15


EL JUEGO DE SHION


ENTRARON EN LA CÉNTRICA discoteca, atestada de público el viernes por la noche. Shion observó la escena trepidante, los juegos de luces y la gente que bailaba al ritmo de la música sincopada, y dirigió a Sasori una sonrisa mientras él le quitaba el abrigo.

Entonces se reveló la esbelta figura de la mujer, exquisitamente enfundada de la garganta a los pies en un vestido con lentejuelas que reflejaban alternativamente los colores rojo, azul, verde y plateado de las luces giratorias.

Doblando el lujoso armiño sobre un brazo, Sasori enlazó el otro con el de Shion y se abrieron paso entre la muchedumbre, en busca de una mesa libre. Por fin encontraron una en un rincón penumbroso, y Sasori permaneció un momento de pie para llamar a una camarera.

—¿Qué vas a tomar? ¿Ginebra? —preguntó a su acompañante, alzando la voz para hacerse oír por encima del pandemónium.

Ella asintió y transfirió su atención a la excitación que les rodeaba. Había un estrecho círculo de mesitas ocupadas por gentes que conversaban animadamente alrededor de la sala, y desde donde estaba Shion podía ver la pista de baile situada más allá.

Sus hombros empezaron a moverse rítmicamente a impulsos de la música. Llegó la camarera, tomó nota y poco después les trajo las bebidas. Shion cogió su vaso y se inclinó hacia Sasori.

—Fíjate en la pareja de blanco—le dijo al oído.

—Prefiero mirarte a ti —replicó él sonriente.

Shion desvió la mirada de los elegantes bailarines y la fijó en su acompañante.

—Me has estado mirando toda la semana —murmuró cerca de su oído, y entonces tendió las manos con un gesto de intimidad y le enderezó la corbata—. Eres un pícaro, querido.

Él le dirigió una sonrisa indulgente.

—¿Quieres que bailemos? —le preguntó, acariciándola ligeramente bajo el mentón.

—Claro que sí, pero primero he de ir al tocador. —Sonrió alegremente y cogió el pequeño bolso recubierto de lentejuelas—. En seguida vuelvo.

En la sala atestada de gente flotaba el estrépito de las conversaciones, la música atronadora y el humo de tabaco, y Shion trató de abrirse paso entre aquella masa humana, pero se encontró inmovilizada cerca del bar.

Permaneció allí, buscando alguna abertura, oscilando cuando otros cuerpos pasaban rozándola. Empezó a fruncir el ceño, y al cabo de un momento una mano le tocó el hombro. Miró malhumorada el rostro de un hombre moreno y sonriente.

—¿Quieres bailar? —le preguntó.

La expresión hosca se transformó en una sonrisa distraída.

—No, gracias. Sólo quiero pasar.

Miró de nuevo la muralla de espaldas, mordiéndose el labio, fastidiada.

—Eso podría ser una hazaña —observó el hombre; era inglés, con un claro acento. Había oído a bastantes de ellos en sus viajes para reconocer aquellas inflexiones—. Entonces, permítame que la invite a una copa.

Ella le miró de nuevo, esta vez pensativa. Era un hombre bastante atractivo, de finas facciones y ojos azules, y llevaba un impecable traje gris acero. Se dijo que era un hombre acomodado, y por su aspecto estaba a sus anchas en medio de aquella multitud. Miró por encima del hombro, en la dirección por donde había venido.

No pudo ver a Sasori, pero de todos modos era consciente de su presencia en el fondo de la sala. Una breve y complaciente sonrisa apareció en sus labios, y dirigió una última mirada al desconocido.

—No, gracias. No voy a necesitarla.

El hombre alzó las cejas, en un gesto inquisitivo, y entonces la vio desaparecer a través de una súbita abertura en la multitud.

Cuando entró en el tocador lo encontró vacío. Shion se sentó ante el enorme espejo iluminado y se dedicó a contemplar su imagen. Sonrió, valorando cuidadosamente el efecto. Era bueno, no, excelente. Abrió el bolso, sacó un cepillo plegable para el cabello y empezó a cepillarse la cabellera rubia, ladeando la cabeza.

