Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado. —El campeón de Durmstrang —leyó con voz alta y clara— será Viktor Krum. —¡Era de imaginar! —gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Harry vio a Krum levantarse de la mesa de Slytherin y caminar hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua. —¡Bravo, Viktor! —bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos—. ¡Sabía que serías tú! Se apagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino. —La campeona de Beauxbatons —dijo Dumbledore— es ¡Fleur Delacour!

—¡Es ella, Ron! —gritó Harry, cuando la chica que parecía una veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw. —¡Mirad qué decepcionados están todos! —dijo Hermione elevando la voz por encima del alboroto, y señalando con la cabeza al resto de los alumnos de Beauxbatons. «Decepcionados» era decir muy poco, pensó Tess. Dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozaban con la cabeza escondida entre los s. Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts… Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino. —El campeón de Hogwarts —anunció— es ¡Cedric Diggory! —¡No! —dijo Ron en voz alta, pero sólo lo oyó Harry: el jaleo proveniente de la mesa de al lado era demasiado estruendoso. Todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores. Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron tanto que Dumbledore tuvo que esperar un buen rato para poder volver a dirigirse a la concurrencia. —¡Estupendo! —dijo Dumbledore en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos—. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos vosotros, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, daréis a vuestros respectivos campeones todo el apoyo que podáis. Al animarlos, todos vosotros contribuiréis de forma muy significativa a… Pero Dumbledore se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido. El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino. Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba. Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta: —Harry Potter.

Harry permaneció sentado, consciente de que todos cuantos estaban en el Gran Comedor lo miraban. Se sentía aturdido, atontado. Debía de

estar soñando. O no había oído bien. Nadie aplaudía. Un zumbido como de abejas enfurecidas comenzaba a llenar el salón. Algunos alumnos se levantaban para ver mejor a Harry, que seguía inmóvil, sentado en su sitio. En la mesa de los profesores, la profesora McGonagall se levantó y se acercó a Dumbledore, con el que cuchicheó impetuosamente. El profesor Dumbledore inclinaba hacia ella la cabeza, frunciendo un poco el entrecejo. Harry se volvió hacia Ron,Hermione y Tess. Más allá de ellos, vio que todos los demás ocupantes de la larga mesa de Gryffindor lo miraban con la boca abierta. —Yo no puse mi nombre —dijo Harry, totalmente confuso—. Vosotros lo sabéis. Uno y otro le devolvieron la misma mirada de aturdimiento. En la mesa de los profesores, Dumbledore se irguió e hizo un gesto afirmativo a la profesora McGonagall. —¡Harry Potter! —llamó—. ¡Harry! ¡Levántate y ven aquí, por favor! —Vamos —le susurró Tess, dándole a Harry un leve empujón.

El aplauso resquebrajó el aire invernal como si fuera una copa de cristal fino. Krum había acabado, y aquél sería el turno de Harry. Se levantó, notando apenas que las piernas parecían de merengue. Aguardó. Y luego oyó el silbato. Salió de la tienda, sintiendo cómo el pánico se apoderaba rápidamente de todo su cuerpo. Pasó los árboles y penetró en el cercado a través de un hueco. Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado lo miraban cientos y cientos de rostros. Y allí, al otro lado del cercado, estaba el colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándolo con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo. La multitud gritaba muchísimo, pero Harry ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente, en lo que constituía su única posibilidad. Levantó la varita. —¡Accio Saeta de Fuego! —gritó. Aguardó, confiando y rogando con todo su ser. Si no funcionaba, si la escoba no acudía… Le parecía verlo todo a través de una extraña barrera transparente y reluciente, como una calima que hacía que el cercado y los cientos de rostros que había a su alrededor flotaran de forma extraña… Y entonces la oyó atravesando el aire tras él. Se volvió y vio la Saeta de Fuego volar hacia allí por el borde del bosque, descender hasta el cercado y detenerse en el aire, a su lado, esperando que la montara. La multitud alborotaba aún más… Bagman gritaba algo… pero los oídos de Harry ya no funcionaban bien, porque oír no era importante… Pasó una pierna por encima del palo de la escoba y dio una patada en el suelo para elevarse. Un segundo más tarde sucedió algo milagroso. Al elevarse y sentir el azote del aire en la cara, al convertirse los rostros de los espectadores en puntas de alfiler de color carne y al encogerse el colacuerno hasta adquirir el tamaño de un perro, comprendió que allá abajo no había dejado únicamente la tierra, sino también el miedo: por fin estaba en su elemento. Aquello era sólo otro partido de quidditch… nada más, y el colacuerno era simplemente el equipo enemigo… Miró la nidada, y vio el huevo de oro brillando en medio de los demás huevos de color cemento, bien protegidos entre las patas delanteras del dragón. «Bien —se dijo Harry a sí mismo—, tácticas de distracción. Adelante.» Descendió en picado. El colacuerno lo siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frenó su descenso y se elevó en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar en que se habría encontrado si no hubiera dado un viraje en el último instante… pero a Harry no le preocupó: era lo mismo que esquivar una bludger. —¡Cielo santo, vaya manera de volar! —vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud—. ¿Ha visto eso, señor Krum? Harry se elevó en círculos. El colacuerno seguía siempre su recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego.

