Capítulo 17
Straits Restaurant
Le volvía a temblar el pulso al llamar a aquella puerta, una puerta que pronto iba a ser la de su nuevo hogar. Pero que en aquel instante se presentaba demasiado extraña como para sentirse cómoda.
Apenas eran las 10 de la mañana.
Rachel esperó pacientemente casi 2 horas desde que se había levantado hasta que decidió a acudir al apartamento de Quinn, dispuesta a informarle de que ya había firmado el contrato.
Supuso que aquella hora era perfecta para no molestarla. Ni a ella, ni a Dana o a Michael, si es que estaban en el lugar. Tuvo que tocar el timbre para recibir una respuesta, tras ver como sus golpes en la puerta no sirvieron de mucho.
—¡Quinn! —gritó Dana desde la ducha— ¡Quinn, están llamando!
Rachel escuchó la voz en el interior de la estancia, y detuvo la llamada. Al menos Dana estaba en su interior.
—¡Voy! —replicó entre bostezos la rubia, saliendo de su habitación completamente adormilada.
—Quinn, cuidado con…
—¡Aww! —se quejó interrumpiendo el inminente aviso de Dana.
—¡La caja! —añadió mientras Quinn maldecía a los dioses tras el intenso dolor que le había provocado el golpe.
—¡Joder Dana! Ayer estuve ordenando toda la casa y de nuevo vuelves a dejar cosas por el salón —añadió—. ¿Qué guardas en esa caja? ¿El Martillo de Thor? —replicaba malhumorada.
—La biblioteca de Alejandría entera —masculló la chica desde el baño—. Lo siento…
—Como vuelvas a dejar más cajas así, vas a tener que comprarme un pie nuevo. ¡Idiota! —le recriminó haciendo uso de su tan peculiar mal humor de las mañanas. Mal humor que aquella mañana superaba con creces a cualquier otro día. No solo estaba el hecho de que la hubieran despertado a gritos mientras sonaba el timbre, ni que hubiera estado a punto de perder para siempre el meñique de su pie izquierdo por culpa de la dichosa caja repleta de libros que Dana había dejado en mitad del salón. A esa mañana también se le sumaba el hecho de haber dormido apenas unas 3 horas, por culpa de Michael y su necesidad imperiosa por salir a divertirse y visitar los bares de copas mas importantes de San Francisco.
Seguía sin acostumbrarse a la sensación que le producía tomarse un par de copas, y estar a ciegas. Porque no lograba tener el control de su cuerpo, y la resaca que le provocaba apenas un par de cervezas, parecía que la había tenido bebiendo litros y litros de ron durante toda la noche.
—¿Quién es? —deteniéndose frente a la puerta, esperando una respuesta que debía llegar clara y certera a ella. De no ser así, no abriría la puerta.
Era una norma básica para cuando estaba a solas en la casa. No abrir la puerta a menos que supiera quien era. Michael le había insistido tanto en ello, que prácticamente lo hacía por inercia.
En aquel instante no estaba a solas, pero que Dana estuviera en el baño, no le permitía mucho margen.
—Yo…Soy Rebecca —respondía Rachel impaciente, tras haber sido testigo indirecto de los sonidos y las quejas de ambas en el interior.
—¿Rebecca? —susurró abriendo rápidamente. Si no era ella, era Rachel, pensó Quinn. Que seguía sorprendiéndose cada vez que aquella chica hablaba— ¿Eres tú?
—Ho…hola Quinn —saludó con apenas un hilo de voz. Quiso saludarla bien, como una persona normal, pero Rachel no esperaba que Quinn fuese atenderla como lo hizo. El pelo alborotado, el gesto adormilado, y una camiseta negra sin mangas que apenas cubría hasta sus caderas, permitiéndole descubrir en todo su esplendor la minúscula braguita que vestía.
—Hola. ¿Qué tal? ¿Ocurre algo? —balbuceó Quinn tras notar el tono de la morena.
—Eh…no, bueno está todo bien. Solo…solo venía a comentaros lo que hablé ayer con el Sr. Robinson. Pero creo que no he venido en buen momento, ¿no?
—¿Qué? Oh, no, no. Está bien. Vamos pasa —la invitó a que se adentrase en el apartamento.
