Capítulo XVII.
Las leyendas del sur
I.
La voz de Izuku es lo más hermoso que ha escuchado nunca.
También es lo más hermoso que ha visto nunca. Vestido de negro, con pedazos de armadura del enemigo, usados probablemente para despistar, con el cabello verde revuelto y un poco más largo que cuando se había marchado. Furioso. Sus ojos verdes centellean en la oscuridad y Katsuki jura que están a punto de lanzar rayos.
El príncipe no llega sólo, pero Katsuki apenas si nota a su acompañante. Es una mujer —y ese es realmente el único detalle que nota sobre ella— y tiene la cabeza cubierta con un yelmo. Pero es imposible concentrarse en otra cosa que no sea Izuku, que se lanza hacia adelante sin ningún plan, con pura fuerza bruta. Mientras que la otra figura se encarga de sembrar el caos entre los prisioneros. Hanta y Denki son los primeros en liberarse, pero Katsuki tampoco puede concentrarse en ellos mientras forcejea.
Izuku le aterriza a Shigaraki encima y, sin la amenaza del hechicero sobre él, Katsuki puede reaccionar mucho más fácil. Himiko y Dabi se le van encima, por supuesto. Siente una quemada en una pierna y apenas si puede patear, pero se las arregla para hacerlo. Durante un momento Katsuki es sólo una madeja de brazos y piernas y dientes, hasta que un golpe truena contra la pared y luego Izuku deja caer, con toda la fuerza que tiene dentro, la espada sobre las cadenas. Primero le libera los brazos y después los pies. Con las estocadas aleja a la bruja y a Dabi.
—¡Kacchan!
La manera en que lo dice es tan desesperada que Katsuki sólo quiere envolverlo en sus brazos y asegurarle que todo está bien.
El problema es que no lo está.
Katsuki se incorpora y las piernas le tiemblan. Se apoya sobre Izuku y oye un quejido del príncipe.
Está lastimado.
Pero no tienen tiempo para ello.
—Mi espada —gruñe.
Está en el piso, más lejos. Izuku entiende y lo cubre. Se pone entre él y Dabi y Himiko y Shigaraki. Katsuki se obliga a caminar hasta ella y agarrarla. Se obliga a rendirse a su adrenalina para poder sobrevivir. No tienen tiempo de nada.
En la batalla todo desaparece. Katsuki lo sabe bien. Sólo tiene su vida y al enemigo enfrente.
Se lanza contra Shigaraki en cuanto tiene la empuñadura de la espada bien agarrada. Los grilletes todavía le pesan en las muñecas y en los tobillos; algunos eslabones de las cadenas suenan cuando se mueve. Apenas si tiene tiempo de voltear hacia Izuku, que intenta mantener a la bruja alejada de donde está.
El hechicero lo detiene siempre con magia y lo único que eso causa es que Katsuki se enoje aún más. Necesita una manera de ganarle.
Pierde la concentración cuando oye un golpe seco detrás de él y se da la vuelta justo a tiempo para evitar que Magne le caiga encima.
Mina mira el cuerpo con una sonrisa de satisfacción.
—¡NO! ¡MAGNE! —grita el hombre rubio.
—Iba a matarte —informa Mina y Katsuki no puede ni siquiera agradecerle el gesto cuando Shigaraki vuelve a atacarlo.
—¡CUIDADO! —grita Izuku.
Todo se detiene un momento cuando Denki alza el brazo y, con un grito que rompe la noche, lanza un rayo que lo destroza todo.
—¡ABAJO! —grita.
Y Katsuki no lo piensa en nada antes de agarrar a Mina por el brazo que no está roto y jalarla hacia sí mismo ni en estirar un brazo para jalar a Izuku por la ropa y lanzarse al piso para cubrirse de los pedazos de techo que caen. No es hasta que se queda inmóvil que comprende lo mucho que le duele allí donde Shigaraki lo tocó, o la quemadura de la pierna y la marca de la mano de Dabi en el cuello. Además, sus muñecas están prácticamente en carne viva después de haber intentado liberarse de los grilletes tantas veces.
No les cae más que polvo y algunas piedras del techo que no son muy grandes.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES DESTROZANDO MI PALACIO?!
—¡Escuché algo! ¡Los rayos me dijeron…! ¡Es la primera vez que lo hacen!
Suena un rugido.
Todos alzan a vista, Shigaraki —que está intentando liberarse del cascajo que tiene encima— incluido.
Katsuki no puede evitar sonreír cuando Kirishima aparece en su campo de visión y, detrás de él, un dragón plateado que abre sus fauces y sopla.
El Rey Bárbaro prácticamente puede sentir como el aire se congela a su alrededor. Partes del piso también. Allí donde están sus atacantes, el piso los atrapa.
Lloraría de felicidad si no fuera el Rey Bárbaro y no fuera Katsuki Bakugo y tuviera una imagen que mantener.
Lo que sigue ocurre demasiado rápido.
Shigaraki forcejea.
Y luego grita.
—¡KUROGIRI!
Katsuki no entiende a qué se refiere hasta que recuerda la última vez. Por eso es imposible atrapar a Shigaraki. Ve como a él y al resto —incluso al cadáver de Magne— los envuelve una nube negra que los hace desaparecer. Un portal.
