Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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¿Te casarías conmigo?
10. Siempre es lo que parece
Aun cuando había hecho un berrinche encerrada en su cuarto, como cuando era una niña, al final de cuentas todo había tomado su curso y ella no había podido hacer nada para evitarlo. Por más disgustada consigo misma que estuviera, no había tenido el valor de arrepentirse frente a Draco y él había disuelto el matrimonio como lo había prometido. Ella se había presentado a trabajar y nada parecía haber cambiado en su relación laboral, como si aquel fugaz matrimonio jamás hubiera existido. Malfoy lucía tranquilo y no mencionaba el tema, pero ella notaba como hasta cierta medida la actitud del rubio había cambiado un poco. No había que pensar mucho para entender ese cambio, ante los ojos grises ella ya había sido descartada como partido amoroso y su nueva categoría era solo la de amiga. O al menos ella lo veía así y sentía que el mundo debajo de sus pies se estaba desmoronando, porque aunque se negaba a admitirlo, sentía muchas cosas por su jefe y a veces era imposible ocultarlo.
De su fugaz matrimonio y divorcio apenas habían pasado dos semanas, en las que afortunadamente no había visto a su hermana y Blaise había ido un par de veces a saludar. Al parecer la boda entre él y Pansy iba a ser pronto, en una playa de Brasil por lo que decían los chismes de las revistas. Por eso no había sido extraño que aquella mañana el moreno apareciera frente a Astoria con una sonrisa de oreja a oreja y una invitación.
—Sé que es mucho pedir, pero ojala fueras tú también, Tory —dijo Zabini, dejando la invitación sobre su escritorio.
—¡Oh! Gracias, haré lo posible —contestó la aludida por cordialidad, ya que dudaba salir viva de un evento así. Aquel mundo ya no le pertenecía y lo último que quería era arruinar la boda de alguien que hasta el momento se había portado muy bien con ella.
—Sé que lo harás —concedió él—. ¿Está Draco? —interrogó, señalando la puerta del despacho.
—Está y no está —respondió Astoria, riendo un poco y viendo como Blaise enarcaba una ceja—. Está en el ministerio y no debe de tardar en volver. Ha ido, en sus propias palabras, a partirle el alama Potter —comentó. El hombre frente a ella rió y asintió con la cabeza, entendiendo a lo que se refería, conocía a su amigo.
—¿Lo puedo esperar dentro? —pidió con cortesía.
—Claro —aceptó Astoria, levantándose para ir a abrir la oficina de su jefe y fue entonces que notó que detrás de Blaise iba una chica de su edad que ella conocía—. ¿Sabrina? —preguntó no muy segura.
—¿Astoria? —contestó la que era la secretaria de Zabini, una rubia de grandes ojos azules y con un cuerpo que la mayoría de las mujeres envidiarían, más si supieran que esa bruja apenas levantaba un dedo para mantener su figura.
—¡No lo puedo creer! —chilló la castaña, dejando en el olvido su tarea y avanzando para abrazar a la otra chica.
Sabrina Saralegui había estado en el curso de Astoria y en aquellos tiempos habían sido muy buenas amigas, pese a que la rubia pertenecía a la casa de Hufflepuff. Oh, vaya que aquellos días habían sido buenos a su manera. Ellas dos, junto con tres amigos más, habían formado el grupo al que había pertenecido la mini-Greengrass. Así como Daphne había formado parte de la pandilla de Draco y el resto, ella había tenido su círculo de amistades. Uno que por cierto no la querían linchar por su gusto muggle, ya que incluso Sabrina era mestiza por parte de su madre, una modelo a la que le había heredado el buen cuerpo.
—¿Se conocen? —preguntó Blaise, observando a las chicas, entre divertido y sorprendido.
—Así es, somos amigas desde Hogwarts —contestó la rubia—. Solo que nos habíamos perdido el rastro —confesó, volviendo a dar toda su atención a Astoria, quien no dejaba de sonreír como si fuese navidad y acabara de recibir un regalo. Aunque prácticamente así era, considerando el hecho de que no había tenido la oportunidad de toparse con alguna cara conocida que no le gritara que era una traidora de la sangre, bueno, con sus excepciones.
