Moroha cantaba ― o intentaba hacerlo― mientras Kagome la llevaba a la escuela. Esta lucía tranquila y feliz como de costumbre, pero en cambio su madre parecía un verdadero zombie.
Pensó toda la noche como hablaría de nuevo con Inuyasha. Por supuesto que lo vería todos los días en el hospital, y probablemente ella estaría con él en algún momento de sus guardias... y no podía ser tan egoísta como él y no darle oportunidad de hablar.
Miró a su pequeña hija desde el espejo retrovisor y tomó fuerzas para decidir lo que haría. Si, hablaría con su padre para dejar en claro que debería hacerse responsable de ella en caso de conocerla.
Ella no es un juguete con el que podría entretenerse. Debía permanecer en su vida, y tal vez eso ―como le había dicho Sango―sería bueno para la niña... tener una familia, como siempre había deseado.
Cuando Moroha la abrazó esa mañana antes de ir hasta la puerta de la escuela, Kagome la apegó fuertemente a su pecho y respiró su aroma.
― Mamá, me asfixias ―ella habló dificultosamente.
― Lo siento, mi niña― la azabache la soltó y arregló un poco el moño de la niña sobre su cabeza.
― Salúdame a mi padrino Koga― ella murmuró antes de correr hacia su clase.
Y Kagome asintió para ella. Luego condujo muy lentamente hasta su trabajo en el hospital, de hecho, esperaba que el tráfico se hiciera aún más insoportable. De verdad estaba esperando que algún ser celestial la ilumine para cuando tenga que ver de nuevo a Inuyasha.
Koga y Sango se habían puesto de acuerdo para esperarla fuera del hospital, y cuando Kagome apenas bajó de su auto ambos la rodearon con rostros llenos de preocupación.
― ¿Estás bien? ―ellos dijeron al unísono.
Ella se llevó la mano al pecho en un susto.
― ¡¿Me quieren matar de un susto?!― exclamó la pelinegra con una expresión de muerte.
― La que nos tenía muertos de la preocupación eras tú, Kagome Higurashi ―Sango se cruzó de brazos― No respondiste en toda la noche, estábamos a punto de ir hasta tu casa para tirar la puerta.
La muchacha pelinegra soltó un suspiro cansado y una risita.
― Bueno, digamos que lo hablé con la almohada... Porque ayer volví a ver al papá de Moroha y hice un teatro digno de Broadway― ella terminó confesando.
Sango la miraba preocupada, en cambio Koga sonrió y la rodeó con un brazo mientras la miraba con una cara sonriente.
― Por favor, Kagome. Dime que lo golpeaste... ¿En las pelotas? ¿En la cara? ―el arqueó una ceja divertido.
Sango frunció el ceño.
― Eres un idiota, Koga―dijo la castaña.
― El idiota que hace reír a Kagome, no como otra amargada de por allí... ―el silbó para parecer desentendido.
Kagome sonrió.
― De verdad, ustedes hacen que esto sea un poco más liviano para mí ―ella sonrió― y no, Koga... por desgracia no le pegué en las pelotas. Estábamos en un quirófano, aunque ganas no me faltaron.
Los tres amigos rieron y caminaron hacia las instalaciones del hospital.
― Entonces, Kag... ¿Dejarás que Inuyasha vea a Moroha? ―Sango fue quién lanzó la pregunta.
Koga parecía tenso ante este cuestionamiento, atentamente miró a Kagome.
― Tengo que hablarlo con él. No estoy dispuesta a que lastime a la niña, si entra a su vida deberá permanecer como padre.
Koga gruñó.
― Sólo trata de tomarte un tiempo para ver como se comporta antes ―aconsejó el ojiazul.
Ella asintió para él y Sango sólo abrazó a su amiga.
― Sabes que cuentas con nosotros para todo, Kag―dijo Sango.
― Siempre― terminó por decir Koga.
Ella les sonrió y rodeó a ambos con sus brazos mientras caminaban a los vestidores. Cuando estuvieron allí ya listos, Kagome recordó a la niña prematura de la noche anterior.
― Antes de empezar las rondas tengo algo que hacer ―ella mencionó mientras se dirigía a los pasillos.
― ¿Vas a hablar con Inuyasha? ―Koga le preguntó antes de que se fuera.
Ella negó con su cabeza y volteó su mirada hacia él.
― No, voy a ver una niña que nació anoche en urgencias. Quiero saber si ya se presentó la familia para conocerla...
Oyó como Sango gritaba algo como: "No tienes que tener lazos afectivos con pacientes", pero Kagome ya no le prestó atención.
Tenía que asegurarse de que esa niña estuviese con su familia. Le recordó mucho a Moroha cuando la vio la noche anterior, con sus cabellitos negros y ojos hinchados, manitas pequeñas y un llanto abrazador.
Cuando llegó al área de incubadoras notó como un hombre de espaldas la estaba sosteniendo en brazos. Miró con ternura la escena y se acercó... Debería de ser el padre.
Pero no era así, cuando estuvo frente a ellos se dio cuenta de que era Inuyasha sosteniendo a la niña. Él conectó su mirada a la de ella, pero pronto la evadió y las mejillas de ella se encendieron.
― H-hola Kagome― saludó él nervioso mientras volvía a poner a la niña en su cuna― ¿Puedo llamarte así, o prefieres Higurashi?
