Capítulo 7

LA VUELTA a casa fue rápida, tal y como Itachi le había dicho. Sakura se estaba acostumbrando a la vibración del motor entre sus piernas y a la emoción de subirse a una moto por primera vez cuando empezaron a bajar la cuesta que llevaba al garaje subterráneo.

Unos segundos después estaban en el ascensor, de camino al apartamento de Itachi. Este la miró fijamente, pero no la tocó, y ella aprovechó para intentar recuperar el aliento.

Salieron del ascensor, Sakura se alisó la falda y después se preguntó qué hacer con las manos. Una vez allí, sintió que tenía dudas.

–¿Sakura?

Itachi era tan alto, moreno y masculino que a ella se le aceleró el corazón. Era tan guapo...

–¿Sigues conmigo, princesa?

–Sí –susurró ella–. Sigo contigo.

Él la apoyó contra la puerta y le dio un apasionado beso que calmó todas sus dudas.

–Hueles a azúcar y a... cuero –le dijo Itachi, pasando los labios por su mandíbula y quitándole la chaqueta, que cayó al suelo.

Sakura se excitó al ver que la devoraba con la mirada, sintió que le temblaban las piernas y dio gracias de que Itachi la estuviese sujetando por la cintura.

Le acarició el trasero y Sakura gimió instintivamente contra sus labios, empezó a desabrocharle la camisa y se estremeció del deseo al poder acariciar su pecho desnudo.

Sus caricias despertaron en él un impulso primitivo y volvió a besarla, la apretó contra la puerta y contra su erección.

–¿Itachi?

Sakura echó la cabeza hacia atrás y se rindió a su masculina presencia entre las piernas.

Él juró entre dientes, la tomó en brazos y la llevó a su habitación.

Rompió momentáneamente el beso y la dejó muy despacio en el suelo. Después encontró la cremallera invisible que había en el lateral del vestido y le quitó este y el sujetador. Entonces, se apartó y la miró.

–Eres preciosa –murmuró, tocándole un pecho mientras inclinaba la boca y volvía a besarla.

Fue un beso apasionado y dulce, la caricia de Itachi sobre su pecho hizo que Sakura se estremeciera del placer y se olvidase de todo menos del hombre con el que estaba.

–Por favor...

No sabía por qué le rogaba, pero cuando notó los labios y la lengua de Itachi en su pecho sintió que estallaba de placer. Itachi pasó al otro pecho y al oírla suspirar rio entre dientes. Entonces, Sakura notó el frío colchón en el que Itachi la estaba tumbando.

Excitada, anhelante, Sakura terminó de desabrocharle la camisa, desesperada por ver su cuerpo desnudo. Itachi la ayudó y se la quitó.

Tenía un cuerpo impresionante y, a pesar de que Sakura sabía que desearlo tanto era peligroso, no pudo evitarlo. No tenía ningún control sobre su cuerpo ni sobre sus sentidos, ni quería tenerlo. Era una prisionera voluntaria de la fiebre que consumía su cuerpo y habría volado hasta el sol si él se lo hubiese pedido.

Itachi volvió a besarla en los labios y le acarició el interior del muslo para después ir subiendo.

Ella dejó escapar un grito ahogado y él le mordisqueó la curva del hombro mientras la acariciaba íntimamente.

–Itachi, por favor...

Él sonrió, le mordisqueó un pecho, pasó la lengua por su erguida cumbre al mismo tiempo que seguía tocándola entre los muslos.

–Por favor, ¿qué, cariño? –le preguntó sin dejar de torturarla muy despacio, apartando la ropa interior de seda para poder sentir con los dedos su interior húmedo y caliente.

Presa del deseo, Sakura no supo quién gemía más fuerte de los dos y no le importó, se dejó llevar por la espiral de placer hasta llegar a un espectacular orgasmo que la hizo gritar.

Debió de perder la consciencia porque de repente ya no llevaba la ropa interior y Itachi estaba entre sus muslos, acariciándola con la lengua y volviendo a llevarla a otro clímax sobrecogedor.

Cansada, casi sin aliento, se quedó inmóvil mientras Itachi subía con los labios por su cuerpo.

