La velada fue agradable, la comida exquisita y la conversación fluyó natural entre los shinobis de la arena mientras la bebida hacía lo suyo.

El ambiente distendido contagió incluso al siempre imperturbable Kazekage, a quien se vio conversando y participando de aquella reunión.

Sin que nadie, o casi nadie, sospechara que, en realidad, había una razón mucho más poderosa.

Sentada, precisamente, a su lado; tentándolo; y completamente inocente al poderoso efecto que tenía.

Respondiendo a cada una de sus miradas furtivas; deleitándolo con algunos leves sonrojos y sonrisas; haciéndolo temblar como hace un rato.

En ese beso que no llegó a ser.

Esa menuda kunoichi se había vuelto todo para él.

Y aquel reciente encuentro, algo que no podría abandonarlo; y que lo cambiaba todo.

Estaba enamorado, y no necesito que nadie le describiera aquel sentimiento, porque el conocimiento llegó, se instaló y quedó en él como una verdad absoluta; irrefutable.

Así que ahora estaba ahí, compartiendo con el mundo, solo y exclusivamente porque aquello significaba ingresar a su mundo y compartir con ella.

Como si fuera una dulce obsesión.

Se separaron al salir del restaurante, Kankuro estaba pasado de copas, como alguno de los otros chicos y Gaara tenía que llevarlo de vuelta. Ella asintió y se perdió en la oscuridad de las calles de Suna.

- Gaara- habló su hermano mientras caminaban- estás cambiado, jamás te hubiera imaginado en una reunión así.

- Hmm.

- Ella te hace bien.

El menor se detuvo, algo avergonzado, provocando la sorpresa del mayor que casi no podía creer lo que veía.

- Necesito hablar contigo de eso- dijo Gaara.

El frío de la noche inundó sus sentidos, despertándola y dándole las fuerzas que le faltaban para recorrer las últimas cuadras antes de llegar a su hogar y finalmente descansar; no había parado desde que volvió de la misión.

Y como un escalofrió, su piel se erizó y varias presencias se hicieron notorias.

No estaba sola, y no eran aliados.

Enemigos.

- Byakugan.

Esquivó con gracia un kunai que se clavó en el suelo, y contó a quince enemigos. Demasiados para un combate en un área civil.

Redirigió su chakra a los pies y comenzó la carrera a los campos de entrenamiento, ese era el mejor lugar para un enfrentamiento.

Y no tuvo que dudar para saber que ella era el objetivo y el cliente era Hiashi y Hanabi.

Uno a uno esquivó los ataques, asestó algunos otros y continuó con esa frenética carrera.

Hasta que llegó, y ahora podría liberar todo su potencial.

La arena se abría amplia a su alrededor, lisa y relucía con un color algo azulado bajo la luna. No había donde esconderse y ella estaba ya muy acostumbrada a ese entorno; su hogar.

- ¡Juuken!

Sus gráciles movimientos dieron en todos los puntos necesarios para desarmar y dejar fuera de combate a los cinco primeros valientes que la enfrentaron.

Pero diez seguía siendo un número muy superior para una kunoichi cansada.

El puño suave se movió con todo su esplendor. Elegante y letal.

Dos menos.

Y un Kunai cruzó su defensa absoluta, directo a los ojos; el objetivo de todo aquello.

No lo vio venir y el pánico la invadió por un momento; lo suficiente para que aquella diminuta calabaza se destapara y la arena formara un impenetrable escudo que la protegió.

Ese era el verdadero regalo de Gaara; su arena, su protección.

- ¡Hakke Hasangeki!

La ola de chakra salió disparada de su palma, impactando en el enemigo y arrastrándolo varios metros mas allá. Lo necesario para reposicionarse y continuar.

Los ninjas la rodearon, y ella se negaría a perder.

- ¡Hakkeshou Kaiten!

Giró, con aquel torbellino de adivinación y varios de aquellos ninjas quedaron en el suelo, disminuyendo la cantidad de enemigos.

