7. La Realeza.


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata abrió la puerta trasera del SUV para que subiera una hermosa mujer de unos cuarenta años, con unas grandes gafas de sol colocadas a modo de diadema para sujetar su elegante pelo platinado. Llevaba una chaqueta Chanel de vibrante color púrpura, una minifalda de cuero negro y unos tacones de aguja que parecían misiles tierra-aire.

Apenas había arrancado cuando la mujer sacó el móvil del bolso y se puso a entablar una vivaz conversación en árabe. Hinata quería hacerle un centenar de preguntas, pero había recibido instrucciones de no hablar con ninguno de los miembros de la realeza, lo que suponía un considerable fastidio. La mujer no la miró ni una sola vez, y no porque fuera hostil. Simplemente era invisible para ella.

En el momento en que la comitiva llegó al Peninsula, a Hinata le dolía la mandíbula por el esfuerzo de mantener la boca cerrada. Que le hubieran dado la sexta posición en la fila de limusinas indicaba que su pasajera no era la princesa más importante. La mujer se bajó sin despedirse, pero cuando desapareció en el interior del hotel, uno de los funcionarios reales, un hombre de rostro sombrío, le ordenó que esperara.

Y lo hizo. Esperó media hora. Una hora. Cuando por fin salió del vehículo para usar el cuarto de baño del hotel, el hombre se puso a ladrarle como un perro.

—¡Le he dicho que esperara!

—Vuelvo enseguida. —Mientras atravesaba el vestíbulo, recordó que la esclavitud no había sido abolida en el reino hasta 1962.

Cuando salió, había una sirvienta sentada en el asiento trasero. Era joven, con la cara redonda y unos tristes ojos oscuros. A diferencia de la familia real, estaba vestida con una abaya tradicional de color gris y una hijab azul. Hinata se disculpó por haberla hecho esperar, algo que pareció asustar a la chica.

—No pasa nada.

Se sintió feliz al ver que sabía inglés, y como nadie le había prohibido hablar con los sirvientes, se presentó.

—Hola, soy Hinata.

—Yo soy Ayame —repuso la muchacha con timidez—. Su alteza, la princesa Kaguya, me ha enviado a conseguir estos zapatos. —Levantó una brillante página arrancada de una revista de moda francesa con la imagen de un par de sandalias con correa en T y tacón de aguja—. ¿Puede llevarme a conseguirlas, por favor?

—Por supuesto. ¿Adónde vamos?

—¿Dónde puedo encontrar estos zapatos?

—¿No sabe el nombre de la tienda?

—Su alteza no me lo dijo.

—¿Y no puede llamarla y preguntarle?

Ayame no pudo parecer más horrorizada.

—Oh, no. No se hacen así las cosas. Tiene que llevarme adonde pueda encontrarlos, por favor.

Hinata le tendió la mano para que le pasara la página. Había un logo de YSL bien visible. Sacó el móvil y descubrió que había una boutique de Saint Laurent en el Waldorf, a un par de manzanas de distancia.

—¿Le gusta su trabajo? —preguntó a la chica mientras daba la vuelta en el hotel Rush.

La pregunta pareció confundir a su pasajera.

—El trabajo es trabajo. —Y luego, como si hubiera dicho algo incorrecto, continuó con nerviosismo —. Su alteza, la princesa Kaguya, no me llama nunca la atención, y solo tengo que compartir la cama con otra sirvienta, así que no está mal.

Pero tampoco sonaba como si fuera bueno, y percibió el mensaje alto y claro. Hablar sobre su empleo podía meter a Ayame en problemas. Aun así, no podía evitar leer el anhelo que inundaba aquellos ojos oscuros y expresivos mientras contemplaba a las jóvenes que avanzaban llenas de confianza por las aceras de la ciudad con sus mochilas a la moda.

Había planeado dar una vuelta alrededor del Waldorf mientras Ayame realizaba la compra, pero la joven le rogó que la acompañara. La lucha entre la timidez natural de la muchacha y su determinación para hacer el trabajo hizo imposible que se negara. Dejó el SUV en manos de uno de los botones del Waldorf y la siguió a regañadientes.

La tienda rezumaba diseño desde sus suelos de mármol blanco a los altos techos. La gran variedad de artículos de lujo la hacían muy diferente de DSW, donde Hinata compraba sus zapatos. El lugar olía a perfume y a privilegios. Ayame le entregó de nuevo la página de la revista.

—Su alteza lo quiere en todos los colores, por favor.

