Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total, di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES 18.


Capítulo revisado por la editora Karla Ragnard

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Capítulo 8:

Recuerdos

Abby continuaba mirándolo, medio coqueta como ella solía ser y medio sorprendida.

—Es un agrado conocerla —añadió Edward.

Las miradas iban y venían, contagiándose de una conexión que no supe describir de la manera correcta, no tenía las palabras. También sentía que, de alguna forma, eran miradas similares, lo que realmente no tenía mucho sentido. Pero ¿qué tenía sentido desde que conocí a este príncipe? Nada en absoluto.

—¿Tú? ¿ Píncipe? —inquirió ella de forma muy inocente.

Edward volvió a sonreír, manteniendo una expresión preciosa en sus labios.

—Así es, su Majestad —le respondió a Abby.

Ella se giró con una sonrisa para mí y abrió sus inmensos ojos marrones.

—¡Mami! ¡Un píncipe! —me dijo con total emoción.

A ella le encantaban los cuentos de hadas, desde que era una bebé le contaba de ellos, siempre inculcándole la fantasía, pero también haciéndole valer su gran poder de princesa, sin ser débil ni ver el amor como una idealización que podía arruinarle su autoestima. Ahora, veía a Edward como en la fantasía, sumida en esa imagen que posiblemente no creyó tener en carne y hueso. ¿Cómo no? Si verlo era envolverse en la imagen más hermosa de aquellos príncipes encantadores que no existían.

—Soy el príncipe Edward, su Majestad —expresó él, volviendo a hacer una reverencia.

Ella se llevó un dedo a los labios mientras sonreía.

—Respóndele cómo te llamas —le susurré al oído.

—¡Soy Abby! —exclamó, abrazada a mí.

—Encantado de conocerla.

Mi pequeña volvió a sonreír, lo que a Edward le provocó una más.

—Es su hija, ¿no, milady?

Me mordí el labio inferior, sabiendo que ser madre soltera iba a alejarlo, lo que a su vez me hizo fruncir el ceño ante mis ocurrencias. ¿Por qué simplemente no me dedicaba a ayudarlo? Él ni siquiera estaba interesado en mí como para verlo de esa manera.

—Sí —respondí, mirándola con orgullo.

—Oh, pero qué tenemos aquí —chilló Sue, acercándose a nosotros mientras movía las caderas—. No me dijiste que teníamos una visita tan… sinigual.

Mi amiga lo contemplaba con cierta extrañeza, pero también observando su total belleza. No pasaba desapercibida.

—Soy Sue —exclamó, ofreciéndole la mano.

Edward no la tomó, pero se agachó suavemente. Ella se llevó la mano al pecho y sonrió, maravillada.

—¿Estás soltero? —inquirió de pronto.

—¡Sue! —la regañé.

Tomé a Edward del brazo y lo alejé de ella, dándole una mirada de disculpa.

—Es una amiga y está un poco loca —le comenté.

Mientras lo invitaba a que fuera a la mesa, mi hija nos seguía, metiéndose entre mis piernas para verlo con sigilo. Parecía muy interesada en él. Edward se dio cuenta de su pequeña admiradora, sonriendo en el instante.

—Ahora que estás soltero, ¿vas a invitarme a salir? —preguntó Sue, ahora acosando a Emmett. Los dos estaban detrás de nosotros.

—Lo siento, mis amigos están algo dementes —señalé a Edward.

—Tiene una familia interesante, milady, en especial su pequeña.

Se volvieron a observar y Abby escondió su rostro en mi vientre, dando otra mirada contemplativa a él.

Mi hija me ayudó a poner la mesa y finalmente llevamos mi invitado a esta. Él miraba con mucha ilusión las brillantes luces de la lámpara principal, abriendo la boca ante la impresión de las pequeñas lágrimas de la decoración de esta; era una chuchería que encontré en una tienda de antigüedades.

—Eso brilla mucho —me dijo, apuntando a las luces.

Sue y Emmett lo seguían mirando extrañado, mientras yo sonreía ante su ternura. Podía ser muy raro, pero no había nada malo en ello para mí.

Encendí mi equipo de música y puse algo de clásica, recordando que le había gustado la melodía de aquella simple orquesta en la calle. En cuanto lo escuchó, sus ojos brillaron con intensidad.

—¿Esa cosa emite sonidos sin necesidad de tener a los músicos en palacio, milady? —me preguntó, ampliando la mirada.

