Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación/ vinculo mental
Capítulo 8
Rukia se despertó sola, pero había una taza de café sobre la mesilla... justo al
lado de la Rosa del Destino. Ichigo le había entregado ese tesoro de valor
incalculable (una escultura imposible tallada en un diamante de una sola pieza)
poco después de conocerla. Rukia siempre intentaba devolvérsela, pero volvía a
encontrarla sobre su mesilla a la mañana siguiente.
Con los ojos puestos en el regalo, que era de lo más romántico, se incorporó
hasta sentarse e inhaló la embriagadora esencia del café recién hecho. No
obstante, apenas había tomado un sorbo cuando lo sintió..., cuando sintió la fría
caricia del satén mezclada con la promesa de un dolor maravilloso.
—Grimmjow... —dijo con voz ronca antes de dejar la copa y subir las sábanas
para cubrirse los pechos.
Y lo hizo justo a tiempo.
El vampiro se adentró en la habitación tras darle un toquecito de aviso a la
puerta.
—Llegas tarde al entrenamiento.
Rukia observó el sobre que llevaba en la mano.
—¿Qué es eso?
—Es de tu padre. —Le entregó la carta—. Quiero que estés abajo dentro de
media hora.
Rukia apenas lo oyó, y a que estaba concentrada en el sobre. ¿Qué querría
ahora Byakuya Kuchiki?
—Allí estaré. —Unas palabras que tuvieron que atravesar el muro de rocas
de su garganta.
Grimmjow la dejó con un beso de diamantes y crema, una pulla sensual que la
hizo contener el aliento y apretar los muslos en una reacción involuntaria. Sin
embargo, la distracción solo fue momentánea. Un segundo después se quedó a
solas, y miró el sobre como si tuviera colmillos y pudiera morderla.
—No seas cobarde, Rukia —se dijo antes de abrirlo. Había sido enviado a su
dirección del Gremio.
Frunció los labios. Seguro que Byakuya había odiado tener que enviárselo allí,
tener que recurrir al trabajo asqueroso e inhumano de su hija para poder acceder
a ella.« Abominación.» Eso fue lo que la llamó la última noche que Rukia pasó
bajo su techo. Nunca lo había olvidado, y no lo olvidaría jamás.
Sus dedos se cerraron sobre el sobre, tanto que estuvo a punto de desgarrar la
carta al sacarla. Por un instante no comprendió lo que veía, pero en cuanto lo
hizo, las emociones la sacudieron en una violenta oleada.
No era una carta de su padre. La carta procedía de los abogados de la familia
Kuchiki: una nota para informar de que la empresa de su padre, en su enorme
cortesía, había pagado los costes de la unidad de almacenamiento a pesar de que
los objetos que había en dicho almacén solo le pertenecían a ella.
Arrugó el papel dentro del puño. Casi lo había olvidado... No, eso no era
cierto. Se había obligado a sacarlo de su memoria. La herencia que había
recibido de su madre, comprendió. Hisana Byakuya le había dejado a Rukia
la mitad de sus bienes personales, y a Momo la otra mitad.
Sin embargo, las cosas que había en ese almacén... pertenecían a la infancia
de Rukia.
Plaf.
Plaf.
Plaf.
—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.
Apartó las mantas con unas manos que no funcionaban del todo bien y salió
de la cama, dejando la carta abandonada sobre las sábanas. Caminó con cierta
dificultad hasta el baño e intentó poner en marcha la ducha. Sus dedos resbalaron
sobre el grifo. Rukia se mordió los labios con tanta fuerza que se hizo sangre, y
luego volvió a intentarlo. Al final, por suerte, el agua empezó a caer, una lluvia
cálida y suave. La ducha la liberó del sueño, pero no sirvió para borrar los
recuerdos que habían aflorado.
