Herbología era una clase esencialmente práctica, se aprendía desde la marcha manteniendo un toque y una atención directa con las plantas. No se escribían resúmenes o advertencias en un pergamino, ni siquiera debías sacar una pluma, tus manos debían tocar la tierra, el abono, el agua, las plantas y muy pocas veces, tu varita.

La única vez que tocas un pergamino para la clase de herbología, es cuando te dan un ensayo como tarea.

Harry, que estaba decidido a mantenerse adelantado en cada materia de Hogwarts por al menos dos años, para así no tener que estresarse innecesariamente durante el periodo escolar, había encontrado un pequeño muro a superar para dicha materia.

Herbología no se aprende solamente desde un libro, la teoría sólo puede hacer mucho por uno antes de tener que recurrir a la aplicación práctica, (aunque lo mismo es con cada materia) así que, se preguntó un día cómo superar ese pequeño inconveniente en su aprendizaje.

La respuesta fue obviamente fácil: "si necesito experiencia práctica para entender completamente herbología, entonces sólo debo poner un huerto mágico en el jardín"

Y así fue como Harry, con aquel simple pensamiento, se dedicó a instalar un jardín mágico detrás de su casa pocas semanas después de cumplir nueve años, y unos pocos días después de su primer viaje al callejón Diagon…

[…]

—¿Señor Potter? —su robusta jefe de casa y profesora de Herbología, Pomona Sprout, llamó su atención desde el pilar de madera al que estaba apoyado en el invernadero número uno, sentado en el suelo de tierra con sus piernas cruzadas y sus manos sujetando su libro de herbología de tercer año abierto sobre su regazo.

—¿Si, profesora? —desvía su atención de su lectura y mira inexpresivamente a la mujer.

—¿Podría decirme con qué otro nombre se conoce la planta 'triflora' por qué se llama así y cuándo crece?

Cuando apenas llegó a tiempo al invernadero, tras ser brutalmente obligado a correr por medio castillo por los demonios Weasley hasta el final de su pasadizo secreto, y desde ahí, siendo arrastrado por el maldito Ronald Weasley hasta los invernaderos. Nada más poner un pie en el lugar se dirigió a sentarse en el suelo y así poder relajar sus adoloridas piernas que parecían a punto de colapsar, con una molesta quemadura persistente en sus músculos tras ejercitarlos más alla de sus límites (el cual, si es honesto, no es mucho)

La señora Sprout lo vio en su lamentable situación, pero aún así no fue indulgente por su desgracia y trató de hacer que se uniera a sus compañeros en la clase. No obstante, Harry inmediatamente se negó a moverse de su posición, sacando en su lugar su libro de tercer año y comenzar a leer, ignorando las miradas de sus compañeros. Aún así, Pomona fue insistente, por lo que, sin otra opción, le reveló a la mujer que ya sabía todo el material que se impartía para el primer año.

En un principio recibió una mirada escéptica, pero tras responder pregunta tras pregunta que la maestra de herbología le lanzaba, de forma correcta y muy completa, Sprout no tuvo más remedio que aceptar sus conocimientos, tanto en la teoría como en la práctica.

Y ahora, mientras los demás niños trabajan clasificando un par de plantas entre mágicas y no mágicas, Pomona se ha dedicado a hacerle preguntas correspondientes a su libro de segundo año.

—La triflora —comienza Harry, enderezando sus lentes rectangular con montura de hueso de dragón negro sobre su nariz — también se conoce como la flor del fin. Se llama 'triflora' por qué está compuesta por solamente tres pétalos, tiene tres tallos y a cada tallo sólo le crecen tres hojas, y también se le conoce como 'la flor del fin' ya que sólo crece cuando las estaciones mueren, y, cuando van a ser cosechadas, uno debe tener en cuenta la estación, ya que sus propiedades mágicas cambian dependiendo de en cual florecen. —terminó sin cambiar su expresión.

