La Locura del Lord
7| MORDISCO DE AMOR
Un burbujeante placer disolvió la tensión de Naruto.
—Relaciones carnales —repitió él.
—Sí —confirmó ella con voz jadeante—. Si estás interesado.
«¿Que si estoy interesado?»
—Te refieres a acostarnos juntos —se aseguró él, concisamente.
El rubor de Hinata se intensificó y comenzó a juguetear con el anillo en el dedo.
—S-sí, me refiero exactamente a eso. N-no hablo de que me conviertas en tu… querida, ya… ya me entiendes, sino sólo… de ser dos personas gozando… de… de esa faceta de la vida. N-nos gustamos bastante… y no creo… que vuelva a casarme. Bien sabe Dios que Akatsuki me ha quitado las ganas. Pero… qui-quizá podamos ser… amantes. Al menos… mientras estemos en París. S-sé que estoy balbuceando, pero no puedo evitarlo.
¿Sabía ella lo hermosa que era? Tenía las mejillas en llamas, pero su mirada era a la vez desafiante e insegura.
—Sí —dijo Naruto, mirándola fijamente a los ojos durante un fugaz segundo.
Hinata respiró hondo y se le escapó una risita temblorosa.
—Gracias por no mostrar repugnancia.
¿Repugnancia? ¿Qué hombre sentiría repugnancia al oír que una dama como ella le pedía, tartamudeando, que fuera su amante?
Naruto dio un paso atrás para mirarla de arriba abajo. Llevaba puesto un sencillo vestido de paño fino color malva, con una sobrefalda fruncida que dejaba al descubierto los volantes de la enagua. Una fila de botones con forma de zarzamora cerraba el corpiño hasta la barbilla. El maldito cuello de la prenda era demasiado alto y cubría por completo la preciosa garganta de la joven en vez de exponerla ante él.
—Empezaremos ahora —manifestó Naruto.
Ella dio un respingo.
—¿Ahora mismo?
—Antes de que te arrepientas.
Hinata se apretó los labios con los dedos, como si estuviera intentando contener una sonrisa.
—Muy bien, ¿qué se te ha ocurrido?
—Desabróchate los botones del vestido hasta aquí. —Se acercó a ella y tocó el botón del hueco de la garganta. Quiso cogerlo entre los dientes y descubrir si realmente sabía a zarzamoras.
—¿Sólo hasta ahí?
—Por ahora.
A pesar de que le miró con sorpresa, Hinata comenzó a sacar los botones de los ojales. La pálida garganta apareció ante sus ojos, húmeda por el sudor. Era un cuello hermoso, largo y delgado, sin marcas. Naruto le deslizó las manos por la cintura. Ella le miró con los labios entreabiertos pero él no la besó. Apartó los bordes de la tela antes de inclinarse y pasarle la lengua por el cuello.
—Naruto…
—Shhh…
Le lamió el nicho de la garganta antes de apresar la suave piel entre los dientes.
—¿Qué estás haciendo?
—Te doy un mordisco de amor.
—¿Un mordisco de…?
Naruto la mordió suavemente en ese momento y ella contuvo el aliento. Él succionó con ternura, saboreó el gusto a sal de su piel, percibió la aceleración de su pulso bajo los labios.
Quería decirle que se desnudara para él. Que se levantara las faldas y que se desatara la cinta de las bragas; que se las quitara para poder ver el triángulo de vello, brillante por la humedad. Lo que ya era una dura erección, comenzó a latir con más fuerza.
Se preguntó si sus pezones sabrían como su cuello. Ansió desabrocharle el corpiño y arrancarle aquel maldito corsé para poder deleitarse en sus pechos. Quería capturar uno con la boca y el otro con la mano.
«Ve lentamente. Saboréala».
Naruto alzó la cabeza y rozó su mirada con la suya, atrapando un brillante destello plateado antes de bajar la vista otra vez hasta la seguridad de sus labios.