Quiere soltar un grito de frustración. Llevaba tiempo sin estar a punto de morir. Pero no puede porque Izuku lo abraza y el príncipe llora más que él.
Mina se pone en pie, agarrándose el brazo roto. Suelta un quejido, pero aun así ayuda a Kyoka, que, cuando se destapa el rostro, deja ver la cuenca vacía de un ojo. Eijiro aterriza ya medio convertio y Denki se le lanza encima y se le cuelga del cuello. Llora casi como Izuku y Katsuki ve como Eijiro entierra su rostro en el cuello del mago. Detrás de él, aterriza el dragón plateado. En su forma humana, es un hombre de cabello gris, casi blanco y mirada plateada. Sus ojos parecen rodeados por una ligera escarcha e incluso sus cuernos son blancos.
Katsuki termina por ponerse en pie. Intenta dar un par de pasos y las cadenas suenan cuando las arrastra.
—¿Y los soldados?
Eso obliga a Eijiro a voltear —aunque no suelta a Denki.
—Huyeron.
—No todos —agrega el dragón plateado—. Algunos están congelados.
Katsuki asiente. Da otro paso hacia adelante. Detrás de él, Izuku extiende su mano y toma la de Katsuki, pero no termina ahí, sino que lo abraza por detrás. Los brazos de Izuku tocan las cicatrices que dejaron los dedos de Shigaraki y todavía duele, pero Katsuki sólo aprieta los dientes y deja que Izuku lo apriete contra sí. Todos esos días que deseó tenerlo cerca, sólo para volverlo a encontrar en esas circunstancias.
—Kacchan… —murmura—. Lo siento. No pude… No pude detenerlo y… Y… Mi padre… Intentó… Tenía el plan desde… Desde… Katsuki, no me mandó en buena fe y…
—Eres un milagro, Izuku.
Y después de eso, cae. Sólo queda negro.
Despierta todavía con el malestar sobre su cama. La luz del día lo deslumbra. No debe ser muy tarde, porque mientras más se acerca el invierno más temprano oscurece. Y luego, en una fecha siempre cercana al solsticio, cae la primera nevada y todo el palacio queda sepultado en la oscuridad y en la nieve por días.
Está solo, observa. Se incorpora y el pecho le punza. No tiene ni el pecho ni el vientre vendado, aunque si hay una venda en su cuello, otra en la pierna, allí donde está la quemadura de Dabi, y otra en las muñecas. Apenas si alcanza a verse unas cuántas cicatrices en el pecho.
Se pone en pie.
Todo está en silencio.
Resulta extraño no oír más que el rumor del viento meciendo los árboles afuera, golpeando contra las montañas, cuando su mente todavía oye la voz de Shigaraki, los gritos, el metal de las espadas contra la carne.
Da la vuelta sobre sí mismo, revisando todas las superficies para buscar su capa. El aire corre más frío ya con el inicio del otoño y puede sentirlo. La capa roja no está en ninguna parte. Ni siquiera recuerda qué le ocurrió. Shigaraki se le quitó estando inconsciente y no se fijó realmente en ese momento.
Camina hasta la estancia principal, allí donde está la mesa y el tapiz de su madre, además de los pocos libros que tiene y algunas otras cosas.
Ahí no está solo.
El príncipe está sentado de espaldas a él, así que no lo ve, pero Katsuki se topa de golpe con su cabello verde, que ya le cubre gran parte del cuello. Le parece extraño no verlo de verde, pero no puede decir que el rojo le quede mal.
—Príncipe.
La reacción es instantánea.
Un libro cae contra la mesa e Izuku intenta voltear la cabeza y ponerse en pie al mismo tiempo. La manera en que lo hace es torpe y Katsuki contiene el impulso de reírse porque le parece banal. Después de desear verlo tanto tiempo y sobrevivir a un asedio sin tener ni idea de dónde estaba, lo único que quiere es mirarlo a los ojos y volver a olvidar cómo respirar, exactamente igual que la primera vez que lo vio.
Y vuelve a pasar.
Izuku va con un sencillo atuendo verde que Katsuki está seguro que le ha visto antes, pero no con demasiada atención —siempre suele usarlos mucho más ornamentados—, pero tiene la su capa roja colgada de los hombros.
Y una vez que están cara a cara ninguno de los dos sabe exactamente qué decir.
—Te queda bien —dice Katsuki. Señala la tela roja de su capa.
Izuku se pone rojo.
—¡Lo siento! —dice—. No quería moverme de aquí y hacía frío y no me dejaban hacer nada y decían que tenía que descansar y… —Se corta abruptamente. Katsuki puede ver que tiene los ojos llenos de lágrimas que empiezan a brotar—. Kacchan…, Katsuki… Creí que…
—Está bien, estoy vivo.
«Primero quiero entender que estás aquí», piensa. «Después lo demás».
Las lágrimas caen, por supuesto, e Izuku se precipita hasta él. Katsuki cree que va a abrazarlo, pero en vez de eso se inclina y Katsuki sabe que sus manos están buscando sus pies.
Lo detiene antes de que pueda hacerlo, igual que la primera vez.
