Elizaveta no había nacido con la gracia y la belleza de su madre. Su porte era más bien masculino y sus facciones reflejaban la androginia de los antiguos dioses de Grecia y Roma. De pequeña había sido instruida por el padre en el arte de la guerra junto con su hermano Dani porque Laszlo, el cabeza de familia, veía en su Elita el primogénito que nunca tuvo. Por eso la joven no pudo jamás congeniar con su madre. Eli era indómita como un potro salvaje y su madre nunca pudo amansar a la fierecilla por muchas labores domésticas que le mandara hacer. Su hija debía saber cómo manejar un arma, en eso estaba de acuerdo con su esposo. Pero era inadmisible que no supiera cómo mantener la casa limpia, cómo cantar una tonada húngara para el deleite de los hombres de la familia o cómo vestirse y comportarse como una verdadera mujer.

Eli era un espíritu libre y necesitaba salir de su castillo para sentirse plenamente feliz. Por eso un día, tras una discusión con su familia, se marchó y se internó en el bosque ataviada con una ropa de hombre que le quedaba grande, con un macuto con provisiones y una espada corta y manejable para ella. Era muy observadora y pronto tuvo localizado un sitio donde guarecerse y los arboles que estaban empezando a dar sus frutos fueron su principal sustento con la llegada del verano.

Sin embargo, el invierno estaba al caer y necesitaba un plan para abastecerse. De modo que fue al bosque a perfeccionar sus dotes de cazadora y a apilar leña. Sin embargo, un extraño sonido hizo que se detuviera en seco y aguzara el oído. Guiada por él, llegó hasta una pequeña hondonada donde las raíces de los árboles más viejos habían horadado la tierra y se paró frente a una escena de lo más extraña: un grupo de cuatro hombres con los pantalones bajados hasta los pies acariciaban y embestían con sus caderas entre jadeos y risotadas a una mujer desnuda.

Eli se dio cuenta entonces de que el sonido que le había llevado hasta ahí era el gemido ininterrumpido que procedía de la garganta de la joven. Eli se sorprendió ruborizándose ante el panorama pero no se dejó llevar por aquel hormigueo que de repente había invadido su estómago, sino que se deslizó por entre la maleza y descendió hasta donde aquellos hombres tenían amarrados a sus corceles. Eli nunca había robado pero ver las alforjas de esos hombres repletas de víveres y de utensilios que podrían ayudarla a superar la crudeza del invierno fue suficiente para decidirse a entrar de lleno en el mundo del pillaje. Con los pasos más silenciosos que pudo dar, la joven llegó hasta uno de los caballos y con sigilo comenzó a extraer enseres de la bolsa. Pero el caballo se encabritó y quedó al descubierto. Eli intentó huir pero uno de los hombres se ciñó el pantalón a la cintura y persiguió a la chiquilla hasta darle caza asiéndola de las muñecas y levantándola del suelo.

—Vaya, vaya, mirad a quién tenemos aquí. Si es un pequeño ladronzuelo —dijo el hombre con la satisfacción de un hombre que hubiera pescado la trucha más grande del lago.

De pronto Eli notó que el hombre fornido le estaba palpando sus partes bajas y se había detenido en su entrepierna con una sonrisa que, en una situación menos peligrosa, a Eli le hubiera parecido encantadora

—Nos ha tocado el premio gordo. Es una jovencita.

El resto de hombres rompieron a aplaudir y a silbar de júbilo. Eli ahogó un gritito cuando se percató de que el hombre había pinzado la zona y la estaba pellizcando con movimientos rápidos.

—Has cometido un terrible error tratando de robarle a un ladrón como yo, pequeña. ¿Cómo te llamas? —dijo el hombre cuyos cabellos tenían un color semejante a ese embriagante licor que bebía su padre cuando creía que nadie lo estaba observando. Eli no contestó sino que se retorció indómita y trató de zafarse. Pero ella solo era una joven de trece años sin apenas fuerza para cargar un tronco de leña y todo intento por huir fue en vano. El hombre que sobrepasaba la veintena de años, era mucho más fuerte que ella y si hubiera querido podría haberla descuartizado allí mismo—. Niña, si no me dices tu nombre estamparé tu cabecita contra un árbol y dejarás de respirar.

El hombre parecía enfadado así que la muchacha se detuvo temblorosa. Su gesto rabioso se había empezado a teñir de pavor al contemplar la posibilidad de que el hombre pudiese estar hablando en serio y acabara siendo asesinada.

—Elizaveta —le dijo su nombre real. Empezaba a temer a ese hombre y no quería hacerlo enfadar dándole una identidad falsa.

