CAPÍTULO VIII
Karin sintió la mirada de Suigetsu Hōzuki clavada en su espalda. Cuando se volvió para saber qué deseaba aquel hombre, la sonrisa divertida del mismo la molestó como nada lo había hecho aquella noche, y eso que la cena estaba siendo interminable, frustrante y aburrida.
—Estoy preocupado por usted —dijo Suigetsu mirando a Karin, que a su vez abrió los ojos como platos, como si aquellas pocas palabras la hubiesen dejado estupefacta.
—¿Perdone? ¿Puede saberse por qué? —preguntó Karin, intentando averiguar con qué majadería le saldría ahora el jefe del clan Hōzuki.
Suigetsu acercó un poco la cabeza hacia ella, y la miró, esperando a que ella hiciese lo mismo, como si lo que tuviese que contarle fuese algo delicado, secreto, que necesitara de una cierta discreción. Cuando Karin, de forma reticente, lo hizo, acortando el espacio entre los dos, hasta que sus cabezas quedaron solo a escasos centímetros, el aroma a cuero, a lluvia y a otra cosa que no podía identificar la atrajo hacia aquel hombre como si fuese un olor embriagador que podría nublar su mente.
—Estoy preocupado porque pudiera hacerse un daño permanente en el cuello. El hecho de tenerlo inclinado durante toda la cena en una postura tan poco natural a fin de poder enterarse de conversaciones ajenas puede ser desastroso para su salud —dijo Suigetsu con una sonrisa mirando a los ojos a aquella preciosa mujer cuyos enormes lagos carmines se tornaron más oscuros, más intensos, al hacerse eco de sus palabras.
Karin no podía creer que aquel mentecato fuese tan irrespetuoso. ¿Quién se creía que era para llamarle la atención sobre su conducta? ¿Y qué le importaba a él que ella quisiese saber qué era lo que hablaba su prima con Haruno? Temari podía disimular mejor que nadie, pero ella la conocía bien y había visto su reacción cuando vio a ese hombre, Naruto Haruno. Y aunque se había recuperado con vertiginosa velocidad, la única realidad es que jamás había visto a Temari reaccionar de esa manera. Ese hombre perturbaba a su prima y aunque a ojos vistas nadie podría decirlo, Karin sabía que había una historia entre los dos. Habían dicho que se conocían, pero algo le decía que aquella no era la única realidad. Y por eso, al ver que Haruno se sentaba junto a su prima, había estado intentando parte de la cena oír, por encima de Yahico y de sus miradas también de reproche, la conversación entre ambos. No había tenido éxito, pero a Suigetsu nadie le había dado vela en aquel entierro. Él no entendía sus motivos, ni falta que le hacían.
Intentó parecerse a Temari y respiró profundamente antes de hablar, porque en aquel instante, si algo salía de sus labios, lo de ignorantes palurdos le iba a quedar escaso. Sentía la furia bullir por sus venas y no podía montar una escena allí. Maldito Suigetsu y malditos esos ojos de color lila que desviaban su atención de lo verdaderamente importante, y es que aquel hombre la había insultado al insinuar que quería enterarse de conversaciones ajenas. Que era verdad, en efecto. Que él tenía que decírselo, jamás. Era así de sencillo, y él había roto esa regla, y con ello había desatado su bestia interior. Aunque ahora, después de varias respiraciones, esa intensa mirada y ese aroma a lluvia y a tierra, la bestia se había quedado en solo un cachorro. Maldita sea, nada iba a interponerse en decirle cuatro cosas a aquel hombre, por muy atractivo que fuese y por muy embaucador que resultase.
—Hōzuki, yo que usted tendría más cuidado de no salir lastimado en una guerra que no puede ganar que de estar pendiente de lo que yo haga —dijo Karin mirándole a los ojos fijamente, con toda su furia contenida y todo su orgullo en sus pupilas.
Suigetsu tragó saliva con fuerza. No podía creerlo, pero aquella chiquilla acababa de derribarlo con solo unas pocas palabras. Lo que había empezado como una broma, una forma de ponerla en su sitio después de cómo lo había tratado aquella mañana, se había tornado en todo un desafío, porque en ese preciso instante, en el que lo miraba con lo que parecía toda la fuerza de los elementos, se quedó paralizado, hipnotizado por esos ojos que desbordaban su fuerza, su determinación, y él, maldita sea, deseó todo aquello con una intensidad que lo dejó con las manos temblando.