—Aquí no hacemos eso —le recuerda.
Izuku no se mueve. Por un momento, parece no respirar.
—No es sólo un gesto de respeto —murmura en una voz más baja y más calmada y Katsuki se pregunta si está oyendo bien—. También hay cariño en él. Amor. Es especial con aquellos a quienes quieres, sobre todo después de tiempo sin verlos. —Hay una pausa—. Déjame hacerlo. Es parte de mí.
—Se siente… extraño.
—Lo sé.
Katsuki aún no lo suelta.
—Lo sé, Katsuki. Demasiado protocolo, quizá. Y quizá, parece…
—No estás por debajo de mí, Izuku.
—No es eso lo que significa —dice Izuku y Katsuki puede oír la frustración en su tono—. Quizá mi padre piense eso. Quizá quiera eso. Pero cuando vi a mi madre recordé… Es sólo cariño, Katsuki. Amor. Sólo… —Se le atoran las palabras y Katsuki ve el torrente de lágrimas.
Así que lo suelta.
E Izuku alcanza sus pies. Es sólo un momento.
Katsuki hace una pregunta con un hilo de voz.
—¿Yo tengo que…?
—Tus manos, en mis hombros.
Katsuki no entiende el gesto. No entiende ninguno de los gestos. Quizá después pregunte de dónde viene, pero no va a negárselo a Izuku en ese momento. Entiende los sentimientos detrás de él. El cariño de sus dedos al rozar sus botas.
Sus manos se dirigen a los hombros de Izuku y el príncipe se yergue. Katsuki apenas tiene tiempo de respirar cuando Izuku lo abraza y prácticamente lo envuelve en su propia capa. El príncipe entierra la cabeza sobre su cuello y Katsuki siente entonces sus lágrimas.
—Tenía tanto miedo… Katsuki… Tenía… No quería… No pude…
No entiende nada. Las palabras salen golpeándose unas con otras y se estrellan unas con otras sin que él pueda entender nada. La voz de Izuku lo envuelve y sus brazos lo apresan y de repente todo se vuelve demasiado.
No sabe qué está ocurriendo. No sabe en qué condiciones está su palacio.
—Izuku —dice.
Se está ahogando. Demasiado. El mundo le da vueltas y si cierra los ojos sólo ve a Shigaraki sobre él. Y la presión del pecho de Izuku es demasiada. Siente el malestar de las cicatrices. Los dedos de Shigaraki.
—Izuku… —repite. Intenta alejarse un poco—. Necesito…
El príncipe se da cuenta y lo suelta.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —Da incluso un paso hacia atrás y le deja espacio para respirar—. Sólo estaba… —Izuku no termina la frase, pero se lleva una mano a uno de sus hombros para quitarse la capa de Katsuki—. La agarré porque no quería moverme de aquí —dice—. No me dejaron hacer nada. Insistieron en que yo y Momo debíamos descansar…
—¿Momo?
Izuku ni siquiera oye su pregunta.
—… y quería estar aquí cuando despertaras. Denki la trajo después de que Mina te curara las quemaduras y… —Katsuki extiende las manos para agarrar su capa, pero Izuku ignora ese gesto y se pone de puntas para pasársela por los hombros y ajustársela. El Rey Bárbaro se descubre pensando en cómo le quedaría una capa al estilo del norte—. Te estoy abrumando —adivina el príncipe.
Katsuki aprieta los labios, sin decir nada por un momento.
Todo brilla demasiado. La tranquilidad es tanta que no puede evitar estar alerta.
—Un poco —admite, finalmente.
Izuku asiente.
—Mina dijo que debías descansar —musita. Luego se queda callado un momento y, cuando Katsuki no agrega nada más, se dirige hasta la mesita. Levanta el libro que había estado leyendo hasta ese momento—. No sabía que todavía lo tenías aquí.
El que le dio meses atrás en la biblioteca. Antes del solsticio de verano.
Katsuki desvía la mirada.
—Dijiste que debería leer la historia de las mujeres marinas.
Izuku sonríe.
—¿Te gustó?
Katsuki asiente.
—Puedo contártela. O cualquier otra historia. Mina dijo que vendría después. Ellos están… Se están encargando de los heridos y de los prisioneros —dice Izuku—. Creo que no hay rastro de Shigaraki, ni de… ninguno de… ellos… —Desvía la mirada y Katsuki alcanza a ver las dudas pintadas en su rostro—. Sé que el mató a tus padres, Kacchan.
«Kacchan», no Katsuki. El nombre que reserva para los momentos más desesperados, los más íntimos y aquellos en los que parece querer recordarle que lo quiere, ante todo.
¿Qué puede decir ante esa afirmación?
—Me lo dijo —agrega Izuku—. Yo tenía miedo, Kacchan. De llegar demasiado tarde.
Katsuki asiente, ausente. Su mirada se clava en el tapiz que representa a su madre. Odia su vulnerabilidad frente a Shigaraki, su desesperación. Es un golpe a su orgullo el haber sido derrotado tan fácil y el que Izuku en ese momento esté diciéndole que debe descansar. Sabe que es verdad. Que los que estén ilesos pueden encargarse de los heridos y que más tarde solucionarán todos los destrozos.