Tatsuki había sido la mejor hermana mayor que una niña podría desear. Jamás
le había dicho que la dejara en paz, aunque Rukia sabía que era una pesada con
su constante necesidad por averiguar lo que iba a pasar en la vida adolescente de
su hermana. Kukaku, la mayor de todas, había sido más propensa a los
gruñidos, pero le había enseñado a Rukia a jugar al béisbol, y se había pasado
muchísimas horas diciéndole cómo debía lanzar la bola y cómo había que
atraparla.
Yin y Yang, llamaba su madre a sus dos hijas mayores. Tats era el azúcar; y
Kukaku, la pimienta.
—Kukaku, ¿adónde crees que vas vestida de esa forma?
—Ay, venga, mamá... Es el último grito en moda.
—Puede que sea el último grito, monange, pero estarás castigada un mes si tu
padre ve que tu trasero asoma por debajo de esos pantalones cortos.—¡Mamá!
Rukia lo recordaba sentada junto a la mesa de la cocina, riéndose mientras su
hermana quinceañera de piernas largas subía furiosa las escaleras para
cambiarse. Al otro lado de la mesa, Momo, que a sus cinco años era demasiado
pequeña para entender la situación, se había reído con ella.
—Y vosotras dos, pequeños monstruos, comeos la fruta de una vez.
Se le encogió el corazón al recordar el acento único de su madre, y se llevó
los dedos a la mejilla, como si buscara el eco del beso de Hisana.
—Mamá... —La palabra fue un susurro, la súplica de una niña.
Más tarde hubo mucha sangre. Rukia había resbalado, había aterrizado con
fuerza sobre el suelo. Y había oído la respiración moribunda de Kukaku cuando su
hermana intentó decirle que huyera, aunque su voz no era más que el gorgoteo
de la sangre que le llenaba la garganta. Sin embargo, Kugo Ginjo no quería
matar a Rukia. Tenía otros planes para ella.
—Mi dulce y pequeña cazadora...
Tras cortar el agua, Rukia salió de la ducha y se secó con meticulosa
concentración. Sacudió las alas como le había visto hacer a Ichigo, pero ahogó
una exclamación al sentir un dolor agudo en la espalda. Recibió de buen grado las
oleadas de dolor, que consiguieron romper la espiral interminable de recuerdos,
y se puso la ropa de trabajo: unos pantalones sueltos de algodón negro con rayas
blancas a los lados, y una sobria camiseta negra con sujetador integrado.
Al igual que toda la ropa que había encontrado en su armario, esas prendas
habían sido diseñadas teniendo en cuenta las alas. La camiseta, por ejemplo, se
ceñía con fuerza al cuello y tenía tres piezas en la espalda (una para cada lado de
las alas); esas tres piezas acababan convertidas en una correa ancha que se
enrollaba alrededor de la cintura y se aseguraba a los lados con hebillas
ajustables. La parte del pecho tenía un refuerzo adicional de ballenas.
Satisfecha al ver que su cuerpo no la distraería de lo que debía aprender, se
recogió el pelo platino en una trenza de raíz.
Luego, como no estaba acostumbrada a dejar todo hecho un desastre, hizo la
cama (aunque antes metió la carta en un cajón) y salió de la habitación. El
dormitorio, con sus paredes de cristal, estaba conectado a una amplia sala de
estar que y a había utilizado. En el pasillo, frente a la puerta de la sala de estar,
descubrió una especie de despacho y una pequeña biblioteca muy bien equipada,
ambos con paredes transparentes que permitían que el sol de la montaña se
colara en el interior. Los libros llenaban las estanterías inferiores (algunos viejos,
otros nuevos), pero también atisbo un ordenador de tecnología punta. La sala
estaba situada sobre la parte superior de la fortaleza, encima del altísimo núcleo
central. Abajo había muchos más alojamientos, habitaciones para los Siete y
para otros ángeles y vampiros. Pero el ala superior era privada, el hogar de
Ichigo. El pasillo (que llevaba hasta una escalera que se abría a un lado del núcleo
central) era una sinfonía de líneas limpias rotas por cosas inesperadas. Había una
cimitarra muy afilada, con runas antiguas grabadas a fuego sobre la hoja,
colgada en la pared izquierda. Rukia podía imaginarse a Grimmjow sujetando esa
espada, y se preguntó si habría pertenecido al vampiro en cierta época. Porque
Grimmjow era muy viejo, uno de los vampiros más antiguos que había conocido en
toda su vida.