Eran unos labios hechos para besar. El inferior se curvaba ligeramente como si a ella le gustara sonreír; el superior se ondulaba también en una suave línea. Hinata tenía los ojos entrecerrados, estaba despeinada y mostraba una mancha más oscura en la garganta, donde él la había mordido.
—Ahora es tu turno —sentenció.
Se quitó la chaqueta, la corbata y el cuello rígido de la camisa. Hinata le observó fijamente mientras dejaba la garganta al descubierto.
La vio acercarse despacio, con la mirada clavada en su nuez. Los suaves mechones de la joven rozaron su barbilla cuando se inclinó hacia él, apoyándole las manos en los hombros.
Ella le rozó la garganta con los labios, cálidos y firmes… Entonces él percibió un diminuto pinchazo cuando Hinata utilizó los dientes.
Naruto no pudo contener un gemido cuando la joven capturó un pliegue de su piel. La suave succión al notar que comenzaba a chupar le hizo querer derramar su semilla. Tumbarla en el suelo, separarle las piernas y sumergirse en su interior. Nunca, desde que con diecisiete años se excitaba por las atenciones de una doncella de mejillas sonrosadas, había estado tan cerca de perder el control.
Quería despojarse por completo de la camisa y que Hinata le apresara las tetillas con la boca. Entonces le indicaría que se arrodillara ante él para que su habilidosa boca diera allí los mordiscos de amor.
«Mantener relaciones carnales —había sugerido Hinata con su dulce voz—, en aquellas ocasiones en las que a ambos nos convenga».
Oh, sí, habría muchas ocasiones y él se aseguraría de que siempre les conviniera.
Hinata alzó la cabeza y lo observó. Aquellos ojos perlados eran razón suficiente para acelerarle el corazón.
—¿Te ha gustado?
Él no podía hablar, las palabras se escapaban de su alcance. Capturó su boca en un beso salvaje y la abrazó con fuerza.
Habría muchas ocasiones, todos los días, donde fuera que estuvieran. La cabeza le dio vueltas ante las posibilidades que se abrían ante él. A Naruto le gustaban los juegos y sabía que jamás se cansaría de ése.
Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para alejarla. Si no ponía ahora punto y final a aquello, realmente la tumbaría en el suelo. O quizá se limitara a apoyarla en el respaldo de la silla.
O lo haría de las dos formas, y se dedicaría a tomarla durante toda la noche sin descanso.
La besó en la frente sin escuchar lo que ella decía. Deseó poseer el encanto de Menma, así podría encontrar las palabras adecuadas para darle las gracias, para proponerle otra cita, para continuar la función. Pero tuvo que limitarse a capturarle la cara entre las manos y a darle otro beso en la boca.
—Te acabo de preguntar si me enviarás un mensaje para una nueva cita por medio de Shino —repitió ella.
—Sí. —Qué fácil era estar con ella, incluso respondía a las preguntas que él no podía hacer—. Eso haré.
Recuperó la chaqueta, y guardó el cuello rígido y la corbata en el bolsillo antes de girarse para mirarla una última vez.
Hinata estaba inmóvil en medio de la habitación, justo donde la había encontrado cuando irrumpió violentamente en la estancia unos minutos antes. Pero ahora tenía el vestido desabrochado y exponía la garganta con la intensa marca roja que él había dejado en su piel. Le pesaban los párpados y los labios estaban hinchados por sus besos. Era lo más hermoso que él hubiera visto en su vida.
—Buenas noches —susurró ella.
Se obligó a darse la vuelta y abrir las puertas, ignorando al lacayo y a Sâra, que repentinamente se escabulleron del vestíbulo. Tras coger el sombrero, los guantes y la bufanda del perchero, salió en tromba de la casa, antes de ceder a la tentación y quedarse allí.
Pronto lo arreglaría todo para no tener que irse. Se casaría con ella por una razón muy sencilla: tenerla con él todas las noches, todas las mañanas, todas las tardes; cada segundo del día. Caminó por el boulevar, excitado y liberado a la vez.
Ya era noche cerrada, lo que hacía que se oyera con más claridad el ruido de los pasos que le seguían cuando se alejó por aquella calle de París.