—¿En todos los colores? —Mientras Hinata procesaba esa información, una dependienta joven y bien preparada se acercó a ellas, sin duda más atraída por el atuendo tradicional de Ayame que por su uniforme de chófer, formado por un pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta negra que tuvo que adquirir en Goodwill la tarde anterior.

La avidez de la empleada sugería que ya sabía que habían aterrizado en Konoha algunos de los miembros de la realeza más rica del mundo.

Pero a pesar de la ansiedad que mostraba la dependienta por ayudar, solo pudo facilitarles el modelo en dos de los cinco colores en los que estaba fabricado, algo que provocó en Ayame tanta angustia que le temblaron las manos mientras abría un bolso con cremallera para sacar un grueso fajo de billetes de cien dólares (pura calderilla para una familia que poseía más de un millón de millones).

Cuando la transacción se completó, Ayame guardó el dinero sobrante en su bolso de forma meticulosa. Luego lo sostuvo contra el pecho y salió de la tienda con la frente fruncida por una preocupación que no debería tener cabida en una cara tan joven.

Hinata volvió a recurrir a su teléfono y, cuarenta y cinco minutos después, ayudó a Ayame a adquirir un par rojo en Barneys. Pero ni siquiera así era suficiente.

—No lo entiende. — Ayame jugaba con nerviosismo con la cremallera de su bolso—. No puedo fallarle a su alteza. Quiere todos los colores.

—¿Y no cree que tener cinco pares iguales es una idiotez? —preguntó Hinata al tiempo que hacía sonar la bocina para protestar ante la agresiva maniobra de un taxista.

Ayame no lo entendía, lo que era mejor.

Hinata tenía que reunirse con Namikaze al cabo de tres horas, lo que debería darle tiempo suficiente como para llegar a un Nordstrom en los suburbios, donde habían confirmado que tenían los dos pares restantes, comprarlos, llevar a Ayame de regreso al Peninsula y, a continuación, dirigirse a Rasengan.

—Venga, vámonos —apresuró a la muchacha con una sonrisa forzada.

Según se alejaban en dirección oeste, Ayame se relajó y empezó a comportarse como la joven de diecinueve años que era. Hinata le habló un poco sobre su trabajo con Namikaze y se enteró de que Ayame era paquistaní, y también musulmana devota que había llegado al reino a los catorce años en busca de trabajo y para visitar las ciudades santas del país. Su intención era orar por los padres y hermana que había perdido.

En cambio, había acabado trabajando durante demasiadas horas en lo que Hinata consideraba una especie de prisión, dado que su pasaporte había sido confiscado cuando la contrataron y no había vuelto a verlo desde entonces.

Ayame comprobó repetidamente su bolso en busca de los tickets. Algunos de los miembros de la familia real tenían fama de pegar a sus sirvientes, y Hinata no quiso imaginar lo que podría ocurrir si las facturas no se correspondían con el dinero que había gastado la muchacha.

El Nordstrom donde estaban los zapatos se encontraba en la zona de los Stars, en los suburbios más alejados en dirección oeste. El reloj seguía corriendo de forma inexorable y la dependienta tardó una eternidad en entregarles los zapatos. Pero aun así, si los dioses del tráfico eran amables, podría llegar a tiempo a la reunión.

No lo fueron. Un accidente en la autopista Reagan había detenido el tráfico y, dado que Namikaze se había negado a darle su número de móvil, ni siquiera podía avisarlo. Solo rezar.

El tráfico avanzaba poco a poco, se detenía de nuevo. Avanzaba y se detenía. Al poco rato notaba tanta tensión en los hombros que le dolían los músculos. Respiró hondo varias veces. Pero nada de lo que hacía servía para despejar la carretera. Se concentró en su pasajera.

—Si pudieras hacer lo que quisieras, Ayame, ¿qué sería?

Transcurrieron unos segundos antes de que le respondiera.

—Para alguien como yo es una tontería tener sueños.

Hinata se dio cuenta de que la pregunta había sido involuntariamente cruel.

—Lo siento. No era mi intención ponerte triste.

Ayame lanzó un largo y lento suspiro.

—Me gustaría ir a Canadá y estudiar enfermería. Especializarme en ayudar a los bebés que nacen demasiado pronto, como mi hermanita. Pero ese tipo de sueños no están destinados a ser. —Lo dijo de forma casual. No tenía intención de dar pena.

—¿Por qué a Canadá?