—Increíble Sr. Potter, le doy diez puntos por su conocimiento avanzado, ya que, para empezar, la triflora no aparece en el libro de texto de segundo año, sino que se da como tarea para un ensayo —felicita su jefe de casa con una sonrisa orgullosa en sus labios.

—Bueno, en realidad si aparece, pero sólo como una referencia cuando habla de flores que abren sus capullos sólo en momentos determinados, y no se dan detalles, tuve que buscarla por mi cuenta —se encoge de hombros, restándole importancia.

Harry ignora las miradas de asombro que le dirigen sus compañeros tejones y vuelve su vista hasta su libro al no recibir más preguntas de su profesora hasta el final de la clase.

Cuando la clase termina, Pomona les da a sus alumnos, menos Harry, un ensayo de un pie y medio sobre las diferentes propiedades de las plantas mágicas.

—¿Vamos Harry? —Ronald se acerca a su compañero, tendiendo una mano amiga para ayudar a levantarse del suelo mientras guarda su libro de texto encogido en uno de los bolsillos de su túnica.

Potter examina la mano por un segundo, viendo las manchas de tierra y restos de hojas y polen con el ceño fruncido, antes de sacar su varita y lanzar un hechizo de limpieza sin palabras.

—¿Cómo…

—Más te vale llevarme sobre tu espalda —lo interrumpe el azabache volviendo a guardar su varita.

—¿Eh? ¿Po-por qué? —preguntó aturdido ante esa orden, olvidando momentáneamente el hechizo lanzado por su amigo.

—Tu castigo por obligarme a correr por medio castillo hasta aquí, y casi matarme de cansancio —declaró tomando la mano ofrecida para ponerse de pie —. Y agradece que sólo será esto, a los otros tres les lanzaré un hechizo punzante en sus traseros tan fuerte, que no podrán sentarse por todo el día.

Un escalofrío recorre la espina dorsal del pelirrojo y asiente fervientemente, agradeciendo la misericordia que su malhumorado compañero de cuarto pareció darle.

—Pero, no creo que pueda llevarte, no soy muy fuerte —comentó el pecoso rascando su mejilla avergonzado.

—Date la vuelta y de rodillas —Ordenó Harry sin parpadear, siendo obedecido lentamente por un confundido y cauteloso Weasley.

En el momento en que Ronald sintió el peso del azabache instalarse en su espalda se preparó para caer de bruces en el suelo debido al esfuerzo, no obstante, confundido se dio cuenta que, aparte del primer indicio de peso sobre su espalda, al segundo después ya no podía sentir nada sobre él.

—¿Harry? —giró su cabeza confundido al no sentir a su amigo en su espalda y, grande fue su sorpresa al verlo ya instalado en su lugar — ¡Harry no pesas nada! ¡¿Estás comiendo bien?! —cuestiona al levantarse del suelo y no sentir ninguna diferencia o peso extra en su espalda, es como si Harry ni siquiera estuviera en su espalda.

—Por supuesto que estoy comiendo bien, sólo es un hechizo peso pluma, idiota —explica el mayor rodando los ojos — ahora muévete, nos están esperando —declara, señalando al resto de Hufflepuff de primer año que los esperan junto a uno de los prefectos de sexto año afuera del invernadero.

—¡Si, señor! —exclamó Ron con entusiasmo, trotando ligeramente hasta donde sus compañeros, quienes le miraron alzando una ceja interrogativa.

—Bien, ahora tienen Transfiguración, así que en marcha —proclamó el prefecto de sexto año sin demasiada ceremonia, liderando el camino hacia su próxima clase.

Por un momento todo estuvo en relativo silencio, solo un par de murmullos de algunos primer año que comentaban sobre herbología, específicamente Justin Finch-Fletchley, el nacido de Muggles.

Harry estaba dormitando ligeramente en la espalda del menor Weasley, sintiendo el cansancio de haberse levantado temprano para cuidar de sus criaturas mágicas y la carrera por medio castillo. Siempre fue perezoso, sin muchas reservas de energía.

