Hola, hola. Lamento mucho no haber publicado ayer... sucedió algo en casa y no tuve ánimos de terminar el capítulo. Ni de publicar. Aquí se los dejo.
La luz de la Luna ilumina el camino, que serpentea siguiendo el curso del riachuelo. El cielo nocturno está despejado, pero una densa neblina cubre la cima del monte, a donde os dirigís. El fuego de las antorchas y la compañía de la gente no consiguen calmar tus nervios, aunque sabes que tras tantas desapariciones era necesario actuar: hay que matar a esas brujas.
Empezáis a subir por el monte y os rodea la niebla. De pronto una ráfaga de viento apaga vuestros fuegos y escucháis la indistinguible risa de una de ellas. En el pueblo se cree que son hasta tres las hechiceras que habitan la cueva de la montaña, pero es probable que hayan llamado a más brujas para celebrar uno de sus encuentros diabólicos. Seguís andando empuñando con fuerza las hoces y las lanzas hasta que os dais cuenta de que cada vez sois menos. La niebla no permite ver qué ocurre, pero con cada paso que avanzáis el grupo disminuye. Te parece oír el vuelo de las aves, y cuando llegas a la cima estás completamente solo. Entonces la neblina blanca se levanta y miras hacia atrás, observando horrorizado el camino lleno de las armas y antorchas de tus compañeros. No queda ningún cuerpo ni rastro de nadie.
Avanzas bajo esa Luna gigante y encuentras la entrada de la caverna. El resplandor de una hoguera llega hasta el exterior, y se escucha una conversación que no consigues comprender. Son cánticos y rezos que conoces bien. Pero de todo aquello, la melodía de tu xilófono resuena en tu consciencia. Sí, es tu melodía. Te encanta lentamente, pero no avanzas más. Quizás todo queda en ti, en tu creencia. No Leona, no puedes seguir haciéndome esto. Me lastimas. Me quiebras.
Me matas.
Soplaba una brisa gélida que levantaba volutas de escarcha resplandecientes, que flotaban y se enganchaban en la capa de Leona hasta desvanecerse. La luz de la Luna brillaba ahí con más fuerza aún. Tuvo que cerrar el ventanal al verse interrumpido su sueño por eso. Diana la observó con curiosidad cuando hizo ademán de desperezarse, moviendo su cuello.
— Puedes seguir durmiendo.
— Estoy bien… fue un mal sueño.
— ¿Pesadilla?
— No, tonterías nada más. Descuida.
Diana no dijo más, desviando su vista al ventanal ya cerrado. La realidad es que estaba pensando en lo que le había dicho Ayla antes de subir, sintiéndose culpable. El espacio de la carroza no era tan angosto como para que estuvieran apretadas, pero estaban cerca. Llenó su pecho del aire helado que se coló por la ventanilla, viendo cómo pasaba el panorama con una fluidez arrulladora. No habían terminado de salir de las tierras y montes Lunari, a pesar de que habían transcurrido varias horas de viaje.
Leona de inmediato pudo reconocer el sendero de la montaña, lugar muy visitado y de paso exclusivo a varios Solari, medida que propuso para evitar conflictos con la entrada y salida de ambas razas. Aunque, considerando lo que le dijo Ayla, todos deberían poder pasar sin problemas. Juntos.
Miró a Diana con el mentón apoyado en sus nudillos. Ella era como un mar por las noches, demasiado sereno, melancólico y fresco. Siempre te provoca querer hundirte, jugar con el agua que se extiende hasta el horizonte, acercarte. A veces te da miedo, porque cuando está furioso, una gran ola puede ahogarte. Eso era lo más cercano a lo que sentía cuando la veía. Y el mar era lo más hermoso que conocía. Parecía somnolienta, sus preciosos ojos violetas no solían demostrar cansancio, pero en ese momento podía ver que sus párpados se profesaban pesados, abriéndose y cerrándose tan lento como podían, con su mano soportando demasiado el peso de su cabeza.
