DESCARGO DE RESPONSABILIDAD DE LISALU: No soy propietaria de Dragon ball z ni de ningún personaje del mismo. No recibo ningún dinero por escribir esta pieza de ficción.

ADVERTENCIA: TODOS LOS MENORES DE DIECIOCHO AÑOS ¡VÁYANSE AHORA! Este fic contiene violencia, temas adultos, sexo y malas palabras. Si eso no es lo tuyo, no lo leas.

La tetralogía del dragón rojo

II. Temporada de la luna

Prólogo

Gurasia

Los sacerdotes de túnicas blancas comenzaron a entonar un cántico en éxtasis religioso cuando el primero de ellos pronunció el encantamiento namekuseiyín que encendió las siete diminutas esferas del dragón rojo ubicadas inertes en el centro de su círculo. La bestia roja que surgió del portal dimensional al reino del tiempo, el espacio y la materia los miró con el ceño fruncido y pareció tensarse ante la cadena de orbes rubís que lo mantenían bajo control. El sumo sacerdote expresó su deseo, el único deseo en su corazón y en el de cualquiera de este último remanente de una raza casi extinta de antiguos gobernantes galácticos. El dragón rugió su afirmación a regañadientes y el vibrante cántico de los miembros menores de la orden se convirtió en un grito de alegría. Encima de ellos, brillando sobre las llanuras blancas azotadas por el viento alrededor del templo aislado, las tres lunas de Tsirusei verían la resurrección de su señor, su dios, su más amado amo.

El sacerdote parpadeó y miró de un lado al otro ante el repentino silencio. El otro tsiruyín murmuró nervioso. Algo había sucedido… Se concedió el deseo, pero nada cambió. Ahogó un grito enojado de horror por el engaño cuando levantó la cabeza y vio que el anillo flotante de las esferas del dragón rojo se había desvanecido. Los demás empezaron a alejarse entre las sombras con miedo. De pronto, un llanto agudo atravesó el silencio helado y bajó la mirada.

Las esferas del dragón ya no estaban, pero en su lugar había algo diminuto, blanco e infinitamente más precioso. Lloró de nuevo, esta vez un poco más fuerte. El sacerdote se arrodilló para levantar al recién nacido tsiruyín, su rostro blanco estaba radiante de asombro y reverencia.

—Mi hermoso y pequeño señor —dijo amorosamente.

Capítulo uno

Comienzos

(Quince años después)

Ella se quedó recta y quieta como una piedra mientras observaban a Shen Lon y al pequeño niño que estaba sentado en su gran cuello perderse de vista más allá del horizonte. Podía sentir los ojos preocupados de sus amigos y familiares sobre ella, sentir su lástima como un escozor ardiente en la piel.

—¡Bien! —Hizo que su voz sonara lo menos irritada posible—. Debo ir a casa para empezar a cocinar. Esto requiere una cena de la victoria. ¡Gokú-saa probablemente tendrá mucha hambre cuando regrese!

Su hijo mayor la miró con una expresión afligida. Ella entrecerró los ojos, desafiándolo a contradecirla.

—Estoy seguro de que lo hará, Kassan —dijo Gohan con tristeza.

Una ráfaga de viento tiró de su cabello, era la fuerza de Vegeta lanzándose al cielo con un enojado insulto. Bulma lo estaba mirando, un ceño preocupado marcaba su rostro. La otra mujer vestía sus cincuenta y tantos años mucho mejor que ella, reflexionó Milk. Algo resonó con fuerza dentro de su pecho. Por supuesto, Bulma no había vivido los últimos diez años sola. Era sorprendente cuánta edad podía poner en una mujer acurrucarse con nada más que un buen libro todas las noches. El pensamiento era enojado, amargado y estridente. Como yo, pensó. Mezquina, gruñona y celosa... celosa del bienestar del mundo entero, de toda la galaxia.

Nada de esto se mostraba en su rostro. Ella lo había fijado en un molde de irritada alegría. Gohan se quedó callado, solo tomó su mano temblorosa como el niño dulce que siempre había sido y la llevó lejos del polvo de las ruinas de la capital del oeste.


El niño suspiró y se dio la vuelta dormido. Por todos lados, como interminables filas que se alejaban sobre los campos verdes de la eternidad, los dragones miraban solemnes, insustanciales e intangibles como si hubieran sido estampados en humo de colores brillantes. No hablaban, simplemente contemplaban en silenciosa acusación a las cinco figuras que se arrodillaban alrededor del cuerpo dormido del niño.

¡Oh, dejen eso! —dijo Kiasama irritado—. ¡No había nada más que pudiéramos hacer!

Los dragones no respondieron.

Tienen razón —sostuvo Dende—. Esta es una pobre recompensa para todos ellos.

El supremo Kaiosama asintió su sombrío acuerdo.

Sería un destino difícil para cualquier alma. Y para alguien que ha hecho tanto...

¡Un ser vivo no puede contener el poder de los deseos de un dragón dentro de sí y aún caminar en el mundo físico! —dijo Kaisama enfáticamente mientras triste, negaba con la cabeza—. Aceptó ser el recipiente custodio de las esferas del dragón de Chikyuu y el guardián de Shen Lon.

¡No sabía lo que estaba aceptando! —exclamó Dende enojado—. ¡No es justo! Más que eso, ¡no está bien!

