CAPÍTULO XVII

El otrora ansiado fin de semana había llegado.

La familia daba señales de estar cada vez más tensa.

No era lo que habían esperado que fuese. Solo Nicholas parecía estar ajeno a los problemas a su alrededor. Candy envidiaba la forma de abstraerse del mundo de su hijo. Ansiaba estar como él.

Iban en silencio en el vehículo hacia la villa del Duque de Grandchester. Era viernes por la noche y no les tomaría mucho tiempo en llegar. El padre de familia lucía una expresión sombría y su esposa no iba diferente.

Desde aquella noche en que había tenido la pesadilla con esa niña, no le había vuelto a hablar a su marido. Menos mal que pudo despertarse sin gritar y alertarlo. Parecía no comprenderla y por lo mismo, ya no le comentaba sus inquietudes y temores. Sentía que se estaban alejando. Lo peor eran sus callado celos por las continuas salidas a tan altas horas de la noche y encima, con su compañera actriz.

Por su parte, Nicole parecía no existir en ese momento.

Estaba perdida en sus pensamientos y en las asiduas conversaciones que había comenzado a sostener con la enigmática Sue, justo después del fuerte problema con sus padres. Aprovechaba los escasos momentos en que podía escabullirse hacia el edificio donde la había visto para platicar un poco con ella y desahogarse así de los problemas que le aquejaban.

La había estado buscando en sus recesos, por esos solitarios salones, donde cada vez que llegaba a encontrarla, sus alumnos parecían haberse ido al mismo tiempo.

Siempre estaba sola, rodeada de papeles y libros.

El semblante dulce de la mujer comenzaba a ser para ella un bálsamo reparador a todos los problemas que le rodeaban en casa. Solo ella parecía comprenderla:

- Quizá tus padres son demasiado severos contigo, Nicky. Me da pena que ni siquiera tu mama haga el esfuerzo por acercarse a ti. Eso no es propio de una madre. ¿Realmente sientes que te quiere, nena? – la incisiva pregunta le había hecho casi llorar, pero no lo demostró ante Sue.

- No sé ni me interesa. Pero ahora que lo dices, prefiere estar con Nicholas y An. A mí solo se acerca para llamarme la atención o para ordenarme las cosas. Cuando me dice que me quiere, no le creo. Más cuando llega en tono agresivo a regañarme – respondió la chiquilla, cuyo corazón comenzaba a albergar un sentimiento muy negativo respecto a Candy.

- No permitas que te maneje a su antojo. Eres una mujercita muy fuerte y debes probárselo para que no vuelva a tratarte de esa forma. Me da pena que tengas una madre así, Nicky. ¡Eres tan adorable que hubiera dado tanto porque fueses mi hija! Yo sí te trataría como la hermosa princesa que eres. ¡Es una lástima que ella no lo vea así! No es justo, cariño – la dulce voz reconfortó un poco la desagradable sensación que le provocaron sus palabras. Se dejó abrazar por ella.

- Yo también quisiera que fueses mi mamá. ¡Eres tan buena y dulce, Sue! No me dejes sola nunca. Eres la única persona que me comprende – se lamentó sin percatarse de la inquietante sonrisa de la misteriosa profesora.

- Es tarde, Nicky, debes regresar. Recuerda que siempre acudiré en tu consuelo cuando así lo necesites.

Nicole le dio un beso en la mejilla y se despidió con pesar de ella. Ya tenía controlado el tiempo de receso. Se despedía rápidamente de la profesora y corría hacia el salón para evitar problemas con su maestra, quedando de volver a reunirse pronto.

Ahora, creía haber encontrado su oasis de paz, para alejarse de las constantes llamadas de atención que le daban sus progenitores y maestros.

Por otro lado, Anisha se refugiaba en sus estudios y sus libros, para poder sobrellevar la tensa situación en la que vivían los Grandchester.

Mantenía estrecha correspondencia con su familia, evitando ponerles al tanto de los problemas en casa. A pesar de que se sentía a gusto con ellos, su sexto sentido no le aseguraba una estadía confiable en la casa. Se sentía oprimida y algunas veces, ignorada. Trataba de acercarse a Nicole, pero ésta ya había tomado su distancia con respecto a todos ellos. La espinita de regresar a su casa hasta que entrara a la escuela se había instalado en su mente pero por respeto a sus tíos no había hecho comentario alguno.

El vehículo se internó en el sendero que llevaba a la lujosa villa del padre de Terry. Por encontrarse a principios de otoño, los árboles mostraban una hermosa e increíble tonalidad de contrastes rojizos y amarillos. El camino estaba tapizado de las hojas multicolores que caían a causa del viento.

La entrada de la enorme residencia quedó al descubierto.

Era de estilo arquitectónico ecléctico, cuyas variedades azuladas en las paredes talladas, vistosos vitrales oscuros con formas delineadas y cúpulas oscuras, le daban un aire magnificente e imponente. La enorme y hermosa puerta labrada en madera fue abriéndose a medida que el auto se iba estacionando frente a ella.

La familia fue descendiendo lentamente del mismo.

Anisha y los gemelos se colocaron al lado de Candy. Terry los alcanzó un instante después de haber aparcado cerca de ahí el vehículo.

El Duque se encontraba en la puerta, apoyado en su bastón, asistido por una enfermera particular. Aparentemente no se había percatado de alguna tensión entre ellos. Habló en voz alta a sus ayudantes y en ese momento dos jóvenes asistieron a la familia, sacando las valijas del portaequipajes:

- ¡Hijo, qué gusto tenerte aquí! – mostró su emoción al ver a la familia completa. Tenía ya varias semanas de no ver a sus nietos predilectos.

- ¡Padre!, ¿cómo te has sentido?, ¡estoy impresionado con la villa!, ¡es realmente hermosa! – Terry se acercó a darle un abrazo a su progenitor, seguido de cerca por Candy, quien súbitamente había cambiado el semblante.

- ¡Duque!, ¡veo que le han cuidado demasiado bien!, ¡su semblante se ve mucho mejor! – la profesionalidad asomó a sus palabras. Le dio un beso en las mejillas, mientras hacía señas a sus hijos de que se acercaran.

- ¡Abuelo!, ¡ya tenía ganas de verte!, ¿es cierto que tienes caballos y que podré cabalgar? – Nicholas se fue literalmente encima del Duque, mientras su entusiasta voz daba un poco de vida al ambiente.