El rostro del desconocido surgió entre sus pensamientos. Su expresión perpleja había sido divertida, aunque ella no le culpaba por sorprenderse ante su observación críptica. Lo cierto era que no había tenido la intención de expresar lo que pensaba de aquel modo. ¿Un lapsus, quizá? Decidió que debía de ser algo así, y abandonó la pequeña actividad mental.

No había sido una expresión exacta del todo, pues en ese caso tendría que haber dicho: «No le necesitaré a usted». Se irguió de súbito, echando la cabeza atrás, de modo que el cabello le cayó sobre los hombros, plegó el cepillo y lo dejó a un lado antes de echarse atrás de nuevo para contemplar su imagen con una sonrisa de satisfacción.

No, no necesitaría al interesante desconocido. No necesitaría más a ninguno de ellos, todos los hombres desconocidos del mundo. Ahora tenía el suyo propio. Arqueo una ceja con inconsciente complacencia, recordando la escena que había vivido en el dormitorio de Sasori, cuando le ayudó a elegir la chaqueta y la corbata.

Aquello formaba parte de una actitud estudiada que había estado practicando durante toda la semana, a solas en su lujoso dormitorio y en público con breves gestos femeninos y matices de expresión. Pronto tendría que refinarlo, y con más rapidez de lo que Sasori Uzumaki podría haber previsto. Contemplo su fina mano reflejada en el espejo. Ella no tenía intención de rechazar un brillante, como Hinata había hecho.

Por el contrario, ayudaría a Sasori a seleccionar uno, cuando llegara el momento, cuando ella decidiera que había llegado la ocasión. Aún no había decidido si sería en Tiffany o en Cartier, pero desde luego sería una u otra de aquellas joyerías. Tal vez dejaría la elección a Sasori. Sonrió de nuevo, y entonces bajó la mano bruscamente, pues se abrió la puerta y entraron dos jóvenes, una rubia y otra morena, charlando con vivacidad.

Shion sonrió a sus imágenes reflejadas en el espejo. La mujer morena se dirigió al lavabo, mientras la otra se sentaba al lado de Shion y extraía su cepillo. Shion efectuó una inspección final de su rostro en el espejo, inclinándose hacia delante para comprobar el rojo de labios. Al cabo de un momento vio que la desconocida sentada a su lado la miraba por el rabillo del ojo, y enarcó una ceja.

—¿Puedo hacer algo por usted? —le preguntó fríamente.

Siempre le había molestado que la observaran a hurtadillas, como si le buscaran defectos.

—Oh, perdone —dijo la mujer rubia con una cálida sonrisa—. Estaba admirando su cabello. Es de un color tan poco corriente...

Shion le devolvió la sonrisa al tiempo que le daban las gracias.

—Dígame, ¿dónde se lo han hecho?

—¿Hecho?

—Quiero decir teñido.

Las patas de la silla chirriaron en las baldosas del suelo cuando Shion se irguió con brusquedad. Dirigió una fría mirada a la mujer sentada.

—No me lo tiño; es natural —replicó con aspereza.

La otra desvió la vista al ver su actitud. Shion cogió su bolso, se lo colocó bajo el brazo y se dirigió hacia la puerta giratoria. Esta se abrió de repente para dar acceso a varias mujeres, y la rozaron al pasar; el bolso cayó al suelo y su contenido se desparramó.

Shion soltó un juramento y se arrodillo para recoger el lápiz de labios, el cepillo y el monedero, que guardó de nuevo en el bolso. Luego se levantó y permaneció un momento alisándose el vestido antes de abrir la puerta. Sintió el toque de una mano en su brazo.

Era otra vez la atractiva rubia, la cual, con una sonrisa forzada, le tendió dos trocitos de papel.

—Tenga, se ha olvidado esto.

Shion miró las manos de la mujer y le arrebaté los papeles.

—Gracias —murmuró, y abrió la puerta para salir a la estruendosa sala de la discoteca.

Su avance hacia la mesa fue lento, y fue abriéndose paso sin fijarse para nada en la gente pintoresca que la rodeaba. El incidente en el tocador absorbía su mente. La rubia no sólo se había mostrado insultante al hacer aquel comentario sobre su pelo, sino que además era una entremetida, pues sin duda había mirado los fragmentos de papel antes de entregárselos.

