pues no a mi prima lejana —respondió fingiendo seriedad y yo contesté con ese mismo tonto tono.
—Pues tu prima lejana no sabe nada.

Los siguientes diez minutos consistieron en Mike comiendo varios de los dulces por la mera intención de calificarlos del uno al diez. Yo solo probé dos y dejé los otros para después.

—La vendedora me estafó, este no llega ni a cero.
—Yo que tú se lo devuelvo.
—Sí, a medio comer y todo —rió pero luego al mirar el reloj de su muñeca comenzó a levantarse. —Debo partir. El deber me llama.
—Ah, no lo dudo —me saludó otra vez en la mejilla.
—Iré a entregar más caramelos a damiselas en apuros. Nos vemos, Kara.

Le devolví la sonrisa y pronto estaba yéndose. Al seguirlo con la mirada y verlo salir, mis ojos se clavaron en Lena al otro lado de la sala, afuera y con los brazos cruzados mirando el suelo. Tragué saliva. Quería llamarla, hablar con ella, pero las palabras no me salían. Cuando la puerta de entrada se abrió y volvió a cerrarse Lena levantó la cabeza en mi dirección y nuestros ojos se encontraron. Cargaba con esa seriedad que no me permitía saber lo que ocurría en su mente pero yo le sonreí a medias.

Fue una sorpresa cuando bajó los brazos y comenzó a caminar hacia mí. En menos de lo que esperaba entró y cerró la puerta detrás de ella.

—Me preguntaba cuando te vería —dije al notar que el silencio se estaba alargando demasiado. Lena caminó por la habitación, miró la pila de libros en el estante sin mucho interés y al cabo de un rato se volvió hacia mí.
—¿Puedo preguntar algo?
—Lo que quieras.
—¿Estás saliendo con él? —vaya que usaba el tono más tranquilo para decirme una cosa como aquella. Rao, ¿en serio?
—¿Qué, con Mike? No, obvio que no. Es alguien que conocí en la cafetería y nos llevamos bien. Eso es todo.
—Parece buen tipo para ti —volvió a decir con la misma calma y sin expresión. Se acercó hasta sentarse en la silla en la que había estado Mike y se inclinó un poco.
—¿Qué quieres decir con que bueno para mí?
—Parece que sabe cómo hacerte reír.
—¿Estás sugiriendo algo, Lena? —se pausó un instante y negó.
—No. Solo pensaba en voz alta.
—En fin. Dime cómo es eso de que estuviste aquí casi dos días sin dormir —viéndola de cerca podía notar las ojeras y el cansancio bajo los ojos verdes.
—Sé que no lo recuerdas pero te dije que no me iría de aquí hasta que te recuperaras, y en mi defensa únicamente fui a dormir porque tu madre es muy persuasiva cuando se lo propone.
—Dímelo a mí —quedamos en silencio y las ganas de saber lo que habíamos hablado volvieron. Buscando las palabras justas comencé a hablar. —Sé que hablamos de varias cosas pero...
—No ha quedado nada en tu memoria —completó, medio preguntó.
—Tenía la esperanza de que me ayudaras a refrescarla.

Se removió en su asiento. Tenía esa obviedad a veces cuando estaba nerviosa o incómoda, había aprendido a notarlo de a poco. Entendí que algo de lo que habíamos estado hablando había sido de suma relevancia.

—Conversamos sobre gente que camina en el techo y gnomos verdes —nada se esclarecía en mi mente y ella sonrió, cuanto había extrañado esa comodidad al ver ese gesto en su rostro.
—No recuerdo.
—Lo sé, tu madre me repitió que no ibas a ser capaz de recordar mucho.
—Pues la verdad es que no recuerdo nada. Aunque...
—¿Sí? —por más de que quiso no pudo ocultar el interés. No cabía duda de que algo había pasado.
—Recuerdo cuando las agujas me pincharon y tú me dijiste algo para calmarme.
—Sí, eso hice —dijo apartando la mirada.
—Pero no sé con exactitud lo que fue. ¿Qué has dicho, Lena? —busqué sus ojos hasta que por fin me volvió a mirar con expresión dudosa y semblante tenso.
—¿Podemos hablar de eso cuando estés mejor?
—Estoy mejor —le corté. Me veía con rostro casi suplicante, ¿pero qué era tan malo para decir?
—No fue gran cosa, solo una tontería. Pero sí me gustaría hablar de lo que pasó el otro día.
—Nada pasó el otro día —esta vez fui yo la que miró para el costado. Sabía que la conversación llegaría pero no tenía las ganas de enfrentarme a lo que iba a decir, aunque ni siquiera lo supiera.
—Quiero que me escuches porque en serio es importante para mí —tenía la voz entre quebrada y firme pero levanté la cabeza y solo asentí. —Aunque por empezar me gustaría saber qué hacías ahí.
—Estaba preocupada de que volvieras a aparecer toda magullada así que de alguna manera pude rastrearte pero no me preguntes cómo.