Unos cuantos pasos más adelante había un tapiz tejido a mano que cubría la
mayor parte de la pared derecha. Rukia lo había contemplado durante más de
media hora el día anterior, fascinada por algo que no lograba entender. En esos
momentos, aunque sabía que debía marcharse para combatir el dolor que sentía
en las entrañas con ejercicios físicos intensos, sus pies vacilaron y se detuvieron.
Había una historia tejida en esas maravillosas hebras de hilo, una historia que se
moría por conocer.
El tapiz mostraba la silueta dorada de un ángel de espaldas al sol. Su rostro
quedaba en las sombras mientras se dirigía hacia una aldea del bosque envuelta
en llamas. Un ángel femenino se inclinaba hacia él, con el largo cabello negro
suelto sobre la espalda y las alas más blancas que Rukia hubiera visto jamás. Los
mechones sacudidos por el viento ocultaban su rostro de tal forma que también
ella era una sombra. Sin embargo, las caras de los aldeanos estaban retorcidas en
una mueca de agonía... y todas ellas habían sido tejidas con exquisito detalle. Se
apreciaba incluso el horror de los ojos de una mujer cuyas faldas se consumían
entre las llamas, y las ampollas que habían aparecido en la piel de su brazo.
¿Quiénes eran esos dos ángeles? ¿Intentaban ayudar a los que se quemaban?
¿O eran los culpables de la masacre? Y lo más importante de todo, pensó Rukia
con un escalofrío, ¿por qué Ichigo había colocado esa perturbadora imagen en un
lugar donde tendría que verla todos los días?
XXX
Ichigo contempló al vampiro herido, ahora mucho más consciente de la
naturaleza deliberada del insulto, del cuidado con el que habían golpeado a Noel
para que su cara se convirtiera en una pulpa sangrienta. Sin embargo, conservaba
un ojo sano, un leve atisbo de azul, visible a pesar de la inflamación originada por
las demás heridas. El otro era una masa gelatinosa. Su nariz había desaparecido,
pero sus labios, ilesos, conservaban su forma intacta.
De cuello para abajo lo habían destrozado. Sus huesos estaban rotos en tantos
pedazos que algunas partes habían quedado reducidas a polvo.
El propio Ichigo le había dado una paliza a un vampiro no hacía mucho, en
castigo por su deslealtad. Le había partido todos los huesos a Germaine, cada uno
con un único movimiento de la mano. Había sido un castigo brutal, uno que
Germaine recordaría durante el resto de su existencia, pero él no había obtenido
placer alguno al administrarlo.
Estaba claro que los atacantes de Noel habían disfrutado al propinar la paliza,
y a que lo habían destrozado mucho más de lo necesario para dejar un mensaje.
La marca a fuego había dejado una repugnante herida en la carne situada sobre
el esternón, pero el sanador, Keir, también había encontrado huellas de bota en su
espalda y en su rostro. La daga no era lo único que habían dejado en el interior
del vampiro. Habían introducido esquirlas de cristal al fondo de sus heridas,
donde la carne crecería para cubrirlas. Y también lo habían golpeado de otras
formas: habían aporreado su cuerpo con algo que cortaba y desgarraba. Lo único
bueno era que, al parecer, eso lo habían hecho cuando y a estaba inconsciente.
A Ichigo le hubiera gustado tener la certeza de que él no era capaz de
semejante perversidad, pero había una parte sí mismo que no lo tenía claro.
Nadiel también había sido considerado en su día el más grandioso de los
arcángeles.
