—No creo que sea correcto irnos en estos momentos —comentó Saga, mientras él, Shaka y Aldebarán bajaban hacia el coliseo donde un helicóptero privado les esperaba.

La noche había caído en Grecia y los santos de oro de la segunda, tercera y sexta casa, bajan hacia la salida del Santuario donde les esperaba un helicóptero de la familia Kido para llevarlos hacia el aeropuerto internacional de Atenas, donde tomarían un avión comercial directo a Japón.

—Órdenes son órdenes —respondió Aldebarán con una sonrisa.

—Espera —Saga miró a su compañero con sospecha —¿te agrada la idea de este viaje? —Aldebarán, sonrió y se encogió de hombros —¿por qué?

—Tal vez lo averigües, tal vez no —respondió Aldebarán enigmático.

—Jum, ¿no será por «la linda niña», amiga de Seiya y los demás de la que nos habló Afrodita? —preguntó Shaka, perspicaz.

—Pues sí, la verdad es que sí. ¿Cuándo te contó? —preguntó curioso.

—Mientras me ayudaba a seleccionar ropa para el viaje, la verdad es que es bastante cotilla —resopló Shaka.

—Ni digas, se puso a ventilar todos nuestros temores y secretos.

—Tenía derecho, no ha dormido bien en los últimos meses. No debe ser fácil tener a una diosa como Cipris acosándote —defendió Saga.

—Cómo a ti y a tu hermano no les sacó nada —refutó Shaka. Saga, sonrió.

—No se quejen, no es tan malo —animó el mayor.

Subieron al helicóptero y partieron rumbo a Atenas. No les agradaba mucho tener que vivir tan normalmente, pero su diosa así lo había dispuesto y ellos no estaban para contradecirla.

Shaka, no se veía del todo cómodo teniendo que estar entre tanta gente, pero Aldebarán le ayudaba a sobrellevarlo; mientras, Saga, observaba con interés lo que se había perdido de ver durante los trece años que estuvo a cargo del Santuario. El vuelo les fue leve, pues apenas el avión despegó, se quedaron dormidos. Aldebarán tuvo que despertarlo cuando aterrizaron en el aeropuerto de Tokyo.

Avanzaron por el concurrido aeropuerto en busca de la salida, siendo guiados por Aldebarán, que ya tenía experiencia en aquellos viajes, pues él ya había estado en aquella ciudad en ocasiones anteriores. Afortunadamente, los tres destacaban bastante bien en la concurrida sala como para no perderse de vista.

—Señor Aldebarán —se escuchó una voz de mujer llamándolo —por aquí.

Aldebarán se giró sonriendo e hizo una seña a sus compañeros para que lo siguieran, acercándose a una joven que sonreía ampliamente cuando los brazos del toro se cerraron sobre ella.

—Miho, qué gusto verte —saludó luego de soltarla—, pero no me digas señor, no soy mucho mayor que tú —señaló.

—Bueno, sí insistes — volvió a sonreír la joven. Luego dirigiendo su vista a los otros dos hombres que lo acompañaban. Parpadeó varias veces—. Oh, hola —saludó tímidamente.

—Es cierto, disculpen —se disculpó Aldebarán—. Miho, ellos son Saga y Shaka —dijo señalandolos respectivamente—. La señorita Miho, está al cuidado de los niños del orfanato que la fundación Graad y la señorita Saori apoya personalmente —les explicó.

—Sean bienvenidos —la joven hizo una leve reverencia a ambos santos. Los otros dos devolvieron el saludo—. síganme, por favor.

Los tres siguieron a la chica hacia la salida del aeropuerto y se dirigieron hacia el estacionamiento donde dos vehículos con las insignias de la fundación Graad les estaban esperando.

—La señorita Kido dispuso que se quedaran en la mansión, allá los estarán esperando Seika, yo tengo que hacer todavía unos encargos, así que los veré mañana para ponerlos al corriente de lo que tienen que hacer —señaló antes de subirse a uno de los coches—. Hasta mañana —se despidió.

Los tres Santos observaron el auto hasta que salió del estacionamiento y luego la imitaron y subieron a la camioneta que tenían a su disposición para dirigirse a la mansión Kido. Lo que más deseaban era llegar y poder descansar.

—¿Es ella? —preguntó Saga a Aldebarán una vez que se acomodaron y el chófer puso en marcha el auto.

—¿Eh? —preguntó confundido.

—«La niña linda» —aclaró Saga—. ¿Es ella? ¿Miho?

—No, no, Miho es muy bonita y tierna, pero no —respondió. Saga simplemente hizo un gesto de entendimiento.

—Seika —se escuchó la voz de Shaka luego de un largo rato en silencio—, es la hermana de Seiya, ¿no?

—Así es -asintió Aldebarán—. Ella también trabaja para el orfanato y ayuda en la mansión Kido.

—Y supongo que tampoco es ella, ¿me equivoco?

—No, se llama Erii y también trabaja en el orfanato —dijo tranquilo. No tenía nada que esconder y lo que la joven le hacía sentir no era motivo de sentir vergüenza se convenció. El resto del trayecto lo pasaron en silencio.

La tarde caía sobre Tokio cuando arribaron a la mansión Kido donde, tal como les había dicho Miho, Seika, los estaba esperando.

—Bienvenidos sean —saludó con una breve inclinación y una sonrisa —sus habitaciones están listas por si quieren descansar, en dos horas se sirve la cena.