Él tiene razón, Jouten —murmuró el barítono hueco y ronco del nuevo guardián del infierno. Pícolo entrecerró los ojos, molesto—. Además, ha tenido acceso a las esferas del dragón de Chikyuu toda su vida y nunca las ha usado mal.

Jouten habló después de pensarlo en silencio por un largo momento.

Fue elegido para ser el recipiente de las esferas del dragón debido a su pureza. —Tocó la cara del niño dormido y él se movió y bostezó.

¿Ojjichan?

¿Qué desearías, hijo mío —preguntó Dios amablemente—, si pudieras tener lo que quisieras en todo el universo?

El niño adormilado sonrió.

Quiero ir a casa, Ojjichan. Soñé que mi familia y mis amigos estaban tristes...

Las esferas del dragón tintinearon suavemente como las campanillas de viento de algún gigante a lo lejos.

CONCEDIDO —dijo Shen Lon mientras entrecerraba las facetas de sus grandes ojos esmeralda de un modo desafiante a los Kaiosamas.

Que así sea —añadió Jouten—. Te queda un deseo más, niño. ¿Por qué no… —Hizo una pausa para considerarlo—, por qué no pides algo bueno para ti? —Tocó al niño una última vez y el pequeño cuerpo se desdibujó en la forma musculosa de un joven en la flor de la vida antes de desvanecerse—. Creo que pronto será necesario —comentó después de un momento.

Quizás antes de lo que pensamos —murmuró Pícolo—. Nuestro pequeño efecto colateral de las esferas del dragón rojo ha estado entrando a hurtadillas en mi nuevo territorio para tener largas charlas con papá. Todavía no sabe que estoy detrás suyo.

Veamos si se puede razonar con él y logramos desviarlo de cualquier curso de acción que esté contemplando —dijo Jouten en voz baja.

Pícolo murmuró algo casi inaudible sobre tener que encarrilar a otro maldito niño y Jouten solo sonrió levemente.

¿Efecto colateral? —preguntó Dende con aprensión.

Los deseos se pueden deshacer y los eventos pueden dejar de ser —murmuró Jouten—. Pero es uno de los principios de la creación que las almas no sean deshechas.


Demasiado tarde, pensó Vegeta. Se sentó en la cama al lado del cuerpo dormido de su esposa y contemplo su rostro. Los acontecimientos de los últimos meses junto con la victoria de hoy, que se sintió más como una derrota, la habían afectado. No estaba perdiendo su belleza a medida que se hundía más y más en eso que los chikyuuyíns llamaban vejez. Tragó saliva. Ella le había preguntado una vez, años atrás, cuánto tiempo vivían los saiyayíns y él le respondió algo tanto arrogante como descarado, que vivían hasta que los mataran.

La verdad era que no lo sabía. La mayoría de los saiyayíns no vivían más de cien años simplemente porque un guerrero solo podía salvarse de la muerte por muy poco, un número determinado de veces antes de que se le acabara la suerte. Sabía que su propio padre tenía cerca de doscientos años cuando murió y no había mostrado signos visibles de envejecimiento. La edad no fue nada más que una indicación de la destreza en la batalla. Vivir mucho era ser lo suficientemente fuerte como para no morir. No esta... esta muerte lenta, debilitante, como si se desmoronaran, que sufrían los chikyuuyíns.

Y ahora perdió cualquier oportunidad de evitarle eso. Las esferas del dragón se habían ido. El sol que se puso hoy tras la muerte de Kakaroto había terminado una era. ¿Cómo pudo ser un tonto tan confiado? Pensó que siempre habría tiempo para esas cosas más tarde. Había planeado como un chico enamorado darle este regalo que ella nunca hubiera pensado en pedirlo para sí misma y así esperó el momento adecuado hasta que fue demasiado tarde.

Demasiado tarde…

También era demasiado tarde para saldar cuentas con Kakaroto, pero tarde para… ¿qué?

¿Para finalmente vencer al tonto descerebrado de una vez por todas?, ¿para decir soy mejor que tú, Kakaroto?

No podía y no lo era, e incluso después de treinta años ese pensamiento todavía hacía que sus manos se apretaran con una furia impotente. Para decir no me dejes solo Kakaroto, solo en todo el universo como el último de nuestra especie...

—¿Vegeta? —Bulma había abierto los ojos. Ella miraba su rostro entrecerrando los párpados por la tenue luz, su ceño preocupado formó arrugas en las esquinas de sus ojos.

Él se inclinó y le tocó la frente con los labios.

—Mujer perezosa —comentó en voz baja—, te la has pasado durmiendo hasta la mitad de la noche.

Bulma miró el reloj antes de estirarse.

—Debería llamar a Milk para ver cómo está, no es demasiado tarde.

Demasiado tarde…

—¿Vegeta? —dijo ella de nuevo sin preguntar qué estaba mal. Su boca se curvó con picardía mientras extendía la mano tentativamente para acariciar…

Él jadeó involuntariamente cuando algo así como una infusión de fuego líquido se disparó por su columna.

—Ten cuidado con eso, mujer —le pidió con una voz vacilante. Bulma sonrió y continuó pasando los dedos por su cola, el roce era ligero y enloquecedor.

—Puede tomar un poco de tiempo acostumbrarse, ¿es sensible? —Ella lo apretó despacio y fue recompensada con un suave gruñido. Vegeta la levantó bruscamente y trazó sus afilados dientes a lo largo de la delicada piel del cuello de su mujer.

