Capítulo 17


Con energías renovadas, Sakura conducía la furgoneta azul, feliz junto a Temari. Lo ocurrido en la habitación de Homura había derribado gran parte de las barreras que existían entre ellas.

Al desviarse para tomar el camino a Dornie se quedaron boquiabiertas al divisar a lo lejos el castillo de Eilean Donan. La majestuosidad de su estructura de piedra era impresionante. Prometieron volver otro día a visitarlo con tranquilidad, e incluso Sakura comentó que le vendría bien conocerlo antes de que llegara el conde. En ese momento, sin que ella se diera cuenta, Ko y Karin se miraron con complicidad.

Durante el trayecto, la mujer les fue contando curiosidades de los alrededores, y al poco llegaron a Dornie, un pintoresco pueblo de las Highlands bañado por el lago Duich. Sus casitas eran bajas y la gran mayoría blancas con tejados de pizarra negra. Al reconocer a Ko, los lugareños la saludaban con cordialidad y, en muchos casos, ella se dirigía a ellos en gaélico, la lengua que generalmente usaban los más mayores.

—Qué lugar tan bonito —comentó Temari mirando a su hermana—. ¡Madre mía, qué pasada! Ver el castillo de Eilean Donan desde aquí es mágico.

—Parece de cuento —asintió Sakura.

Maravillada por las sensaciones que aquel lugar le transmitía, notó de pronto que su nuevo móvil sonaba en su pantalón.

—Hombre —casi gritó, sacándolo del bolsillo—. ¡Tengo cobertura!

Los continuos pitidos del aparato le indicaron en pocos segundos que tenía quince llamadas perdidas.

—Qué solicitada estás... —comentó Temari—. Por cierto, aprovechemos para llamar a mamá.

—¿Te puedes creer que las quince llamadas son de Nagato? —se quejó Sakura.

—Ese engominado es un plasta. ¿Cuándo te va a dejar en paz?

—No lo sé —contestó Sakura mirando a Ko, que continuaba hablando con un vecino—. Me dijo que...

—¿Quién es Nagato? —inquirió Karin con curiosidad.

—Mi ex —respondió Sakura.

—¿«Te dijo»?... —exclamó Temari—. ¿Cómo que «te dijo»?

—¿Tienes un ex? —volvió a preguntar Karin.

—¿Cuándo «te dijo»? —exigió Temari.

—Por Dios, ¡basta ya! —chilló Sakura al sentirse acosada.

—Voy a saludar a Gemma —se escabulló Karin con rapidez.

Entonces, volviéndose hacia su hermana, Sakura confesó:

—La noche que volvimos a Edimburgo, cuando te fuiste de cena con Óbito, me llamó al hotel.

—Y ¿cómo sabe que...?

—Temari —explicó Sakura—, para saber dónde estoy, Nagato sólo tiene que llamar a la oficina.

—¡La madre que lo parió! —bufó su hermana.

—Me dijo lo de siempre. Que me quería, que necesitaba una nueva oportunidad, lo mismo de siempre. Pero tranquila —añadió cogiéndole las manos—. Volver con ese engominado sería lo último que haría en mi vida. Así que no te preocupes, ¿vale?

—De acuerdo —asintió Temari complacida—. Pero prométemelo, Saku.

—Te lo prometo.

—Vale —dijo ella—. Ahora me quedó más tranquila.

—¿Qué te parece si llamamos a mamá?

—¡Genial! Quiero saber cómo está Óscar.

Sakura se dispuso a marcar el número de teléfono de su madre. Se volvería loca al oír sus voces. Sin embargo, tras esperar más de quince tonos de llamada, se dio por vencida.

—Qué raro —Temari miró su reloj—. Si aquí son las cuatro y diez de la tarde, en España son las cinco y diez. Es la hora de su telenovela, y ella no se la pierde por nada del mundo.

—Llamaré a Deidara.

—Conecta el manos libres —le pidió Temari—. Así hablamos las dos.

Sakura marcó entonces el número de su amigo, quien tras tres timbrazos lo cogió.

—Dichosos los oídos. ¿Cómo estás, guapa?

—Estamos —corrigió Temari—. ¿Cómo está mi peluquero preferido?

—Hola, Deidara —saludó Sakura—, estamos bien.

—Por Dios. Decidme que volvéis mañana mismo —gritó él deseoso de verlas—. Os echo de menos una barbaridad. Madrid sin vosotras no tiene gracia ni glamour.

—Natural —se mofó Temari—: la gracia se la doy yo, y el glamour, Sakura, ¿verdad?

—Azucarillo para mi niña —bromeó Deidara—. Ahora en serio. ¿Cuándo volvéis?