—Es donde vive la hermana de mi padre. Es mi única familia, pero no la veo desde que era niña.

—¿Sigues en contacto con ella? ¿Hablan por teléfono?

—No tengo teléfono. Hace dos años que no hablo con ella.

—¿Te gustaría llamarla con el mío? —le ofreció de forma impulsiva.

Al instante, oyó que Ayame contenía la respiración.

—¿Me dejarías hacer eso?

—Claro. —Tenía ya tantos problemas de dinero que ¿qué más daban un par de dólares más en la factura del móvil?—. ¿Sabes su número?

—¡Oh, sí! Me lo he aprendido de memoria. Pero si alguien supiera que...

—Por mí no lo sabrán. —Lanzó el aparato al asiento trasero y le indicó a Ayame cómo usarlo.

Su tía debió de responder al instante, porque la joven inició una alegre conversación hablando a gran velocidad en lo que imaginó que era urdú. Mientras la muchacha seguía charlando, el tráfico se reanudó y cuando Ayame le devolvió el móvil, estaban ya a la altura de Eisenhower.

—Mi khala está muy preocupada por mí. —La voz de Ayame estaba ahogada por las lágrimas—. Su sueño es que pueda ir a vivir con ella, pero no tengo dinero ni manera de llegar allí.

En ese momento sonó el teléfono. Aunque Hinata no tenía permiso para responder llamadas personales mientras estaba al volante, no podía ignorar esa, así que puso el altavoz.

—Interesante —dijo una familiar voz masculina—. Estoy sentado en mi despacho esperando para empezar una reunión que debería haber comenzado hace diez minutos, sin embargo, me encuentro solo.

—Estoy en un atasco de tráfico. —Antes de que pudiera recriminarla, pasó al ataque—. Si no te hubieras negado a darme tu número, te habría llamado.

—Un atasco no me sirve como excusa. Solo es señal de una mala planificación.

—Se lo enviaré a Oprah como ejemplo de una cita inspirada.

—Me gustabas más cuando fingías estar enamorada de mí.

—Empezó a hacerme efecto la medicación.

Él resopló.

Ella se mordió el labio inferior y miró el reloj del salpicadero.

—Ojalá hubiera tenido tu número.

—Ya te lo dije. Si me necesitas, llama a mi agente.

—Pensé que estabas siendo sarcástico.

—Nunca soy sarcástico.

—Eso no es verdad, pero... llegaré dentro de treinta y cinco minutos.

—Momento en el que estaré en el gimnasio.

La llamada se interrumpió. Cuando ella desconectó el aparato, Ayame empezó a hablar, claramente incrédula.

—¿Estabas hablando con tu jefe? ¿El jugador de fútbol americano? ¿Con tan poco respeto?

—Me irritó.

—Pero te castigará, ¿no?

Casi con toda seguridad. Aunque no de la forma en que Ayame insinuaba.

—Aquí, los jefes solo pueden despedirte.

—Este país es muy extraño, y absolutamente maravilloso. — Ayame irradiaba una bondad que ella solo podía admirar, y la melancolía que adivinaba en su voz resultaba desgarradora.

Por fin, llegaron al hotel. Ayame le tocó el hombro.

—Gracias por lo que has hecho, amiga mía. Rezaré por ti todas las noches.

Eso le parecía un poco excesivo, pero no era de rechazar las oraciones de nadie.


—Cuando te dije que estaría en el gimnasio no era una invitación para que te presentaras. —Naruto tenía que gritar para hacerse escuchar por encima del grito de los acordes del black metal noruego que resonaba en los altavoces. Una gota de sudor salió disparada de su mandíbula cuando imprimió una violenta combinación de izquierda-derecha en el saco de boxeo.

Hinata se reprimió a duras penas para no señalar que no solo lo hacía mal, sino que aquellos impetuosos golpes que daba con todas sus fuerzas eran contraproducentes.

El Pro Title Gym era un agujero maloliente y sin ventanas que frecuentaban los deportistas de élite de Konoha, con unos vestuarios enanos, paredes de bloques de cemento abolladas y bastidores oxidados. En la pared había una bandera americana y un letrero amarillo con una cita de El club de la lucha que decía ESCUCHEN, GUSANOS, NO SON ESPECIALES.

El lugar apestaba a sudor y goma. No se podía encontrar allí un bar donde tomar zumos ni se veía ropa de entrenamiento a la última moda. Pro Title era un lugar duro, caro y exclusivo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —gruñó Naruto como si fuera un rottweiler.