- ¡Nic, tranquilo!, ¡primero saluda que ya habrá tiempo después para eso! – le regañó sutilmente su madre. Su abuelo rió de buena gana.

- Hola, abuelo – fue lo único que dijo una seria Nicole.

- Hola, Duque. Mucho gusto en conocerlo – Anisha demostró toda su refinada educación, haciendo una galante reverencia ante él. El hombre asintió con la misma deferencia.

- ¡Han llegado a tiempo!, ¡la cena está lista!, deduzco que estarán hambrientos y he dado la orden de preparar algo delicioso – anunció el Duque, mientras una fila de cuatro chicas se acercaba a la familia de su hijo y les hacían una reverencia. Eran las domésticas del lugar.

- Gracias. Sinceramente ha sido un viaje largo, y creo que mis hijos estarán más que interesados en su ofrecimiento – Candy guiñó divertida un ojo. Su esposo la observó de reojo. Hacía unos minutos la mujer iba sumamente seria.

Conforme fueron estableciéndose y preparándose para la cena, la enorme mesa ovalada había quedado repleta de risas, comentarios chuscos, anécdotas curiosas y sobre todo, salpicada con los constantes comentarios del más alegre de los Grandchester, Nicholas.

Terry tuvo un momento largo de intervención, mientras contaba los avances de la obra y Candy participó con escuetas narraciones de su flamante papel de ama de casa, asistiendo a su familia. Anisha estuvo un poco serena, explicando sus impresiones de vivir en Londres así como de sus estudios en el Real Colegio San Pablo.

La única que no habló fue Nicole.

El Duque finalmente se dirigió a ella:

- ¡Cariño!, ¿por qué estás tan callada?, ¿acaso no me vas a contar cómo te ha ido con tus nuevas amiguitas en el colegio? – la afectuosa voz de su abuelo la regresó al momento en el que se encontraba.

- Me ha ido bien. No tengo muchas amigas. Sólo una. La veo muy de vez en cuando, pero es la única con la que me siento bien… y la que me comprende – aquellas frases hicieron que sus padres clavasen sus miradas fijamente sobre ella, pero las ignoró. Todo el tiempo se dirigió a su abuelo.

- ¿Qué quieres decir, Nicky?, ¿hay algo que te molesta y que nosotros no sepamos aún? – Terry le habló un poco serio. Su hija le devolvió la mirada, desafiante.

- Me gusta estar a su lado. Me escucha y me da su opinión sobre lo que pienso y opino. Algo que últimamente no se da en casa, abuelo – la frase fue cargada de ironía y sarcasmo. Todos se quedaron callados hasta que su padre alzó la voz.

- ¡Te quiero en tu cuarto ya!, ¡no terminarás de cenar! – se levantó y la jaló de un brazo. La gemela intentó soltarse, mientras gritaba pidiendo que la dejaran en paz. Tanto Terry como Candy se observaron sorprendidos por su inesperada reacción. El Duque intercedió ante su nieta.

- ¡Por favor, hijo!, ¡no seas tan exigente!, ¡no hay por qué alterarse!, Nicky, puedes seguir sentada a la mesa – Terry volteó a ver a su padre.

- Creo que no estás al tanto del comportamiento tan agresivo de mi hija, papá. Últimamente se ha portado de manera muy poco agradable y si le doy una orden, la tiene que obedecer. Por favor, no te metas – el actor la tomó de nuevo y a fuerzas se la llevó. El Duque se había quedado serio. No esperaba esa respuesta de su parte y decidió no volver a hacer comentario alguno.

En cuanto los dos salieron del lugar, Candy habló, con voz entrecortada. Había estado llorando. Se acercó a su suegro y se acurrucó en su hombro, dando suelta a toda la tensión que había acumulado, sorprendiendo al hombre. Anisha se había retirado sin hacer ruido, llevándose a Nicholas:

- ¡No sé qué hacer!, ¡hace tiempo que mi hija ha cambiado de actitud y conmigo se ha vuelto muy grosera!, ¡tal parece que me odiara!, ¡no puedo seguir soportando esta situación, simplemente, ya no puedo! – el bondadoso hombre acarició dulcemente su cabeza. Iba entendiendo un poco más la reacción de Terry.

- ¡No llores, hija!, seguro Nicky ha estado estresada. Cambiar de país no es nada fácil. Me di cuenta que no ha hecho amistades y probablemente se ha de sentir muy sola. Trata de comprenderla – volteó el femenino rostro hacia él y limpió sus mejillas con sus suaves manos.

- A veces quiero creer que está llamando la atención; otras pienso que realmente se siente sola, pero, ha dejado de buscar a An, cuando antes solían ser muy buenas amigas; de mí, ni siquiera puedo acceder a hablar con ella y comprender qué es lo que siente. ¡Mi hija me odia! – las esmeraldas volvieron a llenarse de lágrimas, al recordar los recientes acontecimientos.

- ¡No pienses eso, Candy!, ¡es imposible que tu hija te odie!, está iniciando una difícil etapa en su corta vida. Me temo que se haya adelantado. Pero por favor, no creas que te odia – la rubia se alejó un poco y le observó, con profundo dolor.

- La última vez que peleamos, se terminaron por confirmar mis sospechas, Duque – se cruzó de brazos, mientras hacía un esfuerzo por no llorar.

- ¿Por qué lo dices, Candy? – el anciano frunció las cejas en señal de desconcierto.

La rubia tomó aire y caminó un poco para tratar de tranquilizarse y poner en orden las palabras que usaría para responder. Mientras se acercaba a un delicado jarrón blanco de porcelana de tamaño considerable, conteniendo un hermoso bouquet rosal natural de color rojo, retomó la palabra:

- Porque ha estado plasmando sus ideas en dibujos. Hace unas noches, acompañé a Nicole a su recámara para ayudarle a poner en orden su material escolar. Vi sobre la mesita de estudio unos papeles y comencé a hojearlos. Nunca imaginé que mi hija conocería algún día el pasado – volteó la mirada hacia su suegro, quien cada vez estaba más confundido – Todos y cada uno de los dibujos eran representaciones de las situaciones que Terry y yo vivimos ese instante en que nos separamos. La escalera de ese hospital, la búsqueda infructuosa en esa noche de estreno donde nunca pudimos vernos, el teatro con el accidente donde pudo haber muerto su hijo… y mucho menos esperaba que…

¡Susana Marlowe estuviese presente en cada una de las ilustraciones!