Podría dormir en Transfiguración… no sonaba a un mal plan, pero tal vez ya estaba en malos términos con McGonagall debido a los sucesos del día anterior, y dormir en plena clase lo dejaría vulnerable, aunque siempre puedo activar el contrato… pero aún no es tiempo, sólo tengo que esperar hasta el fin de semana… cuando tenga mi charla con Albus maldito Dumbledor.

Bueno, si no puede dormir en transfiguración, siempre esta historia de la magia después del almuerzo, dudaba que al inepto fantasma de Binns le importe.

—¿No estás cansado Weasley? —aún con la bruma de la somnolencia logra enfocar sus oídos para escuchar la conversación que Justin estaba teniendo con Ronald.

—Para nada, Harry dijo que tiene un hechizo peso pluma, así que no pesa en lo absoluto —explicó el pelirrojo con una sonrisa suave en su rostro.

El chirrido de zapatos tropezando ligeramente se escucha por el frente de su grupo, deteniendo su avance cuando su líder, el prefecto de sexto año, se gira lentamente para mirar al pelirrojo y al azabache como si a ambos les hubiera crecido una segunda cabeza.

—No estés jugando Weasley, el hechizo peso pluma no afecta a las personas, sólo a los objetos inanimados —espetó el chico mayor, como si alguien le hubiese ofendido personalmente.

—Er… —por un momento, el pequeño pecoso no supo qué decir, ¿cómo iba a saber que ese hechizo no afecta a las personas? Harry le dijo — ¿Harry? —llamó suavemente al chico perezoso en su espalda, recibiendo un leve 'Hm' como reconocimiento — el hechizo que usaste en ti ¿cual era? —preguntó un poco incómodo ante las miradas inquisitiva de los demás.

—Peso pluma… —murmuró con sus ojos apenas abiertos y sus lentes ligeramente torcidos.

—No mientas Potter, ese hechizo —comenzó nuevamente el prefecto, pero antes de seguir con su conferencia en medio del pasillo, en lugar de seguir avanzando a su siguiente clase, Harry le hizo una señal con la mano a Justin para que se acercara y, cuando el pequeño de cabello rizado arena estuvo junto al azabache fue levantado sin esfuerzo por la parte de atrás del cuello de su túnica con una sola de las manos del ojiverde.

—¡¿Que demonios?! —maldijo Justin después de soltar un pequeño grito poco masculino ante la sorpresa.

—Peso pluma… —volvió a afirmar Harry ante las miradas de incredulidad de los demás tejones, mientras el sexto año parecía haber sido abofeteado.

—¡¿Pero cómo?! ¡El profesor Flitwick nos dijo que eso no era posible, e incluso hizo una demostración para probarlo! —gritó el mayor al ver como una de sus creencias se hacía añicos. Uno pensaría eso de un Raven, no de un Puff, pero al parecer el prefecto frente a ellos era un erudito de closet.

—Altere el hechizo, no fue difícil… —respondió Harry restándole importancia mientras bajaba a Justin nuevamente hasta el suelo.

—¿Al-alteraste un hechizo? —preguntó incrédulo con la boca abierta en su totalidad al mismo tiempo que un chico robusto trataba de levantar al chico Finch-Fletchley para probar la veracidad del hechizo, sin éxito.

—¿No nos dirigíamos a transfiguración? —cuestionó en su lugar el pequeño azabache.

Pero lejos de ser escuchado vio cómo el niño mayor tapaba su cara con ambas manos, como si quisiera evitar mirar la realidad que estaba frente a sus ojos.

—Alteraste un hechizo… —murmuró negando con su cabeza — y… y lo hiciste sin palabras… ¡Sin una varita! —exclamó al darse cuenta de eso hecho, provocando un ligero jadeo colectivo del resto de los niños que apenas se daban cuenta de eso.

Por toda respuesta Harry sólo se encogió de hombros desinteresadamente, como si aquello no fuera la gran cosa.

Todos lo miraban como si fuese alguna especie de extraña criatura, sin poder procesar los sucesos recién descubiertos.