–Eres increíble –murmuró él.

Sakura se sentía increíble, pero quería más. Lo necesitaba entre las piernas y abrió mucho los ojos al ver que Itachi se incorporaba para desabrocharse los pantalones. Esperó conteniendo la respiración a que se los quitase y dejase al descubierto su magnífica erección.

Se relamió sin darse cuenta y Itachi gimió. Ella se sentó y pasó las manos por su acalorado torso, sintiendo el suave vello oscuro que lo cubría. Después bajó las manos para acariciarlo y Itachi la miró a los ojos y se mordió el labio inferior mientras observaba cómo Sakura le daba placer.

Itachi enterró los dedos en su pelo y, suavemente, la guio para que lo acariciase con la boca.

Sakura sintió su sabor masculino con la lengua, lo tomó con toda la boca y lo oyó gemir con más fuerza. Siguió acariciándolo así hasta que Itachi juró entre dientes y la tumbó debajo de él.

Itachi le separó los muslos y la miró. Tomó un preservativo del cajón de la mesita de noche, se lo puso y colocó las manos a ambos lados de su cabeza. Hipnotizada, Sakura siguió mirándolo a los ojos mientras él la penetraba.

La mirada de Itachi era casi tierna y este la besó mientras entraba más en ella y volvía a llevarla al clímax.

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Tras despertar de lo que debía de haber sido el mejor sexo de su vida, Itachi miró a la mujer que estaba hecha un ovillo a su lado, con la melena rosa extendida sobre las sábanas blancas como una cascada de seda rosácea. Estaba dormida, con el rostro apoyado en la curva de su cuello, acariciándole la piel con su suave aliento.

Se sorprendió de que no lo invadiera la habitual necesidad de espacio e intimidad. En su lugar, se sintió saciado y tranquilo, más completo que en toda su vida.

¿Completo?

Se preguntó qué concepto era aquel. El sexo no le hacía sentirse completo. No era así como se sentía. Se sentía... Frunció el ceño. Lo que había sentido había sido puro placer después de una semana llena de tensión sexual.

Nunca había deseado tanto a una mujer ni ninguna mujer lo había hecho sentirse tan satisfecho.

¿De verdad había pensado que podría ignorarla, teniendo en cuenta la atracción que había entre ambos?

En cualquier caso, no podía hacerlo. Sakura había estado tan receptiva, generosa y dulce, que tan solo de pensarlo se volvía a excitar.

Le acarició la suave piel del brazo y entrelazó los dedos con los de ella. Sakura suspiró y se acercó más a él.

Itachi recordó que había estado trabajando hasta tarde la noche anterior y debía de estar agotada. Trabajaba mucho y se tomaba sus obligaciones muy en serio. Lo mismo que él. Se parecían en aquello. Salvo que él ya hacía tiempo que no buscaba la aprobación de nadie. Sakura tendría que cambiar aquello cuando fuese reina, pero ¿qué más le daba a él el futuro de Sakura?

No solía preocuparse por la vida de las mujeres con las que se acostaba. Enseguida pasaba página porque no le gustaba sentirse atrapado. Y sabía que eso se debía a que se había sentido atrapado de niño, con un padre que siempre le había exigido que se comportase de un determinado modo.

No entendió por qué perdía el tiempo pensando en todo aquello, teniendo a su lado a una mujer desnuda que reaccionaría si la despertaba con un beso.

O eso esperaba. Con cualquier otra mujer habría sido así, pero Sakura no era como las demás. No jugaba los mismos juegos, no se hacía la tímida para atraer su atención, sino que era directa. Aunque tampoco necesitaba jugar con él porque ya estaban casados.

Levantó la mano para mirarse la alianza, pero la luz de la luna que entraba a través de las cortinas no era suficiente para ver brillar el anillo de oro. La primera vez que se lo había puesto se había sentido incómodo, pero, curiosamente, en esos momentos ya no lo notaba.

Se sentía bien con él.
¿Se sentía bien con él?

Una emoción indeseada hizo que se le encogiese el corazón.