Comentó mientras los guiaba por los pasillos de la gran mansión Kido; señalando los lugares que consideró de interés para los santos, así como ayudarlos a familiarizarse con ella para que no se perdieran en sus pasillos. Esto último iba más para Shaka y Saga, que era la primera vez que visitaban la mansión.

—Y estas son sus habitaciones —señaló tres puertas seguidas —. Sí necesitan algo, no duden en llamarme. Por cierto, ¿gustan de algo en especial para la cena? —preguntó solícita la joven.

—No es necesario, señorita —respondió Saga amable —lo que sea, estará bien.

Seika sonrió e hizo un gesto afirmativo.

—Muy bien, sí no necesitan nada me retiro, enviaré a alguien para avisarles cuando la cena esté lista.

—No es necesario, nosotros estaremos puntuales —esta vez fue Shaka el que habló.

—Muy bien, entonces, me retiro —se inclinó ligeramente y volvió sobre sus pasos, dejando a los santos en el pasillo.

Aldebarán, Saga y Shaka se despidieron luego de que la perdieran de vists y cada uno entró a la habitación que le correspondía sin decirse más, tenían unas horas antes de la cena y querían aprovechar para descansar, ya que, el cambio de horario los había afectado.

A las siete en punto, Shaka, entraba al amplio comedor en el que ya los esperaba Seika, quien lo recibió con una amable sonrisa. Tomó asiento y esperó a ver si alguno de sus compañeros se reunía con ellos, luego de quince minutos de espera, ninguno llegó y pidió le sirvieran.

—¿No quiere que vaya a buscarlos? —preguntó solicita Seika mientras comenzaba a servir.

—No, ninguno de los dos suele ser impuntual, por lo que seguro están dormidos, lo mejor es dejarlos descansar —respondió Shaka tranquilo.

—Cómo diga —asintió la joven.

—Siéntate a cenar conmigo —dijo Shaka, cuando sintió a Seika a punto de retirarse.

—Pero...

—Por favor.

No pudo negarse y asintiendo ligeramente, pidió un plato para ella y hacerle compañía a Shaka, después de todo, era un invitado de la señorita Saori y no podía hacerle un desaire.

Estuvieron hablando del Santuario, de las guerras contra los dioses, la muerte de Shaka, la vida de Seika mientras estuvo perdida y la vida que llevaban en ese último año luego de recuperar la memoria y a su hermano. Hicieron una larga sobremesa y solo se despidieron porque Seika tenía que atender otros asuntos antes de retirarse a dormir.

En la oscuridad de su habitación, Shaka, meditaba acerca del amor. Una cuestión de la que poco sabía y mucho le intrigaba. Conocía los preceptos que Buda enseñaba sobre el amor: bondad, compasión, gozo y libertad, sin embargo, no entendía como podía llegar a amar alguien con eso.

También, conocía los tipos de amor según la cultura griega y en una charla con Afrodita, éste le había dicho que existían muchos tipos de amor y que las personas desarrollaban y entendían este sentimiento de diferentes maneras, que sin embargo, en la mayoría de las culturas, el ideal era aquel que no hacía sufrir ni dañaba.

—Pero no siempre es así, ¿cierto? —había preguntado entendiendo que a veces, la naturaleza humana, era muchas cosas menos humana.

—No —había aceptado Afrodita —hay quiénes desarrollan sentimientos negativos en contra de quién dicen amar, dañandola incluso.

—Pero eso no es amor —había respondido.

—Es posible, realmente dudo que haya una definición real del amor; todos tenemos nuestro propio concepto, lo interpretamos a nuestro modo y lo desarrollamos de distinto modo e incluso puede variar según sea tu pareja. Es demasiado complejo para intentar llegar a una conclusión acertada.

—¿Cómo sabes que estás enamorado?

—Supongo es una conclusión a la que uno mismo llega, cuando te ves a ti mismo pensando en alguien, también puede ser por el tipo de sentimientos que te genera la persona indicada, quien sabe.

—¿Lo eliges o te elige? —preguntó con verdadero interés.

—Hay quiénes aseguran que no puedes elegir de quién enomorarte, pero el amor llega con el trato, el conocimiento del otro; no te puedes enamorar de alguien a quien solo ves cuando vas por el pan, por ejemplo, sería absurdo. Tu pregunta, de sí puedes elegir de quién enamorarte, es algo que deberías experimentar —le había sugerido —según los preceptos budistas.

Shaka, recordó su tiempo con Seika, lo bien que había sentido su compañía, la conversación amena que habían sostenido luego de que traspasaran la barrera del formalismo. Ella lo había escuchado y él la había escuchado. ¿Podría ser que pudiera desarrollar amor por la hermana de Seiya? Decidió que haría caso a Afrodita y lo intentaría.

Su mente repasó las enseñanzas de Buda sobre el amor.

MAITRI (alegría-comprensión)

Es el deseo de hacer a alguien feliz, y la habilidad o capacidad para traer alegría a la vida de esa persona.

KARUNA (compasión-comprensión)

Es el deseo de aliviar el dolor de alguien, y la habilidad o capacidad para hacerlo.

MUDITA (disfrute mutuo)

Se trata de la alegría o disfrute en la relación.

UPEKSHA (libertad) Si el vínculo es verdadero y fuerte, es a su vez flexible para dejar al otro ser y hacer.

Pensando en ello, se quedó dormido.