—Francis de Bonnefoy, para servirte. —El hombre realizó una cómica inclinación de cabeza y lo hombres del ladrón se rieron—. ¿Y qué hacías sola en el bosque, Elizaveta? ¿Es que te has perdido?

—No —dijo Eli entornando la mirada con fiereza. Pese a que esos hombres estaban tratando de humillarla, ella no pensaba mostrarles ninguna señal de debilidad.

—¿No? Vaya, entonces ¿vives por aquí?

—Tampoco —dijo Eli con toda la impasibilidad que pudo mostrar.

—Ah, comprendo. Entonces vienes de ninguna parte. —Francis le agarró del mentón y le obligó a mirar a la mujer a la que uno de los hombres seguía embistiendo. Su cara estaba cubierta por un fuerte rubor y tenía la boca entreabierta profiriendo jadeos de ¿placer?—. ¿Ves a esa jovencita de pechos gigantescos? También viene de ninguna parte y se lo está pasando muy bien. ¿Quieres unirte a ella?

Eli tembló ligeramente. A la mujer no debía de parecerle doloroso lo que estaban haciendo con ella, de hecho por su expresión tenía que estar sintiendo un placer enorme. Pero la pequeña húngara sentía que si aceptaba, condenaría a su alma al infierno. Algo en su interior le decía que gemir de esa manera y sentir todo ese placer, era algo prohibido.

—No —respondió, de nuevo tajante.

Francis hizo caso omiso de su monosilábica respuesta y acarició con el índice, la suave mejilla de la jovencita. Eli sintió su aliento próximo a su oreja y el vello de su cuello se erizó de manera involuntaria. Aquel asqueroso no debía percatarse de su reacción o sería el fin pero, para su desgracia, el galo lo vio y sonrió satisfecho.

—¿Cuántos años tienes? ¿Diez? ¿Once? Si no me respondes te cortaré una mano —dijo con una risa peligrosa.

—Trece. Tengo trece —se apresuró a contestar la joven. Su semblante impasible estaba a punto de quebrarse.

—Trece, ¿eh? A tu edad mi madre ya me había tenido y tenía unos pechos impresionantes. Por eso me gustan las mujeres con buenas tetas aunque, contigo, puedo hacer una excepción. —El hombre pasó la lengua por el pálido cuello de la muchacha y en ese momento, su determinación de permanecer impertérrita se esfumó con el jadeo que ella profirió—. Ah, veo que te gusta. A mi me gustan tus preciosos ojos verdes. Parecen dos jaspes brillantes. Apuesto a que una jovencita como tú debe de tener muchos pretendientes y una buena dote...

—No —dijo Eli y el temor se materializó en su cara. Francis torció su sonrisa; había dado en el clavo.

—Eso quiere decir que sí, ¿verdad? Tu casa no debe de estar muy lejos.

—Te equivocas —replicó Eli con voz temblorosa—. Me he escapado y está muy lejos de aquí. Jamás encontrarías mi casa.

—Por eso no te preocupes. —Francis fingió una sonrisa tierna, consoladora—. Tú misma me llevarás hasta ella. Si no, te cortaré el cuello. Pero como veo que eres una chica lista seguro que haces caso a la primera ¿verdad? Bien, veo que lo has entendido. Ahora dime, ¿tu padre es caballero?

Eli seguía reticente y no quería proporcionarle ninguna información. Pero Francis perdió la paciencia, se agachó con rapidez y empuñó un puñal afilado que acercó a la garganta de la joven. Ella gimió de angustia.

—Repetiré la pregunta. ¿Es caballero tu padre?

—¡Sí! —respondió ella a punto de echarse a llorar—. ¡Sí, lo es!

—Así me gusta. —Francis dejó caer a la joven y ella cayó de bruces contra el suelo. Él volvió a inmovilizarla atándole las manos a su espalda con la cuerda de su pantalón. El galo se llevó una mano a la boca y se humedeció dos dedos con los que después acarició, sin mucha delicadeza, los pequeños labios menores de la joven húngara. Cuando sintió que estos se hinchaban y se humedecían de forma correcta esbozó una siniestra sonrisa y la penetró sin miramientos con su índice. Ella ahogó un grito de sorpresa y se revolvió asustada pero Francis le propinó una dolorosa palmada en su nalga y la resistencia cesó de golpe—. Relájate. Si no te dolerá más aún, niña estúpida.