—Me acosté con el tipo de recepción —replicó ella por encima de los gritos y los acordes distorsionados de las guitarras.

—Estupideces. —Un gancho al saco.

De hecho, lo único que había tenido que hacer era explicar que trabajaba para Naruto. El estar vestida de uniforme en vez de como una groupie le dio credibilidad, y el chico la dejó entrar.

—Es mi historia, y la contaré como quiera.

Otro golpe castigador.

—Lárgate.

Le parecía bien. No había esperado llevar a cabo la reunión allí, solo quería demostrarle que se tomaba el trabajo en serio. Pero no pensaba irse de inmediato. No podía. Y menos cuando vio que por debajo de la sudada camiseta de Naruto ondulaban los músculos como el viento sobre el agua cada vez que él daba un puñetazo.

Tenía que dejar de hacer eso. Ya. Porque si no lo hacía, podría empezar a pensar en cortarce el cabello para ser más femenina. Se volvió hacia la puerta.

—¡Espera! —Otro ladrido de rottweiler—. ¿Por qué vas así vestida? Pareces la encargada de una funeraria.

Ella se tranquilizó lo suficiente como para decirle a quién llevaba de un sitio a otro.

—Solo durante el día —gritó por encima de la música—. Este es el uniforme de chófer.

—Es horrible. —Otro aniquilador golpe al saco.

—Pues a tu disposición.

El saco volvió a él.

—¿No te importa el aspecto que tengas?

—No mucho.

Él dejó de castigar el saco y la observó con expresión crítica.

—Siempre que has estado en el club has usado el mismo vestido.

—Dijo el hombre de las botas de cowboy...

—Es mi rasgo distintivo —replicó él—. Tienes que comprar ropa nueva. Das mala imagen.

Ella observó el riachuelo de sudor que bajaba por su cuello. Olía a sudor del bueno, el aroma saludable de un tipo que lleva ropa limpia al gimnasio. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que pudiera existir algo así como «sudor del bueno».

Ahora que lo sabía, desearía no conocer tal dato porque pensar en algo que tuviera que ver con el cuerpo de Naruto Namikaze era una distracción que no podía permitirse.

—No tengo presupuesto para comprarme ropa nueva.

Él se volvió hacia el saco de boxeo.

—Envíame la factura. Es necesario para que encajes en el lugar.

Naruto tenía parte de razón, pero aun así...

—No pienso comprarme nada que sea incómodo.

—¿Puedo suponer que por incómodo te refieres a cualquier cosa que parezca decente? Sí, eso sería bestial.

—Trata de ser mujer durante un tiempo, y luego hablamos.

Naruto no lograba acostumbrarse a ella. Ninguna conversación con Hinata Hyūga era sencilla. Abandonó el saco de boxeo y agarró una pesa rusa esférica de hierro forjado y se puso en cuclillas. Colocó el peso ante él y trató de ignorarla.

Sintió la tensión en el deltoides, el duro tirón en los muslos. Siempre le habían gustado los entrenamientos muy físicos, pero nunca los había necesitado como en ese momento, cuando se veía atrapado noche tras noche en Rasengan.

No, no estaba atrapado. Le gustaba la energía del club, el reto de superarse a sí mismo una vez más.

Solo que no estaba acostumbrado a pasar tantas horas en el interior.

Contuvo el impulso de cambiar de mano para mirar a Sherlock Holmes. Ella no era tan indiferente a la moda como para llevar cerrado el botón superior de la blusa. Una lástima que no hubiera abierto también el siguiente.

Sintió el comienzo de un espasmo en el brazo. Le entró en el ojo una gota de sudor. Cambió de mano.

—Iré de compras contigo —gritó justo en el mismo momento en que la música que salía a todo volumen por el altavoz terminaba bruscamente de forma que su voz resonó en las paredes de bloques de cemento. El pitcher de los White Sox que estaba en la estera de al lado lo miró. También lo hizo Hinata, con aquellos grandes ojos grisáceos que no se perdían nada. ¿Se había ofrecido realmente a ir a comprar ropa con una mujer?

—Guay —dijo ella, con una expresión tan llena de sarcasmo que iba a asegurarse que no repitiese una vez que la tuviera desnuda—. De paso podemos ir a hacernos pedicure y manicure. E invitaremos a nuestras amigas.

Lo mataba con esa lengua afilada, pero él esbozó una sonrisa que hacía juego con su sarcasmo.

—No me fío de tu gusto —repuso ella.

