CAPÍTULO 8

EL SAQUEO

Sasuke quería devorarla. Aquel fue el pensamiento que atravesó la mente de Sakura cuando vio la expresión que apareció en su cara. Parecía hambriento, famélico... Se cernía sobre ella, esperando el momento en que podría lanzarse a degustar el fastuoso festín que tanto anhelaba.

Ella estaba medio incorporada sobre la cama, con las manos por encima de la cabeza, atadas con el cinturón de la bata de Sasuke. Había doblado las rodillas y separado las piernas porque era lo que él le había dicho que hiciera. Si pensaba demasiado en ello se sentiría asustada, así que no pensaba... Ni siquiera tenía capacidad en ese momento de discernir sobre lo que estaba bien o mal. Sasuke le ordenaba que hiciera algo y ella lo hacía. Era la única manera de superar aquella experiencia.

Él inclinó la cabeza entre sus muslos, a punto de saborear su sexo. Sabía que esa era su intención, sin embargo, vio que se detenía para olerla.

¡Ay, Dios bendito! Él estaba aspirando su esencia y eso parecía excitarle y estimularle. Saber en lo más íntimo que ella le provocaba hacía que su propio ardor se incrementara.

Cuando él hundió la cabeza y separó sus pliegues como si fueran alas de mariposa, ella se tensó.

—Tranquila —canturreó él, antes de sacar la punta de la lengua. Luego comenzó a lamer su sexo con fruición, deslizándose sobre la sensible piel y presionando para abrir la hendidura como si su lengua fuera una cuchara con la que recoger su néctar.

Ella gimió, presa del éxtasis, sin poder contener los gritos. Si hubiera sabido desde el principio que iba a sentir eso, no se le habría ocurrido resistirse.

Él alzó la cabeza para hablar.

—Eres deliciosa. Quiero recordar siempre tu sabor cuando todavía eres inocente..., antes de que te posea. Así jamás podré olvidar lo perfecta que eras en este momento.

Ella notó que se le llenaban los ojos de lágrimas ante tal declaración. Sasuke no quería olvidar su sabor virginal, pero ella jamás podría olvidar sus palabras. Era como si él se hubiera introducido en lo más hondo de su pecho y hubiera capturado su corazón con ambas manos.

Le vio inclinar de nuevo la cabeza.

«¡Oh, sí! ¡Más, por favor!». Notó que él trazaba círculos con la punta de la lengua por todo su sexo menos en aquel brote inflamado, la zona que más contacto demandaba. De hecho, lo rodeó varias veces sin llegar a rozarlo. Al mismo tiempo, introdujo dos dedos en la entrada de su vagina y ella tensó instintivamente los músculos interiores para oponerse a la penetración.

Él los retiró lentamente sin dejar de acariciarla con la lengua... ¡Santo Dios! Se había convertido en su esclava; si se detenía, ella moriría. Sus pliegues estaban cada vez más mojados, hasta que se sintió empapada. Estaba preparada para albergarle en su interior. Quería sentirse llena.

En ese momento, Sasuke se detuvo y levantó un poco la cabeza.

—¿Te gusta, Sakura? ¿Sientes placer? —le preguntó, contemplándola. Tenía la boca brillante, los labios estaban cubiertos con su esencia y refulgieron cuando le hizo la pregunta.

—¡Sí!

—¿Me deseas? ¿Quieres tenerme dentro?

—¡Sí!

—¡Dímelo!

—Te deseo. Por favor..., ¡quiero tenerte dentro!

Él la premió. Ella entendió que la recompensaba por su obediencia. Volvió a bajar los labios y los puso justo encima de su clítoris para comenzar a lamerlo.

Alcanzó el clímax. Su cuerpo se tensó al notar que la succionaba, que apresaba el hinchado brote; esa parte de su cuerpo capaz de arrastrarla al paraíso.

—¡Sasuke! —gimió en voz alta cuando el éxtasis creció imparable, apoderándose de ella, haciendo que se arqueara y corcovara contra los dedos, los labios y la lengua de su marido. No había nada en el universo que pudiera compararse a los fragmentos de placer que la atravesaban, con la exquisita magnificencia que él podía crear con su boca.

Sasuke pensó que escuchar cómo Sakura gritaba su nombre era un regalo divino. Observar la manera en que sus labios formaban los sonidos era un momento de plena intimidad con ella.

Sin embargo, no podía esperar más. Tenía que introducirse en su cuerpo ya, descubrir lo que era estar dentro de ella cuando alcanzara el clímax.

La bata se abrió sola cuando se incorporó muy despacio para penetrarla. Puso el glande hinchado ante la cálida y anegada abertura y pensó en lo placentero que resultaba ese primer contacto. La sensación de estar a punto de poseerla de verdad, de conocer su sexo, le hizo contener el aliento.

Cerró los dedos en torno al pene y frotó la punta contra los empapados pliegues antes de introducir el glande y presionar hasta que se topó con una barrera. Sabía lo que era: su himen. Se apoyó en las rodillas y se balanceó sobre ella mientras apresaba sus caderas con las manos para alzarla hacia él.

—¡Ahora, Sakura! Por fin serás mía. —Ella dejó caer la cabeza justo en el momento en que él se clavó hasta el fondo. Sakura le entregó su cuerpo cuando él rompió la barrera. El suave grito femenino rompió el silencio... y su corazón. Odiaba tener que hacerle daño.

