Un ángel y un demonio

"There's a lot of things you need to get across this universe. Warp drive… wormhole refractors… You know the thing you need most of all? You need a hand to hold", The Doctor.


Octubre de 1917 en el calendario Juliano.

Habían pasado más de cien años desde que Izuku se había confesado.

Cien años, por supuesto, eran una eternidad para un ser humano. Eran muy pocos los que lograban vivir esa cantidad de años. Parecía demasiado tiempo para andar y para caminar.

Para un ángel y un demonio desamparados en la tierra, cien años eran apenas un parpadeo. Cien años funcionaban para que Katsuki se hiciera a la idea de lo que decía Izuku. Para que comprendiera lo que buscaba cuando entrelaza sus dedos con los suyos.

Ni los demonios ni los ángeles entendían el contacto de los humanos. Sus besos, sus pasiones. A veces ni siquiera sus luchas.

Pero aun así Izuku lo había arrastrado a Moscú. Estaban allí desde febrero. Eran los últimos días de octubre en el calendario Juliano. Para el resto del mundo, los primeros días de noviembre [1]. Habían visto todo. La caída del zar. El descontento con el gobierno provisional. La agitación de los bolcheviques [2]. El resto de Europa se pudría en las trincheras de la Gran Guerra mientras Rusia se rebelaba. Las batallas no eran lo que habían sido antes. Los poderosos las vigilaban desde la retaguardia mientras sacaban soldados de cualquier parte, buscando llevarse un pedazo de tierra o de riqueza.

Así que, finalmente, Katsuki e Izuku se refugiaron en Moscú.

Nadie podía verlos, después de todo.

Pero tras milenios de horrores, de que pasaran a la Historia las grandes batallas y no los grandes amores, Izuku decía que al menos Rusia era interesante.

Quizá era porque peleaban contra los amos.

Quién sabe.

Quizá era porque los comunistas no creían en Dios ni en ninguna religión e Izuku, tras miles y miles de años de ver como los poderes superiores e inferiores de la tierra la desdeñaban, necesita constatar que la Tierra podía seguir aún sin creer en aquellos que ha habían olvidado.

Quizá así era libre.

Afuera, el mundo estaba rebelándose.

Adentro, en un cuarto abandonado que no alquilaron porque son invisibles a los ojos de cualquier otro, Katsuki entendió.

«Si mi vida fuera tan breve como la de un humano, Kacchan, querría que fuera a tu lado».

Fueron las trincheras las que lo pusieron todo en perspectiva: ver a los soldados mandando sus últimas cartas de amor, empañadas de mortalidad y desesperación. Una súplica a lo más alto rogando por no morir. Miles y miles de soldados que pasaron sus últimos días y sus últimas horas lejos de aquellos a quienes amaban.

—Izuku —llamó.

El demonio se volteó y sonrió.

—¿Kacchan?

—Quiero probar algo —le dijo.

Extendió su mano en un claro gesto invitándolo a que se acercara. Nunca habían tenido demasiado contacto físico. Los ángeles y los demonios no tenían ese tipo de necesidades fisiológicas. Pero esa vez, Katsuki tenía curiosidad.

Izuku se acercó.

Afuera se oían gritos, desorden. Era imposible tener un día tranquilo desde la Revolución de Febrero y todo el mundo llevaba días agitados. En el cuarto de enfrente imprimían panfletos que repartían todo el día. Katsuki nunca los había visto, pero lo sabía, como sabía los nombres de todos y cada uno de los soldados muertos en las trincheras y de todos y cada uno de los revolucionarios y de todos y cada los hombres que había en el mundo ese día. Simplemente era algo que cabía en su mente.

Era imposible mantenerlo callado.

Izuku se sentó frente a él.

—Pensé en lo que dijiste.

—Digo muchas cosas —aclaró Izuku.

Sí, por supuesto, hablaba demasiado. Era incapaz de dejarlo tranquilo por años enteros. Siempre tenía un comentario sobre la humanidad, el destino, el futuro, su vida, sus sentimientos… Sobre todo sobre sus sentimientos. Hablaba demasiado sobre sus sentimientos.

—Lo has dicho varias veces —añadió Katsuki—. Sobre que si nuestras vidas fueran tan cortas…

—Lo sé. Lo sé. —Izuku lo cortó. No se ruborizó porque los demonios no se ruborizaban. Pero si hubiera sido humano, después de observarlos por milenios, Katsuki supuso que lo hubiera hecho—. Sigo pensando así. ¿Lo sabes, no?

—No voy a olvidarlo. Es demasiado reciente. Son solo cien años.

El tiempo era relativo.

—¿Entonces?

—Quiero probar algo —insistió Katsuki—. Acércate más.

Izuku le hizo caso.

Kacchan estiró un dedo hasta la barbilla de Izuku. De los nervios, el demonio extendió sus alas negras. Katsuki contuvo las ganas de reírse de él.

—Más cerca —pidió.

—¿Qué intentas, Kacchan? —preguntó Izuku.

—Más cerca —repitió.

Lo adivinaría. Tendría que adivinarlo. Habían observado a los humanos durante demasiado tiempo como para que no se diera cuenta del gesto, para que no notara que los dedos de Kacchan estaban intentando que alzara a cabeza.

Se acercó un poco más.

—Kacchan…

—Dime si no quieres —pidió Katsuki—. No sé qué… No sé cómo… Sólo supongo… Porque… lo he…

—Hazlo. También tengo curiosidad —dijo Izuku.

Katsuki fue quien terminó de acortar la distancia entre ambos. Posó sus labios sobre los de Izuku y se quedó allí congelado un momento hasta que Izuku movió los suyos, imitando lo que hacían otros humanos al besarse.

Afuera se estaba gestando una revolución.

Adentro un ángel y un demonio se estaban besando por primera vez.

Katsuki pensó que la sensación de unos labios sobre los suyos —cuando Izuku y él se habían tocado tan pocas veces— era curiosa. No pudo decir por qué otros lo hacían con tanta pasión, con tanta vehemencia y arrebato, con tanta desesperación, entregándose a un gesto así.

Lo entendió un poco más cuando Izuku se separó de él y extraño su tacto, sus labios.

—Katsuki —llamó Izuku y él lo buscó con la mirada, súbitamente perdido. Como si el demonio se hubiera convertido en su nuevo centro de gravedad y gracias a él pudiera seguir manteniendo los pies en la tierra.

Quizá por eso lo hacían los humanos. Era como flotar.

—Hazlo otra vez —pidió Izuku.

Katsuki lo besó de nuevo.

—Otra —insistió Izuku.

De nuevo.

—Otra.

Lo hizo hasta que se aprendió los labios de Izuku, hasta que entendió todos sus movimientos y pudo bailar con él el mismo vaivén.

Nunca antes un demonio ni un ángel habían besado y, por primera vez, tras milenios sobre la tierra, el cielo y el infierno se habían unido de nuevo.


[1] La rusa zarista mantuvo el calendario juliano mucho tiempo, cuando todo el mundo usaba ya el gregoriano. Tras la revolución de Octubre (que fue en noviembre de 1917 en el calendario gregoriano), los bolcheviques lo abolieron.

[2] Grupo radicalizad del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Encabezado, durante la revolución de Octubre, por Lenin.

1) Lo de que lo iba a acabar en octubre fue mentira cochina. Pero ya después de este sólo me falta un capítulo de este slow-burn milenario, sí que sí.

2) Si me conocen, entenderán por qué elegí la Revolución Rusa. Já.


Andrea Poulain