Cuatro más.

Sudó, cansada y con la respiración entrecortada.

Y se preparó para recibir en su posición, aquel ataque.

- ¡Suna no Tate!

El escudo de arena apareció frente a Hinata y la profunda voz del Kazekage inundó el lugar.

- ¡No intervengas! - le dijo ella mientras volvía a su posición de ataque y golpeaba a uno de los shinobis.

Gaara dio un paso, ignorándola y alzó nuevamente su mano para crear el ataúd de arena.

- ¡Es mi pelea!

- Hinata- reprendió intentando interferir y ayudarla.

Ella volvió a atacar con el puño suave y un juuken; totalmente decidida.

Giró un instante su mirada hacia él, con su byakugan activado, aquella posición tan elegante de ataque y determinación de fuego.

Gaara se detuvo.

- Soy un ninja de Suna, y si necesito que mi Kage me proteja, entonces no estoy haciendo las cosas bien.

El chico la miró contenido y desarmado por aquellas palabras tan duras, tan obstinadas.

- Por favor, necesito defenderme sola.

Su mandíbula se apretó, tensa, al ver como ella se lanzaba nuevamente al ataque y enfrentaba a esos cuatro ninjas sola y cansada.

Pero la iba a respetar, e iba a observar atento; orgulloso como un Kazekage, como aquella Shinobi peleaba por su aldea, por su honor y por su propia libertad.

Y bailó aquella danza letal bajo la luna, invencible.

Con la respiración entrecortada, apoyó su rodilla en el suelo buscando estabilidad y cayó el último de los enemigos.

Se incorporó nuevamente y con kunai en mano, se acercó, apretó su cuello e interrogó.

- ¿Quién te mandó?

- Tu mismo clan – dijo aquel hombre- tus ojos tienen un bonito precio.

- No tengo clan.

Guardó su arma y de un solo toque, imperceptible, lo dejó inconsciente.

Una patrulla de vigilantes ninja de Suna aparecieron para tomar a los mercenarios y llevarlos a prisión.

Hinata se giró hacia el Kazekage, se inclinó en una profunda reverencia de agradecimiento y desapareció nuevamente.

Quería estar sola.

Caminó, agotada, casi sin chakra, hacia su casa. Estaba mentalmente abatida de saber que aún la buscaban, con un gusto amargo de saber que no pensaban dejarla en paz y de que su propia familia le había puesto precio a su vida.

Aquella era una retorcida familia, y ella no podía odiarlos; y eso hacía que doliera más.

Activó su Byakugan una vez más al sentir una presencia cerca y Gaara aterrizó a su lado.

Tomó su mano con decisión, y ella estaba muy cansada como para rebatir, así que se dejó guiar.

Su casa estaba cerca de la torre del Kage, y era muy similar a la suya, pequeña, simple y minimalista.

En otra ocasión, hubiese admirado el lugar, recorrido con la mirada cada rincón y se hubiese mostrado bastante mas emocionada; pero hoy, después del ataque y de esa horrible dosis de realidad, solo quería cerrar sus ojos y olvidar.

Sentirse segura y descansar.

- Estarán haciendo patrullajes por si alguien más se infiltró- comentó él mientras le indicaba que se sentara en un cómodo sillón- este es el lugar más seguro, puedes descansar.

Ella asintió, con la mirada ausente y acurrucándose.

- Iré por una muda para ti.

- No es necesario- indicó- quiero estar preparada.

Gaara se dirigió a la cocina para preparar té y algo que la relajara, mientras le daba espacio para que ella pensara; sabía que lo necesitaba.

Se intentó demorar, regalándole algunos minutos más antes de volver a irrumpir e intentar decirle algo que no sabía que podía ser.

O tal vez, simplemente acompañarla.

El hecho de que estuviera ahí, después de esa larga y angustiante misión, y después de aquella pelea por su vida, era más que suficiente.