Me quedo mirando como si estuviera imaginando todo lo que había tenido que hacer para encontrarla pero no preguntó más, al contrario se rascó la muñeca, sobre la piel con cicatrices y habló.

—Lo que te diré quizás cambie nuestra amistad de alguna manera.
—Sabes que puedes confiar en mí, Lena.
—¿Y si te alejas?
—¿A qué le tienes tanto miedo? —eso la desconcertó. Lena no esperaba que le sugiriera que tenía miedo. Negó con la cabeza viendo un punto en la nada.
—Solo espero que no pienses distinto de mí.

¿Cómo podría pensar diferente de ella? ¿Cómo, si cada vez que la veía me sentía tan alegre de haberla conocido? Descubrir sus misterios era algo que había querido desde que la había visto por primera vez, no me detendría ahora.

—No lo haré.

Lena se reclinó en la silla y me contempló por un largo instante. Me pregunté lo que estaría pasando por su mente, qué era lo qué ocultaba para verse tan reacia a decírmelo, pese a que al mismo tiempo no quería que se viera obligada a contarmelo, incomodarla de alguna manera y hacerla sentir peor.
Pero Lena cortó el contacto visual cuando la puerta de la habitación se abrió y me sobresalté. Mi madre siempre tan oportuna.

—Hola, chicas, Lena —dijo dirigiéndose a ella, ésta levantó la mirada hacia Eliza quien llevaba un pequeño plato con un sándwich y en la mano un vaso de jugo. —Creí que podrías comer algo.
—Señora, Danvers —tomó la comida y el jugo torpemente. Supuse que cosas así no le pasaban seguido y me sentí ligeramente angustiada con la idea de que Lena no tuviera gestos maternales como esos o algo por el estilo. —No tenía que haberse molestado, en serio no...
—Come, cariño, te hará bien.

Sonrió como solo mi madre podía y me echó un rápido vistazo, me pareció ver la sombra de una advertencia pero no pude entender con respecto a qué era. Puso una mano en su hombro y se fue antes de que pudiera notar la expresión tensa que había en el rostro de Lena. Casi olvidaba lo poco que le gustaba que la tocaran.

La puerta se cerró y Lena puso el plato y el vaso en la mesa de noche.

—Debes comer, sospecho que no has probado bocado desde que te quedaste aquí.
—No tengo hambre pero prometo que después lo haré —me senté mejor en la cama y Lena se frotó los ojos, se pasó una mano por el cabello y respiró hondo. —No me apetece estar comiendo cuando estoy a punto de contarte algo importante.
—No me debes explicaciones a mí, lo sabes, ¿no?
—Lo sé. Pero creo que ahora se trata de algo más complicado que eso. Quiero hacerlo, sacarlo de aquí —apoyó ligeramente la mano en su pecho y al segundo la bajó. —Sé en lo que podría resultar pero a estas alturas no me importa. Solo espero que sigamos siendo tú y yo.
—Dispara, Lena.

Aunque el corazón me latiera fuera del pecho y la ansiedad por saber la verdad superara todo lo demás, me mostraba calmada. Lena no necesitaba que mis nervios estuvieran a flor de piel, ella necesitaba calma y ver tranquilidad. No la iba a apresurar, no iba a desesperarme. Aún no al menos. Asintió otra vez y se aclaró la garganta.

