―Bartholomew…

Una única palabra, un nombre con un dueño que huye cuando las palabras escasean cohibidas por un gesto que podría contar con más de un significado; la entidad que causa su ahora enmudecimiento huye, despavorido de la escena y aunque es capaz de mantener las etiquetas en el movimiento de sus manos, juraría que le temblaría la voz si pudiera emitir algún sonido. O es lo que siente cuando su cuerpo es el que tiembla, con un sentimiento embrollado en tantas ideas efímeras.

Posa su mano en su mejilla, impregnando en su palma una sensación que transgrede cualquier lógica de recuerdo; no debería permanecer la textura de sus labios en su cabeza, no debería seguir sintiendo la calidez de lo desconocido. Pero ahí estaba, intentando mantener un beso que a esas alturas no sabría si de verdad existió.

Hay tantos motivos y tantas incógnitas que llega a ser vejatorio que la lluvia se aclare antes que su persona.

«Me gustó salir contigo hoy».

Sonríe, tuerce los labios, termina en una expresión pensativa que no tiene arreglo.

Todo es confuso.

―Ojalá estuviera aquí Perry el ornitorrinco, el tal vez podría ayudarme ―piensa una vez que se alza de su lugar. ―O quizás se molestaría porque decidí invitar a alguien más, pero eso debería entenderlo ¿no? ―discute sin proponérselo, y cada escalón que queda tras suyo, era un nuevo argumento que intenta derrumbar al anterior.

Perry era la respuesta a muchas dudas, solo que ahora, le genera otras.

¿Acaso volvería a sentir celos como cuando Peter el panda tuvo un breve conflicto con su persona? ¿O lo entendería como alguna de sus citas?

Cita.

Eso no fue una cita, sus citas por lo general salían mal o su persona terminaba en una extraña situación que lo desfavorecía. Claro que su inador no había ganado, y que sus planes junto a los demás integrantes resultaron frustrados por algo que nadie conocía, estaba regresando solo a casa y―.

―Estos zapatos son nuevos ―se quejó cuando observó su pie hundido en un pequeño charco que juró no estaba ahí segundos atrás. Solo que la desgracia no detuvo a su mente de aferrarse a los momentos buenos que hace tanto no podía presumir con tal fervor.

Si eso hubiera sido una cita, pensó, habría terminado con algo más que un zapato arruinado, tendría que tener el corazón desecho a la par de estar terriblemente herido.

De pronto, al tratar de recuperar su extremidad se encuentra con uno de los dos factores menos agradables: una herida que probablemente se traduciría como un pie fracturado. Hay tanto en su cabeza que lo único que puede hacer es llamar a su hija Vanessa con la esperanza de que pueda liberarlo de todo ese enredo.


Han pasado algunos días desde su último encuentro, y justo como su pierna, su corazón parece estar tan herido como para funcionar correctamente; en un principio consideró que sería demasiado peculiar enviar algún mensaje, preguntarle cómo estaba o exigirle alguna respuesta, pero cuando pasaron más de dos días, intentó, a su forma, ser quien diera el primer paso para recuperar la comunicación. Solo que no funcionó, la escasez de información en sus mensajes solo lo hacía sentir ajeno a lo que sucedía al grado que los mensajes dejaron de llegar y los intentos se volvieron tan inútiles como su capacidad para crear un invento más.

Y al inicio se obligó a pensar que era algo ridículo dejarse llevar por las emociones, que sus niveles de serotonina podrían independizarse de tal acontecimiento; solo que no fue así. Su estado anímico como el apetito se fueron reduciendo hasta el grado que lo único motivante era el poder seguir envuelto en las púrpuras mantas que lo protegen del mundo exterior.

Ni siquiera pelear lo animaría, porque al fin y al cabo, tampoco había visto a su némesis cuando trató, patéticamente, construir algo para dominar el área limítrofe. Él no llegó al día del evento ni posterior a ello; solo mandaron a un reemplazó que no logró calmar las tormentas que envuelven su cabeza cuando comienza a imaginar más escenarios de los que existen realmente. Hunde más su rostro entre las almohadas, cansado de buscar la correlación de su estado con referente a un casi desconocido que se sentía tan familiar.

No sería la primera vez que extravía algo o alguien, o que acaben por abandonarlo.

El golpetear de su puerta solo lo hace sacar un quejido agotado. ―Vanessa ya te dije que no- ―el hilo de voz se corta cuando siente la presencia no deseada de su contraparte, quien parece estar luchando por mantener su mejor rostro pese a los evidentes signos de un resfriado. ―¿Qué estás haciendo aquí? ―reclama, herido y molesto ante la idea de que puede ensuciar su cama. Al ver que mira en dirección hacia la puerta comprende que su hija es una pieza importante del motivo de su presencia ―¿Nadie te ha dicho que la privacidad de una persona es importante, Perry el invasor?

Lo ve hundirse de hombros, con un par de ojos cafés que le suplican perdón por tantas cosas que sería complicado de descifrar. Sus actos que buscan misericordia no hubieran funcionado en absoluto si no fuera por la repentina sorpresa de encontrarse con un bote helado, el cual si no era suficiente soborno, era su sabor favorito; no dudó en juzgarlo, en recalcar que eso no era un movimiento considerado como algo moralmente bueno a la par que comenzaba a destaparlo para devorarlo.

―El helado no va a resolver nada ―advierte, aceptando la cuchara que le ofrecen. ―¿Crees que con esto es suficiente para perdonarte? ¿Quién crees que soy? ¿Dónde se supone que estabas el día de mi gran exposición? O después ¿crees que este trabajo es fácil? ―ha dado tantos bocados como regaños, sacando todo el pesar que se acumulaba dentro de su cuerpo que se apacigua entre el frío que se derrite en el calor de las palabras. Ni siquiera ha considerado si el otro lo escucha o considera lo que está explayando en grandes cantidades, lo único que le importa es que es terapéutico.