—Sí —respondí paciente—. ¿Te gusta cómo suena?

—Me encanta, milady.

Nos sonreímos.

Para cuando me di cuenta de cómo latía mi corazón, decidí que era mejor servir los platos para todos.

Mi quiche de calabacín fue la estrella de la noche, en especial para mi hija, a quien le encantaba. En cuanto a Edward, al probar por primera vez, suspiró, ampliando mi sonrisa de alegría.

—Tiene una mano fantástica —exclamó al terminar de saborear—. Es un honor para mí. Nunca había probado algo así, y conozco la mejor mesa de mi mundo. Cura, cuida y cocina, ¿qué más hace?

—Puedes averiguarlo —dije sin pensar.

Emmett y Sue por poco botan el vino de sus bocas. Por mi parte, intenté ocultar mi sonrojo, sintiéndome algo torpe y enfocándome netamente en darle de comer a mi hija, que seguía mirando a Edward con los ojos brillantes.

—Qué bella corona, Majestad —afirmó él, mirando la tiara de plástico que le había comprado en una tienda de Manhattan.

Abby sonrió, haciendo que sus mejillas se vieran mucho más redondas.

—Milady, ¿a qué reino pertenece tan noble princesa…?

Me eché a reír.

—El reino de la comida china —bromeé.

Él frunció el ceño.

—¿Cuál es ese?

Dios, era tan inocente y tierno.

—No lo conozco. Quizá pueda llevarme ahí. ¿Es usted parte de ello también?

Negué.

—Es un lugar… Bueno, muy difícil de llegar ahí.

—Vuestro reino es tan extraño —afirmó—. Pero me siento más a gusto aquí, con usted, especialmente ante la pequeña princesa del reino de… la comida china. —Se rascó la nuca, algo confundido.

Emmett y Sue se miraron unos segundos, más extrañados aún.

—Bien, tengo que recoger, creo que todos nos merecemos un descanso, sé que ha sido un día difícil —dije, levantándome de la silla.

Todos se reincorporaron, incluido Edward, que me miraba tomar los platos para llevarlos al fregadero.

—Pero ¿no tiene a nadie que haga eso por usted? En palacio quienes comemos no lavamos…

—Bueno, en mi palacio no tengo quién haga esas cosas por mí, por lo que me toca a mí limpiar.

Frunció el ceño.

—Qué extraño mundo.

Solo me reí y abrí la llave del agua para remojar la vajilla. A los segundos lo sentí a mi lado, mientras Sue ayudaba a Abby a limpiarse la cara y Emmett sacudía el mantel.

—Espere, tampoco es como que tenga que hacerlo usted.

Lo miré sin entender.

—Déjeme a mí.

Se me dibujó una sonrisa.

—Creí que el príncipe no se mojaba las manos.

—Usted dijo que es vuestro mundo y palacio, el invitado soy yo, es mi deber.

Demonios, ¿qué clase de hombre era este?

Tuve que despertar de la ensoñación y hacerme a un lado, porque hablaba muy en serio.

—¿Cómo se hace?

Arqueé las cejas y apreté las manos de ternura.

—Toma la esponja, le pones un poco de jabón y agua, y… ¡ voila!, mezcla perfecta, la pasas por el plato y enjuagas. Fácil. ¿no?

—Eso creo —masculló, rascándose la nuca.

Puse los ojos en blanco, pero divertida.

—Te ayudaré.

Me puse entremedio para ayudarle a tomar la esponja y el jabón.

—Espere, me acomodaré —susurró, pasando los brazos por mis costados, detrás de mí, muy cerca y pegando su pecho a mi espalda.

Si fuera el hombre promedio al que suelo conocer, habría pensado que era la típica táctica para estar cerca de mí, pero Edward no era así.

Intenté concentrarme y enseñarle cómo frotar, por lo que llevó sus manos a las mías para hacerlo como yo. Tuve que cerrar los ojos un momento, porque me estaba respirando en el cuello y el contacto con su piel mojada me estaba electrificando.

—¿Lo ves? Es fácil.

Podía sentir cómo me olía y luego botaba el aire. Me erizaba los vellos del cuerpo y me tenía temblando.

