10
Tras la despedida, Toph recorrió las calles de la ciudad con la entereza que le quedaba. Su semblante se mantuvo inexpresivo durante todo el trayecto, sólo permitiéndose desmoronarse una vez entró en casa y se apoyó penosamente contra la puerta. Se hubiera dejado caer hasta el suelo de no ser porque escuchó saludar a la niñera desde el fondo del pasillo. Salía de la habitación de Lin con cuidado, probablemente no queriéndola despertar. Parecía acabar de acostarla. Se aproximó hasta ella con intención de quererle explicar la tarde que habían pasado, pero Toph no le dio pie.
—Gracias por la paciencia —dijo gravemente abriendo la puerta tras de sí, indicándole que saliera. Sintió vacilar a la muchacha—. No te quiero hacer perder más tiempo. Disculpa la tardanza y buenas noches.
—Buenas noches —le dijo de vuelta, titubeante. La sintió alcanzar su chaqueta del perchero, calzarse y agachar la cabeza respetuosamente como despedida. Ella hizo lo mismo, le dejó salir y volvió a cerrar.
Echó el cerrojo y, sabiéndose sola, se apoyó lastimeramente contra la puerta resbalando hasta el suelo. Se abrazó a sí misma, acunándose. La cabeza le daba vueltas mientras no paraba de hacerse mil preguntas, de las cuales poco importaban ya las respuestas. No iba a llorar. No era para tanto. Sólo era Sokka. Echaría en falta su cuerpo, pero una vez volviera podría disfrutar de sus bromas como buenos amigos. O eso quería creer. ¿Seguirían siendo buenos amigos? ¿Cómo evolucionaría la relación? ¿Qué le diría una vez le volviera a ver? ¿Le volvería a ver? ¿Cuándo?
Hundió el rostro entre sus brazos, suspirando con pesar. Trató de apartar todo pensamiento que tuviera que ver con él y de pronto recordó el pequeño problema que tenía entre piernas; no podía sacárselo de su mente porque todavía le llevaba en el cuerpo. Allí, en su sexo. Él seguía allí.
Sobresaltada, se incorporó con rapidez y fue trastabillando por todo el pasillo de la prisa con la que echó a correr. Se encerró en el baño, angustiada, y abrió el grifo de la bañera sin darle tiempo a llenarse. Se desnudó rápidamente, se metió dentro y, sin importarle la temperatura, se lavó frotando insistentemente todo el cuerpo prestando especial atención a su intimidad. Sabía que servía de poco, pero le consolaba. Con suerte no se quedaría preñada. No debía estarlo. No podía estarlo.
—Eres imbécil —dijo temblorosamente, afligida—, imbécil, idiota, estúpida…
Obcecada con limpiarse, torturándose con sus pensamientos, no fue capaz de sentir los pasitos de Lin al otro lado de la puerta. Se sobresaltó cuando la puerta del baño se abrió y escuchó a una vocecilla decir:
—¿Mami?
Le había despertado. Su Lin.
"Dale un beso enorme a Lin de mi parte"
—Cielo, ¿no deberías estar en la cama?
—Sí, lo sé… Pero me he despertado y te he ido a buscar a tu cama y no estabas.
—¿Querías dormir conmigo?
Lin dudó unos segundos.
—¿Puedo?
Estaba tan sensible y se lo permitía tan pocas veces que con una pregunta tan tonta de su niña no pudo evitar que se le empañaran los ojos. Respiró hondo, queriendo contenerse, pero no fue capaz; dos lágrimas rodaron por sus mejillas y se obligó a sonreír para no alarmar a la pequeña.
—¿Mami, qué-?
—Claro que puedes, Lin —la interrumpió y estiró los brazos en su dirección para pedirle un abrazo—. Ven aquí.