Que difícil resultaba mirarlo a la cara luego de todo el papel que habían actuado hacía unas horas. Ella soltó una risita nerviosa.
Pensó en la promesa que se hizo a sí misma pensando en Moroha, y respiró profundo antes de dejar atrás su ego.
― Lo siento por perder el control anoche, Inuyasha. No debí tratarte de esa forma...
Él peliplata parpadeó, consternado.
― Todo lo que dijiste anoche era cierto, y no pretendo obligarte a nada... así que por favor no te disculpes― él se levantó de la silla y miró fijamente a la niña que respiraba dificultosamente.
Inuyasha aceptaba sus errores... ¿Sería esto un sueño? ―pensó la pelinegra.
― Umh... ¿Cómo está la pequeña? ―ella trató de tomar otro tema― ¿Sabes si su padre vino a verla?
El le dirigió una mirada triste, por unos cuantos segundos y suspiró.
― Miroku me dijo que la familia de la mujer... decidió darla en adopción. Sólo esperamos a que pueda salir de la incubadora, tal vez le lleve un mes respirar por su cuenta― él comentó con cierto pesar.
A Kagome le cayó un peso de toneladas sobre el corazón. Se acercó a la incubadora y puso la mano sobre el cristal con una mirada llena de lástima.
― Han decidido... ¿Abandonarla? ―ella dijo casi para sí misma― Pero... es tan pequeña y frágil.
Su Moroha era así de pequeña cuando vino al mundo. La veía en esa bebé, la sentía como si fuera a su mismísima niña a quién dejaban a su suerte.
― No todos los hombres somos tan valientes como para enfrentar una situación difícil... ―el Taisho musitó mirando a la niña también― Probablemente se arrepentirá en un futuro, pero será demasiado tarde.
Y aquello que dijo resultó como una confesión para Kagome, quién lo miró sorprendida. Inuyasha lucía sincero, tranquilo y totalmente seguro de lo que decía, y la manera en la que miraba a la bebé... le pareció que él sentía la misma tristeza que ella.
― Oye Inuyasha... Lo que dije anoche sobre Moroha― ella comenzó a murmurar, temblando un poco― Me precipité, y dije las cosas que el dolor me obligó. Pero ella merece tener un padre en su vida, es lo que siempre quiso.
Inuyasha recordó la escena frente a la casa Higurashi. La pequeña diciendo: "Por fin tengo una familia como la del tío Sessho".
― No te preocupes, Kagome... ―dijo bajito mirándola con una sonrisa― Ayer estaba también sorprendido por verte después de tanto tiempo. Me encantaría conocer a Moroha, formar parte de su vida... pero no lo merezco todavía.
La pelinegra le dedicó una sonrisa torcida al verlo de esa forma, tan vulnerable. Pocas veces el actuaba de esa manera. Merecía al menos ser escuchado...
― No lo mereces― ella confirmó― pero esto no se trata de ti, sino de ella.
― Lo entiendo... ―Inuyasha hizo una mueca de dolor pequeña― Lo haremos a tu ritmo, y cuando tú te sientas segura... me presentarás a la niña.
A la chica Higurashi le pareció justo y asintió.
― Si la ves por el hospital, no le digas aún... no te niego que le hables o que la saludes si la ves en casa de tus padres. Pero no quiero que sepa que eres su padres hasta que esté segura de que no te irás de nuevo, Inuyasha.
El peliplata levantó la mirada de nuevo hacia ella. La mirada de ella lucía herida, mostrando su inseguridad de ser abandonada de nuevo...
― Yo jamás lo haría de nuevo-
― Y yo lastimosamente no te creo, Inuyasha― ella susurró con dolor― cuando te fuiste con Kikyo hace diez años yo no me derrumbé, porque la tenía a ella. Lo único en este mundo que es intocable para mí es la alegría de Moroha. No dejaré que te acerques a ella para luego dejarla atrás por otra persona que ames más. Eso no está bien, Inuyasha...
El ojimiel bajó la mirada con pesar. Su corazón se detuvo un segundo con la sinceridad de Kagome. Ni por un momento se puso a pensar después de lo que discutieron en la noche que ella podría ser tan sincera y serena con sus palabras.
Ella había madurado... y siempre había sido mucho más madura que él. La recordó contándole de su embarazo. Era la misma situación, porque ella guardó completa calma a pesar que la noticia también la había desbordado.
"Una persona que más ames" no encajaba con lo que él sentía por Kikyo― pensó― Y algún día sería tan valiente para contarle a Kagome lo que había sucedido esa tarde que el se dio a la fuga, pero no sería hoy. No la lastimaría en estos momentos.
― No voy a abandonarla de nuevo, Kagome― el dijo en un murmullo mientras cruzaba de brazos― Y si quieres saber lo que pasó con Kikyo...
― Eso no me importa, Inuyasha ―ella lo cortó― Lo único que nos une es Moroha, no tienes que explicarme nada de tu vida. Sólo te pido que me demuestres que puedo confiarte el cariño de mi hija.
Y dicho esto ella se alejó de la cunita de la niña. La miró con un dolor en el pecho por última vez antes de caminar hacia la salida.
El doctor Taisho sentía un vacío... porque deseaba hablar con Kagome de aquel tema, pero también alegría porque ahora tenía una oportunidad.
No existía mejor mujer que su Kagome... ―se dijo a sí mismo mientras sonreía un poco― Su corazón era el más puro del universo.