Las palabras resonaron como eco en la mente del hombre. ¡No podía ser posible!

Se quedaron en absoluto silencio.


Nicholas estaba llorando mientras Anisha trataba de calmarlo:

- ¿Por qué están peleando todo el tiempo, An?, no me gusta verlos así. Ni siquiera me escuchan cuando les estoy contando lo que me ha pasado. ¡No es justo!, ¡Nicole tiene toda la atención de mis padres!, ¡se ha vuelto una niña muy mala! – se apoyó en el alféizar de la ventana del cuarto. La noche era estrellada.

- Creo que debes de comprender mejor a Nicky, pequeño. Ni siquiera a mí me ha vuelto a dirigir la palabra a no ser cuando pide que le verifique su tarea o que necesita alguno que otro consejo sobre su peinado. Tengo el presentimiento de que está mal influenciada por alguien que no conocemos – aquello hizo voltear a Nicholas.

- Ahora que lo comentas, An, en la escuela no tiene amigas. Las primeras semanas se la pasaba sola en el comedor o la biblioteca. Ni siquiera volvió a acercarse a mis amigos, a pesar de que me lo prometió. Quisiera decirte algo, pero por favor, júrame que no se lo dirás a papá y mamá – el chico se acercó a ella y bajó la voz, después de ver hacia la puerta de la habitación. No entró nadie.

- ¡Dios mío, Nicholas!, ¿le ha pasado algo a tu hermana ahí?, si es grave, tendré que hablar con mis tíos – la mirada suplicante del niño le hizo mantener a raya su juramento.

- Corre el rumor de que mi hermana ha sido vista en una parte del colegio, prohibida para los alumnos. Se dice que ahí espantan, ya que es un lugar muy sucio y abandonado. Una vez mis amigos y yo fuimos a asomarnos ahí y ya no regresamos. ¡El ambiente es de terror An! – Nicholas realmente estaba asustado.

- ¡Cielos!, ¿y tu hermana se pasea sola por ahí?, ¡podría estar en peligro!, mira, los fantasmas no existen – justo en ese instante un antiguo recuerdo de su infancia llegó a su mente, pero lo eliminó instantáneamente - ¡Piensa en algún loco que pueda ocultarse ahí y hacerle daño a tu hermana! – le tomó de los hombros mientras le llamaba la atención sutilmente.

- Los chicos dicen que Nicole se dirige siempre hacia uno de los viejos salones del edificio abandonado. Nadie ha querido seguirla porque les da miedo y porque también, las veces que hemos intentado hacerlo, siempre nos perdemos. Es como si el lugar se transformara en una serie de pasillos cada vez más largos. Muchos han alcanzado a ver su figura al entrar a ese salón. Me da coraje que piensen que mi hermana está loca y que digan que se ve con el demonio en ese lugar. ¡He intentado reclamárselo, pero siempre termina insultándome!, ¡diantres, An!, Nicky me ha insultado cuando antes no lo hacía, ¡no entiendo qué le sucede! – volvió a sollozar, mientras se dirigía nuevamente hacia la ventana.

Anisha permaneció intrigada a la par que oía la historia. Se imaginaba lo peligroso de la situación y su corazón se estrujó al pensar en la posible agresión que podría sufrir a manos de algún solitario delincuente escondido por ahí:

- ¡Nick, no digas tonterías!, ¡el demonio no existe!, ¡son puras patrañas inventadas por la gente que no tiene algo mejor que hacer! – habló, mientras su mente volvía a revivir, borrosamente, esa lluviosa tarde, cuando, siendo aún una niña, había visto pasar la misteriosa sombra en el Hogar de Pony.

Estaba demasiado intrigada al haberlo recordado súbitamente. A lo largo de todos esos años, jamás lo había rememorado. Justo ahora lo volvía a hacer. No entendió. La voz de Nicholas la distrajo:

- Hay algo más, An. Algo que me hace pensar que todo lo que dicen de ella es cierto. Es la primera vez que digo esto – se quedó callado por un breve momento y después, con voz baja, habló, como si fuese a compartir un secreto - por favor, confío nuevamente, en que no dirás nada – la observó con el miedo reflejado en su rostro.

- ¡Dios mío! ¿Ahora qué ha pasado?, presiento que sabes más cosas de tu hermana. Te suplico me digas todo. ¡Guardaré el secreto, cariño! – la chica se acercó a él y se quedó callada.

En ese instante, un inusual aguacero cayó sobre el lugar.

Ambos observaron las brillantes luces en el cielo, mientras los árboles se movían furiosamente de un lado al otro, por los embates del viento. Nicholas retomó su conversación sin quitar la vista del exterior:

- Varias veces he encontrado a Nicky hablando sola. La primera vez fue en su recámara, casi después de que llegamos a Londres. No toqué y entré para pedirle algunos colores. Estaba sentada en medio de la cama, con la mirada sobre un libro. Parecía susurrar algo. La verdad, me dio miedo de verla así. Después de largo rato de llamarla, regresó a ser la misma de siempre. Curiosamente, no recordó nada de lo que había sucedido y yo estaba demasiado asustado para pedirle que me explicara lo que tenía en ese momento – la voz infantil temblaba.

- ¡Válgame, Dios Santo! – Anisha se persignó, mientras una terrible sensación recorría toda su columna vertebral.

- En otra ocasión, cuando se peleó una vez con mamá, la vi correr hacia el jardín La reconocí por su vestido. Recuerdo que todavía había un poco de luz. Estaba a punto de saltar hacia esa casa abandonada, que tanto me asusta cada vez que la observo y sucedió algo que me hizo esconder en las cobijas: ¡Había una figura blanca en la ventana de aquel horrible lugar!, entonces, Nicky volteó a verme. ¡Eso era imposible, puesto que yo estaba escondido en una de las rendijas!, ¡no había forma de que pudiera verme!, después, mi hermana comenzó a sonreír, pero… ¡cielos!, ¡a veces pienso que mi imaginación me jugó una mala pasada! – su cuerpo comenzó a temblar aún más y Anisha se acercó a abrazarlo.

- ¡Cálmate por favor, que me alteras! – recargó su barbilla en su cabeza, mientras trataba de controlar su nerviosismo.