—Se podría decir eso —susurró él con una voz ronca. Bulma lo agarró de nuevo, un poco más fuerte esta vez, y se rio disimuladamente cuando lo sintió vibrar por el deseo. Mujer malvada, iba a durar tanto como un chico inexperto si ella seguía así.

¿Vegeta?

La voz mental fue como un balde de agua helada.

¿Kakaroto?

Este… ¿es un mal momento?

La cara ya sonrojada de Vegeta enrojeció aún más cuando tuvo la sensación de que el otro hombre estaba mirando directo a su mente.

¿Qué diablos quieres, Kakaroto?, respondió él en un tono duro. Pero algo en su interior había comenzado a regocijarse como un niño ante la sensación de que la presencia del tonto se acercaba cada vez más. Podía sentir a Bulma mirándolo con curiosidad al ver el cambio en su rostro. Conocía la mirada desenfocada del contacto telepático.

Vuelvo a casa, dijo la débil voz de Kakaroto, yo... este... necesito pedirte un consejo sobre algo.

Vegeta rompió el vínculo con un sonido casi audible, se inclinó y beso a Bulma.

—Vuelvo enseguida. —Y salió disparado por la ventana como un misil, riendo por las furiosas maldiciones que ella le lanzaba exigiendo algún tipo de explicación.

Gokú se detuvo bruscamente cuando el otro saiyayín se interpuso en su camino.

—¿Dónde están? —preguntó Vegeta enojado.

Gokú lo pensó mucho.

—¿Dónde están qué? —contestó finalmente.

—¿Dónde están las malditas esferas del dragón, Kakaroto? —dijo Vegeta lentamente, pronunciando cada sílaba con un golpe agudo.

—¡Ah! —Gokú se tocó el pecho—. Están dentro de mí... Uy... no se suponía que le dijera eso a nadie, lo olvidé. —Sacudió la cabeza sintiendo un leve autodesprecio—. Algunas veces desearía…

Fue interrumpido por un puñetazo que lo envió tambaleándose por el aire. Miró el rostro enojado del otro saiyayín con sorpresa y dolor.

—Si están dentro de ti y deseas algo, aunque sea por casualidad —gruñó Vegeta—, podría ser concedido.

—Ah, sí —dijo Gokú tímidamente—. También me olvidé de eso. Arigato.

Vegeta lo miró, varias emociones estaban en guerra por el control de sus rasgos afilados.

—Cualquier cosa que desees… ¡Kuso, Kakaroto! —También trató de mantener el asombro fuera de su voz—. Si fueras cualquier otro hombre, diría que eres demasiado peligroso para que te permitan vivir.

—No será todo el tiempo —le explicó Gokú—. Tengo que gastar un deseo más y después no tendré que preocuparme por eso durante otros ciento ochenta días. Mi cuerpo está evitando que Shen Lon y a las esferas del dragón se... este... hagan pedazos, supongo. No sé cómo. Creo que Dende sí. De todos modos, tengo que deshacerme de un deseo más. —Frunció el ceño—. Jouten me dijo que tenía que desear algo bueno para mí, ¿qué debo desear?

Vegeta se quedó en silencio, su rostro lucía ilegible como siempre, pero una tensión invisible acababa de desaparecer de su postura. Luego sonrió. Gokú estaba seguro de que si supiera lo bien que se veía cuando sonreía, realmente sonreía, el príncipe nunca volvería a hacerlo. A menudo se había preguntado quién fue el primero que le enseñó a él que ser un buen hombre era algo de lo que avergonzarse. Gokú pensó que le gustaría mucho golpear a esa persona.

—Nuestras mujeres están muriendo por centímetros, Kakaroto —le dijo Vegeta—. ¿No viste la diferencia en ellas cuando regresaste el año pasado? Morirán de vejez antes de que tengamos un cuarto de nuestra vida natural. Trunks, Bra y tus mocosos sufrirán nuestro mismo destino. Sus compañeros envejecerán y morirán mientras ellos permanezcan sin cambios.

Gokú sintió algo frío y vacío en la boca del estómago. La idea de no volver a ver a Milk, de que esté muerta y desaparezca para siempre...

—¿Debería desear hacerlas jóvenes de nuevo?

Vegeta lo pensó por un momento en el cual trató de determinar la mejor manera posible de expresar el deseo.

—Desea que a todos aquellos que estén o se vayan a desposar con los de sangre saiyayín, se les dé una esperanza de vida natural equivalente a la de su pareja.

Gokú sonrió con admiración. ¡Vegeta era tan inteligente! Se concentró para repetir el deseo palabra por palabra y sintió el poder de Shen Lon circular a través de él cuando se le concedió el deseo. El dragón estaba muy feliz de no tener que volver a Chikyuu nunca más. Le había dicho a Gokú mientras dormían juntos en los campos de Jouten que manifestarse en el plano mortal le producía escozor. Las señales de una docena de kis diferentes, todos familiares, todos amados, de repente se dirigieron a toda velocidad hacia donde se ubicaban. Vegeta estaba mirando hacia el oeste, una leve sonrisa jugaba en sus labios. A través del tenue lazo mental de bajo nivel que habían establecido durante su fusión, que nunca se disipó por completo, Gokú pudo escuchar el grito de sorpresa de Bulma seguido de una risa encantada cuando el deseo se cumplió.