—Cierto, ha pasado mucho tiempo —admitió, recordando cómo se había ido al mundo muggle sin despedirse ni avisarle a nadie.
—Prácticamente desapareciste —acusó la otra chica—. Dime, ¿qué ha sido de ti todo este tiempo? ¿Dónde habías estado? —interrogó Sabrine, emocionada.
—No es por interrumpir su reencuentro, pero ahí viene Malfoy —les informó el moreno, quien miraba tranquilo el panorama, recargado en la puerta del despacho que no había sido abierta.
Casi al instante, ambas chicas se apartaron y Astoria corrió para abrir el despacho, justo cuando Draco notaba que tenía visitas.
—Buenas tardes —saludó, mirando a su amigo primero y luego a su peculiar compañía—. ¿A que debo el honor? —cuestionó, siguiendo de largo para entrar a la oficina e ir directamente a sentarse a uno de los sofás que tenía en la pequeña sala.
—Vengo a proponerte tres cosas —informó Blaise, tomando asiento de igual manera y haciéndole una seña a su secretaria para que tomara asiento a su lado. Por su parte Astoria permanecía de pie a mitad de la habitación, emocionada por su amiga y sin saber qué hacer, por la falta de órdenes de su jefe.
—¿Podrías retirarte, Astoria? —pidió finalmente el rubio al notar su presencia y si bien la aludida obedeció, se pudo notar que lo hizo de mala gana. Esa era otra de las cosas que habían cambiado, Draco ya no le pedía que le llevara café, té, ni nada para él o para las visitas. Vale, aquel no era su trabajo, pero casi todas las secretarias se acostumbraban a servirles a sus jefes esos pequeños caprichos.
—Al menos podré hablar con Sabrina cuando termine su reunión —dijo para sí misma, buscando animarse de aquella manera.
Mientras dentro de la oficina, Blaise le entregaba a Draco su invitación.
—Aunque te corran a zapatazos, espero que al menos estés ahí —bromeó, sonriendo y mostrando su blanca sonrisa.
—Muy gracioso —se defendió el aludido también sonriendo—. Supondré que esa es tu primera propuesta y ten por seguro que asistiré a tu boda —declaró, abriendo la invitación para mirarla vagamente, sin llegar a leer.
—Me conoces bien —admitió Zabini—. Mi segunda propuesta, es que le concedas una entrevista a El Profeta, por lo de la banda de estafadores que atraparon en Irlanda. Ya sabes, unas cuantas preguntas, unas fotos y una historia que te deje como el mejor jefe del departamento del mundo —ofreció o más bien pidió a su manera, porque si algo tenía aquel hombre y la razón por la cual estaba donde estaba, es que vendía las ideas como si de oro se tratara. Exponía incluso sus peticiones como si fuesen jugosas ofertas del mercado negro y con esa facilidad para persuadir y hacer trato era difícil que alguien le dijera que no a una entrevista, sin importar que tan exclusiva fuera.
—Solo por ser tú —aceptó Draco, negando con la cabeza, pues él conocía su amigo y no era la primera vez que escuchaba aquellas palabras.
—Bien, para eso vendremos mañana con el fotógrafo. ¿Te parece bien a la hora de la comida? —dijo, más como un hecho que como una pregunta. El otro hombre asintió con la cabeza—. Así que, la última propuesta no es tanto para mí, pero igual y te interesa.
—Habla de una vez —contestó Malfoy, a quien en definitiva no le gustaban los rodeos.
—Sabrina quiere hablar contigo, así que me retiro —dejó caer con poco tacto, ya que el rubio insistía—. Nos vemos mañana, hermano —puntualizó a forma de despedida y sin decir mucho, se levantó y abandonó la oficina, dejando a su amigo y a su secretaria a solas. Apenas salió, se topó con la curiosa mirada de Astoria, quien esperaba atenta. Afortunada o desafortunadamente, la oficina tenía hechizo silenciador que no dejaba que nada se escuchara, así se tuviera la oreja pegada a la puerta.