Hay tiempo, diría Masaru. Hay vida todavía.
—Fue él. Sé que te dije que habían muerto frente a mí, pero nunca mencioné más detalles. Ni te dije que había sido Shigaraki o te…
Izuku niega con la cabeza. Extiende una mano y la coloca sobre el pecho de Kacchan.
—No es necesario. No ahora mismo. —Baja la mano y se la extiende para que se la agarre—. Vamos, necesitas descansar. Y yo también. Luego te presentaré a Momo. Hablé un poco con Tetsutetsu…
—¿Tetsu…?
—¡El dragón plateado! —dice Izuku.
—Kirishima lo mencionó alguna vez… —Pero fue mucho tiempo atrás. Cuando aún estaban en guerra con los dragones.
—Y luego podremos reconstruir todo lo que está todo, pero hasta entonces… —Izuku sonríe cuando por fin Katsuki toma su mano—. Hasta entonces puedo contarte la historia de las mujeres marinas. Y después todas las que quieras oír.
Katsuki sonríe. Lo jala del brazo y lo abraza un momento, lo suficiente para no aturdirse de nuevo.
Espera que ese abrazo diga todas las palabras que tiene atoradas en ese momento.
«Tuve miedo de no volverte a ver, de morir, de que no volvieras, de…».
Pero sobre todo.
«Te quiero».
II.
El príncipe Izuku Midoriya podría recitar entera la historia de las mujeres marinas, porque es parte de sí mismo. Dentro de él están todas las historias del sur, algunas del norte, algunas del oeste —las historias de los grandes astrónomos—, algunas incluso de más al sur del Mar Musutafu. Están tatuadas dentro de él.
Katsuki se sienta en el alfeizar de una de las ventanas y mira hacia afuera, intentando adivinar desde allí los daños que tiene su palacio.
Izuku se sienta aun lado de él y pone el libro en sus piernas.
—¿Aún tienes frío? —pregunta el Rey Bárbaro.
Va a negar con la cabeza, pero la corriente de aire que entra desde la puerta del balcón se lo impide. Katsuki se da cuenta y sólo le extiende un pedazo de capa, para que se cubra el también.
Y entonces Izuku empieza a hablar.
—El lago Asui siempre ha estado habitado por las mujeres marinas. Antes de que los dioses se propusieran crear a los humanos, el mar las hizo nacer de la espuma de sus olas: hermosas criaturas con cuerpo de mujer y cola de pescado. Sus escamas eran de todos los colores del arcoíris, bellas, brillantes, vibrantes. Así que las mujeres marinas nadaron por todo el mundo y recorrieron todos los mares. Dejaron que la espuma las llevara a todos los lugares. Conocieron los grandes glaciares del norte, todavía hoy hablan de ellos…
—¿Las has visto? —interrumpe Katsuki.
—No…, no realmente… —responde Izuku, en un murmullo—. Podrías preguntarle a Tsuyu si quieres… Ella…
—Te estoy preguntando a ti —dice Katsuki. Como si hubiera una razón. No: porque hay una razón, pero Izuku no la comprende.
—No —dice—. He estado en la provincia Asui, pero nunca… demasiados deberes. —Izuku se queda mirando sus manos—. Demasiado protocolo. Y las mujeres marinas no se aparecen ante cualquiera. Esta es la historia de cómo llegaron a…
—Lo sé, la he leído.
Izuku alza la cabeza hasta él, ladeándola, buscando sus ojos. Está más distraído que de costumbre.
—Kacchan…
—Oigo tu voz —dice—, pero no la oigo. Oigo la noche y los gritos…
—Concéntrate en la historia. Un momento. —Izuku busca su mano para apretársela—. Cuando las historias terminen el mundo seguirá aquí; el palacio…, nosotros seguiremos aquí. —Se reacomoda, para subir sus piernas al alfeizar de la ventana y darse un poco la vuelta para así poder encarar al Rey Bárbaro más directamente—. Pero se puede escapar a través de ella. No huir, porque huir no es honorable. Pero si uno es prisionero, escapar… —Izuku suspira—. Cuando la historia acabe el mundo seguirá aquí.
«No estás solo, Katsuki».
Hay demasiadas cosas que ninguno de los dos ha dicho, pero el tiempo corre lento e Izuku no quiere abrumarlo.
El tratado de paz está muerto. Él es un traidor. Necesitan un plan y reconstruir la fortaleza. No sólo eso. Hay muchas aldeas hechas pedazos, quemadas hasta los cimientos.
—¿Qué sigue, entonces? ¿Cómo llegaron las mujeres marinas al lago Asui?
El Rey Bárbaro ya conoce la historia, pero preguntar es parte de la magia de escucharlas en voz alta.
Izuku sonríe para sí.
—Sin embargo, lo último que conocieron las mujeres marinas fueron las costas. El mar les había hablado y les había advertido que nunca jamás se acercaran a ellas. «Son peligrosas», dijo el mar, porque allí no tenía poder para protegerlas. El mar y la tierra eran hermanos antagonistas. Son. El mar rompe sus olas sobre la tierra y la tierra permanece impasible ante él. «La tierra es territorio de los dioses», dijo el mar. Y los dioses habían creado todo. Los bosques, las montañas, los ríos que le regalaban más agua al mar. Pero no habían creado a las mujeres marinas y sobre ellas no tenían ningún poder.