Diana la miró por el rabillo del ojo sin mover la cabeza. Pudo notar cómo la comisura visible de sus labios se arqueaba y marcaba esa línea de expresión que siempre la hacía ver tan encantadora.
— ¿Qué sucede? — Le preguntó con su voz grave, quizás demasiado baja para el volumen al que estaba acostumbrada a escucharle.
— Pareces cansada… ¿no quieres dormir?
— No. Yo te cuidaré.
— Yo ya dormí, puedo mantenerme despierta para que descanses.
— No.
Torció los labios, frustrada de su obstinación.
— Bien, entonces, ¿cómo puedo hacer para que no te duermas?
— Cuéntame algo.
— ¿Cómo qué?
— Me sorprende que lo preguntes cuando tú eres la que suele buscar hablar todo el tiempo.
— Tú eras la que escribía cartas. Siempre tenías algo que contar.
— Me encanta leer. — Se encogió de hombros, a gusto. — ¿Qué más podía hacer?
— A mí también…
— Mentirosa.
— ¡No es verdad! Yo también te escribí cartas, leía mucho. O bueno, lo inicié porque…
— ¿Porque…?
— Te extrañaba. Estar en la biblioteca me hacía sentir cerca de ti. Aprendí mucho de los Lunari y sentía que estabas bien. Viva. Porque eras como lo describían esos manuscritos.
Diana guardó silencio, removiéndose en el asiento para verla de frente y así prestarle más atención. La sonrisa en sus labios poco a poco se desvaneció, reemplazado por el brillo de sus ojos curiosos.
— Háblame de ti.
— No hay algo que no conozcas ya. — Rió, oscilando la cabeza medio incrédula.
— Yo cambié. — Dijo como quien realmente no quiere hacerlo, después miró al suelo. — ¿Qué fue de ti cuando me fui?
La observó con atención, recordando.
Su cráneo rebotó dos veces sobre el suelo y sobre ella, un hombre presionaba sus pesadas grebas en su nuca. Respiró repetidas veces por la boca. La presión sobre las frágiles vértebras de su cuello comenzó a doler, punzando como miles de agujas y temió porque se rompieran. Escupió sangre con repudio y sus dientes apretados, desnudos hacia al hombre con el que estaba combatiendo.
— ¡Matadme, cerdo repugnante! ¡Cobarde! — Ladró Leona, renuente a dejarse vencer a alguien tan inferior como él.
— Es divertido verte retorcerte, sabandija. — Rió, apretando más. Leona rugió en respuesta. — ¿Alguien como vos siendo la Elegida del Sol? Una vergüenza. Una mujer como vos no puede ser líder.
Bufó, removiéndose. La sangre le hervía, el hombre no sabía que herir el orgullo de Leona era lo peor que alguien pudiera hacerle. Los espectadores gritaban, gritaban que derrotara a la invicta joven, pero de haberlo escuchado decirle aquello, todos se hubieran quedado en silencio. Algo en su interior ansiaba saciarse. Algo que la hizo clavar las uñas en la arena, levantarse con tanta fuerza que el hombre cayó por desequilibrio de bruces al suelo.