—Cuando tenía trece años mi madre murió —vaya manera de intentar mantenerme normal con semejante información de una sola vez. —Fue un accidente aéreo, dijeron que el avión cayó en algún lugar del Mar Mediterráneo y que no hubieron sobrevivientes. Aún y con todo el dinero que teníamos nadie pudo encontrar su cuerpo y hacerle un funeral digno. Tuve que madurar muy rápido para entender que mi madre no volvería jamás y que nada sería lo mismo. Me volví muy solitaria en ese tiempo, lo único que tenía conmigo eran los libros de mi madre. Lex se había mudado y me había pedido que me fuera a vivir con él, que tuviéramos nuestro propio duelo lejos de mi padre. Lex odiaba a Lionel, tanto que sospechaba que él había sido el responsable de la muerte de nuestra madre. Aún y con todo eso yo no me pude ir. Me quedé en la mansión con él y me arrepiento cada día por eso. Si soy sincera más de una vez me pregunté qué habría pasado si me iba con Lex, ¿sería ahora cómo él? Quizás. Pero estoy segura de que sería alguien totalmente diferente.

Se detuvo un par de segundos y rascó la base de su nuca. No sabía qué decirle así que solo esperé a que siguiera hablando.

—Luego de la muerte de mi madre y la partida de Lex todo lentamente se fue al caño. Al principio mi relación con Lionel seguía siendo la misma, o sea nada, nunca hablábamos demasiado realmente. No estoy orgullosa de decir que la única comunicación entre nosotros eran las tarjetas de crédito que él llenaba de dólares pero bueno, así fui educada desde que tengo uso de memoria. Un año más tarde todo seguía igual, a diferencia de que había entrado en una depresión de la que no podía salir y había alejado a todo el mundo. Creo que mi padre siempre supo que me tenía en sus manos pero no entendió hasta hace meses más tarde el poder que podía ejercer sobre mí. No te diré la razón, no hoy, pero Lionel explotó hasta el máximo mi punto más débil para conseguir lo que quería.

—¿Que es lo qué quería? —me aventuré a decir y Lena se lo pensó.
—Más poder. Mi familia siempre quiso tener a todos a sus pies. Lex y Lionel no son muy diferentes que digamos. Pero Lex nunca me habría hecho lo que él, por muy malvado que fuera, jamás —se acercó, solo un poco más, y su voz se volvió más tensa. —Mi padre es un gran empresario, un renombrado hombre y un sujeto de suma confianza, todo un caballero. Y un mentiroso. Todo es mentira. Tiene más negocios sucios de los que podrías imaginar y aún así nadie lo metió en la cárcel todavía. Hace tres años se metió en el negocio del contrabando. Desaparecieron cientos de joyas y obras de arte, todas valuadas en millones de dólares. Todas van a parar a él y a sus socios.
—Lena, eso...
—Es ilegal, sí, pero no podría hablar aunque quisiera.
—¿Qué tienes que ver tú en todo esto? —su mirada de preocupación era notoria y me alarmé ante la idea de que ya no quisiera decirme nada. Quería saber, necesitaba escuchar. Asintió como si estuviera leyendo mi mente y volvió a hablar, esta vez una voz llena de remordimiento, siniestra, opacó la calma que siempre mantenía, todo y sin dejar de verme a los ojos.

—Yo me encargo de que los clientes estén tan satisfechos y contentos que no dudarán en comprar lo que sea que mi padre venda. Ya soy bastante famosa entre ellos en lo que va del tiempo en que lo hago.

Me quedé de piedra. Su mirada era mordaz y oscura pero tenía la sensación de que no era por mi reacción, sino por lo que ahora le pasaba por la mente. Quizás muchos malos recuerdos, momentos muy oscuros. Pero no pude alargar la mano para darle algo de apoyo y traerla a la realidad, yo misma estaba luchando con lo que acaba de decirme. Si lo que pensaba era cierto y lo que había visto el otro día con ella y la otra mujer estaba conectado... No podía ser posible.