—Sé muy bien lo que me gusta.

—De eso estoy segura, pero cubrepezones y tangas no me parecen apropiados.

Lo estaba matando, y lo hacía tan alegremente.

Se acercó a ella con una mueca.

—Estoy ocupado hasta la próxima semana. Trata de no perder la cabeza hasta entonces. Iremos a BellaLana, está en Oak Street.

Vio con satisfacción que la dejaba descolocada.

—No pienso ir de compras por Oak Street. ¿Sabes lo que cuesta la ropa en esas tiendas?

—No es tan caro.

Eso hizo que a ella le hirviera la sangre, justo como él había previsto. Bajó la pesa rusa.

—¡Haz el favor de largarte para que pueda terminar el entrenamiento! —Y movió la cabeza un par de veces para que se alejara.

Aun así, su oferta no era tan irracional como podía parecer. Sherlock tenía la costumbre de pasearse por todas partes cuando estaba en Rasengan, y le gustaba saber que otro par de ojos estaba velando por sus intereses, uno en el que podía confiar por completo.

Podía decir muchas cosas negativas de Sherlock, pero la deferencia con su primer cliente decía que esa mujer se tomaba muy en serio la ética. No es que tuviera intención de hacerle saber lo valiosa que estaba resultando ser. Igual que no tenía intención de decirle lo que le iba a hacer una vez que la tuviera en su cama.

A la noche siguiente, Hinata vio a Deidara, uno de los porteros, cerca de la barra. Era un rubio tipo surfista que se había tatuado un jaguar corriendo en un lado del cuello. Había tenido una carrera meteórica con los Bears y era especialmente popular entre las clientas del club, tan popular que parecía ajeno a cualquier otra cosa que pudiera estar ocurriendo en Rasengan.

No pudo soportarlo durante más tiempo y lo alejó de sus admiradoras con la excusa de que quería hacerle una entrevista para la página web. Sin embargo, en vez de eso, le señaló el grupo que acosaba a Naruto en el otro lado de la habitación.

—Las mujeres que rodean al jefe están borrachas y resultan desagradables. La pelirroja en especial. No hace más que colgarse de su cuello. Quizá deberías ir y distraerla para darle un respiro.

Deidara la miró como si fuera un mosquito al que hubiera que aplastar.

—¿Estás diciéndome cómo hacer mi trabajo?

—Sí, eso se le da muy bien. — A se había acercado por detrás, con sus músculos abultados y su agria beligerancia, los dos formaron un muro entre ella y el resto de la habitación.

—Miren, chicos, solo estoy sugiriéndoos que vigilen a Naruto más de cerca.

A sonrió.

—Y yo estoy sugiriendo que me importa una mierda lo que tú haces. ¿De qué va, de todas formas? ¿De enviar tuits agradables y publicar imágenes bonitas?

Los gorilas no eran responsabilidad suya, y debería haber mantenido la boca cerrada, pero ¿cuándo había hecho tal cosa?

—Gracias por recordármelo. Tengo una fantástica de ustedes dos poniendo muecas ante el espejo.

Sí, sabía cómo llevarse bien con sus compañeros de trabajo, estaba claro.

Durante los siguientes días, trasladó a princesas menores y a sus cuidadoras formando parte de una caravana de cinco coches, aunque a veces era de seis e incluía al menos dos furgonetas para transportar la montaña de compras de regreso al hotel, todas pagadas en efectivo.

Sin embargo, en lugar de envidia, comenzó a sentir lástima, en especial por las adolescentes miniprincesas. A veces veía en sus ojos un anhelo idéntico al que había visto en los de Ayame, algo que no podía ser satisfecho con una docena de viajes a la tienda de Apple.

Era el anhelo de poder caminar sin compañía por la acera, con los mismos pasos sin preocupaciones que las niñas estadounidenses que veían a través de los cristales tintados de los SUVs.

El día de la temida cita para ir de compras, a la hermana de la princesa K se le antojó ir a la maquilladora, lo que hizo que Hinata llegara diez minutos tarde al BellaLana, donde Naruto estaba cómodamente apoyado en uno de los mostradores de joyas mientras hablaba con las dependientas.

Si ella hubiera tenido tendencia a las alergias, echar un vistazo a la ropa cara que salía en pantalla le habría producido una erupción.

La decoración negra, blanca y plata daba al lugar una apariencia industrial de fin de siglo, un tanto lujosa y de alguna manera condescendiente, como desafiando a los clientes que no la encontraran chic.