Los espectadores vitorearon con más fuerza al ver a Leona de pie. No duró mucho quieta, no le dio siquiera tiempo al hombre de plantarse de nuevo en el suelo. Con la cuchilla inferior de su escudo, rebanó su pierna, dejándole clavado e inmóvil. Caminó lentamente hacia su espada y la clavó en la otra pierna. El hombre gritó. La piel de Leona brillaba, por el sudor, ardía por el Sol abrasador que siempre coronaba el ápice de la arena y por el poder cósmico que corría por sus venas. Sus ojos resplandecían, echando brasas y deshaciéndose como cenizas en el aire, que fácilmente podían hacerse pasar como virutas de la misma arena que pisaba. El hombre, con los ojos bien abiertos, volvió a gritar, esta vez, de miedo. Su rostro contraído, luchando por soltarse, no hizo más que ver cómo Leona posicionaba sus rodillas a los costados de su amplio pecho, aprisionando sus brazos, clavando sus dedos en su mandíbula e inclinando sus dientes en su cuello. Lo mordió y le arrancó la piel. El hombre lloró de una forma escalofriante, aterrada, con tanta fuerza que su voz se volvió aguda al nacer de lo más profundo de su garganta. Leona se regocijaba de la agonía del hombre; o lo que fuera que se regocijara dentro de ella. La sangre gorgoteó del hueco en su cuello, encharcándose en el suelo. Introdujo ambos dedos de la mano que apretaba su mandíbula hacia sus entrañas, sonriendo al recibir la sensación de su sangre chapoteando, originando un delicioso sonido húmedo. Estiró hacia arriba. Relamió sus labios con ansias de degustar el sabor de su sangre aún caliente. Oponía resistencia, pero la fuerza de Leona estaba desfigurada, fuera de control. De su control. Las fibras de los músculos desconectaron una por una, el hombre palidecía y sus ojos comenzaban a perderse en ese mar de tortura que Leona le proporcionaba. Fue entonces que se inclinó hacia su oreja.
— Una mujer como yo te hará mi perra. Seguid suplicando para mí.
Las fuerzas abandonaron al hombre. Leona poco a poco fue tomando agarre completo de la ranura de su carne a medida que los músculos, tendones y arterias se desprendían de su cuerpo. Cuando alcanzó a ver sus vértebras, giró con brusquedad su cabeza a un lado y la arrancó de encima de sus hombros. Disfrutó el crujido de su nuca, así como él disfrutó mofarse de ella. Levantó la cabeza hacia su gente y vertió la sangre que chorreaba sobre ella. Finalmente estrelló el cráneo en el suelo al lanzarlo con fuerza desmedida.
— Ja. — Fue lo único que provino de su garganta, roída por sus bramidos anteriores.
Caminó tambaleante hacia su escudo y su espada con lo que restaba de sus fuerzas, ni siquiera supo cómo consiguió desenterrarlos de ahí. Los gritos de su gente los escuchaba distantes, como si saturaran sus oídos y su cabeza.
Había vuelto a las arenas como una fiera con falta de técnica que se había perdido durante varios meses estudiando. Los sabios estaban orgullosos de ella, sus hermanos de batalla también.
Ella también.
Vio a Diana, desconcertada, luego contrariada. Sintió pena por el hombre que tuvo que morir en su lugar.
— Con esa batalla, me volví Ra'Horak. Los sabios decían que mi Aspecto estaba dormido. Lys dijo que lo reprimías.
— ¿Yo…?
Asintió.
— Decían que implicabas ideologías de paz a una tribu feroz. Los Solari no somos pacifistas, somos guerreros.
— Los Lunari también somos guerreros. — Replicó con recelo.
— Lo sé… — Suspiró en un susurro. — Pero tenían razón. Siempre que estabas cerca de mí, sentía paz. Consuelo. No sentía la necesidad de pelear, de desgastar esa tristeza e ira que me absorbía cada día. No podía decirle a nadie cuánto odiaba las pretensiones de los sabios y después reírnos de lo mucho que eran diferentes nuestras devociones…
A Diana se le escapó el aire del pecho al ver a Leona y su expresión oculta en una sonrisa de retraimiento. Abandonó su asiento para tomar lugar a su lado. Leona la miró.
— Lo recuerdo. — Respondió Diana.
— ¿Recuerdas cuando leíamos y hablábamos de cosas que eran parecidas? Como los tatuajes sacros. — Comentó con más ánimo, girándose hacia ella.
— Te quedabas dormida a media lectura.
— Después leí y aprendí mucho. Lo primero que hice fue proponer el sendero de entrada y salida. Después la alianza. Manuscritos de la fe Lunari hacia los Solari.
