* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.
Advertencia: El contenido de este capítulo puede herir la susceptibilidad de algunos lectores, se recomienda discreción.
Capítulo 7
Oscuridad
Después de ese día, Ichiro y yo conversábamos cada vez que este iba a casa. Cuando hablaba con él, y me percataba del semblante tranquilo con el que Emiko nos apreciaba a lo lejos, confieso que en más de una ocasión pensé que realmente los tres podríamos formar una familia feliz.
Por supuesto, el tiempo sería el que me demostraría lo equivocado que estaba. Ese hombre embustero se las arregló para engatusarnos a los dos. Mostrándonos un falso cariño e interés por todo lo que necesitáramos o dijéramos, él nos hizo creer que realmente era un excelente candidato a esposo y padre.
Ichiro, aunque no era un hombre bien parecido, logró cautivar a mi madre con bienes materiales. Comprándole joyas lujosas y ropa de marca fue como logró hacer que cayera rendida a sus pies y conmigo pasó exactamente lo mismo.
A casi dos meses de conocerlo, me dio una enorme sorpresa cierto fin de semana que llegué de tomar unas clases de música gratis, cortesía del amable Sr. Yamaguchi.
—Bienvenido, Shiranui-kun.
—Buenas tardes, Ichiro-san —Le regresé el saludo mostrándole una pequeña sonrisa— ¿Estás esperando a mi madre?
—Sí, ella salió a comprar unas cosas para la cena. Hoy cenaré con ustedes.
—Eso es bueno, apuesto a que mamá debe estar feliz. —Para ese entonces, ya teniendo más confianza con él, mi voz era genuinamente amable.
—Además, quise venir el día de hoy para darte un obsequio.
Cuando me dijo esto tenía un vaso de agua en la mano, un vaso el cual casi cae al suelo debido a la enorme sorpresa que experimenté cuando me dijo eso. Me volví a verlo con cierta incredulidad y asombro mezclados en mi semblante. Al percatarse de esto, Ichiro ensanchó la sonrisa pretenciosa en su rostro.
—¿U-un obsequio? —Aunque lo intenté, mi voz no pudo evitar salir entre tartamudeos de asombro—¿Y eso por qué?
—Siempre le doy regalos a Emi-chan ¿qué tiene de malo darte uno a ti también ya que dentro de poco seremos familia? —Ichiro se levantó de su asiento y me observó directamente a los ojos con interés—Le comenté de esto a ella, y dijo que no había ningún problema.
No pude responder de inmediato debido a todos los sentimientos que se agolpaban en mi pecho. Hasta ese momento, los únicos que me habían dado regalos desinteresadamente habían sido Saburota y su madre. Claro que Emiko lo había hecho también de vez en cuando, sin embargo, sabía perfectamente que ella solo lo hacía pues sentía que era su obligación como mi madre, y no porque realmente lo hubiera deseado.
Sin embargo, ahí estaba Ichiro, queriendo darme un regalo también a pesar de que no hubiera ningún motivo especial para que lo hiciera. Me vi abrumado por estos pensamientos y sentimientos por algunos segundos hasta que regresé a la realidad, viéndome obligado a responder algo tan pronto como fuera posible:
—Ichiro-san, no es necesario que te molestes. No hay ninguna fecha especial ni nada por el estilo, por eso...
—Tonterías, no aceptaré un no por respuesta. —Interrumpió entre risas que debían ser alegres, pero por alguna extraña razón las percibí un tanto prepotentes—. Velo como un regalo de tu futuro padre.
Antes de poder seguirme negando Ichiro ya se había ido a la habitación de Emiko. Lo esperé expectante en silencio, mientras tanto mi pulso se aceleraba debido a los nervios e incertidumbre creciendo dentro de mí. Cuando apareció de nuevo abrí mis ojos desmesuradamente y me las arreglé a duras penas para contener una exclamación de asombro al ver lo que traía entre sus manos: un precioso bajo.
—Siempre me decías lo mucho que deseabas tener tu propio bajo. —Me explicó al tiempo que extendía sus brazos para acercármelo—. Así que aquí tienes, Shiranui-kun. Este bajo es todo tuyo.