—¿Y Sabrina? —interrogó enseguida la joven, sin entender porque Blaise parecía irse sin su secretaria.
—Tenía unos asuntos que tratar, ya la verás —fue la respuesta que recibió y le tomó varios minutos entender el significado de aquellas palabras. A veces y más veces de las que a ella le gustaría, era demasiado ingenua para su propio bien. El corazón le comenzó a latir con fuerza, con cada minuto que pasaba y Sabrina no salía. Se sentía tentada a abrir la puerta, con alguna escusa tonta, para saber lo que ocurría ahí adentro, pero ¿dónde está la gente molesta cuando se necesita? Ni un desmemorisador, ni Potter, ni Weasley, ni nadie aparecía en busca de su jefe para que ella pudiera entrar a interrumpir aquella conversación o quien sabe qué que deberían de estar teniendo ahí adentro.
Afortunada o desafortunadamente, la espera no se prolongó por más tiempo. La puerta de la oficina de Draco se abrió y Sabrina salió con una enorme sonrisa en su rostro, girándose para hacerle una seña de despedida con la mano al hombre, cual colegiala enamorada.
—Hasta pronto, Draco —puntualizó, cerrando la puerta y mirando a su amiga con emoción.
—Me da miedo preguntar —dijo Astoria ante tal escena, pero sus palabras no fueron interpretadas de la forma en la que ella lo había dicho.
—Sé que tienes trabajo pero más tarde podríamos vernos en el café Vogue —ofreció la rubia con un buen humor difícil de disimular—. ¿Te parece bien a las tres? —preguntó—. Te contaré todo entonces —dio por hecho antes de que la castaña contestara si quiera media palabra.
La Greengrass se quedó mirando como su vieja amiga se alejaba tan feliz de la vida, casi dando saltos. Algo no le parecía bien, por obvias razones, pero lo que más le inquietaba era esa extraña sensación que recorría su cuerpo. Se sentía como tener ganas de llorar, pero no era tristeza, sino más bien molestia. La disgustaba enormemente que Sabrina se viera tan feliz y esa felicidad estuviera relacionada con su jefe. ¿Envidia o celos? Quizás una peligrosa combinación de ambas y la pluma en su mano pagó las consecuencias cuando se quebró en dos por la fuerza que hacía, dejando que la tinta mágica se regara en su mano.
—Astoria, ¿podrías ir a recoger...? —quiso pedir Draco desde la puerta, pero sus palabras se cortaron al mirar la escena—. ¿Estás bien? —preguntó, acercándose a su secretaria, quien al percatarse de su presencia, frunció el ceño molesta.
—¿De qué quieres que me encargue? —el tono brusco de la castaña era inconfundible para cualquiera que la escuchara.
—Nada, iré yo mismo —se apresuró a decir el rubio con una ceja enarcada por lo extraño que le resultaba ver a la chica actuando así—. Limpia eso, mejor —apuntó, refiriéndose a la tinta chorreada.
Sin más que decir, Malfoy se retiró con paso largo y firme, dejando detrás a un Astoria que bien podría haber espantado a una Banshee con su mal humor. La mañana pasó, luego la tarde y cuando la hora del almuerzo llegó, la castaña tomó sus cosas para ir al café donde se vería con su amiga. No había cruzado más palabra con su jefe desde el incidente con la pluma y eso solo la tenía de peor humor. Draco la necesitaba cada vez menos y si lo pensaba bien, ella era indispensable. ¿No le habían dado el trabajo solo porque el rubio necesitaba algo de ayuda? Era más que obvio que él se podía hacer cargo de todo en condiciones normales. Sonaba cruel plantearse la idea, pero si Narcissa no hubiera muerto, posiblemente ella no tendría empleo alguno y ahora solo estaba ahí por... ¿Por qué? ¿Por lastima?