— Todo lo que prometimos.
Leona curvó sus labios, volviendo a asentir.
— Todo lo que prometimos… — Revalidó Leona.
Ambas permanecieron en mudez. Leona pensaba en lo que no le había dicho.
Cuando le recibieron sus compañeros. Sus sentidos se volvieron más agudos, podía escuchar los latidos de sus corazones, sentir el calor que desprendían.
«No puedo llegar al lago…»
Los músculos de sus brazos y manos estaban temblorosos por el exceso de fuerza. El calor que desprendía y que sentía ahora era distinto y lo odiaba. Un calor animal que la atormentaba siempre después de una batalla al haber pasado diecinueve solsticios de verano. Dos sin Diana. No era que no quisiera detenerse a celebrar, no podía. Porque ahora sus instintos deseaban ser atiborrados, arrastrando su espada sin fuerzas.
Alguien le tocó el hombro, haciéndola estremecer. El tacto ardía sobre la piel desnuda de sus hombros.
— Estoy feliz de que hayáis ganado el combate. ¡Seguid así!
Leona miró a la joven frente a ella, delineando lo hermoso de su rostro, lo brillante de sus cabellos castaños, hasta detenerse en sus labios. Ella también la miró, detallando sus ojos dorados y oxidados. Se mordió el labio, sonriendo.
— Os agradezco… — Dijo con voz profunda. Vibrante y sensual.
Ella la observó unos minutos más de cerca, aunque no pudo descifrar si fue por la sangre que la manchaba. Retomó su marcha, pasando muy cerca de ella. Su respiración era pesada, tenía que llegar a su habitación pronto.
«Vamos.»
Sus pasos pedantes la hicieron sufrir hasta que llegó al corredor que la guiaba hasta su alcoba. Una vez que entró, enfundó su espada, dejó su escudo en el suelo y a Cénit sobre él. Dio de tope con la pared, arrastrándose hasta que tocó la superficie alfombrada. Su alcoba siempre estaba oscura, poseía una sola ventana y siempre se aseguraba de que los cortinales se mantuvieran sellados, evitando el paso de cualquier luz, porque su piel iluminaba el lugar tenuemente.
La urgencia de saciar esa hambre atroz la estaba consumiendo. Cada tacto lo percibía estremecedor, aumentaba más sus apetencias de apaciguarse.
Quitó su la camisa de tela, los guanteletes de hierro y guardabrazos. Con los harapos de lo que traía puesto, limpió su rostro de la sangre del hombre, el sudor que corría por su cuello, sus clavículas.
El tacto. La sensación.
Es plácido.
Delicada y sutil, desliza el harapo por sus piernas, subiendo en dirección a sus tonificados muslos. Un suspiro hace eco entre sus rodillas y su boca. No quiere eso. Quiere más. Su torso desnudo resiente la temperatura de la brisa que creó su boca, acariciando la sensibilidad de su pecho. Desliza las manos hacia ahí, amasando uno de ellos con lentitud. Hacia su pelvis se desplaza la satisfacción y el anhelo de ser acariciado tan lento y tan profundo, que sacie su deseo.
Parpadeó un par de veces para ver a Diana, que alcanzó con su frente su hombro, recargando su peso. Leona se incorporó para que pudiera estar más cómoda. Admiró el profundo cabello azabache de Diana. Acercó una mano dudosa alrededor de ella para abrazarla, pero lo pensó demasiado. Diana, con una risilla, atrapó su mano para ponerla en su cintura.
— Me gusta que hagas eso… — Murmuró Diana.
— ¿Qué cosa?
— Que me abraces… — Leona sonrió ampliamente, lo sabía aunque no pudiera verla.
— ¿Por qué…?
— Nunca lo hiciste antes.
Tenía razón. Lo comenzó a hacer cuando conoció a Ahri.
«Ahri…»
— ¿Recuerdas la última vez que me viste?
— Sí.