—Puedes llamarlo como quieras, hace tiempo dejé de preocuparme por ponerle un nombre cuando me seguiré sintiendo igual de imbécil. ¿Prostitución? Sí, seguro es la mejor palabra. ¿Soy una puta? Probablemente. Me lo han dicho incontables veces supongo que hay algo de verdad, ¿no? —me miraba sin parpadear mientras escupía las palabras pero no creía que me estuviera realmente viendo. Estaba ida y yo sin habla.
—Lena.
—He tenido sexo con más personas de las que recuerdo. Muchas veces drogada y otras con demasiado alcohol encima como para saber las cosas que he hecho. Pero mis peores días son cuando recuerdo. Cuando sé lo que he hecho, la forma en la que me han tocado y las cosas que me han dicho. No hay peor manera de denigrar a una persona, no la hay.
—Lena, escuchame.
—Cuando Lionel me llama procuro ser otra persona, trato de volverme alguien diferente, tan vil y horrible como él. Cuando no voy y sus matones vienen a por mí sé que después de esos asquerosos cuarenta minutos me espera una paliza peor que la anterior. Y a veces lo agradezco. Merezco ser tratada como basura pese a que los golpes no limpien ni una de las manchas que tengo en el cuerpo. He sido de muchas maneras humillada, pisoteada y abusada que ya comienzo a no sentir. Cuando me meto en uno de esos cuartos y hago de cuenta que disfruto de seducir a imbéciles mi único consuelo es decirme a mí misma que pagaré por eso. Pagaré por todo eso, siempre lo hago, los golpes, los cortes. Cualquier cosa que me haga sufrir lo suficiente como para tolerar vender mi cuerpo al mejor postor. Lionel está en lo cierto cuando me dice lo mierda y poca cosa que soy, yo lo sé, lo sé tan bien.

Su voz se había convertido en un susurro de puro odio y las palabras le salían de la boca sin parar, tenía la mandíbula apretada y aunque ahora miraba el pálido suelo, seguía repitiendo cosas en silencio, para sí misma.

—Mírame, Lena, por favor mírame.

Y así lo hizo. Tenía los ojos con lágrimas pero no lloraba. En mi estómago se había instalado una piedra enorme y en la garganta tenía un nudo que no podía quitar pero no podía verla así. Tomé su mano, fría al tacto, y acaricié el dorso suavemente. Quiso apartar la mirada pero puse mi pulgar sobre su cara impidiéndolo, mi mano se extendió por su mejilla y sequé la única lágrima que escapó de sus verdes ojos. Los cerró sintiendo el tacto de mi palma y me armé de valor.

—No eres ninguna de todas esas cosas, ¿me oyes? Tu padre es un estúpido, un gran imbécil y muy poco hombre. Te aseguro que tendrá su merecido, no voy a descansar hasta que lo tenga.
—Kara...
—No conozco tus motivos, no sé porqué lo haces, pero confío en ti. Confío en que un día te alejarás de todo ese desastre y si no lo haces yo misma te sacaré de ahí. Pero por favor no digas esas cosas de ti misma.
—No hay otra forma de llamarme. Soy la puta de Lionel Luthor. Tengan sexo con Lena y se olvidarán de lo demás, tengan sexo con la hija de Lionel y no se arrepentirán de comprar ese increíble reloj de oro —susurró como si estuviera memorizando. El corazón me dolía. No había otra manera de ponerlo. Me dolía y me quedaba, ardía y me hería saber lo que Lena afrontaba cada vez que se iba de aquí.
—Eres mucho más, Lena. Tienes que creerme.
—Los vestidos que has visto terminan siempre destrozados por millonarios borrachos o drogados. Cada vez que los llevo puestos me siento tan sucia —no lloraba pero seguía teniendo los ojos muy rojos, muy cansados. No sabía cómo consolarla, cómo decirle que lamentaba demasiado que tuviera que vivir así. —Cuando me viste con esa mujer...
—Lena, no hace falta.
—Cuando te ví en ese pasillo me volví loca. No podía dejar que ella te viera y le dijera a mi padre. No quería que te hiciera daño. Juro que no podía dejar de pensar en si alguien te había capturado o él ya te... Había matado. Cuando supe que estabas bien, a salvo, volví a respirar pero apenas sirvió porque no dejabas de ignorarme. No me dejabas explicarte y cada vez que apartabas la vista de mí... Era tan doloroso no poder decírtelo. ¿Pero qué importa ahora? Todo significa lo mismo. Sigo siendo la que deja su cuerpo en manos de cualquiera. Era lo que merecía.
—No quería hacerte sentir mal, yo no sabía que... Bueno, no sabía nada. Supongo que fui una idiota por no hablarte, yo...
—Tú eres la única a la que nunca he querido decepcionar, la forma en la que me miraste cuando traté de buscarte fue tan vacía. No quería que supieras esta parte de mi vida tan pronto pero prefiero que pienses que soy una maldita puta antes de que no me vuelvas a mirar como sueles hacerlo.
—Lena, ya detente. Para. Quiero que me escuches, presta atención a lo que diré —dejó caer los codos sobre sus rodillas y juntó las dos manos bajo su barbilla. —Eres la persona más transparente que he conocido, no hay pizca de maldad en ti, no hay nada horrible o desastroso cuando te miro a los ojos. No hay nada de eso. No quiero que digas esas cosas de ti misma, no quiero que te lastimes, ni siquiera puedo tolerar la idea de que alguien más lo haga. Nadie te merece, Lena, si tan solo supiera tu padre lo que en verdad eres... No te juzgaré por lo que decides hacer, sé que es difícil para ti hablar de esto conmigo, pero te prometo que no voy a juzgar ninguna de tus decisiones. No estoy de acuerdo, no, no tolero pensar en que apenas soportas las ideas psicópatas de tu padre y aún así aceptas contra tu voluntad, pero nunca te juzgaré. Estaré aquí siempre para ti si quieres encontrar una manera de escapar de él de una vez por todas, sea lo que sea, juro que moveré cielo y tierra si me lo pides. ¿Entiendes, Lena?
—¿Por qué lo harías, Kara? ¿Por qué arriesgarte?