—Yo... no puedo...—Negué con voz débil y ojos humedecidos pues ese regalo en verdad me había conmovido. Retrocedí unos pasos cortos hacia atrás.
—Claro que puedes, y lo harás.
Insistió Ichiro. Se acercó rápidamente para colocar el bajo entre mis brazos. Bajé la vista y mis ojos recorrieron cada parte de ese precioso instrumento que durante meses había añorado tanto. Era un precioso Shecter de un vibrante color azul metálico, sumamente estilizado y elegante. Al apreciar sus brillantes cuerdas, experimenté un intenso ardor recorrer mis dedos debido a las ansias por comenzar a tocarlo.
—Decidí escoger ese color azul debido a que me habías contado en una ocasión que te gustaba mucho el mar y las criaturas marinas, por eso creí que eso te gustaría más.
Tensé mis labios y cerré los ojos mordiendo mis lágrimas tras escuchar eso. No podía creer que incluso hubiera elegido minuciosamente el color en base a mis gustos.
—¿En serio está bien si me quedo con esto? —Pregunté con una voz tenue, desviando mi vista con timidez.
—Claro que sí. Ya te lo dije, Shiranui-kun... Es un regalo de tu futuro padre.
Le dirigí una rápida mirada con disimulo, Ichiro no dejaba de mostrarme una enorme sonrisa en un intento por terminar de convencerme. Por una vez decidí mandar mi orgullo al demonio pues sabía que con ese asombroso bajo en mis brazos podría seguir el camino para perseguir mi sueño de vivir de la música.
Me dejé derrotar por ese astuto zorro, me engatusó el interés de los bienes materiales. Debo admitir que cuando la amada música está de por medio, suelo perder el sentido común y mi raciocinio.
—Muchas gracias Ichiro-san, créeme que en verdad significa mucho para mí.
Le dije mientras le mostraba una enorme y dulce sonrisa sincera para darle veracidad a mis palabras. Ichiro avanzó unos pasos para colocarse delante de mí, tomó uno de mis hombros con cariño y me respondió apaciblemente:
—Estoy seguro que esto es el inicio de una feliz vida como familia, Shiranui.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando escuché que se atrevió a llamarme por mi nombre directamente y dejaba el sufijo "kun" atrás. Dudé por un momento si esto me agradaba, sin embargo, creí que estaba bien pues como él decía, en unos meses más nos íbamos a convertir en una familia.
No respondí nada, simplemente afirmé con mi cabeza levemente. Me perdí por un momento siendo incapaz de dejar de apreciar mi nuevo bajo, cuando sentir como Ichiro tomaba con fuerza mi barbilla entre sus dedos me hizo reaccionar. Levanté la vista con extrañeza para encontrar que este recorría cada rincón de mi rostro con sumo interés.
—Tu rostro se parece mucho al de Emi-chan, en verdad eres muy parecido a tu madre. —Habló con una voz extrañamente ansiosa que me hizo contener la respiración debido a los nervios—. Pero tienes esta piel morena y estos ojos verdes tan exóticos...
Por un momento mi cuerpo se paralizó, afortunadamente me las arreglé para separar mi rostro y retroceder lejos de él. Le respondí lo más calmadamente que me fue posible:
—Es obvio que estas características fueron herencia de mi padre. Pero él abandonó a mamá apenas nací, así que yo realmente nunca tuve un padre... Como sea, no tiene sentido seguir pensando en eso. Sé que estas características me diferencian de los demás, sin embargo, yo trato de no fijarme mucho en eso.
—Tienes razón, y es una forma muy admirable de verlo. Aun así, son características muy interesantes.
Experimenté una sensación de incomodidad cuando me percaté de como Ichiro me recorría con la mirada de pies a cabeza. En sus maquiavélicos ojos oscuros de zorro distinguí un brillo de interés que no pude definir bien que era. La incomodidad solo aumentó, motivo por el cual decidí alejarme del lugar cuanto antes.
