-Tienes las manos congeladas - murmuró Abbacchio mientras seguía rebuscando en su bolso de mano.

Bucciaratti levantó una ceja, lo que ayudó a que su sonrisa brillase con más intensidad. Leone se obligó a mantener la mirada fija en las toallitas desmaquillantes que finjía buscar desde hacía un rato.

Bruno retiró con cuidado la mano que había rozado por accidente el brazo de su compañero de viaje.

-Es inevitable que haga frío en el monte a las tres de la mañana - Frotó las palmas la una contra la otra, creando una fricción que competía con la ardiente anticipación que se gestaba en su pecho.

-Supongo – Leone abandonó a su suerte las toallitas desmaquillantes y cogió una goma de pelo. Prefería restregar su cara por el saco de dormir y ocuparse a la mañana siguiente de arreglar los desperfectos a que Bruno lo viese sin pintalabios.

Reunió los sedosos mechones de pelo que le acariciaban el cuello y se estiró para recogerlos en una coleta.

Bucciarati carraspeó tímidamente.

-¿Puedo? - dijo con suavidad, casi en un susurro.

Leone agradeció que Bruno no pudiese verle la cara. Se encogió de hombros.

-Si quieres.

-Sí quiero – rio Bucciarati.

Tocó con suavidad una hebra de cabello, luego otra, y después otra. Sus yemas rozaban con cuidado la superficie, cuidándola como la seda más valiosa, temerosas de ensuciarla con el olor a salitre que lo caracterizaba. Separó varios mechones y deslizó los dedos entre ellos, peinando cuidadosamente aquel tesoro lavanda.

-Dime, Bruno...- Las manos que lo acariciaban se detuvieron un segundo antes de atreverse a atusar el extraño remolino que se formaba en su coronilla. Leone cerró los ojos y suspiró -. ¿Eres de esas personas que se cuestionan todo lo que hay a su alrededor?

-¿A qué te refieres? - Bucciarati dejó que sus dedos reptasen alrededor de las orejas de Leone, reuniendo el cabello restante y dejando caricias disimuladas sobre su piel.

-¿Crees que las cosas están bien como están?

-¿...Acaso no te lo estás pasando bien?

Abbacchio escondió la risa que se asomaba por sus labios.

-Mmmm - gruñó -. Sin comentarios.

Bruno dejó de escapar una carcajada y volvió a concentrarse en la suavidad del pelo de Leone.

-No hay nada que cuestionar cuando todo está mal. No hay nadie en este pueblo que esté libre de pecado, ni siquiera yo. La única forma que tenemos de seguir con nuestras vidas es aceptando que no hacemos más que causar dolor a los demás.

A Abbacchio le recorrió un escalofrío. De golpe, le vinieron a la cabeza todas aquellas películas sobre pueblos solitarios que atraían a los turistas con el propósito de sacrificarlos a una deidad extraña.

Bucciarati sintió su turbación y le pasó la mano por la cabeza en un gesto tranquilizador.

-No te preocupes, no es nada que a ti te concierna. Mientras no metas la nariz donde no te llaman, no te ocurrirá nada malo. Te lo prometo.

Leone suspiró. Era imposible no sentirse en paz estando rodeado del aura reconfortante de Bruno.

El pescador inclinó la cabeza y las puntas del cabello de Abbacchio le hicieron cosquillas en los labios. Depositó un beso furtivo sobre ellos y se giró hacia su saco de dormir.

-Ya terminé.

Leone asintió, demasiado cansado como para refutar a Bruno. Ya se encargaría mañana de indagar más sobre el secreto del pueblo.

Se deslizó pesadamente entre las mantas que había traído y dejó que el recuerdo de las manos de Bruno sobre su pelo lo arrastraran hasta el mundo de los sueños.

Bucciarati se giró hacia él y sonrió con tristeza. Le resultaba extraño que existiese una persona tan perfectamente distinta, capaz de avivar en él los últimos resquicios de luz que el pueblo no había conseguido apagar. Una fuerza magnética le suplicaba que se quedase a su lado, aquella noche y todas las que viniesen. Se preguntó si serían sus propios deseos egoístas o las sabias palabras del destino. Cualquier otra persona lo calificaría de delirios, pero Bucciarati sabía muy bien que ese sentimiento era de las pocas cosas reales en este mundo.