Sin embargo, una cosa era segura: no toleraría que se asesinara ni se torturara
a su gente.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó.
El ojo sano del vampiro estaba vidrioso. Había sobrevivido, pero no se sabía si
su mente volvería a ser la misma.
—No lo sé. —La respuesta fue sorprendentemente clara, tan clara que Ichigo
se replanteó su opinión sobre las posibilidades de recuperación de Noel—. Una
emboscada.
—No eres joven —dijo Ichigo, que había recibido el informe de la historia de
Noel gracias a Grimmjow. Al parecer, el vampiro era un miembro de confianza del
equipo que operaba a las órdenes de los Siete, un ser al que Grimmjow planeaba
ascender por su inteligencia y su lealtad—. No debería ser fácil pillarte
desprevenido.
—Más de uno. Alas. Oí alas.
Ichigo había ejecutado a un arcángel. No sentiría el menor escrúpulo al
arrebatarle la vida a un ángel que intentaba crearse un nombre descuartizando a
aquellos que se encontraban bajo su protección.
—¿Marcas?
—No vi nada. —El ojo sano se dirigió hacia Ichigo—. Me arrancaron los ojos
cuando empezó la paliza.
De pronto, el enturbiamiento de la mirada del vampiro cobró sentido. No era
que hubieran dejado ese ojo intacto, sino que en realidad había comenzado a
regenerarse antes que el otro.
—¿Percibiste algo especial en tus atacantes?
—Dijeron que yo era un mensaje de Urahara. —Una tos ronca resonó en su
pecho.
Ichigo no consideraba como un amigo a ninguno de los arcángeles, pero tampoco habría considerado a Urahara un enemigo.
—¿Seres masculinos o femeninos?
—Para entonces me había vuelto casi loco. —Palabras sencillas—. A mí me
parecían demonios. Pero al menos a uno de ellos le encantaba el dolor. Mientras
me marcaban... uno no dejaba de reír, y reír, y reír...
XXX
Rukia regresaba a su habitación para ducharse y cambiarse después de la
sesión de entrenamiento con Grimmjow cuando oyó algo que atravesaba el aire con
un silbido escalofriante. Se arrojó al suelo de inmediato. Se golpeó el codo contra
el suelo de piedra y se raspó la palma de la mano contraria. Las alas no sufrieron
daños, pero solo porque recordó que debía caer de lado. El precio sería un
gigantesco cardenal en el costado y un dolor insoportable en el brazo.
Alzó la cabeza con la cautela de una cazadora nata en el mismo instante en
que chocó contra el empedrado, a sabiendas de que sería un blanco fácil si no se
movía. Puesto que no percibió nada, tomó la decisión de volver a ponerse en pie.
Pero no oyó ningún ruido, solo silencio. Esa parte del territorio de Ichigo estaba
llena de árboles que parecían prosperar bajo el aire frío de la montaña, y no
había ninguna residencia angelical en un radio de unos treinta metros.
Preguntándose si se habría dado ese castañazo para nada, empezó a realizar
un lento círculo. Ese sonido sibilante que había oído se parecía mucho al de...
Clavó los ojos en la empuñadura de una daga que aún vibraba, clavada en el
tronco de un árbol situado justo detrás de donde ella se encontraba en el
momento del ataque. Se acercó cojeando, ya que se había torcido un poco el
tobillo, y olisqueó el cuchillo antes de tocarlo.
Pieles, diamantes y todas las cosas que las chicas buenas no deberían desear.
—Maldito vampiro... —Estaba tan cabreada consigo misma por no haberse
dado cuenta de que la seguía que tuvo que realizar dos intentos para quitar el trozo
de papel envuelto alrededor de la empuñadura y asegurado con una goma
elástica.
El mensaje había sido escrito por una mano fuerte y masculina, y la escritura
era oscura y angulosa.
Esto es un Refugio, pero no para ti. Tú eres una presa. No lo olvides.
