Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


7. Confunde y Reinaras


Tres días después, Naruto amanecía una vez más con la imagen del muchacho en la cabeza.

En realidad, aquella visión de Hin vistiéndose a orillas del lago, con el pelo moreno mojado y los ojos plateados, enormes, lo mortificaba a cada instante. El laird se preguntaba una y otra vez si el castigo impuesto había sido justo, dado que el pillastre no conocía sus costumbres y no podía saber que el hecho de salir a hurtadillas de la fortaleza en plena noche, dejando además una puerta abierta, constituía un delito grave. Pero no se arrepentía, porque, por muy severo que pudiera parecer, estaba convencido de que aprendería la lección.

Pese a todo, no había podido evitar bajar a la mazmorra, la misma noche de su encierro, para dejarle una de sus pieles más abrigadas. Lo encontró dormido, aovillado sobre el suelo, y tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no sacarlo de allí y devolverlo al calor de su choza, junto a su familia. En aquel momento vislumbró la debilidad que Hin despertaba en él y no le gustó. Por eso lo dejó allí; y por eso, tres días después, aún no le había concedido la libertad.

Eso no significaba que no pensara en él. Constantemente. ¿Qué iba a hacer con ese muchacho?

Kizashi le había confesado que quería entrenarse con los hombres, que él mismo le estaba enseñando el manejo de la espada. Naruto no creía que Hin estuviera capacitado aún para ello. Su cuerpo era débil, su aspecto desvalido lo convertía en un blanco fácil. Ese aire de inocencia que le rodeaba, el mismo que a él le había fascinado desde el principio, confundiéndolo con una criatura salida de las fábulas, lo incapacitaba para convertirse en un temible guerrero.

Sin embargo, como deferencia hacia Kizashi y a su familia, que una vez le ayudaron desinteresadamente y que ahora lo habían dejado todo para unirse a su clan, estaba decidido a convertir a la piltrafa que habían adoptado en todo un hombre.

El porqué ese chico de pronto era tan importante para él y le obsesionaba era todo un misterio. Y no quería ahondar en los extraños sentimientos que lo asolaban cuando su imagen regresaba a su cabeza con insistencia... Jamás había tenido a nadie así bajo su cargo, eso era. La novedad, la compasión por esa criatura frágil era lo que conseguía perturbarlo, se dijo.

Ese día se levantó decidido a terminar con el castigo. Se vistió rápido, pero, antes de poder dirigirse a la mazmorra, uno de sus consejeros lo interceptó en el gran salón.

—Laird, ha llegado un mensaje para ti.

El viejo Danzo le tendió el pergamino para que lo leyera. Por su gesto, Naruto estaba convencido de que él ya era conocedor de su contenido. Con un suspiro resignado, lo desenvolvió y estudió la escueta nota, donde le anunciaban la visita del laird del clan vecino, Darui MacNab, en unos días.

—¿Sabemos el motivo que lo trae a Innis Rasengan? —preguntó.

—Puedo intuirlo, pero no lo sé con certeza.

—¿El ataque a los Hyuga?

El viejo Danzo asintió sin dejar de observar la expresión de su señor. Por fortuna, Naruto había aprendido a disimular muy bien sus emociones y no dejó traslucir lo que realmente pensaba de la visita.

—¿Doy orden de que vayan preparándolo todo para cuando lleguen?

—Sí. MacNab será tratado con la hospitalidad que merece.

Se alejó sin dar más explicaciones y al consejero le quedó la duda de la índole de esa hospitalidad. Algunas veces, el carácter cerrado de aquel muchacho exasperaba al viejo Danzo, pero no le quedaba más remedio que tolerarlo. Sin duda, no era como su antecesor, pero eso no significaba que no pudiera llegar a ganárselo para volver a ser él, a través de sus consejos, quien gobernara el clan Namikaze como había estado haciendo siempre.

Nada más bajar los escalones que daban acceso a las mazmorras, Naruto notó que la temperatura descendía varios grados. Se acercó a la puerta de la celda donde había metido a Hin tres días atrás y le pidió al guardia que la abriera.