Gokú se enfocó en Milk y se concentró mucho. Vaya, ella se había desmayado. Sonrió, la comprensión de que estaba volviendo a casa, realmente volviendo a casa como un hombre, no como un niño, lo invadió. Tendría mucho, mucho tiempo para compensarla.


Se arrodilló en la paz enclaustrada del templo que había sido su hogar durante toda su joven vida, sus rasgos pálidos estaban contraídos por la concentración. La vigorizante brisa otoñal que entraba a través de las grandes ventanas arqueadas desde la interminable tundra blanca habría congelado los pulmones de cualquier raza de naturaleza cálida en el espacio de media respiración. Él lo encontraba estimulante. El otoño era su estación favorita, hacía que la sangre fuera menos lenta, que el corazón latiera más fuerte y todo parecía posible. Sus pálidas cejas se fruncieron mientras profundizaba en su interior para agarrar el lazo, el hilo transparente e inexplicable que llevaría a su mente una vez más de manera segura a la fuente de su propia creación, donde tocaría por fin la mente que ahora conocía tan bien como la suya propia: clara, fría y dura como un diamante tallado con el filo de una cortadora; afilada, dulce y cruel como si ese mismo filo le atravesara el corazón en cada nuevo contacto. El amor y el orgullo absolutos que fluían a su conciencia desde la mente del otro ser parecieron envolverlo en un abrazo que lo abarcaba todo.

Gurasia, la voz que suspiraba su nombre era como una caricia.

—Padre —dijo el niño en voz baja—. He hecho lo que me pediste. He aprendido todo lo que mis tutores inluyíns podían enseñarme sobre las artes curativas. He aprendido todas las disciplinas mentales y telepáticas del sacerdocio. No hay más que puedan mostrarme, los he superó a todos. —Las diminutas manos blancas se cerraron con fuerza—. Dime ahora cómo puedo vengarte, ¡dejaría toda la galaxia en ruinas si eso te hiciera sonreír!

Poco a poco, con calma, le advirtió la voz de su padre y se detuvo, como si reuniera sus pensamientos. —Estos enemigos son mucho, mucho más fuertes que tú, mi muy dulce niño. Si se enteran de tu existencia, no habrá un lugar seguro en la creación donde te puedas esconder. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre los errores tácticos del pasado..., una risa suave y amarga, el tiempo es todo lo que tengo ahora. He perdido la esperanza, nunca seré liberado ni renaceré. Todo lo que tengo eres tú, pero si pudiera verte triunfar, sería suficiente consuelo para esta condenación.

—¡Haré lo que sea! —dijo Gurasia con la voz quebrada.

Este contacto es fugaz en el mejor de los casos y peligroso para ti, querido. Creo que es solo porque todavía eras parte de mí cuando todo estaba perdido que podemos hablar. Puede que ya esté atrayendo la atención de personas no deseadas hacia ti. No deberíamos volver a hablar hasta que este juego esté ganado, así que escúchame ahora: nuestros enemigos son fuertes, todo lo que sientes por mí, lo sienten los unos por los otros. Debemos separarlos y enfrentarlos entre ellos para hacerlos vulnerables. He elegido que el momento de nuestro ataque sea en una temporada en la que serán más vulnerables a la discrepancia.

—¿Cómo?

Yo había ganado, murmuró la voz de su padre, todo el gran poder que ellos tenían se hizo nada, cuando fui derrotado por la más débil de ellos. Ella me derrotó con astucia, Gurasia, esa perra frágil y debilucha que pensé que ya había destruido. Tomaremos esa lección en serio y le daremos forma a nuestro ataque de una manera similar. Es por eso que te ordené que dirigieras todo tu entrenamiento hacia las disciplinas psíquicas. No serás lo suficientemente fuerte para derrotarlos con la fuerza bruta por varios siglos, pero te diré cómo hacer para que los saiyayíns de Chikyuu se destruyan entre ellos.

—Dímelo —suspiró Gurasia.

La memoria, susurró la voz de su padre, es la base del yo.


La luz oblicua de la tarde por las puertas francesas abiertas pintaba sombras cada vez más largas en el piso del dormitorio. Si hubieran prendido fuego a la cama, ninguno de los ocupantes de la habitación sofocante bañada por el sol se habría dado cuenta. Vegeta le apartó el cabello húmedo de los ojos y besó la suave piel del rostro de su esposa, tan fresca y sin arrugas como el día en que la vio por primera vez. Bulma le sonrió con malicia y apretó los músculos alrededor de él con cada subida y bajada de su cuerpo mientras se movía por encima suyo. Había tanta entrega en esa posición, tanta entrega de control, aunque solo sea simbólicamente. Abrió la boca en un grito silencioso, otra ola de placer lo atravesó cuando Bulma lo envolvió por completo una vez más, cálida, apretada y ardiendo con el fuego que él había encendido dentro de ella. Vegeta se sentó y recorrió los lados de su rostro, sus labios y su cuello con las manos. Tomó con la boca un suave seno y mordisqueó gentilmente el pezón haciéndola jadear. Era algo parecido al combate, siempre lo era con ella. Una lucha de cuerpos en una competencia febril para obtener la mayor respuesta, una lucha en la que los vencían al final. La mano de Bulma atrapó su cola y él inhaló bruscamente, concediéndole la ventaja. Un rayo errante de la luz del sol capturó sus ojos casi cegándolo justo cuando la sintió llevarlo al límite y Vegeta soltó un grito a pleno pulmón mientras se venía en su interior ahogándose en el aroma, el sabor y la sensación de ella. La echó en la cama para quedar encima suyo, cada centímetro de su cuerpo temblaba, descansó la cabeza en el pecho de su mujer y oyó los latidos de su corazón. Después de un momento, una mano suave trazó el camino desde la base de su cola a todo lo largo enviando nuevas ondas de deseo disparadas a través de cada nervio interconectado.