Se dio cuenta entonces de que todavía los sostenía en la mano y los guardó en el monedero. En realidad no sabía por qué los guardaba; la prudencia, cualidad de la que se enorgullecía, aconsejaba que no lo hiciera. Pero quizá eran una especie de recordatorios, símbolos de alguna clase. Sí, eso eran exactamente: símbolos de lo que había llegado a ser su vida. Uno de los papeles era un aviso de giro en descubierto y el otro un boleto de préstamo. Insoportable.

Por fin se reunió con Sasori en la mesa y se dejó caer en su asiento.

—¡Dios mío! —exclamó, dejando el bolso delante de ella.

—Estaba a punto de ir en tu busca —bromeó él—. ¿Qué diablos estabas haciendo?

—Tratando de cruzar esta maldita sala. —Entonces le sonrió—. Necesito otro trago.

Él le señaló su vaso.

—Ya te lo he pedido.

Observó cómo ella cerraba la mano alrededor del alto vaso y apuró su bebida.

Shion le miró con severidad.

—¿Cuantos van?

—No te preocupes por eso. ¡Señorita!

Una vez más alzó dos dedos, sonriendo lacónicamente cuando se acercó la joven camarera.

Por un momento la irritación de Shion fue intensa. La actitud arrogante de Sasori era más enojosa que su inclinación por la bebida. Pero el malhumor se desvaneció pronto. Bien mirado, las costumbres de aquel hombre eran asunto suyo y no afectaban ni a ella ni a sus planes más que de pasada.

Cuando estaba borracho podía ser muy desagradable. Pero aquél difícilmente era un tema de discusión, sobre todo en aquella etapa de sus relaciones, y cuando le sirvieron otro vaso, ella sonrió alegremente.

—Toma un trago y luego vamos a bailar.

Él observó su encantadora sonrisa y olvidó su breve beligerancia. Shion podía hacer que un hombre olvidara muchas cosas, y la hizo levantarse. La bebida podía esperar, y recordó el sensual espectáculo que presenciaría cuando ella empezara a mover los hombros al ritmo de la música cuando se abrieran paso hacia la pista de baile. Shion Hyûga era una buena bailarina de discoteca, lo mismo que él, y pronto encontraron un lugar entre la masa de gente.

Se entregó al ritmo de la danza; las luces estroboscópias trazaban en su esbelto cuerpo diseños de topos coloreados. Echó la cabeza atrás, sintiendo la música en todas las fibras de su cuerpo. Era algo que la llenaba de energía, la liberaba, y de repente sintió deseos de echarse a reír sin freno.

No supo si lo hizo o no, porque la música y los aplausos a su alrededor eran ensordecedores pero no importaba; lo único que tenía importancia era que quería hacerlo de nuevo, que podía hacerlo, y todo gracias al hombre apuesto que de un modo tan experto seguía sus movimientos.

Tan sólo dos semanas antes, cuando de tan mala gana había llegado al umbral de Hinata, no había imaginado que tan pronto sentiría semejante ligereza de espíritu. Varios meses interminables y, con toda sinceridad, desesperados, le habían llevado a un momento en que las circunstancias la obligaron a buscar su único refugio.

No había habido lugar para emociones caprichosas como aquella, y se entregó por entero, alzando los brazos hacia el techo, la liberación brillando en sus ojos violeta; así era como debía sentirse, lo que se merecía.

Naturalmente, lo había visto venir todo, incluso un año atrás. Gustos caros, hoteles de lujo, viajes de país en país como parte de una tribu de «gentes maravillosas». Todo aquello había esquilmado a fondo sus reservas. Eso y algunos otros apetitos caros que había adquirido. Y el problema real había sido un mal cálculo del tiempo, un retraso en empezar a trabajar en algún plan alternativo, y no el desconocimiento de la realidad.

Con franqueza, había confiado en establecerse en Europa, sin tener que regresar a Estados Unidos, al hogar de Hinata, donde la vida era tan aburrida y todo debía hacerse con tanto cuidado. Le ponía nerviosa como Hiruzen aquel hombre irritante entregado por entero a Hinata y que no mostraba la menor sensibilidad hacia ella.