—¿El prisionero ha dado problemas?

—No, laird. El primer día protestó un poco, pero después ha estado callado todo el tiempo.

Sus palabras incomodaron a Naruto. Entró en aquel cubículo que, por primera vez, notó que apestaba, y buscó en la penumbra hasta dar con la figura del muchacho. Estaba tirado en el suelo, pero se levantó en cuanto vio que alguien lo observaba desde la puerta.

—¿Has aprendido la lección? —le espetó el laird, que no podía ver bien en esa oscuridad los rasgos de Hin.

—¿Qué lección? —osó preguntar. Su voz sonaba cansada y afónica por la falta de uso.

—Chico, ¿eres duro de mollera, o qué?

Hinata no contestó. No tenía que hacerlo, ¿verdad? El laird ya se había formado su opinión, nada de lo que dijera podría cambiarla.

—Dime que no vas a volver a poner en peligro a mi gente —le pidió, apuntándolo con un dedo.

—Nunca fue mi intención hacer tal cosa —susurró, sin prometer nada para el futuro.

—Bien. —Naruto pareció darse por satisfecho con esa afirmación—. Te creo. Eres tan inconsciente que no podías saber lo grave que es dejar la portezuela abierta en mitad de la noche —lo dijo como si de verdad pensara que Hin era tonto desde su nacimiento—. Pero yo lo arreglaré. A partir de ahora, estás bajo mi cargo. Yo te enseñaré a comportarte como un auténtico Namikaze, y a pensar como tal. Le tengo mucho aprecio a Kizashi, pero no creo que sea una buena influencia para ti... Es demasiado blando contigo. Así no aprenderás nunca.

Las palabras del laird le congelaron la sangre en las venas. Hinata estuvo tentada de gritarle que prefería mil veces quedarse encerrada en esa pestilente mazmorra que convertirse en su "pupilo".

—¿No dices nada?

—¿Qué podría decir, laird?

Naruto bufó, exasperado. Cada vez estaba más convencido de que el muchacho no tenía arreglo, pero no podía hacer otra cosa. Se había convertido en una auténtica obsesión para él, debía transformarlo en un hombre. Uno que no se distinguiera del resto, que pasara desapercibido en el grupo de guerreros, para ver si así podía dejar de pensar en esos ojos grises que lo martirizaban cada noche.

Cuando Mebuki la vio aparecer, ahogó una exclamación de alivio. La acogió entre sus brazos y la estrujó tan fuerte que Hinata pensó que le quebraría alguna costilla.

—Llevo tres días sin dormir. ¿Qué hiciste, demonio? ¿Por qué el laird te castigó en las mazmorras?

La preocupación en su voz provocó un nudo de emoción en su garganta. Solo su padre, sus hermanos y su querida Natsu habían demostrado un cariño tan sincero hacia ella. Hinata lamentó haber ocasionado la zozobra de la mujer.

—Ignoraba que el laird se tomara la seguridad del castillo tan a pecho. Ya no se me olvidará más.

Mebuki se apartó con un chasquido de sus labios y la observó de arriba abajo.

—Estás más delgado y demacrado, necesitas descansar. —Luego se acercó de nuevo y arrugó la nariz—. Y un baño, con urgencia.

—Un baño es lo que me metió en este lío —protestó Hinata—. Además, el señor me ha pedido que me reúna con él en el patio de entrenamiento enseguida.

—Enseguida es un concepto con muchos matices. Primero te asearás, luego tomarás un caldo caliente y entonces, y solo entonces, podrás ir a ver qué quiere el laird.