Su pene se deslizó dentro de ella como una espada en su funda. Lo aceptó por completo como parte fundamental de su cuerpo... Y fue glorioso.

—¡Ah..., eres increíble, Sakura!

Los palpitantes músculos internos se ciñeron ferozmente en torno a su eje. El placer de estar por fin dentro de ella era muy superior a cualquiera de sus más descabelladas fantasías. Se quedó inmóvil durante un rato, dándole la oportunidad de acostumbrarse a su tamaño. La empapada funda se amoldaba con firmeza alrededor de su ardiente y duro miembro.

El placer era indescriptible. ¡Santo Dios!

La necesidad de besarla se veía incrementada por el conocimiento de ser plenamente consciente de dónde se encontraba en ese momento. Se inclinó para apoderarse de sus labios y cubrió su boca por completo para introducir la lengua en la dulce cavidad. Ella se movió bajo su cuerpo al tiempo que emitía un gemido ahogado: eran solo un leve contoneo y un ligero lloriqueo, pero juntos resultaban una señal. Una suave expresión de sumisión y deseo que le indicaron que estaba preparada.

Se retiró poco a poco de su sexo y de su boca, aunque al instante volvió a zambullirse en ambos puntos a la vez. La sensación era deliciosa.

«¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Oh, sí!».

Su sabor era tan exquisito que, una vez probado, resultaba imposible contenerse y él se dejó llevar hasta perderse en ella. Empujó con fuerza y suavidad, disfrutando del agarre húmedo al que era sometida su erección. Lo que sentía era tan bueno que estaba dispuesto a explorar durante el resto de su vida la hipnótica funda que se escondía entre sus dulces muslos.

Siendo consciente de que acababa de perder su inocencia, no quería poseerla con demasiada dureza, pero la urgencia de hacerla suya disolvió cualquier sensibilidad.

«¡No soy un monstruo, pero quiero poseerla a fondo!».

¡Santo Dios, esa mujer era maravillosa! No podía detenerse. Se sumergió y se retiró de ella una y otra vez al tiempo que le sujetaba las caderas con las manos para inmovilizarla mientras intensificaba el ritmo de los envites. Una humedad oscura impregnaba su verga cuando se retiraba: la sangre virgen de Sakura. Aquello le inflamó todavía más, igual que el conocimiento de saber que era el primero que se internaba en su cuerpo, que solo él la disfrutaría.

Observar cada una de las embestidas le impulsó a penetrarla con más rapidez. Le daba la impresión de que su glande comenzaría a arder en cualquier momento. La sensación crecía imparable, la erupción se aproximaba, la necesidad de alcanzar la liberación era demasiado intensa para contenerse. Sus testículos se contrajeron y se dejó llevar por el clímax.

—¡Sakura! —Derramó su cálida semilla en el interior de su esposa. Su miembro seguía palpitando al compás de sus envites mientras continuaba acariciándola. Se vertió por completo antes de aminorar el ritmo hasta quedarse inmóvil.

«¡Su semilla estaba finalmente dentro de ella! ¡Era suya!».

Perdió el sentido del tiempo después de aquello. No supo cuántos minutos pasó flotando en la sensación de extrema dicha que provocaba en él haberla reclamado por fin. Notó que ella se movía bajo su cuerpo.

—¡Oh, Sakura! —Rodó a un lado. Acarició sus pechos y la besó en el hombro, en el cuello, hasta alcanzar finalmente sus labios. Después la tomó en sus brazos y la estrechó con fuerza.

«Eres mía».

Sus gestos debieron de conmoverla profundamente porque se puso a llorar, embargada por la sensibilidad del momento. Sakura se aferró a él, apretándose contra su cuerpo y enterrando la cara en su pecho.

«Mía».

Aquellas no eran las reacciones que él esperaba ni tenían sentido alguno para él. Era evidente que sentía algún pesar, pero, al mismo tiempo, se aproximaba en vez de escaparse.

—¿Mia cara, cariño? —preguntó él con suavidad—. ¿Te he hecho daño?

—No, no me has lastimado —repuso ella con sollozos entrecortados.

—¿Estás asustada?

—No. —Más sollozos atravesaron su cuerpo.

—Me alegro. Preciosa, ¿por qué lloras?

Ella meneó la cabeza.

—Dímelo, Sakura. Debes decírmelo.

El desasosiego que ella sentía se clavó en su corazón como un puñal. No quería verla triste; quería verla feliz, contenta, satisfecha... Deseaba que sintiera placer y ser él quien se lo proporcionara. Que necesitara sus caricias, que las deseara con ardor.

«Mía».

Se dirigió a ella con aquella voz tranquila a la que tan bien respondía sin dejar de pasarle las manos por la espalda.

—Quieres decirme qué te ocurre, Sakura, y vas a hacerlo.

Ella enterró la cabeza en su pecho y suspiró.

—¡Eres tú! ¡Me haces arder c-c-como el fuego! N-no sabía q-que sería a-así. —Notó que ella se estremecía sin control. Un profundo alivio le embargó.

«Era perfecto, justo como él sabía que sería».

—Mmm... Es así como debe ser, mi preciosa esposa. Me alegro de habértelo mostrado. Adoro conseguir que ardas por mí y continuaré haciéndolo una y otra vez. Tú también haces que yo arda. —Le cogió la cabeza para mirarla a los ojos—. Esto es solo el comienzo, preciosa. He soñado contigo, con hacer esto contigo, con descubrir cada parte de ti, mia cara..., cariño.

«Mía».