CAPITULO 16
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Con la mayor cautela, Aurea encendió la vela y con ella en alto se giró hasta situarse encima del cuerpo de su amante, a cierta distancia. Al verlo se le quedó atrapado el aire en la garganta, agrandó los ojos e hizo un leve movimiento ante la sorpresa. Fue un movimiento muy leve, pero bastó para hacer caer una gota de cera caliente del borde de la vela sobre el hombro del hombre. Porque era un hombre, no un monstruo ni un animal; un hombre de piel blanca y tersa, extremidades largas y fuertes y pelo negro, negrísimo. El abrió los ojos y Aurea vio que también eran negros. Unos ojos negros penetrantes e inteligentes que en cierto modo le resultaban conocidos. Sobre su pecho brillaba un colgante; este tenía la forma de una pequeña y perfecta corona con unos brillantes rubíes incrustados.
DeEl príncipe Cuervo
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Bella estaba contemplando atentamente el rosal, evaluando si lo había plantado a la profundidad correcta, cuando cayó una sombra sobre ella. Levantó la cabeza. Edward estaba ahí de pie ante ella. Lo primero que pensó fue que había tardado muy poco si había ido a buscar la regadera con agua.
Y entonces le vio la expresión.
Tenía los labios estirados en un rictus de furia, y sus ojos brillaban como carbones negros en su cara. En ese instante tuvo la horrible premonición de que él había descubierto su engaño. En los segundos que pasaron antes que él hablara trató de infundirse ánimo, de tranquilizarse, diciéndose que eso era imposible, que de ninguna manera podría haber descubierto su secreto.
Las palabras de él acabaron con esa esperanza.
—Tú —dijo, con una voz tan ronca y terrible que ella no se la reconoció—. Eras tú la del burdel.
Ella nunca había sido buena para mentir.
—¿Qué?
Él cerró los ojos, como si lo hubiera deslumbrado una luz brillante.
—Eras tú. Me esperaste ahí como una araña y yo caí limpiamente en tu red.
Santo Dios, eso era peor de lo que se había imaginado. El creía que lo había hecho por una malsana venganza o burla.
—Yo no…
Él abrió los ojos y ella levantó una mano, para protegerse del fuego del infierno que veía en ellos.
—¿No qué? ¿No viajaste a Londres, no fuiste a la Gruta de Afrodita?
Ella agrandó los ojos e hizo ademán de levantarse, pero él ya estaba encima de ella. La cogió por los hombros y la levantó, aparentemente sin ningún esfuerzo, como si ella no pesara más que un vilano. ¡Qué fuerza tenía! ¿Por qué nunca se le había ocurrido pensar en lo mucho que supera la fuerza de un hombre a la de una mujer? Se sentía como una mariposa cogida por un inmenso pájaro negro. Llevándola en volandas la dejó apoyada contra la pared de ladrillos más cercana y la aplastó ahí. Bajó la cara hacia la de ella hasta que casi se tocaron sus narices, y seguro que se vio reflejado en sus ojos grandes y asustados.
—Me esperaste ahí sólo cubierta por un trocito de encaje —dijo, echándole en la cara su cálido aliento—. Y cuando entré te pavoneaste, te ofreciste a mí y yo te follé hasta que fuiste incapaz de ver derecho.
Bella sintió el soplido de su aliento en los labios. Se encogió ante la obscena palabra. Deseó negarla, decir que esa palabra no describía la sublime dulzura que habían descubierto juntos en Londres, pero se le quedaron atrapadas las palabras en la garganta.
—Y tan preocupado que estaba yo porque el contacto con esa prostituta que albergaste en tu casa arruinaría tu buen nombre. Qué ridículo me hiciste hacer. ¿Cómo pudiste reprimir la risa cuando te pedí perdón por haberte besado? —Flexionó las manos sobre sus hombros—. Todo este tiempo me he reprimido porque pensaba que eras una dama respetable. Todo este tiempo aguantándome, cuando lo único que deseabas era esto.
Entonces arremetió, estrechándola fuertemente, devorándole la boca, con violencia, sin tener en cuenta su tamaño ni su feminidad. Le presionó los labios, aplastándoselos contra los dientes. Ella gimió, bien de dolor o de deseo, no lo supo. Él le introdujo la lengua en la boca, sin preámbulo, sin aviso, como si tuviera todo el derecho.