Hinata abrió la boca para protestar, pero la mujer tiró de su brazo en dirección a su choza y no tuvo opción de resistirse. Por suerte, la edad del muchacho obligaba a Mebuki a dejarle intimidad para sus abluciones, así que Hinata pudo lavarse con el agua del barreño y cambiarse de ropa sin preocuparse de que descubrieran su identidad. Cuando estuvo lista, se reunió con ella en las cocinas y tomó el desayuno que su cuerpo le pedía a gritos, bajo la atenta mirada de los demás sirvientes. Algunos movían la cabeza con desaprobación, y otros, como la joven Suiren, la miraban como si tras su breve estancia en las mazmorras tuviera un aire mucho más interesante.

—Dime, Hin —le preguntó, sentándose a su lado con un parpadeo coqueto—, ¿es verdad que ahí abajo se escuchan los lamentos de los hombres torturados en el pasado?

Hinata notó un desagradable escalofrío en la nuca. ¿Qué clase de persona sentía esa macabra curiosidad? Se separó de ella antes de hablar.

—Yo no he escuchado nada.

Suiren se pegó de nuevo a ella.

—¿Ni siquiera por las noches? —susurró.

—Ahí abajo está tan oscuro que no podía distinguir cuándo era de día o de noche, así que no, lo siento.

Sin más, se levantó y salió de la cocina. No quería seguir respondiendo a sus preguntas y soportando esa mirada depredadora sobre ella. ¿De verdad esa joven estaba interesada? ¿Encontraba su disfraz de hombre atractivo? Hinata sacudió la cabeza, confundida. Tendría que tener mucho cuidado con Suiren si no quería que descubriera lo que se escondía bajo sus ropas de muchacho.

Echó a correr cuando las campanas de la capilla empezaron a sonar, temiendo la reprimenda del laird por haberse entretenido tanto. Cuando llegó al patio de armas se encontró con que los hombres ya habían comenzado los entrenamientos.

Buscó con la mirada hasta que dio con la enorme figura de Naruto Namikaze, que combatía con la espada contra uno de sus guerreros. Sin duda, era un hombre temible. Sus golpes eran duros y secos, contundentes. Su expresión concentrada le recordó a su hermano Neji, porque poseía la misma intensidad y la misma entrega en la lid. Pero, por contra, Neji jamás había demostrado ser tan despiadado con sus enemigos...

No quiso recordar el día del ataque, ni los rumores esparcidos acerca de la suerte corrida por su querido Tokuma, porque tenía miedo de su propia reacción. Allí había muchas armas... ¿Y si, fingiendo torpeza, una de esas espadas tan afiladas se clavaba en la espalda del laird por error?

—Vamos, Hinata, concéntrate —se reprendió a sí misma.

La idea era una auténtica estupidez nacida de la rabia que le roía las tripas cada vez que lo miraba. Lo más probable era que si osaba hacer tal cosa, un guerrero tan entrenado como Naruto Namikaze esquivara el ataque con facilidad y ella acabara muerta por su impulsividad.

—Hin, muchacho, me alegro de verte.

La voz amable de Kizashi la sacó de sus peligrosas cavilaciones. El hombre la miró con sus ojos bondadosos y, al igual que había hecho Mebuki un rato antes, repasó su aspecto para cerciorarse de que estaba bien.

—No te preocupes, hace falta algo más que unos días en las mazmorras para acabar conmigo. —Intentó sonreír, pero sus labios no obedecieron. Lo único que consiguió fue una mueca tirante.

—Más vale que eso sea cierto —siseó una voz a su espalda—, porque te aseguro que tus días de encierro no serán nada comparados con lo que te espera.

Hinata se estremeció al escuchar la fría advertencia del laird. Se giró para encontrarle mirándola fijamente, con las piernas separadas y los brazos cruzados sobre el pecho desnudo. Cielo Santo, ese hombre era enorme. Podría partirla en dos solo con sus manos.

—Coge una espada —le ordenó.

Ella tragó saliva. Miró a su alrededor, dudando.

—Toma, muchacho —le dijo Shikamaru, el segundo al mando de aquella tropa que Naruto entrenaba. Le ofreció su enorme espada y ella la cogió con dedos temblorosos.

Apenas podía sostenerla, pero se situó frente al laird levantando la barbilla, dispuesta a hacerlo lo mejor posible.