»El mar les advirtió que la tierra albergaba peligros. Que los hombres no comprendían el mar. Y aún las mujeres marinas acabaron por acercarse, movida por la curiosidad, madre de todos los entuertos…
—Eso no venía en ese libro.
—Mi madre solía agregarlo.
Hay un silencio y es apacible. Hay paz en él e Izuku puede empezar a relajarse en él. Después habrá otros que no lo sean, pero necesita un momento para respirar con tanta fuerza.
—Sigue —pide Katsuki.
—Con el tiempo, las mujeres encontraron el lago Asui. Es muy hondo, así que pueden esconderse en las profundidades cuando hay problemas. Muchos reyes han intentado usar sus poderes para su propio beneficio, pero las mujeres marinas responden siempre que se pertenecen sólo a sí mismas y nunca a algún reino. —Izuku suspira. Realmente le gustaría haberlas visto alguna vez. Pero siempre hubo cosas mucho más importantes y su padre nunca ha tolerado a las mujeres marinas, puesto que siempre lo han desairado y han desairado sus ideas de guerra—. Al principio, cuando llegaron, se escondían de la mirada de hombres y mujeres. Pero ellas las descubrieron. Por supuesto. Eran las mujeres las que acudían con sus tablas a lavar las ropas al lago Asui, así que también fueron las primeras en encontrar escamas en las orillas y las primeras en oír la voz de las mujeres marinas debajo del agua.
—Dicen que cantan como las sirenas.
—Las sirenas son más famosas por su canto —reconoce Izuku—, pero la voz de las mujeres marinas… si eres capaz de escucharla cuando están debajo del agua… dicen que es mágica. —Retrae las piernas, haciendo que sus rodillas se dirijan hasta su pecho. Sí, realmente le gustaría haberlas visto—. Las mujeres no le dijeron a los hombres —sigue Izuku—. Creían que ellos no reaccionarían bien. «¡Están demasiado acostumbrados a las espadas y a resolverlo todo con sangre!». Y las mujeres del lago Asui nunca han sido guerreras si pueden evitarlo. Se niegan a la guerra y a la violencia…
»Y todo fue bien hasta que desapareció el hijo de un comerciante rico. Los hombres revolvieron todo por todas partes. Destrozaron todo. Pero las mujeres eran más listas. Las mujeres buscaron allí donde los hombres no se atrevían. Le pidieron ayuda al bosque a sus espíritus; entonces era mucho más fácil comunicarse con ellas. Pero el niño no estaba en el bosque cercano a Asui. Revisaron todas las cocinas y las alacenas que los hombres siempre ignoraban…
—Están resultando ser unos verdaderos inútiles.
—Ya te sabes la historia, Katsuki. —Izuku sonríe de medio lado—. Y al final, cuando no se les ocurría nada más, acudieron al lado y pidieron ayuda a las mujeres marinas. Y a ellas, que les gustaban los niños y entonces no podían tenerlos, la súplica de las mujeres les tocó el corazón, usaron sus voces para llamarlo. Y lo llamaron desde el agua y el aire se apiadó del agua y escuchó su canto y se lo contó a la tierra y la tierra busco al niño hasta encontrarlo en sus caminos y lo llevó hasta el lago Asui. Y así todo Asui le agradeció a las mujeres marinas y nunca las molestaron ni permitieron que nadie más las molestara…
Los brazos de Katsuki lo interrumpen. Lo envuelven completamente y lo hacen perder el habla y la concentración. A la historia no le queda mucho más, de todos modos.
—Estabas en todas partes —lo oye decir—. En todos lados. Allí a donde mirara. —Hay otro silencio y es más largo. Izuku no agrega nada porque intuye que hay palabras todavía luchando por salir desde el corazón de Katsuki—. Pero no estabas, no realmente, Izuku… Y temí por ti cuando el ejército empezó a marchar hacia acá. Hubiera deseado salir corriendo para encontrarte, pero soy el Rey Bárbaro, no puedo darle la espalda a nadie aquí.
Así es como sabe que han dejado las historias atrás y han vuelto a su mundo.
—Lo sé.
—¿Estás bien? —pregunta Katsuki.
—Yo debería preguntar eso —dice Izuku.
—Respóndeme. —Una pausa y, después, una corrección—: Si quieres, sabes que no puedo…
—Estaré bien —replica Izuku—. Tengo cosas que contarte, Kacchan. —Se separa de é y se yergue buscando verlo a los ojos. Cuando están sentados la diferencia de altura no es demasiado notoria. Ojos verdes se clavan sobre los ojos rojos de Katsuki, donde truena la pelea, el enojo, la ira y la furia de un rey derrotado—. Cosas sobre mi padre. Sobre mí. Sobre mi reino.
Katsuki suspira.
Es un suspiro cansado, agotado. No hay derrota en él como la hay en sus ojos, porque probablemente la está ocultando, pero si hay una nota extraña en la que se oculta el peso de todo un reino en sus hombros.
