CAPÍTULO 16

Albert miró sus ojos acusadores, y cargados con la más fría incertidumbre. Había tomado el camino más corto, pero, durante una milésima de segundo, evaluó sí esa imprudencia no le saldría muy cara.

—¡Anthony te ha contado! ¿Cómo ha podido?

El nudo de su garganta le impedía seguir hablando. La traición y la vergüenza se pasearon por su rostro a partes iguales.

—Anthony no me ha dicho absolutamente nada —fue su escueta respuesta.

—¿Y entonces?

Candy no comprendía nada: si Anthony no le había dicho nada a su hermano, entonces, ¿cómo sabía lo que sabía? Abrió los ojos horrorizada. Se tapó la boca para ahogar un grito, y trató de contener el llanto que pugnaba por salir por sus ojos. ¡No podía ser cierto! Los ojos de él le dijeron la verdad sin necesidad de pronunciar palabra alguna.

—¿Por qué? —fue lo único coherente que atinó a decir mientras intentaba contener los temblores.

Albert hizo un amago de acercarse, pero ella con una mano alzada se lo impidió.

—Creí que me citabas a mí. Tu mensaje llegó a Pembroke, y un lacayo me lo llevó a la cabaña del bosque. Toda la correspondencia de Anthony la llevan allí —el hombre hizo una pausa—. Creí que querías hablar conmigo, y no dudé ni un momento en acudir.

Candy movió sus ojos confusos.

—¿Cómo? —pero no hizo falta que él le respondiera. Ya tenía la respuesta. Candy quería desaparecer, que se abriera el suelo y se la tragara, sin embargo, seguía allí a su pesar—. ¡Dios mío! ¡No puede ser cierto!

Se tapó el rostro con las manos, no pudo impedir que el rubor la cubriera de pies a cabeza. Era tanta la humillación que sentía, que recobrar su orgullo le iba a resultar imposible. La puerta de la bodega se había abierto al fin. Anthony bajaba los peldaños con furia determinada. Candy parecía ausente, mientras intentaba entender cómo había pasado todo aquello. Se sentía incapaz de pensar con calma. Estaba hecha un mar de lágrimas. Subió los ojos al rostro de Albert intentado convencerse de que todo era un error, de que nada había sucedido como temía. La confirmación que él le daba con lo adusto de su gesto, la asustó. Volvió a taparse la boca ante la necesidad imperiosa de ponerse a gritar.

….

Anthony solo tuvo que mirarla un momento para saber el desenlace de la excursión de Albert con Candy a la bodega. Sus amenazas habían resultado vanas: su hermano había hecho todo a voluntad como siempre. El rostro desencajado de ella lo preocupó. Estaba completamente pálida.

—¿Qué has hecho? —la pregunta de Anthony consiguió sacarla de su aturdimiento. Regresó al presente con un espasmo doloroso. Miró a ambos hermanos con la pregunta de quién era más culpable: si el que había callado o el que había omitido. Fue incapaz de decidir quién le producía más furia en ese momento.

Albert miró a su hermano sin pestañear.

—Lo que tendría que haber hecho cuando me subí a aquel maldito carruaje.

Candy le dedicó una mirada cargada de desprecio.

—¿Por qué no lo hiciste? —le preguntó mordaz.

—Querida lady Warren, me arrancaste una promesa de silencio con una invitación, ¿recuerdas? —le respondió calmado.

Candy inspiró con profundidad. ¿Pretendía echarle la culpa a ella? ¿Después de todo? —La invitación no era para ti —contestó con voz fría como el hielo.

Albert entornó un poco los ojos.

—Pero fui yo el que la recibió.

Candy deseaba arrancarle esa flema de autocontrol. Quería que no le hablara como un aristócrata, sino como un hombre. Ella estaba a punto de derrumbarse, y él no se había inmutado siquiera.

—Estabas en el lugar y en el momento equivocado —dijo Anthony, y los dos volvieron sus ojos hacia él.

—¿Tú, lo sabías? —preguntó ella.

Anthony no tuvo más remedio que asentir. Candy caminó hacia él con determinación en sus pasos. Una vez que lo tuvo al alcance le soltó un bofetón cargado de ira. Él, esperaba esa reacción.

—¿Sabías y callaste? ¡Maldito canalla! —Albert hizo amago de ir con ella, pero Candy lo detuvo con una mirada pétrea.

—A ti no puedo abofetearte —hizo una pausa—. No puedo ni mirarte.

Candy comenzó a subir las escaleras, y en cada escalón iba dejando un fragmento de su orgullo herido, aunque que no le importó.

—¡Lo has estropeado todo!

La acusación de Anthony traía a Albert sin cuidado. Sus ojos seguían el ascenso de ella por las escaleras.

—He hecho lo correcto —fue su escueta respuesta.

—¿Lo correcto? —preguntó el otro hastiado—. Has inclinado la balanza a tu favor —le espetó dolido—. Pero aún no he dicho mi última palabra, y te vas a sorprender mucho.

Anthony comenzó a subir por la escalera con rapidez. Albert hizo lo mismo, pero con más energía.

Candy se ahogaba. Intentó respirar con fuerza para tratar que el aire circulara por sus pulmones. Había sentido un golpe, aunque no un golpe físico. Era, en todo caso, un golpe contra su estado emocional.