—¿Seguro? Quinn, no quiero molestar.
—No, no molestas Rach… Rebecca. Siento haber tardado tanto, pero estaba… Esto, estaba en mi habitación.
—Oh. Ok. Me ha parecido oír a Dana —espetó tras cruzar el umbral de la puerta.
—Eh…sí, bueno está en la ducha, por eso no ha salido ella.
—Ah, ok…
—¿Quieres un café?
—No, no gracias…Ya desayuné hace bastante rato, y debo dejar a un lado esa obsesión por él. Desde que he llegado a San Francisco, creo que mis venas están llenas de café.
Quinn sonreía y lo hacía provocando la sorpresa en Dana que en ese mismo instante salía del baño, cubierta por una simple toalla.
—Hola Rebecca —saludaba acercándose a ambas.
—Hey…hola, buenos días —respondía un tanto incomoda.
Volvía a repetirse la misma escena de una chica saliendo de la ducha cubierta por una toalla, sin mostrar pudor alguno aun sabiendo que ella estaba allí, algo que por lo que intuía, debía ser habitual.
—¿Dana? Estarás vestida, ¿no? —espetó un tanto incomoda, imaginando la situación.
—Tranquila Quinn, no creo que Rebecca se asuste al ver a una chica cubierta con una toalla, ¿verdad?
—Eh…no, para nada.
A Rachel no parecía importarle en absoluto, a pesar de llamarle la atención. Sin embargo, a Quinn si parecía resultarle incomodo que aquello sucediera.
—No creo que sea adecuado recibir a Rebecca así —respondía molesta.
Dana lanzó una confusa mirada hacia Rachel, y ésta gesticuló quitándole toda la importancia que Quinn parecía darle a la escena.
—Oye… ¿Yo no puedo salir en toalla, pero tú si puedes salir en braguitas?
—¿Qué? —cuestionó segundos antes de percatarse que no llevaba la parte inferior del pijama— ¡Oh dios! —trató de cubrirse—. Lo siento, voy, voy a vestirme —espetó completamente ruborizada al tiempo que se alejaba de la entrada, y se dirigía hacia su habitación.
No pudieron hacer nada. Tanto Rachel como Dana se percataron del inevitable encontronazo de Quinn con la maldita caja que aún permanecía en el suelo, y el golpe provocó una aparatosa caída de la rubia, que apenas fue consciente de lo que había sucedido hasta que estuvo en el suelo.
—Oh, mierda —se quejó. Rachel no tardó en apresurarse a intentar ayudarla, seguida de Dana que también reaccionó con rapidez.
—¿Estás bien? —cuestionó tomándola de la mano para ayudarla a levantarse.
—Quinn, ¿estás bien? —añadió Dana.
—¿Me puedes explicar que hace esa caja ahí?
—Te dije que estaba ahí —respondía la chica.
—Te tengo que recordar que no veo —recriminó.
—Lo siento, Quinn, lo siento.
—Lo, lo importante es que estés bien —intervino Rachel procurando destruir la más que probable discusión, mientras seguía sosteniéndola por el brazo— ¿Lo estás?
—Eh…sí, sí, creo que sí —respondía un tanto más calmada—. Aunque me duele un poco la rodilla derecha —añadió, y Rachel no tardó en agacharse e inspeccionar su pierna con suma rapidez. Tanto, que no tardó en provocar la curiosidad en Dana.
—No, no tienes nada, solo ha sido el golpe… ¿Puedes moverla?
Dana se mantenía en un segundo plano, observando el cuidado, la preocupación que la morena mostraba con Quinn, y cómo ésta, respondía de forma completamente diferente a como lo habría hecho en cualquier otra ocasión.
Quinn seguía aferrándose con fuerzas a la mano de Rachel, buscando el apoyo en todo momento y respondiendo de forma extremadamente educada, algo poco habitual en ella, cuando sufría algunos de los incidentes que solía tener por culpa de la falta de visión.
—Sí, sí puedo moverla —respondía realizando varias flexiones con la pierna en cuestión.
—Bien, ¿por qué no te sientas en el sofá?
—Voy, voy a vestirme antes.
—Quinn, como dice Dana, no eres la primera chica que veo así, y no me voy a asustar. Además, tenéis que ir acostumbrándoos a mi presencia por aquí.
