ADVERTENCIAS: Este capítulo contiene menciones de transfobia, descripciones de violencia y sangre, y canibalismo forzado (sí).


XVI

El Corazón Peludo del Brujo

«So look in the mirror and tell me, who do you see? Is it still you? Or is it me?

Become the beast, we don't have to hide. Do I terrify you or do you feel alive?

Splinters of my soul cut through your skin and burrow within».

Become the Beast, Karliene

«Érase una vez un joven brujo atractivo, rico y con talento que observó cómo sus amigos se comportaban como idiotas cuando se enamoraban: retozaban como críos, se acicalaban y perdían el apetito y la dignidad. Así pues, decidió no caer nunca en esa debilidad y empleó las artes oscuras para evitarlo. […]

El brujo estaba seguro de que provocaba una inmensa envidia a todos cuantos contemplaban su espléndida y apacible soledad; por eso sintió una ira y un disgusto tremendos cuando, un día, oyó a dos de sus lacayos hablando de su amo.
El primer criado expresó la pena que sentía por él, pues pese a toda su riqueza y poder seguía sin tener a nadie que lo amara. Pero su compañero, riendo con burla, le preguntó por qué creía que un hombre con tanto oro y dueño de tan grandioso castillo no había conseguido una esposa.

Esas palabras asestaron un duro golpe al orgullo del brujo. Así pues, decidió esposarse de inmediato con una mujer que fuera superior a todas las demás. […]

Era una bruja de una habilidad prodigiosa y poseía una gran fortuna en oro. Su belleza era tal que cautivaba el corazón de todos los hombres que la miraban; es decir, de todos los hombres excepto uno: el corazón del brujo no sentía absolutamente nada. Aun así, ella era el premio que él buscaba, de modo que empezó a cortejarla. […]

La doncella estaba sentada en un trono junto al brujo, quien, en voz baja, le dedicaba tiernas palabras que había escamoteado a los poetas sin tener la menor idea de su verdadero significado. La doncella escuchaba desconcertada, y al final replicó:

Hablas muy bien, Brujo, y me encantarían tus halagos si pensara que tienes corazón.

El anfitrión sonrió y le aseguró que no debía preocuparse por eso. Le pidió que lo acompañara. Ambos salieron del salón donde se celebraba el banquete y él la condujo hasta la mazmorra donde guardaba su mayor tesoro.

Allí, en un cofre encantado de cristal, reposaba el corazón del brujo. Como llevaba mucho tiempo desconectado de los ojos, los oídos y los dedos, nunca lo había estremecido la belleza, una voz cantarina o el tacto de una piel tersa. Al verlo, la doncella se horrorizó, pues el corazón estaba marchito y cubierto de largo pelo negro.

Pero ¿qué has hecho? —se lamentó—. ¡Devuélvelo a su sitio, te lo suplico!

El brujo comprendió que debía complacer a la joven. Así que sacó su varita mágica, abrió el cofre de cristal, se hizo un tajo en el pecho y devolvió el peludo corazón a la vacía cavidad original.

¡Ya estás curado y ahora conocerás el amor verdadero! —exclamó la doncella, radiante, y lo abrazó. La caricia de sus suaves y blancos brazos, el susurro de su aliento y la fragancia de su espesa cabellera rubia traspasaron como lanzas el corazón recién despertado del brujo. Pero en la oscuridad del largo exilio a que lo habían condenado se había vuelto extraño, ciego y salvaje, y le surgieron unos apetitos poderosos y perversos. […]

La doncella yacía muerta en el suelo, con el pecho abierto; agachado a su lado estaba el brujo, desquiciado y sosteniendo en una mano un gran corazón rojo, reluciente, liso y ensangrentado. Lamía y acariciaba ese corazón mientras juraba que lo cambiaría por el suyo.

En la otra mano sostenía su varita mágica, con la que intentaba extraerse el corazón marchito y peludo. Pero el corazón peludo era más fuerte que el brujo, y se negaba a desconectarse de sus sentidos y volver al cofre donde había pasado tanto tiempo encerrado.

Ante las horrorizadas miradas de sus invitados, el brujo dejó la varita y asió una daga de plata. Y tras jurar que nunca se dejaría gobernar por su corazón, se lo sacó del pecho a cuchilladas.

Entonces se quedó un momento arrodillado, triunfante, con un corazón en cada mano, y a continuación se desplomó sobre el cadáver de la doncella y murió».

El Corazón Peludo del Brujo, Los Cuentos de Beedle el Bardo


El Juramento Inquebrantable que forjaron establecía tres verdades irrompibles:

1. Lord Voldemort utilizaría todo el poder necesario para arrebatarle el gobierno a los elfos y devolver el control a los magos.