— ¿Por qué ese día?
Diana no respondió de inmediato. Se tomó el tiempo de pensarlo y levantarse lo suficiente para verla. La carroza traqueteó un poco, eso no hizo que dejaran la cercanía.
— Era Luna llena. Tenía que estar fuerte para poder defenderme.
Leona alcanzó un mechón de su cabello, haciéndolo hacia atrás de su oreja, al mismo tiempo que deslizaba un pulgar por su mejilla. La preocupación reflejada en sus ojos y el desconcierto.
— ¿Por qué exponerte a eso? ¿Sabes lo que te pudo haber pasado?
— Lo sabía. Por eso tomé esa decisión.
Emitió un bufido parecido vagamente a una risa entre incrédula y divertida, abrazándola de nuevo. La acunó tan fuerte como pudo, pensando en todo lo que le pudo haber sucedido. Una vocecilla en su cabeza le decía que no existía la necesidad de sentir esa preocupación tan desenfrenada, que ya no había que resguardarla como cuando eran más jóvenes. Dudó un poco de esa vocecilla, porque lo que percibía no era la necesidad de protección, eran las inmensas ganas de que toda su atención fuera hacia ella.
La extrañaba.
Diana reía en su agarre cuando pellizcaba sus costillas. De un momento a otro, ese arrebato de cariño acumulado se volvió un juego de niños sobre ver quién era el que reía más. Diana imploraba que no lo hiciera, que no era momento. Es efectivo, al fin y al cabo se mantiene despierta, ¿no?
— ¡Ya basta…! — Reclamó Diana jadeante y enrojecida. — ¡Tenemos que estar alerta!
— Yo estoy siempre alerta. — Respondió con una sonrisa y tomando posición encima de ella. — ¡Me debes solaces!
— ¡No! ¡Leo! — Rió de nueva cuenta, gritando más de lo necesario su nombre.
Detuvo sus cosquillas porque de un momento a otro se sentía acalorada por la acción y el hecho de estar encerradas en una cabina poco espaciosa. Diana intentó calmar su risa, sintiendo que los cabellos de Leona hormigueaban en su cuello. Enredó los brazos en sus hombros haciendo hacia atrás sus cabellos en el proceso, evitando que se levantara y buscando con su mirada a la de la que estaba encima de ella.
Leona hizo un aspaviento para quitarse el cabello de la frente.
— Eso te sucede por necia… — Sermoneó Leona.
— Culpable.
— ¡Siéntete mal!
Un nuevo traqueteo hizo saltar la cabina al reír. Diana redibujó con su pulgar la ceja de Leona. Sujetó con ambas manos la base de su cuello, prestando atención a todas y cada una de las reacciones de Leona. Había dejado de sonreír. Leona también.
— ¿Por qué me ves tanto…? — Musitó Leona.
— Te ves tan diferente a como lo recuerdo.
— ¿Lo crees…?
— Lo estoy viendo.
«También dijiste que me querías.»
Leona remojó sus labios a causa del pensamiento. Hizo hacia atrás los cabellos de Diana con el mismo tacto que ella le estaba regalando. Se inclinó hasta la altura de su mejilla, rozando su nariz en la piel pálida. Diana rió en un murmullo.
Desprendía el olor a incienso que solía utilizar. Algo parecido a hierbas mentoladas y cítricos.
— Me haces cosquillas.
— Lo siento… — Ronroneó, presa de la paz y adormecimiento que le traía su compañía.
El corazón de Diana volcaba, brincoteando copiosamente. La emoción bajaba de su pecho a su estómago al sentir los labios de Leona tan cerca de su piel y rozando sus mejillas. Pero no era de gusto.
Tenía un mal presentimiento.
La carroza dio un último traqueteo, se venció hacia un lado. Diana, con el ceño fruncido, alejó a Leona, que parecía igual o más alerta que ella. Ambas tomaron sus armas y Diana le echó un último vistazo antes de abrir la rejilla de la puerta.