—¿Tú presencia? —interrumpió Dana que hasta ese instante había permanecido completamente embelesada en la escena. En como Quinn trataba a la que iba a ser su nueva compañera de piso.
—Venía a hablaros de eso —continuó Rachel—. Ayer estuve con el Sr. Robinson para hablar de la mudanza.
—Sí, ya lo sé, me llamó para informarme —espetó Dana sonriente.
—¿Por qué no has dicho nada? —cuestionó la rubia.
—Porque pensé que era ella quien tenía que decírnoslo.
—¿Te llamó? —preguntó Rachel incrédula.
—Sí, tengo una buena relación con él y quiso saber mi opinión acerca de ti.
—Vaya…Espero que haya sido buena —sonreía tratando de disimular la tensión que le provocaba saber que el Sr. Robinson, no solo conocía su nombre real y ya habia investigado un poco sobre sus proyectos, sino que además tuviese esa relación cercana con Dana.
—Bueno, eso mejor queda entre él y yo.
—¿Me puede decir alguien que va a pasar? —interrumpía Quinn completamente impaciente— ¿Te vienes a vivir aquí o…?
—¿Tú quieres? —preguntó olvidándose por completo de la presencia de Dana.
—Eh…claro, ya…ya te lo dije —balbuceó.
—Pues entonces no hay nada más que hablar. Seré vuestra nueva compañera el sábado.
—¿El sábado?
—Sí, al parecer el Sr. Robinson tiene que arreglar algunos detalles del contrato, y hasta que no esté perfecto, no puedo trasladarme.
—Ok, pues… Me alegro que todo haya salido tan bien —respondía tratando de contener la ilusión que se apoderaba de ella.
No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo en ella en ese mismo instante, pero saber que iba a poder compartir piso con aquella chica, le daba una sensación de tranquilidad que hacía años que no tenía.
—Bueno chicas, si no os importa, yo voy a vestirme —interrumpió Dana siendo testigo de nuevo de la escena, y la actitud de Quinn—. Me temo que hoy de nuevo vuelvo a llegar tarde.
—Ok. Vamos, vete…Y quita esa maldita caja de ahí —le recriminó.
Dana ni siquiera contestó. Avanzó hacia su habitación, dejándolas en mitad del salón, tras regalarle una media sonrisa a Rachel.
—¿De verdad que no quieres tomar nada?
—No Quinn, estoy bien. Además, no quiero molestaros demasiado, supongo que tendréis cosas que hacer.
—Pues, la verdad es que no. No sé si se me nota demasiado, pero estoy recién levantada.
—Lo he supuesto —sonrió al tiempo que volvía a lanzar una mirada sobre la chica—Anoche, anoche me quedé esperándote.
—¿Cómo? ¿Esperándome?
—Eh…sí, estuve en la terraza un buen rato, pero no apareciste.
—Oh, yo…yo, bueno, salí con Mike y llegué demasiado tarde.
—No tienes que darme explicaciones, Quinn —espetaba con una enorme sonrisa—. Solo estaba bromeando.
—Oh…
—Aunque si es cierto que estuve ahí casi una hora. Pero ¿sabes qué? Me alegré de que no aparecieras.
—¿Por?
—Bueno, siempre sales ahí afuera para fumar, y si no lo haces, al menos sé que no fumas.
—Mmm, cierto. Veo que me tienes vigilada —le dijo al tiempo que se acercaba a la cocina.
—Ya me gustaría, ya —susurró de forma que Quinn pudo percatarse perfectamente de la expresión—. Hey Quinn, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Eh…claro, dime.
—¿Conoces el centro comercial Westfield?
—Sí, claro. Está al final de esta avenida.
—Ya, ya lo sé…pero, ¿te suena de algo el restaurante Straits?
—Mmm, pues no mucho. ¿Por? —cuestionó al tiempo que regresaba al centro del salón, tras servirse una taza de café.
—Bueno, me han hablado muy bien de él, y me gustaría dejar ahí mi curriculum.
—Oh, pues no lo conozco, pero supongo que debe ser bueno. Ese centro comercial es bastante lujoso, así que supongo que el restaurante también lo será —hizo una pausa—. Siéntate, por favor
—Eh…no, no te preocupes, me voy a marchar enseguida.
