Capítulo 7. Día de trabajo.


Tristán Claiborne - 18 años - Distrito 12 - Tributo de Soly.


No podía decir que mi trabajo fuese sencillo o fácil, pero traía dinero a casa así que cualquier cosa que tuviera que hacer lo haría sin quejarme. Eso no me serviría de nada y no deseaba amargarme la vida porque bastante difícil era ya como estaba. No iba a pedirle a ese deshecho humano nada aunque yo estuviera cansado. Ese cerdo tenía suerte de que Pete y yo solo lo hubiéramos sacado de casa cinco años antes porque si por mí fuera, estaría en una zanja bajo la misma máquina que yo manejaba en este momento.

No podía desconcentrarme porque si lo hacía, podría cometer un error fatal pero no podía evitar que mi mente bagara a veces. Manejar la perforadora era extenuante pero monótono. Si no tuviera que tener cuidado de dónde picaba, podría trabajar incluso con los ojos cerrados.

El sudor corría por mi rostro y no había manera de secarlo. No había más remedio que dejar que mi cara picara y mi cuerpo se sintiera como un horno gigante.

—Oye, Claiborne. Vamos a ir después al quemador. ¿Quieres venir?

Le lancé una mirada desdeñosa al novato. Quienes me conocían sabían mejor que preguntarme algo así. Yo no iba a gastarme nada del dinero en alcohol ni en cualquier otro modo de ocio. Cada moneda que ganaba era para la casa. No quería ser otro deshecho humano como el que me engendró. Y comer me parecía mucho más importante que beber cerveza rancia o agua de retrete de agente de la paz. ¿Quién sabía lo que daban en esos lugares?

—No. —Contesté para que no siguiera insistiendo—. Tengo otras cosas que hacer.

—¿Tienes alguna pivita por ahí? Joder, ya quisiera yo una de esas. Las de la zona de comerciantes son las mejores. Cogería a una por detrás y le enseñaría lo que es la fuerza de un minero.

Algunos le rieron la gracia al novato pero yo solo quise partirle la cara. ¿Cómo podía hablar así de una mujer? Maldito gilipollas. Tenía suerte de que tenía que manejar la perforadora porque si no... El ruido de la máquina ahogó su voz y lo agradecí.


Saludé con la cabeza a una agente de la paz y seguí mi camino a casa. Estaba tan agotado que solo quería acostarme. Pero mamá no iba a permitirme ir a la cama sin cenar. Menos mal que la tenía a ella. Si no, seguro que me habría arrepentido al día siguiente de no cenar. Por lo menos ya no teníamos que comer alimañas.


—Tristán, cariño, ya estás en casa. —Mamá me abrazó nada más llegar y me apoyé en ella por unos segundos. Era agradable sentir sus brazos a mi alrededor y sus manos aunque ásperas debido a la costura y a la limpieza, eran cálidas y reconfortantes.

Gruñí en respuesta. No por ser odioso, si no porque solo quería tumbarme.

—Vamos, ven a la mesa. Ya está lista la cena y Pete consiguió un buen pedazo de carne por unos zapatos viejos de Fran y unas hierbas.

Miré preocupado al menor de mis hermanos. Comer era importante pero unos zapatos también. El hijo de los Hawke había pisado un clavo por ir descalzo y tuvo una infección que lo mató porque no pudieron curarlo.

—No te comas la cabeza. Eran zapatos que le quedaban pequeños incluso a Selene y antes de tirarlos pues los cambié. De todos modos, el Señor Hawthorne nos dio algo la semana pasada que le vino mejor a Fran.

Sabía que Pete no haría una estupidez como cambiar unos zapatos útiles, pero no podía evitar preocuparme. No podía darle mucho a mi familia, pero podría intentarlo.

Selene trajo la comida a la mesa y nos sentamos para que mamá repartiera las raciones. Sí tenía hambre después de todo. Olía maravillosamente y mi estómago rugía como la perforadora cuando picaba una roca particularmente dura.

—¿Qué es eso? —Pregunté.- De una de las sillas colgaba una prenda azul florida.

—Un vestido que me dieron para Selene. Lo remendaré.

—Mamá dice que puedo llevarlo para la cosecha —añadió ella.

Sería la primera de Selene ya que en unos días cumpliría doce años. No había permitido que pidieran teselas ninguno de mis hermanos, pero el temor de que alguno saliera cosechado me causaba retortijones en el vientre. ¿Y si salía yo? ¿Qué pasaría entonces? Esta sería mi última cosecha, y si yo...

—Mejor hablemos de otra cosa. —Pete intervino. El día de cosecha no es algo para hablar mientras cenamos.

—¿Y cuándo nos vas a presentar a tu novia? —Fran le preguntó.

—No digas tonterías. Yo no tengo novia.

—¿Novio entonces? —Selene quiso saber.

Pete se atragantó con la comida que se había llevado a la boca seguramente para que Fran no siguiera preguntando así que le di un golpe en la espalda y el trozo de carne salió volando.

—Claro que no tengo novio.

—Yo te vi besar a esa chica tan bajita el otro día. —Fran insistió.

A mí no se molestaban en preguntarme. No tenía tiempo ni para una vida social. No es que yo la quisiera de todos modos. Con el único chico de mi edad con quien hablaba era mi hermano Pete y no contaba. Es que... La gente de mi edad eran tan... Distintos a mí... O yo a ellos, para ser más precisos.

¿Y chicas? Eso ni siquiera lo había intentado. Solo con... O sea, no ella porque solo la veía de pasada algunas veces y no sabía ni su nombre... Siempre estaba limpia, bien vestida y... Ni siquiera soñaría con acercarme a ella.

—Tristán, llevas mirando tu tenedor mucho rato. ¿Volviste a encontrar un bicho en él?

—Solo estoy cansado. —Murmuré.

—Ve al baño. Aún hay agua tibia limpia que Pete me ayudó a recoger y después te frotaré con aceite de hierbas relajantes.

Le sonreí a mi madre. Ella era la mejor del mundo. Dejé a mi familia en la pequeña sala y fui al baño.

Tal vez no teníamos mucho, pero ya no teníamos que lidiar con ese maldito que prefería hablar con los puños y que solo sabía dedicarnos insultos. ¿Pero para los demás? Para otros hablaba como un revolucionario que cambiaría el mundo. Ojalá se pudriera donde estuviera ahora. Ni lo sabía, ni me importaba. Ya no era cosa nuestra.