Como si hubiese sentido su tensión, Sakura cambió de postura y apoyó la rodilla encima de su pierna. La caricia hizo que Itachi se excitase más.

Ella volvió a moverse y, todavía dormida, dejó escapar un sonido que hizo que Itachi perdiese el hilo de sus pensamientos.

Notó que se ponía tensa, que se despertaba, y la abrazó.

–Sigue durmiendo, princesa –murmuró–. Estás cansada.

–¿Que siga durmiendo? –dijo ella, levantando la cabeza y mirándolo a los ojos–. Yo...

Estaba ruborizada, con gesto somnoliento. Se humedeció los labios y, sin pensarlo, Itachi se tumbó encima de ella y la besó.

Ella dudó un instante antes de abrazarlo por el cuello y levantar su cuerpo hacia el de él.

Itachi la deseaba tanto que deseó hacerla suya sin más, pero también quiso saborearla.

Le besó el rostro. Primero las mejillas, después la suave piel de debajo de las orejas, los párpados y la nariz. Notó que se relajaba por completo debajo de él y fue bajando por su cuello hasta llegar al escote.

Tenía los pechos erguidos, los pezones preciosos, y Itachi se metió primero uno en la boca, después el otro.

Utilizó las rodillas para separarle las piernas y la penetró.

Sakura gimió su nombre mientras la llenaba poco a poco.

–Sakura... –rugió él también, recordando en el último momento que no se había puesto protección.

Ella arqueó la espalda y apretó los músculos internos contra su erección.

Molesto por haber estado a punto de olvidarse de la protección, alargó la mano hacia la mesita de noche, salió de ella y se lo colocó para, unos segundos después, volver a su cuerpo caliente.

Sakura llegó al orgasmo casi en aquel instante y la sensación hizo que Itachi también perdiera el control.

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Abrió los ojos y, al encontrarse por segunda vez en brazos de Itachi, Sakura se sintió vulnerable. No porque se arrepintiese de lo que habían compartido, sino porque le había gustado demasiado. La sensación hizo que se sintiese indefensa, y su instinto fue apartarse porque, a pesar de que había imaginado el placer que Itachi le haría sentir, no había contado con la conexión emocional que sentiría al unir su cuerpo al de él. No obstante, sabía que Itachi no habría sentido lo mismo.

Sin duda alguna, para él la noche anterior solo habría sido otra noche más, y ella no lo debía olvidar.

Por muy importante que hubiese sido para ella.

Itachi estaba profundamente dormido, con un brazo por encima de la cabeza y otro, abrazándola por la cintura. Sakura salió con cuidado de su abrazo y se fijó en él.

Desnudo era impresionante. Tenía los brazos y los hombros fuertes, el pecho ancho, cubierto por una capa de vello, las caderas estrechas.

Y seguía teniendo autoridad, aunque parecía más tranquilo. Más descansado.

Sakura pensó en todo lo que había averiguado acerca de él la noche anterior. Era generoso con sus empleados, tenía una fuerte ética de trabajo y sus empleados lo trataban con respeto. Tenten había hablado muy bien de él, y no porque fuese un príncipe, sino porque realmente lo admiraba por el hombre que era.

Un hombre que, al parecer, era honrado y bueno, aunque le costase admitirlo. Sakura se preguntó el motivo. ¿Por qué ocultaba Itachi aquella parte de su ser? ¿Y, por qué, si la deseaba tanto, había mantenido las distancias con ella durante toda la semana?

¿Lo había hecho por respetar sus deseos? ¿O porque temía que pudiese enamorarse de él? ¿O había otra razón? Fuese cual fuese, Sakura tuvo que aceptar que lo había juzgado de manera precipitada.

Aunque algunas de las historias que se contaban eran, sin duda, ciertas. Era mujeriego y había sido rebelde de joven, pero no solo era así.

Clavó la vista en sus labios y sintió calor al recordar el placer que Itachi le había dado esa noche.

Volvió a sentirse vulnerable y pensó que jamás se había sentido tan cerca de nadie.

Pero tenía que evitar que sus pensamientos fuesen por ahí.

Salió de la cama con cuidado y se metió en la ducha.