—Tienes once años…

—Llegaremos tarde a clases… —trató de interrumpir las palabras del sexto año, pero el chico parecía estar en una especie de crisis existencial.

—¿Y usaste magia sin varita y sin palabras…? ¿No dijiste que fuiste criado por muggles…?

Un suspiro deja los labios de Harry ante la insistencia del sexto año, si seguían así nunca llegaría a tiempo a clases, no es que le importara, pero quería evitar el mayor número de problemas hasta la próxima semana.

—Avanza Ronald, vamos a clases —ordena suavemente al pelirrojo que aún lo sostiene en su espalda.

—¿Qué? Pero no sabemos a dónde ir —explica el menor inseguro.

—No te preocupes, sé donde está el salón de clases —proclama sin inmutarse, siendo obedecido de manera cautelosa por el pelirrojo.

—¡¿A donde crees que-

Desmaius… —Susurra el ojiverde y al segundo después, el prefecto de sexto año cae como peso muerto al suelo, inconsciente.

Por un segundo todos, a excepción de Harry, mantienen la respiración mirando al prefecto que descansa en el suelo, luego miran con incredulidad al azabache con expresión aburrida y antes de que alguna palabra o grito salga de sus bocas, el ojiverde vuelve a hablar.

—Vamos Ron o llegaremos tarde a clases —declara indiferente.

—¿E-está?

—Sólo lo puse a dormir, estaba siendo molesto.

Ante su declaración Ronald vuelve a marcar el paso, reajustando su agarre por debajo de las rodillas de su amigo antes de comenzar a caminar y siendo seguido por el resto de los tejones que mantenían un silencio sepulcral mientras avanzaban.

Harry los guió sin problemas por los pasillos de Hogwarts, sin dudar ni siquiera un segundo en sus indicaciones.

—¿Cómo sabes a donde ir? —cuestionó el menor Weasley tras doblar en otra esquina de un pasillo.

—Sólo sigo la firma mágica de McGonagall, es muy distintiva, siendo ella un animago —responde como si nada —, y supongo que ella no se ha movido desde donde tuvo su primera clase —añade como explicación extra.

—Debe ser genial, ser magia sensible… —comentó el pecoso distraídamente, pensando en que esa debe ser la razón por la que su malhumorado amigo podía moverse tan fácilmente por la escuela sin titubear.

Harry no respondió al comentario, en su lugar le dio una nueva dirección y a los pocos segundos estaban entrando a un aula donde ya había un pequeño grupo de Ravenclaws de primer año sentados diligentemente al lado izquierdo del salón, mirando curiosamente al gato atigrado que estaba parado sobre el escritorio.

—¡Aw un gatito! —exclamó el pelirrojo trotando en dirección del animal para poder acariciarlo, siendo rechazado por un segundo por el felino antes de dejarse acariciar por detrás de la oreja y bajo la mandíbula.

Por un momento el ojiverde se quedó viendo la escena con la boca abierta, pero luego recordó la habilidad del menor de los Weasley y se dio cuenta que ni siquiera un animago o alguien tan severa como Minerva McGonagall podía resistirse a los encantos de la magia de Ron en su forma animal.

Cuando recupere el sentido McGonagall querrá esconderse en su oficina hasta el final del año… piensa Harry al ver como la animaga ronroneaba felizmente mientras el pecoso le acaricia por encima de la cola, provocando que levantara el trasero.

Con un carraspeo Harry llama la atención del pelirrojo — Vamos a sentarnos Ron, la clase ya va a comenzar.

—Aw, pero quiero seguir jugando con el gatito, y la profesora McGonagall aún no llega —proclama el pequeño pecoso con un puchero, sin dejar de acariciar al gato — ¿crees que sea el familiar de la profesora McGonagall? ¿crees que me deje jugar con él más tarde?

—Ron —lo detiene el azabache de su avalancha de preguntas — el gato es la profesora McGonagall —declaró provocando un profundo silencio en el salón de clases y que muchos pares de ojos abiertos a más no poder le miren asombrados.