Eli sintió que se estaba rompiendo algo dentro de ella, como una muralla que se desmorona ante la acometida del enemigo dispuesto a conquistar el preciado tesoro del castillo. La inocente rebeldía que había formado parte de su carácter durante aquellos años, parecía haberse esfumado de repente. Se sentía vacía. La imagen que se había formado en su cabeza de un amable y divertido príncipe azul que la salvase de la tiranía de su madre, había sido sustituida por un demonio de cabellos dorados y piel sucia por el polvo acumulado de un largo viaje que no parecía tener piedad por su corazón roto. Se rindió al fin a la embestida dolorosa que Francis le propinó y de su garganta salió un grito de terror. Algo cálido estaba manando de la muchacha

—¡Haced el favor de darme un paño o un trozo de tela! ¡Rápido! —rodenó Francis de repente. El hombre que estaba disfrutando del coño de aquella desconocida prostituta se detuvo y lo observó con el ceño fruncido sin comprender.

—¿Para qué quieres un trozo de tela?

—¡Tú dámelo! —exclamó Francis misterioso.

Su compañero de pillaje se acercó hasta donde se encontraban amarrados los caballos alazanes y sacó, de una bolsa de cuero, un trozo de tela parda. Fue a toda prisa hasta donde estaba el ladrón galo y se lo tendió, desconcertado. Francis, que aún empuñaba el puñal deshilachó un trozo con la punta de su arma y puso la tela bajo el cuerpo de la joven para limpiar algo. Eli giró la cabeza para ver qué estaba haciendo Francis y horrorizada vio que este le estaba enseñando el paño manchado de su propia sangre con una sonrisa triunfal. Lo agitó ante sus ojos y se echó a reír cuando vio que la joven se asustó.

—Te acabo de romper tu precioso himen. ¿Es que no sabes lo valiosa que es tu sangre? No deberías haberte adentrado en el bosque tú sola porque ahora tus padres se van a llevar una desagradable sorpresa en cuanto nos acerquemos a tu castillo. —El galo se movió dentro de ella. Martilleó su interior para asegurarse de que la sangre manchaba por completo el trapo y le agarró de las caderas para comenzar a moverse con más brusquedad.

Eli se sentía muy lejos de allí. Todo parecía ser una pesadilla de la que no podía despertar. Pero el dolor era real y la humillación a la que se estaba viendo sometida también lo era para su desgracia. Aquel hombre, que no era hombre sino el mismísimo Satanás, había anulado por completo su voluntad y roto su pequeño corazón. Cerró los ojos y dejó que la violencia de las embestidas tomara su cuerpo y embotara sus sentidos. El gemido suave y grave de Francis la arrulló. El dolor que la laceraba se volvió una fricción de lo más placentera. Así, tal y como había visto que le sucedía a la prostituta, ella misma se entregó al pecaminoso placer de la carne y se sorprendió a sí misma gimiendo de manera incontrolada. La verga del ladronzuelo era bastante grande y gruesa y podía sentir como la empalaba. En un movimiento casi reflejo, Eli presionó las paredes de su útero y esto arrancó a Francis una exclamación de placer y de sorpresa.

—Vaya, vaya. Aprendes rápido. ¿Tanto te gustaría ser mi puta en un futuro? —dijo y tras esto se rió con crueldad.

Francis aumentó el ritmo y los jadeos de la húngara adquirieron más fuerza. La prostituta y el esbirro del ladrón se aproximaron a ellos para que la mujer pudiera situarse más cerca de la joven. Y de forma inesperada, empujada por las embestidas, besó con sensualidad los labios de Eli. Su lengua repaso el contorno de su pequeña boquita y la mujer sonrió satisfecha cuando observó que la adolescente parecía derretirse ante aquel nuevo contacto.

De pronto Francis se detuvo y la temblorosa Elizaveta sintió como le propinaba un fuerte azote en la nalga que le arrancó un gemido de dolor y sorpresa. El esbirro y la prostituta parecieron entender lo que eso significaba. La diversión debía aplazarse de momento. Con temor reverencial ante un posible ataque de iracunda impaciencia por parte del galo, se levantaron y comenzaron a vestirse. Eli, desconcertada fue también a recoger sus ropas pero Francis se lo impidió asiéndola del brazo.

—Tú no, muchachita. Tú debes ir desnuda —dijo guardando el trozo de tela empapada de sangre en un pequeño cofre

Montaron en los caballos. Eli tuvo que sentarse detrás de Francis. Sus labios menores manchados de sangre virginal escocían y, con el trote del caballo y la fricción de su montura, el escozor se convirtió en dolor. Se sorprendió a sí misma, sollozando, incapaz de encontrar una postura cómoda mientras el francés se reía de su sufrimiento con desdén poniendo al caballo al trote.

—Ahora guíanos hasta tu castillo —ordenó el ladrón.

