Antes de cerrar sus ojos vio el cristal destruido.
Antes de cerrar sus ojos vio morir a Valkyon.
Antes de cerrar sus ojos se marchó con la preocupación de qué pasaría con él... con Nervra.
La noche antes de la batalla habían hecho el amor como despedida, por si uno de los dos moría. Claro que se habían planteado esa posibilidad, no obstante, no habían pensado que uno, en vez de morir, podría correr con la suerte de dormir dentro del cristal para salvar a toda Eldarya mientras que el otro se quedaba allí suspendido en el mundo.
Erika lo pensó, en un microsegundo lo pensó. Mientras veía que el cristal daba su último suspiro ella pensó en no entrar, en quedarse junto a él, hacer el amor una y mil veces más, cuidarlo y amarlo hasta que el mundo acabara. Pero ella lo amaba realmente, lo amaba tanto que no podía ver un mundo en el que su amado sufría; se negaba a eso.
Juntó sus temores y miró a Leiftan quien le devolvió la mirada.
—Yo te sigo a donde tú vayas. —le dijo. Pero ella se sintió incómoda porque si ella escogía sacrificarse Leiftan también lo haría.
—No quiero que tú...
—Comparte esa carga conmigo. No te dejaré sola. —él le estiró la mano. Una mano tentadora que ella tomó con un poco de miedo, o quizás adrenalina, excitación, pues su futuro estaba dictado por lo desconocido.
Ingresaron juntos y se unieron al cristal que luego dejó de existir para convertirse en algo nuevo.
Dentro del nuevo cristal Erika pudo ver a Nevra llegar.
—Nevra... —murmuró despacio. —lo siento.
—Yo te sigo a donde tú vayas. Compartiremos juntos esta carga... no te dejaré sola. Lo juro... lo juro. —fue lo último que escuchó decir a Leiftan.
Ambos cerraron los ojos y durmieron abrazados por siete años.
Siete largos años.
Esperando.
Durmiendo.
Soñando entre los cálidos brazos del otro.
El cristal brilló y los aengels abrieron los ojos. Ya no estaban en la comodidad de ese sueño.
Cuando abrió los ojos estaba apoyada en el cristal dentro de una sala completamente extraña. Tenía frío. Estaba desnuda al igual que Leiftan.
Una mujer que limpiaba la sala salió corriendo en busca de ayuda en la enfermería.
Los vistieron allí mismo y los auscultaron.
Leiftan tomó su mano y la apretó con ternura, él sabía exactamente dónde estaba. Sin embargo, ella no, estaba perdida. Sólo esperaba una cosa, la llegada de Nevra.
Parte 8
Por un momento me sentí perdido, otra vez. Escondí mi cara entre mis manos asimilando lo que había pasado. Las miradas que antes habían estado sobre mí ahora se alejaban para acompañar y cuidar a los aengels. Después de todo, ellos eran las divinidades, las personas más importantes de toda Eldarya.
La única que se quedó en esa sala fue Karenn quien se me acercó. Me acarició con dulzura la mejilla y pegó su frente a la mía para darme aquella contención que yo necesitaba en ese momento, —quizás para ser una brújula pues yo, su hermano mayor, me hallaba perdido —pero me alejé bruscamente, no quería su lástima y aunque escuché que me llamaba yo no me quedé.
Vomité en el baño; mi estómago estaba revuelto. Enfermo, incapaz de quedarme a la vista del mundo ese día. Me sentía desnudo, la llegada de Erika había sacado a relucir los sentimientos que yo obstinadamente había tratado de esconder.
Caminé por el pasillo en dirección a mi cuarto; allí me encerraría. En el camino me encontré con una persona que preguntó si era verdad que Erika y Leiftan habían vuelto desde el cristal.
—No lo sé, pregúntale a Valarian. —respondí con un poco de brusquedad.
—Pero...
—¡Te digo que no lo sé! —le grité. Al hacerlo mi mente se nubló, tuve que apoyarme en el muchacho que me había hablado pues había perdido el equilibrio. —Perdón. —balbucee. —Pregúntale a Valarian, yo no sé si esto es real o es sólo una pesadilla.
—¡Nevra!
