A Harry Potter le encantaba trabajar en la cafetería "Hogwarts". Incluso antes de trabajar ahí, le gustaba frecuentarla.
Era una cafetería acogedora con biblioteca propia para quienes buscaban una lectura, con butacas cómodas para quienes buscaban compartir su tiempo con alguien y con un antiguo piano ubicado cerca de la entrada con un cartel que decía "No jugar con el piano, pero si sabes tocarlo estaríamos felices de escucharte".
Por las mañanas se llenaba de personas adormiladas en busca de una inyección de cafeína, o por aquellos que iban apresurados por un desayuno rápido. Y en las tardes, la mayoría eran clientes que querían un descanso.
Otra cosa que le gustaba demasiado a Harry, eran los infinitos dulces que preparaban para la venta. Muffins, donas y pasteles de todos los sabores y con todos los glaseados. No importaba qué tan mal día tuvieses, todo se arreglaba con un buen café y un pastel. Esa era su política y fue así como conoció a Draco Malfoy.
El rubio había entrado malhumorado al lugar. Tan pronto se había formado en la fila para pedir, se había cruzado de brazos, había fruncido el ceño y se había quitado el cabello mojado de la cara tan bruscamente que se pudo haber hecho daño.
Harry, preparando uno de los pedidos para llevar, no pudo evitar fijarse en él, ni soltar una carcajada suave cuando el rubio resopló molesto ante la indecisión de la chica del inicio.
—Ron ¿Quieres que me encargue de la caja por un momento? -le pregunta a su amigo, un chico alto y tan pelirrojo como la puesta de sol. Ron se encoge de hombros, demasiado aburrido por lo monotonía del puesto.
—Toda tuya -le dice. —Iré por más pasteles para reponerlos. -agrega con un bostezo que le indicaba que de paso pasaría a fumar un cigarro.
Harry entonces atiende a las personas de la fila, y no puede evitar una sonrisa cuando finalmente se para enfrente el chico del cabello rubio. Que otro par de personas antes de él estuviesen tan inseguras ante sus pedidos, había hecho que el ceño fruncido de éste se pronunciase todavía más.
—Hola ¿En qué puedo ayudarte? -le pregunta Harry, sonriendo.
El chico rubio está por hablar, pero sus ojos se fijan en él y le levanta las cejas.
—¿Es primavera o algo así? ¿Por qué tantas flores en el cabello?
Harry inconscientemente se lleva una mano a su cabello de color lila pastel que le gustaba adornar con un par de flores.
—Me gustan -se encoge de hombros —¿Y tú por qué tan molesto?
El rubio resopla, con evidente fastidio.
—¿No me ves? Estoy empapado. – suspira con frustración —Mi coche ha pinchado una rueda y he tardado siglos en poder cambiarla bajo la maldita lluvia. Por si fuera poco, no alcanzaré a llegar a la entrevista en la universidad -suspira, aunque a Harry se le parece más a una especie de gruñido —Solo falta que me alcance un rayo y me muera.
—Bien, tienes suerte de que el café hoy está con un veinte por ciento de descuento así que puedes alocarte.
—¿Le puedes echar un poco de whisky a ese café? -dice sarcástico.
—Creo que hoy definitivamente no es tu día -le comenta —Preparamos café irlandés, pero se nos ha agotado el whisky y nuestro proveedor suspendió la entrega de hoy.
—No me lo creo -gruñe, y luego de un suspiro, chasquea la lengua —Dame café negro, lo más cargado que puedas, así queda igual de amargo que mi día.
—¿Vas a querer algo más? -pregunta Harry.
—Solo eso, brillitos. -le responde, haciendo alusión al brillo que le gustaba llevar en los ojos.
—¿Cuál es tu nombre?
—Draco
Harry cobra lo correspondiente y luego de que Malfoy deslizase su tarjeta por la banda para pagar, se va con su ceño fruncido hasta una mesa a esperar su café.
—¡Draco! -la voz de Ron se oye por toda la cafetería cuando lee el nombre escrito en el vaso, y el chico rubio se acerca hasta él a recibir su café, sin embargo, su ceño se frunce más cuando además de esto, le entregan una bolsa de papel.
Harry mira de reojo, intentando prestar atención a la escena, sin descuidar a la persona a la que atendía en ese minuto.
—Yo no pedí esto y no pienso pagar por él. -reclamaba.
—¡Eso dice la orden que tengo! -responde Ron, mirando el papel y el número de pedido.
—Pero no es lo que dice mi recibo. -Malfoy le enseña el papel a Ron, y en efecto, el pelirrojo mueve la cabeza afirmativamente cuando lo lee. Sin embargo, casi al instante su expresión deja en evidencia algo que solo él comprende, y suspira, mirando hacia él. —Vale. Si no está en tu recibo, entonces es un regalo. Recíbelo.
—¿Un regalo de quién?
—De alguien de la tienda, obviamente.
Draco mira la bolsa de papel y luego mira directo hacia la caja, hacia él. Harry por suerte, alcanza a mirar hacia otro lado antes de que lo descubrieran.
—Bien. Muchas gracias -musita, tomando su café y la bolsa.
El rubio intenta hacer contacto visual con él nuevamente, pero Harry finge que no se ha dado cuenta. De todas formas, había una fila gigante que no podía seguir desatendiendo.