Apareció con una pequeña bandeja que colocó en una mesa de centro frente a la Hyuga y notó que ella ya estaba dormida.

Sin pensarlo mucho, la tomó en sus brazos y la llevó a su alcoba; ella necesitaba descansar.

La recostó con cuidado sobre la cama y colocó algunas mantas sobre ella, todo en total oscuridad y procurando no despertarla.

Aún así, en esa oscuridad; con su cabello libre sobre la almohada, con aquellos ojos cerrados y su rostro tranquilo; en la más absoluta calma. Él seguía cayendo, mas de lo que alguna vez imagino que podría ocurrirle.

Y aquellas obstinadas palabras volvieron a él como un kunai.

"Soy un ninja de Suna, y si necesito que mi Kage me proteja, entonces no estoy haciendo las cosas bien … Por favor, necesito defenderme sola".

Se sentó a su lado, observándola una vez más antes de dejar aquella habitación y se giró para levantarse.

Pero no pudo.

Algo muy superior a él lo obligó a sentarse nuevamente, y en el más profundo silencio, se recostó a su lado, frente a ella y rozó sus dedos por aquel rostro que adoraba.

Lo delineó con ternura y calma, y se movió con suavidad un poco más cerca, solo para sentir aquel calor que ella desprendía. Y sus palabras escaparon como si hubiesen estado contenidas, en una respuesta tardía.

- No estaba protegiéndote como el Kazekage.

Estiró sus brazos hacia la cintura de ella y la atrajo en un abrazo protector, cubriéndolos con aquellas mantas, y se perdió en su aroma, hasta el día siguiente.

Despertó con las primeras luces de la mañana, aún sujetándola y sonrió levemente, sin poder evitarlo.

Amanecer así era nuevo y agradable; algo que se podría transformar en adicción.

Y como era de esperar, Hinata despertó, algo desorientada y sin entender como había llegado a estar en aquella posición.

Se sonrojó, tartamudeo y luego se retiró.

Y Gaara, lejos de sentirse mal, sonrió más notoriamente, por ser él quien había causado aquello.

El día pasó largo y tedioso para Hinata, y con sorpresa, se vio mirando con frecuencia a la torre del Kage y esperando a que terminara aquella jornada; porque aquello significaba volver a ver a Gaara.

Con todas aquellas emociones que su presencia traía, y esas pequeñas ilusiones que despertaba.

Apareció como todos los días, con aquel característico caminar, con su cabello rojo rebelde, su piel blanca tan impropia del desierto y aquel aire imponente que siempre lo rodeaba.

Lo recibió, ansiosa, algo nerviosa pero totalmente agradecida de que estuviera ahí; en aquel pequeño oasis que mantenían. En un pequeño paraíso personal.

- Se casa Temari la próxima semana – soltó- ¿te gustaría ir a Konoha conmigo?

Casi se le cae la tetera de la pura impresión ante aquella revelación poco esperada. Como una invitación a la boca del lobo y a la vez, al lugar que mantenía parte de su corazón.

Gaara al notar su silencio, se acercó con cuidado.

- ¿estás preparada?

Ella volvió su mirada hacia él, esta vez con decisión.

- Sí.

El siguiente día inició y prometía ser diferente, o al menos así lo sintió al momento de poner los pies en el suelo.

Se vistió con ganas, alegre; les dio una mirada a sus recuerdos, para no olvidar sus raíces, y abrió la puerta de su casa para iniciar aquella jornada.

Y una cabellera roja y furiosa se asomó por la puerta del antejardín, descansando en aquella habitual pose con sus brazos cruzados, inalterable.

Se acercó, preocupada de que algo hubiese pasado para que él estuviera tan temprano ahí, pero el solo respondió que debía ir donde Matsuri y pensó que podrían hacer el trayecto juntos.

Avanzaron por aquellas calles que comenzaban a vivir, otra vez; y que ella usualmente recorría sola, perdida en sus pensamientos.

