Naruto Y Hinata en:

Vudú


PASO SIETE


«PRUEBE AHORA CON UN ALFILER EN LA CORONILLA Y VERÁ QUE SOLO TENDRÁ OJOS PARA USTED.»

{...}

Hinata apuró el paso al llegar a Esplanade Avenue. Había sido un día infernal, y se moría de ganas de llegar a casa, ponerse sus zarrapastrosos pantalones de franela y zambullirse de cabeza en una tarrina de helado.

Sus mejillas aún estaban coloradas, pero sospechaba que tenía más que ver con la escenita de esa tarde que con el calor pegajoso del interior del museo. Al fin los dueños habían descubierto las ventajas de no pagar por un servicio que no utilizaban; el problema era que, sin luz eléctrica, los aparatos de aire acondicionado no sirven para nada.

Su edificio era una de esas viejas construcciones de Nueva Konoha que pretenden imitar la antigua arquitectura colonial y que se quedan en el intento. Todo acababa reducido a un sucio y maloliente patio interior cubierto de plantas y tres pisos de corredores dispuestos en torno a él. Sin embargo, su apartamento había sido lo más barato que pudo encontrar cuando llegó a la ciudad, y aún bendecía su buena suerte por haberle permitido encontrar algo tan cerca del centro y con ascensor.

Ese día le prestó una especial atención a los rocambolescos detalles de la estructura. Como, por ejemplo, aquel blasón ficticio de escayola que decoraba una de las paredes y en el que no había reparado antes. Lo que fuera, con tal de despejar su mente y no rememorar la vergüenza que había pasado en Dumaine Street, cuando había estado a punto de dejar que Mister Airbus —por el amor de Dios, ni siquiera sabía el nombre del tipo— la besara delante de su trabajo, de una avalancha de desconocidos y, lo que era peor, de Gaara.

¿En qué demonios estaba pensando? Además de en los fibrosos brazos de Mister Airbus, su mentón orgulloso, su mirada penetrante, la redondez pecaminosa de su labio inferior...

Ni siquiera podía recordar la última vez que alguien había acariciado su espalda con el mismo perezoso deleite que él. Un momento, ¿lo había hecho alguien alguna vez? Incluso había distinguido una chispa peculiar de preocupación por ella y su salud cuando se bajó del coche después de haber estado a punto de matarla.

Claro, había sido por eso. El shock de haber estado a punto de perder la vida había activado todos los sistemas de su organismo y la había hecho estar a punto de lanzarse a los brazos de Mister Airbus. O, más bien, lo que la había enviado directa a sus brazos, porque a la distancia que había quedado entre ellos cuando la cabeza masculina se inclinó sobre la suya no se la podía considerar espacio desde un punto de vista científico.

Después de eso, había tenido un día de perros. Se había acercado a Gaara para tantear si el conjuro empezaba a surtir efecto, pero lo único que encontró fue una mirada desdeñosa y cuatro palabras pronunciadas por compromiso y con desgana. Era lógico, después de haber presenciado un espectáculo tan dantesco. Tanto trabajo volcado en él se había ido a la basura por culpa del idiota de su vecino.

El mismo por delante de cuya puerta pasaba ahora de puntillas, todo lo sigilosa que era capaz. Lo último que quería para estropearle el día era un nuevo encuentro con él. Tan solo quería entrar en casa sin más contratiempos y clavar un nuevo alfiler en Mini Gaara, más por su rabia contra el mundo que por cuestiones esotéricas.

Una vez más, el cielo se volvió en su contra. No había llegado a su destino cuando la puerta de al lado se abrió y dio paso a un malhumorado Mister Airbus, que había sustituido el uniforme de aviación por sus sempiternos andrajos de leñador.

—No, no, no... —comenzó ella, concentrada en introducir la llave en la cerradura—, si piensas volver a lo mismo de antes...

Antes de terminar la frase, el mundo había girado ciento ochenta grados, y ella con él. Sus pies, su torso y sus ojos habían pasado de estar de espaldas a su vecino a quedar frente a él. Y lo mejor de todo: su lengua había pasado a estar en su boca, y sus manos en torno a sus caderas.

¡Wow. Wow, wow, wow. Wow!

Cuando la apartó, Hinata estaba sin aliento. Por todos los cielos, era el mejor beso que le habían dado en toda su vida. No tenía ningún sentido, probablemente fuera uno de los mayores errores con los que tendría que cargar jamás y al día siguiente se arrepentiría mil veces y se moriría de la vergüenza, pero... joder. Había sido increíble.

Sus ojos se agrandaron con expresión interrogativa mientras a su pecho aún le costaba respirar. Heartbreak Hotel resonaba en su cabeza como una sensual cadencia.

Iba a tener que plantearse muy en serio dejar de escuchar a Elvis.

—Antes de que digas nada —Mister Airbus alzó las palmas a modo de tregua—, quiero que sepas que esto no significó nada, no cambia nada y, por supuesto, no nos une para nada.