Una vez allí, gimió mientras se enjabonaba las suaves marcas que Itachi había dejado en su piel. Había sido tierno y exigente durante la noche, y Sakura sonrió al pensar en cómo le había hecho una de aquellas marcas en particular. Volvió a advertirse que no debía darle demasiada importancia a lo ocurrido entre ellos y salió de la ducha envuelta en un albornoz tipo quimono para ir en busca de un café.

Decidida a averiguar cómo funcionaba la cafetera, había intentado cuatro combinaciones diferentes cuando oyó una risa a sus espaldas.

–Eres una mujer inteligente, pero esa máquina te puede.

Sakura miró por encima del hombro y lo vio apoyado en el marco de la puerta, observándola. Se había puesto unos pantalones de chándal y tenía el dorso desnudo. Los sensuales ojos negros le brillaban con diversión.

Ella lo miró de arriba abajo.

–Tienes un armario enorme lleno de ropa, pero parece ser que se te ha olvidado la camisa.

Itachi esbozó una sonrisa y se acercó a ella.

–¿Por qué voy a tapar algo que a ti te gusta tanto mirar?

–Eres muy arrogante –lo acusó ella, conteniendo la respiración cuando Itachi la abrazo y le mordisqueó el cuello.

–¿Por qué no me has despertado antes de levantarte? –murmuró él.

–No quería molestarte.

Ni había querido que se diese cuenta de que había sentido pánico al despertar entre sus brazos.

–La próxima vez, despiértame, ¿de acuerdo?

–Estabas durmiendo tan tranquilo.

–Despiértame para que pueda darte un beso de buenos días.

Itachi tomó su barbilla y le hizo levantar el rostro para besarla. Sakura suspiró y apoyó el cuerpo en el de él mientras se preguntaba si siempre les decía aquello a las mujeres con las que se acostaba.

Él rompió el beso y empezó a tocar los botones de la cafetera.

–¿Significa esto que no te has tomado ni un café en toda la semana? –le preguntó sonriendo.

–No, significa que el conserje me ha traído uno de la cafetería de al lado todas las mañanas.

Él se giró entre sus brazos y la agarró por la cintura.

–Ahora ya me tienes a mí.

A Sakura se le aceleró el corazón al escuchar aquello y pensó que, si hubiese sido posible, habría parado el tiempo en aquel preciso momento.

La cafetera pitó y Itachi se apartó. Sakura se frotó los brazos y después aceptó la taza que Itachi le ofrecía con ambas manos, aspirando el aroma con un suspiro.

Itachi le tocó el pelo, haciendo que este cayese sobre sus hombros.

–No deberías llevarlo recogido nunca –murmuró.

–Llevarlo suelto no es práctico.

–Lo práctico es aburrido.

Le dio un beso en los labios y se dispuso a preparar otro café para él. Sakura observó cómo movía los músculos y sintió calor.

Cuando Itachi se giró hacia ella, el ambiente se llenó de tensión sexual. Entonces se oyó rugir el estómago de Sakura y esta se llevó la mano al vientre, avergonzada.

Itachi se echó a reír.

–¿Acaso las princesas no tienen derecho a hacer ruidos corporales?

–No cuando están en compañía.

–Pero yo no soy compañía –le dijo él–. Soy tu marido. Y tu amante. Tengo ciertos privilegios.

A ella le gustaron sus palabras más de lo debido, pero no fue capaz de apartarse. Se sentía embriagada, estando con un hombre así.

–¿Como el de oír rugir mi estómago? –le preguntó.

–Como el de invitarte a desayunar. De hecho, ¿por qué no pasamos todo el día fuera? Podemos ir a un lugar donde sirven un desayuno inglés espectacular y después hacer turismo y visitar todos esos lugares que no has visitado durante esta semana.

–¿De verdad? –le preguntó ella con los ojos brillantes–. Me encantaría, pero... tengo que trabajar.

–No, no tienes que trabajar. Tienes que descansar y, además, es sábado.

–Ah, qué bien –le respondió Sakura sonriendo–. Había perdido la noción del tiempo, y eso nunca me ocurre.