—¿Quieres hacerlo tú? —Me atreví a mirar y descubrí que él lo hacía conmigo desde mucho antes. Sus ojos verdes se mantuvieron tan intensos como la primera vez que lo vi, me parecían tan bellos…

Tuve que tomar aire y separarme, no estaba bien que me involucrara con alguien a quien apenas conocía y que ni siquiera tenía un nombre real. Mantener las distancias era prudente, porque podría ser un loco y un…

Claro que no, algo muy dentro de mí me decía a gritos quién era Edward, como si lo conociera, como sí… llevara años buscándolo. ¡No tenía sentido!

Caminé hacia el umbral de la puerta.

—¿Podrás solo?

—Claro que sí —respondió, carraspeando—. Descanse, milady, yo puedo hacerlo.

Asentí y me marché para ir a por mi hija.

Cuando la sostuve en mis brazos, de inmediato me preguntó por él. Parecía hipnotizada con el príncipe Edward.

—Creo que madre e hija están maravilladas por ese desconocido —señaló Sue mientras Emmett alzaba la ceja.

—No sé de qué hablas. —Quise huir como una cobarde; no acostumbraba a asumir mis sentimientos de forma tan fácil.

—Oh, vamos, Bella. Nunca te había visto mirar a un hombre como lo haces con él —dijo Sue, picándome el hombro con sus uñas.

La ignoré, no queriendo complicarme la vida por otro hombre. La verdad, desde que había sucedido aquello con Félix, no me sentía capaz de amar y tampoco de conocer a alguien. Además, Edward necesitaba encontrar su camino y claramente conmigo no iba a hacerlo.

Sue finalmente se fue a su departamento y Emmett emprendió rumbo al suyo junto con Edward, que observaba las cosas en mi hogar con la atención de un niño pequeño. Al momento de irse, solo nos miramos una última vez, sin decir nada más, enfocándonos en los gestos de despedida, sabiendo que, si Dios quería, nos podríamos volver a ver.

Luego de ponerme pijama y amarrar los globitos en el cabecero de mi cama, contemplando el gesto dulce del príncipe al regalármelos sin pensarlo, busqué un par de edredones y una almohada para llevarlas al departamento de Emmett, quien era un pésimo anfitrión, si era sincera.

Respiré hondo y una vez que me aseguré de que Abby dormía profundamente, fui hasta la puerta de mi amigo. Cuando quien me abrió fue Edward, me atraganté con mi propio aire. No esperaba verlo tan pronto.

—Hola —saludé—. Espero que ya te hayan preparado la cama. Es buena idea que descanses luego de tan pesado día.

—¿Y usted dónde dormirá? —inquirió de forma inocente.

—En mi cama —le respondí, despreocupada—. Estoy a unos metros, por si me necesitas. Te he traído esto para que pases el frío, sé que Emmett es un hombre de sangre caliente que cree que todos lo son.

Pestañeó en cuanto tuvo los edredones entre sus manos, sin saber qué hacer con ellos. En un momento sintió el aroma de estos y sonrió.

—Huelen a usted, milady.

—¿A mí?

—Sí. Es inconfundible.

Me sonrojé, como cada vez que dejaba escapar esas palabras tan… inocentes.

Para calmar mi reacción y que no lo notara, dejé los edredones en el sofá y comencé a armar una cama improvisada. Emmett ya se había ido a dormir, podía escuchar los ronquidos detrás de la puerta de su habitación.

—Hey, no, no es necesario, vaya a dormir usted a su cama, no me sentiría cómodo si no es así.

Me crucé de brazos y lo miré recelosa.

—¿Cuál es el problema, Príncipe Encantador? —Le sonreí.

—Usted es una chica, yo un caballero, permítame hacerlo.

—Oh, no, eso es muy machista. Soy mujer, no débil.

Se sorprendió.

—En mi mundo las mujeres no somos doncellas frágiles, podemos hacer más de lo que crees —enfaticé, poniéndome una mano en la cintura—. Te sorprenderías de lo que somos ahora.

Arqueó las cejas y levantó las manos.

—No creo que ustedes sean frágiles, en absoluto.

Enarqué una ceja.

—¿Entonces?

—Solo… tómelo como una atención, soy el invitado.

Bufé, moviendo mi flequillo.

—Te daré el beneficio de la duda solo porque lavaste los platos. —Sonreí—. Y espero no escuchar respuestas anticuadas, no conmigo.

—Entendido —respondió.

Suspiré.

—Buenas noches, Edward.

—Buenas noches, milady.