Eli así lo hizo y alcanzaron la fortaleza al atardecer. Los centinelas apostados en la muralla dieron la voz de alarma y varios soldados aparecieron en la compuerta del foso. Cuando llegó a su altura, Francis volvió a ponerle la hoja de su cuchilla a Eli en su tierno cuello.

—Decidle al caballero, padre de esta muchachita tan encantadora, que me reciba —pidió con siniestra amabilidad. Los soldados se apresuraron a llamar a Laszlo y este acudió con el rostro desencajado por el temor y la sorpresa. Su esposa e hijo menor aparecieron después tras él.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo el caballero, furibundo tras recibir las desagradables nuevas.

—Muy buenas, mi amable y buen señor. Le traigo a su hijita querida —dijo Francis en tono burlón sin dejar de hacer presión en la garganta de la joven. El padre y sus soldados ahogaron una exclamación y Laszlo alzó las manos, diplomático.

—No sé quién sois ni lo que queréis, pero os ruego que dejéis libre a mi hija —pidió el padre de Eli.

—Por desgracia para vos, señor padre de Elizaveta, su hija ha manchado mi prenda. —Francis soltó un momento las riendas de su alazán y agarró el cofre que tiró a los pies del caballero. El cofre se partió y reveló el contenido. El trapo con la tela manchada de sangre quedó descubierto y todos pudieron verlo. El galo hizo un gesto elocuentemente obsceno con la mano libre y la boca—. Ya ve, parece que ha encontrado al amor de su vida. Y, puesto que me ha entregado su virtud sin reservas, vengo a que me ordenéis caballero. Convendréis conmigo en que la hija de vuestros ojos necesita que su futuro marido sea un buen hombre de Dios. ¿Verdad, Elizaveta?

Eli no quería mirar directamente a los ojos de su padre pero intuía lo que tenía que estar pensando. Había sido una descuidada. Había puesto en peligro su vida y la reputación de su familia después. En su caras se reflejaría la decepción, sobre todo en la de su madre. ¿Y el pobre Dani? ¿Qué estaría pensando su hermanito? ¿Conocería el significado de la palabra prostituta y de ser así, lo habría asociado al instante con su nombre, el de su hermana mayor, al verla allí completamente desnuda ante ellos?

—¡Ordenadme caballeros y proveedme de soldados! —exclamó Francis en un nuevo arranque de furia que devolvió a la joven a la realidad tras su triste ensimismamiento.

Cuando la sol se hubo ocultado tras el horizonte, Francis salió de la fortaleza uniformado con una cota de malla, una espaldera lustrosa y una túnica con la cruz del Temple bordada sobre el blanco tejido. Eli había sido ataviada con un vestido de tela de saco y su cabello rapado por petición del galo. Iba tras el caballo desfilando humillada ante la corte de su padre pero de sus ojos no brotaba ni una sola lágrima. Lo único que sentía era una opresiva sensación de vacío en su pecho seguida de un creciente fuego interior. Sentía que su cara abrasaba y que el fuego de la venganza se estaba apoderando de ella.

Viajaron por diversos lugares de Europa y se hospedaron en las peores posadas del camino. Al ver en Francis la cruz del Temple sobre su pecho, muchos campesinos se acercaban hasta la comitiva para pedir caridad o brindarle toda clase de gestos cariñosos y de bendiciones. El sonreía con superioridad y marchaba delante de ellos sin ofrecer nada más que sus falsas promesas de retorno con montañas de oro para los pobres pobladores que se creían sus patrañas. Después observaban a la joven que marchaba detrás del caballo a pie, algún compasivos y otros con desprecio. Sin embargo nunca hablaban con ella pues consideraban que no les estaba permitido acercarse. Era una humillada, posiblemente una sierva del Diablo y era mejor no interrumpir su penitencia. Por las noches, en los hospedajes Francis, que había hecho una gran amistad con los caballeros de Laszlo y estos se sentían afortunados de tener a un nuevo señor tan permisivo, desnudaba a Eli delante de los comensales de la taberna de turno la exhibía ante ellos como un vulgar animal. Ella alejaba su mente de donde se encontraba cuando los más osados se atrevían a tocarla, sobarle los pechos o incluso abusar de ella sexualmente, poniéndola a cuatro patas sobre las mesas. No miraba a nada en concreto, estaba muerta. No miraba a nada salvo a los fríos ojos azules del francés y se preguntaba si alguna vez habrían albergado calor aquellos iris crueles.

