Osa Mayor
Colin había pasado gran parte del año bajo las estrellas.
Siempre que podía, salía de la cabaña para contemplarlas. Intentaba deducir, basándose en las constelaciones, la fecha en la que se encontraban. Aunque tenían un calendario en la zona que les servía de comedor, ese ejercicio lo hacía sentirse como si todavía estuviera en las clases de la profesora Sinistra, formando parte de una sociedad que había creído suya desde los once años, y que ahora lo rechazaba.
También el mundo muggle le había sido vetado, porque ya no había un solo rincón de Gran Bretaña que pudiera considerar como seguro. El Ministerio así se lo había hecho saber al enviarle una carta pidiendo que se registrase ante una comisión para nacidos de muggles. Había sido Minerva McGonagall quien lo había advertido de no hacerlo.
A Colin todavía se le llenaban los ojos de lágrimas cuando recordaba el alivio que había sentido al aparecer la profesora en su casa. Había sido como recibir una manta sobre las espaldas tras horas de frío e incertidumbre. La profesora les había dado a él y a su hermano un lugar en el que esconderse, por lo menos mientras duraba la tormenta.
—No nos quedaremos aquí para siempre —declaró Colin aquella noche, tras acabar la cena; les quedaban pocas patatas y nada de leche, por lo que Justin Finch-Fletcher estaba escribiendo una lista para los profesores.
—Estoy empezando a pensar lo contrario —dijo Justin, desanimado.
—Harry vencerá a Quien-No-Debe-Ser-Nombrado —insistió Colin.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó Meg McKelvey, una Ravenclaw de su curso—. Creo que nos ha abandonado.
—Él nunca haría esto.
—Claro, había olvidado que es tu mejor amigo y debes saber perfectamente qué hace y qué no —dijo Meg con sorna. Colin enrojeció, dándose cuenta de que probablemente estaba cansada de escucharlo hablar de Harry.
—Por lo menos lo conozco más que tú. —Pensó en la moneda que siempre guardaba consigo, la que le había entregado Harry al formar parte del Ejército de Dumbledore. Ahora se había convertido en su forma de saber si el grupo continuaba reuniéndose, ya que quemaba de vez en cuando, como lo había hecho durante su cuarto año.
—Haya paz —dijo Justin—. No os enfadéis, por favor.
Colin decidió hacerle caso, ya que el ambiente enrarecido en la cabaña tras una pelea solía dejar a Dennis entristecido. Lo miró de reojo, pero su hermano estaba muy ocupado jugando a gobstones con Paula Gately, otra nacida de muggles de su curso. Aunque los profesores no habían podido rescatarlos a todos, por lo menos una docena de alumnos habían acabado compartiendo la cabaña; al parecer, habían usado un libro mágico para encontrar sus direcciones e ir a buscarlos.
La puerta de la cabaña se abrió. Colin se puso en alerta, pero se relajó cuando la profesora Sinistra entró.
Llevaba la cesta de picnic con las provisiones para esa semana, que dejó sobre la mesa. Después recogió la lista de Justin, todo esto sin dirigirles una palabra. Nadie en el grupo tenía una relación estrecha con ella; era solo la mujer encargada de hacerles ver los esquemas ocultos de las estrellas, la información que se podía sacar de ellas. La asignatura resultaba hermosa, pero la profesora que la impartía parecía mucho más interesada en su arte que en conocer a sus alumnos. Colin incluso prefería las visitas del profesor Slughorn, aunque la primera vez que se había dejado caer por ahí, al parecer más asustado que los alumnos que vivían escondidos, habían estado a punto de hechizarlo. Era un Slytherin, después de todo.
Una vez cumplió con sus tareas, la profesora se despidió de ellos y salió.
—¡Profesora! —Colin, presa de una repentina idea, se apresuró a seguirla.
Al volver a cerrar la puerta tras él, la cabaña pareció desaparecer; estaba oculta bajo una capa de pintura elaborada con bayas invisibles que el profesor Hagrid había recogido en septiembre. También estaba rodeada de hechizos defensivos; al otro se veían los altos árboles del Bosque Prohibido. Los Carrow, solía decir la profesora McGonagall, nunca se atrevían a entrar en él, ya que las criaturas resultaban más complicadas de someter que los alumnos de primer curso.
La profesora Sinistra había sacado de su bolsillo el frasco de felix felicis. Algunas veces lo usaban para volver al castillo con seguridad, ya que la suerte líquida garantizaba no toparse con los Carrow por el camino.
—Profesora Sinistra… ¿qué está pasando en la escuela? —preguntó Colin.
—¿Qué le hace pensar que está ocurriendo algo? —Los profesores siempre eran esquivos a la hora de contestar preguntas, aunque el profesor Flitwick solía ser más abierto, y la profesora Sprout siempre contaba cosas positivas. La profesora McGonagall era hermética como uno de esos submarinos por los que Dennis sentía admiración de niño, y Hagrid se echaba a llorar a la mínima.
—¿Una intuición? —En realidad, Colin estaba pensando en su moneda del ED. Llevaba varios días sin quemar, y sabía lo que esto podía significar.
—Estamos viviendo tiempos más tranquilos —dijo la profesora, tras reflexionar un poco—. Ya no hay mensajes en las paredes, y los alumnos no desafían a los Carrow. Un chico, Michael Corner… eh… —La profesora hizo una pausa para tomarse la poción—. Digamos que la gente está algo más asustada que antes.
—¿No se estarán rindiendo? —El corazón de Colin se aceleró y, a pesar de que le había querido dar a esa frase un tono de afirmación, le salió más bien una pregunta.
La profesora Sinistra no le contestó; sacó la varita y empezó a deshacer los hechizos defensivos a su alrededor, para poder salir de allí.
Colin levantó la mirada y buscó constelaciones, pero su nerviosismo le impidió ver los patrones en las estrellas.
—¿Dónde está la Osa Mayor? —le preguntó a la profesora.
—Allí. —Ella apenas necesitó alzar la vista para localizarla.
—Es mi favorita.
—¿Por qué? —La profesora Sinistra lo miró con más atención que antes, seguramente por estar interesándose por su materia.
—Siempre puedes verla. No cambia… un poco como las fotografías.
Aunque las mágicas se moviesen, siempre mostraban la misma escena. No había lugar para sorpresas, para magos oscuros que volvían de la nada o para meses de soledad, escondido a solo unos metros de un lugar que habías considerado tu segundo hogar.
La profesora Sinistra suspiró. Con movimiento de varita, acabó por disolver el último de los conjuros.
—No es una rendición lo que está ocurriendo en la escuela —le dijo—. Es más bien un momento de contemplación, de recuperar el aliento... antes del final de la carrera.
—¿El final?
—A veces tengo esa sensación. —La profesora Sinistra se encogió de hombros—. Llevo muchos años leyendo las estrellas. A veces, las ideas de los centauros sobre el porvenir escrito en ellas se pegan.
Colin volvió a mirar al cielo, pero a él ya le costaba encontrar los dibujos que alguien había podido intuir en las estrellas siglos atrás, así que mucho menos iba a encontrar el futuro; sin embargo, su corazón volvió a acelerarse.
Si algo ocurría en la escuela y necesitaban su ayuda, acudiría. Seguía siendo parte de esa lucha, por mucho que tuviera que vivir escondido.
Algún día, el galeón ardería para él.