—¿A una guerra contra ti, Karin? —preguntó Suigetsu con la voz baja y grave, y el desafío en cada sílaba. Suigetsu no pudo sino admirar a aquella mujer que ni siquiera pestañeó ante sus palabras, y eso que su tono había sido de todo menos amigable—. ¿Es acaso una amenaza? Porque ese sería un grave error por tu parte —continuó Suigetsu mirándola mientras exudaba de cada poro de su piel la autoridad y la fuerza propias de un jefe de clan.
Eso hubiese sido suficiente para haber hecho llorar a cualquier dama y para haber frenado a cualquier hombre que hubiese insinuado siquiera una leve amenaza contra él, pero Suigetsu no contaba con un factor impredecible, con una mujer que podía ser una temeraria, porque las palabras que salieron de su boca, esa misma que lo estaba volviendo loco, lo dejaron de nuevo desarmado.
—Pues si piensa que eso es un error, se va a llevar una sorpresa Suigetsu. Porque no es una amenaza es una promesa, y yo nunca rompo mis promesas —dijo Karin mientras sonreía como si fuese un gato que se relame frente a un tazón de leche.
¡Maldita sea la mocosa!, exclamó Suigetsu para sí mismo.
—Y yo nunca pierdo una guerra. Espero que esté dispuesta a sufrir las consecuencias cuando haya sido vencida —dijo Suigetsu con una mirada intensa y desafiante.
Karin abrió un poco los ojos, pero se recuperó rápido.
—Caerá de rodillas, Suigetsu Hōzuki —sentenció Karin en un gruñido.
Y entonces Suigetsu soltó una carcajada, se tocó el estómago y siguió riendo un buen rato, tanto, que Karin pensaba que aquel hombre se había vuelto loco.
.
.
Temari e Karin por fin se habían retirado a su habitación. Ambas iban pensando en la desastrosa cena. Ambas tenían un semblante serio y su mente bullendo de intensas variables. Temari fue la primera en reaccionar cuando después de haberse desvestido y quedarse con su camisola, se metieron bajo las mantas.
—¿Vas a contarme qué es lo que te tiene así? —preguntó Temari mirando a su prima mientras acomodaba las mantas bajo sus brazos.
Karin la miró sin saber de qué le estaba hablando.
—¿A qué te refieres? —preguntó con el entrecejo fruncido.
Temari tomó aire antes de sentarse en la cama, de lado, para poder ver a Karin con mayor comodidad.
—Siempre estás parloteando y, ya sabes, lo normal es que después de la cena no hubieses parado de contarme tus impresiones en cuanto a los invitados que has conocido, la comida e incluso el tiempo. Pero desde que dejamos el salón has estado perdida en tus pensamientos, retraída y con una cara demasiado seria para ti. Así que llámame loca, pero he pensado que quizás ese cambio se debiera a que algo te había perturbado esta noche, y que podía tener que ver con Suigetsu Hōzuki.
Fue decir ese nombre e Karin pegó un salto en la cama que hizo que Temari entrecerrara los ojos.
—Vaya, parece que no voy desencaminada —dijo con una sonrisa.
Karin la miró, y lo que destilaban sus ojos eran de todo menos compasión. Aunque algo de arrepentimiento sí había.
—Le he declarado la guerra a ese... ese...
—¿Palurdo ignorante? —preguntó Temari con ironía.
Karin dio un resoplido poco femenino.
—Eso fue esta mañana, cuando aún ni siquiera lo conocía. Ahora esos calificativos son un juego de niños comparado con lo que lo llamaría.
Temari parecía divertida al ver la forma en que su prima hablaba de Hōzuki, como si ella supiese algo que a Karin se le escapaba.
—¿Y qué te ha dicho Hōzuki para que le declararas la guerra y te pusiera en tal estado?
Karin la miró fijamente.
—¿De qué estado hablas?
Temari tuvo que morderse los labios para no soltar una carcajada.
—¿Estado de alteración? —preguntó Temari irónicamente.
—¡Oh, por favor, yo no estoy alterada! —exclamó con voz chillona Karin mientras se pasaba la mano por el pelo de tal forma que, el cabello lacio y hermoso de su prima, estaba adquiriendo la forma de nido de pájaro.
—Ya lo veo, sin embargo, me encantaría saber qué es lo que te ha dicho.
Temari vio que su prima era reacia a decírselo, sin embargo, con Karin solo había que contar hasta cinco y... Uno, dos, tres, cuatro...
—Está bien, con esa mirada que tienes de «yo lo sé todo y no puedes esconderme nada», es imposible, así que te lo diré. Ese... ese hombre me dijo claramente que me inmiscuía en conversaciones ajenas. Eso es. Ahí lo tienes.
Temari estaba algo aturdida.