Miró por última vez el cuerpo dormido de Abbacchio y salió sigilosamente de la tienda.

-Bro, besito de buenas noches - pidió Mista, poniendo morritos.

-Mista, que hoy tenemos público - gruñó Giorno.

Narancia parpadeó dos veces, confuso.

-¿Eh?

-Besito de buenas noches, he dicho - protestó Mista.

Intentó agarrar a Giorno por los hombros para inmovilizarlo, pero este fue más rápido y puso su pie descalzo entre ellos.

-¿Crees que un poco de hedor va a impedir que consiga mi beso? ¿Por quién me tomas?

Tiró de su pierna hacia arriba y lo obligó a tumbarse. Giorno juntó los muslos todo lo posible con la intención de atrapar a Mista entre ellos.

Guido soltó una carcajada.

-Terrible decisión. Eso solo hace que tenga más ganas de besarte.

Narancia empezó a ponerse colorado. ¿Qué le pasaba hoy a todo el mundo?

Mista se inclinó sobre Giorno, que dejó de oponer resistencia y giró la cabeza hacia la esquina de la tienda.

-Mmmm... - finjió dudar mientras relajaba el agarre que sofocaba a su amigo -. Bueno. Uno pequeñito.

Narancia dejó escapar un chillido de puro terror.

-¡VOY A HACER PIS! - anunció a gritos mientras resbalaba por el suelo de nylon, luchando por ponerse en pie y abandonar la tienda lo más rápido posible.

-¡Pásalo bien! - le respondió Mista -. Nosotros nos lo vamos a pasar de miedo...

-¡Mista! - lo riñó Giorno, dándole una patada cariñosa -. Deja de meterte con él. Sé que lo estás haciendo a propósito.

-Pero lo del beso de buenas noches lo decía en serio. Ven aquí.

-¡No! - rió Giorno.

-¿Por favor? - Mista se inclinó todavía más, sin frenar su trayectoria, aunque Giorno no podía verle. Seguía con la cara girada, haciendo un puchero a la pared de la tienda.

-Bueno...

Giorno tuvo la mala suerte de girar la cabeza en el momento preciso en el que Mista se acercaba a tomar lo que era suyo, y sus labios se encontraron por accidente.

Mista sintió cómo una llama se encendía en su boca y se extendía por toda su cara. Se apartó rápidamente.

-Lo siento mucho, Giorno – dijo, intentando controlar el pánico -. Fue sin querer...

Giorno tenía los ojos como platos. Se incorporó y se tapó los labios, confuso.

-Sí, ya sé. No pasa nada.

-No, de verdad que no era mi intención.

-Mista, no te preocupes – dijo el muchacho rubio, sin moverse un ápice.

No volvió a abrir la boca en lo que quedaba de noche.

-De verdad, ¿qué les pasa hoy? - Narancia le pegó una patada a una piedra y ahogó un grito cuando su chancla salió volando.

Dio unos pequeños y patéticos saltos hasta el lugar donde había caído y se agachó para recogerla.

-Este es el mensaje que debes enviar hoy. - Irguió la cabeza y reconoció la voz de Bucciarati haciendo eco entre el silencio de los árboles -. El próximo cargamento llegará a las cinco, así que date prisa. ¿Todo bien?

Narancia buscó frenéticamente con la mirada la procedencia de la voz y encontró a Bucciarati, un par de metros más allá del claro, hablando solo.

La oscuridad asintió, y Narancia reconoció a la figura que trataba de fundirse con la negrura de la noche. Era el fantasma.

-Si surge cualquier cosa, no dudes en venir aquí. Cuídate - se despidió Bucciarati.

Ambos caminaron en direcciones opuestas, Bruno hacia la tienda de campaña y el espectro hacia el bosque. Narancia aguantó la respiración hasta que el primero hubo cerrado la cremallera; una vez desaparecido Bucciarati por completo, salió corriendo lo más rápido que sus piernas le permitieron.

No llevaba la cámara consigo, pero no pensaba desperdiciar la oportunidad única en la vida de conocer a un fantasma de verdad. Además, era demasiado tonto como para pensar en las consecuencias.