En aquellos meses conoció a hombres adecuados, hombres muy ricos con los que se relacionó incluso un conde por algún tiempo, pero ellos encontraron enseguida otros intereses, siguieron su camino sin ella, dejando tras ellos sólo algún regalo a modo de excusa. Los hombres eran criaturas veleidosas y aburridas en muchos aspectos.

Pero aquellos hombres no habían importado. En realidad no quiso a ninguno de ellos. No fueron más que barcos en la noche hasta que pudiera dar con el plan ideal. Por desgracia, éste no se había materializado a tiempo.

Reducida finalmente a vivir en pensiones, y ante la grosera sugerencia de un amigo de que buscara trabajo, finalmente tomó la única decisión que podía. Siempre consciente de sus opciones, preparó el camino con suficiente antelación para una prolongada estancia en casa de Hinata, si llegara a ser necesario, con telegramas y notas enviadas a lo largo de meses, hasta que al fin voló a casa, impulsada por una depresión poco común y con el dinero que obtuvo de empeñar sus ropas en Londres.

Tal como estaban las cosas, no tenía que sucumbir al desaliento por la injusticia de su dilema financiero; Hinata había tenido el buen sentido de comprometerse con un hombre muy rico que tenía un hermano tan rico como él y disponible. De vez en cuando Hinata era muy útil.

Sasori interrumpió sus pensamientos bruscamente, al cogerle la mano y hacerla girar. Ella se entregó de nuevo a la alegría de la música, y en unos momentos la muchedumbre de bailarines se había apartado, dejándoles el centro de la pista.

Bajo las luces centelleantes, dieron una asombrosa representación discotequera, girando, arremolinándose, moviéndose juntos y separándose, como si hubieran formado equipo desde siempre, y cautivaron al público durante casi un cuarto de hora antes de que la fatiga se apoderara de ellos.

Sus movimientos fueron reduciéndose hasta que se detuvieron del todo, cogidos de las manos, jadeantes y risueños, mientras los que les rodeaban estallaban en aplausos. Shion dejó que Sasori la precediera fuera de la pista, su pecho bajo el vestido plateado moviéndose agitadamente por el cansancio y la excitación.

—Bailas de maravilla —le dijo Sasori, el cual se sacó el pañuelo y se enjugó la frente, pasándose la mano una vez más por el cabello rojo antes de coger el vaso y apurarlo hasta las heces.

—Tú también. —Sonrió con sinceridad—. Tomemos un respiro y luego podemos repetirlo.

Entonces él consultó su reloj y luego se inclinó y recogió el abrigo de Shion que estaba en el respaldo de la silla.

—Tal vez mañana por la noche. Ahora hemos de irnos. ¿Estás lista?

Shion acababa de coger su vaso, pero lo dejó enseguida sobre la mesita. Le miró con expresión ansiosa.

—No me había dado cuenta. —Entonces se volvió graciosamente, alzándose el cabello del cuello mientras se echaba el inmenso abrigo sobre los hombros—. Y siempre estoy lista, ya lo sabes.

Él no hizo ninguna observación, sino que se limitó a sonreír. Entregó a Shion su bolso, pagó la cuenta y se puso su costoso abrigo de tweed. Por entonces Shion era ajena al rítmico estruendo de la música y la voces que la rodeaban, mientras le esperaba con una breve y complacida sonrisa en los labios.

Hacer arreglos: eso era realmente lo que se le daba mejor. Y esta vez había conseguido un magnífico arreglo, un hombre que no sólo podía proporcionarle la clase de vida a la que estaba acostumbrada, sino que también sabía dónde se realizaban los mejores juegos de póquer de la ciudad.

LA SEMANA SIGUIENTE era la última antes de Navidad, y el espíritu de la temporada estaba en su apogeo. El Club de Caza, cuando Sasori y Shion llegaron la noche del sábado, no era diferente. Estaba lleno de visitantes, que reían, bebían y brindaban junto al árbol iluminado en un ángulo de la gran sala, adornada con las brillantes y festivas decoraciones navideñas.

—Está un poco atestado —observó Shion secamente.

—Un poco —murmuró Sasori, y se quitó el abrigo.

Ayudó a Shion a quitarse el suyo, y ella le vio cruzar la antesala para entregarlos a la muchacha del guardarropa, la cual le dio dos tiquets. Cuando regresó a su lado, Shion tendió una mano.