—Ah, y-yo... Recordé que tengo tarea pendiente que hacer, además me gustaría probar el bajo para asegurarme que no tenga ningún problema. Nos vemos en la cena.
Me alejé lo más rápido que mis pasos me permitieron y logré encerrarme en mi habitación con éxito. Algo dentro de mí me dijo que lo mejor había sido huir, y que debía seguir haciéndolo.
Por desgracia estaba tan cautivado por mi regalo y la idea de tener una familia normal que muchas veces me obligaba a callar mis pensamientos inseguros. Ahora lo sé, debí hacerles caso a mis instintos en ese entonces.
Después de ese incidente, Ichiro continuó dándome un sinfín de regalos más. Una funda para mi bajo, revistas de música, cuadernos de partituras, todos eran obsequios que sin duda sabía iban a gustarme.
Los acepté gustoso y continuamos hablando, logró que aumentara mi confianza en él. A pesar de esto, poco a poco comencé a notar ciertos cambios en su comportamiento. Trataba siempre de buscar más acercamiento físico conmigo. Abrazos, tomarme de los hombros o acariciarme la cabeza eran acciones que a menudo buscaba obtener, por fortuna siempre me las arreglaba para evitarlo o no dejar que se concretaran.
Por otro lado, a menudo lo sorprendía observándome minuciosamente con demasiado interés, cosa que no me agradaba en lo más mínimo. Fue por esto que opté por seguir hablando con él, pero sin acercarme demasiado, huyendo a mi habitación siempre que lo considerara necesario.
Conforme pasaron los días y este comportamiento en Ichiro continuaba, seguí obteniendo pistas para darme cuenta de quién era él en realidad. A menudo cuando regresaba de la secundaria lo veía llegar a casa en un lujoso coche negro con vidrios polarizados. Siempre era acompañado por unos cuatro hombres corpulentos vestidos de negro que se veían hoscos y nada amigables.
Cuando se iba de casa a veces esos mismos hombres lo escoltaban a él y Emiko cuando subían al coche que iba a recogerlo y se iban a quien sabe dónde, probablemente al burdel donde trabajaba ella.
Tenía conversaciones telefónicas sospechosas y una noche descubrí algo particular. Desperté a media noche y escuché a Emiko e Ichiro conversando entre murmullos en la sala de nuestra casa. La curiosidad pudo más que mi prudencia y terminé por espiarlos por la puerta de mi habitación dejándola entre abierta.
Estaban hablando en voz baja inclinados en la mesa. Separaban con varios objetos algunas cosas que se encontraban encima del comedor y lo metían en bolsas. Enarqué los ojos con una inmensa atención y palidecí cuando me di cuenta de lo que era: diversos tipos de drogas.
—No olvides ofrecer este nuevo producto a tus clientes esta noche. —Le dijo Ichiro con una voz perversa a una cansada Emiko mientras le otorgaba diversas bolsas—. De esta manera seguiremos matando dos pájaros de un tiro. Los clientes no dejarán de ir a mi negocio en busca del placer obtenido por ustedes y las drogas que les damos.
—Si... Puedes confiar en mí, Ichiro-san.
Pude captar un atisbo de temor en la voz de Emiko, a pesar de esto, ella se las arregló para forzarle una cariñosa sonrisa a su prometido ¿En qué demonios se había metido mi madre?
—Así que tu prometido resultó no ser solo un proxeneta, también es un yakuza.
Emiko, quien se encontraba comiendo en nuestra sala, dejó con un fuerte golpe sus cubiertos en la mesa. Con una actitud completamente indiferente me senté enfrente de ella y la fulminé con una mirada acusadora. Ella simplemente tensó sus labios y endureció su mirada.
Decidí enfrentarla cierto día en que logré encontrarla sola en casa, debía aprovechar que Ichiro no se encontraba con ella. Nuestras miradas se enfrentaron en un pesado silencio por algunos segundos hasta que ella respondió con voz átona:
—¿Qué te hace pensar tal locura?
—No tiene caso que sigas fingiendo. —Continué con rudeza, acomodándome mejor en mi asiento y cruzándome de brazos—. Esos misteriosos mastodontes que siempre lo acompañan, sus extrañas llamadas, los singulares negocios que maneja, la droga que vende...