—Habla, pues, príncipe.
Izuku lo pone al corriente de todo lo ocurrido en el sur. Primero elige lo más sencillo, lo que no los toca directamente. Le cuenta de Momo Yaoyorozu y de su huida, de por qué no quiere ser la Princesa General de las tropas de su reino. Todo lo que sigue es complicado. Habla de su padre y de cómo lo envió al norte como una daga diseñada para clavarse en el corazón de Katsuki —se enamoraran o no— porque planeaba usarlo como un peón para meterse en el sur sin que Izuku lo supiera. Su voz tiembla cuando le jura a Katsuki que él no tiene nada que ver con ese plan de su padre y lo dice dos veces muy rápido. En un impulso el Rey Bárbaro le pone un dedo sobre los labios para que no siga hablando y le dice «te creo» en voz baja. Izuku no sé da cuenta de lo mucho que necesitaba esas palabras hasta que se lanza a sus brazos llorando y al alzar la mirada se encuentra con las cejas de Katsuki, fruncidas, contrariadas. «No eres tu padre», dice. «Eso lo supe antes de saber que te quería, Izuku. Carajo».
Y así, poco a poco, la historia sigue. Izuku le cuenta cómo el Rey Hisashi Midoriya usó las cicatrices de sus brazos para inventarse una historia, cómo apresó a Eijiro y cómo lo mantuvo alejado de su madre. Prisionero de su propio palacio, con un deber qué cumplir. Su voz se hace más pequeña todavía y sus ojos se clavan en sus manos, recordando todas las humillaciones de esos días y la mano de su padre en su mejilla. Hay una sospecha en el rostro de Katsuki cuando pregunta si le hizo algo y el silencio le responde con mucha más fuerza de lo que Izuku podrá hacerlo jamás.
Lo abraza y, por un rato, ni siquiera lo deja hablar. Lo abraza contra sí con esa furia que lo envuelve entero e Izuku comprende lo mucho que extrañó las maneras en que esas emociones tenían manera de materializarse en Katsuki. Besa todo su rostro con una avidez a la que Izuku apenas puede seguirle el paso, pero lo deja, porque en cada choque de sus labios con su piel siente toda la añoranza y la compara con la suya. Son parecidas, aunque no iguales. La de Izuku está llena de nostalgia, de lágrimas, de desesperación, mientras que la de Katsuki es una furia ciega que lo quema todo a su paso por no encontrarlo combinada con una melancolía que no comprende del todo.
E Izuku sigue. Le cuenta sobre el baile del equinoccio y su huida; toma sólo un respiro para contarle de su madre. Apenas si se da cuenta de lo mucho que ha hablado, pero a Katsuki no parece importarle. Tiene una expresión tranquila mientras se conforma con sólo escuchar su relato, hasta que llega a la parte de Tooru y Koji y cómo llegó al palacio. Entonces se pone alerta, mientras Izuku le dice que él y Momo robaron pedazos de los uniformes de los soldados para escabullirse en el momento en el que encontraron el palacio derrocado. Izuku no entra en detalles, mucho menos cuando se da cuenta de cómo sus ojos arden de furia.
Katsuki pregunta si hay muertos o heridos, pero Izuku no puede responderle. Tampoco le puede responder sobre los prisioneros, porque lo apartaron de todo, al igual que a Momo, obligándolo a descansar. En voz baja, reconoce que ni siquiera ha visto a Tsuyu o a Ochako porque lleva todo el tiempo allí. De otro modo lo consume el impulso de ayudar o hacer algo. Nota su agotamiento cuando pronuncia las últimas palabras, el hambre. Todo le cae de golpe, como una pesada loza sobre su espalda. Tienen un pedazo de la fortaleza en pedazos. Así que respira honro y deja que Katsuki entierre la barbilla en su cabeza y lo rodee con los brazos.
—Deberíamos averiguar cómo está todo allá afuera —sugiere.
—Hecho un desastre. —Katsuki bufa, con hastío—. Vamos, príncipe. Hay mucho que hacer.
—¡Katsuki! ¡No deberías estar levantado!
—¡Déjame ser, maldita bruja!
—¡Maldita bruja no es mi nombre!
Mina los descubre apenas dan la vuelta por un pasillo. Katsuki gruñe, pero no dice nada más. En vez de eso su expresión se pone mucho más seria. Izuku lo ve examinar a Mina: su vestido morado está lleno de polvo y tiene el velo y los tules desgarrados. Sus manos están llenas de pintura, lo que significa que ya ha hecho demasiados hechizos. Y uno de sus brazos está firmemente entablillado, aunque no parece que eso la detenga.
—Mina, dime el estado de mi palacio, carajo. —Su voz es firme y en el tono más amable que Izuku sabe que el Rey Bárbaro puede conseguir cuando está preocupado y enojado.
Mina suspira.
—Tienes que ir a ver a Kyoka.
—Eso no es una respuesta.
—No, Katsuki, solo… —Mina desvía la mirada—. Hay muertos de nuestro lado. Algunos refugiados y…
—¿Quién? ¡Carajo, Mina!