—Vamos Rebecca, siéntate. Te marchas cuando quieras, pero ahí de pie no consigo asimilar dónde estás, y me resulta extraño hablar con el aire.
—Lo siento, no me había dado cuenta —se disculpó rápidamente al tiempo que se sentaba en uno de los extremos del sofá. Gesto que también imitó Quinn.
—Se me hace mas sencillo hablar sabiendo donde estás.
—Lo entiendo. Lo siento, Quinn. Sigo sin asimilar que… Quiero decir, que, bueno que no me doy cuenta de esos detalles.
—No te preocupes. Es normal. Son manías mías que no tienes por qué conocer.
—Me acostumbraré pronto. Te lo prometo —murmuró, y el tono repleto de dulzura que usó, sorprendió a Quinn, que llegó incluso a perder el habla por algunos segundos —. Entonces, ¿crees que puede ser un buen restaurante?
—Eh, pues, pues supongo que sí. Estoy segura que Michael debe conocerlo, si quieres le pregunto.
—Estaría bien, aunque me gustaría descubrirlo por mí misma. Al parecer es bastante exótico, y me llama la atención y si voy a ofrecerme para trabajar, quiero que sea en un sitio donde pueda ampliar mis conocimientos —espetó tratando de sonar completamente convincente.
No era ni mucho menos cierto.
Rachel no pretendía dejar su curriculum como actriz recién graduada en ningún restaurante, por supuesto. Pero mostrar unas altas expectativas respecto a su supuesta profesión, le iba a ayudar a darle sentido al cambio de vida que supuestamente estaba llevando a cabo al dejar su ciudad, y emprender una nueva aventura allí. En San Francisco. Por eso había elegido a uno de los mejores restaurantes asiáticos de la ciudad, pero llevar a cabo aquel plan.
—Intuyo que tu nivel es bueno, al menos si aspiras a algo así. ¿No es cierto?
—¿Qué es la vida sin aspiraciones? —respondía de manera convincente—. Todo lo que he hecho o hago en mi vida, es para lograr lo que deseo.
—No me resulta extraño.
—¿El qué?
—Que seas así. Dejas claro que eres una persona con las ideas claras y sabe lo que quiere —respondía recordando las palabras de Santana y de María, haciéndole ver que las intenciones de Rebecca eran bastante peculiares, y lo de vivir en su propia casa, no había sido algo casual.
—¿Es esa la impresión que te doy?
—Sí, sin duda.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Supongo que bueno, aunque depende del grado de intensidad que utilices para conseguir las cosas.
—¿Qué piensas de dejarlo todo por conquistar un sueño?
—Que ese sueño tiene que ser una vida entera para poder suplir lo que dejas atrás.
—No es una vida, es mi vida. Conseguir ese sueño, supone ser completamente feliz por el resto de mi vida.
La intensidad, la precisión de aquellas palabras en la voz de la morena, conseguían estremecer a Quinn, que no podía evitar recordar a Rachel y sus sueños de triunfar en Broadway. Ya no solo era la voz, las palabras que utilizaba y los gestos que intuía que realizaba, ahora también estaba esa personalidad, esa fuerte creencia de verse completamente convencida de conseguir un sueño que suponía la felicidad absoluta de la chica. Sin embargo, había algo que Quinn no llegaría a comprender, al menos en aquel instante.
Las intenciones de la Rachel que ella conocía por triunfar en el mundo del espectáculo, eran muy distintas a las que realmente tenía la morena.
Fue algo que Rachel supo desde aquel fatídico día en el que ambas se separaron por culpa de su mayor error. Había conseguido graduarse en una de las mejores academias del país, su futuro profesional iba a estar ligado al teatro sin lugar a dudas, pero sus valores habían cambiado.
Seguía queriendo triunfar, pero antes tenía que recuperar lo que había perdido. y solo Quinn podría entregarle aquello.
—Suena demasiado importante como para no jugarse —respondía en el mismo instante en el que la puerta de entrada se abría, y Michael entraba en el piso.
—Hey, hola —saludaba mientras se deshacía de la chaqueta.
—Hola Michael.
—Hola.
—¿Qué tal la guardia?