Ante estas últimas palabras un ligero tic nervioso asomó en uno de sus ojos y palideció. Aun así, Emiko siguió en su fingida indiferencia al responderme:
—Y si Ichiro es un yakuza... ¿qué problema hay con eso?
—Que es un criminal, y si continuas a su lado te seguirá embarrando en sus delitos.
—Querrás decir... nos seguirá embarrando. —Apuntó con una cruel mueca asomando en sus labios pintados en un llamativo rojo.
—Habla solo por ti. Sabes bien que yo me largaré de aquí en cuanto entre a la preparatoria.
—Si es así, entonces no entiendo que más te preocupa en todo esto. —Reclamó con una voz seca y ofendida.
—Fuiste una escoria de madre—continué sin preocuparme de que mis palabras fueran a lastimarla. Emiko solo pudo tensar más su cuerpo y desviar sus furiosos ojos a un lado—, pero aun así creo que nadie se merece ir a prisión por culpa de alguien más.
—No seas ingenuo—habló esta vez con altanería—. Ichiro ha estado con la mafia por muchos años ya y siempre se las ha arreglado para huir de la policía. Nunca caerá preso, es muy astuto y confío plenamente en él.
—¿Entonces estás bien con seguir usando ese dinero sucio? —Exclamé con asco.
—No hay cosa como el dinero limpio o sucio. El dinero es solo dinero, es una de las cosas más importantes en este mundo. —Cambió a una mirada fría y obsesiva que me hizo experimentar una desagradable opresión en mi estómago—. No importa cómo se obtenga, es necesario en esta vida para poder continuar. Tú eres demasiado idiota e ingenuo para entenderlo.
Frente a mí, Emiko apretó su mandíbula. Su rostro contorsionado en una mezcla de miedo, pero deseo a la vez era la clara muestra de la lucha interna que parecía tener con su propia conciencia de lo que era correcto o incorrecto, así como el precio por obtener lo que deseabas.
Con esas extrañas actitudes suyas me di cuenta que probablemente era demasiado tarde para ella. La influencia de Ichiro, sus artimañas y falso amor ya habían hecho mella en Emiko, terminando corrompiéndola por completo.
—Entonces...—Dudé un momento en continuar, pero finalmente decidí hacer un último intento por hacerla entrar en razón—¿Estás bien con ser solo un adorno para él? Sé que no eres tonta Emiko, estoy seguro que te has dado cuenta que eres solo una herramienta para seguir con sus turbios negocios...
—¡Cállate, maldito bastardo infeliz! —Vociferó con rabia. Se levantó, tomó su vaso y lo lanzó con furia directo a mi rostro. Me las arreglé a duras penas para esquivarlo agachándome. El vaso terminó estrellándose contra la pared detrás mía y se hizo añicos. Emiko continuó con su tormentoso ataque verbal—: ¡No sabes nada! ¡No tienes idea de todos los sacrificios que tuve que hacer por ti, y a pesar de eso sigues empeñado en torturarme! ¿¡Por qué es tan difícil creer que Ichiro en verdad me ama!? ¡Tú solo eres una pequeña rata inmunda que desea verme en la ruina! ¡Pero nunca lo lograrás! ¿¡Entiendes!? ¡Nunca podrás hacerlo!
—¡Entonces púdrete en tu inmundicia, maldita bruja!
Le respondí con una voz envenenada en odio para después salir de casa dando un fuerte portazo. Me decepcioné tanto de mí mismo ese día. Aunque odiaba a Emiko, mi afligido corazón no podía evitar recordar que ella era mi madre, que ella era la persona que me había traído a este mundo.
Era por esto que a pesar de todo el mal que me había hecho, me traicionaba a mí mismo deseando su bienestar. Deseando que, por un milagro del cielo, algún día fuera a comportarse como una verdadera madre. En verdad había sido muy ingenuo.
A casi un mes de la supuesta boda de Emiko e Ichiro ocurrió esa espantosa pesadilla que me hizo darme cuenta que Emiko nunca podría amarme como lo hace una madre a un hijo.