Sus brazos se rozaban, sus manos se tocaban y aquel preciado espacio personal ya no tenía sentido entre ellos. Ambos estaban completamente conscientes del cambio progresivo que se fue dando, como aquellas distancias se acortaban; como sus miradas se buscaban; como las palabras sobraban.

Y ninguno buscó detener aquello, ni alejarse, ni menos dejar de atraerse.

Todo aquello era demasiado nuevo, demasiado dulce, demasiado atrayente.

Caminó con ella e ingresó al lugar de destino, donde los ninjas de la arena se juntaban a esperar sus ordenes o a entrenar; donde se suponía que vería a Matsuri.

Hinata se giró para despedirse, de aquella manera formal que usaba cuando había más personas y él no lo permitió.

Porque él no era tan inocente como para dejar que otros, miraran aquello que él buscaba; y marcaría todos los límites posibles mientras ella lo permitiera.

Dio un paso hacia ella, entrando a su espacio, enredó sus dedos sin llegar a tomar su mano completamente, solo de una forma sutil, pero suficiente como para dejar en claro de que él estaba ahí y con ella.

- Iré a tu casa en la tarde, si te parece y trabajamos tu jardín.

Ella, aún sonrojada por aquella jugada, y traicionada por sus sentimientos, respondió tímidamente.

- Te veo allá.

Soltó su mano y se giró.

Se le había pasado la mano, y lo sabía, pero no podía arrepentirse.

Y Hinata sonrió de saber que la visita a Matsuri era una inocente mentira.

Con su calabaza apoyada en la pared junto a su chaqueta rojo oscuro, y solo con su polera, se encontraba agachado, con las manos hundida en aquella tierra fértil y tan distinta a su arena. Hinata estaba a su lado, en las mismas condiciones que él, jugando con una pequeña araña que había aparecido.

Con una sonrisa que iluminaba su rostro, probablemente, cortesía de algún recuerdo de Shino.

Porque no había otra forma de que ella pudiera tomar una araña y Temari o cualquier otra mujer que conocía (y hombres también) no pudieran hacer lo mismo sin sentir escalofríos.

Hizo un pequeño agujero en la tierra y le permitió esconderse, y tomó el pequeño cactus que él le había traído semanas atrás y lo ubicó.

Se limpió el sudor con su mano, sin notar que dejó un camino de tierra y Hinata sonrió, de buen humor al notarlo.

- Tu cara- sonrió- estas lleno de tierra, Kazekage.

Él notó el tono de burla utilizado en aquella sentencia, con ese tinte de alegría y energía que no la caracterizaba pero que era tan agradable como todas las demás versiones de ella.

Probablemente, esta era la Hinata que hacía travesuras con aquel Inuzuka.

Sonrió, era contagioso.

Y contra todo pronostico, recogió en su mano un poco de tierra y consideró que el rostro de Hinata estaba demasiado blanco y lo maquillo un poco.

- Parece que la tuya también.

Una pequeña llama de desafío se asomó en los ojos de la Hyuga, de aquellos que no había visto y que se le hizo terriblemente atractivo; y una sonrisa perversa se asomó con timidez.

Como una niña pequeña en plena travesura.

Tomó un montón de tierra húmeda y lo dejó caer directo a su cabeza, mientras se levantaba y caminaba a una bolsa apoyada en una pared, con más de aquella tierra.

Gaara sonrió, se acercó para hacer lo mismo, pero ella se giró hacia él, leyendo su movimiento mucho antes.

- Predecible, Gaara- indicó- deberás esforzarte más.

- Te oyes bastante segura.

Ella sonrió, y corrió hacia la bolsa, y él avanzó detrás mientras ambos soltaron pequeñas risitas traviesas e inocentes.

Esta era la primera vez que ella hacía algo como aquello sin Kiba, y esta era la primera vez que Gaara se permitía ser tan infantil.