—¿Y eso es todo? Vaya... Sí que es malo. Jamás escuché hablar de un crimen tan atroz.
Karin la miró echando fuego por los ojos cuando Temari sonrió abiertamente.
—No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo y fue a por mí. Me tiene manía y ya está.
Temari rio más fuerte.
—No creo que sea manía lo que te tiene precisamente, pero bueno, vamos a dejar esa parte por ahora. ¿Qué más te dijo?
Karin cerró la boca y miró al frente.
—Venga, vamos, que puedo imaginarme lo que le dijiste tú, pero no lo que te contestó él —afirmó Temari mirándola fijamente.
—¿Para que vuelvas a reírte?
—Prometo que no me reiré —contestó Temari recuperando a duras penas la seriedad en su rostro—. Y además, ¿en qué conversación querías inmiscuirte tú?
Temari vio como Karin se ruborizaba hasta las cejas y entonces cayó en la cuenta.
—¿Por qué querías escuchar lo que yo hablaba, Karin?
Karin volvió a mirarla y esta vez lo que vio en su mirada era una mezcla de velado dolor y curiosidad.
—¿Vas a contarme tú primero quién es Naruto Haruno y por qué te alteró así su presencia? Y no me digas que no te alteró porque eres muy buena disimulando tus sentimientos y tus reacciones, pero olvidas que te conozco, y por unos segundos pude ver tu expresión cuando lo miraste y créeme que jamás había visto en tu rostro las emociones que vi cuando te fijaste en él. Así que, por favor, sé sincera. Ya no soy una niña y te quiero, y me preocupo por ti, y tú... Tú siempre coges las preocupaciones de todos los que te rodean y las colocas sobre tus hombros, y nos ayudas, nos escuchas y nos consuelas, pero sin permitirte nunca hacer lo mismo. Lo respeto, Temari, pero alguna vez tienes que confiar en alguien y me duele que no lo hagas en mí.
Temari tragó saliva antes de contestar. Se había olvidado por un momento de que Karin era una mujer, porque ya no era aquella chiquilla de trece años que la había mirado con los ojos muy abiertos cuando estaba enferma en aquella cama y pensaba que no viviría un día más y le había dado la mano. La había sostenido largas horas y le había contado historias que la habían hecho sentir paz dentro de la bruma y el delirio que la fiebre había tejido durante demasiados días.
—Karin..., no... no creo que pueda hablar de eso ahora. No puedo —dijo Temari con la voz algo quebrada.
Karin salió de la cama rápidamente y se sentó en el borde de la cama de su prima. Tomó la mano de Temari entre las suyas, igual que había hecho aquella vez, y la miró, con la preocupación desbordándose por esos grandes ojos carmesís.
—Solo puedo decirte que lo conozco, que hubo un tiempo en que lo significó todo para mí y que ahora me odia, y eso me duele, aunque lo comprenda en cierta forma, porque él tiene razones para sentir de esa manera, aunque no sean acertadas. Esta noche le hubiese matado, pero a la vez he recordado cómo era estar a su lado, cómo era sentir su mirada en la piel, le he escuchado reír por algo que he dicho... y eso me ha puesto un nudo en la garganta. Estaba preparada para su odio, pero no para eso, no para su consideración, no para que le importase aún algo.
Temari vio los ojos de Karin brillantes y húmedos antes de que se lanzara a darle un gran abrazo. Cuando se retiró una sonrisa se dibujaba en sus labios, aunque la preocupación seguía imperturbable en el fondo de su mirada.
—¿Me contarás el resto cuando sientas que puedes hacerlo? —preguntó Karin cogiendo de nuevo su mano.
—No podría pensar en nadie mejor para hacerlo —contestó Temari con cierta sorpresa al comprobar que, después de contarle a su prima retazos de su pasado, se sentía un poco más ligera.
—Gracias —dijo Karin con una gran sonrisa antes de intentar levantarse.
Pero no pudo porque la mano que consolaba la de Temari, esa mano quedó atrapada por la de su prima haciendo que volviera a sentarse.
—No vas a escaparte tan fácilmente, así que ahora mismo cuéntame qué fue lo que él te dijo.
Karin soltó aire, resignada.
—Me dijo que nunca perdía una guerra y que tenía que estar dispuesta a pagar las consecuencias.
—¿Y tú que le dijiste?
Karin sonrió abiertamente y el brillo que adquirieron sus ojos, de amor propio y orgullo Uzumaki, la hicieron peligrosa.
—Le dije que caería de rodillas.
La carcajada de Temari resonó de madrugada sobre las gastadas piedras de aquel castillo.