Por un breve momento me quedé en blanco, porque era mi amiga claro, porque confiaba en que podía ser mucho mejor de lo que su padre le había hecho. ¿Pero esa sería la única razón?

—Siempre me arriesgaría por ti, no me preguntes porqué.
—Me siento avergonzada.
—¿Por contarmelo?
—Siento que es todo demasiado difícil.
—Debes tener una razón importante y la respeto.
—Sí, la tengo —bajó la vista pero puse un par de dedos en su mentón para que me mirara y le sonreí, buscando calmarla al menos un poco.
—Buscaremos una manera, Lena, estarás bien.
—¿No te doy asco?
—¿Cómo podrías?

Es que la verdad era que sentía muchas emociones mezcladas pero ninguna se asemejaba a algo como eso. Estaba sorprendida y me costaría procesarlo pero no tenía motivos para verla de otra manera. Solo me sentía enojada. Enojada y con muchas ganas de hacer desaparecer al estúpido de su padre. Lo que le hacía no tenía nombre pero sabía muy bien que Lionel iba a pagar cada una de sus retorcidas humillaciones.

—Ven, duerme aquí conmigo.
—¿Qué?
—No es como si fuera la primera vez. Además sigues cansada y se qué mi cuarto es muy frío, aquí está caliente y dormirás mejor.
—Kara, todavía no te recuperas del todo.
—No voy a contagiarte.
—No me refería a eso.
—Callate y ven.

Suspiró antes de quitarse las zapatillas y yo le hice lugar. Era mi turno de cuidar de ella ahora. No tenía intención de dejarla sola en un momento así. Se acostó a mi lado y me permití admirar lo hermosa que era incluso aunque estuviera cansada. Preciosa, realmente bella. Solo quedó su rostro visible y cerró los ojos, su cabeza apoyada sobre mi hombro.

—Hueles a mí.
—¿Qué dices?
—Que hueles a mí —murmuró buscando mi mano bajo las sábanas. Una vez la encontró, la sujeto con fuerza y lentamente su respiración se fue volviendo más tranquila. Quizás haber dormido tanto en su cama, estar su cuarto, me había dejado algo de su aroma. Aspiré la tela de mi camiseta y tenía razón. El suave olor estaba impregnado en mí. No pude más que cerrar los ojos también y dejarme llevar por la paz que estar a su lado me daba.