Perdida en sus pensamientos, notó como ya había llegado al café Vogue. Las mesas al aire libre estaban completamente llenas a causa del buen clima y en una de ellas ubicó a Sabrina. Una corriente de aire hizo revolotear el rubio cabello de su amiga, quien no se inmutó y tan solo sonrió con los ojos cerrados, dejando que el viento golpeara su rostro. Astoria hizo una pequeña mueca. No le quedaba la menor duda de que Sabrina era muy guapa y aunque jamás había sentido envidia ni nada por el estilo, en esos momentos su autoestima escondió la cabeza en el suelo como una avestruz. El estómago se le revolvía al pensar que ella y Draco podían tener algo. Imaginarlos juntos era casi como visualizar el estereotipo perfecto de una pareja perfecta, el hombre apuesto y millonario con la mujer escultura y encantadora.
Ese último pensamiento la hizo retroceder un poco y sin pensarlo demasiado, regresó corriendo sobre sus propios pasos. No quería saber que era lo que Sabrina iba a decirle. Estaba segura de que terminaría por desmoronarse en su miseria si caía en cuenta de que nuevamente, lo que quería no sería para ella y todo gracias a su propia estupidez. Tantos errores en una sola vida no podían ser legales, si ser tonta fuera un crimen, seguramente ya estaría cumpliendo condena en Azkaban desde el momento en el que había decidido irse de casa para vivir en el mundo muggle. O por lo menos, así lo veía y lo sentía ella.
Regresó al Ministerio, pero no fue a su escritorio fuera del despacho de Draco. La castaña decidió salirse en otro piso, uno donde cierto hombre pelirrojo de aspecto bonachón platicaba animadamente con otros empleados, mientras comían almuerzos caseros y usaban un escritorio como mesa. Entre esos otros empleados estaban el hijo y el yerno del hombre, además de una mujer que aunque no conocía bien, era inconfundible.
—Ronald, no hagas eso —escuchó decir a Hermione, quien regañaba a su esposo por comer con los dedos.
—Oh, vamos, nadie está viendo —se excusó el joven, sonriendo y mordiendo de nuevo el muslo de pollo.
—Yo no estaría tan seguro de eso —comentó Harry Potter, cuyos ojos ya se habían fijado en la castaña que se acercaba a ellos con cierta timidez.
—Astoria. Hola —saludó el mayor de los Weasley, levantándose enseguida a forma de saludo y siendo imitado al menos por su yerno, pues si hijo se limitó a saludar con la mano y seguir comiendo.
—Hola a todos, siento haber interrumpido su almuerzo —se excusó la chica, sonriendo a la ahora señora Weasley, quien le miraba un tanto suspicaz.
—No pasa nada —la tranquilizó Arthur—. ¿Quieres acompañarnos? —invitó con su usual amabilidad y sonrisa casi permanente.
—La verdad, yo solo quería ver si usted estaba aquí para pedirle un favor, pero puedo volver luego —dijo Astoria, encogiéndose de hombros y girando sobre si misma para salir de ahí, pero el hombre ya se había acercado lo suficiente como para tomarla del brazo y embaucarla.
—Vamos, no pasa nada —animó el mayor, llevándola hacia donde estaban los otros comiendo—. Ni Ron ni Hermione muerden y a Harry ya lo conoces —bromeó, ofreciéndole el asiento donde él había estado sentado previamente.
—¿Y qué te trae por acá, Astoria? ¿Malfoy te mandó por algo? —preguntó el famoso salvador del mundo, quien sonrió y a su vez se movió hacia un lado para hacerle espacio a su suegro.
—¿Trabajas para Malfoy? —intervino la otra castaña—. No recuerdo haberte visto antes —añadió, pensativa para hacer memoria.
—Es su asistente —informó el señor Weasley.
—Eso, y no tengo mucho tiempo trabajando aquí —contestó propiamente la chica, encogiéndose en su asiento al sentirse algo intimidada.