2. Una vez logrado este objetivo, Lord Voldemort dejaría Reino Unido para siempre, y no volvería a cruzar sus fronteras.

3. Si se cumplían estas dos premisas, Harry Potter permanecería para siempre al lado de Lord Voldemort.

Hermione lo abrazó entre lágrimas, enterrando el rostro en su cuello. Lloraba con tanta intensidad que le temblaba todo el cuerpo, y Harry le devolvió el abrazo con fuerza. Él no tenía lágrimas, sin embargo. Se sentía vacío y frío; sus sentimientos congelados en su pecho para impedir que se derramaran y lo destrozaran todo a su paso.

—Volveremos a por ti, Harry —prometió Hermione sobre su hombro—. El plan funcionará, y te salvaremos de nuevo. No te abandonaremos.

—Diles a todos que les quiero, que hicieron de mi vida algo que merecía la pena —murmuró contra el pelo de su amiga—. Diles que gracias por quererme.

Hermione sollozó con más ahínco, y Harry tuvo que despegarse a la fuerza de sus brazos, incapaz de soportar el abrazo por más tiempo. No quería derrumbarse todavía, no quería arrepentirse de su decisión tan pronto.

Sentía los ojos de Voldemort en la nuca, al otro lado de la calle. Y la cicatriz volvía a arderle con rabia.

«Ya sé que estoy en peligro», quería decirle a la marca ardiente que lo unía inevitablemente a Lord Voldemort. «Estoy andando hacia él por propia voluntad porque soy gilipollas».

Se soltó de su amiga y se giró sin mirar atrás. La calle estaba vacía y pobremente iluminada. Unos pocos dementores rodeaban las inmediaciones, en una muda amenaza por parte del mago oscuro. Malfoy se había negado a abandonar el piso protegido en el que se ocultaban, pero Hermione lo había acompañado para asegurarse de que el trato mágico se llevaba a cabo correctamente.

Con piernas ligeramente temblorosas, Harry caminó hacia el asesino de sus padres, que lo contemplaba con los ojos colmados de deleite. La túnica oscura con capucha ocultaba la mayoría de sus rasgos, y el brillo de sus pupilas color sangre era casi lo único distinguible de su figura.

«Sigue andando, no te detengas», le dijo a sus piernas temblorosas. Quería huir, quería correr en la dirección contraria y no mirar atrás. Notaba la sangre en los oídos, latiendo como si ahí tuviera un segundo corazón e impidiéndole escuchar el mundo a su alrededor.

Cuando al fin estuvo a unos pasos de Lord Voldemort, este entendió una mano pálida como una calavera y de dedos largos como patas de araña:

—Harry Potter —se limitó a decir en apenas un susurro, como de bienvenida.

Tratando de controlar el temblequeo de todo su cuerpo, Harry alargó su propio brazo y agarró la mano de su archienemigo.

Y así, se cerró el trato, y monstruo y niño se desaparecieron.

.

La calle a la que los había llevado Voldemort era amplia y estaba rodeada de casas. Se encontraban en un barrio de clase media-alta, a juzgar por los jardines bien cuidados y las molestas luces navideñas que decoraban casi todas las fachadas y se reflejaban en sus gafas. Era una calle muggle, sin duda; Harry apenas reconocía los coches aparcados en las aceras o las farolas que iluminaban el asfalto. Todo había cambiado demasiado en el mundo muggle en su ausencia, pero al mismo tiempo, todo a su alrededor (desde las puertas de entrada hasta los recortados setos) seguía siendo tremendamente inglés.

—Pensaba que íbamos a dejar Reino Unido —dijo Harry con tono acusador, esforzándose en seguir las largas zancadas del mago oscuro, que se deslizaba a través de la calle vacía con una clara destinación en mente.

—El trato establecía que debo dejar el país una vez los elfos estén destruidos —siseó Voldemort sin mirarlo—. La batalla está teniendo lugar en estos instantes y no requiere de mi intervención, así que nosotros podemos tratar algunos asuntos antes de abandonar este país patético y moribundo.

A Harry no le gustaba nada cómo sonaba ese «nosotros» ni esos asuntos que Voldemort quería tratar.

—El trato también establecía que estaría a tu lado siempre —replicó Harry con petulancia—, pero no incluía que deba obedecerte como tu perrito faldero.

Por un momento, a Harry le pareció que Voldemort sonreía y eso lo aterrorizó todavía más que cualquier otra cosa que hubiera tenido lugar esa noche.

—Oh, lo sé —murmuró el mago oscuro—. Siempre has sido molesto e inflexible a mis deseos, no es algo que espero que cambie a corto plazo.

Voldemort se detuvo al fin ante una de las casas adosadas. Era la casa más elegante de la calle, portaba un pequeño jardín adornado con petunias (Harry se preguntó con asombro cómo habían logrado sobrevivir a ese tiempo), y una fachada de un blanco reluciente. Unas luces navideñas adornaban las ventanas, aunque eran más austeras y sutiles que las de otras casas vecinas.