Dormir le resultaba imposible. Hinata caminó de un lado para otro de su dormitorio hasta altas horas de la madrugada, envuelta en una bata. Era incapaz de escribir en el diario o de acostarse. Los acontecimientos estaban demasiado frescos en su mente para relatarlos y, si lo intentara, le temblarían las manos de tal manera que mancharía de tinta todas las páginas.
Se obligaba a cerrar la bata hasta el cuello pero, sin embargo, al rato se detenía ante el espejo y se miraba la garganta. La marca roja que Naruto había dejado resaltaba sobre su piel, casi como una magulladura. Algunas chicas que llegaban al asilo de beneficencia llevaban marcas como ésa y se habían reído de Hinata cuando les preguntaba sobre ellas en tono preocupado.
Presionó la mano contra el mordisco de amor. No había imaginado por qué alguien querría hacer tal cosa. Ahora recordaba cómo le había hervido la sangre en las venas al notar el aliento de Naruto en la garganta, el latido en su sexo cuando le pellizcó la piel con los dientes. Él le había rozado la barbilla con el pelo, cálido y con suave olor a jabón.
Escuchó que Sumire volvía a casa y rogó que su amiga no acudiera a su habitación para una íntima charla nocturna. Le había cogido mucho cariño a la cuñada de Naruto, pero sabía que no podría ocultarle su agitación, su excitación. Sería tan transparente para ella como un cristal.
Sumire recorrió el pasillo hasta su habitación en medio de una inusual quietud. A través de la pared, Hinata la escuchó hablar en voz baja con la doncella que le preparaba la cama. Luego la criada se fue y todo quedó en silencio.
Hinata seguía siendo incapaz de sentarse. Su cuerpo estaba excitado, crispado por no haber culminado lo que había iniciado con Naruto. Había temido que él se riera de su sugerencia de mantener una relación. Puede que ella hubiera compartido el lecho con un hombre y supiera lo que era un orgasmo, pero Naruto MacUzumaki era la decadencia personificada. Algo completamente diferente.
Él había esbozado aquella ladeada sonrisa, mirándola fijamente durante un breve instante antes de decir que sí. No había parecido divertido ni aburrido, no había mostrado indiferencia ni la había avergonzado. Y la sonrisa que le brindó hizo que su cuerpo comenzara a arder de manera incontrolada.
Había emprendido otro agitado paseo por el dormitorio, cuando escuchó un apagado sonido a través de las paredes. Sabía de qué se trataba, ella misma había emitido a menudo un ruido similar después de la muerte de Toneri. Cuando lloraba a solas con la cara hundida entre las almohadas en la sencilla habitación que usaba en casa de la señora Barrington.
Se ciñó la bata y se dirigió al cuarto de Sumire. Llamó a la puerta pero nadie respondió; entró.
Las lámparas estaban a medio gas y en la estancia flotaba una débil luminosidad, amarilla y deprimente. Hinata subió la intensidad de la luz y vio que su amiga se encontraba sentada en una chaise, con la cabeza entre las manos. El largo pelo violeta le cubría la espalda como una cortina y, en el interior de aquel capullo, la joven lloraba ahogadamente con estremecedores sollozos.
Hinata se sentó a su lado y le pasó la mano por el brillante cabello.
—Cariño, ¿qué te ocurre?
Sumire sacudió la cabeza con fuerza antes de alzar la cara. Estaba manchada y brillante por las lágrimas.
—Vete.
—No. —Hinata le apartó un rizo de la mejilla—. He llorado sola muchas veces y es algo terrible.
Sumire la miró con sus brillantes ojos violetas antes de echarse a sus brazos y rodearle el cuello. Hinata la abrazó y le acarició el pelo.
—Menma estaba en el baile de esta noche —sollozó Sumire.
—Oh, cariño…
—La condesa nos invitó a los dos para divertirse con lo que ocurriera cuando nos viéramos. Es una zorra.
Hinata no podía estar más de acuerdo.