- ¡La vi saltar de forma anormal!, es decir, ¡parecía que flotaba! ¡Sus pies no tocaban el suelo, An! ¿Lo entiendes?, ¡Nicky estaba flotando mientras me saludaba con una mano!, ¡todavía tengo pesadillas con esa horrible imagen! – el chico se abrazó aún más a Anisha.

La joven se había quedado estupefacta al oír la historia. De solo imaginarlo, su cuerpo se contrajo del miedo. No sabía qué pensar. Ella había notado muy rara a su amiga, pero no al grado que su hermano explicaba.

Sentimientos encontrados fluían dentro de ella.

Sabía que difícilmente le creerían aunque apoyase al chico en sus argumentos frente a Terry y Candy. Comprendió al instante porque el gemelo no había hecho comentario alguno sobre la situación de su hermana. Mientras esperaba a que Nicholas se tranquilizara, siguió junto a él.

Tuvo una extraña sensación, pero no la supo distinguir.


Terry estaba muy serio, sentado frente a su hija.

Tenía rato tratando de sacarle palabra alguna, pero Nicole se había sumido en un extraño y profundo silencio desde que habían llegado a su recámara. Aunque lo observaba fijamente, su vista lucía sin vida. Como si no estuviese ahí en ese momento:

- ¡Te voy a hacer la pregunta por última vez!, ¡exijo que me expliques por qué diablos tratas de llamar la atención de esta forma!, ¡mi padre es el menos indicado para que le hagas este tipo de groserías, Nicole!, ¡habla ya! – el actor ya estaba perdiendo la paciencia.

Su hija siguió callada durante un rato más y Terry decidió caminar continuamente por todo el lugar. Tenía las manos detrás de sí. Su mirada era de desesperación. Ya no tenía idea de cuál actitud sería la correcta para tratar a Nicole. Se detuvo por fin y volteó a mirarla.

Cambió su tono. Ahora su voz fue de súplica y comprensión:

- Mi amor… Nicky… cielo… ¡explícame qué te sucede!, ¡nos has tenido preocupados desde que llegamos!, ¿acaso estuviste en contra todo este tiempo, antes de venir a Londres?, ¡cariño, por favor!, ¡dame una señal para entenderte! – se hincó frente a ella al borde de la cama.

Impasible, como había permanecido desde que la condujeran ahí, la pequeña no hizo movimiento alguno con la intención de hablar. Terry se dio por vencido:

- No saldrás a cabalgar mañana con nosotros. Estarás castigada y tienes prohibido salir de esta habitación hasta que hayas aceptado decirnos lo que te molesta y te hayas disculpado por la respuesta que diste a tu abuelo, ¿me entiendes? – el zafiro de su mirada destellaba de furia.

Cuando se dio la vuelta para retirarse, el inesperado y horrible alarido que salió de la garganta de su hija le hizo voltear asustado.

Nicole se encontraba tendida sobre la cama gritando como loca, mientras trataba de defenderse de un ataque imaginario.

- ¡No! – gimió, con el pánico en su voz. Su rostro se giró, como si alguien la hubiera abofeteado.

- ¿Qué sucede? - su padre se alarmó y corrió hacia ella, pero de detuvo en seco al ver como el infantil cuerpo era sorpresivamente proyectado de espaldas hacia la pared. Tal parecía que una fuerza invisible la hubiese aventado.

Resbaló por el muro cayendo de nueva cuenta sobre la cama, presa de una serie de convulsiones.

Candy entraba justo en ese instante tras él, asustada por lo que estaba sucediendo. Se quedó helada e inmóvil al ver lo que ocurría:

- ¡Por todos los santos!, ¿qué le pasa? ¡Terry!, ¡haz que pare!, ¡por favor! – Candy gritó desesperada, mientras los demás miembros de la familia, incluidos el Duque y su enfermera, asistían aterrados a la impactante escena.

- ¡Déjeme revisarla, señor Grandchester! – la enfermera se adelantó, al momento en que el padre trataba de contener a su hija.

El ambiente en la habitación se había vuelto más gélido pero nadie pareció darse cuenta.

Terry tuvo que hacer uso de toda su fuerza para poder detener el frenético movimiento mientras la enfermera trataba de sostener sus brazos.

Invisibles bofetadas cruzaron sucesivamente el rostro de la niña dejando sendas marcas rojas. Los testigos se encontraban en un estado de completa estupefacción. La observaban con profundo dolor y espanto.

Después de un tiempo que pareció eterno para el resto de la familia, Nicole se tranquilizó, perdiendo el conocimiento instantáneamente.

Candy había permanecido clavada en su lugar, observando como la asistente revisaba los signos vitales de su hija. Fue hasta que la enfermera le pidió el botiquín médico que la rubia reaccionó, saliendo fugazmente por lo solicitado. Al toparse con Anisha le pidió que alejara a un asustado Nicholas, de la escena.

En cuanto Sarah tuvo el botiquín, logró extraer un sedante y se lo aplicó a la chiquilla.

- ¿Cómo está? – Terry pudo recobrar por fin la voz. Estaba conmocionado ante la inesperada reacción de su hija.

- Está bien, señor Grandchester. Sus signos son normales. Le sugiero que lleve a Nicole con un doctor. Podrían ser reacciones debido a situaciones de estrés o nerviosas. Quizá ha estado muy presionada y ustedes no lo saben. Sinceramente, es la primera vez que veo una reacción así, en una chica sana. Espero que el sedante funcione sin ningún problema. Dormirá toda la noche – la explicación de la enfermera fue muy confusa.

- ¿Qué fue eso? ¡Dios mío! ¡Nunca había visto algo así! – dijo en un débil sollozo - Estas situaciones las llegué a vivir en el hospital – Candy habló con actitud ausente mientras las lágrimas resbalaban por su mejilla. Su suegro permanecía en silencio, con la incredulidad plasmada en el rostro – cuando algunos pacientes con enfermedades mentales tenían reacciones parecidas – su esposo la interrumpió abruptamente.

- ¡Mi hija no está loca!, ¡mi Nicky está bien!, ¿me entiendes?, ¡no quiero volver a escuchar semejante estupidez! – su padre lo trató de tranquilizar.

- Hijo, creo que debemos calmarnos todos. Estamos demasiado alterados por lo que acaba de suceder y debemos pensar en frío. Sarah se quedará con Nicky para vigilarla. Mañana buscaremos una solución a esto, ¿tranquilos? – su ecuánime y sosegada actitud ayudó un poco a aminorar la tensa situación. Los padres se quedaron callados.