—Ya estamos aquí —declaró Voldemort, casi con expectación.

Harry miró con atención la casa, preguntándose dónde era «aquí» exactamente. Había algo en ella que le resultaba terriblemente familiar, pero no lograba ubicarla. Voldemort pareció darse cuenta de su confusión, porque suspiró con pesar de una manera que recordaba terriblemente a Tom Ryddle.

—¿No la reconoces? Te he traído a casa —Voldemort señaló el cartel bajo el buzón en el que rezaba el número de la casa y el nombre de la calle.

A Harry se le heló la sangre en las venas.

«Número 4 de Privet Drive».

No la había reconocido. La calle y la casa estaban muy diferentes a como las recordaba en su memoria, muy diferentes a como las recreaba en sus sueños. El cambio en el mundo muggle había sido tan brusco que le hacía sentir que había dormido cien años en lugar de veinticinco. Todo había cambiado.

Todo menos él.

Voldemort empujó la verja que daba al jardín delantero y caminó hacia la puerta como si fuera dueño del lugar. Era casi gracioso: esa figura alta y encapuchada, una pesadilla hecha de carne y hueso, recorriendo tranquilamente una calle muggle cubierta de adornos navideños.

Harry se forzó a tomar aire, tratando de frenar el pánico que le subía por la garganta.

«Entonces era verdad. Esa visión que vi de Tía Marge… Era cierto. Voldemort la mató».

—¿Qué les has hecho? —Masculló con los puños apretados y la rabia latiendo en las sienes. No entendía por qué le importaba tanto lo que les hubiera pasado a los Dursley, a los que ni siquiera había dedicado un pensamiento desde que despertó, pero había algo amargo en que Voldemort tuviera que mancillar a cualquier persona con la que Harry se hubiera relacionado alguna vez.

Incluso aunque fueran personas horribles.

—¿Por qué no lo descubres por ti mismo? —Dijo Voldemort, abriendo la puerta de entrada con un golpe de varita y colándose en su interior.

A Harry no le quedó más remedio que seguirlo.

El interior de la casa también había cambiado. Era evidente que habían remodelado muchas veces, en diferentes ocasiones, a lo largo de todos esos años. Harry siguió a Voldemort en su camino hacia el salón, y sintió un apretón en el estómago al comprobar que el cuarto bajo las escaleras había desaparecido. La puerta había sido tapada con yeso y pintura, como si nunca hubiera existido. Al igual que el niño enclenque y harapiento que había dormido en ese lugar durante once años.

A pesar de todo, nada podría haberlo preparado para la escena en el salón. Un escalofrío le recorrió la espalda nada más entrar a la estancia, como si estuviera más fría que el resto del lugar, y ahí esperaban los Dursley. Harry apenas podía reconocerlos.

«Es lógico que hayan envejecido, al igual que todo los demás», se dijo con el corazón en la garganta. «Es lógico que ya no parezcan los mismos».

Tío Vernon no había envejecido bien; estaba casi calvo, terriblemente obeso y con un ralo bigote que apenas cubría sus muchas arrugas. Estaba sentado en el suelo abrazando a tía Petunia, que llevaba un recatado vestido y el pelo teñido recogido en un elegante moño; era la que menos había cambiado. Cerca de ellos, Harry reconoció a Dudley por los ojos redondos y saltones como botones. Al igual que su padre, había perdido mucho pelo, pero al contrario que él, también había perdido muchos kilos. Estaba sentado en el suelo como el resto de la familia, con la cabeza gacha y temblando; daba la impresión de ser un niño excepcionalmente grande.

Y justo a su lado, abrazándolo, había dos personas que Harry no conocía de nada. Una era una mujer de edad similar a la de Dudley, con pelo rizado y nariz respingona. La otra era una niña con los ojos como botones de Dudley y la nariz respingona de la mujer desconocida, y Harry sintió un tirón en el estómago.

«Mi sobrina, es mi sobrina».

Astoria Malfoy estaba de pie tras ellos, con expresión neutral y la varita en la mano. Harry la miró con odio, antes de que sus ojos se deslizaran hacia la mancha de sangre que se extendía sobre la alfombra. Allí descansaba una única pierna, la que Harry sabía que Voldemort había cortado a tía Marge. El resto del cuerpo, sin embargo, estaba desaparecido.

—Tú —escupió tío Vernon nada más verlo, con tanto odio que Harry dio un paso hacia atrás. Pero Voldemort movió ligeramente su varita, en una velada amenaza, y tío Vernon volvió a cerrar la boca de golpe y palidecer tanto que casi pareció ponerse verde. A pesar de que el mago oscuro era la evidente amenaza, toda la familia Dursley miraba a Harry como si fuera una aparición maldita que había llegado para destruirlos.