—¿Y qué ha ocurrido? Sumire alzó la cabeza.
—Menma me ignoró. Hizo como que no me veía y yo le imité. —Sonaba angustiada—. Pero, oh, Hinata, le amo tanto.
—Lo sé, cariño.
—Quiero odiarle. Deseo poder odiarle. Lo intento con todas mis fuerzas, pero soy incapaz. Por lo general lo asumo con valentía, sin embargo, cuando le he visto esta noche…
Hinata la acunó un poco.
—Lo sé.
—No puedes saberlo. Tu marido murió, no es lo mismo. Tú tienes la certeza de que él te amaba, siempre estará en tu corazón. Pero cada vez que veo a Menma, es como si me clavaran un cuchillo. Sí, sé que me amó una vez antes de que todo se estropeara…
La última palabra se convirtió en un sollozo. Hinata la estrechó, apoyando la mejilla en su pelo. Sentía un intenso dolor por su amiga. Había notado la tensión en los ojos de Sumire y un duro hastío en los de Menma. No era asunto suyo, pero deseó con todas sus fuerzas que las cosas pudieran arreglarse entre ellos.
Sumire alzó otra vez la cabeza y se limpió las lágrimas.
—Quiero mostrarte algo.
—Deberías descansar, Sumire. Será mejor que me lo enseñes mañana.
—No. Quiero que tú también lo sepas.
Sumire se levantó y se pasó el pelo por encima del hombro mientras se dirigía al armario. Lo abrió y sacó un pequeño cuadro envuelto en tela. Lo llevó a la cama donde lo colocó cuidadosamente sobre el colchón, entonces apartó la tela.
Hinata contuvo el aliento. La pintura mostraba a Sumire sentada en el borde de una cama deshecha. La sábana se deslizaba de manera provocativa por su hombro y dejaba al descubierto un pecho perfecto, permitiendo vislumbrar el vello en la unión de los muslos.
A pesar del tema —una mujer levantándose de la cama de su amante—, el retrato no podía considerarse lascivo ni indecoroso. Las tonalidades eran elegantemente discretas y las únicas notas de brillante color eran el pelo de Sumire y un ramo de rosas amarillas.
Era el retrato del amor, pintado por un hombre que consideraba que su esposa era también su amante. Además, por lo poco que Hinata entendía de pintura, era evidente que estaba asombrosamente bien realizado. La luz, las sombras, la composición, el color… Todo había sido capturado a la perfección en el pequeño lienzo. El artista había plasmado su firma en una esquina: Menma MacUzumaki.
—¿No crees que es un genio? —preguntó Sumire con suavidad. Hinata retorció las manos.
—Es precioso.
—Lo realizó la mañana siguiente a nuestra boda. Hizo los bosquejos en el dormitorio y luego lo pintó en el estudio. Dijo que lo había hecho «al descuido», pero añadió que le habría resultado imposible no pintarlo.
—Tienes razón, Sumire. Es evidente que él te amaba.
Más lágrimas silenciosas se deslizaron por las mejillas de Sumire.
—Deberías haberme visto en mi baile de presentación. Era una chica inocente y tonta, y él el hombre más decadente y atractivo que hubiera visto nunca. Ni siquiera estaba invitado. Se presentó allí por una apuesta. Me obligó a bailar con él, afirmó que tenía que quitarme el miedo. Me tomó el pelo y se burló de mí hasta que quise estrangularle. Supo hacerme sentir. Jugó conmigo como si fuera un pez que estuviera a punto de atrapar en su red. —Suspiró—. Y bien que me atrapó. Me casé con él esa misma noche.
Hinata estudió de nuevo la pintura. Puede que Menma se hubiera acercado a ella para tomarle el pelo, pero las cosas habían terminado de una manera muy diferente. Aquel cuadro estaba inspirado por la ternura, lleno de colores suaves. Era el trabajo de un hombre enamorado.
—Gracias por enseñármelo —dijo Hinata.
Sumire sonrió.
