Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION


Capítulo 17

Domingo, 1.40 p.m.

«Isabella vio a Edward sentado en la sala de conferencias de paredes de cristal en cuanto salió del ascensor y puso el pie en la planta cincuenta de CullenCo.

Dejando la mochila en una butaca al pasar, mantuvo la mirada clavada en su objetivo.

Ataviada con unos vaqueros y una camiseta de tirantes, distaba mucho de presentar, siquiera, una imagen informal, pero hoy no estaba allí para mezclarse. De hecho, esperaba que Ed se fijara bien en ella.

La mayoría de las personas de allí ya la conocían, al menos de vista, y nadie le impidió el paso. Cuando llegó a las puertas dobles de la sala de conferencias, las abrió de golpe.

—Hola, Ed —dijo con su tono de voz más glacial.

Este se volvió hacia ella al tiempo que se ponía en pie.

—Isabella, ¿qué...?

—¿Podría hablar contigo un momentito, cariño? —le interrumpió, ignorando los murmullos de sorpresa de la otra docena de personas que había en la sala.

La mandíbula de Ed se tensó.

—Por supuesto. ¿Podrías esperarme en mi despacho un momento?

Estaba claro que no podía gritarle en público. Asintiendo bruscamente, giró sobre los talones y se encaminó con paso decidido hacia su despacho. A mitad de camino, enganchó su mochila y se la llevó consigo.

Se pasó los siguientes cinco minutos echando chispas, paseándose igual que un basilisco de acá para allá y sintiendo la tentación de ponerse a romper cosas, si es que hubiera habido algo que romper. Teniendo en cuenta el lujo de todas sus casas, el despacho de Ed le daba un nuevo significado al término «espartano».

Por fin Ed abrió la puerta y la cerró después de entrar.

—Como quizá hayas notado —espetó—, estaba ocupado.

—¡Vete a la mierda! ¿Qué cojones te crees que haces saliendo en la tele para que Charlie viniera a verte? ¿Crees que puedes salir en antena para quedar con la gente?

—Contigo funcionó —dijo, su voz era grave y controlada.

—¿Así que se te ocurrió intentarlo de nuevo con Charlie? Saliste a la calle para llamar específicamente su atención.

—Sí, así fue. Tú saliste en plena madrugada para reunirte con él.

—Es mi padre.

—Así es. Y quería hablar con él.

—¿Para qué, para poder pedirle permiso para cortejarme o lo que sea? ¡Cómo te atreves a meterte así en mi vida sin ni siquiera preguntarme primero! Por no mencionar que Vladimir y su banda podrían haber estado vigilando. ¿Qué demonios crees que pensarían si te vieran hablando con Charlie?

Ed se paseó hasta su mesa y desanduvo de nuevo el camino. A juzgar por la rectitud de su espalda, estaba igual de furioso que ella. Bien. Isabella detestaba mantener una discusión ella sola.

—Dentro de tres días vas a robar un museo, ¿no? —preguntó, su refinado acento de Devonshire se hizo más marcado.

—Sí, eso voy a hacer. Y no necesito tu permiso para ello, y tampoco...

—¡Vete a la porra! Quería conocer al hombre que regresa a tu vida como si tal cosa después de tres años, sólo para meterte en sabe Dios qué —la interrumpió—. Me reservo el derecho de meterme en tu maldita vida porque me preocupa.

—Tú...

—No le pedí a tu padre que me contara secretos o me diera una perspectiva para comprender tu carácter, ni que me concediera permiso para estar contigo. Le pregunté por qué escogió este trabajo para hacer que volvieras al redil. Y no he recibido una respuesta que me parezca satisfactoria.

—Te parece satisfac...

—¿Le has preguntado si tiene un plan de fuga para ti después de que intervenga la INTERPOL? Porque me da la sensación de que no lo tiene. No tiene un plan, Isabella. No va a actuar de forma desinteresada y heroica para cerciorarse de que se recompensa tu ayuda o que se proteja tu libertad.

Isabella intentó atizarle, pero Ed bloqueó el golpe con el antebrazo y la agarró de la muñeca.