—¿El boleto?

Sasori enarcó una ceja mientras la miraba. Llevaba un vestido rojo de mangas largas, el cuello alto por la parte de atrás, como la gorguera de una reina y con un modesto escote en forma de Y. Llevaba el cabello recogido en un moño, que realzaba el rostro alzado ahora hacia él, expectante.

—Mira, Shion, alguna vez deberías confiarme tus cosas — observó él, y le entregó la cartulina.

Ella sonrió y la guardó en el bolso.

—Es una costumbre. ¿Cuánto tiempo crees que tendremos que esperar?

Sasori frunció el ceño, mirando a los socios y visitantes en la gran sala. Todas las mesas estaban ocupadas.

—No lo sé. Está demasiado lleno. —Fue a cambiar unas palabras con el maítre y regresó encogiéndose de hombros—. Él nos lo hará saber.

Vestido con un esmoquin, camisa blanca y una ancha faja de color vinotinto, ofrecía la imagen perfecta del hombre acaudalado, y Shion sonrió.

—¿No puedes conseguirme una bebida mientras esperamos?

Observó que los labios de Sasori se curvaban en una sonrisa despreocupada al tiempo que añadía a su petición el familiar toque acariciante en su mejilla.

—Claro que sí, cariño.

Ella le observó mientras entraba en la sala atestada, sonriente, estrechando las manos de amigos y conocidos a lo largo del camino hasta el bar. Brendan, que llevaba una chaqueta roja de brocado, intercambió algunas chanzas con él y finalmente depositó dos vasos sobre el mostrador. Sasori los cogió y regresó al lado de Shion.

—Te ha visto esperando aquí y me ha encargado que te diga que nunca te ha visto tan magnífica. Es un zalamero, ese Brendan.

Shion sonrió por el cumplido. Brendan tenía una buena base para la comparación, puesto que la había visto en la sala casi todas las noches durante dos semanas.

—Pero es sincero —replicó ella.

—¡Sasori! —La voz femenina agradablemente sorprendida interrumpió su conversación, a espaldas de Sasori. Este se volvió para encontrarse con Shizuka Barstok, la cual sostenía un vaso en la mano y le sonreía con curiosidad mientras dirigía miradas de soslayo a Shion—. Dichosos los ojos. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

—Shizuka.

Su mirada la recorrió brevemente de arriba abajo. Estaba magnífica, como siempre, con un vestido blanco, y el cabello negro le caía en suaves ondulaciones alrededor de los hombros desnudos. El forzó una sonrisa mientras musitaba la salutación y se movió inquieto; siempre era difícil enfrentarse con antiguas amigas cuando uno estaba en compañía de una nueva.

—Preséntanos, Sasori.

Shion sonreía dulcemente, y mientras se volvía para mirar de frente a la otra mujer, cogió a Sasori del brazo, de manera ostensible.

Él tosió involuntariamente.

—Shion Hyûga. Esta es Shizuka Barstok.

Las dos mujeres se saludaron con sendos movimientos de cabeza y Shizuka señaló a un hombre alto que se aproximaba mientras miraba a Sasori.

—Peter y yo íbamos a tomar una copa en el bar. ¿Vienen con nosotros?

—No, gracias. Esperamos encontrar una mesa.

Sasori se sintió muy aliviado al ver al larguirucho agente de bolsa, y le estrechó la mano cuando llegó a su lado. Como simples conocidos, su conversación fue breve, y cuando la pareja se marchó al fin, Sasori se relajó por completo.

—Es encantadora. —Shion arqueó las cejas sin dejar de sonreír—. ¿Una vieja y querida amiga?

—La verdad es que es una antigua novia de Naruto. —No era una mentira estricta; lo había sido una vez, antes de que Naruto perdiera interés por ella y él interviniese. Sintió la necesidad de darle alguna explicación—. Estuvieron muy relacionados durante algún tiempo. Francamente, hasta que apareció Hinata, todos creíamos que acabarían casándose, o al menos eso pensaban nuestros abuelos.

» O eso habían decidido, podría haber añadido. Él sabía que las intenciones de Naruto no habían sido serias en ningún momento, no lo fueron con ninguna mujer, hasta Hinata—. Cumple sus requisitos a la perfección —observó—. Es de buena familia, atractiva. Tiene buena dentadura, ¿sabes?