—Si quieres descansar. —La voz de Vegeta era un ronroneo bajo—. Deberías dejar de hacer eso, mujer.

—En realidad, deberíamos empezar a pensar en asearnos y vestirnos —contestó Bulma—. Milk dijo a las ocho de la noche. —Ella estiró ambos brazos por encima de la cabeza en un extenso bostezo. Él se apoyó en los codos para besarla y sus ojos brillaron en cuatro marcas circulares rojizas del tamaño de sus propios dedos en el tríceps izquierdo, oscureciéndose ya a un feo negro azulado. Su rostro debió traicionar la conmoción enfermiza que estaba sintiendo.

—Está bien —le aseguró Bulma con suavidad mientras pasaba una mano por su mejilla—. Hemos tenido una tarde muy... activa. Te dejaste llevar un poco... —Se interrumpió cuando Vegeta se apartó de ella para sentarse y darle la espalda. Él guardó silencio durante un largo rato.

—Te he marcado aquí —dijo finalmente, tocando apenas la base de su cuello—, muchas veces. Es instintivo, es una forma de decir que eres mía. —Se detuvo y miró por la ventana del balcón donde el sol amarillo de Chikyuu comenzaba a desaparecer por el horizonte—. Pero en casi treinta años, nunca he marcado ni dejado lesiones en tu cuerpo de otra manera. No desde la primera noche en que yo… —Se detuvo de nuevo. En media vida, nunca habían hablado ni discutido los detalles de esa primera noche. Bulma puso los brazos sobre sus hombros tocando repentinamente los músculos que parecían la cuerda de un arco y apoyó un lado del rostro contra su espalda—. Cuando te lastimé —terminó con esfuerzo—. No sabía cómo debía ser entre un hombre y una mujer hasta que me lo enseñaste... y desde esa noche... desde entonces, siempre he tenido cuidado de no causarte dolor o… —Se volvió y la atrajo hacia sus brazos. Ella permaneció en silencio, escuchando, dejándolo hablar. Vegeta señaló por la ventana, donde en el cielo oscuro del verano, el planeta Tugol se elevaba en una gibosa creciente—. La nueva "luna" de Chikyuu estará llena mañana por la noche. —Los ojos de Bulma se abrieron con aprensión. Mientras él miraba el pequeño planeta satélite que ahora se desplazaba por la misma órbita de la vieja luna, sus ojos destellaron por un breve momento, el negro carbón se convirtió en rojo bordeado de oro salvaje.

—¡Oh, Kamisama, Vegeta! —susurró ella—. ¡Tu cola!

—No debería haber venido a nuestra cama estando la luna llena tan cerca —dijo él, sus ojos volvieron a la normalidad—. Puedo controlar la locura y evitar cambiar, incluso bajo la luz directa de la luna, pero la luna misma...

—¿Saca el animal que hay en ti? —Bulma se rio suavemente ante la mirada de sorpresa que Vegeta le dio y que se transformó en una vacilante sonrisa de respuesta.

Se puso serio de repente.

—Hay algo más que debo decirte. Ya se lo he explicado a Kakaroto en palabras simples para que lo entienda. Deberías decirle a su mujer lo que estoy a punto de decirte. Mañana por la noche no es solo luna llena, es el perigeo de Tugol. Tugol se acercará tanto a Chikyuu como lo hacía la luna de Vegetasei una vez cada ocho años en su órbita elíptica.

—Pensé que le habías enseñado a Gokú a controlar el cambio —dijo Bulma en voz baja.

Vegeta asintió, él pareció aprender la técnica casi al instante, ya la había dominado a medias en el salto al super saiyayín cuatro.

—Esta será la primera prueba real. Y debido a que Tugol estará tan cerca, es posible que no podamos mantener el control. Creo... no estoy absolutamente seguro... pero creo que el perigeo nos llevará al celo.

Bulma lo miró.

—¿Celo? ¿Quieres decir… celo? —Una pequeña sonrisa tiró de la esquina de su boca, parecía divertida e intrigada—. ¿Y eso cómo puede ser malo?

Vegeta resopló y frunció el ceño marcadamente por la frustración de tratar de explicar lo que él mismo no entendía del todo.

—Plebeya insaciable —gruñó despacio, ella rio—. Es la locura ózaru sin la liberación que brinda el cambio junto con una especie de frenesí del deseo. Esas son las palabras que Nappa usó para explicármelo. Raditz me dijo una vez que era la pérdida tanto del pensamiento como del yo lo que hacía desear que tú y tu pareja se hagan pedazos durante el apareamiento. Raditz tuvo una serie de putas y amantes en su nómina durante medio año luz, pero dijo que nunca había encontrado nada igual.