La niña avanzó lentamente, poco convencida, sin acabar de entender qué le pasaba. Cuando sus manitas la alcanzaron, rodeó su cuerpecillo sin importarle mojarla. Lin pasó los bracitos por su cuello y se colgó de puntillas desde el otro lado de la bañera. Ella hundió la nariz en su cabello, respirando su dulce aroma y humedeciéndolo con las lágrimas que no era capaz de contener. Su pecho se llenó de amor, el más puro de todos.
"Dale un beso enorme a Lin de mi parte"
Y le besó en la coronilla con infinita ternura, acariciándole la melena con suavidad.
Durante la quincena que siguió, Toph se hartó a beber té de ruda. Sabía que entre sus propiedades constaba la estimulación del riego sanguíneo allí en la zona baja, motivo por el cual muchas mujeres lo bebían para forzar la menstruación si sufrían un retraso. Por otro lado, y de forma no tan popular, se sabía que algunas otras lo consumían secretamente para provocar el aborto. No parecía un método fiable, pero le consolaba intentarlo.
Junto al té, entrenó duramente durante todos aquellos días con la esperanza de que, con tanto movimiento, el ovulo no llegara a agarrarse. Cuanto más esfuerzo hacía, más satisfecha quedaba. Tras las sesiones acababa rendida y llegó a preocupar a sus hombres cuando, al abrir la puerta de su despacho, se la encontraban desplomada en el suelo cubierta en sudor. En un principio creyeron que sufría alguna enfermedad, pero cuando les explicó que entrenaba en las horas muertas todos sintieron la presión de unírsele y la jefatura casi acabó convertida en un gimnasio.
Bien delgada y musculada, fibrosa y definida, cumplieron los veintidós días y no sangraba. Siguió bebiendo té, siguió esforzando excesivamente su cuerpo y tras veintinueve días de tortuosa espera no cumplió el periodo. Pronto el retraso fue de un mes. Después, mes y medio. La preocupación no le permitía conciliar el sueño por las noches y bajo sus ojos se dibujaron dos pronunciadas ojeras que alarmaron a sus hombres; esa obsesión por moverse sin descansar acabaría por hacerle enfermar. Le ofrecieron amablemente pasar unos días en casa y ella se negó.
"No lo entendéis: si me quedo sola, me vuelvo loca" pensó. Era martirizante no poder tener otro asunto más en mente. Las fuerzas que le quedaban después de entrenar las consumía dándole vueltas al asunto en su cabeza. Era agotador. Era desesperante. "No puedo quedarme embarazada. No de él. No ahora". Y a modo de tortura, las palabras que Sokka le había gritado semanas atrás le resonaban desde algún resquicio de su mente:
"¿Quién va a darme hijos? ¿Tú? ¡¿Lo harás tú, fuera del matrimonio?!"
Después de dos meses esperando algún milagro, mientras estaba a punto de vencerle el sueño en su rutinario baño nocturno, sintió los leves latidos de un pequeño corazón que empezaba a cobrar vida en su interior. Lo sintió claramente gracias al agua que la rodeaba, amortiguando la presión. Antes de darse por vencida quiso asegurarse de que era real y se palpó el vientre temerosamente. Bum-bum. Bum-bum. Las pulsaciones eran sutiles pero claras.
No supo procesar la emoción. Permaneció inexpresiva unos instantes sin retirar las manos de su centro. Cuando por fin reaccionó, sus labios dibujaron una sonrisa aunque su ceño se frunció. Las comisuras de los labios le empezaron a temblar; su cuerpo en si comenzó a temblar. Se le empañaron los ojos y parpadeó rápidamente dejando caer dos lágrimas. Se le agitó la respiración. Luego se echó a reír y la risa se le fue mezclando miserablemente con el llanto.
De nuevo estaba embarazada. Embarazada sin pareja y, por ende, sin darle un padre a ese bebé. Otro bebé. Un bebé de Sokka. Qué locura. Qué jodida locura.
Aquella noche se abrazó a la almohada, lloró penosamente y cuando el sueño la venció, durmió de un tirón. Fue la primera vez en mucho tiempo que pudo conciliar el sueño. También fue la última vez que lloró.