–Trabajas demasiado. Y, aunque lo respeto, también tienes que dedicarte tiempo a ti.

–Está bien. El informe que tengo que terminar no es tan urgente y esto... estar aquí contigo, es algo excepcional. ¿Vamos a ir en tu moto?

Itachi se echó a reír.

–Te gustó la moto, ¿eh?

Ella sonrió con malicia.

–Me encantó. En especial, cuando tomaste una curva cerrada y se inclinó.

–Me alegro de que te gustase –le dijo él dándole un beso.

Sakura sintió que el deseo la consumía y gimió. Enterró los dedos en su pelo y se apoyó contra su cuerpo. Itachi gimió también y la agarró del albornoz.

–Si seguimos, no saldremos de casa en todo el día.

–En ese caso, será mejor parar.

Sakura retrocedió y se alisó el pelo.

Él se inclinó para darle otro beso, pero ella salió corriendo, riendo.

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Después de tomar el desayuno, Sakura pensó que no podría comer nada más durante una semana.

La cafetería era un lugar acogedor y discreto, y Sakura sospechó que era como la vida de Itachi. Todo lo contrario a la suya, en la que las comidas se hacían con cubiertos de plata y manteniendo siempre el decoro.

Itachi dejó algo de dinero encima de la mesa, tomó su mano y la sacó de la cafetería como si fuesen cualquier pareja normal que disfrutaba de un fin de semana de primavera en Londres.

Subieron a su motocicleta y Sakura se apretó contra su cuerpo. Itachi le había vuelto a prestar su chaqueta de cuero y Sakura se tapó los dedos con las largas mangas para protegerse del frío. La temperatura no estaba del todo mal, aunque, en realidad, lo que menos le importaba a Sakura en esos momentos era la temperatura.

–¿Adónde vamos? –le preguntó él.

–No lo sé. Decídelo tú.

Itachi conducía muy bien, de manera suave y con seguridad. De hecho, lo hacía casi todo bien. Los negocios, el café, sabía bailar y, sobre todo, hacer el amor...

Sakura lo abrazó con fuerza y disfrutó de la ciudad. Itachi también parecía contento con su nuevo papel de guía turístico.

Pasaron por un edificio que parecía bastante normal y estaba repleto de gente. Sakura lo golpeó en el hombro y le hizo un gesto para que parase, y cuando se dio cuenta de que era un mercado, aplaudió encantada.

Desde niña, siempre le habían encantado los colores y los olores de los mercados. Todavía conservaba un par de gafas de sol que su padre le había comprado en uno de sus viajes y que no se había quitado durante varios meses, para disgusto de Deidara.

Itachi sonrió al verla tan contenta. Cambiaron los cascos por gorras y le advirtió:

–No tengas contacto visual con nadie y no te separes de mí. No quiero tener que pelearme.

Sakura puso los ojos en blanco. El equipo de seguridad no los acompañaba, pero ella se sentía más segura que nunca, y más feliz.

–Está bien.

–Con esos ojos verdes tan exóticos, me dan ganas de mantenerte encerrada en casa.

–Si sigues haciéndome esos cumplidos voy a tener que darte un beso.

–En ese caso, te diré que eres bella por dentro y por fuera, y que cuando esta mañana me has acariciado con los labios...

–¡Itachi! –lo reprendió ella riendo.

Este la besó y ella gimió y se apartó. Sentirse tan bien a su lado tenía un efecto liberador. Era como si todos sus miedos e inhibiciones hubiesen desaparecido y no tuviese que preocuparse por lo que le depararía el futuro. Solo existía el presente y ellos dos.

–Vamos –le dijo, enlazando su brazo con el de él.

Llevaba algunas libras en el bolsillo y estaba deseando gastárselas.

Pasaron por varios puestos y Sakura disfrutó de la música reggae, de los deliciosos olores de la comida de distintos países y se detuvo a comprar chocolate y después a ver cómo un malabarista australiano ejercía sus actividades.

Varias horas después, contenta y cansada, vestida con una de las camisas de Itachi y unos calcetines gruesos, Sakura entró en la cocina y se encontró a Itachi terminando de preparar la cena.