Una noche, los soldados la llevaron a un establo. Estaban borrachos y a muchos de ellos les apestaba el aliento a alcohol. Ella se debatió pero los hombres eran mucho más fuertes que ella y desnuda, la obligaron a montarse sobre un fardo de paja y a agachar la cabeza. Uno de los soldados acercó a un caballo sujetándolo con las riendas mientras se bamboleaba de un lado a otro y soltaba unas risotadas.

—Niña, te va a gustar esto —dijo y sus compinches rieron a su vez.

El animal comenzó a relinchar nervioso y confundido. Eli giró la cabeza todo lo que pudo pues un caballero se había quitado la parte de abajo de su traje y le había puesto la bolsa escrotal encima de su cara, presionándola para que ella se clavara la paja en la mejilla. Asustada, chilló pidiendo auxilio. Otro individuo le pellizcó la nalga desnuda hasta hacerle daño para que callase.

—Estúpida, no te quejes tanto. Solo eres una perra que disfruta de buenas vergas, no hagas un drama —se quejó otro soldado que se acercó a ella y sin piedad, se bajó los pantalones y la violó delante de sus camaradas que lo felicitaban y vitoreaban al ritmo de sus embestidas. Ella gritaba aterrorizada y eso enardecía más a los caballeros que le propinaban cachetadas en las nalgas, en las tetas e incluso, bofetadas en la cara. De pronto, el tipo salió de ella ,se corrió sobre sus nalgas enrojecidas por los golpes y la chica sintió que algo mucho más grande pretendía penetrarla. Babeando y llorando intentó ver lo que ocurría detrás de ella y alcanzó a observar como uno de los soldados introducía la punta de la verga del animal en su vagina. El animal resopló, parecía más relajado. Para evitar que gritara, un soldado introdujo su pene en la boca de la joven.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó una voz de repente, tan ebria como la de los demás. Era Francis que se había acercado hasta allí y le sonreía a sus chicos maravillado por la escena que estaba presenciando—. Oh, mis chicos. No os habéis podido resistir, por lo que veo.

Uno de los caballeros se acercó hasta él y Eli pudo ver que lo besaba lamiendo sus labios. Francis siguió el sensual beso y agarró a su subordinado de las nalgas. Otro hombre se acercó a Francis por detrás y comenzó a despojarlo de su nueva vestimenta. Después se arrodilló ante él, le extrajo su miembro y lo masajeó hambriento de semen.

—Quiero a cinco de vosotros chupándome la polla y a otro lamiéndome el culo. Y quiero que a mi mujer la violéis hasta que se desmaye. —Al momento cinco de sus hombres se arrodillaron y comenzaron a chuparle el miembro y a pasárselo uno a otro mientras Francis suspiraba de placer.

Eli, que esperaba encontrar piedad en los ojos azules del francés se dio cuenta de que era inútil: Francis la humillaría hasta que no pudiera más. Y se rindió ante las acometidas del hombre cuya polla estaba penetrando en su garganta. El caballo se acercó resoplando y ella sintió como parte del miembro del animal se introducía más en ella. Cerró los ojos e intentó no sentir nada a pesar de la lacerante sensación que había hinchado su estómago. Y se dejó hacer. Ahora era su ramera y no debía pensar en nada más que en follar y en beber lefa. Sus sueños consistirían a partir de ahora en chupar el mayor número de pollas posible y en ser follada hasta extenuación, sin descanso.

Ya no había vuelta atrás.

(*)

Eli, Francis y su ejército de templarios alcanzaron por fin el condado de Edessa dispuestos a presentar sus respetos al rey Balduino y a demandar vasallaje. La virtud del francés era caer bien a la gente desde el primer momento y no tardó en ganarse el favor del rey. Gracias a su don de gentes, consiguió que Balduino mandara construir una abadía solo para él y sus hombres y que presidiera la colina más alta del condado.

Un mes después de su llegada celebraron su amistad con un gran banquete en el cual niños, mujeres esclavas y prostitutas hacían las delicias de todos bailando al ritmo de una pequeña banda de música árabe. Los hombres de Jacques y el resto de vasallos, amigos del monarca, habían formado un círculo alrededor de las esclavas que danzaban al son de la música con sus ropas aún puestas; las prostitutas lo hacían, pero completamente desnudas y meciéndose de manera más obscena con la melodía de la flauta.

Ellos, enfervorizados por aquella visión, lanzaban vítores y gritos a las mujeres y de vez en cuando les tiraban comida, acaso para alimentarlas o para burlarse de ellas. Entre las prostitutas se encontraba Eli bailando completamente desnuda salvo por sus inseparables botas altas de oscuro cuero. Se encontraba inmersa en un profundo trance e ignoraba todo lo que sucedía a su alrededor. No escuchaba los gritos lujuriosos de los soldados ni el chapoteo de la saliva provocado por el vaivén de las cabezas de los niños sobre cada una de las pollas de los recién llegados. Ella continuaba bailando e imaginaba mientras que se encontraba muy lejos de allí, de vuelta en su amada Hungría, con su familia en su castillo de leyenda.