—Fatal, no he podido descansar en toda la noche, y ahora tengo que salir corriendo hasta el estudio de fotografía para una sesión. No tengo ni idea de cómo voy a salir en esas fotos.
—Eres guapo. Vas a salir bien siempre…Aunque no olvides darte una ducha antes. Eso gana puntos —espetaba sonriente.
—Gracias princesa, voy a hacerte caso y me doy una ducha—respondía acercándose al baño—. Hey Rebecca, ¿Qué tal con el Sr. Robinson?
—Todo perfecto, voy a ser vuestra nueva compañera el sábado.
—Genial, pues iremos a celebrarlo —sonreía—. ¡Disculpadme, pero voy a ducharme ya! —exclamó sin dejar tiempo a respuesta alguna por parte de la chica.
—Te acostumbrarás a éste ir y venir de compañeros —dijo Quinn regresando a Rachel, que a su lado no había perdido de vista al chico.
—Veo que las mañanas son bastante movidas aquí.
—Sí, aunque hoy está siendo algo excepcional. Por norma general, yo ni siquiera me cruzaba con ellos por la mañana cuando estaba trabajando, y ni siquiera lo hago ahora que estoy aquí.
—Quinn —Dana hacía acto de presencia en el salón—, vengo a recogerte a la hora de comer. ¿Ok? Quiero que me acompañes al centro cultural, necesito volver a hablar con el encargado para la entrevista que estoy preparando, y voy a necesitar tu ayuda.
—Ok, estaré esperándote.
—¿Quién hay en el baño? —cuestionó al ver la puerta cerrada.
—Michael, acaba de entrar —respondía al tiempo que disimuladamente, buscaba poder tocar la pierna de la morena, tratando de llamar su atención para que fuese testigo de lo que estaba a punto de suceder.
Rachel se percató del gesto y no dudó en lanzar una mirada hacia Quinn, que divertida, parecía querer indicarle algo.
—Joder, ¿Michael? —gritó dando algunos golpes en la puerta—. Sal, necesito peinarme.
—Estoy duchándome, ¡pesada! —se escuchó tras la puerta.
Quinn comenzaba a sonreír aún más, y Rachel se mostraba completamente incrédula por la escena que se estaba creando entre los dos.
—Michael, necesito peinarme, ¿me oyes? Tengo que estar en la redacción en menos de 30 minutos, y voy a llegar tarde.
—No es mi culpa, has tenido toda la mañana para hacerlo.
—Joder —se lamentó— ¡Como no salgas, entro yo! Michael! —exclamó golpeando la puerta—. Ok, tú lo has querido.
—Ahora viene lo interesante —Quinn susurró a escasos centímetros del oído de Rachel, que completamente sorprendida, no se había percatado del movimiento realizado por la rubia ni de la extrema cercanía que mantenía con ella—. Atenta.
No respondió. Rachel simplemente se limitó a observa cómo una alteradísima Dana, abría la puerta y se colaba en el interior del baño, mientras Michael comenzaba a quejarse. Y en apenas unos segundos, el silencio más absoluto.
—¡Voilà! Y así es como se terminan las discusiones —espetó como si realmente hubiese sido consciente de la confusa mirada de la morena—. No te asustes, ¿Ok? Es así siempre. Son como el perro y el gato, y no paran de discutir y joderse el uno al otro continuamente, pero en el fondo se quieren. Están locos el uno por el otro.
—Pero… ¿Han estado juntos? No entiendo muy bien.
—Sí. Tuvieron un principio de "algo", pero duró. Dana es más romántica, ella necesita algo más y Michael, bueno, Michael es especial.
—¿Especial?
—Sí, él lo tiene claro. No quiere relaciones estables, y créeme, es completamente sincero con las chicas con las que está.
—¿Está con muchas?
—Bueno, es probable que alguna que otra mañana, veas salir a alguien de su habitación —sonreía.
—¿Está permitido eso en esta casa?
—Eh…sí, está bajo tu responsabilidad. Hemos tenido algunos que otros problemas con algunos invitados, y a partir de entonces, decidimos que cada uno se haría cargo si sucedía algo con su invitado.
—Vaya…Pues me temo que yo no voy a tener ese problema. No creo que traiga a nadie.
—Bueno, eso nunca se sabe.
—Quinn, no conozco a nadie.