Harry se lanzó hacia abajo justo cuando el dragón abría la boca, pero esta vez tuvo menos suerte. Esquivó las llamas, pero la cola de la bestia se alzó hacia él, y al virar a la izquierda uno de los largos pinchos le raspó el hombro. La túnica quedó desgarrada. Le escocía. La multitud gritaba, pero la herida no parecía profunda. Sobrevoló la espalda del colacuerno y se le ocurrió una posibilidad… El dragón no parecía dispuesto a moverse del sitio: tenía demasiado afán por proteger los huevos. Aunque retorcía la cabeza y plegaba y desplegaba las alas sin apartar de Harry sus terribles ojos amarillos, era evidente que temía apartarse demasiado de sus crías. Así pues, tenía que persuadirlo de que lo hiciera, o de lo contrario nunca podría apoderarse del huevo de oro. El truco estaba en hacerlo con cuidado, poco a poco. Empezó a volar, primero por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándose todo lo necesario para asegurarse de que la bestia no le quitaba los ojos de encima. La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos… Remontó un poco el vuelo.

La cabeza del dragón se elevó con él, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador. Harry se elevó un par de metros más, y el dragón soltó un bramido de exasperación. Harry era como una mosca para él, una mosca que ansiaba aplastar. Volvió a azotar con la cola, pero Harry estaba demasiado alto para alcanzarlo. Abriendo las fauces, echó una bocanada de fuego… que él consiguió esquivar. —¡Vamos! —lo retó Harry en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo—. ¡Vamos, ven a atraparme…! Levántate, vamos…

La enorme bestia se alzó al fin sobre las patas traseras y extendió las correosas alas negras, tan anchas como las de una avioneta, y Harry se lanzó en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que Harry estaba haciendo ni dónde se había metido, éste iba hacia el suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos. Soltó las manos de la Saeta de Fuego… y cogió el huevo de oro. Y escapó acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo su brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegó a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales. —¡Miren eso! —gritó Bagman—. ¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestro amigo Potter!

Ya era invierno,el baile de navidad se acercaba,Tess no se preocupaba por eso,realmente no tenía muchas ganas de ir.

En ese invernal día,Tess y Harry (Ambos bien abrigados)iban tomados de la mano caminando sin un rumbo conocido.

Un pálido rubio de Slytherin se acercó a ellos,dándole una leve mirada a las manos entrelazadas de los chicos.

—Oh,hola Draco—Saludó Tess—No te veo desde que el curso comenzó.

—Bueno se aproxima el baile de navidad y me preguntaba si tú,quisieras ir conmigo—Draco le sonrió.

—Me encantaría—Respondió Tess con los ojos brillantes.

—Genial—Malfoy se fue y Tess sonrió

—Tess—Llamó Harry—Dos cosas.

Uno,dijiste que no irías al baile y Dos,yo planeaba pedirtelo—Tess se sintió muy mal.

—Lo siento Harry,pero,puedes invitar a Lyra,se que ella quiere ir contigo—Harry soltó su mano,asintió y se fue.

La sala común tenía un aspecto muy extraño, llena de gente vestida de diferentes colores en lugar del usual monocromatismo negro.

Draco esperaba a Tess al pie de la escalera,finalmente,la chica bajó cuidadosamente las escaleras y todo el gran comedor quedó en silencio para observarla,llevaba un hermoso vestido verde con encaje plateado brillante en el escote y en la parte de la cintura.Su cabello estaba atado en un chongo adornado con una hermosa peineta de esmeraldas.

—Te ves hermosa—Le dijo Draco cuando llegó al final de la escalera.

—Tu no te ves nada mal—Tess tomó su brazo y ambos caminaron juntos a todos los demás alumnos.

Todos cuantos estaban en el Gran Comedor los aplaudieron mientras cruzaban la entrada y se dirigían a una amplia mesa redonda situada en un extremo del salón, donde se hallaban sentados los miembros del tribunal. Habían recubierto los muros del Gran Comedor de escarcha con destellos de plata, y cientos de guirnaldas de muérdago y hiedra cruzaban el techo negro lleno de estrellas. En lugar de las habituales mesas de las casas había un centenar de mesas más pequeñas, alumbradas con farolillos, cada una con capacidad para unas doce personas.