—Vaya. —Bulma se movió irritada en sus brazos, apoyó la cabeza contra su hombro y siguió su mirada hacia el planeta ofensivo—. ¿Y tú?

Él la hizo girar la cabeza para que lo mirara.

—Tenía cuatro años cuando Vegetasei vio su última luna llena. No tengo una base para hacer comparaciones. Eres la única mujer que he tenido y la única mujer que he amado, y si vengo a buscarte mañana por la noche, te mataré.

—¿Qué harás? —preguntó ella temblando.

—Iré con Kakaroto a algún lugar desierto —dijo Vegeta—. Y nos daremos una paliza hasta que se ponga la luna. Dejaremos que la necesidad de aparearse sea superada por el primer y más importante instinto de nuestra raza: la necesidad de luchar.


Gurasia miró más allá de las luces parpadeantes de la pequeña nave exploradora que se sumergía lentamente en la atmósfera de Chikyuu y dirigió su mente hacia el pozo sin fondo de oscuridad que era el reino donde el alma de su padre estaba aprisionada para siempre. Azotó la cola enojado ante el pensamiento mientras su conciencia recorría el ahora conocido camino en el laberinto ardiente de celdas que albergaban a todos los "malhechores" del Infierno. La apariencia de dos altos muros de piedra se alzaron de improviso ante él justo antes de su objetivo y se cerraron de golpe en su cara.

—¿Vas a algún lugar en especial? —dijo una voz áspera como un timbal rayado con papel de lija. Frente a él, con los brazos cruzados, estaba un namekuseiyín. Un namekuseiyín muy grande. Su padre le había insistido que tuviera cuidado con el nuevo guardián del infierno, le advirtió que regresar sería peligroso y ahora había caído directamente en las manos de la criatura.

Siseó desafiante.

—¡Fuera de mi camino, namekuseiyín!

—No tiene que ser así, niño —le aconsejó el rey demonio.

—¿No? —dijo Gurasia, odiando el vibrato de su voz inmadura contra el poderoso bajo del namekuseiyín—. Yo creo que sí. ¡Encarcelaste a mi padre en el pozo más profundo y atormentado de tu reino y le negaste incluso el consuelo de ver a su único hijo! —Su cuerpo astral tembló de rabia—. ¡Monstruo!

Pícolo resopló.

—El pozo está reservado para los monstruos. Déjame darte un curso rápido sobre cómo funciona el Infierno. Enma Daiosama es solo un burócrata. ¿Yo? Soy una especie de vigilante de pasillo y custodio, y ocasionalmente, el portero. Cada cosa viviente que puede pensar y razonar nace con una semilla de la creación dentro de ellos, este núcleo distingue el bien del mal. Las almas se condenan a sí mismas, ya sea negando la existencia del bien o por sus propias malas acciones, o negándose a dejar que la memoria se desvanezca para que puedan renacer. Tu padre no siente remordimiento por toda la mierda que hizo en su vida y no dejará de ser quien era. Se está condenando a sí mismo.

—¡Mentiroso! —escupió el niño—. Me contó cómo lo torturas, cómo los Kaiosamas estaban celosos de su poder...

—Te ha estado dando veneno en cucharadas, Gurasia —dijo el diablo y escondió una sonrisa ante la expresión abierta del niño—. Oh, sí. Sé cual es tu nombre, chico, todos los Kaiosamas lo saben. Él te dijo que te mataríamos si supiéramos de ti, ¿no? —El niño guardó silencio—. No trabajamos así. No has hecho nada malo... todavía, pero te estamos vigilando. Fuiste concebido y llevado a la viabilidad por un ser que había alcanzado el poder de un dios. Hay muchas razones para pensar que serás igual de poderoso cuando llegues a la edad adulta en unos pocos cientos de años. Si empiezas cualquier mierda, ellos intervendrán y te detendrán antes de que puedas crecer y alcanzar tu máximo poder.

—Yo... —El niño miró al namekuseiyín hoscamente—, tengo que verlo.

—¿Para que llene tu cabeza con sueños de destrucción y venganza incluso más de los que ya tienes? —Pícolo miró intensamente el rostro del niño—. ¿Crees que se preocupa por ti? —Un silencio enojado—. Te amaba cuando te llevaba dentro de él debido a la oxitosina hormonal en su cerebro liberada por el embarazo y por un imperativo evolutivo que evita que las especies feroces aborten o devoren a sus crías antes de que sean destetadas para perpetuar la especie. Él no lo hace, le importa un comino nada ni nadie, incluyéndote a ti. Te entiendo mejor de lo que piensas, sabes. Nací exactamente del mismo tipo de padre en casi el mismo conjunto de circunstancias. Causé tanta muerte y destrucción para vengarlo que, aunque cambié y gané el cielo al final de mi vida, el destino todavía conspiró para traerme aquí. —El rey demonio se alzó como una torre y se inclinó hasta que estuvo cara a cara con el pequeño tsiruyín—. Todo lo que haces, lo pagas, niño, de una forma u otra. No tienes que aprender eso de la manera difícil si no quieres. Como dije, es tu elección, pero voy a asegurarme de que Frízer ya no te joda la cabeza.

Algo se apoderó del lazo, del vínculo que había estado presente desde que tuvo conciencia y lo rompió. Gurasia gritó, estaba completamente solo, ¡solo dentro de su cabeza!