—Cuando el maldito conde aparezca —señaló Sakura—. Oye, ¿sabes dónde está mamá?

—Imagino... que en casa. —Deidara parecía algo incómodo—. Es la hora de su novela.

—Ya, pero no coge el teléfono.

—¡Qué raro! —repuso él, nervioso—. Pues no sé... Ni idea... Ufff. No, no sé.

—¡Mientes, bellaco! —soltó Temari—. Conozco ese tono de voz, y es el tono de la traición. ¿Ha pasado algo? ¿Estáis todos bien?

—Pues claro que estamos todos bien. Sólo os diré que mi Diane Lane está bien. Muy muy bien.

Las hermanas se miraron.

—¡Te lo dije! —exclamó Sakura apuntando con un dedo a su hermana.

—Entonces, ¿es cierto? —preguntó Temari sorprendida—. ¡¿Mamá tiene un lío?!

—Yo no lo catalogaría así —respondió Deidara—. Ah, por cierto. Óscar te manda saludos.

—Ayyy, mi cucuruchito —gimoteó Temari—. Dale besitos y dile que me acuerdo mucho de él.

—Pero mamá está bien, ¿verdad? —insistió Sakura.

—Sí, tranquila. —El tono de Deidara no dejaba lugar a dudas—. Aquí está todo perfecto. ¿Y vosotras? Cómo vais con esos highlanders.

—¡Dios mío, Deidara! —musitó Temari—. He conocido a un monumento andante que te encantaría. Es agradable, guapo, divertido, le gusto, me gusta...

—¡Carayyy! —soltó él—. Al final vais a conseguir que me vaya con vosotras a Escocia. ¿Y tú, Saku? ¿Qué tal? ¿Algún highlander para ti?

—No, no tengo tiempo —contestó.

—¡Mentira cochina! —la contradijo su hermana—. Di que sí. Que por aquí hay alguien que le gusta, lo que pasa es que ya sabes cómo es Saku. Rara..., rara..., rara.

—Bueno —se despidió Sakura, al ver que Ko las miraba—. Tenemos que dejarte. Si ves a mamá, dile que hemos llamado y que estamos bien, ¿vale?

—Dale muchos besos a mi cucuruchito —se despidió Temari—, y besitos para ti también.

—De acuerdo —convino Deidara—. Pasadlo bien y no hagáis nada que yo no haría.

Una vez que Ko se despidió de sus amigos, las hermanas, maravilladas por el lugar, la siguieron hasta «la tienda de Dornie», el típico establecimiento de pueblo donde se podía comprar desde una lata de judías hasta un secador de pelo.

—No encuentro nada de lo que busco —se quejó Sakura.

—Saku, me parece que no vas a encontrar la crema de Christian Dior con liposomas activos. En todo caso, compra ésta —le indicó Temari enseñándole un tarro—. Quizá te sorprenda.

—¡Ni loca! Eso es de marca blanca —repuso ella cogiéndolo.

—Estamos en un pueblo de montaña, no en El Corte Inglés de la calle Serrano. ¿Tú crees que aquí la gente compra algo de marca? —inquirió Temari señalando a su alrededor.

Siguiendo el dedo de su hermana, Sakura observó al grupo de personas que había en la tienda. Eran gentes humildes, de campo. Seguramente nadie debía de conocer ni a Christian Dior ni El Corte Inglés.

—¿Crees que esta crema será buena? —preguntó.

—Me imagino que sí. ¿Por qué no iba a serlo? —Temari la destapó—. Huele muy bien y pinta de crema tiene...

Sakura no pudo por menos que sonreír.

—Tienes razón. Dejaré mis remilgos para otro momento. Pero que conste que compro la crema sin marca porque no hay otra cosa.

—Ésa es mi Saku —dijo Temari esbozando una sonrisa.

Media hora de arduo trabajo dio su fruto, y a la salida de la tienda iban cargadas con crema para la cara y las manos, suavizante para el pelo, globos, guirnaldas de colores, tijeras, tiras de cera depilatoria, desodorante, sombra de ojos, rímel, un par de libros, un par de cepillos redondos, gomas para el pelo, horquillas de colores, tres pares de medias tupidas de espuma y cuatro pares de calcetines gruesos.

—¡Madre mía! —exclamó Karin nerviosa—. Habéis comprado media tienda.

—Pero si no llevamos nada... —replicó Sakura, que miró a Ko—. ¿Hay alguna otra tienda en Dornie? Necesito comprar algo de ropa.

—Ufff... —La anciana suspiró y a continuación murmuró—: Espera. Creo recordar que la nieta de Bridget se dedica a algo de ropa. ¿Quieres que le pregunte?