- Quiero quedarme con mi hija – Candy habló tratando de acercarse a la cama, pero su esposo se lo impidió.

- No, Candy. Sabes bien los problemas que se han derivado al estar tú cerca de ella. Yo permaneceré a su lado – aquellas palabras clavaron dolorosas agujas de dolor en su alterado corazón. Sentía más que nunca que era culpa suya el estado de su hija. Aceptó en silencio mientras se retiraba a su recámara para no volver a salir.

Nadie la detuvo.

- Creo que la más indicada es la enfermera, hijo. Nicole necesita una profesional que pueda reaccionar en ese momento ante cualquier eventualidad. He dado la orden de llevarla mañana con un médico. ¡No tengo palabras para describir lo que acabo de ver! – bajó el rostro, en señal de confusión.

- Por favor, vayan a descansar. Quisiera saber si habrá algún problema de que esta noche no pueda estar demasiado pendiente de usted. Creo que sería mejor si Candy, siendo colega profesional, pudiese hacerlo por mí – el padre de Terry movió la cabeza negando la sugerencia y aduciendo que se encontraría bien.

Terry se acercó a donde se encontraba su hija y tomó una de sus manos. Unas cuantas lágrimas resbalaron por su mejilla. La piel de la carita tenía sendas marcas rojas, producto de aquellos brutales golpes.

Todos aquellos recuerdos donde había compartido hermosos momento al lado de ella se agolparon en su mente. "¿Por qué mi amor, por qué?, ¡estabas tan bien!", pensó con profundo pesar su padre, mientras daba un cálido beso en su frente y se retiraba en compañía de su padre.

Al llegar a su habitación, encontró a su mujer con la mirada perdida observando por la ventana. Se acercó por detrás a ella, rodeándola con sus brazos. Ahora más que nunca necesitaban estar juntos.

La ojiverde volteó a verlo, soltándose de él. Terry la observó con extrañeza. ¿Qué le sucedía? Volvió a acercarse a ella y su esposa le hizo señal de que no lo hiciera:

- ¿También tú tienes algo?, ¿por qué a veces siento que me has estado ocultando tu malestar, al igual que Nicky?

- ¡Mi familia se está destruyendo!, ¡si no hubiéramos venido a Londres, esto no estaría pasando! – explotó finalmente Candy.

- ¡Ahora todo es mi culpa!, ¡por mí es que todo nos está saliendo mal, porque yo tuve la grandiosa idea de venirnos a Londres!, ¿eso es lo que quieres decirme? – Terry volvió a adoptar una actitud furiosa.

- ¡Claro que sí! Ni siquiera tienes tiempo para nosotros. Todo mundo sabe que eres un gran actor. ¡Nadie lo duda!, sin embargo, últimamente nos has hecho a un lado por estar todo el día metido en ese teatro. ¡Encima, tienes que estar muy solícito con esa maldita actriz de quinta! – el comentario de su esposa le hizo abrir los ojos, tratando de entender lo que estaba escuchando. Le alteró ver a Candy celosa.

- ¿Sigues con eso? – se quedó sorprendido - ¿Acaso piensas que tengo algo que ver con Clarissa?, ¡Por Dios, Candy, no seas ridícula!, ¿y todos estos años que he estado junto a ti no han sido suficientes para demostrarte cuánto te amo?, ¿no fue suficiente regresar a buscarte, habiendo tenido la oportunidad de acostarme con muchas mujeres antes de volverte a ver?, ¡No seas estúpida! – Terry alzó la voz, amedrentando a la ojiverde, quien ya se encontraba sobre la cama con el miedo en el rostro.

- ¿Qué crees que no me doy cuenta de las miradas que esa mujer te echa cuando estas con ella en el escenario?, ¡a leguas se ve que le atraes y no tardará en engatusarte para que termines en su cama!, ¡es una zorra como todas las que trabajan en esos lugares! – la respuesta de su esposa le hizo abrir los ojos en señal de sorpresa.

¿Desde cuándo había estado desconfiando Candy de él?

Eso le dolió en el alma.

- Veo que no ha sido suficiente todo lo que he vivido a tu lado. No te ha bastado lo que he hecho para hacerte sentir como la única mujer que ha robado mi corazón desde siempre. Has olvidado todos esos momentos deprimentes que pasé en Nueva York, atado a una mujer amargada, mientras tu sola imagen me daba la fuerza necesaria para seguir viviendo. ¡Me has decepcionado! – el inglés salió abruptamente de la habitación, dejando en la absoluta miseria emocional a Candy, quien se reprochó su inesperada conducta.

Después de haberse tranquilizado, la rubia se dirigió a la puerta de su habitación. Al abrirla, vio que Anisha se encontraba frente a ella:

- Mi tío me ha solicitado acompañarte esta noche. Él dormirá con Nicholas. Tía, no quiero pasar la noche sola. ¡Tengo mucho miedo con todo esto que está sucediendo! – la jovencita no pudo evitar las lagrimas.

- ¡An!, ¡lo siento tanto! – la rubia la recargó maternalmente en su regazo y regresó con ella a su habitación. De alguna forma, Annie se encontraba presente por medio de su hija.

La imagen de su hermana era en ese instante, una fuente de fortaleza interna para poder afrontar lo que estaba sucediendo.


"Su mente comenzó a mostrarle situaciones e imágenes, como si de un proyector fílmico se tratase. Él era un simple espectador.

La protagonista principal era una candorosa niña rubia de, aproximadamente, unos tres años de edad, cuyas piernitas presentaban una evidente deformidad. La sostenía una mujer de figura delgada, quien aparentemente era su madre. El semblante de la señora era adusto y severo. A pesar de ser una mujer muy bella, con esa larga cabellera rubia e impresionantes ojos azules, el espectador sintió que una desagradable sensación recorría todo su cuerpo, mientras la observaba.

La madre tomó a su hija, tratando de ayudarle a sostenerse por sí misma. Al parecer, la pequeña caía constantemente al suelo, lo que le hacía aferrarse continuamente a la mano de su progenitora, pero la rubia le instaba a que lo tratara por sí misma. Lo más estresante de la situación era la forma en la que le hablaba:

- ¡Eres una verdadera inútil!, ¡no entiendo por qué diablos tuviste que nacer si estarías tullida finalmente!, por desgracia me obligaron a tenerte, ¡maldita sea! – las duras palabras hicieron temblar los ojitos llorosos de la niñita, quien solamente balbuceaba.