Tess notó a Harry pasar con Lyra,ella llevaba un hermoso vestido azul turquesa,ambos lucían radiantes y la pelinegra se alegró por su amigo.

—¡Vamos!—Le susurró Tess a Draco—Estamos aquí para bailar.

Tess obligó a Draco a levantarse de la mesa y lo arrastró hasta la pista de baile.

Ambos comenzaron a bailar,no era algo que les resultará muy difícil,ser descendientes de una familia sangre pura tenía ventajas.

La ojiverde observaba de reojo a Harry,bailar casi tropezandose,sabía que no Harry no bailaba bien,sin embargo,no se notaba tanto.

Las Brujas de Macbeth dejaron de tocar, los aplausos volvieron a retumbar en el Gran Comedor.

Harry volvió a sentarse en su mesa junto a Ron y Padma Patil,mientras no quitaba la mirada de Lyra,que bailaba con Michael Corner.Tess se acercó y se sentó en la silla que Padma había dejado. Estaba un poco sofocada de tanto bailar. —Hola —la saludó Ron.

Harry no dijo nada. —Hace calor, ¿no? —comentó Tess abanicándose con la mano—. Draco acaba de ir por bebidas. —¿Draco? —dijo Harry con furia contenida—. ¿Todavía no te ha pedido que lo llames «Dray»? Tess lo miró sorprendida. —¿Qué te pasa? —le preguntó. —Si no lo sabes, no te lo voy a explicar —replicó Harry friamente. Tess interrogó con la mirada a Ron, que se encogió de hombros. —Harry, ¿qué…? —¡Es de Slytherin! —soltó Harry—. ¡Siempre ha estado en contra de mi! ¡En contra de nosotros! Tú, tú estás… —Harry estaba obviamente buscando palabras lo bastante fuertes para describir el "error" de Tess— ¡confraternizando con el enemigo, eso es lo que estás haciendo! Tess se quedó boquiabierta. —¡No seas idiota! —contestó al cabo—. ¡El enemigo! No comprendo cómo no has notado que ha cambiado,¿Acaso los ha molestado este año?

—¡Pues está bien claro! Él es alumno de Slytherin, ¿no? Sabe con quién vas… Intenta aproximarse a mi, obtener información de él para sabotearme, o acercarse lo bastante para gafarme. Tess reaccionó como si Harry le acabara de pegar una bofetada. Cuando al fin habló, le temblaba la voz.

—Para tu información, no me ha preguntado nada sobre ti, absolutamente nada. Inmediatamente Harry cambió de argumento. —Supongo que durante esas encantadoras sesiones de biblioteca os habéis dedicado a pensar juntos…¿Que? —replicó Tess, ofendida—. Nunca. ¡Cómo puedes decir algo así…! Yo quiero que el Torneo lo ganes tu y lo sabes, ¿o no? —Tienes una curiosa manera de demostrarlo —dijo Harry de forma despectiva.

—. ¡La finalidad es ganar! La gente empezaba a mirarlos. —Harry —dijo Ron en voz baja—, a mí no me parece mal que Tess haya venido con Draco… Pero Harry tampoco le hizo caso a Ron. —¿Por qué no te vas a buscar a Dray? —dijo—. Seguro que se pregunta dónde estás. —¡No lo llames Dray! —Tess se puso en pie de un salto y salió pero Harry la siguió.

—¡Puedo cuidarme sola!—Le gritó Tess a Harry con el rostro demasiado rojo.

—¡Te está usando!—Insistió Harry—¿No lo ves?

—¡AGHH!—Gritó Tess sentándose en el pie de la escalera—Te lo repito ¡No eres mi padre!

¡No puedes darme órdenes! ¡Yo puedo hacer lo que se me venga en gana!

—Te estás volviendo cada vez más odiosa—Murmuró Harry pero Tess lo escuchó.

—¡Siempre arruinas todo para mí!—Le gritó—Siempre te encargas de hacerme la vida un infierno,¡No hagas esto Tess! ¡No hagas aquello!

¡Pudrete!—Harry reaccionó y trató de acercarse a Tess—No te me acerques!

Harry decidió volver al Gran Comedor y darle tiempo a Tess para calmarse.

Draco la encontró llorando y se apresuró a consolarla.

—Tess,¿Por qué estás llorando?—Draco la abrazó.

—No es nada,quiero irme—Murmuro Tess.

—Pero es demasiado temprano—Se quejó Draco

—Por favor,quiero irme—Draco asintió y ambos se fueron a su sala común.