No se esperaba el ataque.

Naruto profirió un terrible grito y se lanzó contra ella sin previo aviso. Hinata retrocedió un paso y solo tuvo tiempo de elevar el arma lo justo para detener el golpe del guerrero. El dolor se extendió por sus brazos y sacudió todo su cuerpo. Sus manos dejaron caer el acero y trastabilló hacia atrás, al tiempo que los hombres que contemplaban la escena estallaban en carcajadas. Sin embargo, cuando levantó la vista hacia el rostro del laird, este no se reía. La observaba con el ceño fruncido y los labios apretados en una línea de decepción.

—Eres demasiado blando, no eres digno de sostener una espada.

Hinata no dijo nada, no podía hablar. ¡Cuánto deseaba tener la fuerza de sus hermanos! Si hubiera sido un varón, ahora no se encontraría en esa tesitura. Si ella fuera Neji, habría podido detener el ataque de aquel miserable y le habría hundido la espada en el pecho sin vacilar. Sus pensamientos debieron traslucirse en su rostro, porque el laird cambió su expresión y dio un paso hacia ella.

—Si consigo encauzar en la dirección adecuada toda esa rabia que leo en tus ojos, tal vez haga de ti un hombre.

—Intentaré no defraudaros, señor —las palabras se le escaparon entre los dientes con un claro tinte de arrogancia.

Naruto esbozó una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

—Más te vale —amenazó.

Odiaba a ese hombre.

No podía ser de otra forma. Naruto Namikaze se ganaba su animadversión día a día, con cada uno de sus gestos, con cada palabra que salía de su boca. Incluso aunque no lo creyera el asesino de su hermano, lo detestaría con toda su alma.

—Sube más los brazos —le espetaba, una y otra vez—. No, así no... Eres muy flojo, Hin... ¡Sujeta bien la espada! Vamos, prueba de nuevo...

¡Dios bendito! Era incansable, no la dejaba respirar. El primer día de entrenamiento, la puso a acarrear piedras en la zona donde otros hombres reparaban la muralla, en el ala este del castillo. Dijo que así sus músculos se desarrollarían.

Antes de la hora del almuerzo, Hinata se había desmayado por el sobreesfuerzo.

El segundo día, la colocó frente a un muñeco de paja y le entregó una espada que apenas podía levantar. Le ordenó cortarle la cabeza al espantapájaros de un solo golpe, ante la mirada atenta y divertida del resto de los hombres.

Las primeras intentonas provocaron carcajadas y comentarios jocosos acerca de la escasa fuerza de Hin, que no conseguía elevar el acero más allá de las piernas del muñeco. Naruto no la dejó descansar y, al final, el pobre muñeco acabó destrozado... pero con la cabeza aún pegada a sus hombros. El laird bufó su descontento hasta que a Hinata le ardieron las orejas de humillación.

El tercer día, Naruto le dio un escudo de madera y ordenó a los demás que la atacaran con sus armas. Su misión: protegerse y repeler los ataques en la medida de lo posible. Por la noche, Hinata tenía moratones por todo el cuerpo, aunque la peor parte se la había llevado sin duda su trasero. Los brutales envites de sus compañeros consiguieron que ella cayera de culo una y otra vez, para su mortificación.

El cuarto día, y el quinto, y el sexto, fueron igual de desastrosos y extenuantes. Una semana después de haber comenzado su adiestramiento, Hinata estaba convencida de que Naruto Namikaze la mataría igual que había hecho con Tokuma. Solo que a ella le quitaría la vida poco a poco, lentamente, porque el padecimiento al que la sometía durante los entrenamientos no podía encontrar otro final.

¿Y todo para qué?.

pensaba Hinata, deprimida.

Para nada, esa era la verdad. Porque los otros guerreros Namikaze aún no le habían otorgado su confianza. Cada vez que intentaba acercarse a ellos para conversar, se reían en su cara o le daban la espalda. Algunos, incluso, escupían en el suelo cuando se dirigía a ellos, solo para que le quedara bien claro lo mucho que la despreciaban. A sus ojos, el muchacho Hin era un auténtico deshonor para su ejército.