—Sí, por favor —le pidió Sakura, viendo el cielo abierto.

Diez minutos después estaban en casa de Rachel, la nieta de Bridget, que era mayorista de ropa y calzado. Con unos ojos como platos, Ko y Karin observaban cómo las españolas, en especial Sakura, separaban ropa con mano experta.

—Nos llevamos esto —dijo ésta una vez hubo hecho su selección con una sonrisa triunfal.

La vuelta a la granja fue tan alegre como la ida. El pueblecito de Dornie había maravillado a Sakura, en especial sus gentes, que la trataron con una amabilidad a la que no estaba acostumbrada.

Dos horas después, lo que en un principio tenía tan sorprendida a Karin se estaba convirtiendo en una auténtica pesadilla. Metida en el baño junto a las dos hermanas, hizo un par de intentos de escapar de allí, harta de sentirse como un conejillo de Indias.

—Estate quieta —le ordenó Sakura mirándola con las pinzas de depilar en la mano.

—Me haces daño —se quejó la muchacha.

—Karin —Temari estaba harta de sus quejas—, si dejaras de moverte habríamos acabado ya. —Y, mirando a su hermana, dijo en español—: Deberíamos haber comprado una podadora de césped. Pero ¡qué peluda es!

Sakura no pudo evitar sonreír. Karin tenía una cantidad tremenda de vello, aunque más tremendo era intentar sujetarla para que se estuviera quieta.

—No me arranquéis más pelo —rogó intentando soltarse—. ¡No quiero! Me duele.

—¡Mira, Karin! —El grito de Sakura la paralizó—. ¿Nunca has oído eso de que para presumir hay que sufrir?

—Sí —contestó la muchacha a punto de llorar—. Pero es que me duelen mucho las cejas. Me haces daño. Esto es inhumano.

—Lo que es inhumano —señaló Sakura— es que una señorita como tú, con veinticinco años, lleve las cejas como Groucho Marx.

—Karin —prosiguió Temari—. Ya sabemos que molesta, pero sólo es la primera vez. —Señaló el suave arco que había sobre sus ojos—. ¿Ves mis cejas o las de Saku? ¿A que te gustan? —La muchacha asintió—. Pues lo que estamos intentando es dejarte unas cejas tan finas y bonitas como éstas y, créeme, ya queda poco. Confía en mí, ¿vale?

Sin poder decir palabra, Karin permitió que Sakura prosiguiera implacable con su tarea mientras Temari hablaba para distraerla.

Una vez acabada la depilación de las cejas, fue el turno de Temari. Años atrás había estudiado peluquería junto a Deidara, por lo que, tras consultar el corte con su hermana, cogió las tijeras nuevas y se puso manos a la obra. El pelo de Karin era duro y grueso, pero una vez terminó con ella, el resultado fue espectacular.

—¡Madre mía, Karin! —murmuró Sakura, incrédula—. Sólo con afinarte las cejas y cambiarte el peinado pareces otra.

—¿Puedo mirarme ya? —pidió la muchacha mosqueada.

—¿Qué hacemos? ¿La dejamos o no? —bromeó Temari.

—Todavía queda depilarte las piernas —señaló Sakura, aunque añadió con una sonrisa—: Vamos a hacer una cosa, Karin. Nosotras dejamos que te mires y, en función de si te gustas o no, tú dejas que terminemos nuestro trabajo. ¿Te parece?

—De acuerdo —gruñó ella deseosa por escapar del baño. No lo soportaba más.

—Vale —asintió Temari—. Vamos, ponte en pie y mírate en el espejo.

Con decisión, la muchacha se levantó de la taza del váter y, al ver su imagen, su expresión hostil fue transformándose poco a poco en una de admiración. Aquella chica que la miraba desde el espejo era ella, y estaba guapa. Sin saber qué decir, levantó las manos para tocarse el pelo. Lo notaba suave, no estaba seco y encrespado como de costumbre. Y sus ojos. ¡Dios santo, qué ojos tenía! Ahora se veían grandes y expresivos, en vez de huraños y apagados.

—Bueno, ¿qué? —preguntó Sakura disfrutando de su evidente emoción—. ¿Ha merecido la pena todo el sufrimiento?

—Oh, sí —susurró Karin apenas sin voz.

Estaba emocionadísima. Era como un sueño hecho realidad.

—Mañana, para la fiesta te quedará mejor —indicó Temari tocándole el pelo.

—Pero... pero... si está perfecto —murmuró la muchacha.

—Entonces, Karin —le planteó Sakura dispuesta a continuar—, ¿seguimos o no?

Sin dudarlo, la chica se sentó de nuevo en la taza del váter. Tenía un brillo tan especial en la mirada que las hermanas no pudieron evitar reír.