Se sentía incapaz de decidir qué paso debía dar a continuación, qué hacer, cómo descargar su furia que era tanta.

Y dolía: la confesión había penetrado por cada uno de sus poros quemándola como brasas ardientes. Necesitaba irse de inmediato, pero ignoraba en qué lugar de la casa estaba. El ascenso le resultaba desconocido. Sus rodillas temblaban, y no le quedó más remedio que apoyar la espalda contra la pared. Una arcada había subido desde su estómago a su garganta y había quedado atrapada allí. Inspiró varias veces intentando recuperar las fuerzas. Decidió volver, sin embargo, escuchó los pasos de Anthony y Albert subiendo. Quiso escapar y fue hacia arriba. Iba a vomitar si no conseguía salir a la calle. Detuvo sus pasos indecisa. Miró a izquierda y a derecha. ¡Odiaba aquella casa! Tropezó y comenzó a caer hacia atrás. Manoteó en el aire buscando algo a que aferrarse, pero su esfuerzo fue inútil, y cerró los ojos vencida.

No podía levantar la cabeza. Parecía que le habían partido el cráneo por la mitad. Los ojos le pesaban de tal manera que creyó que sus párpados estaban hechos de piedra. Inspiró profundamente para infundirse ánimos y abrió los ojos lentamente. La luz la cegó.

Un rostro se inclinó hacia ella.

—Te has dado un buen golpe —la voz de su cuñada la trajo de vuelta al presente.

—¡Me duele todo!

La sonrisa bondadosa de Annie la ayudó a reponerse.

—Pero caíste en blando. Has tenido mucha suerte.

Candy se incorporó en la cama y se sentó. Aguantó como pudo el mareo que la sacudió en ese momento.

—¿Dónde estoy? —preguntó mientras se masajeaba la frente.

—En Pembroke House.

Candy se mordió el labio inferior intentado contener un gemido.

—¿Qué haces aquí?

Su cuñada le colocó un rizo detrás de la oreja.

—Lord Andrew fue a buscarme.

Candy frunció el ceño.

—¿A York? —Annie asintió—. ¿Cuál de los Andrew fue a buscarte?

—El más atractivo de todos ellos.

Candy no sabía a quién describía su cuñada. Entonces contó lo que le había pasado: —Me caí por las escaleras.

Annie resopló incrédula:

—Caíste sobre Anthony, y él sobre Albert.

Candy no podía ni siquiera sonreír sin que le doliese.

—¿Están peor que yo? —su cuñada negó con la cabeza.

—Pudieron sujetarte —hizo una pausa—. ¿Qué te pasó? —preguntó preocupada—. Una caída por las escaleras es algo muy serio.

—Tenía ganas de vomitar, y en mi prisa por salir de la casa tropecé con un escalón —trató de explicar—. No pude agarrarme a nada y caí —Annie estaba en verdad preocupada—. Tenemos que irnos de aquí —ordenó la mujer.

La cuñada negó con la cabeza.

—El doctor ha dicho que debes descansar.

Ella no le hizo el menor caso.

—No me voy a quedar aquí.

Annie la miró con censura.

—Dudo que quieras salir en camisón. Hasta ese momento no se había percatado de que no llevaba su ropa puesta, ni sus zapatos, ni el moño que tan cuidadosamente había elaborado.

—¿Qué ha pasado con mi ropa? —la mujer alzó los hombros.

—Cuando el carruaje llegó aquí y pude verte, solo emitías gruñidos, como un animal dormido.

Candy la miró con una advertencia que perdió toda autoridad luego del gesto de dolor que la acompañó.

—¿Quién te trajo?

Annie estaba cada vez más preocupada porque ya había respondido a esa pregunta. —Ya te lo he dicho, ese lord tan guapo que parece un dios vikingo.

—¡Calla, calla! —Annie le hizo caso en el acto, algo inusual en ella, pero el momento lo requería—. Tengo que encontrar mi ropa.

Candy comenzó a buscar con la mirada.

—Para lo que vas a hacer no necesitas vestirte.

Candy se volvió rápido y tuvo que cerrar los ojos por el mareo. Albert estaba apoyado en el marco de la puerta, y había intervenido en la conversación.

—Y tanto que la necesito —dijo Candy, y él alzó una ceja con extrañeza.

—Debes estar en observación durante veinticuatro horas: órdenes del doctor.

Ella agarró el poste de la cama, no se había dado cuenta antes de que tenía postes, luego le respondió:

—Estaré en observación, pero en mi casa, y es mi última palabra.

Seguía con la vista buscando su ropa sin encontrarla.

—Una caída como la tuya puede tener consecuencias.

Candy no lo miró siquiera. Vio su ropa doblada en una silla cercana al ropero, también estaban sus zapatos. Necesitaba salir de allí cuanto antes.

—¡No puedo quedarme aquí!

—Descansa al menos hasta mañana.

Candy negó con la cabeza y sintió un pinchazo en el cuello. Se dejó caer en la cama de nuevo, y volvió a cerrar los ojos. El martirio y la vergüenza que sentía, se habían aliado para causarle un profundo cansancio, que unido a los nervios de las últimas semanas, terminaron venciéndola.