—¿Quién es ella? —dijo Balduino señalando a Eli.

Francis, que se encontraba a su lado jadeando de placer al ver como el niño que le habían asignado hacia un uso demencial de su exquisita boca, alzó la vista.

—Ella es mi esposa, Elizaveta. Gracias a ella fui ordenado caballero para unirme a vos en vuestra cruzada por la auténtica fe —explicó el francés con una sonrisa de desdén—. Muy hermosa y joven, ¿no creéis?

—Desde luego, maese Bonnefoy —convino Balduino—. Veo que, además, también sabe hacer uso de su cuerpo. ¿Es solo vuestra?

—Es de toda mi tropa, majestad —dijo Francis con complicidad—. Es su deber complacer a todos mis hombres sin excepción. Por eso la llevo conmigo. Además, ha degustado todo tipo de miembros, tanto animal como humano y ha desarrollado tanto sus artes que seguro que la más hábil de sus zorras no podría competir contra ella.

—Sed precavido con vuestras palabras, Francis. No deberíais comparar mis recursos con los vuestros —advirtió Balduino con una velada sonrisa de amenaza—. Sólo los inconscientes son osados. Y vos no tenéis facha de ninguno. Además, debería ser yo quien lo comprobara.

Francis asintió con conformidad. Después de echar un rápido vistazo a su mano derecha, Kirkland, y ver como abusaba como un salvaje de la infantil boca de su niño asignado, sonrió satisfecho. Todo estaba saliendo a la perfección y si le entregaba a Elizaveta, tendría un favor excepcional de Balduino.

—Como gustéis, mi señor. Es toda vuestra. Aquí hará mejor servicio que en mi nueva abadía.

Eli fue enviada tras el ominoso banquete a los aposentos privados del rey Balduino, ataviada con unas brillantes botas de cuero negro y un vestido del mismo material, ajustado a su silueta, que le realzaba sus pechos.

Con el paso de los años, y tras la transformación de adolescente a puta, resultó que sus tetas habían logrado alcanzar la medida necesaria para que resultaran atractivas al francés. Según decía Francis, ahora eran dos suculentos y deliciosos melones, y Eli podía sonreír orgullosa. Su figura ya era completamente femenina y se había desarrollado tal y como se esperaba de ella.

Alcanzó la alcoba privada del rey y la abrió con temerosa cautela. Tal fue la impresión de lo que se encontró allí que estuvo a punto de caer de espaldas. La habitación era una mazmorra de placer repleta de variados juguetes sexuales colocados sobre una sólida mesa de madera de roble y dispuesto de mayor a menor tamaño. Látigos, fustas, bocados e instrumentos de forma fálica, conformaban parte del numeroso y variado conjunto de enseres de placer.

Balduino se encontraba arrodillado en el suelo ataviado únicamente con una máscara de cuero negro. Que cubría toda su cara menos ojos y boca y unas esposas que encadenaban sus muñecas. Eliza alzó el ceño, sorprendida.

—¿Mi señor?

—Querida, pasa —habló Balduino, afable—. Siéntete libre de usar cuántos juguetitos quieras conmigo. Ahora soy tu perro y debes castigarme.

—Pero Majestad...

—Haz lo que te digo, pequeña puta —dijo el rey con un todo más amenazador—. Cierra la puerta y ponte a ello.

Eli obedeció y se dirigió hacia la mesa con lentitud. Eligió como primer objeto la fusta. Después se volvió hacia Balduino y, haciendo acopio de toda su seguridad, ordenó con voz sensual y calmada:

—Lame mis botas, perro.

Se señaló a las botas con la punta de la fusta y el rey adoptó una actitud sumisa frente a la joven. A continuación, comenzó a lamer sus botas y a dejar un reguero de saliva mientras su lengua recorría concienzudamente cada rincón del zapato.

Eliza comenzó a respirar de forma entrecortada y su pecho empezó a subir y bajar con rapidez. Cada vez que subía se marcaba más su exuberancia y cuando Balduino levantó un momento la cabeza, observó la turbación en la joven y lamió con más fruición todavía. Era comprensible que al principio se sintiera confusa, pero una vez entendiera lo que era el poder de dominar a los seres inferiores, se rendiría a él completamente.

—Lame mi vestido.