De toda la ropa que no quería estar usando en ese momento, su uniforme de chófer era lo que encabezaba la lista, en especial porque tenía manchas de sudor en las axilas, por debajo de la chaqueta, después de haber llegado corriendo desde el aparcamiento. Naruto levantó la vista.

En sus labios había una sonrisa, pero sus ojos decían que era plenamente consciente de que lo había hecho esperar. Las dependientas la miraron con diversos grados de incredulidad, incapaces de creer que alguien con un aspecto tan extraño pudiera estar con el soltero más codiciado de Konoha.

—Señoritas, esta es Hinata —la presentó Naruto—. Ha dicho adiós a su carrera como directora de pompas fúnebres, pero tiene problemas para renunciar a viejos hábitos de moda.

Hinata tuvo que contener una sonrisa.

—Ha venido al lugar correcto —comentó una pelirroja vestida con estilo urbano chic—. Trabajar en una funeraria debe de haber sido muy deprimente.

—No tanto como se podría pensar —repuso ella—. Fue allí donde conocí a Naruto. Enterrando las cenizas de su carrera.

Naruto resopló. La dependienta pelirroja se dio cuenta con claridad que su cabeza corría peligro y la empujó hacia un probador.

—Nada demasiado atrevido —advirtió Naruto—. Ya le llega con lo que pasa por su cabeza.

El primer vestido era de un verde apagado, pero no había nada apagado en la forma en que el modelo se ceñía a su figura, ni en el dobladillo, que apenas le cubría el trasero. Por suerte se había depilado las piernas, aunque aun así...

—No es precisamente de mi estilo.

—¿No tiene cremallera? —preguntó Naruto desde el otro lado de la puerta del probador.

Bien, de eso tenía que reírse.

La dependienta, que se llamaba Louise, se mostró desconcertada.

—De verdad, es lo que está de moda.

Hinata hizo una mueca mirando su reflejo. Había una eternidad de espacio entre la parte inferior del vestido y sus pies descalzos.

—Creo que me va más no ir tan a la moda. —O hacer una rápida visita a H&M, que era lo que de verdad le iba.

—Déjame verlo —intervino Naruto.

La dependienta abrió la puerta del probador y la empujó fuera. Naruto se había sentado en uno de los grandes sofás con tapicería a cuadros negros y plateados que había no muy lejos de los espejos. Hinata intentó estirar el dobladillo.

—Parezco un pino.

—Un pino con muy buenas piernas —comentó Shikamaru Nara desde la puerta antes de atravesar la tienda y sentarse en una chaise, junto a Naruto—. Me gusta.

—A mí no —replicó Naruto, con los ojos clavados en sus muslos—. Es demasiado conservador.

Ella lo miró fijamente.

—¿En qué universo paralelo resulta esto conservador?

Él negó con la cabeza con expresión de tristeza.

—Tienes que recordar que ya no trabajas en una funeraria.

Shikamaru sonrió.

Ella señaló con un gesto al agente.

—¿Qué hace él aquí, Naruto? No es que no me alegre de verlo, señor Nara, pero ¿qué hace aquí?

—Naruto me dijo que viniera, y ¿cómo iba a negarme? Este chico me ha hecho ganar millones. —Necesitaba otra opinión —intervino Naruto—. Y él está más acostumbrado que yo a comprar ropa femenina.

Louise apareció con otro montón de vestidos en los brazos y la empujó al interior del probador. Durante la siguiente media hora, Hinata se probó un modelo rojo al que faltaba tela por el medio, un vestido azul oscuro al que le faltaba tela en el escote y otro dorado que la hacía parecer un trofeo de la liga.

—Soy investigadora —masculló entre dientes a los dos hombres—. No un pitcher de los Peewee Penguins.

Shikamaru sonrió.

—Me encanta esta mujer.

—No es un misterio el porqué —replicó Naruto.

Para ella sí era un misterio, pero en su mente había algo más apremiante.

—Es evidente que esto no está funcionando —declaró mientras Louise iba a buscar más vestidos que ella no quería ponerse—. Me moriría de frío con cada uno de ellos. Por no hablar de que no podré hacer mi trabajo si estoy preocupada todo el rato por si mi... mis partes íntimas sobresalen por debajo o por arriba.

Aquello pareció dejarlos mudos, lo que indicaba claramente que había llegado el momento de que ella misma se hiciera cargo de la situación.

—Louise, tú y yo tenemos que hablar...