Salió primero, seguida de la Ra'Horak. Inspeccionósu alrededor, cautelosa, palpando a cada paso el sonido del ambiente. Escuchaba los corazones temblorosos de las aves, las respiraciones de las liebres. El aire que soplaba en cuesta sobre sus cabezas ya había escarchado el suelo, matizando su alrededor de nieve. Sin embargo, Diana siguió con su vista cómo la sangre teñía la pureza del color y humeaba en contraste de las temperaturas, elevándose. El vapor espaciosamente se detenía en la espalda de un ser tan alto como un roble, enastado como un carnero que sostenía el cuerpo inerte de los jinetes en una mano y un flagelo brillante en la otra.
Diana retrocedió. Leona abrió bien los ojos, aferrándose a su espada. El crujido de las grebas de ambas sobre las partes congeladas de la tierra las plasmó. El ser perfiló hacia ellas, revelando su exquisita silueta coronada de cuernos espiralados que no conseguían esconder sus ojos ambarinos, mortíferos.
— Diana. — Moduló la mujer.
El cuerpo del hombre cayó como costal. La mujer lo miró unos instantes, posteriormente, las encaró. Leona dio un paso al frente sin intimidarse por la altura que era incluso mayor que la de ella.
— Atrás, demonio. — Gruñó Leona, levantando su espada.
La mujer hizo oídos sordos, buscando con la mirada a Diana, que tomó posición de guardia al encontrarse. Los siseos y risas inmiscuidas a lo profundo de sus pensamientos chillaron de forma exagerada. Podía sentir el poder de la oscuridad como el aire, como aura rodeándole. Dio un paso, dispuesta a llegar a Diana, Leona dio otro. Las cuchillas que afilaban sus piernas rasgaron la profundidad de la nieve.
— ¡¿Qué sois, monstruo?! — Vociferó Leona de nuevo, cortando los silbidos del viento cayendo, soplándoles en los oídos.
— Apartad de mi camino. No sois vos a quien busco.
— Sobre mi cadáver. — Masculló entre dientes.
Diana cortó el inminente látigo que se extendió hacia Leona de un corte en curva. Los cielos oscuros se abrieron, su espada bebió de la radiante luz de lunas distantes y su hoja resplandeció de energía. Asestó su golpe en un arco de ejecución y clavó su presencia y tejidos con el poder de la iluminación nocturna.
Intentó defenderse con sus cuchillas, desviando la detonación de luz que deshizo los plantares de árboles y arbustos rebosantes de florecillas que se consumieron al toque de su poder incandescente.
Pronunció en algún dialecto Lunari que Leona no comprendió y el filo de su hoja volvió a relucir, lanzándose de un salto directo hacia la criatura, atacando con rápidos movimientos y estocadas punzantes y agudas. Leona corrió hacia el ojo de la pelea, tomando de la carroza un enorme tronco de madera como escudo y arremetió de un empujón cargado de ímpetu. La criatura retrocedió, pero no cayó.
— ¡Caballeros infieles a su juramento! — Reprendió la mujer. — ¡Sois ustedes los traicioneros!
— ¡Callad! — Bramó Diana con una voz desconocida a los oídos Leona. — ¡Salid de mi cabeza o arrancaré la vuestra!
Leona se mantuvo a la expectativa de que lo dicho fuera respondido; eso no sucedió. No tuvo paciencia al ver que volvía a tomar posición de ataque, se lanzó hacia ella, que alcanzó a repeler el estoque de su espada, despidiendo el tronco varios metros. Los metales hicieron chispas al impactar aunque la fuerza de Leona no cedió. Alzó su espada una vez más y así como caería sobre el torso enemigo, cayó su espalda sobre la nieve. Haló su pierna inmóvil en un pobre intento de hacerle perder el equilibrio con su fuerza, pero a medida que tiraba, su látigo se ceñía más y pronto, vulneró el acero de sus grebas. El metal derretido comenzó a quemar la piel sobre la tela, aunque fija en eso, la punta de la cuchilla que tenía como pierna de la mujer la empujó del hombro contra el suelo.