Ella arreó un fustazo al rey en la espalda y este asintiendo con rapidez, se puso en pie y fue dando lametazos por la cintura a la joven. Eli arrugó el rostro. No sabía qué era, pero aquel hombre que pretendía ser el más poderoso a ojos de los demás, le provocaba repulsión. Quería humillarlo, mancillarlo, hacer de él un bufón delante de los demás. Lo agarró del cuello haciendo que se detuviera y le dedico una sonrisa de desdén.

—Póstrate ante tu reina —ordenó.

Balduino hizo lo que le ordenaba y ella tomó el látigo. Dejó la fusta sobre la mesa y después comenzó a pegar al rey latigazos en el pecho. Este empezó a gemir de placentero dolor. Con la bota, la joven empujó al soberano e hizo que este cayera de espaldas y se diese contra el suelo. Eliza posó la suela de su bota sobre la erecta polla del rey y comenzó a hacer presión hasta arrancar al hombre un jadeo ronco de excitación.

—Te gusta ser pisoteado, ¿verdad escoria?

—Mucho, mi señora —respondió el con voz temblorosa.

—¿Te he dado permiso para hablar? —dijo ella asestándole un nuevo latigazo. Este gimió, enardecido—. Cállate hasta que yo te lo diga, perro del infierno.

Eli dejó de hacer presión en el miembro del rey, ató el látigo a su cintura y se acercó de nuevo a la mesa para recoger un falo de grandes proporciones. Con una pícara sonrisa se introdujo entre sus tetas la base del instrumento, y sujetándolo con la misma delicadeza con la que se trata a un cándido bebé, empezó a lamer el pulido tronco fálico de alabastro.

—Apuesto a que te gusta que te lo metan todos los días y suplicas como una ramera barata que lo hagan —susurró ella con sensual desprecio—. Eres una putita de Satán, Balduino.

Ella obtuvo un gemido de excitación como toda respuesta y, satisfecha, extrajo de entre sus tetas el falo lleno de saliva y le dio un último lametazo sensual en la punta. Luego, se arrodilló de nuevo junto al rey y con la mano libre comenzó a masajear su apetitosa y bien formada polla usando la mano y un lado de su vestido de cuero. Antes de meterle el falo por el culo, le facilitaría un poco de aquella ambrosía masturbatoria. No era tan mala después de todo. Acercó su boca a la verga y comenzó a devorarla con calculada lentitud. Los gemidos fueron aumentando y Eli sintió la polla de Balduino más hinchada dentro de su cálida y acogedora boca de zorra experimentada. La sentía latir y la joven presionó sus labios sobre la punta, como si la besara. Acto seguido la devoró por completo y dejó que se introdujera hasta la garganta. El rey exhaló el jadeo más fuerte hasta el momento y terminó corriéndose en la boca de ella. Eli alzó la cabeza y se relamió satisfecha al mismo tiempo que comenzaba a introducir el falo en el culo prieto del monarca.

De pronto llamaron a la puerta y está se abrió. Arthur Kirkland estaba al otro lado y buscaba a Eli. En cuanto la puerta empezó a abrirse, Balduino se incorporó como un resorte, se cernió sobre ella y con las manos comenzó a hacer presión sobre su garganta.

—Miserable zorra, desgraciada. Tratabas de matarme, ¿verdad?

Eli, comenzó a boquear entre angustiada y desconcertada. ¿Qué había pasado con el sumiso Balduino?

Arthur entró en la estancia con los ojos muy abiertos por la impresión.

—¿Qué pasa?

—¡Avisad a Francis! ¡Esta zorra ha intentado matarme!

Elizaveta fue llevada de nuevo a rastras hacia la sala del trono. Francis, que se encontraba embistiendo el turgente culo de una prostituta árabe sobre la mesa del banquete, alzó la vista mientras la mujer seguía profiriendo escandalosos gemidos.

Observó como Balduino conducía a la joven del pelo y obligaba a la joven a avanzar hasta el centro de la sala.

Arthur se dirigió a Francis con rapidez y le susurró al oído lo que había visto. El francés esbozó una sonrisa maliciosa.

Balduino hizo a la joven arrodillarse ante toda la comitiva allí reunida. Ya no llevaba aquella máscara de esclavo, sino sus ropas de monarca. Con el semblante desencajado por la ira empezó a exclamar:

—Sabed vuestras Mercedes que está ramera de Satán ha intentado aniquilarme antes mediante sus juegos de cama.

Un murmullo de asombro y maliciosas se extendió por toda la multitud.

—Es por ello que debe ser castigada sin piedad y su castigo será infligido por todos vosotros. ¿Qué me decís?