—¿Qué…? ¿Qué has hecho? —Fue todo lo que pudo murmurar Harry en puro horror.

Voldemort lo ignoró y se dirigió a la señora Malfoy:

—Has hecho un buen trabajo, Astoria. Puedes irte.

La señora Malfoy inclinó la cabeza respetuosamente y se desapareció de allí sin más. En la habitación solo quedaron Harry, Voldemort y los Dursley.

—Déjalos marchar —dijo Harry con agresividad, saliendo del shock y recuperando el dominio de sí mismo. Avanzó unos pasos y agarró a Voldemort por el cuello de la túnica para inclinarlo sobre él—. Ya me tienes a mí. Ya tienes lo que querías. No los necesitas para nada, déjalos marchar.

Voldemort estudió su rostro, casi con curiosidad. No parecía molesto por la repentina invasión de su espacio personal, pero claro, Voldemort siempre había disfrutado acercarse a Harry más de la cuenta para amenazarlo.

—Por supuesto —dijo con una tranquilidad que solo logró ponerle los pelos de punta—. Los dejaré marchar si eso es lo que quieres, Harry, depende enteramente de ti.

Harry soltó la túnica de Voldemort respirando con fuerza, pero este permaneció inclinado sobre él. Había entregado su varita al mago oscuro cuando establecieron el trato, en una muestra de buena voluntad, así que estaba completamente indefenso, igual que los Dursley.

—¿Qué es lo que quieres a cambio de dejarlos ir, pues? —Espetó, furioso.

Voldemort separó los labios para sonreír, y fue como ver una herida abierta. Era una sonrisa horrible, que le hacía parecer una criatura terrorífica salida de una historia de terror. Una sonrisa que prometía dolor y sufrimiento.

—Quiero que escojas a uno de ellos, Harry —respondió con suavidad, acercándose tanto a Harry que su aliento le rozaba la frente—, y quiero que lo mates.

«¿Qué?»

Harry trastabilló hacia atrás.

—¿Qué?

Voldemort se enderezó en toda su altura.

—Si matas a uno de ellos, perdonaré a los demás.

Harry lo miró de hito en hito.

—¿Por qué? ¿Por qué quieres que mate a uno de ellos? No sé qué pretendes conseguir con esto, pero los Dursley no son familia para mí. Si lo que quieres es torturarme…

—Aunque torturarte siempre aporta su diversión, Harry, nunca ha sido mi principal objetivo, y tampoco lo es ahora. No, no tengo ningún deseo de torturarte. Se trata de un asunto mucho más importante, así que tú serás un buen chico por una vez y matarás a uno de tus familiares antes de que lo haga yo y acabe con toda la calle en el proceso.

Harry contempló a Voldemort con fijeza, tratando de descifrar sus motivos tras toda esa pantomima. Después de todo, Voldemort había preparado ese escenario, se había molestado en ir a buscar a los Dursley para mantenerlos aterrorizados y encerrados durante días. Y mientras hablaba, en los ojos del mago oscuro destacaba un brillo ferviente, casi fanático, como si ese momento se encontrara la solución a todos sus problemas. Aquello era algo más que un intento de torturarlo o hacerle daño; Voldemort quería convertirlo en un asesino. Voldemort quería…

—¡Qué ridiculez es esta! —Exclamó tío Vernon, atreviéndose a levantarse del suelo con pesadez—. ¡Ya hemos aguantado suficiente! Si piensas que vamos a permitir que un pequeño bicho raro como tú nos trate así, Potter, ¡estás muy equivocada! La policía será informada de esto y…

Voldemort lo señaló rápidamente con la varita y dijo casi con aburrimiento:

Crucio.

Tío Vernon emitió un grito desgarrador, y cayó al suelo aferrándose el corazón entre llantos. Tía Petunia chilló también, corriendo al lado de su marido, y la niña en brazos de Dudley empezó a llorar. Harry se apresuró a colocarse entre ellos. Tío Vernon era bastante mayor y nunca había tenido buena presión cardíaca; podía sufrir un ataque al corazón en cualquier momento y eso solo serviría para añadir otra muerte a la conciencia de Harry.

—¡Basta! —Gritó Harry—. ¡Déjalos en paz!

—Si fuera tú, lo mataría a él —comentó Voldemort con aire conversacional, como si estuvieran discutiendo el tiempo—. Es incapaz de callarse y agachar la cabeza ante una evidente amenaza.

Harry cogió varias bocanadas de aire, tratando de tranquilizarse.

—Quieres que haga un Horrocrux —dijo en voz baja. Voldemort lo contempló en silencio—. Quieres que cometa un asesinato y divida mi alma en dos para hacer un Horrocrux, ¿no es así? ¡Matando a mi familia muggle para ello igual que hiciste tú! —Soltó una risotada histérica, llevándose las manos a la frente—. Sabía que estabas loco, ¡pero no era consciente de que habías perdido el juicio hasta este punto!