Esperé a que siguiera haciendo su cama improvisada en el incómodo sofá de Emmett y me devolví a mi departamento, dándole otra mirada curiosa y deseosa de encontrarnos como se nos estaba haciendo costumbre. Era inevitable hacerlo, en especial cuando mi vientre se estremecía al toparme con sus hermosos ojos verdes.

Cuando me metí a mi habitación y miré la inmensidad de mi cama, solo pude cerrar los párpados unos segundos y luego meterme en ella, necesitaba descansar. Había sido un largo día.

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Me movía de lado a lado en la cama, no encontraba la posición más cómoda por más que lo intentara. De un momento a otro golpeé los edredones y bufé, moviendo mi flequillo como era mi costumbre. Tenía el rostro mirando al techo y el cuerpo rígido como tabla.

«No duermo nunca y ahora tengo insomnio».

Me abracé a la almohada y miré a la ventana a falta de otra cosa.

No podía dejar de pensar en el hombre que estaba a escasos metros de mí, era como si mi mente fuera incapaz de alejarlo. Bueno, la verdad era que desde que apareció en mi vida yo parecía atraerlo a donde quiera que yo tuviera que ir.

—Y lo he traído al departamento de mi mejor amigo —susurré.

Nunca había hecho eso, siempre tan precavida, desconfiada y lejana. Y heme aquí.

Bufé por enésima vez y me reincorporé, poniendo la espalda en el cabecero.

—Necesito despejarme los sesos o acabaré vuelta una loca —hablé, corriendo los edredones con rabia y caminando en puntillas hacia el pasillo.

Afuera no se oía nada y mis gatos estaban durmiendo en su gigante centro de juegos, mientras que mi hija se mantenía tranquila entre sus edredones. Y ahí, en mi soledad, salí de mi piso para acercarme a la puerta de Emmett, atraída a la idea de ver a Edward. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, quise huir, acobardada por lo que cruzaba mi corazón. Sin embargo, una voz me hizo parar.

—¿Milady?

Di un salto y me llevé una mano al pecho.

—¿Sí?

—¿Usted tampoco puede dormir?

Tenía el cabello más desordenado y tras la oscuridad su rostro solo asumía una seriedad que llamó mi atención.

—No —dije finalmente.

Me acerqué.

—¿No estás cómodo?

Negó.

—No es eso. Solo me he puesto a pensar.

—¿Al menos es en algo bueno?

Se encogió de hombros.

—En algo que me cuesta explicar. ¿Y usted?

—Bueno… —No quería decirle que estaba pensando en él—. En nada, solo estoy algo inquieta porque la comida me revolvió el estómago.

Asintió pensativo.

—¿Sabes? Hay un remedio para el insomnio —dije.

—¿Sí? ¿Qué?

—La leche caliente con canela.

Sonrió.

—¿Quieres un poco?

—Me encantaría.

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Nos sentamos en el sofá, con ambas manos sujetando una humeante taza de leche caliente y canela.

—Mmm… —murmuró luego de darle un sorbo—. Está increíble.

—Es otro secreto de la abuela, solía darme una taza antes de dormir, nunca he tenido un buen dormir y hoy ha sido peor que nunca. —Me reí quedamente.

Ladeó la cabeza.

—¿Ella vive aquí, en esta tierra?

Moví mis dedos en torno a la taza y lo miré a los ojos.

—No, ella murió cuando tenía quince años.

—Oh, lo siento mucho.

—Descuida, pasó hace mucho tiempo.

—Sus ojos no dicen lo mismo, como hace un rato, cuando me hablaba del… ¿Orfanato?

Suspiré.

Había olvidado que iba a contárselo.

—Viví hasta los siete años en un hogar de niños abandonados.

Frunció el ceño.

—Mis padres no podían cuidarme porque no estaban facultados y mi abuela intentó quedarse conmigo sin resultados. Toda una infancia viviendo de sitio en sitio, deseando que ella me llevara consigo. Fue triste, sentir que no perteneces a ningún lugar, que no hay calor y solo existe el frío. —Tragué—. Ella logró quedarse conmigo cuando cumplí esos anhelados siete años, donde conocí el amor. Dios, era una mujer tan bella, tan cálida, nos amábamos. Luego de eso, papá pudo estar capacitado para cuidarme y volvió a mi vida, arrepentido y dolido por el tiempo que tuvo que estar separado de mí.