- ¡Ma…mi!, ¡no… puedo!, ¡duele! – fue lo único que podía repetir, ante cada intento impuesto por la ojiazul para que pudiera caminar.

La agresiva mujer la tomó bruscamente de ambos hombros y la colocó sobre una austera silla de ruedas que se encontraba cerca de ahí. En ese instante, una mujer de cabello negro e igual apariencia atemorizante, entró a la habitación:

- Te buscan. Yo me haré cargo de ella – le ordenó a la rubia, mientras esperaba a que se retirase. El trato para con la pequeña siguió siendo el mismo.

- ¿Sigues sin poder caminar bien verdad?, ¡y ese maldito doctor no nos da esperanzas de que puedas tener mejoría!, ¡nos tienes hartos, Carrie!, ¡eres una carga para nosotros!, ¡lo peor es que él también ya está tratando de deshacerse de ti! – se dirigió hacia uno de los raídos armarios y sacó una cobija áspera. La colocó sobre las piernas de la niña. Esta parecía no comprender, y el espectador, tampoco. ¿A quién se refería?

Al quedarse sola, la pequeña comenzó a llorar.

El triste sentimiento llenó los ojos del espectador de lágrimas.

¡Qué cruel forma era esa al tratar con un ser humano tan indefenso!

Observó con atención el cabello castaño claro y lacio, que llegaba hasta sus hombros. Una diadema de satín rosa corría de un extremo al otro de su cabeza. Sus ojitos eran una mezcla de azul y gris. Las facciones del rostro eran muy finas. Pensó con tristeza, en lo hermosa que se vería, si tan solo alguien la comprendiese y cuidase más.

Volteó a ver la recámara donde se encontraba la niña.

Las paredes eran de madera y estaban muy sucias. Los muebles se veían muy deteriorados, y se percató de la sucia muñeca de trapo que yacía sobre la destartalada cama. Carrie, se dirigió a ella y la abrazó. Repentinamente, la escena desapareció. El espectador se quedó confuso.

Otra más apareció de nuevo.

Ahora, la pequeña se veía más grande. Seis años quizá. La silla de ruedas seguía siendo su soporte y al parecer, vivía aún en el mismo cuarto que había visto la otra vez. El espectador intentó reconocer el lugar dónde se encontraban, recorriendo con su vista todo el lugar, sin éxito obtenido. Continuó asistiendo a las imágenes.

El austero cuarto tenía una diminuta ventana, la cual, por su lejanía, hacía difícil el acceso a Carrie. Había algunos libreros con infinidad de tomos igualmente antiguos. En ese instante, se entretenía leyendo uno de ellos. El ruido de la puerta la distrajo, haciendo que cerrara con miedo su libro.

Era su madre.

La niña no habló:

- Sigues perdiendo el tiempo inútilmente cuando deberías estar haciendo tus ejercicios de rehabilitación, ¡maldita sea!, ¿no entiendes que si no cooperas, tu padre podría saber que no tienes remedio y poner fin a todo esto?, ¡es por tu bien que se te pide lo hagas Carrie! – le gritó bastante molesta, mientras arrebataba el objeto de sus manos y lo lanzaba furiosamente hacia el librero.

- ¡Sólo quería leer por un momento!, ¡me aburro de estar sola aquí! – respondió con cierto temor la pequeña.

La rubia se percató de algo raro en ese momento. Se acercó lentamente a su hija, mientras se sentaba a su lado:

- ¿Quién te enseñó a leer, Carrie? – el tono fue muy serio.

- Aprendí por mí misma – respondió tímidamente.

Su madre se quedó pensativa.

- Tendremos que dejar la ciudad – anunció sin más explicaciones. Carrie no preguntó nada. Al parecer, estaba resignada a jamás ser tomada en cuenta.

- ¿Podré llevar mis libros? – preguntó tímidamente. Su madre la fulminó con la mirada.

- ¡Estúpida!, ¿crees que esto es un juego? – cruzó el infantil rostro de una fuerte bofetada. La niña comenzó a llorar, mientras observaba a la rubia alejarse de la puerta.

El espectador vio a la pequeña dirigirse hacia el estante de libros y tomar aquel que tenía en sus manos. Estaba de espaldas a él. Apretó los infantiles nudillos, en señal de coraje por todo lo que hacían pasar a la desafortunada chiquilla.

La escena desapareció.

La imagen que apareció fue de la misma niña, quien ahora se veía más grandecita.

Más o menos de la edad de él y la de su hermana.

Su aspecto era devastador: el cabello estaba sucio y lleno de tierra. Sus ojos mostraban síntomas de amargura, temor y coraje. Al parecer, había estado llorando. Sus mejillas estaban sucias y los labios presentaban algunas heridas, debido al impacto de las duras bofetadas que le propinaban. El vestido estaba muy maltratado y roto de algunas partes, mostrando raspones en las rodillas. Le indignó ver las cadenas que colgaban de sus tobillos, hacia un grueso aro localizado en alguna parte de la pared. Era una vil prisionera. Seguía atada a su silla de ruedas. Notó el temblor incontrolado de sus manos. No cabía duda de que esa pequeña había sufrido innumerables maltratos y vejaciones.

Su entorno no había cambiado.

El cuarto era diferente, mucho más chico que el anterior - donde había sido testigo de los demás acontecimientos- aunque luciendo igual de sucio y deteriorado. El espectador vio platos con restos podridos de comida. Ya no había librero y la estrecha cama estaba sucia y llena de cobijas viejas. No había ventana, dándole el desolado aspecto de un calabozo. Un improvisado baño se encontraba al lado de su camastro.

Su mirada era la de una demente. Los glóbulos blancos sobresalían de entre el par de pupilas claras. Sus labios se movían como si estuviese hablando para ella. Balanceaba su cuerpo de atrás hacia delante, en clara demostración de un padecimiento de sus facultades mentales.

Sorpresivamente, la niña fijó su vista en dirección hacia el infantil espectador, haciendo que éste se revolviera inquieto en su lugar. Mientras hablaba ininteligiblemente, escuchó un lejano y lúgubre sonido de cánticos espeluznantes y gritos de espanto, proferidos de gargantas femeninas y masculinas en un horroroso unísono, que le erizaron cada vello de su cuerpo. Intentó gritar presa de la desesperante situación pero ningún sonido salió de su boca. Estaba paralizado por lo que estaba sintiendo.