Sus jadeos desacompasados y las zancadas que rompían las hojas secas a su paso alertaron a la figura, que salió despedida hacia las profundidades del bosque. Pero Narancia era más ágil y estaba acostumbrado a sortear muebles cuando Mista se enfadaba con él por vencerle en el Mario Kart. Utilizó los salientes de piedra y las raíces de los árboles para impulsarse y en escasos segundos logró alcanzar al espectro, saltar sobre él y atraparlo en un sofocante abrazo.

Inmediatamente soltó su presa un aullido desgarrador que perfectamente podría haber pertenecido a una fiera salvaje. Se agitó, desesperado, entre los brazos de Narancia, y clavó las uñas en su carne hasta que la sangre manchó sus dedos larguiruchos.

A pesar de todo, Narancia no se movió. Su deseo inquebrantable de conocer a un fantasma parecía otorgarle una fuerza sobrehumana que le permitía soportar cualquier cosa.

Llegaron las embestidas. Con cada una, el espectro soltaba otro bramido y Narancia fortalecía más su agarre. Soportó estoicamente el primer, el segundo y el tercer asalto. Pero el cuarto lo sorprendió con una fuerza inusitada y perdió el equilibrio.

Ambos se tambalearon, y ante la perspectiva de caer al suelo, Narancia cargó su peso sobre el espectro, que sin un centro de gravedad estable se vino abajo.

Tal y como cabría esperar de la montaña, el terreno era cuesta abajo, por lo que tan pronto como tocaron el suelo comenzaron a rodar, primero uno sobre el otro y luego otro sobre el uno. Tras varios segundos llenos de confusión, llegaron a un claro y sus cuerpos frenaron suavemente.

Narancia quedó arriba, e intentó incorporarse apoyando las manos a ambos lados de la cabeza del espectro.

La luz de la luna incidió sobre su prisionero. La capucha se le había resbalado durante la caída, dejando al descubierto sus cabellos de un rubio desteñido y unos ojos violetas que lo observaban desde otro mundo.

Las llamas que avivaban la rabia se habían extinguido para dar paso a una mezcla de sentimientos contradictorios que intentaban escaparse a través del reflejo de la luna en sus pupilas.

Se miraron absortos, acompañados únicamente por los cantos de una rana solitaria que no había encontrado el camino de regreso al estanque.

Negro sobre blanco y violeta contra violeta. Un encuentro inesperado que arrebató a Narancia su curiosidad infantil y le hizo cuestionarse la presencia del destino en su vida.

En el caso de Fugo, acalló por fin las voces insaciables que lo atormentaban continuamente, dejándolo a solas con la inocencia que había perdido hacía muchos años. Todavía más se sorprendió cuando su captor dejó escapar un hilo de voz:

-¿Quieres…? ¿Quieres ser mi amigo?

Si Fugo estuviese encima, se habría dejado caer. Aquel instinto antinatural que le impedía huir no hacía más que darle la razón, y Fugo estaba menos que acostumbrado a que las cosas le saliesen bien.

-¿Podrías decirme tu nombre antes? – preguntó cordialmente, sin dejarse llevar.

-Narancia.

-Narancia… - Aquel sonido dejó un regusto dulce en sus labios – Mi nombre es Fugo.

El cazador asintió, descubriendo nuevos ángulos de su etérea presa en el proceso.

Fugo empezó a sentirse vulnerable. No había nada que odiase más que sentirse vulnerable.

-Bien... ¿Y se puede saber por qué quieres ser mi amigo?

La mirada de Narancia ardió con entusiasmo.

-Ya sé que normalmente la gente recomienda mantenerse alejado de los fantasmas. Pero es que a mí me encantan. Siempre quise ser amigo de uno.

¿Fantasmas? Así que fantasmas...

Fugo se permitió soltar una risa incrédula. La suerte había decidido sonreírle aquella noche en más de una forma.

-Me alegra saber que no todos los humanos son tan prejuiciosos – dijo -. Ahora necesito que te quites de encima. Si me alcanza la luz del sol, desapareceré para siempre.

Narancia acató la orden, no sin rechistar un poquito antes.

-Todavía es noche cerrada...

-Mejor no arriesgarse.

-¿Nos sacamos una foto?

-No salgo en fotos.

-¿Volveremos a vernos?

Fugo se giró por última vez antes de adentrarse en el bosque que tan bien conocía.

-Por tu propio bien, espero que no.