—Necesitas entender a los MacUzumaki. Me alegra mucho que hayas captado la atención de Naruto, pero puede que no te encuentres con un camino de rosas, querida. Amar a un MacUzumaki puede ser devastador. Ten cuidado, Hinata.
A Hinata se le aceleró el corazón. Mientras miraba de nuevo a la hermosa mujer pintada con amor por Menma MacUzumaki supo que ya había llegado demasiado lejos como para tener cuidado.
No vio a Naruto hasta una semana después de su encuentro.
Había esperado con ansiedad recibir el prometido mensaje con la siguiente cita, pero éste no llegó. Intentó con todas sus fuerzas no correr escaleras abajo cada vez que sonaba el timbre, cada vez que oía a un lacayo o a una doncella caminando ante la puerta de su habitación. Procuró no sentirse desilusionada cuando comenzaron a pasar los días sin recibir noticias; se dijo a sí misma que podía haber cien razones distintas para que él no hubiera intentado encontrarse con ella, sin ir más lejos porque tuviera asuntos de los que ocuparse.
Sumire le había explicado que Nagato encargaba a Naruto que leyera los tratados y su correspondencia sobre temas políticos, y que los grabara en su memoria. Luego su hermano le alertaba sobre algunas frases en particular y le pedía que las buscara en los textos.
Naruto también poseía una gran habilidad con las matemáticas y era quien se ocupaba de todas las inversiones de la familia. Como un jugador que conociera de antemano las cartas de una partida, Naruto seguía los altibajos de los mercados bursátiles con una extraña precisión. En los años que llevaba fuera del sanatorio mental, casi había duplicado la abrumadora fortuna de los MacUzumaki.
—No me sorprendería nada que fuera ésa la razón por la que Nagato lo sacó del sanatorio —había dicho Sumire cuando se lo explicó—. A mí me parece un tanto injusto que Nagato se aproveche de esa manera del prodigioso cerebro de Naruto. No es de extrañar que padezca esas horribles jaquecas.
Hinata se sintió indignada por Naruto. Aunque quizá le gustara trabajar para su hermano; era algo que no había mencionado nunca y que, sin embargo, explicaría a la perfección una semana de ausencia.
El sábado, Sumire la llevó consigo a otro fastuoso baile, éste en la residencia de una duquesa. Hinata bailó con varios caballeros que la miraron con ojos depredadores. Si hubiera sido una joven superficial, habría pensado que les había dejado deslumbrados, pero era consciente de la realidad. Muchos de los bohemios amigos de Sumire vivían por encima de sus posibilidades, y una viuda con una gran fortuna no era algo para dejar pasar por alto. La señora Barrington les habría mirado por encima del hombro antes de llamarles «chusma francesa con aspiraciones». La anciana no había sentido demasiado aprecio por nada francés; aunque les perdonaba cualquier cosa ya que habían producido a Hinata.
Se abanicó con fuerza tras un vigoroso vals con un caballero, mientras él seguía hablando del costo que suponía mantener un carruaje y un servicio decente.
—Pero es lo que tengo que hacer, querida. Si no fuera así, parecería que estoy en la ruina. —Justo las palabras que le gustaban escuchar una dama. Un lacayo la salvó de aquella insustancial conversación llevándole una nota. Se disculpó ante tan derrochador caballero y abrió el papel.
Es urgente que nos veamos. Primer piso, primera puerta.
Naruto
A Hinata se le aceleró el pulso. Arrugó la nota y la guardó en el bolsillo. Luego atravesó la casa hasta la escalinata curva. Al llegar arriba se detuvo ante una puerta dorada. La abrió y entró en una pequeña estancia, meticulosamente decorada, en la que se encontraba Naruto MacUzumaki. Miraba un reloj de bolsillo con el ceño fruncido y no levantó la vista cuando ella entró.
—Naruto —dijo ella jadeante—. ¿Qué sucede? ¿Qué te pasa?
Naruto cerró el reloj con un clic y lo guardó en el bolsillo del chaleco.
—Cierra la puerta. No tenemos mucho tiempo.
Continuará...