Entonces sin más, Draco se pierde en la salida de la cafetería.
Harry detestaba muchas cosas, como tener que despertar temprano por las mañanas o tener que subir al autobús cuando está demasiado lleno y no hay espacio ni para moverse, pero no había nada que detestara más que tener que enfrentarse a los Dursley.
Los Dursley eran todo lo que detestaba y representaban para él toda una vida de malos tratos y desigualdad. Sus padres habían muerto en un accidente de auto cuando él era muy pequeño y sus tíos, sus únicos parientes con vida, se habían tenido que hacer cargo de él, recordándole siempre que no era muy bienvenido con ellos.
Para su suerte, los padres de su mejor amigo habían descubierto como lo trataban, así que desde los doce años vivía con ellos, sintiéndose por primera vez querido y parte de una familia. Sin embargo, había ocasiones en que tenía que pasar por el número cuatro de Privet Drive y ese era uno de ellos.
Acababa de tener que hacer una visita para ir por su carta de admisión a la universidad, que según los datos que todavía figuraban de él, seguía viviendo con sus tíos. Y su tío Vernon no había dejado de pasar la oportunidad para amargarle el día, y su tía, quien no le habló demasiado, hizo un montón de comentario por su apariencia.
A Harry pocas veces le afectaba lo que decían de sus tíos sobre él, pero en ocasiones era más susceptible, en ocasiones no podía evitar sentirse herido y humillado. Por eso, en cuanto salió de la casa, se restregó los ojos acuosos para quitar el brillo que le gustaba aplicarse en los párpados, y cuando llegó a Hogwarts y se miró en el espejo antes de ponerse la camiseta con el nombre de la cafetería, se quitó molesto las flores que llevaba en el cabello.
—Harry ¿Te encargas de la caja el día de hoy? -le pregunta Hermione en cuanto él salió del vestuario. Harry asiente evitando mirarla, pero a la chica no se le pasa por alto su expresión. —¿Qué ocurre, Harry?
—Nada importante.
—No te creo.
—Visita a los Dursley, eso es todo.
—Harry -la chica le mira con una repentina impotencia, y se acerca a él para rodearlo con los brazos —¿Quieres hablar de ello?
Harry niega con la cabeza, suspirando.
—No, Herms, prefiero olvidarlo, eso es todo.
—Pero…
—En serio. -Dicho eso, camina hasta la caja y, a pesar de que no tenía ánimos, intenta dedicar a todas las personas una sonrisa antes de tomar su orden.
El día transcurre más lento que nunca. Los minutos se hacen eternos, los clientes más indecisos que lo usual hacían que las filas fuesen más largas y por primera vez el aroma de los pasteles le marean.
Casi al terminar su turno, una cabellera rubia se sitúa frente a él.
—Hola ¿En qué puedo ayudarte? -pregunta, con un amago de sonrisa en el rostro. El chico, alza ambas cejas.
—¿Qué ocurre? ¿Se agotaron los brillos y no es temporada de flores? -bromea, pero Harry, sin el mejor de los ánimos ese día, rueda los ojos —Vaya, que humor.
—¿Puedo tomar tu orden?
—Sí, quiero un latte de vainilla con canela -pide. —¿Y me sugieres algún muffin o algo, Potter?
—¿Cómo sabes mi apellido? -le pregunta, perplejo. El rubio medio sonríe, como burlándose, y apunta a su pecho. Harry quiere llevarse una mano a la frente. Su placa.
—¿O prefieres que te llame brillitos?
—Potter está bien -le responde, de mala gana —Te puedo recomendar tarta de melaza, es la especialidad de la casa.
—¿Está buena?
—Muy buena.
—¿Lo prometes?
—Es mi favorita. -dice —La mejor que probarás. -Alza el brazo y le levanta el dedo pequeño enfrente —Pinky promise.
Draco resopla y luego rueda los ojos con una sonrisa, como si no se creyese lo que está a punto de hacer. Finalmente, envuelve el dedo meñique con el de Harry.
—Entonces, el café y dos trozos.
Harry asiente, y luego de dedicarle un "que disfrutes tu orden" y volver a rodar los ojos cuando el otro le llama brillitos, continúa atendiendo al resto de los clientes.
Harry no lo nota, pero cuando el rubio recibe su pedido, se acerca al oído de Hermione y le susurra algo.
Un par de minutos después, cuando ya hubo atendido al último cliente de la fila la chica se le acerca con una bolsa de papel.
—Harry -le llama —Te han dejado esto.
Harry frunce el ceño, curioso, y toma la bolsa entre sus manos. Cuando la abre hay un trozo de tarta de melaza que lo hace sonreír. Sabe antes de leer la nota de quien se trata y no puede evitar cosquillas en su estómago.
"Este es mi número. Sería genial vernos aquí un día, tú del otro lado del mostrador, por supuesto, para tomarnos un café.
Gracias por el muffin de la última vez, fue lo único bueno de ese viernes.
-Draco Malfoy"
—¿Quién era? -pregunta Hermione, asomando una sonrisa pícara.
—Nadie, Herm.
—¿Seguro?
—Que sí.
Harry sonríe, ignorando las burlas de su amiga, y se voltea para atender a un nuevo comensal, guarda la nota en sus bolsillos, esperando que los minutos pasen para ir por su teléfono dentro de su casillero y agendar el número de Draco Malfoy.