—Deberías haberme dicho que era esto lo que deseabas. —Apartó la cara para inspirar—. Yo te habría complacido.
Ella no lograba encontrar ningún pensamiento coherente y mucho menos el habla.
—Sólo tenías que decirlo y yo podría haberte follado sobre mi escritorio en la biblioteca, en el coche con John al pescante, o incluso aquí en el jardín.
Ella intentó formar palabras en medio de la niebla de confusión.
—No, yo…
—Dios sabe que llevo días, semanas, duro de excitación por ti —gruñó él—. Podría haberte dado un revolcón en cualquier momento. ¿O es que no puedes reconocer que deseas acostarte con un hombre con una cara como la mía?
Ella intentó negar con la cabeza, pero la sintió caer porque él la inclinó hacia atrás por encima de un brazo. Con la otra mano le cogió el trasero y la apretó contra él. Ella sintió en el blando vientre la dureza de su miembro erecto.
—Esto es lo que deseas, para esto hiciste ese viaje a Londres —le susurró con la boca pegada a la de ella.
Ella gimió una negativa, aun cuando arqueó las caderas para apretarse más a él.
Él detuvo ese movimiento con mano de hierro y apartó la boca de la de ella. Pero, como si no pudiera resistirse a la llamada de su piel, volvió a besarla y luego deslizó la boca por su cara hasta cogerle el lóbulo de la oreja entre los dientes.
—¿Por qué? —le susurró al oído—. ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué me mentiste?
Ella volvió a intentar negar con la cabeza.
Él la castigó mordiéndole el lóbulo.
—¿Fue una broma? ¿Encontrabas divertido acostarte una noche conmigo y al día siguiente hacerte la viuda virtuosa? ¿O fue por una necesidad perversa? Algunas mujeres encuentran estimulante la idea de acostarse con un hombre marcado por la viruela.
Entonces ella movió violentamente la cabeza, a pesar del dolor cuando él le arañó la oreja con los dientes. No podía, no debía, dejarlo pensar eso.
—Por favor, debes saber que…
Él giró la cabeza. Ella se movió para mirarlo a la cara y entonces él hizo lo más aterrador. La soltó.
—¡Edward! ¡Edward! Por el amor de Dios, por favor, escúchame.
Curioso que esa fuera la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila, tuteándolo.
Él ya se iba alejando por el sendero. Ella corrió tras él, con los ojos cegados por las lágrimas, tropezó en un ladrillo suelto y cayo al suelo.
Él se detuvo al oír el ruido de la caída, pero continuó dándole la espalda.
—Qué lágrimas, Bella. ¿Eres capaz de fabricarlas a voluntad como el cocodrilo? —Y entonces añadió, en voz tan baja que igual ella podría habérselo imaginado—: ¿Ha habido otros hombres?
Y continuó caminando.
Ella lo miró hasta que desapareció por la puerta. Sentía oprimido el pecho. Vagamente pensó que tal vez se había hecho daño con la caída. Entonces oyó un sonido rasposo, gutural, y la pequeña parte de su cerebro que seguía siendo capaz de pensar tomó nota de lo raro que le sonaba el llanto.
Qué rápido y duro había sido el castigo por salirse de su seria y formal vida de viuda. Se habían hecho realidad todas las lecciones, todas las advertencias, dichas y no dichas, de su primera juventud. Aunque, pensó, el castigo no era lo que se imaginaban los moralizadores de Little Battleford. No, su destino era mucho peor que el desenmascaramiento o la censura. Su castigo era el odio de Edward. Eso, y comprender que no había ido a Londres simplemente por la relación sexual. Todo el tiempo su deseo había sido estar con él, con Edward. Lo deseaba a él, al hombre, no el acto sexual. Comprendió que se había mentido a sí misma tanto como a él. Qué irónico dar con esa comprensión justo cuando todo había quedado reducido a su alrededor.