Ese día llegué casi al anochecer a casa. Tratando de huir de mi "amorosa" nueva familia, además de acompañar a Saburota el cual seguía lidiando con los principios de alcoholismo de su madre, habíamos optado por practicar más tiempo en la tienda Si Bemol, así como perder el tiempo en el techo del complejo de departamentos escuchando música, como tantas veces lo hicimos en el pasado.
Apenas llegué, observé a la feliz pareja con unos cuantos papeles extendidos en la mesa, absortos en su plática y observándolos con sumo interés. Intenté hacer el menor ruido posible para que no se percataran de mi presencia, desafortunadamente no lo logré.
—Vaya, por fin llega el desaparecido. —Me habló Ichiro mientras se olvidaba de los papeles y centraba toda su atención en mí—. Bienvenido de vuelta, Shiranui.
Le regresé el saludo con desgano, observando de reojo el singular comportamiento de Emiko. Apenas se percató de mi presencia su piel se puso muy pálida, dejó su vista concentrada en mí mientras sus ojos se apreciaban vidriosos. Esto duró solo unos cuantos segundos, pues de un momento a otro desvío su vista y me dio la espalda en una actitud sospechosa.
Opté por ignorar esto y dirigirme a mi cuarto, para mi mala suerte Ichiro me lo impidió. Me habló con una voz alta y jovial, mostrando esa sonrisa de oreja a oreja que me resultaba tan irritable:
—Shiranui, queríamos pedir tu ayuda para algo. Ven un momento, por favor.
Gruñí a lo bajo buscando cualquier excusa para evitar ir con ellos, sin embargo, el singular comportamiento de Emiko seguía llamando mi atención. Pensando en que ya quedaba muy poco para que se casaran y que yo pudiera largarme de esa casa, supuse que no me haría daño fingir un poco más en lo que mi madre se empeñaba en irse sin retorno a arruinar su vida.
—¿Qué sucede? —Pregunté con falso interés, llegando al lado de la mesa.
—Emi-chan y yo estamos pensando seriamente en mudarnos unas semanas después de la boda. —Comenzó a explicar Ichiro sin despegar su vista de mi rostro—. Dime Shiranui ¿sigues con la idea de irte a vivir por tu cuenta? No es necesario eso, los tres podemos vivir cómodamente en una casa más...
—Ya tengo varios departamentos contemplados. Es un hecho que me mudaré yo solo una vez comience a estudiar la preparatoria.
Me apresuré en interrumpirlo y mentirle pues después de todo lo que había pasado en las últimas semanas en verdad tenía la necesidad de huir de esa espantosa familia. Escuché con sorpresa como Ichiro soltó una fuerte carcajada antes de dar su opinión, esto hizo que Emiko tuviera un pequeño sobresalto en su lugar:
—Vaya que eres un muchacho muy tenaz y perseverante. Tienes bien claras tus metas, no hay quien te haga cambiar de opinión. —Hizo una breve pausa tal vez esperando mi respuesta, al darse cuenta que no decía nada, prosiguió—: En fin, si ya estás convencido no podemos hacer nada al respecto. Entonces, ayúdanos a escoger una linda casa. Quiero tener también tu opinión para que estés seguro de que solo le daré lo mejor a Emi-chan.
—De acuerdo.
Respondí reprimiendo un gruñido de fastidio, repitiéndome a mí mismo que era lo último que tendría que soportar de ese enfermo par. Me senté en la mesa a un lado de Ichiro y comencé a examinar las fotografías de las casas sin mucho interés.
—Debes estar cansado ¿verdad, Shiranui? Emi-chan ¿por qué no vas a traerle un vaso de jugo a tu hijo?
Hice un leve asentimiento de cabeza, un solo movimiento que cambiaría para siempre mi vida. La actitud extraña de Emiko continuó, al escuchar esto noté como su cuerpo se tensaba y bajaba la vista, sin comprender nada observé que los labios de ella temblaban.