Sonrió maliciosamente por aquel comentario y acarició el mentón de Shion; eso parecía apaciguarla, y él tomó un sorbo de whisky.

En efecto, estaba apaciguada, y observó a la atractiva mujer y su acompañante desaparecer entre la muchedumbre de elegantes invitados que se apiñaban en el bar antes de dirigir la vista a la gran sala en busca de lo que le interesaba realmente. Había allí muchos ángulos, recintos privados con mesas circulares separadas de las mesas del centro, y hacia aquellas se dirigió su atención.

—No veo a los demás. ¿Habrá juego esta noche?

Sasori siguió su mirada distraídamente mientras se llevaba de nuevo el vaso a los labios.

—Vendrán, si es que no están ya aquí —dijo cuando bajó el vaso—. Ya deberías saberlo a estas alturas. Pero hay muchas otras cosas en el mundo que se pueden hacer. ¿Por qué no tomamos una copa aquí y luego vamos a la ciudad?

Shion no le escuchaba. Su alta frente se arrugó súbitamente mientras revolvía su monedero, contando los billetes que contenía.

Al cabo de un momento el surco de la frente se hizo más profundo, y cerró el bolso.

—¡Maldita sea!

Sasori le dirigió una mirada inquisitiva. Shion también le miró. Al ver su expresión, cambió el rictus de fastidio por otro de pesar.

—No te creerás esto, pero he hecho la cosa más estúpida. Hoy me olvidé de ir al banco. No tengo dinero para el juego de esta noche.

No dejaba de estar bastante cerca de la verdad. En realidad, había sido Hinata quien no fue al banco aquel día, aunque Shion le había pedido que lo hiciera. Y gracias a la inclinación de Hinata hacia la circunspección en lo relativo a los asuntos ajenos, Shion sólo había tenido que ofrecerle una explicación somera de lo que hacía con el dinero que le había pedido prestado en las dos últimas semanas, sumas sustanciosas destinadas, según le había dicho a Hinata, a «ciertas inversiones».

Inventó sucintamente algo sobre una «necesidad de participar en una excelente emisión de acciones mientras hubiera tiempo para ello», como le había aconsejado cierto nebuloso agente de bolsa a quien, al parecer, había conocido. Esta protección de parte de su capital era un asunto que le interesaba vigilar en especial mientras estuviera en casa.

De este modo mitigó la preocupación de Hinata por sus gastos, y entonces su hermana no tuvo inconveniente en entregarle su propio dinero cuidadosamente supervisado en un esfuerzo de ayudar a la prudencia financiera de Shion, y en la creencia de que al final se lo devolvería todo, «cuando llegara la transferencia». Shion podría haberse echado a reír de no haber estado tan exasperada.

Sasori todavía sonreía, ya del todo tranquilizado. Después de todo, su precipitada decisión de pasar por el club iba a ser disculpada.

—No te preocupes por ello. Habrá muchas otras ocasiones. La verdad es que podríamos irnos de aquí, porque lo más probable es que tengamos que quedarnos de pie eternamente. Vayamos al restaurante. Podemos tener una cena agradable y tranquila.

—No he venido aquí para beber y cenar. —Shion alzó la vista bruscamente; no había querido hablar en aquel tono, pero no había podido evitarlo al oír la absurda sugerencia de que se fueran. Entonces sonrió—. Lo que quiero decir es que no tengo apenas apetito. Hemos almorzado tarde, ¿recuerdas? ¿No te importaría hacerme un préstamo por esta noche, querido? Te lo devolveré pasado el fin de semana.

Así pues, su alivio había durado poco. Se movió incómodo, tocándose la pajarita. El préstamo de Naruto no había durado tanto como había previsto y su expresión se ensombreció al pensarlo. Habían sido las cartas; las malditas cartas con las que no había tenido suerte en toda la semana. Miró a Shion de nuevo, deseando que pudiera salir pronto de allí.

—¿Por qué no nos olvidamos del juego esta noche? Podríamos...

Ella no dejó de sonreír, pero le miró con dureza.

—¿No hay juego esta noche? No seas ridículo...