No sabía cuanto tiempo estuvo ahí, mojándose el viejo vestido marrón en la tierra removida. Cuando por fin dejó de sollozar, el cielo estaba nublado. Dándose impulso con las dos manos, se incorporó hasta quedar de rodillas, y con otro impulso se puso de pie. Se le fue el cuerpo, pero alcanzó a afirmarse en la pared y evitó caerse. Desanduvo los pocos pasos y cogió la pala.
Pronto tendría que irse a casa y decirle a Charlotte que ya no tenía trabajo. Esa noche y mil noches, y todo el resto de noches de su vida, se acostaría en una cama solitaria.
Pero, por el momento, sencillamente plantaría los rosales.
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Lauren se aplicó un paño mojado en agua de violetas en la frente. Se había retirado al saloncito de mañana, habitación que normalmente le producía inmensa satisfacción, sobre todo cuando pensaba en lo que había costado redecorarla. Sólo el precio del sofá tapizado en damasco amarillo canario habría alimentado y vestido a toda la familia Swan durante cinco años. Pero en ese momento, el dolor de cabeza la estaba matando.
Las cosas no iban bien.
Reginald andaba abatido por ahí quejándose de que su yegua más valiosa había tenido un aborto espontáneo. Rye se había vuelto a Londres todo mohíno porque ella no quiso decirle lo de Bella y el conde. Y ese conde se había mostrado fastidiosamente obtuso en su fiesta. Cierto que, según su experiencia, la mayoría de los hombres son lerdos en uno u otro grado, pero no se habría imaginado que lord Masen lo fuera hasta ese extremo. Al parecer no entendió qué quería insinuarle ella, como si no lo supiera. ¿Cómo iba a convencerlo de mantener callada a Bella si era tan bobo que no se daba cuenta de que lo estaban chantajeando?
Hizo un mal gesto.
No, chantaje no. Qué palabra más grosera. Incentivo, eso sonaba mejor. Lord Masen tenía un «incentivo» para impedir que Bella sacara a relucir el cuento de sus pecadillos del pasado por todo el pueblo.
En ese momento se abrió bulliciosamente la puerta y entró la menor de sus dos hijas, Cynthia. Detrás lo hizo su hermana, Christine, a un paso más tranquilo.
—Mamá —dijo Christine—. La nana dice que tenemos que pedirte permiso para ir a la tienda de dulces. ¿Podemos?
—¡Caramelos de menta! —exclamó Cynthia, pegando saltos alrededor del sofá en que ella estaba recostada—. ¡Pastillas de limón! ¡Gomas de fruta!
Curiosamente, su hija menor se parecía a Reginald en varias cosas.
—Deja de gritar, por favor, Cynthia. A mamá le duele la cabeza.
—Lo siento, mamá —dijo Christine, sin parecer sentirlo en absoluto. Sonrió zalamera—. Nos marcharemos tan pronto como nos hayas dado el permiso.
—¡El permiso de mamá! ¡El permiso de mamá! —entonó Cynthia.
—¡Sí! —dijo Lauren—. Tenéis mi permiso.
—¡Hurra! ¡Hurra! —gritó Cynthia y salió corriendo, con su mata de pelo rojo volando detrás.
Al ver esa cascada Lauren frunció el ceño. El pelo rojo de Cynthia sería su ruina.
—Gracias, mamá —dijo Christine saliendo y cerrando suavemente la puerta.
Lauren gimió y tiró del cordón para ordenar que le trajeran más agua de violetas. ¿Qué maldito ataque de sentimentalismo le vino para escribir esa condenadora misiva? ¿Y en qué estaría pensando Peter para guardar ese medallón? Realmente los hombres son unos idiotas.
Se presionó el paño sobre la frente con las yemas de los dedos. En realidad, era posible que lord Masen no supiera a qué se refería ella. Pareció desconcertado cuando le dijo que los dos conocían la identidad de la dama con la que se encontró en la Gruta de Afrodita. Y si él realmente no conocía su identidad…
Se sentó, y el paño cayó al suelo sin que se diera cuenta siquiera. Si él no conocía la identidad de la mujer, se había equivocado de persona al intentar chantajearlo.