Estar sentada frente al aclamado Trío Dorado, no era exactamente lo que su amor propio necesitaba. Ellos tres tenían apenas dos años más que ella y habían logrado tantas cosas en tan poco tiempo. Habían salvado al mundo, no solo al mágico, siendo apenas unos adolescentes. Ellos eran los héroes por excelencia, mientras que ella era una boba que no sabía qué hacer con su vida y que como siempre iba a buscar la salida fácil: Huir. Si, había ido ahí para ver si el hombre podía ayudarla a tener otro trabajo en el Ministerio, uno donde de preferencia no tuviera que estar cerca de Draco.
—Ya veo —murmuró Hermione, llevando un trozo de pepino a su boca—. Si un día se te ofrece algo, yo trabajo en el departamento de Misterios —informó después de pasar bocado y sonrió con amabilidad.
—Claro, cualquier cosa ya sabes —dijo de la nada Ron, tomando otra pieza de pollo y sonriendo con su usual carisma—. Debe de ser una pesadilla trabajar para el hurón —dijo, riendo ante su propio comentario. Los demás igual rieron, aunque Astoria no había entendido bien por qué.
—¿Y en que te podemos ayudar, querida? —preguntó finalmente Arthur.
—Era una tontería —respondió la chica, negando con la cabeza—. Como usted se encarga de Oficina de Enlace con Muggles, yo pensé que a lo mejor me podría ayudar a saber que ha sido de mi ex-marido —mintió con toda naturalidad, pues lo último que le interesaba en esos momentos era recordar a Damian. Por otro lado, la ironía de hablar de su ex-marido, le cayó como balde de agua fría pues éste vendría a ser técnicamente Malfoy y no Murray, pero eso no podía explicarlo.
—¡Oh! —exclamó el hombre, haciendo un gesto de estar pensando—. Podría, querida. Claro que podría —aseguró sonriendo y sin poner pretexto o inconveniente alguno a la petición, como Astoria hubiera querido que fuera.
—Muchísimas gracias —agradeció levantándose enseguida, pues aquella era su oportunidad para escapar—. Más tarde le daré los datos de él, mientras tanto los dejo comer tranquilos —dijo a forma de despedida de todos—. Tengo una cita en el café Vogue, pero me podía más la curiosidad —se excusó y antes de que los presentes dijeran algo más, se marchó sin mirar atrás.
Ya de vuelta en el elevador, se quedó pensando en las razones que había tenido para cambiar de idea a ultimo minuto. Quizás era porque se había cansado de huir. Estar sentada con el Trío y pensar en sus grandiosas vidas, le había inyectado una pequeña dosis de valor. Tal vez ya había arruinado las cosas de nuevo, de forma permanente, pero en lugar de escapar, prefería ir a buscar el golpe y que le pegara de frente.
El corazón le latía con más fuerza de la que debía. Se sentía agitada, llena de adrenalina, pero decidida de que era lo mejor, fue hasta la oficina de Draco. Lo enfrentaría y le diría lo que sentía, también le preguntaría por Sabrina. Los diálogos se formaban en su cabeza, preparándose para toda posible respuesta que le pudiera llegar. Analizaba todos los escenarios posibles, para evitar que su conversación con el rubio terminara mal. Sin embargo, algo que nunca hubiera podido prever fue que al abrir la puerta del despacho, el golpe le caería como siempre, imprevisto.
Ahí, detrás del escritorio estaban Malfoy y Sabrina, ella le rodeaba el cuello con las manos y él tenía suyas bien puestas donde la espalda perdía el nombre. No se había equivocado ni en lo más mínimo. Ellos ya se traían algo y se veían perfecto juntos, apenas hechos el uno para el otro, un adonis con una afrodita. Todo argumento que pudiera tener se le fue al piso y por instinto se tapó la boca con las dos manos para acallar el hipo que emitía antes de romper a llorar.
—¿Astoria? ¿Dónde estabas? Te vine a buscar y... —comenzó a decir la rubia, muy tranquilamente al notar su presencia, pero la aludida no se quedó a escuchar, sino que salió corriendo.