El rechinido de la puerta abriéndose le hizo buscar al inesperado visitante que había entrado a la escabrosa habitación. Era un hombre a quien jamás había visto durante su extraña visión: alto, con apariencia madura, de complexión corpulenta, cabellos lacios oscuros y una fría mirada gris, poseía una inquietante personalidad. Iba envuelto en una túnica negra. La capucha había caído a sus hombros, revelando el oscuro semblante en el rostro. Se dirigió a la pequeña arrebatando sus cadenas - con un inexplicable chasquido de dedos - a la par que iba tomándola en brazos para, posteriormente, colocarla dentro de la tina.

El sujeto fue llenándola de agua caliente en tanto que la pequeña comenzaba a gemir de dolor.

No parecía darle mucha importancia al sufrimiento de la niña, por lo que observó impasible como el líquido iba llegando hasta su pecho. La piel ya estaba roja debido a la elevada temperatura que quemaba la carne y los gritos infantiles fueron en aumento.

Súbitamente, el tipo la tomó de ambos pies y los jaló hacia él, hundiendo el infantil torso hasta la cabeza. La niña comenzó a luchar para poder salir del agua y respirar. Sus manos golpearon con fuerza a los lados, produciendo un metálico golpe que inundó todo el cuartucho.

Fuera, una serie inacabable de lamentos, gritos, llantos, alaridos y cantos tenebrosos llenaron por completo los oídos del espectador. Era como si cientos de tétricos coros humanos fuesen amplificados, haciendo rebotar el sonido por todas partes, hiriendo sus tímpanos. Una angustiosa inmovilidad se había apoderado de su cuerpo.

Pidió en lo más profundo de su ser que todo acabara. Sintió correr las lágrimas sobre sus mejillas, debido a todo lo que acababa de ver. El ruido siguió largo rato, hasta que creyó enloquecer.

De repente, todo paró.

Su cuerpo pudo recuperar sus fuerzas y trató de incorporarse del lugar donde se encontraba sentado. El sujeto había salido rápidamente de la habitación dejando el cadáver de la pequeña en la sucia bañera.

El espectador volteó a su alrededor buscando una salida, hallándola justo detrás de él. Se abalanzó hacia la puerta y bajo unas estrechas escaleras que le llevaron justo a una recámara.

La misma que se hallaba al final del pasillo de la casa donde vivía

Comenzó a llorar."

- ¡Dios mío, Nicholas!, ¿qué sucede? – la voz de su padre lo rescató de la pesadilla.

- ¡Carrie!, ¡Carrie!, ¡está muerta!, ¡la mataron! – los llantos infantiles fueron apagados, mientras Terry abrazaba con fuerza a su hijo, tratando de calmarlo.

- ¡Está bien, mi amor!... tranquilo… todo está bien… estás a salvo… ¡fue un mal sueño! – el actor lo besó hasta que su cuerpo se relajó.

Tuvo que pasar un buen rato para que Nicholas se calmara. Después de haberle dejado llorar libremente, su padre escuchó el inquietante sueño, disimulando su contrariedad al escuchar la descripción de la madre de esa niña:

- ¡Mi amor, te prometo que no volverá a suceder!, ¡te ha afectado mucho la situación de tu hermana!, ¡lo siento tanto Nic! – la voz de su padre se quebró del llanto, mientras lo tenía contra su pecho. Las cosas comenzaban a salirse fuera de control.

Aunque todavía estaba oscuro, Terry intuyó que la mañana no tardaría en anunciarse. Su hijo ya estaba más tranquilo.

Con pesar de dio cuenta que los problemas estaban afectando negativamente la vida de todos ellos.


Un hermoso día asomó al firmamento.

El anciano noble se había despertado desde muy temprano.

Se había dirigido rápidamente al cuarto de su nieta y encontró a la enfermera sonriente, mientras Nicole permanecía sentada en su cama.

Esta última le observó fijamente al verlo entrar:

- ¡Abuelo!, ¡abuelo!, ¿cómo estás? – la vocecita lo sacó momentáneamente de su preocupación. Nicole se había arrojado a sus brazos. Dejó el bastón en manos de la enfermera y correspondió de la misma manera.

- ¡Mi niña!, ¡veo que te has levantado muy bien, Nicky!, ¿ya te sientes mejor?, ¡nos tenías demasiado preocupados! – volteó a verla a los ojos, recordando las sobrecogedoras imágenes. El ceño infantil se frunció en señal de confusión.

- No entiendo, abuelo. La enfermera dice que me puse muy mal anoche. Lo último que recuerdo fue que nos sentamos a comer a la mesa. Creí que me había quedado dormida. ¿Sucedió algo malo? – las frases le hicieron observar a la enfermera, quien le cerró un ojo dando a entender que hablarían más tarde.

- Le conté a Nicky que se había desvanecido en la mesa y por eso la habíamos trasladado a su recámara. Ahora, si me permite la enfermita, la dejaremos sola para que se arregle, en lo que hablamos con sus padres ya que se quedaron muy preocupados – Sarah había dejado un hermoso vestido azul marino sobre la cama, mientras le daba órdenes de que se duchara para bajar a tomar su desayuno. Su abuelo le dio un beso en la frente y salió detrás de la enfermera. Nicole se dirigió al baño, mientras tarareaba una canción.

Al encontrarse en el pasillo se topó con Terry y Candy, saliendo cada uno de sus respectivas habitaciones con el propósito común de ir al lado de su hija.

La rubia ya se encontraba arreglada. Sus rostros denotaban cansancio y unas profundas ojeras.

Ni siquiera se saludaron.

Se percató de que algo andaba mal entre ellos, y los jaló hacia su habitación antes de que éstos continuaran; iba seguido de la enfermera.

Candy pidió a Anisha que fuera a hacerle compañía a Nicholas.

Al quedarse los cuatro solos, Sarah narró lo que había sucedido durante toda la noche:

- Nicky estuvo sedada todo el tiempo. No volvió a presentar síntomas como los de anoche. Estuve verificando sus signos vitales cada hora, mientras hacía mi guardia. Despertó hace hora y media, preguntando por todos ustedes, extrañándose muchísimo al verme ahí. Le tuve que decir que se había desmayado durante la cena y por qué me había quedado con ella. Curiosamente, no recuerda nada de lo que sucedió. Dice que sólo se acuerda de haberse acostado después de la llamada de atención de su padre, a la hora de la comida. ¡Esto es demasiado raro! – notó los rostros de asombro de sus acompañantes.