Él me oía con atención y muy concentrado.

—Pero mi abuela era mi mejor amiga. —Sonreí a la vez que sentía los ojos escocidos de tristeza—. Me acompañó en esos desvelos hasta que descubrieron una enfermedad incurable en sus huesos, lo que le provocaba mucho dolor. El pronóstico era fatídico y no teníamos dinero para costearlo, así que pronto vi su luz apagarse hasta que no pudo levantarse otra vez.

Hice una pausa para calmar la angustia de los recuerdos y luego proseguí.

—La cuidé cuanto pude hasta que se marchó, para mi cumpleaños número quince. Estábamos solas y yo le cantaba una canción, fue bastante bonito, me hizo prometerle que iría a la universidad y que buscaría la forma de ser feliz. —Me encogí de hombros—. Digamos que cumplí, estudié para cuidar de personas como ella y ha sido una elección de la que jamás me arrepentiré.

Edward estaba en silencio y me miraba muy atento, contemplando mis expresiones y la tristeza que me embargaba.

—Ojalá nunca perdiéramos a quienes amamos, pero es inevitable, se van, nada es para siempre.

Él miró a su taza unos segundos y luego entrecerró los ojos.

—Perdí a mi madre a los quince, así como tú. Madre falleció envenenada.

Emití un jadeo, muy sorprendida.

—Nunca supimos quién lo hizo, pero lo que más duele no es eso, sino ver partir a la persona que más amas en el mundo —señaló con los ojos brillantes—. Era joven, bella, dulce… mi madre. La extraño.

Puse mi mano instintivamente en su brazo y él buscó el contacto con rapidez.

—Nada es para siempre, eventualmente… las cosas acaban —susurré—. Por eso hay que disfrutarlas sin pensar en el futuro.

Asintió con lentitud.

—¿Le confieso algo?

—Claro.

—No sabes cuánto agradezco que haya sido usted, milady, quien haya llegado a mi camino, regresar a mi hogar no será fácil, pero mientras usted esté junto a mí, todo es mejor.

No supe qué decirle, así que solo sonreí.

—¿Qué más necesitas para dormir, Príncipe Encantador? —le dije con dulzura.

—Solo que se quede conmigo, eso es suficiente.

—Por supuesto —susurré.

¿Cómo se llama ese silencio cómodo y cálido entre dos personas? Porque eso sentía con él. Parecía que el ambiente estaba hecho para ambos.

A los minutos sentí su respiración pesada y su cabeza cayendo ligeramente hacia mi hombro, fue sorpresivo, pero agradable.

—¿Qué me sucede contigo, Edward? —pregunté, sintiendo un nudo en mi garganta.

Me levanté, le quité la taza y lo hice caer suavemente sobre las cobijas y luego lo arropé con cariño en el sofá. Antes de irme lo observé, tan pacífico y quieto, respirando lleno de paz. Me resultaba tan increíble que hasta hacía dos meses él pudo morir.

Qué angustia.

Me devolví a la cama, los ojos me pesaban.

Bajo las mantas cerré los ojos y me trasporté a los momentos en que mi abuela se quedaba junto a mí, sentada justo de lado, poniendo sus manos sobre el doblez del edredón.

" —Abuela, he tenido un sueño —murmuré, restregándome los ojos.

—¿Otro más? —inquirió con suavidad—. ¿Es él otra vez?

Asentí con un nudo en la garganta.

—Me buscaba, está más grande y más guapo, aún no puedo verle la cara, abuela, pero su olor… ¡sigue siendo el mismo!

—Hija mía, es un sueño…

—No, tú sabes que no es normal, cuando era pequeña lo veía pequeño, luego crecí y lo vi crecer, ahora tengo catorce y… se ve como yo, de la misma edad. Sigue usando esas ropas raras, pero es el mismo, abuela… y yo no sé qué hacer, porque su olor…

Me quedé callada cuando vi su rostro marcado de preocupación.

—Sé que te parece una locura, pero me desespera, abuela, ¿por qué lo veo? Quiero tocarlo, pedirle que se quede, es una necesidad extraña, me aprieta el corazón.

Me acariciaba el cabello con suavidad, esperando a que me quedara dormida otra vez, pero yo no quería hacerlo, porque de hacerlo volvería a soñar con él y eso me angustiaba, porque nunca podía verlo de frente y no podía asumir que jamás nos encontraríamos.

