Día 17. Caída

Número de palabras: 1486

Notas: Continuación del capítulo anterior.

Sinopsis: De cuando el principado Aziraphale tuvo que enfrentarse al mismísimo señor del infierno.


Los azules ojos de Aziraphale se encuentran con la mirada verdosa del rey del infierno. El ángel trata de mantener la compostura pero aun así es perceptible el temblor que recorre su cuerpo al verse frente a la presencia del ángel caído.

— Aziraphale. —lo saluda el rey del infierno en una leve reverencia, haciendo gala de los mejores modales ingleses. —Al fin tengo el gusto de conocerte.

Cada palabra que dice la suelta con un siseo amenazador que no hace más que aumentar su peligrosidad. Aziraphale flaquea un poco pero no se amedrenta ante la presencia demoniaca.

— ¿Qué lo trae por aquí…? —Aziraphale no sabe con qué título referirse al señor del infierno, ¿Debería llamarlo "Mi señor"? ¿O tal vez "Su malignidad"? — ¿Qué lo trae por aquí, señor?

Satanás ignoró su comentario y se limitó a vagar por su librería. Con las manos tras su espalada, el pelinegro se paseó por el lugar, revisando con curiosidad estanterías, vitrinas y pilas de libros. Aziraphale lo dejó ser hasta que se dio cuenta de que el antiguo jefe de Crowley lo escrudiñaba con la mirada.

— No puedo creerlo. —dijo Satanás en un murmuro. — ¿Cómo uno de mis demonios pudo relacionarse con un alma tan… pura como la tuya?

Aquello lo dijo en tal tono de burla que golpeó fatalmente el orgullo del ángel, quien se atrevió a responder al cuestionamiento. —No lo sé pero Crowley me escogió a mí y yo a él. Así son las cosas. —dijo, olvidando por un momento que se encontraba frente al Satanás, rey del infierno, uno de los demonios más peligrosos conocidos.

Por un momento, el pelinegro se notó perplejo por la contestación tan agresiva del ángel, antes de que su rostro se compusiera en una sonrisa y soltara una risa que resonó por todo el lugar. —Ella tenía razón ¡Sí que tienes carácter!

¿Ella? ¿Acaso…?

— Bien. —habló Satanás. Y sin notar que su presencia no era bienvenida en el lugar, chasqueó los dedos, haciendo aparecer un cómodo sillón donde se sentó con tal donaire que lo hacía parecer un rey en su suntuoso trono. —Creo que ya sabes que hago aquí.

"No, la verdad no lo sé." Quiso decir Aziraphale pero la valentía que hace un momento había dominado su cuerpo se desvaneció por completo y en su lugar sólo quedo un atronador silencio.

Al no haber respuesta del ángel, el señor infernal hizo una mueca. Volvió a chasquear los dedos, haciendo aparecer una botella de Whisky y dos vasos. En un acto que parecía muy natural en él, sirvió la bebida ambarina en ambos vasos y le dio un sorbo al propio antes de continuar hablando, —Vengo a felicitarte ¡Por tu futura boda! —y alzando su vaso, hizo un brindis por unión entre el ángel y el demonio, aunque Aziraphale estaba demasiado atónito como para emular algo.

Primero, le sorprendía la tranquilidad y parsimonia con la que Satanás hablaba de la relación de Crowley y él, como si no le molestara en lo absoluto. Además, después de los agravios que tanto él como su prometido habían hecho en el cielo y el infierno, pensó que la presencia de Satanás sólo se traduciría como la llegada de un castigo eminente. Pero no parecía así.

Al parecer, Satanás decía la verdad. Irónicamente, era más fácil confiar en los demonios que en los ángeles. Se sabía cuándo se podía confiar o no en un demonio, eran demasiado francos. Pero, ¿Y los ángeles? Oh, ellos vivían con una perpetua mascara de hipocresía que hacia difícil distinguir cuando mentían y cuando no, una abrumadora presión psicológica con la que sometían a todos los demás, simplemente exhaustivo.

— Señor, ¿Es todo lo que viene a hacer aquí? —volvió a preguntar, reuniendo todo su valor para enfrentarlo y hacer que se marchara de su librería pero, al parecer, el temblor de su voz delató el temor que sentía por el ser frente a él.

Satanás solamente suelta un largo suspiro y le da otro sorbo a su bebida. — Es natural que no confíes en mí, los ángeles y demonios somos enemigos naturales. Aunque al parecer eso a ti no te importó tanto. —la última parte la dice con una insinuación tal que tiñe las mejillas de Aziraphale de un tono rojizo que le saca una carcajada burlona a Satanás.

— ¡Hey! No vengo a matarte. —Satanás le golpeó el hombro con camaradería. —Vengo a darte las gracias. —en ese momento, la cara de Aziraphale debía ser todo un poema, después de todo, no todos los días llegaba el rey de los demonio a darte las gracias.