—¡Suéltame! —gritó.

—Nunca —le respondió, gruñendo y con la voz entrecortada.

Con un grito se liberó y se abalanzó sobre él. Ambos cayeron por encima de la mesa y aterrizaron en el suelo delante de la ventana. En su cabeza no surgía nada coherente. Nada salvo una ardiente y negra cólera. Y entonces, de pronto comenzó a sollozar, y debajo de ella, Ed la rodeó con sus brazos, abrazándola contra su pecho.

—No estoy teniendo una... crisis nerviosa —dijo entre sollozos.

—Lo sé.

—Estoy muy cabreada contigo.

—Lo sé.

—¿Por qué has hablado con él?

—Porque me tienes preocupado —aflojó levemente su abrazo, y comenzó a mecerla. Maldita sea, la estaba meciendo.

Isabella se incorporó, sentándose sobre sus piernas.

—Déjalo ya. No soy ninguna niñita.

Ed también se sentó, apoyando los brazos a la espalda para mantenerse erguido.

—¿He dicho yo que lo seas? —dijo y guardó silencio durante un instante—. Cuando mis padres murieron, Bella —prosiguió de pronto—, me encontraba en un internado a más de tres mil doscientos kilómetros de distancia. Fue muy... duro. Si mi padre apareciera de pronto y me obligara a... a volver al colegio mientras aún estuviera tratando de asimilar que en realidad no está muerto... ni siquiera puedo imaginarlo.

—No es eso —dijo, sorbiendo por la nariz y secándose los ojos con la mano. Odiaba llorar estúpidamente. No era algo que hiciera con frecuencia. Al parecer, tan sólo Ed podía hacerla llorar.

—¿Pues qué es?

Bella se agarró las manos, retorciéndose los dedos.

—No quería que le conocieras —dijo finalmente, su voz le pareció débil y trémula incluso a sus propios oídos.

Ed se movió, rodeándola con un brazo.

—Por dios, Bella. No eres como él, si eso es lo que crees.

Volviendo la vista, su mirada se encontró con los preocupados ojos azul oscuro de Ed.

—Pero podría serlo. Odio atracar museos, y... y a pesar de eso estoy tan emocionada que apenas veo con claridad. Y sé que hay muchas posibilidades de que me pillen. Y te oculto cosas y salgo a hurtadillas por la noche para... para hacerlo, y mi negocio comienza a despegar, y cada vez que veo a uno de mis «clientes», pienso que puedo despojarle de todo salvo de su ropa interior sin que sepa qué le ha pasado. Y ahora Eleazar Denali me está siguiendo, así que desconfía de mí, como seguramente también hacen el resto de mis clientes. Y tienen todo el derecho. Y me ha llamado Tany, que cree que le estoy tendiendo una trampa para fastidiarla de nuevo. Le dije que necesitaba un exorcismo, pero puede que sea yo quien lo necesite.

—¿Sales a hurtadillas por la noche?

—Para poder entrar de nuevo sin que me vean. —Se golpeó los muslos con los puños—. Soy un maldito desastre. ¿Por qué narices quieres estar conmigo?

Lentamente comenzó a enroscar los dedos en su cabello.

—Porque continúas entrando en mi casa —le susurró al oído—. Y porque me salvaste la vida cuando nos conocimos. Y porque pareces tener la costumbre de arriesgar tu vida para ayudar a otros.

Bella suspiró, tratando de recobrar de nuevo la compostura.

—De acuerdo, está bien. Soy estupenda. Estoy jodida, pero soy la caña.

—Exactamente. —Y depositó un beso en su cabeza, y acto seguido le alzó la barbilla y la besó suavemente en la boca. Isabella se apoyó en él, y Ed cerró los ojos, aliviado. También se encontraba sumamente alarmado, pero eso tendría que esperar hasta que dispusiera de un momento o dos para pensar. No era la primera pelea que tenían, pero sí la primera vez que Bella había estado cerca de golpearle. Y ni siquiera era eso lo que le preocupaba. Tras dejar escapar un último suspiro contra su boca, Isabella se puso en pie y le tendió la mano para ayudarle a levantarse. A pesar del moratón que ahora tendría en la cadera, Ed rechazó su ayuda y se puso en pie por sí solo.