Voldemort se movió rápido como el pensamiento, alzándose de nuevo sobre él en una respiración, furioso y amenazante.

—¡No hables de aquello que no sabes, Potter! ¡No hables sin saber…!

—¡¿Acaso no has visto hasta dónde te ha llevado la creación de Horrocruxes?! ¡¿Hasta qué punto se ha salido de control y te ha convertido en algo que ni siquiera es humano?! ¡No, por supuesto que no lo ves! ¡Porque eres un ignorante como siempre has sido, Ryddle, y ahora en tu ignorancia quieres destruirme a mí también!

Voldemort lo contempló un momento, y Harry se preparó para las maldiciones que le caerían. No le importaba. Estaba furioso. Histérico. Quería aferrar a Voldemort por los hombros y sacudirlo hasta que entrara en razón. Agarrarle el rostro de serpiente y arrancarle la piel hasta descubrir los restos de Tom Ryddle que quedaban debajo, para entonces destruirlos también.

Pero Voldemort no dirigió su varita hacia a Harry, a pesar de que este podía percibir la ira del mago oscuro a través de su conexión; la cicatriz le picaba en recordatorio. En su lugar, Voldemort dirigió su varita hacia la niña en brazos de Dudley y susurró:

Crucio.

La niña, la hija de Dudley y la sobrina de Harry, emitió un aullido desgarrador. Su madre chilló al mismo tiempo, tratando de colocarse entre ella y Voldemort para protegerla. Dudley se lanzó hacia Voldemort con la cara enrojecida y los ojos llorosos, pero el mago oscuro lo hizo estrellarse contra la pared con un gesto.

—¡BASTA! —Gritó Harry— ¡BASTA! ¡DETÉN ESTO AHORA MISMO! ¡DÉJALOS! ¡ES UNA NIÑA!

—¡Todo depende de ti, Potter! —Respondió Voldemort—. ¿Seguirás comportándote como un niñato u obedecerás mis deseos?

Harry cerró un momento los ojos, tratando de calmarse. La maldición ya se había detenido, pero la niña seguía llorando y gimoteando mientras su madre la acunaba entre sus brazos. Dudley había caído desmayado contra la pared, y tía Petunia abrazaba a tío Vernon entre lágrimas silenciosas, el cual también parecía haber perdido la conciencia. La pierna perdida de tía Marge seguía tendida en la alfombra, sobre un charco de sangre. Harry se sentía enfermo.

—Escúchame —suplicó, todavía con los ojos cerrados—. Escúchame. Estás cometiendo un error: no sabes lo que puede pasar si me obligas a crear un Horrocrux. ¿Y si la parte de tu alma que vive dentro de mí se destruye en el proceso? Es una completa locura sin ningún sentido. ¿Y solo para hacerme inmortal? No merece la pena arriesgar tu alma de esa manera.

Harry abrió los ojos por fin, y se encontró a Voldemort estudiándolo de forma evaluativa. Por un instante, se permitió tener esperanza y pensar que podría convencerlo.

—Aunque agradezco tu preocupación —empezó el mago oscuro con profunda ironía—, discúlpame si no tengo muy en cuenta la opinión de un mago mediocre que no sabe nada de magia de almas.

Harry podía sentir la desesperación en la garganta.

—¿Cuál es el sentido de obligarme a hacer un Horrocrux? ¡Eres tú el que quiere vivir para siempre, no yo!

—¿Todavía no te has dado cuenta, Harry? A estas alturas, hablar de ti es hablar de mí —Voldemort suspiró y echó los hombros hacia atrás, como preparándose para dar una larga explicación—. Me temo que mi alma está… demasiado fragmentada como para que sea conveniente seguir dividiéndola. Pero la tuya no. Tu alma está intacta Harry, y unida irremediablemente a la mía. Si tú creas un Horrocrux, y por lo tanto te vuelves inmortal, yo seré inmortal de nuevo también, porque estamos unidos como nadie lo ha estado en la historia de la magia.

Harry sentía que estaba cayendo en un agujero negro que lo tragaba hacia dentro y del que no podía salir. Y al fondo de su cabeza surgía un recuerdo difuso y vago, que no lograba distinguir con claridad, pero que parecía querer recordarle algo importante.

«Eres la única salvación que le queda a Lord Voldemort».

—¡Todavía te queda Nagini! —Exclamó Harry, con el sudor frío recorriéndole la espalda. La serpiente no parecía estar por los alrededores, pero Harry sabía que estaba cerca; la sentía en las inmediaciones. Se preguntó con nauseas si habría sido ella la que había devorado el cadáver de tía Marge.