—Es… estás jugando ¿cierto Harry? —pregunta Ron con su voz ligeramente temblorosa.

—¿Qué dije que era McGonagall antes de llegar aquí? —cuestiona en su lugar.

—Un animago… —suelta con voz aguda mientras la realización lo golpea en la cara y, en menos de un segundo, suelta al gato, corre hasta una de las mesas, baja a Harry de su espalda y ambos se sientan en completo silencio uno al lado del otro con Harry a la derecha de Ron y Neville Longbottom en al otro extremo.

Por unos pocos minutos nadie mueve un músculo, a excepción de Harry, quien comienza a sacar su libro de transfiguración de tercer año, sin dejar de mirar al gato sobre el escritorio, que en un instante, luego de minutos de silencio incómodo y tenso, se transforma en una bruja mayor con túnicas verde botella y un sombrero, no obstante, en lugar de su rostro severo, un rubor se expande por sus mejillas y una mueca avergonzada cubre su rostro.

—Mis disculpas —proclama la mujer sin saber porqué lo hace, tosiendo ligeramente para apartar la vergüenza de tal acto indecoroso para un maestro.

Sin más espera McGonagall mueve su varita en dirección de la pizarra donde aparece la palabra 'Transfiguración' en letras grandes y claras, seguido de una explicación por parte de la severa bruja sobre su materia.

Bajo un sutil pero eficiente hechizo de 'no me notes' Harry pudo eludir la mirada de McGonagall durante su explicación de la materia y la pequeña introducción que los demás debieron escribir sobre los peligros de la transfiguración. Sin embargo, cuando la mujer repartió a todos los alumnos una cerilla para ser transformada en aguja, sus ojos se posaron en el puesto relativamente vacío en donde una cerilla se posaba solitaria.

—Sr. Potter —llamó McGonagall al darse cuenta que la única persona a la que no podía identificar era a Harry, rompiendo así el hechizo de ocultamiento — ¿Que, si se puede saber, está haciendo?

Harry levanta la vista en dirección de la maestra, alzando una ceja y viendo a la severa mujer como si ella fuese estúpida al no notar que estaba leyendo.

—No se si necesita nuevos lentes profesora, pero por si no puede ver, estoy leyendo —responde el azabache, agitando ligeramente el libro en cuestión, sin inmutarse ante las miradas de incredulidad en los rostros de Minerva y el resto de los primer año.

—Puedo ver eso Sr. Potter —comienza la bruja mayor tras recuperarse del sarcasmo del pequeño descarado — pero quiero que me responda ¿por qué está leyendo en lugar de hacer lo que le pedí que hiciera?

Un profundo suspiro deja los labios de Harry antes de volver su atención al libro al mismo tiempo que la cerilla frente a él se transforma en un instante en una fina aguja plateada con un pequeño relieve en forma de enredadera adornando su cuerpo, antes de llegar a una cabeza ovalada de un brillante color oro.

Todo el salón cayó en un profundo silencio mientras miran alternadamente entre el pequeño trozo de metal y el azabache que ni siquiera se digna a levantar sus ojos del libro que está leyendo.

Con manos temblorosas McGonagall toma la aguja en sus manos, prueba que sea real y no una alucinación, inspecciona cada centímetro midiendo su resistencia, tocando el relieve exquisitamente tallado y con una respiración ahogada la vuelve a dejar frente al pequeño Potter.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó la mujer con los ojos muy abiertos.

—Magia —respondió Harry con un indiferente encogimiento de hombros sin apartar su cara del libro.

—Sr. Potter, acaba de hacer un hechizo de transfiguración tan detallado, sin mirar, sin palabras y sin varita —señaló sin poder creer la simpleza con la que proclama el ojiverde hacer algo que para un primer año debería ser imposible de ejecutar.

—No es la gran cosa, si quiere puedo transformar todas las cerillas al mismo tiempo —y como si sus palabras fueran una advertencia, todas las cerillas de los escritorios cambian al mismo tiempo, con un intrincado diseño diferente en sus cuerpos y cabezas de diferentes colores y formas.