—Dame unos minutos y podremos irnos de aquí —dijo.

—No, estoy bien. Y tengo que encontrarme con Black para recoger el resto de mi equipo.

—Creía que os habíais ido juntos de compras.

—Así era, hasta que los polis nos alcanzaron y tuve que chocar contra su coche, deshacerme del vehículo de alquiler y separarnos. —En sus labios floreció nerviosamente un asomo de sonrisa, parecida a la que solía lucir cuando creía estar siendo graciosa.

—Al menos el día no ha sido una completa pérdida de tiempo —dijo suavemente, pasándole un brazo por encima mientras se encaminaban hacia la puerta.

—Supongo que no. Lo más probable es que Veittsreig me llame antes de que llegues a casa. Si tengo que marcharme para reunirme con él cara a cara antes de que regreses, te dejaré una nota en la mesilla de noche.

Precisó de una buena dosis de su consumada fuerza de voluntad para dejar que saliera por la puerta de su despacho. Pero intentar impedírselo erigiría un muro entre ellos que ninguno de los dos podría traspasar.

—Por el amor de Dios, ten cuidado —le dijo, esperando no estar extralimitándose al darle consejos verbales—. Como tú misma dijiste, estos tipos son unos asesinos.

—Me pregunto cómo es el hombre que los contrató —farfulló sombríamente.

—Procuremos no averiguarlo.

Isabella se volvió hacia él, posándole las manos sobre los hombros y poniéndose de puntillas para darle un suave beso en la boca. Tras acariciarle fugazmente la mejilla, salió en dirección a los ascensores.

Edward se apoyó contra el marco de la puerta, se recolocó su desaliñada camisa y trató de ponerse derecha la chaqueta. Armani era una buena marca, pero no estaba hecha para los placajes al estilo del fútbol americano.

A pesar de sus sentimientos al respecto, era capaz de comprender la emoción e ilusión de Isabella ante la expectativa de llevar a cabo un golpe, aunque se tratara de un robo en el que le habían obligado a participar. Él mismo la había acompañado durante algunos hurtos menores antes incluso de la última semana, todos por el bien de los buenos, y era lo más excitante que jamás había experimentado. La emoción, el desafío, formaban parte de su atractivo, al igual que el considerable dinero que Bella solía ganar.

No, ahora tenía otra cosa de qué preocuparse. Por mucho que se hubiera esforzado en ser paciente, en dejar que Bella se dedicara a su empresa a su ritmo y a su modo, había pensado que, cuanto mayor éxito tuviera, menos probable sería que se alejara de él y regresara a su antigua y excitante vida.

Nunca se le había pasado por la cabeza que a Bella no le gustara absolutamente nada su nuevo trabajo.

¿A qué otra cosa podría dedicarse un ladrón de guante blanco retirado, que todavía estuviera en lo más alto? Sentarse de brazos cruzados a hacer crucigramas no bastaba, y Bella no sería Bella si se conformara con eso. ¿Guardaespaldas? A Bella no le gustaban las armas, y Ed no quería que se separase de él durante tanto tiempo. ¿Luchadora profesional de Wrestling? Demasiada atención mediática y un pobre desafío intelectual, pero le hizo gracia que se le hubiera ocurrido aquello.

Cerró los ojos durante un momento. Los dos tenían que pensar. Ninguno sería feliz si ella continuaba con un trabajo que detestaba, sobre todo si únicamente se mantenía ocupada para tranquilizarle a él, o para permitirse tener un pie metido en su antiguo trabajo. Ni tampoco quería que los clientes de Bella la abandonaran porque su padre hubiera logrado vincularla con un robo. Dejar el negocio de la seguridad debería ser decisión de Bella, no de su recelosa clientela.

Apretando los dientes, Edward se dirigió de nuevo a su reunión. Su primera tarea en todo esto sería cerciorarse de que Isabella continuaba libre y viva después del martes. Lo cual significaba que no podía involucrarse poniéndose en contacto con la INTERPOL, la policía o con ningún otro. Se detuvo. ¿O sí? Girando sobre los talones, regresó a su despacho, cerró la puerta y se sentó a su mesa. Luego, inspirando profundamente, cogió el teléfono y marcó.

