El mundo se abrió para él con una claridad que le había robado todo su misterio. Quizá para la mayoría semejante vista les hiciera hervir en deseos de cambiar el curso de las cosas, les diera un motivo para rebelarse. Akutagawa se asomó a la luz y lo que encontró lo orilló a cortarse él mismo las alas para nunca jamás desear salir. La oscuridad podía ser amarga, triste, pero también le protegía, le permitía guiarse sin cuestionamientos ni reflexiones tan sólo al calor de la sobrevivencia y los excesos. A la sombra nadie notaba sus heridas y él no tenía qué preocuparse por curar las ajenas, bajo los códigos del crimen y el terror no tenía qué pensar en nada. No tenía qué preguntarse nada.

Fue paulatino, sin embargo.

Desde aquella noche que llegó al departamento de Chuuya sin una palabra, sin una sola y amable explicación, asaltando sus labios no bien le abrió la puerta, arrastrándolo contra el suelo, contra las paredes en una pasión que más bien era una herida, deteniéndose antes de pisar la habitación, de rodillas, mutando a una tristeza que brotó en lágrimas que Chuuya limpió una a una en su regazo, acariciando su cabello, dejándolo maldecir todo lo que quiso, romper todo lo que quiso hasta que su corazón pareció quedar satisfecho. Salió por la puerta cuando la madrugada estaba llegando, agradeciendo y pensando que las cosas habían terminado allí. Volvieron a salir un par de veces como un par de viejos amigos, riendo de tonterías y brindando por todos los amores perdidos que, sin saberlo, para ambos tan sólo era uno.

Estaban tan solos que un poco de compañía merecía cualquier excusa. Una bolsa de papas fritas para reírse, una cantidad inhumana de golosinas. Noches de alcohol y espaldas arañadas, muslos tan mordidos que lucían negros. Lágrimas que eran secadas sin que fueran cuestionadas. Un día Akutagawa notó que estaba sujetando la mano de Chuuya en la calle mientras caminaban como si fuera la cosa más natural del mundo y no pudo recordar en qué momento había ocurrido, o en qué momento había dejado tanta de su ropa en su departamento o por qué se despedían con un breve beso en los labios pero lo atesoró en su alma con todas sus fuerzas, seguro que antes moriría que renunciar a aquello.

Chuuya se había vuelto su talón de Aquiles. Su todo por nada, su refugio seguro. Su casa.

— ¿Estás bien? Hoy has estado muy callado.

— Lo siento, estoy algo cansado, anoche Mori me pidió vigilar unos negocios y por la mañana tuve que ir a otro distrito.

— ¿Quieres que te prepare algo de cenar? ¿Tal vez un masaje y una copa de vino antes de dormir?

Chuuya se rió al sentir los labios de Akutagawa en su hombro, sus manos en su cintura. Se habían quedado dormidos en el sillón viendo alguna tontería, perdiendo toda la tarde y parte de la noche. Se estiró, acomodándose en sus brazos, bostezando.

— Me gusta la idea del masaje pero creo que necesito una ducha primero.

— Déjamelo a mí, iré a prepararte el baño.

— ¿Tú no tienes hambre? Creo que tenemos sobras de ayer todavía.

— Cenaré mientras te bañas, no te preocupes— lo tomó del mentón para besarlo antes de incorporarse, directo al baño.

Chuuya se acomodó en el sillón, escuchando el agua correr y los pasos de Akutagawa, incluso lo escuchó silbar, confiado. Bostezó, convencido que podía cerrar un par de minutos más los ojos antes de bañarse.

Akutagawa volvió a la sala, secándose con una toalla de manos, nombrando a su compañero pero bajando la voz al ver que se había vuelto a quedar dormido. Sonrió enternecido ante sus labios abiertos, los ronquidos y la manera en que las aletas de su nariz se movían por el aire. Bueno, no importaba, lo arroparía y volvería a la bañera para aprovechar el agua caliente. Lo tomó en brazos, besando su frente, llegando hasta la cama, recostándolo y cubriéndolo con las sábanas. Chuuya balbuceó, girándose a su lado, sujetando su mano sin abrir los ojos. Akutagawa resopló divertido. Bueno, el baño podía esperar para el día siguiente. Se recostó a su lado, abrazándolo, besando su cabello, suspirando.

El mundo no tenía ningún misterio para él y estaba bien al respecto, porque el mundo comenzaba allá afuera, en todo aquello que no era Chuuya.