–Cocina, tiene moto y está al frente de una multinacional –dijo, aceptando la copa de vino que él le acababa de ofrecer–. ¿Hay algo que no sepas hacer?

–Concentrarme cuando te tengo cerca.

–Eso no me parece mal –le respondió ella riendo.

«Ten cuidado», le dijo una vocecilla en su interior. «Solo te quedan siete días».

–¿Qué hay de cena?

–Bistec con salsa de pimienta, patatas y ensalada.

–Vaya, ahora me has dejado todavía más impresionada.

Itachi sonrió a Sakura, que estaba enfrente, sin saber si alguna vez había disfrutado tanto de la compañía de una mujer. Era inteligente, divertida, preciosa... Estudió su rostro sin maquillaje, sus bonitos ojos. Le gustaba estar con ella así, relajados, al natural, los dos solos. Le gustaba hacerle el amor, pero tenerla allí, en su casa, le proporcionaba un bienestar difícil de explicar. Tal vez era porque sabía que podía llevársela a la cama cuando quisiera. Y quería hacerlo todo el tiempo.

–Conozco esa mirada –le dijo ella con la voz ronca, mirándolo con deseo.

–Deberías –le respondió él.

–¿Dónde has aprendido a cocinar?

Él se alegró de poder cambiar el rumbo de sus pensamientos.

–Cuando me mudé a Cambridge compartí casa con un par de personas que no eran capaces ni de recalentar comida. Como yo me había acostumbrado a comer bien, gracias al chef del palacio, o aprendía a cocinar o me moría de hambre.

–Estoy segura de que tu hermano te habría mandado a un cocinero si se lo hubieses pedido.

–Sí, pero yo quería ser independiente. Y lo fui. Salí de fiesta, bebí, estudié, jugué a los dardos... ¿Sabes que tu amante fue campeón de dardos de Cambridge?

–¿De dardos? –repitió ella sonriendo–. Me dejas impresionada.

Itachi arqueó una ceja.

–Un poco de respeto, por favor. Es más difícil de lo que parece.

Sakura sonrió y dio un sorbo a su copa de vino.

–Suena divertido. Yo tuve tutores privados y luego estudié en la Universidad de Berenia, rodeada de seguridad.

–¿No saliste de fiesta?

–No –admitió ella suspirando–. En realidad, me habían aceptado en una universidad estadounidense. Deidara me ayudó con los papeleos y convenció a mi padre de que me dejase estudiar en el extranjero, pero cuando cometí el error con...

Itachi posó el cuchillo que tenía en la mano y dejó de sonreír.

–¿El italiano? –preguntó.

–Sí. Mi padre decidió que era demasiado joven. Demasiado vulnerable para estar tan lejos de casa. Es probable que tuviese razón.

–No tenía razón, princesa, y tienes que dejar de sentirte culpable. Lo que ocurrió no fue culpa tuya. Tienes derecho a cometer errores y tienes que vivir tu vida.

–Sí, pero tenía que haber tenido más cuidado. Tenía que haber estado preparada.

–Tenías diecisiete años y estoy seguro de que tu padre te tenía muy controlada, así que no habías vivido ninguna otra experiencia que pudiese prepararte para encontrarte con un hombre así.

Ella lo miró fijamente y después de unos segundos esbozó una sonrisa.

–De adolescente era una gran amazona y tenía seguridad en mí misma. Cuando ocurrió lo de Sasori... Es como si, desde entonces, siempre me hubiese cuestionado. Llevo mucho tiempo culpándome de lo ocurrido, intentando portarme bien y hacer lo correcto...

Sonrió más.

–¿Por qué nunca he podido ver las cosas como las ves tú?

Itachi se inclinó hacia delante y le dio un beso en los labios y le dio un trozo de zanahoria.

–Tal vez estés siendo demasiado dura contigo misma.

–Tal vez. Es la primera vez que hablo del tema con alguien –le confesó–. Se te da bien escuchar y eres una buena persona, ¿sabes?

Itachi puso la carne al fuego.

–Ten cuidado, me lo voy a creer.

–¿Por qué no te gusta que te diga eso?