—¡Astoria! —escuchó la voz de Draco llamarle, pero no se detuvo.
La menor de las Greengrass siguió corriendo y corriendo, sin ver hacia donde iba. Dio vuelta en cuanto pasillo encontró, se metió al elevador y aplanó más de un botón, bajándose en el primer destino sin saber cuál era y siguió corriendo. Como si estuviera escapando de un asesino, buscaba refugio para no ser encontrada por nada. Menos mal que a la hora del almuerzo el Ministerio estaba casi vacío, lo único malo era que las dos personas con las que se vino a topar de frente, no eran precisamente sus más grandes fanáticos.
—¿Pero que diantres? —se quejó Daphne cuando su hermana le pasó a un lado sollozando.
—¿Astoria? —llamó Theo, girándose enseguida por mero reflejo.
De nueva cuenta, la castaña no se detuvo, pero una mano femenina la hizo hacerlo a la fuerza. La mayor de las hermanas, no sabía ni porque lo había hecho, pero al mirar como Astoria lloraba de forma desconsolada, algo dentro de ella se sobrecogió.
—Dilo —reclamó, hipando—. Soy una estúpida... todo lo hago mal —dijo en medio del llanto.
Daphne miró a su esposo y luego a su hermana. De alguna u otra forma, seguía enojada con ella, pero no se sentía capaz de hacerla sentir peor. Sea lo que fuera que le hubiera pasado a la menor de las Greengrass, la mayor no podía hundirla más en su miseria. La rubia se había distinguido siempre por ser una hermana sobre-protectora, y por ello era que se había tomado muy personal la supuesta traición de Astoria.
—¿Qué ha pasado, Astoria? —preguntó poniendo una mano sobre el hombro de su cuñada y mirando a su esposa de reojo—. Ven, vamos —indicó, prediciendo el pensamiento de su esposa y guiando a la chica a su despacho.
Los tres entraron a la oficina de Nott, de la cual la pareja no tenía mucho de haber salido. Daphne guió a su hermana hasta un pequeño sofá y se sentó sin saber que decir o hacer. La castaña no parecía estar muy consciente de lo que estaba pasando a su alrededor, pero reaccionó apenas escuchó cierto nombre.
—¿Crees que Draco sepa algo? —cuestionó la rubia a su marido, en un intento por averiguar lo que pasaba.
—¡No! —chilló Astoria como temiendo que le fueran a hablar al rubio y no se tuvo que decir más para que los otros dos se dieran una idea de que Malfoy tenía algo que ver.
El matrimonio Nott cruzó miradas, pero antes de que Theodore pudiera argumentar algo racional, su esposa se levantó de un salto con un aura de pura furia rodeándola. Con dos zancadas, la mayor de las hermanas Greengrass salió del lugar, ignorando por completo el grito conjunto de los otros dos que le pedían que se detuviera. No se debía de ser demasiado listo para saber que iba a por el rubio y que a este le iba a ir muy mal. Daphne tenía un carácter de los mil demonios cuando quería y por eso cualquier persona que la conociera y valorar su integridad, prefería no hacerla enojar.
—¿Qué te hizo, Draco? —quiso saber Theo, suspirando con resignación.
—Nada —contestó ella en un murmuro, incapaz de admitir la ridícula verdad detrás de su dramático malestar.
—¿Él sabe algo? —insistió suspicaz, a sabiendas de que aquel grito no había sido por nada e intentando saber la razón por la cual a su amigo le iba a caer una tempestad en cuestión de nada. No obstante, su cuñada se limitó a negar con la cabeza y calmar su llanto—. Daphne le partirá el alma como sepa que te hizo algo, lo sabes, ¿verdad? —enfatizó para sacarle información a la chica.
—No tendría por qué hacerlo —susurró como no queriendo la cosa—. Digo, ella me odia. No debería de importarle tanto —argumentó con un deje melancólico, sumergida por completo en su desgracia y fiel pensamiento de que estaba sola.