Incluso si no le respondieran, sabe que él le brindará las respuestas que desea, hecho que se confirma cuando lo ve salir unos momentos solo para terminar entrando nuevamente a la habitación con una de sus películas favoritas; puede leer con facilidad que esa es su disculpa, un "prometo compensar el mal némesis que he sido haciendo las cosas que te gustan" que funciona, porque muere por ver un drama español acompañado de alguien. Deseaba tener un hombro al cual llorar y maldecir todo el infortunio del mundo. Simplemente quiere estar acompañado en ese momento donde todo es confuso como claro.

Y más que enemigos, tienen la decencia de escucharse, o más bien, de ser escuchado. Ello le retomó a revivir la discusión de solo ser una unilateral relación de información personal que solo se acallaría cuando comenzara a preparar todo lo necesario para ver su película favorita, trabajo que solo le tocaría al de cabellos turquesa quien sabe, lamentablemente, debe arreglar muchas cosas antes de iniciar.


Ha pasado más de una hora desde que comenzaron la película y el final cada vez se hacía más notorio; Doofenshmirtz, pese a saber la trama ante la considerable cantidad de veces que la ha reproducido, sigue sintiendo la misma lástima que la primera vez que la descubrió ya que no hay un final feliz, tampoco era uno trágico. Aun así, su final abierto en vez de hacerla repudiar le permitió tener una conversación no tan duradera con su hija, lo cual lo hizo especial; de esa forma, cada que su mente deseaba deslizarse en un tema que partiera desde los protagonistas hasta su vida personal, podría hacerlo con una historia que motivó uno de sus viejos planos que quedó en suspensión al haber olvidado donde lo dejó.

Mira al agente, cubriendo su nariz con los paños que ha tenido que pedir ante su goteante nariz, imagen que solo lo lleva al recuerdo que no le ha permitido descansar en paz.

―Perry el ornitorrinco ―el haberlo llamado parece ser efectivo, dado que sus miradas se conectan tan pronto a terminado de pronunciar la última letra. ―Crees que yo…ya sabes, ¿soy algo molesto? ―ambos parecen tan sorprendidos que no sabe si está eligiendo las palabras ideales para esa bochornosa conversación. ―Sé que soy un genio malvado y todo eso ¿pero sabes? Me gustaría poder tener una relación que no sea un fracaso o que me provoque un nuevo trauma a recordar ―explica, dando tantas ejemplificaciones que solo es capaz de detenerse cuando la película se pausa y el héroe que se encuentra a lado de su cama atrapa su cara.

El calor de sus palmas es tan inusual como su actuar.

«Eres un tonto» es lo que entiende cuando ese sonido de ornitorrinco escapa de sus labios. Iba a recriminar su mensaje, solo que lo persuade cuando la forma en que lo consuela le recuerda que, molesto o no, merece buenas cosas.

Lo dijera o no con palabras, era lo que necesitaba escuchar.

De tal forma es como termina con los ojos iluminados por posibles lágrimas que se vuelven incapaces de seguir negando su dolor principal. ―Conocí a alguien ―expresó, dudoso. ―Y yo, bueno…

Ha cedido cuando el silencio de la habitación lo abraza como un confidente que se niega a juzgarlo, a decirle que está bien o mal. Logra hablar porque es consciente de que lo que salga de ahí solo será entre ellos, para ellos; un secreto que a nadie matará si se lo llevan hasta la tumba aun cuando fracasara su persona en ello.

Puede vaciarse sin sentir que está exagerando como en otras ocasiones o que será visto como alguien raro. Que lo que ha sentido es más que el significado de selten; por fortuna y desgracia, ha sido todo lo contrario, lo han hecho sentir que eso es lo más normal.

¿Entonces por qué todo había acabado así?

«Estarás bien» fue lo que interpretó en medio de sus pensamientos cuando le otorgaron uno de los pañuelos desechables para que se desahogara de su propia nariz goteante.


El agente secreto solo lo observa en la entrada de la habitación, asegurándose por milésima vez de que nada se haya quedado sin resolver o que alguna de sus pertenencias terminase enredada entre el ropaje de la cama, o en el fondo sabe que está ahí, quieto, velando su sueño por unos segundos más para poder entregarse sin arrepentimientos a la culpa total que lo ha estado devorando por días. Pues sabe que el haber desaparecido no fue la solución correcta para la situación, solo que ¿cómo se supone que debió actuar? Se entregó al pánico al punto de que ni siquiera pudo expresarle a su propia familia la penumbra que lo rodeaba además de su colosal e irritante resfriado.

Nunca pensó involucrarse tanto al punto de consolar a alguien de sí mismo.

Solo que, si se marcha sin respuestas en su otra identidad, si finge que nunca ha existido solo ocasionará lo que otros han provocado en ese caótico hombre: recuerdos dolosos.

Respira, tan largo y hondo que su pecho parece desear explotar con todas las disculpas que no pudo comunicar.

«Solo una última vez» piensa. «Solo necesito una última vez para poder arreglarlo todo y volver a lo de antes» culmina, desapareciendo poco a poco de la habitación y por ende, del edificio.

Una vez lejos de los estragos que ha creado, ha optado por sacar su celular.

Respira, siente sus manos sudar más de lo que comúnmente harían.

"Dr. D"

Su corazón late al pensar en el banal apodo.

"… ¿Podemos hablar?"