–Supongo que porque no estoy acostumbrado. No es lo que oía cuando era niño.

–¿Tus padres no te dijeron nunca que eras una buena persona?

–Mi padre y yo nunca nos entendimos. Me amenazó con desheredarme si no respetaba sus normas.

–Eso es terrible.

–Era muy duro con todo el mundo. Nos acostumbramos –dijo Itachi, encogiéndose de hombros–. ¿Te gustan los champiñones?

–Sí –le respondió ella, frunciendo el ceño–. Recuerdo haber oído que tu padre se disgustaba con frecuencia contigo, pero es que siempre te culpaban de todo lo que ocurría.

Itachi se echó a reír y le dio la vuelta a la carne.

–Con frecuencia me lo merecía –admitió sonriendo–. Me gustaba sacar de quicio a mi padre.

Sakura sintió que la sonrisa era falsa.

–Al menos, no cumplió con su amenaza –comentó ella.

–Lo habría hecho si hubiese vivido lo suficiente. ¿Quieres las patatas salteadas?

–Sí, gracias. ¿Y tu madre? ¿Tampoco te dijo que eras una buena persona?

Él se preguntó cómo habían terminado hablando de aquello y frunció el ceño. Ya le había contado a Sakura más cosas de su vida que a nadie más y en esos momentos tenía la cabeza llena de recuerdos que prefería olvidar.

–Mi madre tenía sus propios problemas –le explicó–. En especial, mi padre. Siempre estaban discutiendo. Y se marchó cuando yo tenía diez años.

Sirvió los bistecs y las patatas en un plato grande y aliñó la ensalada.

–¿Diez?

Sakura lo miró con pena y a él se le encogió el estómago. Todavía recordaba la mañana después de que su madre se hubiese marchado a escondidas del palacio para no volver jamás. Hacía tiempo que no pensaba en ello y que había aceptado que su madre decidiese vivir como una reclusa, casi sin ver a nadie.

–¿Y la viste después de que se marchase?

–No. Se mudó a Europa y Shisui, Naori y yo nos quedamos en Santara. No quiso que fuéramos con ella. Quiso romper con todo y poder empezar de cero.

–¿Cómo va a querer una madre hacer algo así?

–No todas las mujeres son iguales, princesa –le dijo él–. Vamos a cenar.

Sakura se había quedado tan sorprendida por las revelaciones de Itachi acerca de su niñez que no supo qué hacer con la información.

Lo que ella misma había oído de su madre era que había sido una mujer buena, y Sakura habría dado cualquier cosa por poder recordarla. Al parecer, todo lo contrario que Itachi.

–¿Y eso te acercó más a Naori y Shisui? –le preguntó.

Ella siempre se había apoyado en Deidara cuando se había sentido mal.

–Sí y no. Naori era muy joven cuando nuestra madre se marchó y necesitó mucho apoyo. Y Shisui estaba en el internado.

Itachi dejó los platos y las copas de vino encima de la mesa.

–Espero que tengas hambre.

Estaba muy hambrienta, pero la comida le daba igual.

–¿Y nunca hablas del tema con ellos? –insistió.

Él la miró con sorpresa.

–¿Por qué iba a hacer algo así?

–Podría ser sano –le respondió ella–. ¿Cómo sabes que no sufren tanto como tú?

Itachi apretó la mandíbula y su expresión se volvió distante.

–Tanto Shisui como Naori tienen mi número de teléfono si me necesitan. Y tú... no tienes que preocuparte por nada de esto. Estoy bien, Sakura. A mi vida no le falta nada.

«Tal vez, amor», pensó ella.

Itachi no tenía amor ni tampoco lo quería. Y Sakura se sintió triste nada más pensarlo. Se sintió triste por el niño que había sufrido el egoísmo de sus padres. Y triste por las heridas que ese comportamiento había dejado en él. Aunque se alegró de poder, por fin, entenderlo mejor.

Mientras que ella siempre había buscado cariño porque este le había faltado en la niñez, Itachi no permitía que nadie se le acercase demasiado.

Y lo mejor sería no olvidarlo porque eso no iba a cambiar.