Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.
Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!
Los Caídos
Capítulo 7
Conforme mis alas comienzan a salir agonizantemente a través de mi piel, el algodón de mi camiseta se estira al ser separado de mi espalda. Puedo sentir cada costura reventar cuando la tela empieza a ceder.
Por puro impulso me paro de un salto de la banca, quedando completamente de frente a Isabella para esconder mis incipientes alas mientras intento hacerlas retroceder. Fallo, es casi imposible hacerlas retroceder cuando no están extendidas por completo.
Ella se para de un salto junto conmigo, su expresión se transforma en alarma cuando estira una mano para tocarme. Su boca se abre de golpe al reaccionar y anticipando completamente lo que ella está a punto de exclamar, niego con la cabeza, rogándole en silencio, con desesperación.
—Oh Dios mío, ¿estás bien? —exclama de todas formas, sus palabras una vez más impactan conmigo. La fuerza que tienen me hace avanzar varios pasos y prácticamente choco con ella en un intento por mantenerme de pie.
Mis alas ya rasgaron mi camiseta y han avanzado al menos tres pies desde mi espalda. Puedo sentir la brisa rozar a través de las puntas, estoy completamente consciente de que estoy a punto de ser descubierto.
Isabella me agarra de la cintura en un intento por mantenerme de pie cuando de repente inhala violentamente.
—Oh mi… —intenta articular su asombro una vez más y me tapo las orejas con las manos.
—Por favor… detente —digo de forma ahogada, luchando por respirar a través del implacable dolor de una tercera parte de la longitud de mis alas cortando mi piel como cuchillas. No se detendrá hasta que estén completamente erectas, pero no es algo que puedo permitir que suceda en un parque lleno de niños y sus siempre vigilantes padres.
Ella asiente, tiene los ojos abiertos como platos y plagados de asombro.
—Ayúdame… —le ruego, mis ojos se mueven para enfatizar la multitud de adultos y sus hijos que todavía no nos han notado. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de las monjas, que han detenido su búsqueda de Isabella a unos cincuenta pies de nosotros.
Ella asiente de nuevo, comprendiendo claramente mi significado mientras se compone con rapidez. Me quito las manos de las orejas con mucho cuidado, luego ella toma mi mano derecha y me jala tras de sí. Manteniéndonos a ambos dentro de las sombras creadas por franja de árboles y arbustos que se alinean en un costado del parque, ella me arrastra hacia la entrada trasera, pasamos por un grupo de niños en una rampa de patinetas que no nos prestan atención, hasta que llegamos a un callejón.
De un lado hay una colección de casas adosadas y del otro está la escuela católica de San Francisco, que está adyacente al convento. Ahí es a donde Isabella me lleva, cruzando el estacionamiento de la escuela donde las rejas permanecen abiertas. Pasamos entre arios edificios hasta que llegamos a una pequeña entrada de una persona que lleva a la entrada trasera del convento. Esto nos lleva a un patio orientado al este, hacia una pared sin ventanas del edificio principal que sólo tiene una sola puerta trasera y está encerrado por paredes hechas de ladrillo de diez pies de alto.
—Nadie viene aquí cuando termina la escuela. Excepto por mí —explica rápidamente justo cuando me dejo caer de rodillas y manos en el pasto húmedo de las primeras horas de la tarde.
Con mis alas parcialmente liberadas mis omoplatos son empujados hacia enfrente, forzando a mis costillas y espina contra mis pulmones. Apenas puedo respirar, y estoy tan paralizado por la tortura que casi no tengo la fuerza para rendirme ante ello. Agarrando un montón de pasto en ambos puños, mientras intento suprimir la agonía en la que me encuentro temporalmente encerrado, obligo a mis alas a librarse. El dolor se detiene inmediatamente y mi alivio es tan inmenso que colapso de cara sobre la tierra húmeda.
Mis alas, ahora completamente desplegadas y extendidas, se mueven de forma casi inconsciente hacia adelante y atrás, facilitando mi circulación para poder recuperar el aliento y calmarme. Puedo sentir la frescura de la brisa del comienzo de la tarde en ellas, y el murmullo de mis plumas ante el suave viento es el único sonido audible en la cercanía. No tengo idea de si Isabella permanece cerca, y el que no pueda leer su mente hace que el silencio entre nosotros sea ensordecedor. Luego lentamente, sobre mi amainado corazón, comienzo a escuchar el suyo. Está acelerado y su respiración está agitada.
Alzo la cabeza inevitablemente, enfrentándome a su respuesta, sólo para que mis ojos encuentren la completa agudeza aceptación de su mirada. Esperaba que estuviera atónita, tal vez que se desmayara de nuevo, pero no parece estar ni siquiera inquieta.