Mi mente se volvía más borrosa. Escuché decir a aquel muchacho que me ayudaba que quería llevarme a la enfermería, pero yo me negué. Quería estar tranquilo, quería estar solo. No quería que me vieran en esta condición tan lastimera.
Afirmándome en la pared llegué hasta la puerta de mi habitación e ingresé. Cerré con llave y apoyé mi espalda tras la puerta mientras mis ojos se llenaban de lágrimas, mismas lágrimas que habían corrido por mis mejillas cuando tuve a Valkyon muerto entre mis brazos sabiendo que todo iba a cambiar desde ese momento. Eran esas mismas lágrimas que habían recorrido mi piel en soledad cuando Ezarel y Miiko se habían marchado de la ciudad.
Si la muerte estaba allí prefería que me llevara, pues el sentimiento de tristeza y desesperación amenazaban con ahogarme.
No lloré como un niño pequeño, lloré como un hombre adulto que una vez lo había perdido todo y que ahora tenía un vestigio del pasado que daba sus primeros pasos en la tierra, mi tierra, la que yo había cuidado. Ese vestigio que se había acercado, ese vestigio de pasado que yo había rechazado a pesar de lo mucho que lo había esperado. Erika era ese vestigio, esa huella que había quedado en mí y que nunca se había retirado a pesar de lo mucho que había deseado que se fuera. Pero Erika ya no era un vestigio, no era un recuerdo. Era real, estaba presente. Había sentido sus hombros bajo mis manos tensas.
Erika era tan real como aquel rostro de desilusión que yo había visto en ella cuando le di mi "cariñosa" bienvenida.
—¿Qué haces aquí? Tú no deberías estar aquí.
Mis lágrimas volvieron a rodar por mis ojos y yo no entendía la razón. Ahora no sabía si me sentía triste por mi pasado, por su regreso o por lo que yo cruelmente le había dicho... después de todo, ella no merecía eso y, en realidad, yo también tenía muchas cosas guardadas.
Pasé allí encerrado toda la tarde, Brezna debía entender cómo me sentía pues no se había aparecido por mi habitación; aunque yo tampoco quería que viniese. No por ahora.
Me acosté temprano con miedo de ir a cenar; no quería ver a nadie. Casi a la noche sentí llegar a mi hermana. Abrí la puerta porque realmente tenía hambre y la dejé pasar con algo de comida. Se sentó cerca de mí, en silencio, mirando el piso mientras yo comía con desespero. Cuando me detuve eructé sabiendo que a mi hermana no le gustarían mis malos modales, pero no dijo nada, es más, me miró fijamente y me sonrió. Acercó su mano a mi cara y me acarició, yo le devolví una triste sonrisa, la mejor que tuve en ese momento.
No me dijo nada, aunque yo sabía lo que ella quería. Karenn quería que yo fuera feliz, Karenn quería que yo supiera que ella me apoyaba pasara lo que pasara, eligiera lo que eligiera. Nuestro amor era puro. Al verla me di cuenta de que realmente aquella mujer ya no era la adolecente inmadura que una vez había sido.
—¿Dónde está? —pregunté cuando vi que Karenn se había levantado para irse.
—En la enfermería. —se giró y me contestó. —¿La irás a ver?
—No... —vacilé. —tal vez... puede ser. Quizás sí. Mañana.
La vi asentir para luego alejarse. Cerré mi puerta con llave. Y como había pasado en la tarde, Brezna no apareció para dormir.
...
Antes de ir a la reunión matutina pasé a la enfermería con la excusa de hablar con los aengels. Me indicaron dos habitaciones.
—La habitación derecha es donde está Leiftan y en la habitación izquierda está Erika.
—Gracias. —asentí.
Pasé directamente al cuarto de Erika; no tenía ningún asunto que tratar con Leiftan... al menos ninguno segundos antes de abrir la puerta porque cuando ingresé al cuarto lo primero que vi fue a dos personas acurrucadas durmiendo.
Sentí una punzada de dolor crecer cada vez más.
Los celos de verla en brazos de otros cuando yo mismo la había alejado.
Irónicos celos de quien se había revolcado con otra sólo para olvidarla a ella... a Erika.