—Nagini es mortal, igual que tú —respondió Voldemort, torciendo los labios en una mueca de desagrado—. Por eso es tan sumamente importante crear un Horrocrux inmortal, y por eso tú eres tan importante, Harry. Yo no puedo dividir más veces mi alma, es demasiado inestable. Pero tú sí puedes, y así yo podré vivir a través de ti —Voldemort volvió a acercarse a él hasta acariciarle la mejilla con la varita—. Esa es tu función como mi Horrocrux, después de todo.

Harry sintió ganas de vomitar.

—Estás cometiendo un error —murmuró—. Si destruyes mi alma, te estarás destrozando más a ti también. ¿No lo ves? No puedes hacer esto.

—Ya me he cansado de tus quejidos y de darte explicaciones que te niegas a entender, Potter —dijo Voldemort sumamente molesto. Separó la varita de su mejilla y la volvió a levantar de manera amenazadora—. Escoge a alguien a quien matar ya, o empezaré yo por la niña.

Harry se giró para contemplar la imagen que daban los Dursley, aterrorizados hasta la médula en una situación que no entendían. Lo habían maltratado e ignorado durante años, pero Harry no quería matarlos. Harry no quería matar a nadie, y no quería destrozar su alma y convertirse en un monstruo como Voldemort.

Pero era inútil. Imponente. El Elegido que nunca podía hacer nada.

—Por favor —susurró, agachando la cabeza. Una lágrima traidora se escapó de sus pestañas y le bajó por la mejilla. Humillarse suplicando era mejor que la alternativa—. Por favor. No me obligues a hacer esto. Haré cualquier otra cosa, pero no esto. Por favor.

Voldemort le acunó la cara con una mano y pasó un dedo frío por su mejilla para recoger la lágrima. No había misericordia ni cariño en el gesto, tan solo expectación y posesividad.

—Escoge, Harry —murmuró Voldemort muy cerca de él—. Escoge o lo haré yo.

Harry emitió un sollozo sin poder evitarlo. La cicatriz, que había estado prácticamente muda durante el trayecto hasta la casa, empezó a arder como si estuviera al rojo vivo.

«Que venga alguien», pensó Harry. «La policía, los vecinos, quién sea. Que venga alguien y detenga esto. Por favor. Por favor. No quiero hacer esto».

Pero nadie vino. Harry se tragó las lágrimas y cuadró los hombros.

«Eres la única salvación que le queda a Lord Voldemort».

Harry no quería ser la salvación de nadie.

—¿Cómo… cómo lo hago? —Movió las manos en sus costados como si tratara de espantar un moscardón—. ¿Qué utilizo para…?

Matar. La palabra se le atragantó en la garganta, pero Voldemort pareció entender lo que quería decir, porque sus ojos crueles se iluminaron victoriosos. Con cuidado, hizo aparecer en una mesa un cuchillo del tamaño de su antebrazo, con el mango verde y cuidadosamente adornado con figuras de serpientes. Harry lo miró con fijeza, sin atreverse a tocarlo.

—Tendrás que apañártelas con esto —dijo Voldemort, con el rostro iluminado como el de un niño la mañana de Navidad ahora que Harry había accedido a seguir su plan. Era una visión grotesca, contemplar algo parecido a la ilusión en el rostro distorsionado de Lord Voldemort—. Te devolvería tu varita, Harry, pero no quiero que intentes nada estúpido.

Sin apenas ser consciente de su propio cuerpo, Harry caminó hasta la mesa y agarró el cuchillo, que se adaptó a su mano como un guante. Cuando lo alzó, la que debía de ser la mujer de Dudley emitió un gemido por lo bajo, como si no quisiera hacer ruido pero no hubiera podido evitar que se le escapara. Todavía abrazaba a su hija entre sus brazos, y Dudley seguía inconsciente contra la pared.

Harry se planteó durante unos segundos si merecería la pena intentar atacar a Voldemort, pero la visión de la niña abrazando a su madre lo convenció de lo contrario.

«Puedo salvarla a ella. Es horrible, y no quiero esto, pero al menos la salvaré a ella».

Con el cuchillo en la mano, Harry fue hasta donde se acurrucaban tío Vernon y tía Petunia. El primero había empezado a despertar tras el cruciatus, aunque todavía estaba tirado en el suelo. Tía Petunia se lanzó sobre él cuando vio a Harry acercarse, como tratando de proteger a su esposo con su cuerpo.

Harry se acuclilló a su lado.

—Tía Petunia —dijo, con una voz firme que lo sorprendió hasta a él mismo. Tenía la sensación de estar contemplando la escena desde muy lejos, como si sus acciones no le pertenecieran—. Apártate.