- ¿Nada? ¿Ni siquiera la forma en que gritó?... Lo dudo mucho – Terry habló poco convencido de los argumentos de la enfermera, sobre todo al recordar la grotesca manera en que su hija había sido empujada.

- ¿Tampoco recuerda esos... golpes? – Candy habló, ignorando el comentario de su esposo. Ansiaba ver a su hija.

- Tengo elementos para poder comprobar que es cierto lo que Nicky dice. Yo también estaba convencida de que estaba fingiendo, pero le he hecho tantas preguntas para hacerla caer en algún error y ha contestado a todo de manera perfecta. Realmente, su hija no recuerda lo que sucedió. Pueden preguntárselo ustedes directamente – el Duque la interrumpió.

- ¿Podría dejarnos solos un momento, Sarah?, no quisiera que Nicky estuviese sola. Debo hablar con sus padres – la mujer asintió y salió del cuarto.

El anciano se dirigió a una de las sillas, mientras el par de miradas le seguía. Ninguno de los dos se volteó a ver:

- No quiero entrometerme en su vida. No es necesario pedirles explicaciones acerca de lo que sucede entre ustedes pero quisiera recordarles una cosa: sus hijos los necesitan, en especial Nicky. Ella no sabe que se encuentran peleados. Al igual que ustedes, estoy preocupado por lo que le sucede y si ella se entera de lo que pasa con sus padres, dudo mucho que pueda recuperarse rápidamente. Deben permanecer juntos y apoyar este difícil momento por el que pasa mi nieta. Todos fuimos testigos anoche de la crisis que tuvo. Así que en este instante van a acercarse a ella, como la pareja más amorosa que quiere cuidar a su hija. ¿Queda entendido? – las palabras hicieron soltar una risa irónica a Terry.

- Explíquele eso a mi mujer, padre, porque ahora resulta que también ella se encuentra enferma… pero de celos por estupideces que me oculta. Por mi parte, prometo portarme a la altura de las circunstancias. Soy actor y puedo sacar muy bien mi papel. Me iré a duchar – el artista les dejó solos, mientras ignoraba la mirada de una molesta Candy.

- ¿Puedo ver a mi hija? – preguntó implorante la rubia, ignorando el comentario de su marido.

- Candy. Por favor, trata de solucionar las cosas con tu marido. Me encuentro sorprendido por lo que acabo de oír. Sé que también has tenido momentos difíciles aquí sin embargo, nunca dudes del amor de Terry – le recomendó su suegro quien no pasó por alto el velo de tristeza que cubrieron sus verdes ojos.

Su nuera asintió levemente y salió de la habitación para ir en busca de Nicole.

Al abrir la puerta se topó con la angelical visión de su hija ya vestida y cuidadosamente peinada. No había rastro de alguna enfermedad en su rostro. Estaba tan normal como siempre y sintió que tocaba la gloria al verla correr hacia ella y abrazarla con mucho amor. Candy la besó incontables veces mientras la observaba fijamente:

- ¡Mi amor!, ¡mi vida!, ¿cómo te sientes?, ¡nos tuviste preocupados!, ¡oh cielos!, ¡Nicky, no pudimos dormir pensando en lo mal que estabas! – la abrazó con vehemencia y la chiquilla se dejó hacer. Con pesar, pudo percibir una leve marca rojiza sobre su mejilla. Le costaba creer lo que habían visto sus ojos.

- ¡Mami, no recuerdo nada!, ¡perdónenme si me porté mal!, ¡no era mi intención, lo juro! – hundió su cabecita en su cuello, aspirando lo más su perfume.

- ¡Está bien, cariño!, de todas maneras, vendrá un doctor a revisarte. No estaremos tranquilos hasta saber que te encuentras bien ¿sí? – le dio un beso en su frente y sintió una mirada detrás. Era Terry. Ya estaba arreglado y las veía con interés.

- ¡Papá! – Nicole gritó de alegría, mientras se arrojaba a sus brazos, siendo cargada por su padre.

- Veo que mi princesa ya se encuentra bien. Lo mejor es que ya has superado las diferencias con tu madre. Vayamos a la mesa, los demás nos esperan nena – le respondió sin voltear a ver a Candy. Nicole no se dio cuenta de la situación tan tensa.

Cuando se hubieron retirado, Candy se quedó sola por un momento en el cuarto.

Sarah ya se había salido así que se dispuso a arreglar un poco el lugar. Tenía tantas cosas en la cabeza y lo peor, era que se arrepentía de haberle dicho esas palabras tan frías a Terry. No era cierto, aunque si reconocía estar muy celosa por aquella mujer. "¡Todo por ese estúpido sueño!", pensó lastimeramente mientras caminaba como autómata.

Antes de salir, echó una última mirada y un objeto le llamó la atención. Se encontraba oculto entre la almohada y las cobijas.

Era un papel.

Extrañada, lo tomó rápidamente. Reconoció la letra de su hija. Le resaltó el hecho de que ella hubiese pasado la noche sedada ya que entonces, era imposible que lo hubiera escrito. Se sintió demasiado confundida.

Sus ojos tuvieron que hacer un enorme esfuerzo por no llorar de nueva cuenta, conforme iba leyendo.

"¿Qué está sucediendo Dios mío?, ¿por qué Nicky escribe estas cosas tan dolorosas y desconocidas por ella?", arrugó el papel y lo guardó en los bolsillos de su chaqueta. Fingiría que nada sucedía en ese instante.

Quizá, más adelante podría enseñárselo a alguien. Una persona a quien pudiera confiar todas sus inquietudes y malestares emocionales. La imagen del reverendo Folsom llegó a su mente. Tal vez, unas palabras reconfortantes no le vendrían mal. Necesitaba una orientación para comprender lo que estaba sucediendo.

Trató de no pensar en lo que estaba escrito. Era demasiado insultante:

"Prometiste hacerte a un lado y no lo cumpliste.

Él era mío y aún sabiendo que me pertenecía, volviste a aparecer.

¡Eres una maldita zorra, Candice White!, ¡lo están pagando desde hace tiempo!, ¡te odio maldita estúpida!"