—¿Algún día lo podré conocer? —pregunté ante una respuesta más que obvia.

Mi abuela puso los labios en línea recta y suspiró.

—Por alguna razón lo ves, recuerda siempre que todo tiene un por qué. Duerme, cariño, necesitas descansar.

Asentí obediente y me dejé consolar, porque otra vez estaba envuelta en lágrimas, hasta quedarme dormida.

Mientras me transportaba a ese mundo llamado sueños, me vi atrapada nuevamente por ese aroma, lo más característico de él.

—¿Bella?

Me giré.

—Estás aquí.

—Déjame verte, por favor.

—Eso intento, pero no puedo.

Tragué, muy triste.

—Quiero verte, Bella, dime ¿cómo?

Me giré, tanteando en la oscuridad, desesperada por sentirlo… hasta que topé con su mano.

—Eres tú…

—Lo soy —dije.

Su tacto resultaba cálido, como si siempre hubiera pertenecido a mí y yo a él. Me atrajo, buscándome con necesidad y pude sentir su aliento contra mi rostro, lo que me hizo cerrar los ojos por un segundo.

—Mírame.

—Lo haré —dije con la voz rasposa.

Subí mi mirada de a poco, esperando encontrarme con su rostro y lo único que vislumbré fueron unos intensos ojos verdes, un verde que nunca olvidaría".

Me reincorporé de golpe, sintiendo el sudor en mi espalda. Mi respiración estaba enloquecida y mi corazón palpitaba de manera grotesca en mi pecho, sentía que estaba en mi garganta y que no podía ventilar.

Había soñado y recordado todo…

Esos ojos verdes.

Apreté los edredones.

No podía ser él.


Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Las cosas entre estos dos están cada día más naturales, con mucho amor para dar. ¿Qué ha soñado Bella? ¿Qué significa eso? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

Agradezco los comentarios de AnabellaCS, sollpz1305, marieisahale, aliceforever85, SeguidoradeChile, Wendy, Belli swan dwyer, MariaL8, krisr0405, MasenSwan, lolitanabo, Tereyasha Mooz, Pam Malfoy Black, Vall, Mar91, Techu, bbluelilas, saraipineda44, Liliana Macias, Ivette marmolejo, alyssag19, Coni, BreezeCullenSwan, esme575, dana masen cullen, Brenda Cullenn, Lore562, jenni317, rosycanul10, Rose Hernandez, TheYos16, alejandra1987, Yoliki, alejandra1987, Mime Herondale, patymdn, Bitah, viridianaconticruz, Liz Vidal, catableu, Jeli, calia19, cavendano13, Majo, Diana, Gladys Nilda, Toy Princes, BellaWoods, Pameva, Vero Morales, LadyRedScarlet, NarMaVeg, CCar, Brenda naser, Jocelyn, Santa, marifercullenpotter, Freedom2604, GabySS501, Noriitha, EloRicardes, maribel hernandez cullen, Valevalverde57, ale173, esme575, Ana Karina, DanitLuna, Rero96, diana0426a, Tata XOXO, Melany, Eli mMsen, michi'cullen, Ady denice, ConiLizzy, miriarvi23, Alejandra Va, Erikay2003, Mapi, Maryluna, CazaDragones, jackierys, Naara Selene, luisita, morenita88, merodeadores1996, Valentina Paez, Kamile Pattz-Cullen, barbya95, kathlenayala, Pancardo, miop, rjnavajas, ELLIana11, llucena928, Dominic Muoz Leiva, Adriu, Gibel, Eriika0705, nydiac10, Damaris14, Andrea San Martin Campos, MakarenaL, Claribel Cabrera, Natimendoza98, Sther Evans, Valeeecu, kaja0507, NoeLiia, Yesenia Tovar, MarieCullen28, lovelyfaith, valentinadelafuente, PRISGPE, Flor Santana, Wenday, beakis, Angelus285, ELIZABETH, viridianahernandez1656, Aidee Bells, Bobby Nat, patymdn, Vanina Iliana, debynoe12, jupy, sool21, AndreaSL, Angel twilighter, ibeth garcia, Smedina, Mary Hale, weirdandmore, Mar91, LuAnKa, Jade HSos y Guest, espero volver a leerlas nuevamente, cada gracias que ustedes me dejan es invaluable para mí, no tienen idea del impacto que significa su cariño, entusiasmo y palabras, de verdad gracias

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