—Yo creo que lo estás haciendo bien —le dijo Kizashi, al séptimo día, mientras Hin recogía todas las armas tiradas por el suelo del patio como le habían ordenado.

—¿Entonces por qué me encomiendan las tareas de los escuderos? —se quejó.

—Porque si sigues así será lo único para lo que servirás.

El bramido furioso de Naruto a sus espaldas sorprendió a ambos. Hinata se giró y la visión del laird, vestido tan solo con el manto de los Namikaze enrollado a la cintura a modo de falda, la perturbó. Parecía un auténtico salvaje, con el pelo rubio alborotado por el entrenamiento y la expresión asesina de su rostro. El amplio y musculoso pecho desnudo señalado con sus cicatrices de batalla, los potentes brazos en jarras y las piernas separadas le daban un aire amenazador.

—¿Quieres ser un escudero toda tu vida, o quizá un insignificante sirviente? —lo azuzó.

Ese hombre vil disfrutaba insultándola. Tal vez fue aquel pensamiento el que le otorgó el valor suficiente para fruncir el ceño ante su mirada tenebrosa, porque se encontró respondiendo al laird de los Namikaze sin mostrar el más mínimo respeto.

—No creo que los sirvientes de tu casa sean insignificantes y es una ofensa que su propio laird opine algo así.

—¡Hin! —jadeó Kizashi, a su lado, sorprendido por la osadía.

Pero era tarde. Hinata sentía que la ira borbotaba en su interior y se rebelaba contra ese tirano que había convertido su vida en un infierno. Supo que, si tuviera fuerzas, si no se encontrase tan exhausta, se habría tirado sobre él para arañarle la cara e intentar sacarle los ojos.

A pesar de las consecuencias.

El rostro de Naruto se tornó más sombrío aún. Esa alimaña se atrevía a hacerle frente delante de sus guerreros, ¡intolerable! De dos zancadas llegó hasta él y le agarró por la pechera.

—¿Cómo osas hablarme en ese tono?

Sus ojos grises no mostraron ni una pizca de arrepentimiento. Aguantó estoicamente la embestida, aguardando el golpe que llegaría. Un puñetazo de ese animal podría matarla, era consciente, pero en ese momento le importaba bien poco. Si le escupía en la cara... ¿toda su gente recordaría el agravio después de su muerte? Sería una buena forma de dejar ese mundo, pensó, acumulando saliva detrás de sus mejillas mientras la zarandeaba.

Sin embargo, al ver que el chico no se arredraba, la mirada del laird se suavizó, y Hinata captó el sutil cambio. La expresión de su rostro dejó de ser pétrea para revelar algo parecido a la admiración, y el calor que encontró en su gesto disipó las ganas de escupirle. Un pensamiento estúpido se coló en su mente: es un hombre muy apuesto. Y se quedó embobada unos segundos, sumergida en aquella mirada profunda que pretendía tragársela entera.

Como si saliera de un sueño, Naruto parpadeó varias veces antes de soltarla, empujándola con fuerza para alejarla de sí. Kizashi la sujetó a tiempo para evitar que cayera de culo contra el suelo. El laird la apuntó con un dedo mientras profería el castigo por haberse atrevido a hablarle en ese modo.

—Ya que tan digno crees el trabajo de un sirviente, a partir de hoy, te limitarás a esas tareas. Serás mi ayuda de cámara, mi criado. Allá donde yo vaya, vendrás conmigo. Estarás pendiente de mis necesidades y de todo cuanto te ordene. ¿Queda claro? No hay más entrenamiento para ti, nunca llegarás a ser uno de mis guerreros. — Dicho lo cual, le dio la espalda y abandonó el patio como si lo llevara el mismísimo diablo.