—Ya conocerás. En cuanto salgas un par de noches con Michael, te aseguro que vas a conocer a mucha gente.
—Sí, bueno, eso puede suceder, pero no creo que vengan aquí.
—¿Por?
Rachel se detuvo. Sin darse cuenta, acababa de llevar la conversación a un punto que podría ser ideal para responder a algo que le vendría bien saber.
—¿Tú sueles traer a la gente que conoces una noche?
Quinn dudó. Dudó porque ella no hacía eso, nunca lo había hecho, ni siquiera cuando estaba en Nueva York. Necesitaba más tiempo, más confianza para meter a alguien en su habitación, pero era Rebecca quien le estaba preguntado aquello.
Una chica a la que estaba conociendo poco a poco, pero que, sin duda, habría metido en su habitación si la hubiese conocido aquella misma noche. El por qué estaba completamente claro; recuperar su seguridad. Y aunque sonase egocéntrico, a pesar de haber cumplido ya 25 años, Quinn necesitaba conquistar para sentirse bien, y recuperar esa autoestima que tan baja se encontraba desde el accidente que la dejó ciega.
—No, no suelo traer. Pero no porque no quiera, sino porque no he conocido a nadie a quien desease traer…Por ahora.
La tenía. Rachel tenía la respuesta que estaba esperando a su pregunta y fue la que mejor pudo darle.
Conocía a Quinn, sabía cómo era y cómo actuaba con los chicos con los que había estado. No conoció a ninguno que terminase entre sus brazos tras el primer encuentro. Sin embargo, con aquella respuesta, con aquel "por ahora", dejaba abierta esa ventana de la que ya empezaba a ser consciente.
—¿Y cómo tiene que ser esa persona para desear traerla hasta aquí? —le Quinn preguntó sin dudar un solo segundo.
—Pues…
En ese mismo instante, Dana salía del baño, completamente malhumorada y portando una toalla.
—Chicas, me marcho —espetó dejando caer la toalla en el suelo, hecho que solo pudo percibir Rachel—. Quinn, no lo olvides, a la hora del almuerzo, vengo a por ti.
—Ok.
—Rebecca, me alegra saber que estarás con nosotras, pero mantén el café lejos de mí. ¿Ok?
—Sin problemas —respondía sonriente—. Prometo no volver a lanzarte uno en la vida.
—Bien, así me gusta. Adiós chicas…— se despedía de ambas justo cuando abría la puerta de entrada, y volvía a dejarla a solas. Aunque esa vez, por poco tiempo. Apenas unos segundos después, era Michael quien gritaba desde el baño.
—¡Dana! ¿Devuélveme la toalla?
—¡Mike, Dana no está! —respondía Quinn poniéndose en alerta. Sabia de lo que era capaz el chico, y por el tono de su voz, intuía que no iba a tener impedimento alguno en hacer una de las suyas.
—¡Mierda, mierda! —exclamó al tiempo que hacía acto de presencia en el salón.
Desnudo.
Rachel, completamente sorprendida, no pudo evitar sonrojarse y desviar la mirada hacia Quinn, al verlo aparecer cubriéndose su zona intima con ambas manos y el gesto molesto en su rostro.
—Tenemos que hacer algo Quinn, Dana está loca.
—Michael… ¿Tienes la toalla? —Como si lo estuviera viendo. Quinn no tardó en cuestionarlo al tiempo que se giraba hacia él.
—No, está, está ahí, junto al sofá. Esa maldita neurótica me la ha quitado.
—Dios, ¿estás desnudo? —cuestionó molesta— ¿Puedes esperar dentro? Ahora, ahora te la llevo yo.
—No es necesario, ya…ya la tengo —respondía adelantándose hacia el sofá y tomando la toalla que yacía en el suelo.
Rachel seguía con la mirada cabizbaja y Quinn, completamente molesta tras saber que estaba presenciando aquello.
—Lo siento mucho —se disculpó Michael de camino hacia su habitación—. Dana está loca. ¡Loca!
—Ambos estáis locos —se quejó Quinn realmente enfadada—. Lo siento Rebecca, siento de veras que tengas que presenciar esto.
—Hey, tranquila —respondió regresando la mirada a ella—. Ya me avisaste de que era algo normal.