— Os lo advertí, Sol.
Clavó con fuerza bruta, atravesando su hombro. Leona dejó escapar de lo profundo de sus pulmones el alarido de dolor más estridente que hubiera conocido jamás. Se removió, arqueó la espalda de dolor y desesperación e intentó incluso aferrarse a esa cuchilla con la creencia de que con eso saldría más rápido. Sin embargo, ese no fue el último grito, volvió a aullar cuando la cuchilla, así como entró, salió, descuartizando más su piel ya surcada. Aferró todo su cuerpo en un ovillo, estirando su mano temblorosa hasta su vista para encontrar la tela de los guanteletes oscurecida, empapada. A su frente, su sangre se extendía con lentitud alarmante.
De un bufido vago, apoyó su codo sano sobre la tierra. Buscó el sonido de las cuchillas rasgándose una a la otra. Estaba molesta. Vio a Diana moviéndose a una velocidad descomunal, atacando con fuerza y tomando posición con estrategia impecable. Sin embargo, la criatura no la atacaba, parecía solo responder a los golpes como defensa, buscando la mirada de Diana.
Una vez de pie, sosteniendo su hombro, levantó su espada. Respiró y corrió hacia ella. Diana, escuchando el inicio de la corrida, empujó a su contrincante.
— ¡Leona! ¡No! — Advirtió.
Consiguió chocar a Cénit en su torso. Para sorpresa de ambas, estaba blindado. La mujer rió.
— Tan bravo, Sol.
Diana preparó de nuevo su espada, pero Leona ya cubría su rostro con su antebrazo para evitar el golpe, fue entonces que una poderosa patada se incrustó en su abdomen, despidiéndola varios metros lejos.
— ¡Leona! — Aulló Diana. En su distracción, cayó bruscamente sobre su espalda e interpuso su espada para repeler el ataque de la mujer. La miró con odio, esforzándose al punto de que sus dientes se asomaron y el filo de sus hojas temblaban por su lucha. — ¡Camille…!
— Sois más fuerte que yo, caballero.
Diana gruñó, negándose. Negando a dejar fluir ese poder cósmico que amenazaba con saltar a su defensa. Sus brazos comenzaron a punzar. La expresión de sus cejas cambió de ira a impotencia, no podría soportar así más. Giró su cuerpo con fuerza sobrehumana, deshaciéndose de la presión con un quejido de resistencia. Camille dio una pirueta para volver a estabilizarse, mientras Diana se acuclilló, buscando con la mirada a Leona.
«Vete. Búscala.» Ordenó la voz de su cabeza. La sostuvo entre sus manos, agitándola varias veces. Porque se acompañaba de chirridos, estrépitos punzantes. «¡Vete! ¡Huid como siempre lo hacéis! ¡Hereje!»
Localizó con la mirada a Camille, viéndose estancada por raíces espinadas y una presencia que conocía bien. Exhaló, como ciervo, y corrió lo más rápido que pudo hacia la densidad del bosque.
Detuvo sus pasos al ver la corta pero angosta pendiente y pudo ver el cuerpo de Leona, que había rodado varios metros abajo. Deslizó su cuerpo de forma que no cayera, cuidando sus pies de toparse con alguna raíz, llegando a trompicones hacia el cuerpo exánime de su compañera. La tomó entre sus brazos y la recostó en su regazo, haciendo hacia atrás sus cabellos.
— ¡Leo! ¡Leo! — Gritó en un susurro, valorándola con la mirada. — ¿Me escuchas?
— No… — Susurró Leona.