— El plan inefable fue llevado a cabo, y el deslinde de mi hijo estaba dentro de "El Gran Plan." —siguió hablando Satanás. Se acabó su vaso de Whisky de un golpe y con una floritura llena de gracia se levantó del sillón. —Les doy la libertad.

— ¡¿Tú qué?! —soltó Aziraphale sin pensar en su insubordinación. —No lo entiendo.

Satanás suspiró y se apretó el puente de la nariz. —Significan que son libres para hacer lo que quieran, amarse, quererse, blah, blah, etcétera, etcétera.

Aziraphale seguía en blanco respecto a lo que había dicho el demonio.

— Eso significa que quiero que le digas a tu prometido que está despedido.

El ángel rubio tan sólo asintió sin quitarle la vista de encima a Satanás. El pelinegro añadió algo más. —Por cierto, espero no volver a saber que te colaste en el infierno, incluso aunque haya sido en el cuerpo de tu "noviecito".

Aziraphale traga saliva ante lo dicho por el demonio, temiendo por el bienestar de Crowley y el suyo. —Señor, ¿Planea castigar a mi… a Crowley?

Satanás hizo una mueca. —Primero que nada, no me llames señor. Llámame Satanás, o Benedict si así lo prefieres. Ese es mi nombre mortal. —añadió mientras le guiñaba un ojo. —Y no, no planeo castigar a Crowley. En realidad, admiró lo que hizo.

La situación era simplemente estrambótica. Aziraphale sintió que le faltó el aire y tuvo que sentarse a ordenar sus pensamientos. Se pasó una mano por la cara sin creerse aun lo que ocurría a su alrededor.

El demonio pelinegro rio por la reacción del ángel. —No cualquiera enfrenta a los más poderosos seres del cielo y el infierno sólo por… ¿Amor?

El ángel soltó una risita incrédula. —Vaya eso es…

— Una sorpresa, ¿No es así? —completó Satanás. —Pero tiene sentido. ¿Por qué castigaría yo a uno de mis demonios por desobedecer? Eso va en contra de mis principios. Y antes de que me interrumpas, sí, todos los demonios tenemos principios aunque no lo parezca. —añadió cuando Aziraphale estaba a punto de decir algo. —Mi caída se debió a no obedecer y me enorgullezco de eso ¿Dónde quedaría mi palabra forzase a hacer mi voluntad?

Aziraphale asimiló una por una las palabras de Satanás, sintiendo un alivio tremendo al ver que estaba a salvo, su Crowley estaba a salvo.

— ¿Alguna otra pregunta? —le cuestionó Satanás y Aziraphale negó. —Bien, entonces me voy. Disfruta de tu pareja y sus sonrisas y no vuelvan a molestarme por lo que queda de eternidad, ¿Entendiste?

El rubio volvió a asentir. Con aquella respuesta, el pelinegro avanzó hacia la puerta de salida pero antes de cruzarla, volvió su mirada hacia el ángel, quien seguía estupefacto en su asiento. —Oye. —le dijo con tal espontaneidad que hizo envarar a Aziraphale de repente. — ¿Eres un ángel, no es así?

— Eso es obvio, ¿No? —respondió Aziraphale con su recuperada valentía y sentido del humor.

— Sí eres un ángel, estuviste en el cielo. —dedujo Satanás en un tono demasiado nervioso como pare pertenecer al rey del infierno. Aziraphale ni siquiera tuvo tiempo de corregirle. —De casualidad, ¿No conociste al arcángel Remiel?

Aziraphale trató de hacer memoria, rebuscando entre sus recuerdos a algún arcángel que respondiera a ese nombre pero tanto tiempo viviendo en la tierra había dejado oxidados sus recuerdos respecto al cielo y los seres que vivían en ahí. —No, lo siento. ¿Era alguien importante?

El pelinegro hizo una mueca ante la pregunta. —Algo así, era importante para mí antes de la caída, de hecho, lo sigue siendo.

Aziraphale se removió en asiento, sin saber porque Satanás le confiaba eso a él. —Remiel, ¿Arcángel encargado de los resucitados?

Satanás asintió.

— Si recuerdo algo de él, se lo diré, ¿Está bien?

El pelinegro volvió a asentir. —Gracias. —dijo y abandonó por fin el recinto.

Lo que Aziraphale desconocía es que poco después del fallido fin del mundo, el arcángel Remiel desapareció del cielo. No, no había caído. En los archivos del cielo no había ninguna caída registrada bajo el nombre de Remiel. El arcángel abandonó el lugar pocos días después del supuesto juicio hacia el principado Aziraphale.

Lo que nadie, ni el cielo ni el infierno sabían, es que el arcángel Remiel se encontraba en la tierra, bajo la identidad de un médico llamado John Freeman.

Pero eso, amigos míos, es historia para otro día.