—Jasper Hale.

—Hola, Jasper.

—Hola, Ed. Estoy en el partido de béisbol de Mike. ¿Adivinas quién acaba de marcar un doble?

Edward sonrió. Jasper adoraba su vida doméstica. Por un instante se permitió preguntarse si algún día se sentaría en las gradas y animaría a su propio hijo o hija. «El martes, Ed, céntrate.»

—Diría que ha sido Mike —respondió—. Felicítale de mi parte.

—Lo haré. —Jasper hizo una pausa—. ¿Qué sucede?

—¿Estás en nómina, verdad? Así que cualquier cosa que te cuente, en cualquier momento y lugar, se considera bajo secreto abogado-cliente, ¿verdad?

—Sí. ¿Por qué, han arrestado otra vez a Swan?

—Aún no.

—¿Aún no? Eso no parece demasiado prometedor. Espera. Deja que me meta detrás de la barra de los aperitivos para que podamos hablar.

—No te pierdas el partido de Mike.

—Todavía no ha vuelto a salir al campo. Espera. Está bien. ¿Qué sucede?

—Alguien va a robar el Museo Metropolitano de Arte el martes.

—¿Qué? ¿Te lo ha dicho ella? Llama a la poli, Ed.

—Es una trampa de la INTERPOL. Isabella está ayudando a... a un amigo suyo a tenderla. El problema es que ella no tiene ningún trato con las autoridades.

—Pues debería retirarse.

—No puede. Es complicado. Amenazan con matarnos a ambos si no coopera.

—¿Os amenaza la INTERPOL? Es una locura.

—La INTERPOL, no. Los otros ladrones. Solamente quería saber si podemos tomar algunas medidas para minimizar el peligro que corre.

—Soy abogado corporativo, Ed. —Jasper pronunció entre dientes algunos improperios muy originales—. ¿Y qué hay del riesgo que corres tú? Puede que haya convencido al Departamento de Policía de Nueva York de que no robó el Hogarth, pero si la pillan en el museo, la cosa va a cambiar. Y tú te verás arrastrado al centro del huracán, por ser cómplice o por ser el pringado de turno que dejó que sucediera delante de sus propias narices.

Edward se quedó sentado muy callado durante un momento, recordándose a sí mismo primero que Jasper no tenía la menor idea de que él había estado presente en el robo de los Hodges, y luego que el abogado miraba por él y que en realidad nadie había llamado pringado a nadie.

—Repito —dijo con lentitud—, ¿hay algo que podamos hacer para minimizar los riesgos?

—Déjame pensar. Fui al colegio con un par de tipos del Departamento de Estado. Veré qué puedo averiguar. Pero es domingo, así que no esperes un milagro.

—Llegados a este punto, Jasper, un milagro sería muy bien recibido.

—Te llamaré.

—Estaré esperando. —Y repasando algunas posibilidades por sí mismo.

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Isabella pagó al taxista y se bajó de un brinco del vehículo delante de la casa de la ciudad. Black le había encontrado un divisor de tecnología punta y había conseguido tres ligeros alicates para cable a fin de que ella pudiera escoger el que más le gustara. Le había dado las gracias y se había marchado... y no le dijo ni una sola palabra acerca de la aparición pública por sorpresa de Ed, ni de que hubiera solicitado una reunión con Charlie, ni siquiera que Denali intentaba seguirla, tratando seguramente de recuperar su Picasso.

Ignoraba por qué no le había dicho nada. Desde que tenía uso de razón, siempre había podido hablar con Black sobre cualquier cosa. Incluso había sido él quien había salido a comprarle su primera caja de tampones, aunque Bella había tenido la sensación de que de ahí no pasaba.