Si alguno de esos alfileres tocase el piso, podría escucharse en todo el salón de lo increíblemente silencioso que estaba, hasta que alguien, al parecer un Ravenclaw, se desmaya y cae de espaldas al suelo.

Que sea Granger, que sea Granger… anima en sus pensamientos aún sin levantar su vista de las páginas del libro.

No supo cuánto tiempo se mantuvo el silencio, pero cuando las campanas que señalaban el término de clases sonaron, se imaginó que había sido mucho.

Con un suspiro encoge y guarda su libro en uno de sus bolsillos, mueve ligeramente la muñeca, devolviendo todas las agujas a cerillas sin mayor esfuerzo y comienza a levantarse de su asiento.

—Vamos a comer Ron… —murmura el azabache, sacando a su amigo pelirrojo de su estado de shock, quien balbucea ligeramente antes de levantarse y seguirlo fuera del salón donde un prefecto de séptimo año de Ravenclaw y un quinto de Hufflepuff esperan a los primer año.

—¿Dónde están los demás? —pregunta el prefecto de amarillo y negro.

—Llama a la enfermera, creo que se rompieron —dice con desdén mientras pasa por el lado del chico mayor, quien le mira interrogante antes de adentrarse en el aula.

Hizo falta mucha poción calmante para devolver a los alumnos y a la profesora McGonagall a la realidad…

[…]

Con calma y tranquilidad camina en dirección del gran comedor, siendo seguido por un muy silencioso Ronald Weasley cuando a medio camino un coro de voces y pasos veloces los llaman desde atrás.

Sin una advertencia un par de pelirrojo idénticos chocan con la fuerza de una Bludger contra su hermanito, llevándolo de inmediato a un fuerte abrazo feliz sin ser correspondido.

—¿Ronnie? —comienza Fred, viendo preocupado a su pequeño hermano en estado de shock.

—¿Qué sucede? —le sigue George igual que su gemelo.

—¿Potter? —el engendro Malfoy llama su atención con el ceño fruncido —¿Qué le pasa a Ron?

—¿Quién sabe? Creo que se le frió el cerebro o algo así —responde sin darle demasiada importancia.

Como si la voz de Harry fuera una señal, el pequeño Weasley comienza a reaccionar.

—¿Cómo hiciste eso? —preguntó en dirección de Harry.

—Magia…

—¡No me vengas con eso Harry! —estalla el pecoso sorprendiendo a los gemelos y al blondo — ¡una cosa es saber que puedes crear las masas gelatinosas y otra muy distinta es saber que puedes hacer magia sin palabras y sin varita como si no fuera nada! —Ron continúa despotricando sobre el sentido común de las cosas, como un niño de once años no debería ser capaz de hacer algo tan loco como transformar una docena de cerillas en agujas al mismo tiempo sin inmutarse y otra lista de cosas por otros tres minutos hasta que fue necesario detenerse para tomar aire.

—¿Hiciste que? —corearon los gemelos viéndolo con las bocas abiertas mientras el engendro Malfoy estaba sin palabras.

—Ventajas de ser magia sensible, no es la gran cosa —sacude una mano con desdén frente a sus caras.

—Nosotros no podemos hacer eso —dijeron al unísono los gemelos, apuntando con un dedo a su homólogo.

—Por qué de seguro ni siquiera lo han intentado —rueda los ojos exasperado — ser magia sensible es más que sólo ver y sentir la magia de una forma que otros no pueden, también puedes controlarla más fácilmente que el mago promedio. Ser magia sensible te facilita la magia sin varita —y mucho más a mí, ya que mi habilidad me permite controlarla con perfecta precisión y de una manera completamente libre.

Fred y George se miran un momento el uno al otro y en un asentimiento perfectamente sincronizado vuelve a mirar a Harry.

—Enséñanos a controlar nuestra magia…

—… por favor… —piden con una determinación ardiente en sus ojos y una pizca de súplica.