Hinata quedó desolada. ¿Qué había hecho? Había perdido la oportunidad de llegar a ser uno más en el ejército de los Namikaze. Había echado a perder su única baza para que aquellos hombres rudos e insensibles la aceptaran como a un igual, y poder enterarse así de sus hazañas, de sus secretos inconfesables, de los pecados que les impedirían alcanzar el cielo prometido cuando fallecieran.

Porque, estaba convencida, todos ellos irían al infierno.

No podía ser de otro modo. No tenían piedad, no tenían respeto por nada que se saliese de sus normas, de su forma de pensar. Eran crueles, viscerales e irascibles. Igual que el laird que los comandaba.

Hinata revivió el momento en que sus ojos habían conectado, y volvió a sentir el mismo estremecimiento que la había recorrido de pies a cabeza. Pero, esta vez, no había sido un escalofrío de miedo. Que el cielo la ayudase, porque eso significaba que reconocía que Naruto Namikaze era más humano de lo que aparentaba y ella se había percatado.

¡No! No debía bajar la guardia, no debía permitir que un solo instante de debilidad cambiara la percepción que tenía acerca de él. Podía dejar de comportarse por unos segundos como el tirano que realmente era, pero eso no lo exculpaba de sus crímenes. Si Naruto Namikaze era, como sospechaba, el asesino de Tokuma, no merecía que ella cediera ni un ápice en su postura.

Lo odiaría hasta el final de los tiempos, no había más que hablar.

No entendía qué le estaba ocurriendo. Aquel muchacho lo enervaba como ninguna otra persona en el mundo. Era incapaz de mantener la calma y la compostura en su presencia... ¡tenía ganas de arrancarle el pellejo! Y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de controlar cada uno de sus movimientos, de vigilarlo, de velar por él.

Aquella semana se había convertido en un auténtico tormento. Veía la incapacidad del chico, cómo apretaba los dientes cada vez que le requería un esfuerzo excesivo y lo intentaba... sin conseguirlo. Varias veces lo dominó un extraño instinto protector que le dictaba que debía liberarlo de los complicados ejercicios a los que sometía al resto de los hombres; sin embargo, la tozudez de Hin lo dejaba sin argumentos.

Era evidente que el chico jamás llegaría a ser un buen soldado, pero se empeñaba en ello con toda su alma. Naruto admiraba ese rasgo de su carácter. Y también la ausencia de protestas. Jamás se quejaba, jamás emitía ningún gemido de dolor o de frustración. Solo apretaba los dientes, levantaba su pequeño mentón con firmeza, y volvía a intentarlo.

Por las noches, aún lo perseguía la imagen de su rostro de duende como una maldición. Hin era una debilidad que no comprendía y que no se podía permitir. Y aquel día, cuando se atrevió a amonestarlo delante de sus hombres, fue el colmo. ¡Por supuesto que Naruto no creía que los sirvientes de su casa fueran insignificantes! Pero aquel demonio sacaba lo peor que llevaba dentro. Y cuando lo había zarandeado, sus ojos... ¡Dios Todopoderoso! Por un momento, aquel irritante muchacho lo había mirado como lo miraría una joven obnubilada por su apostura. Conocía esa mirada, había tenido la suerte de recibir muchas de esas por parte de distintas mujeres y jamás las había desaprovechado. Pero Hin... ¡era un chico, por todos los infiernos!

Con todo, lo peor no había sido descubrir ese peculiar brillo de atracción en los ojos grises del chico. No, ni mucho menos.

Lo peor había sido el hecho de constatar que su estómago se había contraído ante esa mirada. Había reaccionado a ella, ¡su cuerpo había correspondido!

No lo comprendía. Jamás le habían gustado los afeminados, herencia que seguramente le había dejado la cruel tutela de su padre, que consideraba las prácticas sexuales entre dos hombres aberrantes. ¿Qué le estaba ocurriendo? Naruto, encerrado en su habitación por el bochorno que sentía, se tapó la cara con las manos. Tendría que haber echado de sus tierras a ese mocoso en cuanto se presentó ante él...