No me importaba lo que pudieran pensar de ella, lo que hacía o no, tenía sus razones y confiaba plenamente en Lena. Pero no dejaría que sufriera más, tenía que buscar la manera de detener a todo aquel que buscara dañarla. No me importaba cómo.

Alex tenía una expresión de desconcierto mientras nos veía desde el marco de la puerta, Maggie, a su lado tenía una ligera sonrisa que imaginé a qué se debería. Becca no se veía por ningún lado pero ya con ellas era suficiente. Las dos estarían imaginando miles de cosas pero ninguna de ellas eran ciertas. Habían venido quince minutos después de que yo despertara y se habían quedado paradas como estatuas acusandome, las dos a su manera de algo que no era verdad. No les podía aclarar que la razón de que Lena estuviera durmiendo abrazada a mi lado era pura y meramente amistosa, no quería despertarla. Así que solo bajé el libro de su mesa de noche que me había puesto a leer y les regalé mi más asesina mirada. Se fueron y seguí con mi lectura pese a que la respiración tranquila de Lena hacía cosquillas en mi hombro.

Había despertado para encontrarme a Lena casi sobre mí y el brazo derecho rodeando mi estómago, no me sentía incómoda para nada y esto ya parecía costumbre pero aún así se sentía extraño. Verla tan calmada y en paz era lo único que quería y ya estaba pensando en maneras para que su padre fuera a la cárcel, pero era tarea difícil. Lena aún no quería decirme la razón del porqué lo hacía y me temía que si comenzaba a indagar le causaría más problemas. Por mucho que quería sacarla de ese ambiente tóxico en el que vivía decidí que iba a esperar, esperar a saber más y conversar el tema con ella.

Un pequeño suspiro escapó de sus labios y la observé. Ahora que la miraba no ayudaba que mi mente imaginara todos los posibles escenarios donde tenía que venderse por las enfermas amenazas de su padre. Contemplé sus labios sin querer, los tenía apenas entreabiertos, ¿cuántos la habrían besado sin realmente desearla más allá de algo sexual? Negué con la cabeza, buscando pensar en algo diferente. Pero no podía. Claro que no podía si cada vez que la veía la rabia me inundaba. Lena no merecía ser usada para tales perversiones, ni ella ni nadie.

Por un impulso ciego acerqué mi mano a su mejilla y acaricié la suave piel. Pasé los dedos por la recta mandíbula hasta su barbilla sintiendo la calidez de su rostro pero me alejé al segundo cuando movió la cabeza unos centímetros. ¿Qué estaba haciendo? Mantuve los puños cerrados por sobre mi estómago, sintiéndome extraña, era una sensación diferente la que me recorría el cuerpo. Una emoción que no podía entender.

Intenté seguir leyendo pero ya no tenía ganas, estaba totalmente distraída por preguntas que no tenían respuestas. Permanecí los siguientes minutos mirando el techo, confundida por tantas cosas, confundida por alguien. Miré sobre Lena y el plato con el sándwich seguía ahí, tenía que comer y ya había dormido bastante. No sabía cuántas horas habían pasado pero no tenía la certeza de que Lena comería después por mucho que me lo asegurara.

Me cuestioné cuál sería la mejor manera de despertarla pero nada se me ocurría. Dormía con tanta serenidad que ya consideraba un crimen perturbarle el sueño pero en algún momento tendría que despertar. Dejé de pensar y me levanté apenas un poco, su brazo seguía en mi estómago cuando apoyé mi codo sobre la almohada y con la otra mano le di ligeras palmadas en el hombro.