Tía Petunia alzó la cabeza con una mirada sorprendentemente agresiva y le enseñó los dientes. Los tenía amarillentos por la edad y las pastillas; el pelo, que antes debía de haber estado cuidadosamente peinado hacia atrás, le caía sobre el rostro en mechones desordenados.

Harry volvió a sorprenderse de lo mayor que parecía.

—Nunca debería de haberte aceptado —le gruñó—. Debería haberte ahogado en la bañera cuando te vi aparecer en mi puerta.

Harry no se inmutó.

—Voldemort —llamó con calma, sin dejar de mirar a su tía a los ojos. Los tenía azules, en lugar de verdes como los había tenido su hermana—, aparta a Petunia de Vernon sin hacerle daño, por favor.

La magia de Voldemort pasó rozándolo, y tía Petunia fue lanzada hacia atrás con un grito. Así, Harry se encontró cara a cara con tío Vernon. Estaba todavía más obeso de lo que recordaba, las arrugas haciendo que la grasa bajo su mandíbula fuera todavía más destacable. Apenas le quedaba pelo, y respiraba pesadamente tendido en el suelo, con los ojos entreabiertos pero claros y fijos en él.

—Potter —murmuró con un hilo de voz lleno de odio. Parecía incapaz de moverse tras experimentar el cruciatus, pero estaba claro que quería decir algo más. Un insulto, probablemente. Harry no le dio oportunidad.

Clavó el cuchillo una vez, en el estómago.

«Que heredes la ropa de Dudles no significa que debas actuar como si fueras un niño. No lo eres».

Tío Vernon emitió un sonido bajo con la garganta, como si quisiera gritar pero se le hubiera atascado el grito por el dolor. Harry sacó el cuchillo, y lo clavó de nuevo.

«Eres un bicho raro igual que tus padres, pero debes aprender a pretender que eres normal. Las niñas no juegan al fútbol».

Las manos de Harry estaban pegajosas de sangre, y cuando intentó sacar el cuchillo por segunda vez se le resbaló y acabó en el suelo. El suelo también estaba lleno de sangre. Le pitaban los oídos, pero creía escuchar los gritos de tía Petunia y los llantos de la esposa de Dudley y su hija.

«¡No te atrevas a volver a cortarte el pelo a nuestras espaldas! ¡Las niñas lo llevan largo! ¿Eres una niña o un bicho raro?»

«Mala semilla, igual que sus padres. No se puede hacer nada cuando los genes están mal en primer lugar. Había algo malo en ella desde que nació».

Recogió el cuchillo, y lo clavó una tercera vez. Y luego otra, y otra, y otra. Y otra más.

«¡No existe nada parecido a la magia!»

Una mano fría se posó en su cabeza, y Harry se detuvo en el acto. Voldemort se arrodilló a su lado, acariciándole el pelo, y Harry trató de mirarlo a través de las lágrimas. Solo entonces se dio cuenta de que había estado llorando.

—Ya es suficiente, Harry —dijo Voldemort, con una expresión que casi podría haberse denominado tierna si se estuviera hablando de cualquier otra persona—. Ya está muerto.

Harry miró hacia abajo y el cadáver de tío Vernon le devolvió una mirada vacía. Estaba tirado sobre el suelo, inmóvil y sangrante, como un balón desinflado. Harry se percató por fin del profundo olor a hierro que desprendía la sangre que lo rodeaba, y tuvo que volver a contener las ganas de vomitar.

Voldemort seguía acariciándole el pelo, y acercó un vial a sus labios con cuidado.

—Bébete esto, te ayudará —susurró, casi en una caricia.

Harry bebió. No tenía sentido resistirse, después de todo. La poción sabía a menta y se asentó en su estómago con facilidad.

Soltándolo por fin, Voldemort se volvió hacia el cadáver de tío Vernon y le abrió el pecho de un tajo. Harry contempló sin entender cómo un órgano rojo y húmedo salía flotando del cuerpo de su tío y se posaba delante de su rostro. Varias gotas de sangre cayeron del corazón al suelo, espesas y húmedas.

—Para completar el ritual necesitas comerte el corazón de tu víctima, Harry —informó Voldemort, con la misma extraña suavidad de antes.

Harry emitió un sonido asqueado con la garganta.

—Y una mierda —respondió con una energía que no sentía. No se había dado cuenta, pero estaba temblando y le castañeaban los dientes.

La expresión suavizada de Voldemort se endureció de nuevo.

—¿Oh? ¿Estás diciendo entonces que este asesinato ha sido inútil? ¿Debería empezar a matar a todas las personas que celebran el año nuevo en esta calle, empezando por la niña?

El estómago se le retorció como si un dragón furioso viviera en él y hubiera decidido despertar para empezar a rugir.

—Te odio —declaró con rabia—. Y te odiaré siempre.