Pero cuando Ed le dijo por qué quería encontrarse con Charlie, y le dijo que era probable que éste no tuviera un plan de escape para ella... aquello le había resultado tan nuevo, que no había sabido cómo tomárselo. Siempre había cuidado de sí misma. No debería haber importado que tuviera que hacer lo mismo el martes. Si había una lección que Charlie le hubiera repetido hasta la saciedad, era que todo el mundo miraba primero por uno mismo. Incluso Black actuaba de ese modo hasta cierto punto, dado que había sido ella quien asumía los riesgos y él quien vendía los objetos obtenidos, y ambos habían amasado un buen montón de pasta al hacerlo.

Pero Ed obraba de forma diferente. Le había visto conduciendo sus negocios, y podría transformarse sin previo aviso en un Gran Tiburón Blanco, haciendo trizas a cada oponente que tenía a mano. Pero también sacaba la cara por ella, y bien que la defendía, y lo había hecho en más de una ocasión.

Normalmente la cosa acababa bien para los dos, o hasta el momento así había sido, pero eso parecía ser una cuestión de suerte, igual que todo lo demás.

Un coche estacionó detrás de ella cuando recogía su mochila y se encaminaba hacia la escalera principal. No miró, pero sí varió su forma de agarrar la pesada mochila. Ésta le haría un buen chichón en la cabeza a cualquiera si resultaba necesario.

—Bella.

Le bastó con aquella sílaba para reconocer la voz. Veittsreig. ¡Para qué iba a molestarse en llamar para concertar una cita cuando podía acercarse en coche y echarle el guante! Era demasiado esperar poder dejarle una nota a Ed. ¡Maldita sea!

Se dio media vuelta.

—¿Te has perdido?

Él sacudió la cabeza en el asiento delantero del pasajero del Ford Explorer negro. —Sube.

—Seguramente la poli esté vigilando la casa.

—Pues date prisa en subir.

Bella así lo hizo, adoptando una expresión enfadada.

—Ha sido una estupidez, ¿no te parece? —dijo, ocupando el asiento del medio cuando los otros dos hombres se movieron para hacerle un hueco.

—Tal vez quiera que la poli te vea con nosotros —respondió Vladimir—. Sólo para asegurarme de que estás comprometida con el proyecto al cien por cien.

—Ah, ¿con que ahora se trata de un proyecto? Creía que era un robo. Debería haber traído barritas de helado y limpiapipas en lugar de cortadores de vidrio.

—¿Quieres que te registre de nuevo en busca de micrófonos, Bella?

—No, ¿Quiénes son tus amigos? Reconozco a Bono, por supuesto.

El tipo que tenía sentado a su lado con pelo largo y grasiento, nariz aguileña y gafas de sol frunció el ceño.

—Bono. Esa sí que es buena —bufó Vladimir—. Es Eric. El que está junto a la ventana es Demetri. Nuestro conductor es Félix.

—¿Quién falta, aparte de Charlie? Dijiste que haríamos siete partes.

—Correcto. Dos son para mí. A fin de cuentas, lo he organizado todo.

—Supongo que hasta el martes no sabré si te lo mereces o no.

Vladimir se giró desde el asiento delantero para mirarla a la cara.

—No es de mí de quien habrá que preocuparse.

Otra vez con amenazas. En su oficio eran tan comunes como los alicates de corte.

—Si se trata de la gran reunión, ¿dónde está Charlie?

—Vamos a reunimos con él. Decidí ahorrarte el taxi y que tuvieras que despistar a los polis que te siguen.

—Gracias, siempre que no te estén siguiendo a ti. Ya has aparecido cuatro veces por mi casa.

—¿Félix? —preguntó Veittsreig.

—Nadie nos sigue —respondió el conductor con un acento más marcado que el de Veittsreig.

A pesar de la aparente seguridad de Félix, el Explorer pasó la siguiente media hora dando vueltas por todo Manhattan. Isabella aplaudía la cautela, aunque la atención por los detalles no les auguraba nada bueno a Charlie o a ella. Cuando la INTERPOL fuera a por estos tipos, no les cabría duda de quién se había ido de la lengua. Si lo que Ed había dicho acerca de su conversación con Charlie era cierto, y no tenía motivos para creer lo contrario, tenía que idear un plan de fuga. Y que fuera bueno.