Los segundos continuaron pasando y Emiko seguía sin moverse. Percatándose de esto, Ichiro se volvió a verla frunciendo sus cejas con enfado. Volvió a hablarle con un tono autoritario:
—¿No escuchaste, Emi-chan? Dale algo de beber a Shiranui...
—Yo puedo hacerlo, Ichiro-san.
Interrumpí haciendo un ademán de levantarme. Apenas se percató de esto, Emiko se apresuró a ponerse de pie y dirigirse a la cocina mientras decía con nerviosismo:
—No... Ya lo hago yo.
Cuando Emiko me tendió el vaso con jugo me sorprendió ver que sus manos temblaban. Le dirigí una mirada de extrañeza ante lo cual desvió su rostro evadiendo mi mirada, de nueva cuenta sus ojos se apreciaban vidriosos. Tomé el jugo con urgencia pues en verdad estaba sediento. Apenas unos diez minutos después algo muy extraño comenzó a suceder conmigo.
Comencé a sentir un enorme adormecimiento, era tanto así que mis ojos se entrecerraban y me era imposible moverme normalmente, la cabeza no podía dejar de darme vueltas. Me levanté trabajosamente, ocasionando que a causa de mi extraño estado trastabillara hacia atrás, Ichiro no perdió tiempo e impidió que cayera sujetándome fuertemente de mis brazos. Tras unos segundos pude comprenderlo: Emiko puso algo en mi bebida que me dejó en ese estado.
Lo siguiente que recuerdo, solo aparece en mi mente como breves y borrosas manchas. Lo que Ichiro me hizo fue un acto tan atroz que supongo mi mente, como medio de auto defensa, optó por desaparecer lo más que se pudiera de esa espantosa tortura.
Recuerdo a Ichiro amarrándome a uno de los estantes de la cocina, comenzando a desnudarme con impaciencia. Recuerdo a Emiko levantándose y alejándose lentamente de la cocina. Recuerdo suplicarle a mi madre por ayuda entre gritos desgarradores para que evitara lo que Ichiro estaba por hacerme.
Extrañamente, si recuerdo a la perfección la mirada vacía de mi madre observando a la nada, su rostro surcado por unas enormes lágrimas mientras ella me decía con una voz plana y baja:
—Lo siento Shiranui, pero... Ichiro te desea... Él comenzó a desearte unas semanas después de conocerte. Esa fue su última condición para casarse conmigo, y así él desee a mi propio hijo, yo le daré todo lo que me pida si eso asegura que podré estar para siempre a su lado.
Después de terminar de destrozar mi de por sí ya herido corazón, Emiko salió de casa, dejando a su hijo abandonado a su suerte. Su ambición era tan grande que le entregó a su propio hijo a ese depravado sexual, un cruel demonio disfrazado de hombre que no tuvo ni la más pequeña muestra de compasión y decidió aceptar gustoso ese sacrificio.
Sin importar que yo fuera el hijo de su prometida, él abusó toda la noche de mí, y en su retorcida mente no paraba de decirme que el que fuera tan hermoso como mi madre y el singular color de mis ojos solo lo hacían desearme más. Ese hombre estaba enfermo, era un demonio viviendo en la Tierra.
Cuando se cansó de eso, Ichiro me dejó desnudo en el suelo y se fue de casa. Emiko y él no aparecieron durante todo el día. Yo permanecí durante horas acostado en el suelo sin poder dejar de llorar de rabia, frustración, tristeza, asco, desesperación, mientras me abrazaba a mí mismo.
Lo único que fui capaz de hacer fue tomar mi ropa y vestirme nuevamente para continuar acostado en el suelo, fui incapaz de moverme por un largo rato más. Así continuó pasando el tiempo hasta que escuché unos toques en la puerta. Me sobresalté y sin poder controlarme comencé a temblar de pies a cabeza ¿qué iba a hacer si era Ichiro? ¿Y si intentaba abusar de mí de nuevo?
—Shira... ¿estás ahí?
Mi corazón dio un vuelco al reconocer la voz de Saburota. Eso en lugar de alegrarme solo me hizo entristecer más. De nueva cuenta comencé a llorar a causa de la vergüenza que sentía al pensar en que no deseaba que mi mejor amigo, la persona más importante en mi vida, me viera en ese deplorable estado.