—Sí, bueno, es normal que discutan, pero no tienes por qué presenciar como Michael recorre la sala desnudo —se lamentó.
—Bueno, tampoco ha estado tan mal —trató de bromear.
—¿Qué?
—Pues que Michael es bastante, bueno que está bastante bien. No es algo desagradable, precisamente.
—Vaya, no sabía que a ti te…
—A mi nada —interrumpió—. Supongo que eso de que va a un estudio de fotografía es porque es modelo. ¿Cierto?
—Eso intenta.
—Es evidente que tiene cualidades físicas para ello, y aunque a mí no me interese, tampoco es que me haga daño verle, la verdad.
—Ok…ok, de todas formas, lo siento. Voy a intentar hablar con ellos y tratar de arreglar un poco la situación. Cada vez se complica más y ya empieza a ser molesto.
—Tú los conoces mejor que nadie, así que seguro que sabrás como hacerlo.
—Al menos lo voy a intentar.
—Bien, si necesitas algún tipo de ayuda, pues ya sabes, le preguntas a tu nueva compañera. Estoy segura de que te ayudará con mucho gusto.
—Lo tendré en cuenta…además, después de presenciar como Mike se pasea desnudo por la casa, ya eres como de la familia.
—No solo a Michael, también lo ha hecho Dana, aunque iba cubierta y…
—¿Y?
—Bueno, tú sigues en braguitas —espetó lanzando una traviesa mirada hacia las piernas de la chica, que rápidamente se cruzaron como sin aquel gesto le ayudase a cubrirse.
—Menuda bienvenida —se lamentó—. Lo siento de veras.
—No lo sientas, créeme, ni en mis mejores sueños podría imaginar algo así —bromeó.
—Tal vez tengas razón. Ver a Michael desnudo es un privilegio de pocas.
—Y a Dana.
—Cierto…y Dana.
—¿Y sabes qué? Como sé que eres una de esas personas a las que le dices guapa y te dicen que no, pues me voy a ahorrar el decirte que tú también estás muy bien con esa camiseta y esas…bueno, eso —musitó divertida al tiempo que se levantaba del sofá, y sabiendo que aquello la pondría nerviosa. Hecho que empezaba a divertirle. Era una de las cosas que más había echado de menos durante aquellos tres largos años en los que no tuvo contacto alguno con ella; halagarla. Dejarle caer con sutileza lo que pensaba de su físico y conseguir con ello que su ego subiera como la espuma.
No era algo malo. Todo lo contrario. A Quinn le fascinaba recibir esa atención por parte de ella, y a Rachel siempre le gustó abrirse de aquel modo. Al fin y al cabo, solo estaba siendo sincera con ella.
—¿Te vas? —cuestionó al percibir como abandonaba su asiento, y sintiendo como el rubor se apoderaba de sus mejillas, a pesar de desear con todas sus fuerzas que terminase aquel halago, que hablase de ella, de sus piernas, de su camiseta o incluso de sus braguitas, le daba igual. Lo que fuera con tal de escucharla, y sentir que seguía siendo ella. Que seguía provocando aquella reacción en quien se acercaba.
—Eh sí, dije que me iría enseguida y mira, ya casi llevo media hora aquí.
—Por mí, puedes llevarte toda la mañana. Me gusta hablar contigo.
—¿De veras?
—Sí.
—No será que lo que quieres es que termine de decirte lo que realmente pienso de ti al verte así —le replicó sin poder contener la sonrisa, mientras veía como Quinn se esforzaba por no darle la importancia que para ella sí tenia.
—Eh…no, no para nada —trató de sonar convincente—. Me gusta hablar contigo porque eres divertida, no sé.
—Bien, me alegro. Porque a partir del sábado, vamos a tener mucho tiempo para hablar, si así lo deseas.
—Estaré encantada.
—Perfecto, es lo que quería oír —dijo alargando un breve silencio—. Pero me temo que si me tengo que marchar ya. Voy, voy a solucionar algunos temas y a tratar de averiguar qué tal es el restaurante del que te he hablado.
—Mmm. Cierto, eso es importante —Quinn caminó tras la morena acompañándola hasta la puerta— ¿Sabes? Lo mejor que puedes hacer, es cenar allí. Así sabrás cómo cocinan sin levantar sospechas. Y tendrás una opinión propia. No te aseguro que Michael vaya a darme una sensata sobre ese restaurante.