—Setsuna. Se sacrificó para salvar a Kyoka. —La voz de Mina es apagada y, aunque Izuku no conoce demasiado bien a Setsuna Tokage, siente la tristeza dentro de las entrañas. Conocía, corrige dentro de sí—. Están en el patio principal, preparándose para honrar a sus muertos.
—¿Por qué no me dijeron…? ¿Por qué no nos dijeron…?
Mina pone los ojos en blanco.
—Iba a ver si ya habías despertado, Katsuki. No eres el único herido, tampoco… —Mina se muerde la lengua un momento y luego le señala el pecho—. Y ya sabes lo que ocurre con esas cicatrices…
—¡No tienes que recordármelo!
—Katsuki —interrumpe Izuku, buscando su mano—, vamos.
—¡Oh, Izuku, lo siento! ¿Pudiste descansar algo? —El príncipe asiente—. La princesa despertó hace rato y preguntó por ti. Está con los demás, no sé exactamente en qué parte del palacio…
—¿Y Ochako y Tsuyu? —pregunta Izuku.
No está preparado para la reacción de Mina, que sólo aprieta los labios.
—Están bien —responde, pero en su voz hay dudas—. Ilesas —aclara—, pero…, bueno. Acompaña a Katsuki. En cuanto despierten haré que te busquen o mandaré a alguien por ti. —Lo ve con unos ojos suplicantes. «No preguntes más», parecen decir e Izuku sólo asiente porque hay demasiadas cosas de las que hacerse cargo.
—Vamos, Katsuki —repite.
Mina parece aliviada. Izuku no le da vueltas a eso, pero algo le punza en el estómago. Un mal presentimiento.
El patio está lleno de cadáveres. La mayoría son de soldados con el emblema de las flamas. Un montón de caras de Izuku no reconocer, pero que sabe que fueron arrastrados desde su reino hasta el norte para una guerra sin sentido para ellos. El Reino Midoriya se las ha arreglado para tener uno de los ejércitos más poderosos de todos los reinos del sur exigiendo a todos los hijos menores de las familias pobres que se enlisten. Pueden salvarse si se casan, así que muchos lo hacen. Pero muchos otros acaban en los cuarteles.
Katsuki apenas si los ve. Pasa entre ellos como si flotara, pero Izuku se detiene.
Hay rostros de horror y heridas llenas de sangre seca. No tiene sentido, piensa. Es una guerra que no tiene sentido. Tras meses en el norte, conoce la historia. Katsuki siempre ha deseado la paz con desesperación y el sur nunca se la ha concedido.
Allí, caminando entre los cadáveres, es la primera vez que el príncipe Izuku ve la guerra a los ojos. No la vio antes, por la noche y en plena batalla, porque la adrenalina se lo impidió. Pero en pleno día, con el silencio que la tragedia deja caer sobre el patio, lo mira todo. La sangre seca se le clava en los ojos y el hedor se mete por su nariz sin pedir permiso. Aquella no se parece a la guerra de las historias, poética, grande, lejana, donde cada muerte tiene un sentido y los combatientes luchan por todo aquello en lo que creen. No se parece a la de los libros, donde se listan muertos y con una aproximación a un número es imposible imaginarse los cuerpos. Como nunca hay nombres, uno puede leer sin imaginarse las lágrimas, ni los rostros de horror; se puede ignorar el silencio y la tristeza de los honores funerarios.
Izuku se detiene ante los cuerpos y se deja envolver por el horror.
O más bien, la muerte no le pide permiso.
Vuelve en sí sólo cuando Katsuki lo jala.
Izuku es consciente de que le dirige una mirada extraña y le aprieta la mano. «Está bien si te detienes», parece decir. Pero Katsuki no lo hace y al ver la familiaridad con la que se mueve ante los cadáveres, Izuku se preguntas cuantas veces se ha enfrentado a escenas parecidas.
Se dirigen hasta donde se ve el cabello morado de Kyoka. Hanta está con ella e Izuku también alcanza a ver el cabello de Itsuka.
Cuando lo ven, se apartan. Están rodeando el cuerpo de Setsuna Hokage.
Katsuki cae de rodillas ante el cuerpo. No llora, no dice nada. Apenas si se alcanza a ver la emoción en su rostro.
Izuku se queda detrás de él, sin saber exactamente lo que es correcto en ese momento. El silencio los envuelve unos largos minutos en los que el Rey Bárbaro no aparta la vista de Setsuna; después, es Kyoka la que lo rompe.
—Katsuki…
Alza la mirada y por fin Izuku puede ver la manera en la que tiene vendado el rostro. Recuerda su herida, de la noche anterior. Le destrozaron un ojo.
El Rey Bárbaro desvía la mirada hasta la comandante de la partida de caza.
Izuku la ve tragar saliva y pensar sus siguientes palabras muy deliberadamente.
—Murió peleando.
Katsuki asiente.
—Tendrá honores —murmura—. Como todo el resto. La hoguera más grande que haya visto este reino. Que el sur la vea y sepa que seguimos vivos. Que no pudieron con nosotros.
Es después cuando Katsuki por fin se fija en los enemigos caídos.
—¿Quieren sus cuerpos? —pregunta.
Hanta niega con la cabeza.