—Ella puede estar enojada contigo por varias razones, pero sigues siendo su hermana —le aclaró Theo, tomando asiento en un sofá frente a ella. Si lo pensaba bien, aquella era la primera conversación que tenía con su cuñada y pese a que él no era muy bueno con las palabras, no le estaba saliendo tan mal.
—Igual ella tiene razón y yo he sido una tonta todos estos años —dijo amargamente.
—No seas tan dura contigo misma —intentó reconfortarla.
—Todas las estupideces que he hecho... —murmuró más para sí misma que para él—. Soy una estúpida y ya no sé qué hacer. Tantos errores... Lo he arruinado todo en mi vida. Me quedé sin amigos, sin familia, sin esposo, sin amor, sin nada... —siguió hablando como ausente, pero un suave empujón en su hombro la hizo reaccionar. El castaño había cambiado de lugar sin que se diera cuenta y ahora estaba a su lado.
—Todos cometemos errores —comentó mirándola fijamente—. Todo tiene solución, Astoria. Si esto tuvo solución... —señaló, remangándose el saco y camisa de su brazo izquierdo, donde una oscura cicatriz era la sombra de lo que en alguna ocasión había sido la fiel marca tenebrosa de Voldemort—. ¿En serio piensas que lo tuyo no tiene arreglo? —inquirió con un tono algo burlón para si mismo y extrañamente reconfortante.
—Yo... —balbuceó sin saber bien que decir.
La conversación quedó ahí y no por la falta de palabras, sino porque la puerta del despacho volvió a abrirse, interrumpiéndolos. Dos melenas rubias se asomaron del otro lado de la puerta, una de ellas pertenecía a un chico de ojos grises que lucía preocupado y la otra a una chica que seguía furiosa.
—¡No te le vayas a acercar, Malfoy! —amenazó Daphne, deteniendo al susodicho a unos cuantos pasos de donde su hermana y su esposo se encontraban.
—¿Que hacían? —fue lo primero que dijo el rubio al ver que Theo le mostraba su marca a Astoria.
—Hablábamos de los errores que comete la gente —explicó el aludido a su amigo, enarcando una ceja en una silenciosa forma de decirle "si hiciste algo, arréglalo antes de que empeoren las cosas." Las miradas acusadoras de Theo eran inconfundibles—. Será mejor que los dejemos hablar —declaró enseguida, levantándose y tomando a su mujer del brazo para sacarla de su propia oficina pese a la negativa de ella.
—Si le haces algo, así sea que la hagas llorar otra vez, te arrancaré los... —amenazaba la rubia, pero la puerta se cerró por cortesía de Nott.
—¿Qué ha sido eso? —cuestionó Draco, mirando fijamente a la menor de las Greengrass.
—Mi hermana amenazándote —respondió secamente, mostrándose esquiva.
—No me refería a eso —aclaró él—. La forma en la que reaccionaste hace rato, ¿qué fue, Astoria? —insistió, pese a que algo en el fondo le decía que sabía a la perfección lo que había pasado, pero quería confirmarlo de sus propios labios.
—Nada —aseguró, sin establecer contacto visual.
—No me mientas —pidió el rubio, acercándose y notando como ella se hundía más en su asiento, como si no lo quisiera tener cerca.
—Solo vete, Draco —dijo, pese a que no sentía lo que decía, pero le seguía doliendo lo ocurrido. Si, eran celos, ya no lo negaba, pero tomando en cuenta lo tonta que había sido, pues ella había rechazado la oportunidad de tener algo con él y no tenía derecho a andarse quejando a esas alturas.
—No, hasta que me digas por qué saliste así corriendo y llorando —siguió insistiendo, sin despegar sus ojos de ella.
—No es nada —se aferró a decir. Aun cuando momentos atrás se había prometido a si misma hablar con la verdad, se pensaba más fácil de lo que se hacía.
—Mientes —dijo con mucha seguridad el rubio, suspirando y pasando su mano por su cabello en un gesto de frustración—. ¿Son celos? —se aventuró a exponer lo que pensaba.