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A la mañana siguiente, Bella estaba arrodillada en la pequeña huerta de atrás trabajando. No había tenido el valor para decirle a Charlotte que había perdido el empleo. Ya era tarde cuando llegó a casa por la noche, y esa mañana no se había sentido con ánimo para hablar de eso. No se lo diría, al menos no todavía. El tema estaba demasiado fresco y daría pie a preguntas que ella no podía contestar. Después tendría que armarse de valor para pedirle perdón a Edward. Pero eso también podía esperar; primero se tomaría el tiempo para lamerse las heridas. Y justamente por eso estaba trabajando en la huerta esa mañana. La vulgar tarea de cuidar de las verduras y el olor de la tierra recién removida le procuraban una especie de consuelo a su alma.
Estaba extrayendo raíces de rábano picante con la pala pequeña para replantarlas cuando oyó un grito proveniente de la parte delantera de la casa. Frunciendo el ceño, enterró la pequeña pala a un lado. ¿Le habría pasado algo al bebé de Jessica? Recogiéndose las faldas rodeó la casa corriendo. Se iban alejando los ruidos de ruedas de un coche y de cascos de caballos. Una voz femenina volvió a gritar cuando dio la vuelta a la esquina.
En el peldaño de la puerta estaba Heidi, sosteniendo a una mujer con un brazo. Mientras se acercaba, las dos se giraron a mirarla, y tuvo que ahogar una exclamación de espanto. La mujer tenía los dos ojos negros y la nariz torcida, como si la tuviera rota. Le llevó un par de segundos reconocerla.
Era Gianna.
—¡Ay, Dios!
En ese preciso instante se abrió la puerta.
Bella corrió a cogerle el otro brazo a Gianna.
—Maggie, sujétanos la puerta, por favor.
Con los ojos como platos, Maggie sostuvo la puerta abierta mientras ellas se las arreglaban para hacer entrar a Gianna.
—Le dije a Heidi que no viniéramos aquí —susurró Gianna.
Tenía tan hinchados los labios que las palabras le salieron enredadas.
—Por suerte no te hizo caso —dijo Bella. Miró la estrecha escalera; no lograrían subir a Gianna por ella llevándola casi en peso—. Dejémosla en la sala de estar.
Heidi asintió.
La llevaron hasta el sofá y la tendieron suavemente en él. Bella envió a Maggie a buscar una manta. Gianna había cerrado los ojos y temió que se hubiera desmayado. La pobre mujer respiraba sonoramente por la boca, pues tenía la nariz tan torcida e hinchada que no le entraba el aire por ella.
Llevando hacia un lado a Heidi, le preguntó:
—¿Qué ha pasado?
Heidi miró nerviosa hacia Gianna.
—Fue ese marqués. Anoche llegó cayéndose de borracho; aunque no estaba tan borracho que no pudiera hacerle eso.
—Pero ¿por qué?
—No tenía ningún motivo aparente. —Le temblaron los labios y al ver la mirada horrorizada de Bella, torció la boca—. Ah, masculló algo de que ella se estaba viendo con otros hombres, pero eso sólo fue un pretexto de borracho para pegarle. Para Gianna el deporte de la cama es simple trabajo. No lo haría con ningún otro teniendo un protector. Simplemente él quiso disfrutar enterrándole los puños en la cara. —Se limpió una lágrima de rabia—. Si no la hubiera sacado de ahí mientras él iba a orinar, creo que la habría matado.
Bella le pasó el brazo por los hombros.
—Debemos dar gracias a Dios porque lograran salvarla.
—No tenía ninguna otra parte adonde llevarla, señora. Siento mucho molestarla después de lo buena que ha sido. Si pudiéramos quedarnos una o dos noches, sólo hasta que Gianna pueda sostenerse en pie.
—Podéis quedaros todo el tiempo que tarde Gianna en recuperarse. Pero creo que eso llevará más de una o dos noches. —Miró preocupada a la huésped aporreada—. Enviaré inmediatamente a Maggie a llamar al doctor Billings.
—Oh, no —dijo Heidi, elevando la voz, aterrada—. ¡No haga eso!
—Pero es que necesita que la examine un médico.
—Será mejor que nadie sepa que estamos aquí, aparte de Maggie y la otra señora Swan. Él podría intentar encontrarla.
Bella pensó un momento y asintió. Era evidente que Gianna seguía en peligro.
—Y sus heridas, ¿qué?
—Yo se las puedo curar. No tiene ningún hueso roto. Ya la examiné, y puedo enderezarle la nariz.
