NOVEM
.
.
.
Siempre había deseado ir al Louvre con él, en realidad, desde siempre, desde que eran unos niños, quiso mostrarle la magnificencia de Francia, cuando todavía era un ingenuo, un romántico empedernido como todos los Valois.
Y aunque odiaba sus miles de mentiras, siempre caía en ellas, a veces a sabiendas y a veces no.
Tenían una extraña relación, que incluso rayaba en lo enfermo, pero eso a él, a Camus, poco le importó, porque lo único que quería era su corazón, el corazón del Escorpión.
A él particularmente le gustaba la pintura, le parecía que las emociones que transmitían los colores, las formas, eran algo que silenciosamente podía influir en cosas tan básicas como la tristeza o el placer, algo muy propio de su quisquillosa personalidad.
Había pintado unas cuantas veces, y no lo hacía mal, pero sospechaba que sus pobres intentos eran eso: intentos. Incluso en más de una ocasión había tratado de bocetear a Milo, porque para él, Milo era una obra de arte en sí mismo… para conservarlo inmortalizado cuando el otro se largara. Y casi siempre fallaba.
Se habían granjeado unos días fuera del Santuario, fuera del thòlos de Acuario.
Y se lo había llevado a París.
Además, él mismo necesitaba un respiro, necesitaba dejar de estar dividido entre dos amantes, necesitaba dejar de sentir tanto dolor en una cama y en la otra. Dividido entre el Arconte del octavo templo y el Arconte del quinto… su pequeño secretito.
Los dos primeros días todo había transcurrido con normalidad, sin ningún contratiempo, en paz, entre el turisteo normal y las noches donde su cama parecía echar chispas con ese amante griego que gustaba de quererlo matar de placer.
Pero muy pronto se cansó, como siempre.
Al tercer día lo encontró desinteresado en la noche, roncando y durmiendo a pierna tirante, mientras él, se quemaba en sus ganas, y ciertamente hacerse una paja en su honor, le parecía de lo más humillante.
El cuarto día discutieron porque él no quería ir a caminar, luego porque no quería comer a donde el otro le decía, luego porque prefería ir a embriagarse y divertirse a un bar, después, porque con todo el cinismo del que era capaz, aprovechó para desplegar toda su galantería con una camarera, en su cara.
Para el quinto día, ninguno de los dos quería estar cerca el uno del otro.
Así de poco les duraba el tener que estar juntos ¡Y todavía les restaban otros tantos días!
—Merde… —farfulló cuando iban saliendo del Louvre, lo había dejado atrás mientras le hacía la plática a un alemán que se encontró a saber dónde.
¡Estaba furioso! Celoso, enfermo, cansado… el marsellés era una triste mezcla de todo, y además, se sentía profundamente degradado, porque pese a todo, él seguía queriéndolo…
Así de miserable.
Y el otro, parecía que no tenía ni idea, o no quería tenerla, del porqué de su molestia, de aquel resquebrajamiento en su interior, aquello bastaba para volverlo a poner como fiera. De buena gana lo hubiese congelado, y después, desharía el hielo, al final nada quedaría, bien podría decirle al Strategos que lamentablemente Milo había muerto en el viaje, de alguna rara enfermedad… aunque lo primero que le venía a la mente era: sífilis, eso estaría bien.
Después olvidaba sus deseos mezquinos.
El séptimo día, cuando ya estaba incluso agotado de vivir enojado, de no dormir, y de estar reconcomiendo todo, tuvo una ocurrencia. La mejor ocurrencia del viaje, hasta se felicitó a sí mismo, por tener tan buena idea.
Había descubierto al fin como tener el corazón de Milo, y como inmortalizarlo de paso.
Cuando salió del baño, observó su reflejo en el espejo, medio empañado, su cabello rojo que caía húmedo por su cuerpo de piel prístina, sus rasgos, bellos de por sí, sus ojos azules, en general, era un hombre agradable a la vista… sonrió con ironía para sí, porque ni eso le servía para tener a quien quería.
Pero eso tendría solución.
—Pensé que querías salir —observó Milo, abrazándolo por detrás, apretándolo contra su cuerpo.
—Prefiero que cenemos aquí, si no te molesta, igual ya todo está listo —le señaló la mesa.
Había pedido la cena para los dos, estaba caliente, había sacado incluso la botella de vino, estaba fría, y ya había servido las dos copas, todo acomodado pulcramente, porque era Camus.
—Vaya, has pensado en todo, y supongo que después de cenar… —susurró en su oído.
—¿Por qué no? —Admitió divertido el marsellés.
Por primera vez en un montón de días, cenaron sin discutir o molestarse, sin lanzarse verdades y mentiras a la cara, pareciera que otra vez habían vuelto al remanso de paz.
Subieron a la habitación, por supuesto.
Y por supuesto que no dejaron de meterse mano, allá a donde los dedos les alcanzaban, dejando por aquí y por allá ropa tirada, dejando incluso la dignidad de Camus por ahí entre la escalera y el barandal.
¡Cómo amaba esos labios! ¡Cómo adoraba esa lengua mentirosa!
Sus labios que le recorrían, su lengua caliente, el ardor que sentía por todo el cuerpo… el mundo parecía venirse abajo, a los pies de los dos, y nada más importaba, sólo ellos y la cama… nada más.
Los primeros rayos del sol entraron por la ventana, pegaron de lleno en el lienzo que estaba pintando amorosamente, sentado en su banquillo, desnudo, sosteniendo el frasco con pintura carmesí, estaba entretenido poniendo el color rojo en las pupilas del rostro de Milo, lo había pintado con aquella mirada rubí, la misma que tenía cuando atacaba, cuando se volvía una fiera para matar…
Era el color exacto.
Se llevó el pincel a la barbilla, lo recargó mientras observaba el conjunto de su rostro con la mirada roja, con la muerte roja. Al retirarlo de su rostro, quedó una mancha grana en su piel blanquísima.
Dejó el pincel y el frasco en la mesita que estaba a su lado, se puso en pie, salpicado de rojo, aquí y allá, por toda la piel, gotas pequeñas y gotas grandes… un camino de rojo iba hasta la cama…
Y entre las sábanas blancas estaba el cuerpo de Milo, con el pecho abierto como flor, con el tórax expuesto, en una cavidad en donde se supone que estaba su corazón… el órgano estaba puesto amorosamente en el tocador, aun escurriendo lo último de sangre que quedaba en otro frasco, un frasco de pintura como el que tenía en la mano.
Había encontrado la manera de tener su corazón, y de inmortalizarlo para siempre.
¿No era genial?
Despertó casi de un grito, su propia respiración agitada le hizo incorporarse de la cama, se llevó la mano a la sudorosa frente, estaba empapado. Los cabellos rojizos se adherían a su rostro, parecían hilos de sangre. Se volvió a su lado, angustiado, sólo para comprobar que el melio dormía plácidamente en la cama, a su lado… por si acaso, levantó un poco la sábana, lo suficiente para verificar que su pecho estaba intacto, y que el muy egoísta aún conservaba su corazón.
Se lo pensaría la próxima vez.
Quizás no era tan mala idea…
.
.
.
N. de la A.
Ha servido de inspiración una leyenda popular, cuya cuna es el Louvre: se trata de la pintura Interior de una cocina, de Martin Drölling; se dice que dicha obra fue pintada con corazones humanos, puesto que los rojos que posee, son difíciles de obtener, si bien es cierto que el uso de algunos fluidos, como la sangre, se utilizaron en determinado momento, la historia se adereza con la afirmación de que los corazones ocupados para dicha pintura fueron tres, entre ellos el de Ana de Austria.