—Lo cierto es que es lo que había pensando. Pero tengo algo de dudas.
—¿Dudas? ¿Cuáles?
—Pues que, eso de ir a cenar sola a un restaurante, no me atrae demasiada. Tengo la mente abierta, pero todavía no llegué a ese punto. Soy patética, ¿verdad?
—No. Claro que no, yo tampoco podría. Me costó un mundo tomar café sola en el Brooklyn, así que imagínate ir a cenar sola.
—En eso coincidimos. En fin, veré que puedo hacer…
—Tal vez, bueno, quizás puedas buscar compañía —soltó con apenas un hilo de voz. Y Rachel no pudo evitar morderse los labios para contener la sonrisa.
—Ya. También lo había pensado. El problema es que como te dije… Estoy sola en la ciudad —musitó dejando escapar un pequeño suspiro completamente intencionado—. Me temo que antes, tendría que salir de copas con Michael y pedirle que me presente a alguien.
—No es necesario —espetó rápidamente.
—¿Ah no? Entonces, ¿cómo se supone que voy a conseguir compañía?
—Si quieres, bueno…Si no te importa, podría…
—¿Qué pasa, Quinn? —interrumpía al notar el leve tartamudeo de la chica.
No se lo pensó.
Quinn tragó una gran bocanada de aire y tras animarse a sí misma a hacerlo, se lanzó sin ningún tipo de miedo.
—Si quieres puedo acompañarte yo.
Bingo. Rachel sonreía, y lo hacía tan ampliamente, que a punto estuvo de dejar escapar una carcajada.
—¿Tú? —trató de mostrarse confusa.
—Sí, bueno, te prometí que te enseñaría la ciudad. Creo que es buen lugar para empezar.
—Oh…
—Ok. Ese suspiro ha sonado a que no te parece buena idea.
—No, no es eso, es solo que no, no me lo esperaba —mintió.
—Eh…Ok. Pero bueno, si no te apetece, no importa. Solo te lo he dicho por si…
—Me encanta la idea —interrumpió evitando alargar mas las dudas que a consciencia había provocado en Quinn.
—¿Te encanta?
—Es el mejor plan que tengo desde que llegué. Así que sí. Me encanta.
—¿Entonces? ¿Quieres que yo te acompañe?
—Quien mejor que tú.
—Ok…Pues tú pones el día y la hora.
—Esta noche, a las 8 —la interrumpió de nuevo, provocando la sorpresa en Quinn. Que no esperaba en absoluto que fuese a tomar la iniciativa de aquella manera.
—¿Esta noche? ¿Tan pronto?
—Necesito solucionar eso de una vez y…Bueno, a menos que tengas planes…
—No, no tengo planes.
—¿Entonces? ¿Cenamos? —preguntó Rachel con la satisfacción iluminando cada gesto de su rostro.
—Cenamos —concluyó Quinn regalándole una tímida sonrisa.
—Genial. Te paso a recoger media hora antes, ¿de acuerdo?
—Perfecto. Te, te estaré esperando.
—Gracias, Quinn —se despedía tras un breve silencio que ambas mantuvieron, sin poder contener el alud de pensamientos que comenzaron a bombardearlas.
En Quinn, todos aquellos pensamientos iban dirigidos hacia un solo tema; lanzarse de una vez con una chica. Dar ese paso que tanto había deseado, y nunca se atrevió a dar por no encontrar a la persona adecuada. Mientras, en Rachel, eran continuas contradicciones las que empezaban a bloquearla. Porque sabía que estaba mal, porque sabía que además de intentar cuidar de ella y ayudarla, estaba flirteando. Estaba seduciéndola, y eso no entraba dentro de su plan principal. Pero lo hacía. Lo hacía porque de ese modo Quinn le sonreía como ya casi había olvidado. Lo hacía porque no podía evitarlo. Porque su corazón así lo decidió.
—Te veo luego, Quinn —añadió segundos antes de abandonar por completo el apartamento. Mientras Quinn, aferrada a la puerta, se dejaba guiar por el sonido de sus pasos, y el olor que desprendía. Un olor que ya empezaba a resultarle familiar.
—Hasta luego, Rebecca.