—Lena, despierta —dije con la mayor suavidad que encontré. Al principio no se percató pero cuando seguí insistiendo comenzó a removerse en su sitio. Frunció el ceño a la vez que escondía la cara en la almohada. —Hola, dormilona.
—Kara —gruñó volviendo el rostro en mi dirección y abrió los ojos con lentitud. Despacio comenzó a quitar su brazo de mi estómago y el calor de su mano en mi cintura se fue. Los ojos verdes de clavaron en los míos. —¿Cuánto dormí?
—No tengo ni pizca de idea pero imagino que bastante.
—¿Tú has dormido?
—Sí, me siento mucho mejor. Pero con respecto a ti te sugiero que comas antes de que caigas desmayada.
—Eres tú quién estuvo enferma, no yo —dejó la cabeza caer otra vez y cerró los ojos. Más le valía no dormirse otra vez. Sin pensarlo dos veces me incliné por sobre ella en busca del plato al otro lado de la cama, junto a ella. Tenía su cuerpo justo debajo de mí. El corazón me comenzó a latir de manera irregular cuando mi pecho rozó su brazo, al moverse Lena, quedamos una encima de la otra y aunque yo solo me concentrara en agarrar el maldito plato toda la situación me estaba haciendo perder los estribos. Ignorando el calor que sus brazos y sus propios pechos transmitían debajo de mí me estiré más y lo tomé.
Me alejé otra vez hasta mi sitio haciendo de cuenta que nada había pasado. Sentía la mirada de Lena, escudriñándome a tan pocos centímetros. Tragué la bola pesada en mi garganta y le di el plato.

—Come.
—¿Quieres que coma ahora? —alzó una ceja pero sin embargo lo agarró.
—Sí.

Aparté los ojos y busqué algo con qué distraerme. ¿Qué seguía haciendo en su cama todavía? Me había acercado demasiado a ella y ahora estaba avergonzada. Todavía podía sentir su cuerpo que era lo peor. Era una estúpida por alterar mis propias hormonas, ¿acaso no recordaba todo lo que Lena me había dicho horas antes? Tonto cerebro, tonto.

—¿Sucede algo, Kara?
—¿Qué? No. No, claro que no.
—Estás extraña —dijo cuando acabó de masticar y tragó. ¿Acaso era tan obvia? Bebió del jugo y se relamió los labios.
—Debe ser que dormí mucho, no acostumbro a pasar tanto tiempo en cama.
—¿Estás lista ya para volver a ser tú? —frunció el entrecejo y una pequeña sonrisa le bailó en los labios antes de desaparecer. —Si te sientes mejor no hace falta que te quedes solo para hacerme compañía.
—Esperaré a que termines de comer.

Puso los ojos en blanco pero aunque ella creyera que me quedaba para asegurarme de que comiera, al contrario, solo quería estar con ella un rato más. Después de unos minutos en silencio levantó la vista.

—Sobre lo que te conté —bebió el último trago del vaso y se pasó la mano por los labios. —Me sorprende cómo te lo tomaste.
—¿Esperabas que me fuera no?
—No es que desconfiara de ti, es solo que no sabía cómo ibas a reaccionar. Nunca le he contado a nadie que... Bueno, hago lo que hago. Pero dudo que otros lo tomaran como tú.
—Es algo complicado, no voy a mentirte —nos quedamos viendo un momento y me obligué a continuar. —Pero soy tu amiga y te dije que seguiría aquí pase lo que pase. Eso implica quedarme contigo aunque las cosas se vean feísimas. Quiero ayudarte, ¿lo sabes no?
—No es tan fácil ayudarme, Kara. Yo misma me metí de cabeza en todo este desastre. Mi vida es un desastre. No estoy segura de si quiero que te hundas en este caos.
—Eso lo decidiré yo —sonreí y algo de lo que no estaba del todo segura pasó por mi mente. —No estoy sugiriendo nada en específico pero mi hermana pronto será agente del FBI.
—¿Estás implicando algo en especial? —levantó una ceja y yo me hundí de hombros.
—Solo digo que cuando estés lista y... No sé, quieras decirle a alguien sobre los negocios sucios de tu padre... Serías la única con el poder de acabarlo, podrías conseguir toda la evidencia.
—Sí, podría —apartó la mirada, pensativa. Supe que no estaba lista, decirle a alguien sobre lo oscuro que era Lionel Luthor y denunciarlo involucraría contar toda su verdad también y apenas me la había dicho a mí. No la presionaría.
—Cuando tú estés lista, Lena. Cuando estés lista lo haremos juntas.
—A veces dudo que seas de este planeta.