— Sí lo hace… — Se dijo a sí misma, prestando especial atención al gran corte diagonal que cruzaba por completo su torso. Sangraba, pero su peto había amortiguado con eficacia el impacto. Miró alrededor y encontró el rastro de sangre trazado por la pendiente. Su antebrazo se humedeció de la sangre chorreante de su hombro, así que recostó a Leona, se quitó su caperuza para cortarla con su espada e improvisar un torniquete. Todo en un par de segundos. — Vas a estar bien…
— ¿Lo crees…?
— ¿Cómo te llamas? — Cuestionó Diana, desasegurando su peto.
— Leona…
— ¿Cuántos años tienes?
— Veintiocho solsticios… de verano…
— Bien. — Volvió a decirse a sí misma, haciendo a un lado el peto. Suspiró de alivio al ver que no había nada, más que un ligero rasguño que había pasado la piel. — No te duermas.
— No tengo… sueño…
— No. No lo tienes.
— Sí lo tengo…
— ¿Cómo me llamo?
— Didi…
Diana dejó escapar una inevitable risilla, mirando alrededor. No iba a llegar a ningún lado pronto, tampoco tenía idea de cómo mantenerla consciente. Se maldijo. Las ramas causaron ruido detrás de ella y su primera reacción fue levantar su espada en defensa con mirada feroz.
Alguien encapuchado sostenía entre sus manos a Cénit, después miró a Diana, acercándose con cuidado. No cambió su postura de ataque.
— ¿Quién sois? — Sonsacó Diana, alerta.
— El Sol también es una estrella. — Pronunció la voz serena, tomando lugar a su lado. — Y el Cénit es su fuerza.
La vio dejar su espada a un costado, haciendo la capucha hacia atrás. Extendió sus manos y la herida sangrante cesó. Recorrió con sus dedos su torso y al final, su rostro.
— Las estrellas brillan tanto como la Luna, pero jamás como el Sol. Pero para todas ellas, cada uno de nosotros, es una ofrenda. — Acarició sus cabellos, satisfecha de que su rostro ya no estuviera contraído de dolor, sino de paz. — Descansad, mi pequeña.
Diana prestó atención al cuerno sobresaliente de su frente, deteniendo toda su curiosidad en sus orbes dorados y el báculo que sostenía. Bajó su espada hasta que la hoja tocó el suelo y la empuñadora, su mejilla.
— Madre dríade… — Hizo reverencia con su cabeza y sonrió por el gesto.
— Tan dulce… — Extendió su mano hacia ella y acarició su mejilla, levantando su vista del suelo. Miró al cielo y después volvió su vista a Leona. — Se acerca una gran tormenta que no amainará pronto. ¿Tenéis adónde ir?
— Íbamos al templo Solari. Pero… una bruja os atacó.
— Ya veo… ese es el motivo. — Concluyó para sí, volviendo a cubrir su cabeza.
— ¿A qué os refiere?
— El Bosqueviejo, Diana. Está muriendo. — Dijo al levantarse. Diana se preguntó cómo es que sabía su nombre. — Agoniza por tanta oscuridad…
Diana levantó una ceja, perpleja. Recordó a Ayla diciéndole que su raza sufría, la magia estaba flaqueando. La culpa recayó nuevamente en ella.
— La dama del templo Lunari ha visto que nuestras protecciones han decaído…
— Es por esto que te explico. Cuidaos unos a los otros.
Miró a Leona, durmiendo con tranquilidad. Su piel antes pálida, poco a poco retomó color y sonrió al verla.
— Lo haremos… — Prometió en un cariñoso susurro.
— Acompañadme. Os daré refugio mientras amanece. Podrán retomar su marcha entonces.
Asintió. Llevó sus brazos a las corvas de sus piernas, a su espalda y la cargó con gran facilidad. La contempló unos instantes y apoyó su frente en la de ella.
— Todo estará bien…
La dríade las observó por un largo momento, sosteniendo a Cénit en sus manos. Diana la miró e iniciaron su partida.
La cruz de su Cénit resplandeció y una nueva runa en la hoja de su navaja, se completó.