Sasori no pudo evitar la sonrisa al oír esto.

—¿Sabes una cosa? Creo que eres peor que yo, si eso es posible— observó con una sinceridad extraña en él—. Incluso yo me tomo una noche libre de vez en cuando. Cariño, las cartas seguirán ahí la semana próxima.

Shion se pasó la punta de un dedo por una sien, pues había empezado a sentir una punzada de dolor. Si la hubieran interrogado, no habría podido decir exactamente cuándo la emoción de los dados y las cartas se había convertido en algo apremiante para ella, pero así había ocurrido allá en Europa, bajo las brillantes luces suspendidas sobre las mesas de juego del casino, o la mortífera atmósfera de los garitos donde se jugaba al póquer.

O quizá no se trataba de un apremio sino de una vocación: ésa era una palabra más apropiada. Algo que debía hacer porque se desenvolvía muy bien, y se merecía el placer de hacerlo. ¿Y era peor que él? No, Mejor. Podía engañarle a é1 y a sus compinches cuando quisiera por debajo de la mesa, y lo había hecho en varias ocasiones satisfactorias.

Ellos lo habían tomado sin alterarse, todos aquellos ricos hombres de negocios, que arrojaban sus cartas a la hermosa mujer en la cabecera de la mesa, aquella mujer que se llevaba a la boca el porro de marihuana con sus manos esbeltas y elegantes. Entraba dentro del código del buen jugador, someterse graciosamente a la habilidad superior. Entonces miró a Sasori, forzando una dulce expresión de súplica.

—Bueno, si no tienes ganas, no es necesario que nos quedemos mucho rato. Ni siquiera tienes que jugar. ¿Puedes darme lo suficiente para un par de manos?

Él la miró un momento y luego soltó una risa brusca. No había más solución que decírselo. Ya había tenido ocasión de percibir que había una voluntad férrea bajo la superficie de aquella mujer. Y eso le gustaba, mientras no fuera excesivo o destructivo.

—Cariño, no me dejas más alternativa que decírtelo. Debes saber que tampoco tengo metálico, así que olvídate del préstamo y del juego. Cincuenta dólares no van a ir muy lejos, para ninguno de los dos.

Ella le miraba inexpresiva.

—¿No tienes dinero? — ¿Cómo era posible? ¿Un Uzumaki sin dinero? Reflexionó en su afirmación y luego se encogió de hombros, tomando un sorbo de su bebida—. Bueno, entonces consigue un préstamo. Ve a ver al director.

Sasori frunció el ceño.

—Aquí no hacen eso, Shion. Esto no es un casino, ¿sabes? Anda, vamos.

La tomó del brazo y avanzaron entre las parejas que todavía llenaban la pequeña antesala. Se había incrementado su número desde que ellos llegaron, y apenas había sitio para ellos cerca de la puerta. El apuró su vaso, dejándolo sobre una mesita cerca del guardarropa.

El dolor de cabeza de Shion había aumentado, tal vez a causa de la decepción. Miró el rostro apuesto y serio de su acompañante y soltó un suspiro de resignación. Después de todo, no había motivo para que estuviera tan irritada con él. Ella había hecho lo mismo: acudir allí sin dinero.

—Bueno, es igual —dijo sonriendo de nuevo—. Tendré que esperar hasta el lunes por la noche.

—Mira, pequeña, para ser sincero, el lunes tampoco será un buen día. Tendremos que esperar hasta, fin de mes. No tendré dinero hasta entonces. Es una maldita molestia, una inmovilización de la cuenta del banco —añadió de un modo poco convincente, y entonces tuvo una súbita y brillante idea—. ¿Por qué no me haces tú un préstamo?

Shion le miraba de nuevo, y abruptamente cerró los ojos contra el acceso de dolor punzante en la cabeza. No sólo se había estropeado la velada, sino que le estaba proponiendo la ruina similar de las próximas semanas.

No podía presentarse allí sin él, aunque tuviera dinero. ¡Y sugerirle que le hiciera un préstamo! Su pecho bajo el corpiño del vestido rojo empezó a subir y bajar visiblemente, y abrió los ojos de un modo tan brusco como los había cerrado, para ver que Sasori la miraba preocupado.