—Hacedme todo lo que tengáis que hacer, ¡por favor! —les pidió.

Media hora después, sin embargo, estaba profundamente arrepentida de haber dicho eso. Las bandas de cera para arrancarle el largo y espeso vello de las piernas la hacían aullar de dolor. Parecía que la estuvieran matando. En un par de ocasiones incluso, Ko y Homura, asustados por los gritos, intentaron entrar en el baño, pero Sakura y Temari no los dejaron. Querían sorprenderlos.

Esa noche, mientras los ancianos hablaban sentados en sus grandes butacones, Sakura y Temari entraron en el salón agotadas pero satisfechas.

—¡Por fin! —exclamó Ko al verlas—. Nos teníais preocupados. ¿Por qué habéis tardado tanto?

—Ufff. —Temari soltó un suspiro, cansada—. Ha sido un trabajo agotador.

—Más que agotador —puntualizó Sakura.

—¿Dónde está Karin? —preguntó Homura angustiado—. ¿Qué le habéis hecho a mi niña?

—Homura —le dijo Sakura tomando asiento—, creo que esta tarde tu niña se ha convertido en una mujer. —Y a continuación la llamó—: Karin, ya puedes entrar.

Con timidez y mirando al suelo, ésta entró en el salón. El cambio era espectacular: no tenía nada que ver con la muchacha salvaje y mal vestida que la noche anterior se había sentado con ellos. Su pelo, sus ojos e incluso su ropa la hacían diferente. Ante ellos, una nueva Karin se erguía nerviosa y orgullosa de su nuevo aspecto.

—¿Qué... qué os parece?

La expresión de incredulidad de Ko y de Homura al verla hizo que Temari y Sakura se miraran entre sí. Era como si hubieran visto un fantasma.

—Por todos los santos —murmuró Ko llevándose las manos a la boca—. ¡Estás guapísima!

—¡Que me aspen! —exclamó Homura levantándose—. ¿Realmente eres tú, Karin?

—Sí —contestó ella con timidez—. Soy yo.

—Mírame, muchacha —pidió el anciano.

Estaba estupefacto, tanto que tuvo que pasarle la mano por la mejilla para cerciorarse de que aquélla era su niña.

—Estás preciosa, tesoro —comentó abrazándola mientras Karin lloraba—. ¡Madre mía! Pero si eres una auténtica belleza, y nosotros no lo sabíamos. Casi no te reconozco.

—Yo tampoco —murmuró ella entre sollozos.

—Ko —declaró Homura al ver las lágrimas de su esposa—, ahora tendrás más trabajo. Creo que te va a tocar apartar moscones de la niña. —Y, volviendo a mirar a Karin, confesó—: Quiero que sepas que para mí siempre has sido preciosa. ¡La más bonita de todas! Aunque ahora, esa belleza también podrá ser apreciada por los demás.

—Mi niña..., mi niña... —susurró Ko abrazándola—. Creo que a partir de ahora vas a partir más de un corazón.

—Todo se lo debo a ellas —señaló Karin abrazada a aquellos dos ancianos que tanto amor y cariño le habían dado—. El mérito es suyo.

—Bueno..., bueno —dijo Sakura aclarándose la voz, puesto que no quería llorar—. Nosotras sólo hemos pulido tu belleza. Pero la materia prima para ser guapa la posees tú.

—Sois una bendición del cielo, muchachas —manifestó Homura de corazón—. Sólo puedo daros las gracias por ser como sois y agradecer a mis nietos que os trajeran aquí, a vuestra casa.

—Homura —murmuró Temari sonriente—, por mucho que te empeñes, no pienso llorar.

—¿Qué pasa? —preguntó el anciano—. ¿Las españolas no lloran?

—No —respondió Sakura con sorna—. Sólo los highlanders.

La complicidad que existía entre ellos hacía que las chicas se sintieran como en casa. Ko, con una enorme sonrisa, disfrutaba de la alegría general, y en especial de la vitalidad de su marido.

—Saku, Temari —dijo la anciana tomándolas de las manos—. Gracias. Gracias por todo lo que hacéis. Habéis traído vida a esta casa, y eso nunca lo olvidaré.

—¡Ko! Te has acordado de nuestros nombres —murmuró Sakura emocionada.

—Sí, cariño, sí —asintió Ko con una sonrisa—. Y ten por seguro que nunca se me olvidarán.

—Vamos..., vamos —bromeó Temari tragándose las lágrimas—. Que veo que al final vamos a terminar todos llorando como Magdalenas.

—Yo no —repuso Homura divertido—. Los highlanders no lloran.