—¿Te has perdido? —preguntó finalmente—. Si no es así, me encantaría conocer el plan de acción antes del martes. Y los planos del sistema de alarma.

—Cinco minutos. Y dale tu mochila a Bono.

Bono, alias Eric, dijo algo en alemán sobre lo poco gracioso que era Veittsreig. Isabella fingió no entender, y en su lugar arrojó la mochila al regazo de Eric.

—No te cargues nada. Todo es nuevo.

Eric cogió el divisor.

—GPS —farfulló.

—Es un divisor de frecuencia electrónico, so lerdo —replicó Isabella—. Sirve para desactivar partes de un sistema de alarma.

—¿Por qué es nuevo? ¿Es que no tenías uno, Swan?

—Sí, lo tengo. Está en Palm Beach. Vine a Nueva York de vacaciones. Fuisteis vosotros los que montasteis todo esto. Yo solamente intento estar preparada.

Lo siguiente que Eric farfulló en alemán confirmó que el resto del material de la mochila era legal. Volvió a meterlo todo y se la devolvió.

—Gracias. ¿Significa que he aprobado? ¿He conseguido que me aceptéis en el club?

—Sí. Avanza hasta el almacén, Félix.

Las pandas —o mejor dicho, bandas— de ladrones siempre alquilaban almacenes. Dado que trabajaba normalmente sola, Isabella no estaba muy segura del porqué, a menos que todos hubieran visto las mismas películas y no desearan que las otras bandas de ladrones se rieran de ellos. Para ella resultaba altamente sospechoso que un grupo de tipos alquilara de repente un local y no lo llenara de material de almacenaje, pero ella era una infractora, no una representante de la ley.

Aparcaron delante de un anodino almacén a la orilla del río frente a Nueva Jersey. Demetri se apeó, introdujo un código de entrada —que Bella memorizó de inmediato—, en el teclado numérico de la puerta y a continuación empujó la puerta metálica hacia arriba. El Explorer pasó por debajo y Demetri bajó la puerta otra vez.

—Con que este es el cuartel general súper secreto —dijo Isabella, apeándose del todoterreno—. Es... espacioso.

Charlie rodeó un conjunto de cajas y se aproximó hasta ella.

—Swan y Swan, juntos de nuevo.

—Hola, Charlie.

—Ya estabas harta de tu breve retiro, ¿verdad? Siempre dije que un verdadero campeón no puede retirarse en la cumbre. No lo lleva en la sangre. Tiene que seguir luchando hasta el final.

—Y ambos sabemos en qué lado de esa colina te encuentras tú, ¿eh, Charlie? —Veittsreig rio entre dientes, dándole una palmada en la espalda a su padre—. Echemos un vistazo a esos planos, ¿quieres?

—Antes de empezar —dijo Isabella, arrojando su mochila en otra omnipresente caja y reparando en que la furgoneta de UPS a sus espaldas ahora era negra y llevaba «SWAT» pintado encima del logotipo de la compañía de repartos—. Tengo una pregunta.

—¿Y de qué se trata?

—Supongo que lleváis semanas preparando esto. ¿Por qué me habéis incluido sólo tres días antes del golpe?

—En primer lugar —dijo Vladimir, lanzándole una cerveza—, no sabíamos que estarías en Nueva York en tan oportuno momento, pero dado que lo estás, tontos seríamos de no aprovecharlo. En segundo lugar, recibimos la solicitud del Stradivarius la semana pasada, y no podíamos decidir cómo ocuparnos junto con todo lo demás.

—Necesitas más personal.

—Personal femenino —dijo Demetri, clavando la mirada en la zona del pecho de su camiseta de tirantes.

¡Genial! Un tipo con las hormonas revolucionadas.

—Y en tercer lugar, algunos cacos, como nos llamas tú —prosiguió Vladimir—, no podrían ponerse al día y estar listos en tres días. Apuesto a que tú sí puedes.

—Eso demuestra que eres listo —dijo Isabella, brindándole una sonrisa a Veittsreig—. ¿Pero qué tal se te da robar?

Vladimir desplegó los planos.

—Echa un vistazo y compruébalo.