Y estaba bien, completamente bien.

Aquel pequeño desafío se mantuvo en un juego secreto, con risas tímidas, sonrisas libres; miradas divertidas, en una complicidad que nacía y descubría nuevas facetas de ambos.

El dulce encuentro apareció de forma natural, con ese magnetismo que se hacía cada vez mas evidente entre ellos.

Hinata apareció por su izquierda, amenazando con ganar aquella partida, con una enorme masa de tierra húmeda entre sus manos, justo frente a su rostro. Y Gaara, deleitado con aquel pequeño juego, con sus risas; tomó su mano, tiro de ella y la dejó contra la pared.

- Gané.

Ella sonrió al verse atrapada, como si tuviera una carta más bajo la manga.

- Aún tengo la tierra en mis manos.

Él tomó su desafío con una media sonrisa, y pasó la mano que sujetaba su muñeca, hacia su mano y la entrelazó, frente a frente; y aquel montón de tierra se deslizó, olvidado.

Y sus ojos se encontraron una vez más.

Sus manos se tomaron con seguridad, con propiedad, como si fuera lo que siempre debieron hacer.

Dio un paso más, acorralándola definitivamente contra aquella pared y Hinata no se resistió.

Con su mano libre, tocó aquel rostro con suavidad, y en su cabeza, un miedo repentino apareció.

Como un cruel recordatorio.

Como un miedo irracional e inevitable.

Cerró sus ojos, y apoyo su frente en la de ella, en aquel íntimo momento. Intentando formular palabras mientras sus sentidos eran atacados por su presencia tan cercana, tan anhelada.

- Yo fui el que te pidió ir a Konoha- dijo con una voz baja, como un susurro- y ahora tengo miedo de que te quieras quedar ahí.

Ahora fue ella quien cerró sus ojos, disfrutando de aquella cercanía, de su presencia, y de aquel contacto. De verse ahí, entre sus brazos.

Aceptando que entre ellos había algo más que amistad.

Llevó su mano a su rostro, esta vez con seguridad, y deslizó sus dedos por piel que la llamaba; de aquel hombre que no podría abandonar.

Y que día a día, con cada nueva faceta, se volvía más irresistible,

- No podría.

- ¿Lo prometes?

- Lo prometo.

Una pequeña sonrisa se asomó en el rostro de Gaara, mientras suspiraba; probablemente botando la tensión. Intentando relajarse en ese ataque de nuevas sensaciones que lo embargaban y lo nublaban.

Instándolo a mantener aquello que había encontrado, perpetuando aquel contacto exquisito y único.

Decidieron quedarse en esa posición un poco más, como de mutuo acuerdo, sintiendo las caricias tímidas del otro, disfrutándose. Conociéndose en esta nueva forma.

Pero el deseo de avanzar pudo más.

En una sincronización natural, Gaara rozó su nariz y Hinata elevó su rostro, robándose el aliento, ambos aún con sus ojos cerrados y simplemente sintiendo.

Y en la sutileza de aquel avance, rozaron sus labios.

Un toque suave, casi imperceptible. Un tenue e inexperto avance, lo suficiente como para despertar todos sus sentidos, sin poder llamarse beso, aún.

Totalmente entregado a ese instante.

- Debo volver- dijo él sin moverse de su sitio.

Tocando aquellos labios en cada palabra, tomando su respiración, e intentando mantenerse cuerdo.

- ¿Te veré después?

Robándose más suspiros y estremeciéndose con cada contacto.

- No podré, debo preparar el viaje.

Gaara se alejó lentamente, indeciso de si asaltarla con un verdadero beso o alejarse lo suficiente como para recuperar la cordura. Y con pesar optó por lo segundo.

Porque a pesar de que él estaba listo, y buscaba dar ese paso, sentía que ella aún no estaba preparada.

Y Gaara del desierto no buscaba términos medios, él quería todo de ella.