Perder una oportunidad tan grande como esta, en donde tienen a alguien que les podría ayudar a mejorar mágicamente sería el colmo de la estupidez, y no les importa suplicar todo el año si es posible hasta que el ojiverde los acepte como estudiantes.

Antes de responder a su solicitud, Harry saca cuatro anillos de un color violeta pálido y los lanza a las manos de los cuatro niños, quienes le dirigen una mirada interrogante al tomarlos.

—Esos anillos tienen hechizos y runas para proteger tus pensamientos y mente de la legeremancia y compulsión de Dumbledor, los hice esta mañana —responde ante sus miradas para luego ser recibido por sonrisas cegadoras de agradecimiento.

—Increíble —corearon los demonios Weasley sin perder un segundo en ponerse sus anillos, sintiendo de inmediato la firma mágica de Harry rodearlo al instante.

—¿Por qué nos das esto? —cuestiona Draco con escepticismo, dudando de la amabilidad de alguien con una personalidad como la del primogénito Potter, teniendo en cuenta que la primera vez que se conocieron lo amenazó de muerte, sus dudas eran justificadas.

Un suspiro cansado escapa de Harry antes de frotar su frente — lo quiera o no, ustedes ya están involucrados conmigo, y más aún teniendo en cuenta que Ron parece muy entusiasmado en ser mi amigo —señala al pequeño pecoso que no dejaba de mirar el anillo con una especie de adoración o símbolo de amistad — Dumbledor quiere tenerme bajo su pulgar para manipularme, y usará cualquier medio o a cualquier persona para lograr ese propósito, y si ve que ustedes son cercanos ha mi, serán los primeros objetivos de ese viejo —explica mientras los rostros de los gemelos, Ron y Malfoy se oscurecen lentamente.

—¿Así que lo que les dijiste a los Hufflepuff sobre Dumbledor es cierto? —Draco se veía en conflicto, no quería que fuera verdad, ya que eso significaría que el supuesto líder de la luz a quien muchos idolatran como la segunda venida de Merlín, en realidad es un bastardo oscuro que no dudaría en usar niños para sus fines precariamente justificados.

—Si me crees o no es tu problema, sólo te estoy dando algo para protegerte, si lo usas o no, ya es asunto tuyo. Aunque queda remarcar que mi moralidad es cuestionable, y sí te encuentro un peligro para mi seguridad, no dudare en maldecirte hasta el olvido.

Un escalofrío recorre la espina dorsal de los cuatro sangre pura ante sus frías palabras, y sin otro pensamiento de duda, Malfoy se coloca el anillo en su dedo índice derecho al igual que los otros, sintiendo la magia del azabache asentarse en su cuerpo.

—Ahora que tienen los anillos. Si, les enseñaré un par de cosas que obviamente necesitan aprender. Pero primero quiero comer algo, así que vamos a almorzar —declaró Harry moviéndose en dirección del gran comedor, siendo seguido por los gemelos, Draco y Ron.

Caminaron un par de metros antes de que Harry se detuviera y se girará par verlos con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Qué pa-

—¡AY! —gritan Fred, George y Draco mientras se acarician el trasero ante un inesperado y fuerte dolor.

—¡¿Qué fue eso?! —exclama Draco con pequeñas lágrimas acumuladas en sus ojos, sin dejar de frotar sus adoloridas nalgas.

—Eso… —comienza a explicar Harry con hielo en su voz, estremeciendo violentamente a los tres heridos — es mi venganza por hacerme correr por medio castillo y un recordatorio para que nunca más vuelvan a hacerlo… ¿entendido? —de inmediato recibió movimientos frenéticos de cabeza en señal de afirmación provocando una sonrisa satisfecha en sus labios —. Excelente. Ahora vamos a comer.

Sin otra cosa a declarar, Harry lidera el camino hasta el gran comedor, donde una parte de su cordura se pondrá a prueba y otra señal de que este mundo está completamente loco lo golpeara en la cara…