—Escucho ruidos adentro, estás ahí ¿verdad? —Insistió con esa voz siempre tan alegre—Ya que no viniste a la escuela pensé en venir a ver como estabas—Hubo un breve silencio, seguramente estaba esperando mi respuesta—Voy a entrar...
—¡N-no! —Me apresuré en responder, haciendo un esfuerzo sobre humano por acallar mi llanto—E-estoy bien, solo tengo algo de gripa.
—¿En serio? Te escuchas bastante mal —Reflexionó preocupado, tal parecía que no había logrado fingir en lo más mínimo— ¿No quieres que te llevemos al médico?
—No es necesario, seguro si guardo reposo para mañana estaré bien. —Contesté sin poder controlar mis lágrimas y el temblor en mi cuerpo.
—Bueno, entonces te haré compañía.
—¡No quiero contagiarte!
—¿De qué hablas, tonto? —Dijo entre risas—Siempre que estás enfermo me estornudas encima a propósito para enfermarme ¿y ahora resulta que te preocupa contagiarme? Vaya que estás muy raro hoy.
Comenzó a girar el pestillo de la puerta, motivo por el cual le grité con desesperación:
—¡Déjame solo! ¡En verdad tengo una gripa espantosa y no quiero ver a nadie! ¡Tan solo vete!
El movimiento de la puerta se detuvo apenas pronuncié esas palabras. Por segunda ocasión un pesado silencio se extendió alrededor hasta que Saburota me respondió con una voz baja y tímida:
—Vaya, se nota que hoy en verdad estás de muy mal humor. Está bien, te dejaré solo si es lo que deseas. Aun así, toma en cuenta que no saldré de casa en todo el día, por lo cual si necesitas cualquier cosa no dudes en llamarnos ¿de acuerdo? Recuerda que estamos aquí para ayudarte siempre, así que descansa mucho Shira Shira, nos vemos.
Escuché sus pasos alejándose y posteriormente el sonido de la puerta de su departamento cerrándose. Inmediatamente después cubrí mi rostro con mis manos, dejé escapar un desesperado grito y continué llorando amargamente.
Esa amable y dulce familia no se merecía tener a alguien como yo cerca de ellos, a alguien que había quedado manchado y marcado para siempre. Merecían la compañía de alguien mucho mejor que yo, de alguien que no fuera un bastardo malnacido, como mi madre siempre me había dicho.
¿Acaso había nacido solo para eso? ¿Para sufrir y hacer infelices a los que me rodeaban? ¿Acaso yo era el castigo de mi mamá? ¿Solo eso me esperaba en mi futuro, más sufrimiento y desesperación?
Con todos estos tortuosos pensamientos rondando por mi cabeza me levanté finalmente del suelo, y como si hubiera sido hipnotizado por alguien me dirigí mecánicamente a la cocina, tomé un filoso cuchillo agarrándolo fuertemente de su mango.
—"Saburota no se merece tener a una tan desagradable compañía como yo a su alrededor. —Pensé sonriendo amargamente, apuntando el cuchillo a mi muñeca izquierda—. Es una persona tan maravillosa, que merece a alguien que no haya sido profanado de esta forma. Le ahorraré el dolor de estar al lado de una persona tan sucia e infeliz como yo.
Y, por otro lado, no le daré la satisfacción a Emiko e Ichiro de seguir haciéndome sufrir y divertirse a sus anchas conmigo. No, les causaré un dolor terrible, un dolor tan espantoso que les haré arrepentirse cada día de lo que me hicieron. Tendrán que cargar con mi muerte en sus conciencias cada minuto de su miserable existencia".
En mi rostro se dibujó una cruel y ensombrecida sonrisa. Tras estos últimos pensamientos corté sin dudarlo mis muñecas con ese filoso cuchillo. De esos cortes comenzó a emanar sin detenerse ese líquido caliente y carmesí. Después, me vi rodeado por una inmensa oscuridad.