—Lo sabía —susurra, para mí o para ella, no puedo estar seguro. Sus ojos se apartan de los míos, cayendo al piso entre sus pies, de repente aparenta estar dispersa antes de consolidarlo en voz más alta esta vez—. ¡Lo sabía!
Me pongo de pie de forma lenta y precaria. No repliego mis alas; las dejo completamente extendidas sobre nosotros. Están temblando, pero no es algo que pueda controlar; no más de lo que un humano puede detener sus manos de temblar cuando está ansioso.
Nunca fui capaz de determinar si exponerme ante Isobel era parte de la segunda clausula de mi existencia, pero ahora ya estoy expuesto; maldita sea la salvación.
—Bella… —exclamo con completa incertidumbre, mi voz sigue agraviada por el dolor que sentí cuando mis alas fueron obligadas a salir de mí.
—¿Sí? —susurra antes de esperar a que yo continué. Se está haciendo evidente que ella no ha conservado recuerdos de sus vidas pasadas. No hay recuerdos conscientes, al menos. Aunque, considerando que es humana, no sé por qué esto me sorprende. No obstante, estoy totalmente perdido en cómo explicarle los cuatro mil años de historia humana que hay tras nosotros dos en una forma en que ella pueda comprender y sin asustarla.
Ella sigue viéndome, su mirada se alza a mis alas antes de posarla de nuevo sobre mis ojos. Los suyos están bien abiertos y llenos de asombro, pero con una creciente cantidad de precaución.
—Sí eras tú ayer, ¿no? —pregunta. Aunque es más una declaración, una acusación.
Asiento una sola vez, apartando mi mirada de la suya para serenarme en el silencio que existe entre nuestras mentes.
—¿Edward…? —pregunta después de un momento y cuando vuelvo a ver sus inquisitivos ojos, su expresión se ha vuelto cínica—. ¿Es siquiera Edward tu nombre real?
—Sí —respondo, una sonrisita empieza a crecer en mi rostro antes de poder detenerla.
—¿Edward? —cuestiona, su tono crece en duda y escepticismo—. Un ángel llamado Edward. —Y crece en burla.
—Mi… nombre humano es Edward —me veo obligado a explicar.
—Tu nombre humano… —repite, murmurando para sí—. ¿Cuál es tu nombre de ángel? —pregunta, ladeando la cabeza a un lado como si estuviera momentáneamente perdida en sus pensamientos.
—¿Estás segura que no lo conoces? —escruto su expresión, pero se está volviendo cada vez más obvio que es casi tan difícil de leer como su mente.
Niega con la cabeza a modo de respuesta mientras sus ojos regresan a mis alas y sus cejas se arrugan.
—Casi lo dijiste ayer —le recuerdo con tacto, y esto parece sorprenderla.
Toda su expresión se relaja por un momento antes de cubrirse de nuevo con ese manto de problemática distracción con el que parece estar luchando.
—¿Mataste a esos chicos? —pregunta varios momentos después, sus ojos cautelosos evitan abiertamente los míos al posarse en el movimiento de mis alas ante la brisa.
—Sí —respondo honestamente—. Al menos, a cuatro de ellos.
—¿Por qué? —exige saber, su mirada esta vez se pega a la mía en una forma que casi me intimida.
—Porque te iban a matar a ti —confieso en voz baja, su respiración se atora audiblemente.
—¿Por qué harían eso? —exclama, su tono está lleno de alarma.
—Porque… —comienzo con un suspiro antes de abandonarlo. Puedo escuchar las mentes de varios humanos acercándose. Se ha esparcido rápidamente el rumor entre las hermanas respecto a cierto evento en el parque. Parpadeo, inhalando lenta e inevitablemente, y cuando se vuelve obvio que varias mentes emocionadas se dirigen en nuestra dirección, repliego mis alas en un rápido movimiento fluido.
Al hacerlo, asusto a Isabella. Ella retrocede un paso tembloroso y torpe, y casi se resbala. Me lanzo hacia enfrente para detenerla. Inhala bruscamente y soy incapaz de detectar la emoción que hay detrás. Sus ojos permanecen abiertos, incomprensibles, pero igualmente perspicaces.
El pomo de la entrada trasera se mueve, preparándose para abrirse.
—Debería irme —exclamo disculpándome.
Abre la boca para responder, de repente parece llena de pánico, pero el tiempo se ha acabado. Saltando y subiendo por la pared con facilidad, me desaparezco de su vista rápidamente.