Aunque fuera una broma y riera como estúpida solo para ocultar mi nerviosismo me sentí justo como si lo hubiera descubierto y por primera vez consideré la idea de contarle la verdad. Mi propia verdad y quién era. ¿Pero cómo es que se lo diría? «Oye, Lena, soy una alienígena con los mismos poderes de Superman, sí, el mismo tipo al que tu hermano odia; de Krypton y toda la cosa eh, y claro ¡de hecho es mi primo! ¿Loco, no?». No, realmente no era lo más sutil así que ignoré el pensamiento tan pronto como llegó. Lo único que haría al decírselo era ponerla en peligro, ocultar mi identidad siempre había sido lo esencial y una prioridad en mi familia.
Cuando ya no quedó nada en el plato me obligué a levantarme de su cama, Lena observaba cada uno de mis movimientos.

—Creo que ya debo irme, ducharme y...
—Buena idea —dijo al ver que nada más salía de mi boca. Su mirada cayó un instante en mi estómago, donde la camiseta llegaba solo hasta por arriba de mi ombligo, dejando la piel al descubierto. Me sentía estúpida parada ahí sin nada que decir pero a la vez algo dentro de mí disfrutaba de ser objeto de atención. De su atención.

No sé si le costó más a ella apartar la vista o a mí caminar hasta la puerta. De todas maneras tuve que hacerlo, antes de irme le agradecí por quedarse conmigo y me dedicó una sonrisa, agradeciéndome también.

Me encontré a Becca y a mi hermana comiendo con mi madre en la cocina. En el reloj la hora se pasaba de las siete de la tarde y rasqué mi cabeza. Me sentía fuera de lugar saliendo del cuarto de Lena, como si todo ahora volviera a ser lo mismo de siempre, sin chicas hermosas de ojos verdes con las que despertar «no, no había pensado eso, no».

—Miren quién ha vuelto a nuestro aburrido mundo —tomé asiento junto a Alex y le dediqué una mueca burlona a Becca. Mi madre puso una mano en mi frente y me pasó una taza con un líquido de un olor horrible.
—¿Cómo te sientes?
—Muy bien.
—Todos se sentirían así de bien si durmieran con alguien como tú amiga.
—¡Alex! —refunfuñó Becca pero Alex solo sonrió.
—¿Qué? Es cierto. La tal Lena se la pasó dos días junto a su cama y luego volvió para dormir con ella. Cuando fui estaba agarrada como garrapata a Kara.
—Lena estaba cansada y... Es mi amiga. ¿Bien?
—¿Solo es eso, Kara?
—Mamá, no tú también —me cubrí la cara con vergüenza. Todos tenían esa intención de hacerme pasar por lo mismo.
—Solo era curiosidad.
—Lena tiene sus propios problemas y toda su vida, y...
—Eso no significa que ella no guste de ti.
—Alex, ella no gusta de mí.
—¿Le has preguntado? —dijo mi madre bajando la voz. Bien, ahora todas estaban en mi contra. Conspiración, conspiración en contra del alien. Las miré incrédula.
—¿Cómo voy a preguntarle si... ? ¡No gusta de mí!
—No sabes eso. Pero si puedo opinar, como alguien totalmente imparcial que apenas la conoce, no muchas amigas hacen lo que ella hizo por ti estos últimos días.
—Becca, en serio que no... No pasa nada entre Lena y yo. Solo somos buenas amigas, de verdad no entiendo esa obsesión que tienen ustedes y Maggie con inventarse cosas.
—Así que no somos las únicas que lo creen —replicó Alex entrecerrando los ojos.
—Saben, iré a ducharme. Si escucho algo más de ustedes me volveré loca.

—¡Tendrás que afrontar tus sentimientos en algún momento, Kara! —escuché gritar a mi hermana una vez que yo ya había salido de la cocina y me dirigía al baño. Iba a contestarle cuando me giré y ví que Lena se ponía su chaqueta, ahí en medio de la sala. Rao y todas las condenadas estrellas del universo. Claro que había escuchado todo, tampoco es que fuera sorda.

Yo seguía ahí sorprendida por verla pero Lena solo levantó la vista, como si recién me notara, para saludarme sin decir palabra. Con un movimiento de la cabeza se despidió, se dirigió a la puerta y no volví a verla en lo que restó del día.

Sin duda toda la mala suerte que existía en el espacio se había concentrado en mí. No encontraba otra explicación.