—Huyeron anoche todos. No hay nadie que reclame estos cuerpos. Denki y yo fuimos a revisar, que no quedara ni uno.
Hay una pregunta que queda en el aire hasta que Katsuki busca el rostro de Izuku.
—¿Cómo chingados honran a sus muertos en el sur?
—La Madre decía que estábamos hechos de tierra y que a ella debíamos de volver —musita Izuku.
—¿Los entierran?
Izuku asiente.
—Con una bendición de la madre. Usualmente las sacerdotisas preparan los cuerpos pero…
—Hay un pedazo de tierra, afuera, a un lado de la muralla.
—Katsuki, no tenemos suficientes manos.
El Rey Bárbaro bufa.
—Somos más honorables que el sur. Siempre lo hemos sido. No nos vamos a detener ahora. —Hay una pausa—. Cuando la Historia pregunte, que la respuesta sea el horror que causó un reino que quería más territorio y un rey tan ambicioso como cruel. Y que nosotros estemos allí, honorables como lo hemos sido siempre. Incluso un enemigo merece una muerte con honor.
Hanta asiente.
Izuku es incapaz de despegar la vista del suelo. Allá donde se dirijan sus ojos ha tragedia.
Katsuki se pone en pie y lo encara de frente. Levanta su rostro con una mano en la barbilla del príncipe.
—Esto es lo que siempre ha causado tu padre.
Siente que se le va todo el aire y los ojos se llenan de lágrimas. Intenta sacudir la cabeza, para liberarse del agarre de Katsuki, sin lograrlo. No tiene fuerzas para negar, porque toda la vida ha sabido de esa guerra y toda la vida ha vivido parado sobre sus despojos, en un castillo que se mantiene del horror. Durante demasiado tiempo ha vivido intentando acomodarse en la indiferencia y en el convencimiento de que, con la corona sobre la cabeza, podría pararlo.
(Pero ahora sabe que no, porque está condenado a Tomura Shigaraki).
De todos modos, ve a Katsuki con una súplica en los ojos.
«No seas cruel», le pide. «No puedo soportarlo».
Sus rodillas ceden, finalmente, ante todo el peso. Una voz dentro de sí le dice que no es tan fuerte como creía. Que igual todas esas palabras que Katsuki le dedicó tiempo atrás, hablando de la fuerza que tenía son solo discursos bonitos. Intenta alejar todo eso a gritos en su cabeza, pero no puede.
Katsuki cae de rodillas con él. Izuku supone que ve algo en su rostro, porque lo abraza y lo deja enterrar su cabeza en el pecho.
—Lo vamos a arreglar, príncipe. —Su voz se mezcla, en el aire, con el tono de las promesas—. Aunque sea lo último que haga. Este pueblo tendrá paz.
«No te culpo», es lo que dice su abrazo.
—Lo siento —murmura Izuku.
Katsuki lo aprieta más contra sí.
—También te convirtieron en una pieza más en esta guerra. ¿No eras la paz cuando llegaste?
Izuku llora con más fuerza.
«Nunca quise ser un despojo de guerra, ni un príncipe traidor». Y si volviera todo a empezar, Izuku seguiría el mismo camino. Otra vez.
Notas de este capítulo:
1) Quería que Izuku insistiera en ese gesto que, en un principio, Katsuki evitó (cuando le toca los pies). Sobre todo porque quiero que lo reclame como el cariño y respeto que supuestamente significa y no como lo que lo hace Hisashi Midoriya: recordarle que es inferior a él. Ya les había contado el origen, pero tiene que ver con la manera en que se saludan en la cultura hindu.
2) La historia de las mujeres marinas en general no es adaptación de nada, sino sólo una mezcla del folclore de las sirenas que tienen cola de pez en el mundo o cualquier otra criatura que se le parezca. La historia del niño no está basada en ninguna específica que recuerde anteriormente, pero sí en los pasajes de La mitad del cielo de Claudie Broyelle (libro de no ficción sobre la experiencia de las mujeres chinas durante la revolución cultural) donde decían que los hombres no las tomaban en cuenta y ellas acababan resolviendo los entuertos y recordándoles que eran tan capaces como ellos.
3) Me interesaba mucho que Izuku viera esta parte de la guerra a la cara y no sólo la oyera de las historias. Sobre todo porque es la paz encarnada y esas cosas. Además que la dualidad que se menciona con la guerra de las historias épicas y la que Izuku está viendo viene un poco de un libro que recién leí: El fuego verde, Verónica Murguía. Estoy segura de que será uno de mis grandes referentes en la fantasía. Sobre las honras fúnebres, hasta que no las describa más, se pueden trazar hacia las tradiciones de varias religiones.
4) Perdón por extenderme tanto, juro que es la última nota. Sobre las historias como escapismo, me remito a Tolkien y a algo que dijo LeGuin sobre su manera de ver la fantasía: «Yes, he said, fantasy is escapist, and that is its glory. If a soldier is imprisoned by the enemy, don't we consider it his duty to escape? The moneylenders, the knownothings, the authoritarians have us all in prison; if we value the freedom of the mind and soul, if we're partisans of liberty, then it's our plain duty to escape, and to take as many people with us as we can».
Andrea Poulain