Pasaron algunos días hasta que se acostumbró a su nueva (pero ya conocida) condición. Ya no tenía ganas de entrenar hasta la extenuación ni de beber té. Viendo la calma que de pronto la invadía, sus hombres se convencieron de que no estaba muy cuerda. "Sólo tengo un desajuste hormonal", pensaba irónicamente para ella cuando les escuchaba murmurar a sus espaldas. Trató de no hacerles mucho caso ni de angustiarse por dar la noticia. Se sentía con muchas fuerzas y sabía que podía seguir ofreciendo servicio durante varios meses más, así que lo diría cuando no pudiera ocultar más la barriga. Además, si ese bebé había soportado todos sus intentos de aborto, significaba que no lo perdería por unas pocas persecuciones en la ciudad. Ciertamente, esa criatura contaba con unos buenos genes.
Al primer día libre que tuvo, recordó el problema con Hakoda y se recriminó no haberlo tenido más presente. Su mundo se había volcado de pleno en el posible embarazo y había olvidado todo lo demás.
Aquella mañana de otoño, cogió a Lin de la mano y se fueron hacia el Templo Aire de Isla con la esperanza de encontrar a alguien. En efecto, Aang estaba allí con los niños y las recibieron con los brazos abiertos cuando las vieron bajar del ferry. Bumi y Kya le saludaron educadamente con un abrazo, pero Tenzin se le escapó echando a correr isla arriba seguido por Lin. Aquel par habían hecho buenas migas.
—Qué bien tenerte por aquí, Toph —le dijo Aang a modo de saludo, dándole un cariñoso abrazo.
—Perdona que no me pasara antes.
—No hay problema. Lo cierto es que hemos estado durante una temporada-
—En el sur, lo sé —le interrumpió, sintiéndole apartarla con sorpresa—. Sokka me lo contó antes de que os fuerais. He estado muy ocupada y… Bueno, no he podido pasarme hasta ahora. ¿Katara sigue allí?
—Sí, pero volverá en breves. Ven, subamos a casa. Te prepararé un té.
—¡No! —exclamó ella. Supo que había sonado más efusivo de lo que debía. Carraspeó con incomodidad—. Té no, gracias. No se me antoja. Me conformaré con agua.
Al poco de acomodarse en el salón empezó a llover. El repiqueteo de las gotas contra la ventana era relajante, no así los gritos de los niños que habían pasado a jugar dentro de casa. Toph les oía correr pasillo arriba y pasillo abajo, dando portazos, riendo y dando golpes. A Aang no parecía importarle mucho; debía llevar tantos días soportando aquello que se habría acostumbrado. Notaba los latidos tranquilos y acompasados de su corazón frente a ella, sentado allí en su butaca. Había decidido prepararse un té caliente para él y al traerle otra taza vacía, se vio tentada a probarlo. Por suerte, sólo era tila. Se sentó de piernas cruzadas sobre el sofá y se sirvió una humeante taza, calentando sus manos. La temperatura había bajado un poco y el ambiente se había llenado de humedad.
En aquella casa siempre se respiraba paz. Había algo que rozaba lo espiritual entre sus paredes.
—¿Cómo fue todo? —preguntó Toph tras dar un sorbo. Aang suspiró.
—Digamos que no muy bien —respondió—. Katara estaba empeñada en que los sanadores de allí no estaban haciendo algo bien e insistió en curarle ella. Se pasó varios días intentándolo sin descanso, pero Hakoda no mejoró. Cuando nos fuimos yo y los niños, seguía obsesionada con ello. El otro día me llegó un halcón mensajero con un mensaje suyo, diciéndome que le diera un par de días más y la fuera a buscar.