La pregunta fue contestada por una afirmación y ovación general. Eli abrió los ojos atemorizada. No sabía que iba a ocurrirle, pero no debía de ser nada bueno. Ella simplemente se había limitado a cumplir la voluntad del rey. ¿Por qué debía de ser castigada con tanta severidad?

El monarca extrajo de su túnica un saquito y de él extrajo a su vez un pellizco de la que parecían ser pequeños hongos de campo. Acto seguido, agarró a Eliza del cuello y forzó a la joven a tragárselos mientras el gentío exaltado prorrumpía en vítores y cantos soeces denigrando a la chica. Jacques de encontraba entre ellos.

—Y ahora vamos a ir a ver a un amigo mío que va a romperte tu precioso coño —fijo Balduino mientras ella tragaba a la fuerza esos hongos de amargo sabor.

El camino a la jaima del selyúcida fue para Eliza un auténtico calvario de depravación. Desnuda con la excepción de sus botas, la joven fue conducida por los soldados de Balduino mientras era humillada delante de curiosos que se habían apostado en las callejuelas del condado. La humillaron, gritaron su nombre seguido del calificativo de puta, los soldados animaban a los tenderos para que le tiraran piezas de fruta pasada y mancillar a así su cuerpo desnudo y blanco como el mármol.

Los aldeanos se carcajeaban o rugían enfurecidos animados por los soldados. Tanto hombres de familia como aquellos sin oficio ni beneficio conocido, madres y mujeres de fea reputación, viejos mendigos, niños y pillos de la calle encontraron de pronto un divertimento al que poder maltratar y gritar sin ningún tipo de consecuencia posterior. Algunos borrachos se atrevieron incluso a parar la comitiva y hacer que Eliza se arrodillara y, tirándole del pelo, les practicase una brutal felación. Cuando esto ocurría la multitud rompía a aplaudir y a silbar, exaltada.

Ella no podía pensar con claridad. Parecía como si todo lo que pasara a su alrededor fuera el producto de una pesadilla de la que no podía huir. Por lo único que sabía que todo lo que estaba viviendo era real era por el dolor que sentía en su piel magullada y manchada por la fruta podrida. No tenía ni idea del castigo que le esperaba. ¿Podía haber algo peor que la humillación pública?

Se sentía también terriblemente mareada y no paraba de dar tumbos al avanzar.

Llegaron por fin a la tienda de Sadiq. Balduino irrumpió en ella con gran ímpetu y en turco hizo llamar a aquel caudillo sarraceno. Jacques, que agarraba a Eliza de la cintura con brusquedad espero expectante junto con sus soldados tras el monarca cristiano.

—Sadiq, ven, te traigo a otra ramera del infierno —exclamó Balduino entre carcajadas.

Tras unas cortinas de seda, apareció el selyúcida completamente desnudo y aceitoso. Eliza se percató de que olía a argán. Algunos hombres de Francis, al ver el enorme miembro del turco comenzaron a mofarse de la joven y a replicar los relinchos de un caballo.

—¡Así es como te gustan las pollas de grandes! —dijo Arthur que también se había unido a la mofa colectiva.

Eliza había alcanzado un estado de total abstracción de la realidad. Todo a su alrededor empezaba a distorsionarse, los colores, el olor, los rostros se desdibujaban y ya nada parecía importarle. Y cuando se dio cuenta de la presencia del turco estuvo a punto de quedarse sin respiración. Era un hombre alto, pero a ella le pareció gigantesco, y su cuerpo cubierto de aceite a la joven le parecieron poderosas escamas del color del bronce perfectamente contorneadas y que refulgían a la luz de las antorchas.

Francis empujó a Eliza e hizo que esta cayera al suelo de rodillas frente al caudillo. Los soldados rodearon a los dos y la joven alzó la cabeza, entre temerosa y mareada. La respiración entrecortada por la excitación del turco se asemejaba a los resoplidos de algo incluso más imponente que un caballo. Con aquellas escamas que le cubrían la totalidad de su cuerpo era lo más parecido al dragón de la leyenda de San Jorge. Y era un ejemplar magnífico.

El miembro del turco, tan imponente como el resto de su poderoso cuerpo cincelado por el entrenamiento y la guerra, comenzó a erguirse delante de la joven que de manera inconsciente había empezado a relamerse.

Aquí está la Ramera de oriente, a todas las pollas les hinca el diente —corearon los soldados aquel himno que habían empezado a cantar a Eliza durante los descansos orgiásticos en posadas que Jacques había organizado.

Entonces el turco se lanzó sobre la mujer y agarrándola de las muñecas la penetró sin miramientos. Ella chilló de doloroso placer y los hombres que les rodeaban comenzaron a aplaudir, enardecidos.