En la menguante luz del día me mantengo en las sombras, apurando mi paso mientras escaneo las mentes de cada humano y posible demonio dentro de los límites de la ciudad como forma de tranquilizarme. Me siento inquieto e invadido con tanta incertidumbre y suposiciones que no puedo tranquilizar mi mente para concentrarme.
Isabella no fue cómo esperaba que fuera, pero ya no estoy seguro de qué era lo que esperaba. Y aunque el abrumador deseo de protegerla y vengarla sigue prevalente, no puedo evitar sentirme conflictuado. Miguel debió tener razón; soy más humano ahora de lo que alguna vez fui miembro de la Orden Angelical, porque que me maldigan si no es que, en toda mi humana ingenuidad, esperaba que ella cayera directo a mis brazos. Es ridículo y sentimental, pero esperaba que ella me reconociera, que me recordara. Que me recordara de la misma forma en que yo había sufrido durante cuatro milenios buscándola.
Sin embargo, hay una cosa que no puedo negar y es que ella aceptó la revelación de lo que soy con demasiada tranquilidad.
Luego de darle cinco vueltas a la ciudad, y después de estar seguro de que no hay ningún peligro cerca asechando, regreso al convento. Estoy tentado en regresar a la destartalada casa con terraza que he estado ocupando durante los últimos días para ponerme una camiseta nueva, pero ya no estoy atado a ninguna farsa. Dudo que Isabella tenga una idea errónea de la razón por la que tengo el torso desnudo.
Hay una especie de alboroto ocurriendo dentro del edificio de piedra. Las hermanas han estado interrogando a Isabella durante toda la tarde y bien entrada la noche. Creen que soy un caído y la han cuestionado repetidamente sobre cómo fui capaz de acercarme tanto a ella mientras llevaba su amuleto, al igual que por la naturaleza de mis alas y mi descripción física.
Están muy conscientes de los ángeles caídos – especialmente los que acosan a Isabella – pero ¿de mí, algo que no es caído ni ángel? Soy una anomalía y nunca han escuchado de un solo precedente a través de la historia o en las escrituras.
—Eran grises, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? —grita, la exasperación en su voz es evidente antes de volverse sarcástica—. Sus alas salieron cuando cometí blasfemia.
Las puertas se cierran de golpe, por Isabella asumo, mientras las mentes animadas están divididas. Las dos hermanas que la siguieron antes están convencidas de que no soy una amenaza, pero también se sienten conflictuadas sobre qué o quién soy, y si es que estoy completamente "de su lado".
La única cosa en que están de acuerdo es que deben consultarlo con Miguel.
¿Miguel…? Podría ser.
Seguramente no se refieren a mi hermano Miguel, ¿cierto? ¿El arcángel? ¿El arcángel que han hecho santo?
Bufo con amargura para mí ante esa noción. Por supuesto, Miguel puede intervenir a voluntad y con impunidad, pero yo estoy sentenciado a una eternidad de miserable evolución humana.
Navego ágilmente para abrirme camino sobre las tejas de barro del techo severamente inclinado hasta que llego a la ventana de un ático que estoy seguro lleva a la habitación de Isabella. Asomándome con discreción, apenas puedo distinguir su silueta a través de las cortinas de encaje mientras camina de un lado a otro de la habitación. Está aventando de aquí a allá objetos que caen sin hacer sonido. Rápidamente concluyo que son almohadas y sonrío para mí antes de golpetear silenciosamente el cristal de la ventana.
Corre hacia acá, abriendo la ventana y mirando hacia la calle oscurecida; su cabeza se mueve de un lado a otro de forma ansiosa. Estoy sentado directamente sobre ella, posicionado en el techo inclinado de su ventana.
—Bella —hablo en voz baja, pero ella salta, chillando por impulso a pesar de todo, y desaparece por un momento.
Cunado vuelve a aparecer mira hacia arriba con aprensión, y cuando me ve su expresión se suaviza y su respiración se libera en lo que me gustaría creer que es un suspiro de alivio.
—Edward —dice, y ese mismo alivio es reforzado por el timbre de su voz.
—¿Puedo entrar?
Asiente rápidamente antes de retroceder para permitirme entrar.
Manteniendo el agarre en el alero superficial del techo de la ventana, deslizo mi cuerpo a través de la mediana abertura rectangular antes de cerrarla tras de mí. Ella ya se apartó, esta parada casi pegada a la otra pared con las palmas apoyadas en la superficie. No me muevo y ella sigue mirándome con esa misma curiosa inquietud, sin que exista una palabra dicha entre nosotros. Eso hasta que sus ojos bajan más por mi torso, donde prontamente se abren como platos.
—¡No tienes ombligo! —jadea, llevándose la mano a la boca donde parece contemplarlo todavía más.