Agarró el corazón sangrante que flotaba delante de él y le pegó un mordisco. Todavía estaba caliente, y la sangre metálica le recorrió la boca y le provocó arcadas. Pero, por algún motivo, no vomitó. El corazón era puro músculo y era complicado darle bocados y masticarlo, pero Harry enterró las uñas en él y fue separando pedazos con los dientes. La sangre le chorreaba por la barbilla, pero no importaba demasiado. El suelo sobre el que estaba sentado también estaba cubierto de sangre. Todo olía a metal y a muerte.

Tras lo que pudo ser una eternidad, Harry se terminó el corazón.

Había un pánico extraño al fondo de su pecho, apretando y dificultándole respirar. Estaba asqueado y horrorizado, y a pesar de todo, continuaba experimentando todo como si le estuviera pasando otra persona. Como si él hubiera dejado su cuerpo para no volver.

Voldemort sacó un pequeño objeto de una de las mangas de su túnica, y lo colocó delante de Harry. Era una cadena de oro con una hermosa gema roja decorando su centro. Voldemort se lo mostró con orgullo:

—El collar de Morgana Pendragon, la única bruja lo bastante poderosa como para enfrentarse a Merlín —anunció Voldemort con grandilocuencia—. Los Malfoy lo tenían desperdiciado en su hogar como si nada, pero nosotros le daremos un buen uso, Harry.

Dejó el collar sobre el cuerpo de tío Vernon y aferró la cara de Harry con ambas manos. Eran tan grandes que cubrían todo su rostro, desde la barbilla hasta las sienes. Las manos de Voldemort se mancharon con la sangre que todavía cubría la cara de Harry, pero no parecía importarle. La cicatriz no dejaba de arderle, como si quisiera comunicarle que debía salir corriendo de ahí.

—Ahora, Harry, necesito que toques el collar y repitas el conjuro que voy a decirte, y todo se habrá terminado.

Harry pensó que sonaba bien, eso de que todo acabara. Por fin todo dejaría de doler.

Voldemort se acercó tanto a él que sus labios se rozaron cuando le susurró el conjuro. A Harry le llegó un vago recuerdo de otro Lord Voldemort, uno más joven y apuesto, susurrando otras palabras sobre sus labios.

«Eres la única salvación que le queda a Lord Voldemort».

Todavía temblando, Harry alargó la mano para tocar el collar y repitió el conjuro, que dejó un sabor a cenizas y podredumbre en su lengua.

Fue como si cortaran los hilos que unen al titiritero con la marioneta, y esta quedara abandonada e inerte, incapaz de moverse propiamente por su cuenta. Fría e inmóvil como un cadáver, destartalada como un juguete roto, desconectada para siempre de una parte imprescindible de sí misma.

Así, con la sangre de su tío todavía en los labios, Harry dejó de ser Harry.

En la calle retumbaron las campanadas que anunciaban el año nuevo.


NOTAS

No hay indicaciones claras sobre el proceso concreto para crear un Horrocrux. Lo único que se explica en los libros es que hay que matar a alguien, partiendo tu alma en dos mediante ese asesinato, y luego meter parte del alma en un objeto. Se sabe que es un proceso asqueroso y repulsivo, sin embargo, aunque no se den detalles. Me he tomado la libertad de imaginar que para crear un Horrocrux debes comerte el corazón de la persona que asesinaste, y a partir de ahí ya puedes introducir tu alma en un objeto cualquiera.

Nagini estaba en el patio digiriendo a tía Marge tranquilamente mientras todo el drama tenía lugar en el salón.

Los Dursley solo regresaron a Privet Drive una vez acabó la guerra contra Voldemort; hasta entonces estuvieron ocultos por la Resistencia.

Lo que Voldemort hace beber a Harry es una poción para impedir vomitar, y que así Harry puede comerse el corazón crudo sin problema.

El Corazón Peludo del Brujo es una historia de Los Cuentos de Beedle el Bardo que siempre he visto muy relacionada con el Horrocruxes y con la relación de Harry y Voldemort (Voldemort es el monstruo sin alma/corazón, y Harry la persona con el corazón/alma intacto, hasta que el monstruo acaba destrozándolo).

Voldemort no sabe el maltrato que sufrió Harry de mano de los Dursley, pero cree estar haciéndole un favor al escoger a su familia muggle para la creación de un Horrocrux. Aunque no sepa del maltrato que sufrió Harry, sus prejuicios contra los muggles y su propia experiencia con ellos lo lleva a pensar que Harry tiene una mala relación con sus tíos, no ve otra alternativa. Voldemort usó a su propia familia muggle para crear un Horrocrux, y ve lógico que Harry haga lo mismo. Cree que incluso Harry se lo agradecerá con el tiempo, una vez esté más desligado de sus emociones humanas. Veremos si tiene razón.

¡Solo queda el epílogo! ¡Hacedme saber qué os ha parecido en un comentario!