—Nada —repitió Hinata, como si fuera un autómata.

El vecino meneó la cabeza para reafirmarse en sus palabras. O, por las caras que ponía, para tratar de convencerse a sí mismo.

—Nada.

—Ok, nada. —Hinata se encogió de hombros, aunque aún tenía la vista perdida más allá de la estratosfera. Qué casualidad, justo el mismo lugar al que debían de haberse largado su raciocinio y la firmeza de sus piernas.

—Eso es, nada —volvió a decir él.

—Muy bien. Pues nada.

Se dio la vuelta para entrar en casa de una vez por todas, pero de repente estaba de nuevo arrinconada contra la pared, y el aliento cálido de Mister Airbus le recorría con una parsimonia casi dolorosa el lóbulo de la oreja.

—No sé qué demonios me has hecho, pero, o paras ya, o te juro que...

Hinata arqueó una ceja. Una cosa era que estuviera más excitada que en toda su vida adulta, y otra que el tipo se le pusiera presuntuoso. Aún le quedaba dignidad. Poca, pero algún resto debía de haber por ahí, a punto de resbalar junto con sus bragas.

—¿O qué? —ironizó.

Por toda respuesta, él se limitó a adelantar sus caderas contra las suyas, hasta hacerla consciente de cuál era el precio a pagar si no detenía aquello que fuera que se suponía que le estaba haciendo.

Tendría que haberse mostrado escandalizada, humillada, indignada. Pero, contra toda lógica, lo único que hizo fue reprimir un gemido de placer insatisfecho.

Si su abuela la viera...

La vería fundirse en un nuevo y tórrido beso con su peor pesadilla, que besaba mejor que cualquier protagonista de sus sueños más prohibidos.

Hinata enlazó los brazos tras la nuca de Mister Airbus y, con un brillo coqueto en los ojos, se lanzó a sus labios como una gata en celo. Nunca supo si lo pilló desprevenido o no, pero sorteó bastante bien la situación. No tardó nada en ponerse a su altura y dejarse llevar por las acometidas de su lengua.

Cualquiera que les viera pensaría: «oh, mira, qué vergüenza» u «oh, mira, qué vergüenza, en las escaleras, ni siquiera esperan a entrar en casa». Hinata sólo podía pensar: «oh, mira, qué vergüenza; debería ser ilegal tener unos músculos tan firmes y un culo tan duro».

Y con cada nuevo suspiro que salía de sus labios, él parecía pensar algo parecido de ella, porque sus manos no se estaban quietas ni un instante. La recorrían con una voluptuosidad que hacía que Hinata, la desgarbada, redondeada y poco agraciada Hinata, se sintiese como Jessica Rabbit.

—Eres tan dulce... —murmuró él contra su oído.

Ella lo premió con otro gemido.

—Sigue, sigue...

Inclinada sobre la pared como una desvergonzada, notó la sonrisa masculina en su cuello.

—Y tan hermosa...

¡Dios! ¿De verdad pensaba que era hermosa? ¡Sí! ¡Lo era, lo era!

—Repite eso —jadeó.

Mister Airbus lanzó una breve carcajada y depositó un beso húmedo bajo su mandíbula.

—Tan hermosa...

—Mmmm, sí que lo soy, ¿verdad?

—Sí, y tan dulce... —susurró justo sobre el lunar en su barbilla.

Hinata cerró los ojos y escondió un gimoteo.

—Eso ya lo has dicho.

Las manos de Mister Airbus se ciñeron a su cintura e iniciaron una lenta exploración hacia arriba que culminó en la curva de su pecho. Se sintió transportada a un universo paralelo, uno en el que estaba dispuesta a dejarse hacer lo que fuera allí mismo, en medio del pasillo del segundo piso, con el hombre que le estaba arruinando la vida desde hacía días.

Para ser un arruina-vidas, la volvía loca de deseo.

—Hinata... —musitó, y las yemas de sus dedos dibujaron círculos en sus senos por encima de la blusa, mientras su boca continuaba dejando un reguero de besos por toda su frente.

—¿Sí?

—Prometo no decirle nada a tu novio, pero invítame a tu casa, por favor...

Hinata despertó de su letargo mágico como si se hubiera dado una buena culada contra el suelo. ¿Pero qué...?

—¡Imbécil! ¿Por quién me tomas? ¡No vuelvas a tocarme!

Le cerró la puerta en las narices después de darle el empujón que merecía.

¿Cómo se atrevía a insultarla de esa forma? Ella no era una cualquiera de esas que juega a dos y tres bandas sin importarle los sentimientos de los demás. Cuando se sentía atraída por una persona, sólo tenía ojos para esa, nada más, y mucho menos andaba por ahí besuqueándose con otros sin ton ni son...

Ups. Se había olvidado de Gaara.

SIGUIENTE, PASO OCHO