—Yo no debería de estar celosa de nada —se defendió ella—. Tú eres libre para andar con quien quieras, sin rendirle cuentas a nadie, mucho menos a mí.
—Son celos —afirmó, sonriendo de medio lado ante el puchero que se formaba en la Greengrass berrinchuda.
—¡Que no! —chilló, volteando finalmente a verlo para defenderse con más seguridad, pese a que mentía con todos los dientes.
—Claro que si —le contradijo, sin perder la sonrisa algo burlona—. Tú sientes algo por mí —añadió a su hipótesis, para confirmar que lo que pensaba era cierto.
—Claro que no —replicó Astoria, poniéndose de pie para estar más a la defensiva. Nadie podía obligarla a decir la verdad.
—¿Por qué sigues mintiendo? —el rubio Malfoy enarcó una ceja y con un semblante serio, dio dos pasos hacia adelante, quedando frente a frente con la chica que era su secretaria—. ¿Por qué haces las cosas más complicadas de lo que son? ¿Por qué le das tantas vueltas a algo tan sencillo? Te gusto, me rechazas, me celas, sufres y me sigues rechazando porque te sigo gustando —expuso con total tranquilidad y seguridad en cada palabra.
—No es así —la castaña bajó la mirada, dejando que toda la fuerza de voluntad se le fuera con un suspiro—. Las cosas no son como parecen —intentó argumentar a su favor.
—Astoria —llamó el ex-príncipe de Slytherin, tomándola de la barbilla para obligarla a que le mirara—. Las cosas siempre son como parecen y tú estás celosas —sentenció.
El silencio se formó. Ambos se quedaron viendo fijamente y en un impulso, Draco se inclinó un poco, con toda la intención de besarla. Sin embargo, los labios de él se toparon con una mano fría que se interpuso entre ambos. Ella lo seguía rechazando, pese a todo lo que sentía.
—Tú ahora estás con Sabrina —se excusó, notando como una horrible sensación la recorría al decir aquello en voz alta.
—Me impresiona tu terquedad —comentó Malfoy, negando con la cabeza—. Lo haces todo tan difícil.
—Yo jamás le haría esto a una amiga —aclaró, desviando el tema.
—Siempre encontrarás una excusa, por lo visto —analizó él, retrocediendo para establecer distancia—. Y por más que me gustes, me voy a desesperar —añadió con un deje de burla en su expresión, metiendo las manos en sus bolsillos.
—Debería de gustarte Sabrina, por algo andas ahora con ella —argumentó a su defensa, aunque sus palabras sonaban a un reproche.
—Tu amiga me pidió esta tarde que le diera una oportunidad para que nos conociéramos —explicó, pese a que no tenía que hacerlo—. Al parecer le gusto desde hace mucho tiempo y ahora que estoy soltero quiere algo conmigo —continuó, sintiendo que de alguna u otra forma, Astoria merecía que le rindiera cuentas—. Yo acepté, ya que tú solo me estás mostrando apatía y bueno, ella es guapa. ¿Qué podía perder? Con algo de suerte tú reaccionabas al verme con otra, pero como de costumbre, soy incapaz de predecir tus reacciones —dijo e hizo una pausa en espera de que ella dijera algo al respecto, pero la castaña siguió mostrándose indiferente—. En fin, supongo que debí de entender desde el principio. En verdad no te interesa tener nada conmigo —concluyó, girándose para salir del despacho de su amigo.
—Espera —sin saber cómo, las manos de la menor de las Greengrass lo detuvieron al tomarlo del brazo. Él se detuvo pero no dijo nada, ni se movió. Tan solo espero que ella dijera algo más—. Las cosas si son como parecen —confesó, impulsada por algo que ni ella misma podía entender.
Tal vez el simple miedo de poder perder en verdad a Draco le dio el valor de actuar antes de que fuera demasiado tarde. Si Daphne la había defendido, pese a decir que la odiaba, si Theodore le aseguraba que errores como los suyos tenían solución, ¿por qué no intentarlo?