—Lo siento muchísimo…
—Sí, yo también. Todavía es joven. Sea lo que sea que tenga, le va deteriorando poco a poco —Aang suspiró de nuevo con pesadumbre—. Malina no consigue aceptarlo. Katara tampoco. Al que más entero veo es a Sokka, que está tratando de distraerle y aprovechar el máximo tiempo con él. Aunque seguro que lo debe estar pasando mal, siempre intenta tener una sonrisa para no preocuparle. Es admirable.
—Siempre ha sido así —dijo ella con calidez, y sus palabras denotaban un tinte de añoranza. Desdibujó la sonrisa que se le había formado y volvió a beber—. Vaya, siempre tiene alguna broma para hacerlo todo más llevadero. Hakoda estará bien con él.
—Sí, no lo dudo. He animado a Katara a quedarse cuanto tiempo quiera allí, pero me insiste en que debe estar con los niños.
—No se fía de ti —bromeó Toph con malicia, tratando de animarle. Le escuchó exhalar al sonreír—. No sé cómo lo has hecho para no volverte loco.
Los niños seguían armando jaleo por la casa. Sabía por Sokka que Bumi (su ojito derecho) era un torbellino de energía inagotable, Kya siempre le seguía el juego y Tenzin, por tranquilo que pudiera parecer, también se animaba a armar follón. Si al combo le sumaban a Lin, la fiesta estaba asegurada.
—Estoy meditando más de lo normal —contestó Aang, y ambos rieron a la vez.
La comodidad que sentía junto a él hicieron que por su cabeza pasara la posibilidad de confesarle el embarazo. Obviamente no le diría de quién era el bebé y era una manera de poderse desahogar. Sabía que él, de entre todos sus amigos, no la juzgaría. Recordó la reprimenda que le dedicó Katara con su primer embarazo y no se quiso imaginar teniéndoselo que decir por segunda vez. Aunque, claro estaba, acabaría enterándose cuando se asomara la barriga… pero aún faltaba para eso.
Absorta en sus pensamientos, volvió en si cuando escuchó decir a Aang:
—¿En qué piensas?
No valía la pena improvisar una mentira. De toda la gente a la que se lo podía contar, era el mejor candidato.
—Aang, estoy embarazada.
Le escuchó inspirar sorprendido y se mantuvo inmóvil unos segundos sin saber qué hacer. Nervioso, sintió cómo dejaba la taza de té en la mesita y se le aproximaba. Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos, apretándolas con cariño.
—¿En serio? —le preguntó. Ella asintió—. ¡Toph, eso es genial!
—Sí, maravilloso —contestó con sarcasmo.
—¿Por qué dices eso? ¿Por el padre? —su corazón latió fuerte ante la posibilidad de que Aang se oliera el asunto. Trató de permanecer lo más inexpresiva posible, pero a saber qué cara tenía como para que Aang acariciara sus manos a modo de consuelo—. Ni a mí ni a nadie nos importa quién sea ni nos incumbe el asunto. Sea lo que sea que haya pasado, ahora lo importante es que esa criatura nazca sana y fuerte. Además, ya nos ha quedado claro que no hacen falta dos personas para criar a un niño. No dudo de que vas a ser tan buena madre para él como lo estás siendo para Lin.
Su sinceridad y cariño le llegaron al corazón; Aang siempre tenía unas palabras reconfortantes para animar a cualquiera. Esbozó una sonrisa y dijo con voz queda:
—Gracias.
—No hay de qué. Sabes que es cierto. ¡Eres Toph Beifong! —los dos rieron, él con alegría y ella con cierto pesar—. Si has podido con una, podrás con dos.
—Qué locura.
—¡Más loco son tres, te lo aseguro!
"A la atención del muy excelentísimo concejal Sokka:
Aquí tu jefa favorita. Espero que todo vaya lo mejor posible dentro de lo delicada que es la situación. Katara ha vuelto hace poco (no sé cuándo recibirás esto) y no hago otra cosa más que escuchar noticias de todo el mundo menos tuyas. Envíame unas palabras. Aquí todos te tenemos presente y te echamos de menos. Tengo intención de acercarme por allí algún día de estos en cuanto pueda escaparme del trabajo.