—Ahora lárgate de mi reino —le ordenó el namekusei y envió el espíritu del niño que lloraba por el camino de regreso con un empujón suave, pero irrechazable—. No quiero verte aquí de nuevo. —Se quedó en silencio por un momento, el conjunto sombrío de sus rasgos se profundizó—. Jamás —terminó en voz baja.


Son Gokú se sentó en la superficie rocosa de un acantilado con vistas a las verdes colinas del gran bosque occidental, echó la cabeza hacia atrás y se llenó con la paz y el equilibrio del orden natural de Chikyuu. Dejó que la confusión y la ansiedad se desvanecieran de él como la suciedad en un baño tibio. Milk estaba enojada con él. Eso no era una sorpresa ni debería serlo. Ella se había enojado muchas veces en los cuarenta y tantos años que la conocía, pero...

Maldición.

Podía hacer tantas cosas que otras personas no podían, ¿por qué no podía hacerla feliz? Había pensado que el deseo de hacerla envejecer a la misma velocidad que él la haría feliz. Había esperado que tenerlo de nuevo en casa la haría feliz. Su mente tropezó con un pensamiento horrible, quizás estuvo fuera tanto tiempo que Milk dejó de amarlo.

No, ella saltó a sus brazos en el instante en que sus pies tocaron tierra hacía tres semanas, porque pensó que lo había perdido para siempre. Volvió a ser joven, de piel suave y firme, como la chica que entrenó a su lado en el primer año de su matrimonio y que luchó más duro que cualquier hombre hasta el día en que supo que llevaba a Gohan bajo su corazón. Milk lo guio a su dormitorio y él había notado entre el dulce y confuso ardor de la ropa desechada y la cálida piel desnuda que ella no cambió ni un mueble o una sola decoración. Todavía lo amaba.

Pero esta tarde, ni bien le dijo que se iba mañana por la noche con Vegeta para entrenar, rompió una maceta sobre su cabeza. Una gran maceta de hierro fundido.

Levantó la cabeza y sonrió cuando un pequeño punto apareció en el horizonte balanceándose y moviéndose sin rumbo fijo sobre las copas de los árboles. Gokú alzó un poco su ki, la pequeña figura se detuvo en seco y viró hacia la saliente donde estaba sentado.

—Ojjisan —dijo Pan sonriendo débilmente.

—Feliz cumpleaños, Pan. —La abrazó luego de que ella se dejara caer sentada a su lado.

—En realidad, mi cumpleaños fue hace tres meses —le respondió Pan con un suspiro que fue un eco del suyo.

—Ah —sonrió Gokú—. Estábamos un poco ocupados en ese entonces, ¿no?

—Solo un poco. —Un mohin escapó de los labios de la muchacha—. Bassan quiso hacer mi fiesta de todos modos. Me siento mucho mayor de quince años después de todo lo que ha pasado, pero me alegro de tener una fiesta —Hizo una pausa—. Viste a Vegeta-san ayer, ¿no?

Él asintió.

—¿Dijo si Trunks vendría esta noche? —preguntó Pan con indiferencia.

—¿Trunks?

Pan se encogió de hombros.

—No lo he visto en dos semanas. Me acostumbré a verlo todos los días cuando estábamos en el espacio.

—Déjame ver, creo que sí. Vegeta dijo que todos estarían allí. A menos que Trunks tenga que trabajar hasta tarde o esté de muy mal humor debido a la luna.

—Habrá luna llena mañana por la noche —comentó Pan mientras alzaba la mirada—. Me dan ganas de romper algo y ni siquiera tengo cola. —Ella lo observó con recelo—. ¿Es por eso que tú y Vegeta-san se van mañana por la noche?

—La luna estará muy cerca de Chikyuu mañana. Vegeta dice que podríamos lastimar... a alguien accidentalmente si no nos vamos solos a algún lugar.

—¿Le dijiste eso a Bassan o solo le dijiste que te ibas?

—Empecé a hacerlo, tal vez no lo dije bien —contestó Gokú con tristeza.

—Jjissan, cuando dices que vas a algún lugar, a veces no vuelves en años. Solo la asustaste, eso es todo. ¡Ha estado tan feliz desde que regresaste!

—¿De verdad? —El rostro de Gokú se iluminó—. Estoy tan contento de estar en casa, Pan-chan. Le diré por qué me voy, que lamento haberla asustado y que la amo. —Suspiró, esta vez con alivio—. El amor es algo complicado, ¿no?

—Sí —respondió la muchacha a su lado de mal humor, visiones de cabello lavanda pálido cayendo sobre unos ojos azules y pómulos altos flotaban en su mente. Ella se puso de pie abruptamente para besar su mejilla—. Iré a decirle que estás en camino. Tengo que prepararme, mamá me compró un vestido nuevo para esta noche. —Sonrió en secreto—. Algo para parecer una adulta.

Pan se dirigió hacia el cielo cada vez más oscuro y Gokú la miró desconcertado. Solo entendía a los niños. Cuanto más crecía ella, pensó con un poco de tristeza, más indescifrables se volvían sus pensamientos y sus acciones. Se puso de pie y se estiró. Tenía un poco de tiempo antes de la fiesta. Había una cascada que se vertía en un estanque a unos pocos kilómetros al este. Debía lavarse. Se volvió y miró con curiosidad a la pequeña figura que no estuvo allí un momento antes. Su primer pensamiento fue que esta pequeña cosa debía ser de la misma raza que Frízer. Algo se agitó en lo más profundo de su mente, era la brasa de un recuerdo débilmente resplandeciente.