Bella la miró extrañada.
—¿Sabes arreglar una nariz rota?
Heidi apretó los labios.
—Lo he hecho otras veces. Es bueno saberlo en este oficio.
Bella cerró los ojos.
—Lo siento, no era mi intención dudar de ti. ¿Qué necesitas?
Siguiendo las instrucciones de Heidi, Bella no tardó en traer agua, paños y vendas, además del frasco de ungüento de su madre. Ayudada por ella, Heidi le curó y arregló la cara a su hermana; la menuda joven trabajaba sin perder la calma ni la firmeza, incluso cuando Gianna gemía e intentaba apartarle las manos a golpes. Bella tuvo que sujetarle los brazos para que Heidi lograra terminar de ponerle la venda. Suspiró de alivio cuando le dijo que habían acabado. Entre las dos acomodaron lo mejor posible a Gianna y después se fueron a la cocina a tomar una muy necesitada taza de té.
Exhalando un suspiro Heidi se llevó la taza a los labios.
—Gracias, muchísimas gracias, señora. Es usted muy buena.
Bella se rió, y la risa le salió como un divertido graznido.
—Soy yo la que debo darte las gracias. Si supieras. Justo ahora necesitaba hacer algo bueno.
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Dejando a un lado la pluma, Edward se levantó y se dirigió a una de las ventanas de la biblioteca. No había escrito ni una sola frase coherente en todo el día. La sala estaba demasiado silenciosa, le resultaba demasiado grande, y ya no lograba encontrar la paz mental en ella. En lo único que era capaz de pensar era en Bella y en lo que le había hecho. ¿Por qué? ¿Por qué elegirlo a él? ¿Por su título? ¿Por su riqueza?
Santo Dios, ¿por sus cicatrices?
¿Qué motivo podía tener una mujer respetable para ponerse un disfraz y hacer el papel de puta? Si hubiera deseado un amante, ¿no podría haber encontrado uno en Little Battleford? ¿O sería que le gustaba hacer de puta?
Apoyó la frente en el frío cristal de la ventana y se la frotó contra él. Recordaba absolutamente todo lo que le había hecho a Bella esas dos noches. Recordaba cada exquisito lugar que le había acariciado con las manos, cada pulgada de piel que había acariciado con la boca y la lengua. Recordaba haberle hecho cosas que ni habría soñado hacerle a una dama, y mucho menos a una que conociera y le cayera bien. Ella había visto un lado de él que se había esforzado en ocultar al mundo, su lado secreto. Lo había visto en su aspecto más animal. ¿Qué debió sentir cuando le empujó la cabeza hacia su miembro?
¿Excitación?
¿Miedo?
¿Repugnancia?
Y por su cabeza pasaron más pensamientos que no pudo evitar. ¿Se habría encontrado con otros hombres en la Gruta de Afrodita? ¿Habría entregado su hermoso y exuberante cuerpo a hombres a los que ni siquiera conocía? ¿Les habría permitido besar su erótica boca, manosearle los pechos, y follarla, con las piernas abiertas, el cuerpo bien dispuesto y receptivo? Golpeó el marco de la ventana con el puño hasta que se le agrietó la piel y le salió sangre. Le era imposible quitarse de la cabeza las obscenas imágenes de Bella, de su Bella, con otro hombre. Se le empañó la visión. Condenación. Estaba llorando como un muchacho.
Jock le empujó la pierna y gimió.
Ella lo había arrastrado a esa situación. Estaba totalmente perdido. Y sin embargo, eso no cambiaba nada, porque él era un caballero y ella, a pesar de sus actos, una dama. Tendría que casarse con ella y, al hacerlo, renunciar a todos sus sueños, a todas sus esperanzas, de tener una familia. Su linaje moriría con su último suspiro. No habría niñas que se parecieran a su madre ni niños que le recordaran a Emmy. No tendría a nadie a quien abrirle su corazón; nadie a quien ver crecer. Se apartó de la ventana y enderezó los hombros. Si eso era lo que le tenía reservado la vida, pues, que así fuera, pero, eso sí, se encargaría de que Bella pagara su precio.
Se limpió las lágrimas y fue a tirar violentamente del cordón.
