Capítulo 8

La relación entre Demelza y Ross pasó de ser inexistente a incómoda. La novedad era que Ross ahora regresaba a casa casi todos los días a la hora de cenar, por lo que tenían que interactuar más, sin importar cuánto Demelza tratara de esconderse en la cocina. No era que le tuviera miedo era solo que, como aquella primera noche, él la confundía. Era un hombre de humor cambiante; en un momento podía estar hablando amablemente con su padre y al siguiente enfurruñarse y enojarse por la cosa más pequeña. Generalmente, era por la mina que tenían. Joshua insistía en que su hijo debía ocupar su lugar junto a él en la gestión de Wheal Leisure, pero Ross se negaba a hacerlo insistiendo en que prefería ser un simple minero. No tenía ganas de ser nada más. Demelza ya se sabía de memoria el discurso del Sr. Joshua. Que era su único hijo y heredero, que tendría que hacerse cargo de todo cuando él no estuviera, le gustase o no, y que debía aprender el oficio del negocio. Una vez incluso Demelza había levantado las cejas cuando escuchó al Señor Joshua decir que Ross debería seguir el ejemplo de su primo, Francis, quien ya estaba al frente de las minas y las propiedades de su tío. Ross salió furioso de la casa casi tropezando con Garrick que entraba alegremente buscando su hueso de la tarde. Demelza sabía, aunque no los detalles, lo que había sucedido entre primos. Básicamente Ross se había ido a la guerra dejando una novia en Cornwall, y cuando regresó herido la joven estaba comprometida para casarse con su primo Francis. Demelza se dio cuenta de que Joshua había ido demasiado lejos esta vez.

Cuando fue a revisar el ganado que rumiaba en el campo contiguo a la casa observó que Darkie todavía estaba allí al pasar junto al establo. Había asumido que Ross se había ido a la aldea después de la discusión con su padre, pero no era probable que hubiera ido a pie. ¿Cómo iba a regresar? Después de inspeccionar las vacas, la curiosidad se apoderó de ella. Se preguntó dónde podría estar. Su tierra era tan grande, había tantos lugares, escondites que aún no conocía. Sus paseos matutinos consistían en bajar a la playa por la pendiente menos pronunciada y caminar descalza junto al agua. Hubo un par de ocasiones en las que el mar estaba tan tranquilo y el amanecer era caluroso en los días de verano que Demelza no pudo resistirse a meterse en el agua, mirando alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie allí. Pero no había nadie a esa hora tan temprana. La única persona con la que podría haberse encontrado estaba durmiendo en su cama. Entonces Demelza se despojaba de su vestido y solo en sus enaguas dejaba que el agua le refrescara la piel. Era una sensación que nunca antes había sentido y dudaba que hubiera otra que pudiera sentirse tan bien.

Siguió caminando hacia la playa recogiendo algunas flores aquí y allá para adornar su dormitorio, el único lugar donde todavía no había puesto ningún jarrón. No pensó que a su marido le importara ya que no parecía darse cuenta de los cambios que se habían producido en la casa desde su arribo. Llegó a la cima de un acantilado con vistas a la playa de Hendrawna. Todo lo que podía ver era la extensión dorada de la arena y las olas azuladas que llegaban a la costa, pero no había un alma allí. ¿Lo estaba buscando? En su mayor parte Demelza estaba de acuerdo en secreto con el Sr. Joshua. Para ella era ridículo que su hijo, al ser dueño de la estancia, no quisiera involucrarse en ella, pero hoy había sentido lástima por él. Sabía que esta vez al no ser ella el centro de la discordia no tenía derecho a decir nada ni a tomar partido, todo lo que quería hacer era asegurarse de que estuviera bien. Siguió caminando por el borde de los acantilados, el camino era tortuoso cuando podía seguirlo, estaba cubierto de hierba y maleza. Terminó sobre la ladera de una roca que escondía una pequeña cala, nunca había estado allí. El mar estaba oculto detrás de una pared de piedra y había dos formas de llegar al agua, ya sea por el pronunciado declive de la roca o por un agujero excavado en el costado del acantilado. Ella eligió la cueva, incluso si estaba oscura. No podía ver a dónde iba, todo lo que veía era la luz brillante del atardecer en el otro extremo del túnel.

Con cuidado para no caerse y no hacer ruido llegó a la salida pero se quedó escondida detrás de las salientes de roca, porque mientras se acercaba a ese lugar había escuchado el chapoteo en el agua no muy lejos de donde estaba. Demelza se asomó con cuidado y lo vio. Estaba nadando en la cala poco profunda. El agua era transparente, estaba desnudo. Podía ver el contorno de su trasero bajo el agua cristalina que llegaba a su cintura en ese momento. Sus palmas dibujaban círculos en la superficie, su cabello estaba mojado, grandes gotas de agua caían sobre su musculosa espalda. Comenzó a sentirse acalorada, le echó la culpa a la tarde soleada, pero estaba caliente en lugares en los que no había estado acalorada antes. No podía verle la cara, Ross se sumergió de repente en el agua durante unos segundos y volvió a emerger unos metros más cerca de donde ella estaba, goteando agua por todas partes, su pecho húmedo brillando bajo el sol y el agua debajo de sus caderas. El cabello oscuro debajo de su abdomen mostraba el camino hacia su virilidad, que ahora estaba a la vista. El cosquilleo en su vientre creció y descendió al sur de su abdomen. Sin darse cuenta, una de sus manos fue a su entrepierna y comenzó a frotar su lugar íntimo sobre las varias capas de ropa que tenía puestas. La sensación se intensificó cuando Ross se pasó las manos por el pelo dejando al descubierto sus fuertes bíceps. Sus dedos presionaron entre sus piernas más fuerte, hasta que tuvo que apoyar la cabeza contra la roca y cerrar los ojos. Un cosquilleo recorrió todo su cuerpo hasta que una sensación inesperada la hizo jadear. Demelza abrió los ojos de repente, tapándose la boca con ambas manos para evitar que se le escapara otro sonido y rápidamente agachándose en su escondite orando a Dios que el hombre en el agua no la hubiera escuchado. Su corazón latía con fuerza. ¿Qué fue eso? Todavía le temblaban las piernas, aunque más tarde lo atribuiría al miedo de ser descubierta más que a otra cosa. Porque no sabía lo que le había sucedido esa tarde.

Ross escuchó un ruido proveniente de la orilla y se volvió para ver una gaviota que descansaba sobre una roca prominente. Sus ojos penetrantes estaban fijos en algo que Ross no podía ver desde donde estaba. Solo cuando la joven escondida logró gatear de regreso al túnel, el pájaro despegó. Los ojos de Ross la siguieron mientras se elevaba con alas anchas y curvas en la distancia, lejos del refugio de la bahía hacia el mar abierto, lista para reanudar la difícil tarea de sobrevivir y distrayendo a Ross, dándole a Demelza la oportunidad de volver a la casa sin ser vista.

Fin del Capítulo 8