—Eres tsiruyín, ¿no? —Gokú se aferró al escurridizo recuerdo, un muy mal recuerdo de un momento difícil hace muchos años.

El joven rostro de marfil pareció sobresaltarse.

—¿Te acuerdas de mi gente? Tu recuerdas…

Gokú asintió.

—Debes ser el hijo de Frízer. Te pareces a él. Sí, ahora lo recuerdo. Es curioso cómo todo eso se me olvidó durante tanto tiempo. ¿Han pasado... quince años?

—Quince años hasta hoy —admitió el niño asombrado—. No deberías recordar nada en absoluto.

—Estoy seguro de que nadie más lo hace —respondió Gokú—. No sé por qué lo hago. Creo que mi mente funciona un poco diferente a la de otras personas.

—Tengo un mensaje para ti —dijo nerviosamente el pequeño tsiruyín. Lo llamó con un dedo.

—Está bien —aceptó Gokú algo desconcertado. Nunca se le ocurrió ser cauteloso… el tsiruyín casi no tenía ki del que hablar y era solo un niño pequeño. Gurasia se puso de puntillas luego de que el gran saiyayín se inclinó hacia adelante, para tocarle con una pequeña mano blanca la sien.

—Recuerda —susurró el niño.

El mundo dio vueltas y retumbó hasta detenerse a su alrededor. La cicatriz en el cuero cabelludo de Gokú, la que había tenido desde la infancia se desvaneció, ya que la masa de tejido cicatricial enmarañada se aplanó, las células cerebrales de la zona se volvieron de un rosa saludable y cobraron vida. Gokú cayó de rodillas después de dar un paso hacia atrás tambaleándose.

—¿Qué… —jadeó—, qué me hiciste? —Su voz sonó desconocida para sus propios oídos. Un millón de nuevas percepciones y de recuerdos lo inundaron, se desplazaron sutilmente y cambiaron como viejas imágenes pintadas con nuevos colores. Algo, se dio cuenta, se estaba escapando de él, algo que era una parte integral de quién y qué era, para ser remodelado bajo una avalancha de pensamientos. Fue la pérdida de la inocencia, fue la pérdida de la infancia que nunca tuvo que sufrir, fue la muerte de la paz mental y espiritual, arrancada de su conciencia por la cegadora luz blanca que acababa de encenderse en su cabeza. Dolía, ¡dolía tanto! Y con todo eso vino algo más. Un grupo de recuerdos completamente nuevos, perdidos hace mucho tiempo, envueltos en una turbidez negra de impulsos violentos y furia empapada de sangre.

Kakaroto, tu nombre es Kakaroto, pequeño guerrero, la voz de su padre Bardock.

Gritó y cayó de bruces.

Cuánto tiempo estuvo así, sollozando y medio inconsciente, no lo sabía. Su primer pensamiento confuso y consciente fue que Milk estaría enojada. Sacudió la cabeza tratando de aclararlo. De repente se le ocurrió que Milk había estado enojada con él durante mucho tiempo. Ella estuvo tragándose su ira desde que él regresó, algo que nunca la había visto que hacer en su vida, y lo volvía hacia adentro como una dosis diaria de veneno, entrelazándolo con sentimientos de culpa y egoísmo. La estaba devorando por dentro. Ira por haber sido abandonada como un saco de peso muerto al costado del camino durante diez largos años. ¡Idiota! ¿Cómo pudo no haber visto eso? ¿Cómo pude haber hecho eso?, apretó los puños, sin darle una palabra de advertencia, como si no fuera nada. Y después de ese pensamiento vino algo más que era completamente nuevo: culpa.

Milk...

¡El niño!

Luego de ponerse de pie con un gruñido enojado y azotando la cola, buscó salvajemente con los ojos y la mente. El tsiruyín se había ido. Obviamente, hizo lo que vino a hacer o parte de ello. Tenía que advertirle a su familia y a sus amigos que algo había comenzado. Se lanzó en dirección a su casa, manteniendo los ojos cuidadosamente bajos frente al orbe brillante en el cielo. Todos debían reunirse allí para la fiesta de Pan. A juzgar por la posición de las constelaciones, estuvo inconsciente durante varias horas. Llegaría tarde, como siempre.

—Estoy bien —dijo en voz alta y empezó otra vez al notar la diferencia en su voz, los tonos más profundos y resonantes de un hombre—. Sigo siendo yo. —Se rio de manera desigual—. O, al menos, todavía recuerdo ser yo. —Aceleró. La luna parecía hacer un agujero en su cerebro. El pequeño bastardo eligió bien el momento. No fue un accidente que el niño hubiera hecho... lo que le acababa de hacer la víspera de esta luna en particular. Su mente comenzó a examinar las múltiples posibilidades del caos que un enemigo que pudiera manipular la memoria conseguiría causar entre un grupo de personas tan poderosas, cada escenario era más espantoso que el anterior. Kamisama, ¿así era ser inteligente? ¡No le gustó! Estrelló un puño en la palma de su mano y los valles de abajo reverberaron con el eco que fue como un trueno. Cuando pusiera las manos sobre ese mocoso paliducho, se complacería en destrozarlo pedazo por pedazo.