En lugar de eso, le había nombrado su criado personal.

¿Para qué? ¿Para tenerlo controlado, para poder verlo todos los días? Sabía que su decisión carecía de lógica y que su estabilidad emocional corría un grave peligro. Pero tenía que demostrarse a sí mismo que era capaz de superar aquella estúpida obsesión. Él no era esa clase de hombre, no se dejaría engatusar por los ojos grises de un duende, y se enfrentaría a ese demonio que ensombrecía su masculinidad costase lo que costase.

No salió de su cuarto en toda la tarde, sumido en sus propios pensamientos. Ya por la noche, unos tímidos golpes en la puerta llamaron su atención.

—Adelante.

El responsable de sus desvelos entró portando una bandeja con comida y una jarra de cerveza. Hin, cumpliendo con sus nuevas funciones, era el encargado de llevarle la cena, ya que el señor no había bajado al gran salón a la hora acostumbrada.

—Os traigo algo de comida, laird —le dijo en un susurro avergonzado—.También... también quería disculparme.

Naruto elevó una de sus cejas ante el tono contrito del muchacho.

—Kizashi te ha obligado, ¿no es así?

—Pues sí —admitió con sinceridad.

—Si no sientes realmente arrepentimiento por tus palabras de antes, prefiero que no me pidas perdón.

Hinata lo miró con fijeza, decidiendo si hacer caso a Kizashi o a su orgullo. Ese tiempo de vacilación le indicó a Naruto que si quería una verdadera disculpa, podía esperar sentado.

—De acuerdo, veo que eres más obstinado de lo que ya había advertido. Deja ahí la bandeja y lárgate —le espetó con sequedad.

Hinata obedeció, pero, antes de marcharse, se colocó frente al laird, con las manos en la espalda y las piernas separadas, intentando aparentar una masculinidad de la que carecía.

—Señor... yo... bueno, me gustaría saber en qué van a consistir mis nuevas tareas. Si no voy a entrenar con los otros hombres... ¿qué haré? ¿Volveré a las porquerizas?

A pesar de que intentaba sonar sumiso, el tono de Hin tenía cierto aire de rebeldía. Naruto no podía creerse que ese descarado tuviera la osadía de hablarle mirándolo a los ojos, sin amilanarse. No parecía el mismo que había llegado el primer día ante su presencia, cuando se escondía tras las faldas de Mebuki. Aunque, si mal no recordaba, siempre lo había mirado como si pensara que el señor de los Namikaze, a su juicio, mereciera todos los males del mundo.

Se levantó de la cama donde estaba sentado, solo para imponer su estatura al muchacho. Imitó su gesto y puso las manos detrás de la espalda, separando las piernas. Hinata sentía que aquel hombre enorme absorbía todo el aire y la luz de la habitación con su presencia. Tuvo la prudencia de temblar ligeramente al notar que la expresión del laird advertía del peligro que corría.

—Te dedicarás a lo que yo quiera que te dediques. Harás lo que yo quiera que hagas en cada momento, esas serán tus tareas. Te presentarás ante mi puerta al amanecer, todos los días, y ya iremos viendo cómo puedes serme útil.

Sus palabras estaban destinadas a aplastar la chispa de rebelión que desprendían aquellos ojos grises, pero obtuvieron el efecto contrario. Hin irguió aún más sus hombros y alzó la cabeza.

—Como ordenéis, mi señor —contestó, con un deje beligerante en su tono.

Salió del dormitorio enseguida, para no darle tiempo a reaccionar. Y Naruto pensó que ese muchacho tenía que estar mal de la cabeza para provocarlo de ese modo. Sin querer, se encontró admirando su enjuta figura y sus andares de niño... ¡Por las barbas de Lucifer! Sin duda, el chico le había contagiado alguna clase de enfermedad, porque lo que le ocurría con él no era normal.

No podía serlo, se dijo.

Un señor de las Highlands no podía estar encaprichándose de uno de sus sirvientes... Para colmo, varón y afeminado.

Continuará...