Estaba un tanto confuso; no tenía idea de por qué había palidecido.

—¿Estás bien? Mira, pequeña, si...

—¡Dime cómo diablos un Uzumaki puede tener un atasco en un banco! ¡Eso es una estupidez! —Varias cabezas se volvieron hacia ellos, al oír su tono demasiado alto—. No puedo creer eso, pero si es cierto, entonces por el amor de Dios, consigue un préstamo de ellos. Ve ahí y diles quién eres.

Se aplicó los dedos a la frente, buscando a su alrededor para dejar el vaso medio lleno de gin tonic en algún sitio.

Sasori miraba tímidamente a su alrededor y le quitó el vaso de la mano antes de que lo dejara caer. El espejo dorado sobre la mesita reflejó la consternación de sus ojos, mientras dejaba el vaso y trataba de cogerla del brazo.

—Shion, ya discutiremos esto en algún otro lugar —le dijo, haciendo un movimiento hacia el guardarropa.

No la conocía lo bastante bien. La situación estaba claramente fuera de su control. Rechazando su brazo, se apartó de él.

—No tienes intención de hacer nada, ¿verdad? No te propones buscar alguna solución. Vas a quedarte aquí diciendo tonterías sobre una inmovilización en el banco y condenándonos al aburrimiento durante varias semanas. No puedo soportarlo, ¿comprendes? ¡No lo aguantaré! Haz algo. Eres un Uzumaki. Actúa como tal, maldita sea.

Sasori estaba consternado, no sólo por el escándalo público sino también por la faceta que ella le presentaba. Había desaparecido la hermosa mujer de momentos antes; en su lugar había una arpía, su rostro aristocrático contorsionado por un furor al parecer incontrolable, una caricatura de sí misma, la boca dirigida hacia abajo en un gesto de petulancia, la mirada glacial. Él se habría sentido más inclinado a analizar el significado de su reacción desproporcionada de no haber estado tan azorado.

—Shion —dijo entre dientes, sintiéndose impotente.

En la mente de ella, su tono conciliatorio no hacía más que aumentar la afrenta. Alzó la cabeza, apoyando las manos en las caderas.

—¿Y bien? —le preguntó.

Él extendió las manos, abriendo la boca para decir algo, pero no pudo pronunciar ni una palabra.

Shion suspiró audiblemente.

—No importa. ¡No, es igual! Al parecer no tienes interés en hacer nada por mí. Muy bien. —Se abrió paso entre la gente, y cuando llegó al guardarropa buscó el boleto en su bolso y lo arrojó ante la asombrada empleada—. ¡Dame mi abrigo!

Sasori la había seguido casi a desgana y le puso una mano sobre el brazo.

—Shion —murmuró de nuevo, meneando la cabeza.

—¡Dejame en paz! —Le espeto—. Llama un taxi. Me voy a casa. — Cogió el abrigo que le entregaba la muchacha y se abrió camino entre las personas reunidas allí, cuya sorpresa era patente. Se de tuvo un momento ante la puerta, la cabeza alta, mirando a Sasori más allá de las parejas—. Y no me llames. ¡Yo te llamaré!

Luego abrió la puerta y salió a la noche y la nieve. Sasori permaneció un momento cerca del guardarropa, dolorosamente consciente de las miradas fijas en él desde todas las direcciones. Tras encogerse de hombros, se dirigió al teléfono para llamar al taxi, y luego pasó al bar. Cuando quedó libre un taburete, se sentó, hizo una seña a Brendan y aceptó su habitual vaso de bourbon con una sonrisa agradecida cuando se lo sirvió.

Trató de recobrarse de la asombrosa humillación a que le había sometido Shion. Tres cuartos de hora después seguía meneando la cabeza, contemplando su vaso como si pudiera ver una implacable reposición de la escena y la mujer desconcertantemente enigmática. Al fin alzó la cabeza y miró su reflejo en el espejo encima del bar. De un modo inconsciente alzó una ceja como conclusión a sus pensamientos.

Sí, Shion Hyûga era una mujer endiablada, de una belleza deslumbrante, sí, pero terrible cuando se lo proponía, y como tantos hombres antes que él, supo ahora, sin ninguna duda, que era una mujer con la que no querría estar unido de por vida.

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Continuará...