Compongo una pequeña sonrisa de diversión.
—No, sano de forma rápida y sin cicatrices.
—Entones, ¿no naciste? —me hace la pregunta mientras sus ojos permanecen pegados a mi torso. Lentamente trazan un camino desde mi obvia falta de ombligo hasta subir por mi pecho antes de aventurarse más abajo hacia el camino de vello oscuro que desaparece bajo la cintura de mis pantalones. Durante un par de segundos extremadamente incómodos, su mirada se posa donde se encuentra situada mi infructuosa masculinidad. Es algo breve, pero su curiosidad inmediatamente me hace sentir inseguro. Mis jeans son un poco demasiado grandes y cuelgan un poco bajos en mis caderas. No estoy usando ropa interior. Rara vez lo hago; me niego a confiar la única parte de mi anatomía que me prohíben usar.
—Sí nací, pero no tengo cicatriz —reitero, aclarándome rápidamente la incomodidad de la garganta—. El ombligo que tú tienes sigue siendo una cicatriz.
Asiente, aunque permanece distraída. Sus ojos están en todas partes, menos en mi mirada, y me tomo un momento para inspeccionar su habitación.
Hay retratos de Miguel en todas partes. Pinturas y posters se alienan en las paredes, mientras que estatuas y reliquias llenan la habitación junto con otras representaciones de Querubines y Serafines. Le gustan los ángeles – Miguel en particular, y sé que es mi hermano porque solo él empuña la Espada de Luz.
—Te gusta Miguel, ¿cierto? —murmuro mientras lucho por evitar tensarme.
Alza la vista, arrugando la frente.
—¿D-Disculpa? —tartamudea—. ¿Quién?
—El arcángel Miguel —aclaro, señalando su imagen en toda la habitación, y haciendo una mueca para mí al darme cuenta que sueno como un niño petulante y celoso.
Agranda los ojos al comprender y casi sonríe.
—Oh. No sabía que eran de Miguel. S-solo me gustan los ángeles en general.
Me relajo un poco, avergonzado de mí y de la emoción tan humana que abrumó mis sentidos por un momento. No me había comportado así en cuatro mil años.
—¿Cómo-cómo sabes que es Miguel? —me pregunta con voz tímida, sacándome de mi distracción.
—¿Ves que está cargando una espada y derrotando a una serpiente en casi todas sus representaciones? —señalo y sonrío cuando asiente—. Usualmente eso lo delata.
—Oh —repite simplemente—. ¿Conoces a Miguel?
—Sí.
—No te agrada —asegura y de repente se ve divertida.
—Lo tolero. No tengo otra opción —respondo con rigidez, antes de cambiar el tema de mi engreído hermano—. Cuéntame sobre esta obsesión tuya con los ángeles.
Inmediatamente se sonroja.
—Siempre me han encantado. Sueño con ellos cada noche. Al menos sueño con un ángel cada noche. Lo he hecho desde que tengo memoria —admite, su voz vacila como si fuera algo sagrado para ella.
Su confesión me ha dejado perplejo, es más de lo que puedo comprender. Tal vez, después de todo, sí tiene recuerdos. Recuerdos de mí.
—¿Qué aspecto tiene este ángel con el que sueñas? —pregunto con una elocuencia que no suena del todo racional.
Abre la boca para responder antes de hacer una pausa, y la más mínima de las sonrisas mueve sus labios.
—¿Qué te hace pensar que es un "él"? —pregunta alzando una ceja.
—Porque no hay ángeles femeninos en tu habitación —respondo, mi sonrisa tira como un eco de la suya.
Se ríe entre dientes, cediendo.
—Tiene cabello negro, y los ojos dorados más místicos que podrías imaginar. Él… —vacila, su frente se arruga—, se parece mucho a ti, pero al mismo tiempo, él-él no…
Aparta su mirada de la mía de nuevo y la baja incómodamente a sus pies, mientras yo siento que me he convertido en piedra. Todos los ángeles, ya sean vigilantes, guardianes o arcángeles, tienen ojos dorados; no es un dato que sea muy conocido. Sin embargo, yo tanto en forma espiritual y en carne, tenía cabello negro.
—¿Isabella? —la incito gentilmente, usando su nombre completo en un intento por romper su inquietud. Alza la vista lentamente, su complexión sonrojada se hace más evidente—. Ese ángel tuyo. Él era yo.
¡Se lo dijoooooooooo! Ahora, ¿cómo reaccionará Bella? Me emociono como la primera vez que lo leí jaja espero que ustedes también lo estén disfrutando.
Mil gracias como siempre por leer, no olviden dejarme sus comentarios.