Espero que aun con todo, Hakoda se encuentre bien. Muchos ánimos a todos.
Un fuerte abrazo,
Toph Beifong"
Cuando su secretaria leyó la carta de arriba abajo en busca de errores, Toph quiso poder incluir algunos detalles más; detalles demasiado personales como para dictárselos a cualquiera. En aquellos instantes deseó poder tener vista y redactar la carta ella sola. Aun así, tampoco podía sincerarse del todo y explicar lo que le rondaba la mente. A falta de un par de ojos sanos (y con demasiados secretos por revelar), improvisó una falsa carta mental mientras recorría las calles nocturnas de Ciudad República de vuelta a casa.
"A la atención del muy excelentísimo concejal Sokka:
Aquí tu jefa favorita. Si más no, espero seguir siéndolo. ¿Recuerdas cuando pretendíamos separarnos como un par de imbéciles? Pues ahora que llevamos meses sin vernos, me duele en el alma no tenerte cerca. Me arrepiento de haberlo deseado en primer lugar. Sería capaz de pasarme días sobre un barco (repito: días) si eso me asegurara estar de vuelta entre tus brazos allí en el Sur. Y tú me dirás: Toph, idiota, puedes hacerlo. ¡Hay un problema! Estoy embarazada.
Sí. Estoy embarazada. De ti. Y si bajo al Sur seguro que alcanzarías a verme la barriga que ya se asoma, porque dudo que aguantara un par de horas sin estar desnuda frente a ti. Echo de menos tu cuerpo. Te echo de menos de todas las formas. Pero no nos desviemos del tema: estaría muy feo presentarme en el Sur (embarazada o con el crío en brazos) cuando lo que ahora debes hacer es volcarte en tu familia y en tus asuntos burocráticos-tediosos-aburridos de Jefe. Por eso lo que recibirás en la carta oficial es mentira; no voy a bajar al Sur. Esperaré a que vuelvas y entonces te lo diré.
Además, Sokka, después de pensarlo mucho, declaro a los cuatro vientos que me importa una soberana mierda lo que piensen los demás de nosotros. Prefiero ser feliz. Tenlo en cuenta, sea lo que sea que pase después de darte la gran noticia…
Ojalá esto último pudiera dejarlo por escrito.
Te quiero, imbécil. Te quiero. Te juro que en un principio quise olvidarte y según esta criatura va creciendo, se me hace más difícil. Espero que todo se arregle y te tenga de vuelta en la ciudad. Tenerte de vuelta para mí. O no. No debo ilusionarme. No sé qué debes sentir hacia mí. No sabes cuánto me carcome la idea de que no quieras nada. No sabes lo lento que pasa el tiempo hasta que pueda tener la respuesta. Sé que es egoísta pensar así, porque mientras tanto tu padre se muere. Tal vez te tenga de vuelta cuando haya muerto. Sé que está mal, pero no puedo evitar pensarlo.
Me estoy volviendo loca, Sokka. Si tú estuvieras sería todo más sencillo. Estoy al mando de la policía, criando una niña y gestando otro bebé. Intenté abortar. No sé si tendré el valor de decírtelo. Me acojona la idea de criarlo sola también.
Vuelve ya.
Te quiero"
Aquella era la carta sincera que no podía ni quería enviar. Detuvo la marcha en algún punto de la ciudad y suspiró alzando el rostro al cielo. Por allí arriba, en lo alto, debía estar la luna como testigo de sus pensamientos; la tal Yue de la que Sokka le había hablado cuando eran pequeños. "Yue, teniendo su criatura me queda la mínima esperanza de recuperarle. Échame una mano", pensó como consuelo. Como respuesta, una brisa suave le acarició la piel.
Retomó sus pasos y siguió el camino, cabizbaja y pensativa.
